martes, 4 de marzo de 2014

Biografías lectoras: Le rose et le noir

ULAD cumple un lustro y qué mejor manera de celebrarlo que los que formamos parte de esta cyber-taifa nos mojemos un poco más, pero sólo un poco, ¿eh?: ofreciendo a los lectores del blog algo cercano a la confesión pero siempre desde el punto de vista literario, es decir, contando a quien quiera leerlo cuáles han sido los libros que más nos han marcado. Y no me costaría demasiado mencionar estas obras, porque cada vez que alguien me pregunta por mis libros de cabecera, algo que ocurre a menudo, recito mi dichosa lista como si de un mantra se tratara. Sin embargo, si tengo que retroceder un poco más atrás, hasta mi infancia y primera adolescencia, la cosa se vuelve un poco más vergonzosa.

 Pero qué se le va a hacer, no se le puede pedir a una niña de primaria que lea lo mismo que una mujer que ya ha pasado por la universidad, que (en teoría) ha madurado, y que ha visto y experimentado bastantes cosas, ¿no? Y es precisamente esta primera etapa de mi vida lectora, sobre la que quiero escribir aquí. Así que echemos la vista un poco atrás, algo más de dos décadas atrás, y situémonos en el Bilbao de belleza post-apocalíptica que precedió a la Era Guggenheim.

Nunca olvidaré que el verano de antes de empezar el curso en el que me tocaba aprender a leer estaba muerta de miedo: temía que aprender a leer fuera algo increíblemente difícil, una disciplina pensada para mentes brillantísimas. Algunos críos de clase leían ya (cosa de sus ansiosos padres), y eso era algo que me inquietaba. Pero mi hermano, nada más ni nada menos que dos años mayor que yo, me tranquilizó. “Aprender a leer no es para tanto, ya lo verás”, afirmó. Y afirmó con tanta calma y seguridad, que yo le creí.

 Y qué razón tenía mi hermano… Aprender a leer, no era, en efecto, tan difícil, y cuando vi que el asunto se me daba bien, me relajé y comencé a disfrutar de sus beneficios: conocer fantasías imaginadas por otras personas (y eso que con las mías ya tenía bastante entretenimiento). Mis primeras lecturas fueron, no es nada extraño, los cuentos de hadas, y me gustó tanto el tema que se puede decir que caí enferma de “princesitis”: adoraba a las princesas y las historias que protagonizaban. Y no sólo porque fueran tan bellas, llevaran vestidos maravillosos, vivieran en lugares increíbles y sus envidiosas enemigas siempre acabaran fatal: los constantes elementos macabros presentes en aquellas historias me despertaban un inquietante placer por lo perverso que se incrementaría con el paso de los años. Había nacido mi pasión por el rosa y el negro.

 Recuerdo una interminable colección de libritos ilustrados diminutos con todos los cuentos clásicos para niños del mundo, que intenté inútilmente completar. ¡Siempre descubría uno nuevo! Mis pobres abuelos y padres me compraban uno o dos cada verano, en una preciosa librería/kiosko antigua del pueblo burgalés donde veraneaba. Con sólo recordar el olor de ese lugar de madera oscura y casi en penumbra aunque afuera el sol castellano abrasara, me emociono. Y comencé a tener mis ídolos literarios... La que más me gustaba era la pálida Blancanieves (una princesa de belleza gótica arropada por una bruja transformable,un espejo que habla,una manzana roja envenenada y un ataúd de cristal: fascinante), y La Bella y la Bestia era mi relato preferido: en él, la Bella, cautiva de lujo de una misteriosa Bestia aristocrática, utiliza toda su sensibilidad e ingenio para evitar que su captor, que la visita puntualmente cada noche, a las nueve, la devore. Una Sherezade europea que se sacrifica por su padre y que puede morir a dentelladas mientras cena elegantemente vestida en un comedor de lujo. Horror barroco plus amor más que morboso: de nuevo, una siniestra atracción... Años después, al ver El coleccionista, de William Wyler, todos los elementos de esta historia volverían a conquistarme.

 Pasaron unos añitos, y llegaron mis primeras lecturas “de mayores”, protagonizadas, oh, sorpresa, por los libros de “El Barco de Vapor” (la historia del tragaldabas rey Tunix era mi preferida), los de “Elige tu propia aventura” (adoré, sobre todo, La maldición de Batterslea may; El expreso de los vampiros, el cual se lo dejé a una niña repelente y nunca me lo devolvió; El reino subterráneo, y mi preferido, El misterio de Chimney Rock, una deliciosa muestra del terror más puro y elegante con pasajes que aún a día de hoy me parecen espeluznantes: la tentación de reseñarlo por aquí está pudiendo conmmigo), o los de “Alfred Hitchcock y los tres investigadores” (me encantaba Júpiter Jones).

Luego pasé a asuntos más serios, es decir, a la mismísima Ágatha Christie (la amplia colección que tenía mi abuela en su casa me ayudó a empezar a disfrutarla), al mismísimo Sherlock Holmes (su nombre estaba por todas partes, le busqué en la biblioteca del colegio, y caí rendida a esta versión adulta de Júpiter Jones), o, todo hay que decirlo, la saga de vampiros de Anne Rice, que me alucinó durante demasiado tiempo. H.G. Wells, Stevenson y Julio Verne también estuvieron por allí, y alterné las creaciones de estas celebrities con un sinfín de libros para niños, entre ellos, La máquina maravillosa de Elvira Menéndez, que me consta que a Ian Grecco también le encantó.

 Michael Ende merece una mención especial: en su historia interminable, además de disfrutar mucho con las fantásticas aventuras del guerrero Atreyu por Fantasía, vi por primera vez a un protagonista poco lucido, un crío del mundo real huérfano de madre y con un padre deprimido, gordito,débil, acosado, triste, solitario y que se refugia en los libros, afición gracias a la cual su vida cambiará por completo. En fin, el arquetipo del héroe romántico e incomprendido, totalmente opuesto a sus viles y vulgares enemigos, y al que finalmente le salen bien las cosas. Aquello me gustaba…

 Pero esta etapa en la que princesas, vampiros, detectives interesantes y fantasías varias constituían mis lecturas de evasión, se puede decir que llegó a su fin cuando cierto ruso insigne apareció en mi vida a través de dos apasionados desconocidos condenados a amarse y a olvidarse en cinco citas nocturnas: hablo de las Noches blancas de Dostoievski, un librito que andaba por casa desde hacía años pero que yo no me atrevía a leer por considerarlo "de adultos". Pero quizás por verlo corto y en una edición tan bonita, me animé a leerlo, y qué bien hice, porque nunca un libro me ha revuelto tanto como dicha nouvelle: me provocó un torbellino de sensaciones hasta entonces desconocidas, agradables y dolorosas a partes iguales. La carta que cierra la historia me dejó sin habla por la mezcla de belleza, tristeza y alegría que contenía. Y en fin: me di cuenta de que podía llegar a adorar un libro sin necesidad de elementos macabriles ni amores enfermizos. Porque aquello era "adulto", aquello era de calidad, aquello era especial. A partir de ahí, nada sería igual... Aquí, la reseña que Ian, otro fan de la novela, escribió: Noches blancas

Seguí buscando libros de Dostoievski, y también, gracias sobre todo a los consejos de mi madre, lectora voraz que vio que yo ya estaba preparada para pisar otros terrenos, de Truman Capote, Navokov, Kundera, Faulkner, Kafka, Camus,Stendhal y un largo etcétera… Así fue como pasé a otro nivel. Creo que es obvio a qué me refiero, con lo que este post debería llegar ya a su fin.

 Sin embargo, no puedo hacerlo sin citar a alguien: a Arthur Rimbaud. Descubrí al niño terrible de la poesía francesa decimonónica en segundo de Bachillerato, gracias a una joven profesora de Lengua y Literatura cuyas clases eclipsaban por su pasión e interés a las lecciones de sus desganados colegas. Ella fue la que por primera vez me habló de los simbolistas, que capitaneados por Rimbaud, ofrecían al lector unos versos alucinantes, a años luz de las austeras odas a la muerte, la exaltación de la belleza o los melodiosos pesares que hasta entonces había estudiado en esa materia. Ian Grecco, que pretendió durante un tiempo ser un Rimbaud maltés, reseñó también por aquí (siempre se me adelanta) un libro muy bueno sobre el poeta, para los que todavía no sepan mucho de su vida: Gonzalo Armero: Vida y hechos de Arthur Rimbaud 

Y tras ese especial último año de instituto, llegó la Universidad con mi querido e inolvidable Taller Literario, que daría para otro post, así que tampoco entraré en materia. A estas alturas, decir que gracias a mis colegas del grupo, conocí a decenas de autores colosales más e hice mis propios hallazgos. Eso sí, sin perder mi tendencia al rosa y al negro, a la belleza por la belleza y la cursilería mezcladas con el lado oscuro de las personas, los crímenes estudiados y la perversidad sutil. Pero por favor, que nadie piense que sueño con cometer alguna tropelía y llevarme a alguien por delante... Siempre lo digo: el hecho de adorar lo macabro no es nada más que verle el lado interesante a ciertas figuras e historias marcadas por la Muerte, la gran tragedia inevitable a la que todos estamos condenados.

Ya que no puedo darle esquinazo,  prefiero burlarme un poco de ella y tratarla con naturalidad en vez de vivir temiéndola.

Sed felices y hasta el próximo post-confesión.

11 comentarios:

Jean Pierre dijo...

Interesantes comentarios sobre libros. Buena manera de acercar la lectura a otros.
Sigue así.
Por si os interesa yo también tengo un blog (soy escritora).
http://gemmaromero.weebly.com/

Jean Pierre dijo...

Interesantes comentarios sobre libros. Buena manera de acercar la lectura a otros.
Sigue así.
Por si os interesa yo también tengo un blog (soy escritora).
http://gemmaromero.weebly.com/

David Villar Cembellín dijo...

Diosssss, qué manera de empatizar. Y qué rabia las coincidencias con la propia biografía lectora que ya tengo semi-acabada (los "Elige tu propia aventura", "La historia interminable", "Noches blancas",...). Espero que la diferencia de estilo, el punto de vista, el enfoque, hagan que la mía sea interesante, porque las concordancias van a ser evidentes.
En cualquier caso, un placer leer la tuya. Un abrazo entre semejantes.

Yemila dijo...

Muchas gracias por los comentarios. Especialmente a ti, David. Qué bonito sentir empatía literaria por alguien, mucho más aún, si hablamos de los primeros libros que nos marcaron. Un abrazo muy fuerte.

rachael calabrian dijo...

Te tengo en "enlaces interesantes" dentro de mi blog desde hace un par de años, pero no había dejado ningún mensaje antes y, la verdad, no he podido evitarlo: Noches blancas, los Hollister (ayer), Chimney Rock (tengo todavía por casa como una veintena de librillos de "elige tu propia aventura" de timun mas), en fin, sólo darte las gracias por hacerme recordar todos estos libros y gracias por tu blog, todos los días te leo, es genial. Un saludo

JeanP dijo...

Ya de muy niño (entiéndase, muy pequeño) se me antojaba la ficción desprovista de mensaje, símbolos o analogías como algo barato y fácil de alcanzar (hoy creo que la auténtica literatura mora allí, a pesar de que no soy fan de este género). Lo que me carcomía por dentro (¡pobre iluso!) era descubrir aquello que escondían esos adultos mediocres, circunspectos y acartonados que me rodeaban (es un decir, ya que cuando viajaba con mi padre veía las mismas máscaras. En Madrid, Barcelona, Salamanca...). Quería verle, por tanto, las entrañas a la vida, a esa vida que les había robado la alegría y la vibración a esas momias que todo el día iban de aquí para allá y no evolucionaban ni un solo milímetro. Así que, metiendo la nariz donde no debía, me pegué una leche contra El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (más tarde leería La isla del tesoro, obra que disfruté, pero no influyó en mi personalidad). Lo flipé. Poco después, dando un paseo por el despacho de mi viejo, me encontré con una obra del marqués de Sade. Y... bueno... digamos que sí marcó mi personalidad... Sobre todo si tenemos en cuenta que casi tenía 10 años... jijiji... (Cierra la boca, Mary Poppins.)

Sí, sí, por supuesto que tenía todas esas banalidades que mencionáis en mi estantería (¡buena era mi madre a la hora de uniformizarme! Si algo pretendía ella es que fuera como todos los demás. "¿Apijotado?", me preguntaba), pero no les hacía ni p. caso.

PD: La p de mi nombre es de Pato, Jean Pato.

jimmy_corrigan dijo...

Tu comentario, JeanP, no hace sino confirmar lo que todos sabíamos de ti: eres un tipo muy listo, rayano a la genialidad, pese a lo cual tienes una necesidad imperiosa de llamar la atención desde tu valiente anonimato (nótese el oxímoron). Y perdiste la virginidad por lo visto antes que Madonna, leyendo al Marqués de Sade mientras otras la emprendíamos con banalidades del tipo Mortadelo y Filemón (ficción desprovista de mensaje, qué pueril, ¡puagh!).
En cualquier caso, creo que tu ejemplo evidencia los perjuicios que supone no ir quemando las sucesivas etapas de la vida, peldaño a peldaño, y saltárselas a la buena de Dios. Pero te queremos, JeanP, pese a tu prematuro crecimiento y mil veces ponderada madurez, ahora sabemos que temprana madurez (jijiji, parafraseándote).

P.D.: Está bien el matiz. Pensábamos que la P de tu nombre era de Pedante. O de Pedorro.

Anónimo dijo...

Como está el patio...

Ian Grecco dijo...

Por mi parte, dar gracias a la melancólica reseñista por citarme tres veces y hacer desinteresado uso de mis reseñas ;)

Anónimo dijo...

Este Jean Pato es la monda.
Si fuese realsería alucinante. Voy a ver si encuentro más comentarios suyos en otras reseñas, que desde luego vale la pena echar unos minutillos de investigación si puedo encontrar párrafos parecidos a éste.

Anónimo dijo...

Ya he encontrado varios comentarios. Qué decepción. Es sólo un simple.