domingo, 8 de abril de 2012

Jorge Luis Borges: Fervor de Buenos Aires

Idioma original: castellano
Fecha de publicación: 1923
Valoración: muy recomendable

En 1914 Borges, que tenía entonces 15 años, viajó a Europa junto a su familia para que su padre se sometiera a un tratamiento oftalmológico. Era una mala fecha para viajar a Europa, desde luego: el estallido de la guerra les obligó a quedarse unos años en Ginebra. Cuando acabó la contienda viajaron a España, donde Borges tomó contacto con Cansinos-Assens (al que siempre consideraría su maestro) y el círculo de los ultraístas. En 1921 vuelve a Buenos Aires y redescubre con entusiasmo su ciudad natal. Fruto de este reencuentro apasionado es este primer libro de poemas: Fervor de Buenos Aires.

Bueno, en realidad el primer libro de poesía lo escribió en Europa y se titulaba Los ritmos rojos. Por sorprendente que pueda parecer por su posterior evolución ideológica, se trataba de una alabanza a la Revolución rusa. En línea con su severa capacidad de autocrítica, siempre se alegró de no haberlo podido publicar. También Fervor de Buenos Aires fue sometido muchos años después (en el 69) a una revisión que quería "mitigar sus excesos barrocos".

Y lo cierto es que pese a la revisión, el tono del libro es distinto de los que habrían de venir, y se entiende qué quería decir Borges refiriéndose a su barroquismo inicial. Comparado con el tono tan comedido que la caracterizaría después, aquí su escritura es más enfática, se permite pirotecnias más evidentes y recurre a metáforas más audaces. Es curioso leer este libro si se conoce el resto de la obra borgiana: todo Borges está ya aquí (el tiempo, los espejos, la sombra, el arrabal), pero, al mismo tiempo, se reconocen huellas de otras voces que después depuraría (por ejemplo, la voluntad de ser moderno, de ser ultraísta). Lo más característico del libro, me parece, es la fascinación por la metáfora y el deseo de cantar los arrabales de Buenos Aires. Este poema es de los más representativos (nótese la ortografía argentinizante que todavía usaba entonces):


Atardeceres

La clara muchedumbre de un poniente
ha exaltado la calle,
la calle abierta como un ancho sueño
hacia cualquier azar.
La límpida arboleda
pierde el último pájaro, el oro último.
La mano jironada de un mendigo
agrava la tristeza de la tarde.

El silencio que habita los espejos
ha forzado su cárcel.
La oscuridá es la sangre
de las cosas heridas.
En el incierto ocaso
la tarde mutilada
fue unos pobres colores.

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