martes, 13 de mayo de 2014

Jenn Díaz: Es un decir

Idioma original: español
Año de publicación: 2014
Valoración: muy recomendable

Santi: ¿Empezamos?

Francesc: Hola, Santi: yo es que esto de reseñar a cuatro manos, y el libro de una persona conocida. No sé. ¿Cómo funciona? Si te parece, cada uno hacemos nuestra aportación.

S.: Venga, te dejo a ti el resumen del argumento.

F.: Pues Mariela es una niña de once años que vive en una casa de un pueblo, rodeada de un mundo de adultos donde las puertas se cierran y las voces bajan en su presencia, aunque un día -la primera frase de la novela- pasa algo (el asesinato, se entiende que por causas políticas, de su padre) que la precipita de golpe a una madurez intima y asumida. En la que se ve obligada a interpretar y especular sobre lo que ve, ya que nadie parece dispuesto a explicárselo. Novela rural, novela de post-guerra, novela de silencios.

S.: Se ha dicho mucho lo de "novela rural", pero que conste que esta novela no tiene nada que ver con Intemperie: que nadie espere un catálogo de léxico agrícola o unas instrucciones sobre cómo vendimiar correctamente. Aquí lo que importa es la voz de Mariela: esa voz, lo que dice y lo que no dice es el auténtico centro de la novela...

F.: Me han encantado las enormes elipsis, algunas rellenadas a posteriori, y otras que han quedado en el más fascinante de los misterios, y el tono rural, pues claro, quién no la va a asociar a los otros dos libros de esa especie de moda. Hasta la estética de las portadas cuadra: portadas blancas, no llegan a las 200 páginas, se leen casi del tirón, la violencia flota.

S.: Una cosa que no termino de entender es por qué la novela incluye esa segunda parte, contada desde el punto de vista de la abuela. Si se trata de mostrar que la autora puede crear voces diferentes, creo que a estas alturas ya no tiene que demostrar nada; y si se trata de completar la información para el lector, me parece que tampoco era necesario. En fin, no es que estropee la novela, pero no veo la necesidad... ¿A ti qué te parece?

F.: Pues yo sí le veo su sentido. La abuela no quiere que su nieta repita sus esquemas, no le desea para nada una vida como la suya, pero todavía no puede dirigirse a ella para explicárselo. Interpreto esa segunda parte como un intermedio que busca una voz alternativa, un matiz que da fuerza a la idea principal: mujeres que empiezan a hartarse de que sus futuros los determinen los demás. Creo que otras obras de Jenn Díaz también expresan esa idea.

S.: Sí, lo entiendo, pero esa misma idea ya la transmite la propia Mariela, y con fuerza suficiente, yo creo. Pero en fin, si Jenn ha incluido esa segunda voz, sus motivos tendrá...

F.: He intentado asomarme algo a las opiniones que hay por la red, todas bastante unánimes. Me ha hecho mucha gracia esa que define su escritura como la de una señora de sesenta años en silla de ruedas, sin mala intención, pero con un trasfondillo que, vaya, como diciendo que preferirían que fuera un carcamal arrugado para reconocerla del todo. Cuando yo lo que leo en esta novela es una ausencia total de impostura, un uso de la primera persona con mucho conocimiento de causa, y eso es un mérito de Jenn Díaz.

S.: O sea, que a los dos nos ha gustado bastante, ¿no? A mí, personalmente, es la que más me ha gustado de las novelas que he leído de Jenn Díaz.

F.: Yo le veo detalles mejorables muy leves, y porque soy muy pejiguero: alguna expresión usada la veo algo extemporánea y, personalmente, no me acaba de convencer esa repetición rítmica del título, que aprecio un poquito forzada, y, mira si soy malévolo, que me produce cierta sensación de imposición editorial, como para ganarle presencia al libro, como para aportarle un estribillo o una especie de poder de enganche. Cuando no lo necesita en absoluto. Es muy poderoso por sí solo. Pero no voy a hacerme el pelota diciendo que se me ha hecho corto: el libro dura lo que tiene que durar. Meterle 300 páginas más, adornarlo, o alargar la trama hasta convertirla en una especie de epopeya vital lo harían otros autores con ganas de ser leídos en tumbonas de verano. Pero esto es diferente: lo que hay que decir, lo dice, y muy bien. Y lo que no hay que decir, perdona que te parafrasee, no lo dice, y muy bien.

S.: Pues a mí lo del latiguillo ("es un decir") me ha gustado, contribuye a formar la voz de la narradora. Y además, se relaciona con la idea central del libro, la de las cosas que no se pueden o no se deben decir. Eso sí, yo también voy a ponerle alguna pequeña pega: me parece que hay un cierto desequilibrio en la novela, entre la primera parte y la tercera: todo lo que en la primera son silencios e implícitos, en la tercera se convierte en explícito, en explicación. Creo que no hacía falta contarlo todo, el lector puede rellenar huecos solito, y de hecho eso hace la lectura más interesante...

F.: Quiero, por mi parte, acabar diciendo que estoy muy contento de haber llegado al final de esta reseña sin usar ninguna de las cuatro palabras tabú que me autoimpuse evitar, todas ellas de cinco letras.

S.: Y yo, que estoy muy contento de que hayamos reseñado un libro de Jenn Díaz sin mencionar su edad.

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