viernes, 14 de marzo de 2014

Antonio Lobo Antunes: Sobre los ríos que van

Idioma original: portugués
Título original: Sôbolos rios que vão
Año de publicación: 2010
Valoración: Muy recomendable

Lobo Antunes ha dicho varias veces, en varias entrevistas, que lo que él escribe no son novelas, aunque se resiste a darles un nombre alternativo. Esta afirmación es discutible en algunos casos, por ejemplo en Esplendor de Portugal o Tratado de las pasiones del alma, que tienen una estructura novelesca más tradicional (unos personajes, uno o varios narradores, una cierta idea de trama). Pero en las obras más recientes de su autor, y muy especialmente en esta, no hay más remedio que darle la razón: esto no son novelas, son... otra cosa.

Sobre los ríos que van es un libro provocado por la enfermedad, pero que no tiene la enfermedad como tema central. En 2007, a Antonio Lobo Antunes le diagnosticaron un cáncer de colon, del que ya está afortunadamente recuperado. Esta novela (o lo que sea) reconstruye los días que el escritor pasó en el hospital, y el fluir de su conciencia que huye a los días apacibles de la infancia, la familia, el primer amor. El río del título (tomado de una traducción de salmo 137, Super flumina Babilonis, realizada por Luis de Camões) es el río metafórico de la vida, pero también un río concreto, el Mondego, al que el escritor iba de excursión con su padre.

Los dos tiempos y espacios en que transcurre el texto (el hospital en el que Lobo Antunes pasa sus días en 2007 y el pueblo del Norte de Portugal en el que el pequeño Antoninho pasó días felices) se mezclan en un continuo de sugerencias, relaciones y repeticiones que constituyen el tan personal estilo del autor. Más que una novela, en efecto, es una memoria, en el sentido más literal que se le puede dar al término: la reconstrucción del vagar de una mente que, en un momento de temor y frustración busca la seguridad y la confortación de la infancia.

Muchas de las obras de Lobo Antunes son autobiográficas hasta cierto punto (en particular, las primeras, en las que retrató sus años como médico militar en Angola y como psiquiatra en Lisboa); pero en esta obra nos acercamos a una etapa de su vida sobre la que por ahora no había escrito. Quizás por eso, por remontarse a la inocencia de la infancia desde la nostalgia de la vejez ("la infancia es un privilegio de la vejez", decía Benedetti) esta es una obra algo más luminosa, algo menos desesperanzada que otras de su autor. No es que el Portugal rural del salazarismo fuera idílico, sin duda, pero el escritor nos lo presenta como un tiempo de aprendizaje, de afecto, de deslumbramiento ante el mundo.

No deja de ser curioso que, ante la perspectiva de la enfermedad y la amenaza próxima de la muerte, Lobo Antunes nos haya dejado una elegía nostálgica de la inocencia infantil.