martes, 29 de octubre de 2013

Semana del terror: "Circe" de Julio Cortázar

Fecha de publicación: 1951
Idioma original: castellano
Valoración: muy recomendable

Como cualquier otra emoción, el terror es un territorio vasto y cambiante, con anchos caminos trillados, con confines inciertos y con algunos rincones apenas explorados. Hay muy buena literatura de terror que recorre esos caminos trillados y que nos lleva por ellos rápido y directo, sin perder tiempo en rodeos ni en baches, y nos hace disfrutar precisamente de que el viaje transcurra fluído, familiar. Pero hoy otras obras que nos adentran en esos rincones inexplorados y nos los muestran por primera vez. Que los fundan, de hecho. "Circe" es una de ellas.

Está incluido en Bestiario, que fue el primer libro de relatos de Cortázar, pero publicado ya cuando tenía 37 años y, según el mismo dijo, estaba "seguro de lo que quería decir". No sé si por eso debería no sorprenderme tanto que el cuento funcione como un reloj desde el primer párrafo. Se nos informa de que la gente del barrio habla mal de una chica, Delia, y de que a un chico, Mario, le molestan esas habladurías. Pero las primeras palabras ya ponen en cuestión, enigmáticas, todo lo que sigue: "Porque ya no ha de importarle, pero esa vez le dolió [a Mario]..." Sólo en la última frase se revela el contenido de los chismes como un golpe: "...y acercarse (...) a la muchacha que había matado a sus dos novios."

A Mario no le importa que los dos novios de Delia murieran en circunstancias extrañas y menos aún los rumores de vecindario. Comienza a visitar a Delia regularmente llevándole pequeños regalos y se inicia, en fin, uno de esos lentos cortejos de entonces, con los Mañara (nunca se dice que sean los padres de Delia) sentados al lado de la pareja y compartiendo el café. La chica guarda luto por sus dos novios muertos, pero eso no desanima a Mario. Su insistencia acaba propiciando un lento cambio. Cortázar hace que el relato evolucione sobre la leve y paulatina evolución de Delia, que empieza a mostrarse más animada, más solícita con Mario, comienza a prepararle postres y bombones, se deja dar el primer beso en la mejilla y acaba aceptando la petición de matrimonio.

No destriparé el final, desde luego, pero Cortázar ya nos lo va haciendo temer a base de aportar inocentemente, como de pasada, los más elocuentes detalles circunstanciales. Escribe, por ejemplo, que "Mario no tenía necesidad de inventarse un toque especial de timbre, todos sabían que era él". Basta eso para imaginarnos la hostilidad de esa casa que nadie más visita. Cuando Delia le da a probar por primera vez un licor hecho por ella, es "en diciembre, con un calor húmedo y dulce". Ese dulzor pegajoso del verano y de los postres va haciéndose más y más opresivo hasta que hacia el final emerge algo monstruoso como por unas pequeñas fisuras. En un momento, los movimientos de Delia son comparados con "la fuga enceguecida del ciempiés, una loca carrera por las paredes". Esa mezcla de domesticidad y violencia ciega, té con pastitas y oscuridad incomprensible me parece todo un hallazgo en el ámbito del terror. Un repeluzno propio que Cortázar habría podido patentar.

También de Julio Cortázar: La vuelta al día en ochenta mundos, Un tal Lucas, Historia de Cronopios y famas, Rayuela, Cartas a los Jonquières y "Apocalipsis en Solentiname".

5 comentarios:

laura silva dijo...

No olvidemos la referencia mitológica del título de ese fenomenal relato del maestro Cortázar. Saludos

Jaime dijo...

Cierto, Laura, se me ha pasado mencionarlo, pero sin duda tiene un poderoso efecto sobre la lectura de todo el relato. Muchas gracias por tu comentario!

Verónica Chirinos dijo...

Acabo de encontrar este blog... estoy muy contenta de que se hagan este tipo de cosas. Muchas felicidades y que sigan las reseñas, a ver si me animo a enviarles alguna pronto.

mlriudoms dijo...

Uno de los relatos que más me gusta de Cortázar.Tú reseña me ha incitado a releerlo.

Jaime dijo...

Gracias por comentar, Verónica. ¡Anímate y mándanos una colaboración! Y me alegro mucho de que den ganas de releer a Cortázar. Eso siempre siempre es bueno.