jueves, 20 de marzo de 2014

Elmore Leonard: Mr. Paradise

Idioma original: inglés
Título original: Mr. Paradise
Traductora: Catalina Martínez Muñoz
Año de publicación: 2004
Valoración: Recomendable

            Con permiso, comenzaré con una pequeña anécdota: Elmore Leonard, uno de los grandes autores de la novela negra norteamericana, falleció el 20 de Agosto del pasado año. Casualmente, yo, que nunca había leído una novela suya (aunque conocía quién era, claro, y había visto películas basadas en sus libros), había comenzado entonces una, por vez primera (quiero pensar que no hubo ningún efecto tipo “mariposa” entre ambos hechos… glups), así que, al conocer la luctuosa noticia, me tomé esa lectura como un homenaje al autor; un homenaje que resultó de lo más gozoso y divertido, porque la novela, que era Bandidos, me encantó y me lo pasé de maravilla con ella.

Desde entonces, he leído media docena más de títulos de Elmore Leonard y en todos los casos me lo he pasado de miedo. Las novelas de Leonard, bastante alejadas de la novela negra hardboiled al uso (lo que no significa que no haya acción y violencia en ellas), están, sobre todo, sostenidas por diálogos chispeantes, en los que los personajes, además de hablar de deportes, de bebidas o relaciones sentimentales, sobre todo se cuentan anécdotas acerca de personajes que han conocido, ya sean compañeros policías o detenidos, o, en el caso de los delincuentes, tipos que compartían celda o patio de recreo en el trullo (con esta querencia por el diálogo, no es de extrañar que Tarantino adaptara una novela suya en Jackie Brown). Sin embargo, por bocazas que puedan resultar los demás, los protagonistas de sus novelas, ya sean polis o maleantes, suelen ser hombres tranquilos, reflexivos y con encantador tacto en el trato con las damas (y el consiguiente éxito entre ellas). Mujeres que, generalmente, y con  independencia de si se trata de policías, agentes inmobiliarios o modelos de lencería, por su parte no tienen un pelo de tontas y  son tan decididas o más que ellos (nada de “rubias tontas”, pues).

Además, y puede que esto sea lo más refrescante de sus novelas, en las tramas no hay planes criminales perfectamente diseñados o investigaciones de una sagacidad fuera de lo creíble. Al contrario, lo que encontramos es mucha improvisación y oportunismo, cuando no un cierto fatalismo ante el devenir de los acontecimientos. Y también mucho sentido del humor; una ironía suave que suele bañar toda la historia.

En la novela que nos ocupa, la trama gira en torno a un anciano abogado que se pirra por las animadoras. Alrededor, un desfile de criados ambiciosos, prostitutas de lujo, asesinos a sueldo, pandilleros mexicanos, detectives de Homicidios, confidentes… Toda una fauna que se puede encontrar, al parecer, en la decadente Detroit, la ciudad que le gustaba tanto a Elmore Leonard como para vivir y morir en ella. En este caso, el argumento, en un principio, parece un poco más “convencional”, más ajustado a lo que suele ser una novela policíaca que en otras historias de  Leonard. En un principio, digo, porque pronto lo previsible pasa a no serlo tanto y, a partir de cierto momento, ya no se trata de cual de los personajes se llevará el gato al agua porque es más listo que los demás, sino de quién resulta ser menos imbécil (eso, la estupidez manifiesta de los delincuentes, es un tema recurrente en las novelas de Leonard y, desde luego, le salva de cualquier acusación de complacencia o fascinación con respecto al crimen).

Ciertamente, es una lástima que Elmore Leonard ya no esté entre nosotros, pero, al menos en mi caso, tengo un consuelo, y para nada triste: he echado cuentas y me quedan todavía sin leer unas diez novelas suyas traducidas al castellano (eso, sin tener en cuenta las no traducidas, las del Oeste que escribió en sus comienzos e incluso la Enciclopedia Británica, para la que trabajó en los 50). Lo que estoy es de enhorabuena, qué narices… Y los que aún no lo hayan leído, también.