sábado, 8 de marzo de 2014

Biografías lectoras: ¡Apaga la luz!

Tranquilos, creo que ya soy el último. Con esta entrada acaba el desfile exhibicionista con que os hemos castigado esta semana. Nos aguantáis cinco años y ahora os venimos con esto. Qué abuso... Yo me encuentro con una doble dificultad a la hora de contar mi vida como lector: no tengo en mi memoria una gran aliada y, además, buena parte de lo que pensaba decir ya se ha dicho. Pero no es de extrañar. Después de todo, muchos aquí pertenecemos más o menos a la misma generación; una generación que alimentó su infancia con lecturas de los Hollister (sí, yo fui fan como el que más), El Barco de Vapor y Elige tu propia aventura. Pero, dicho esto, en ULAD sabemos que la lectura asidua es una conducta neurótica y que cada lector tiene, por tanto, sus propias rarezas, manías y fijaciones. Yo he tratado de recordar algunas de las que marcaron mi niñez y mi adolescencia como lector. Allá van.

Cuando trato de recordarme como el lector incontinente que fui de niño, lo primero que me viene a la cabeza no es lo que leía, sino cómo leía. Durante muchos años compartí cuarto con mi hermano mayor. En el cabecero de cada cama teníamos unas lamparitas para leer por la noche, y lo habitual era que la mía se quedase encendida bastante más tiempo que la suya. Mi hermano protestaba, claro, y de vez en cuando me exigía  con voz medio dormida que apagase la luz. Finalmente encontramos el remedio para mantener la paz: un muro. (Esto era a finales de los 80, entiéndase...). Cada noche construíamos una especie de biombo entre ambas camas con las cuñas del sofá: él dormía a oscuras y yo podía quedarme leyendo hasta que se me cayera el libro en la cara. Ni sé el tiempo que pasé leyendo así: a oscuras y en silencio total, separado del mundo por una barrera improvisada de cuñas de sofá, con toda mi atención absorta en cada línea de cada página de cada libro.

Estaban las lecturas generacionales que mencionaba arriba, claro, pero mi fijación neurótica siempre ha venido por el lado de la historia. Lo primero que recuerdo haber devorado es una colección de pequeños cuadernitos azules que contaban "vidas ejemplares". Visto desde ahora, aquello era nacional-catolicismo para críos: épicos relatos de conquistadores españoles y lacrimógenas historietas de santos. Mi salida de ese etnocentrismo infantil la propició otra colección, esta sobre mitologías de diversas culturas, de la que ya hablé aquí. Confieso que me sabía de memoria los panteones egipcio, griego y romano, y los recitaba bajo demanda con toda la pedantería de la que es capaz un niño de 9 años. Después de aquello tuve una fase (larga) de obsesiva aztecofilia. Estará mal decirlo, quizá, pero lo cierto es que lo supe todo sobre Huitzilopochtli y Tezcatlipoca, Motecuhzoma y Cuautéhmoc, México-Tenochtitlán y su conquista. Leí y releí Azteca, por ejemplo, con gran placer, pero también el tochazo de Hugh Thomas sobre la conquista de México o compilaciones de poesía náhuatl, me entusiasmaba La visión de los vencidos, de León-Portilla...


De aquel momento recuerdo también haberme leído al completo una colección de novela histórica que fueron comprando mis padres. Además de las recreaciones históricas, confesémoslo todo, otro de los grandes atractivos de aquella literatura eran las escenas eróticas. Lo que importaba era el contenido, y no recuerdo haberme hecho nunca un juicio sobre la calidad literaria de aquellas lecturas. Leía El manuscrito carmesí, de Gala, y seguido todas las de Noah Gordon (sí, Francesc, yo también).

Con ese bagaje encima, el paso a la adolescencia lectora fue en buena parte una salida de la historia y la mitología (aunque a veces para caer en algo peor, como J.J. Benítez...). Llegué a la literatura latinoamericana, por un lado, claro, a través de la clase de literatura en el colegio, pero también por mis propios (y extraños) medios. Como ya expliqué en otra ocasión, me topé con Borges a través de la new age y leí El Aleph sin saber quién era su autor. Después de El Aleph vendrían sus obras completas en la edición del Círculo de Lectores: todavía recuerdo la sensación de orfandad cuando terminé el último de los cuatro tomos. Y los cuentos completos de Cortázar, y Cien años de soledad, que debí de leer como unas tres veces en año y pico. Supongo que fui ahí cuando cobré conciencia de que podía leerse más allá (o más acá) del contenido, y que algo podía estar bien escrito y merecer la pena sólo por eso, con independencia de lo que contase. A Borges debo también el descubrimiento del ensayo como género literario, algo que ha determinado mi biografía lectora desde entonces. Hoy apenas leo otra cosa, en realidad.

Pero basta con esto. Suficiente impudicia por esta semana.

12 comentarios:

Montuenga dijo...

Pues, aunque mi trayectoria fue diferente y no me interesó en exceso Méjico, sí que cayó en mis manos una -si hago caso a la perspectiva de mis 19 años- excelente novela histórica. Tengo un recuerdo estupendo de ella, claro que, ¡cualquiera sabe! Un día recordé todos esos libros perdidos para siempre y me puse a buscarlos. Solo encontré este y lo tengo en mi biblioteca. Algún día lo revisaré y os daré mi opinión.

Teniendo en cuenta que, de algún modo, te graduaste en el tema de Méjico, puede que sepas algo (o mucho) más de él. ¿Es así?

Montuenga dijo...

¡Perdón! Copio para no poner mal el apellido y luego se me olvida pegarlo. Me refería a El dios de la lluvia llora sobre Méjico, de LASZLO PASSUTH

javi galván dijo...

"Pero basta con esto. Suficiente impudicia por esta semana." Así finaliza este extraño periplo; con una ironía que casi, casi, atenta y ofende a la inteligencia.

Evidentemente, cada lector se ha aproximado al mundo de la literatura y en torno a ello hay una historia. Las reseñas que acometéis sirven de ayuda y acicate; aunque sigo pensando que cada cual ha de enfrentarse a un texto determinado, teniendo en cuenta su propia sensibilidad. Y nuestras calificaciones de un mismo libro o autor pueden ser totalmente antagónicas (y ambas veraces)
Ahora bien, todo este ejercicio contraviene el sentido de la página. Elaborar unas reseñas que dan a conocer y promocionan un texto y autor. Yo no me fijo mucho en el adjetivo calificativo de la obra. Pero sí en si conozco o no a dicho autor o monografía; ahora bien, este ejercicio que habéis llamado curiosamente biografías lectoras y que hablando en román paladino no es otra cosa que sacar los pies del tiesto, carece de total sentido y si encima sois conscientes de lo tedioso y contraproducente que puede resultar, en fin.
Mucho más provechoso sería indagar sobre nuevos autores tipo Camil Petrescu, Lindita Arapi, etc. etc.
Al igual, ha habido gente que le ha encantado este ejercicio; desde luego se desvincula de lo que sería el espíritu de la página por antonomasia y de aquello que la hace atractiva.
Espero que nadie se sienta ofendido por mis palabras y que se retome la actividad habitual, especialmente, a ser posible, incidiendo en las literaturas más marginales e introduciendo autores más inéditos. Ya sé que es un tanto utópico, pero es lo que intentamos todos desde nuestro particular campo y márgenes de actuación. Sabemos que sois personas con una trayectoria y un periplo personal y profesional (exactamente lo mismo que nosotros), pero por más que lo intento (intentamos), ninguno de nosotros logra entender esto que habéis llamado "biografías lectoras", pero afortunadamente este impúdico ejercicio ha fenecido. Tampoco me gustó el detalle de proponer una reseña y no saber por qué no se hizo mención a la misma. Pero cada uno procede como Dios le dé a entender. Eso sí, por favor, centraos en lo meramente literario. Me parece genial que haya no sé cuánta gente en twitter y otros tantos en Facebook y es para sentirse orgullosos, pero insisto. Se trata de mostrar una obra y un autor. Os confieso que incluso, no siempre leo las reseñas o toda la reseña. Uladianos, volved a uladear. Muchísimas gracias por parte de un latino y dos eslavas que os siguen con atención

javi galván dijo...

Un mero repaso a bibliotecas digitales como archive.org, gutenberg.spiegel.de/‎ runeberg.org, etc nos permite entrever, sin el menor género de duda, que es utópico abarcar en una sola lengua a todos los autores y literaturas posibles; estamos condicionados, como lectores, por líneas editoriales; etc. etc. Hace un tiempo, para la labor que yo realizo, me adentré en el mundo de los Festivales Literarios a nivel internacional. ¿Os lo podéis creer? Más del 50% de los autores eran totalmente inéditos; algunos de ellos habían sido traducidos a nuestro idioma. Qué hace a un autor traducible o interesante es otro (y espinoso) tema. Pero de la misma forma que la biografía lectora excede el sentido de la página ULAD, esto que yo atisbo es una senda muy personal, que podría interesar a alguien o no, pero que nada tiene que ver (en este caso) con mi mero cometido como lector y con las consultas bibliográficas inferidas de vuestra propia actuación.
Sí que querría subrayar que nos centramos mucho en la literatura anglosajona, germánica y latina. Montuenga citaba a un escritor magyar. Es una línea donde incidir. Hace poco hacíais mención al autor de "Alondra". Estaría bien incluir literatura eslovaca, eslovena, luxemburguesa, filipina, etc. etc. Eso es controvertido, pero bueno, literatura, al fin y al cabo. Reseñas, por decirlo así. Es loable la valentía y el detalle de mostrar vuestro universo personal en ese sentido, pero fuera de lugar. Esperemos que os hayáis dado cuenta. Impúdico es una adjetivo excesivo y dicho con ironía con Jaime. Desde luego, acertado no parece que haya sido. Mañana domingo se supone que habrá una nueva reseña. Allí estaremos.

Santi dijo...

Bueno, Javi, muchas gracias por tu comentario y por dar tu opinión, pero personalmente no la comparto en absoluto (como comprenderás).

Por supuesto que lo que distingue a ULAD y su seña de identidad son las reseñas diarias, pero también creo que es bueno, y divertido, concedernos a veces un espacio para hacer algo diferente, cambiar el ritmo, mostrar al mago detrás de la cortina. Llevamos ya cinco años haciendo esto, y cinco años haciendo todos los días lo mismo sin ninguna pausa puede llegar a ser pesado, para nosotros y (creo) también para los lectores.

¡Y de alguna forma había que conmemorar nuestro cumpleaños!

En todo caso, hoy termina esta serie, mañana tenemos una entrada especial (pero de otro tipo) y el lunes vuelve el ritmo habitual de reseñas...

Jaime dijo...

Montuenga, ¡pues ese justo no lo leí! Mira que lo vi un montón de veces, y de hecho me lo recomendaban los que conocían mi obsesión, pero fue uno de esos eternos pendientes.

Javi Galván, muchas gracias por tomarte el tiempo y el esfuerzo necesarios para estos comentarios tan extensos que nos dedicas, ¡y tan educados! Yo estoy de acuerdo con Santi, la verdad, pero entiendo perfectamente que a ti te haya podido cansar esta serie. En cuanto a las recomendaciones sobre posibles futuras reseñas, te puedo decir con todo el respeto que yo personalmente no haré el mínimo caso. Leo lo que me apetece y lo que me permite mi tiempo, y bastante me parece. Pero eso no quiere decir que otros miembros no estén más abiertos a sugerencias. O, mejor aún, ¿por qué no nos mandas tú mismo una colaboración? En cualquier caso: de nuevo gracias por expresar tu desacuerdo de una forma tan educada.

Un saludo

Anónimo dijo...

Javi Galván, supongo que no te das cuenta y puede que las distancias idiomáticas no ayuden, pero tu comentario creo que es excesivo y tiene un tono un poco demasiado imperativo, no te parece? Si tanto te gusta leer las reseñas diarias, pues lo mínimo es agradecer el trabajo que hacen diariamente los autores y, si lo de esta semana tanto te ha molestado pues te esperas a mañana y punto. En serio, es que parece que te debe algo esta gente. Ten en cuenta que las cosas se pueden hacer de muchas formas, tú te has equivocado. Si yo fuera el administrador te respondería con un escueto "En mi blog hago lo que me sale de los kinderchocobons" (esa es la razón por la que no tengo un blog).

Y al equipo de ULAD, pues que sigáis así muchos años más.

Un saludo,

Francesc Bon dijo...

Detesto la moderación, que no es más que un sinónimo mercantil de la tibieza, pero he de decir que estoy situado en la confluencia del cruce de argumentos. Creo que nuestro hábitat natural son las reseñas y los periódicos y puntuales descubrimientos y creo que, como amateurs venidos a menos amateurs que acabamos siendo, tenemos nuestro derecho ingenuo y legítimo a salir en çis títulos de crédito y a saludar a la familia. Dicho lo cual, admito ser de los que se lo pasa mejor escribiendo sobre un libro que sobre mí mismo.

JeanP dijo...

¡La de veces que le limpié el polvo a "El médico" en nuestras numerosas mudanzas! Y pensar que nunca se me ha dado por leerlo... ¡Hay que ver!

Javi Galván (permíteme que me dirija a ti en/con/portando mayúsculas iniciales), deberías igualar ese colofón impúdico a las biografías de marras con una farragosa bibliografía que diera debida cuenta de tus nutridas inspiraciones. Se agradecería. A esta hora sería más potente que un somnífero. ¡Si al menos fueras simpático!

Pato

PD: chsss, chsss, ponte a ello con las eslavas y déjate de perder el tiempo en idioteces. (Es una orden*.)

* Escandalícese, pues, el Anónimo de las 18:32.

JeanP dijo...

Bon, me has "matao". Si escribieras sobre ti mismo, darías para la dimensión de un haiku y un bostezo conclusivo.

Rodrigo Díaz de Vivar, aquel tipo de la barba vellida, era la ostia de mesurado. ¡Y tuvo un éxito el cabrón tibio! Cucha, cucha, cortaba cabezas como quien rebana chóped. Oioioioioi.

Anónimo dijo...

Me encanta que se haya tomado enserio la idea de postear un libro al día..sin duda este blog se ha convertido en mi favorito, por favor siga así, es impresionante su nivel de cultura y la labor que está haciendo en pro de la lectura.

jimmy_corrigan dijo...

¡Es la hostia... escribir sin h esa hostia!
JeanP(ercebe), sigue leyendo hasta no meter estas ídems.