lunes, 4 de mayo de 2015

Agustín Fernández Mallo: Limbo

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable 

Se dice que Franco convocó a algún fabricante español de productos alimenticios para pedirle que creara un producto similar a la Nutella. Y que, para rematar el intento de imitación, eligieron castellanizar la palabra (que venía del nut que es el inglés por avellana) y generar ese término. Si yo hubiera aguantado más capítulos de los que aguanté con el primer libro de la trilogía Nocilla de Fernández Mallo, pues sabría cómo enlazar el término en el contexto de la novela. Pero no pude. Saqué en claro que Fernández Mallo parecía un escritor obstinado. En varias cosas: en alardear de sus conocimientos científicos como físico titulado, en complicar la vida al lector con la estructura de sus novelas, en marcar músculo de conocimientos de cultura contemporánea. Y a mí esa obstinación me crispó, y casi lo di por perdido. No de una forma despectiva, pero sí en el sentido de, casi siempre, optar por otros libros antes que complicarme la vida con los suyos.
En el primer párrafo de Limbo se habla de Werner Heisenberg. Físico teórico de gran reputación, pero, además, personaje célebre que elige Walter White en Breaking Bad para nombrar a su álter-ego criminal. Dos pájaros de un tiro que mata Fernández Mallo, dos marcas de territorio, pero, sorpresa, resulta que a las 40 páginas, aunque no hayamos ligado la relación entre ellas, todavía no tengo presentimiento alguno de que esto sea una excentricidad.  Las historias empiezan a hacerse pequeños guiños las unas a las otras. La de la chica que ha pasado dos años secuestrada. La de la que atraviesa los USA en un monovolumen junto a un escritor. La del músico vocacional que acaba en un sofisticado estudio de grabación en París, con problemas de concentración. Fernández Mallo incorpora el paquete habitual de alusiones que, esta vez, incluyen desde clásicas referencias musicales dentro de lo moderno (The Magnetic Fields) hasta aún más clásicas referencias culturales (el Doctor Mengele), lo cual no enturbia, sino que complementa. No es que se trate de un libro perfecto, no es que sea la novela que va a desplazar a su autor de lo que venía siendo hasta ahora (un muy solvente redactor con problemas para concretar sus tramas en el largo recorrido), hasta el ansiado podio alternativo que parece empeñado en alcanzar. Posiblemente, si la estructura de Limbo fuera, en vez de la de novela deconstruída, la de una serie de relatos vagamente entrelazados, esta hubiera sido una buena oportunidad para alejar casi todas las suspicacias. Limbo nos muestra que parece que Fernández Mallo quiera que le lean unos cuantos más que los de su cuerda, y eso debería ser una buena noticia.