sábado, 21 de abril de 2012

V. S. Naipaul: Cartas entre un padre y un hijo. Los años de Oxford

Idioma original (de la primera edición): inglés
Título original: Letters Between a Father and Son
Año de publicación (en Reino Unido): 1999
Valoración: Recomendable



A pesar de haber publicado su primera novela en 1957, de contar en su haber con cerca de cuarenta obras de diversos géneros: novela, relato, ensayo, crónica periodística, de haber sido nombrado caballero del imperio británico en 1990 y haber ganado el Nobel en 2001, Vidiadhar Surajprasad Naipaul es menos conocido en España de lo que debería, o ésa es al menos mi impresión. Nacido en 1932 en la isla de Trinidad, nieto de inmigrantes hindúes, miembro de familia numerosa, con un padre entregado a ambiciones literarias cada vez más inalcanzables y a una profesión periodística vocacional que rendía lo justo para sostener la casa, Naipaul obtiene una de las cuatro becas para estudiar en Oxford que ofrecía el gobierno colonial y, en 1950, con apenas 18 años, se traslada a Inglaterra, dónde reside.

El libro recoge una muestra más que significativa de la correspondencia que cruzó con su hermana mayor, Kamla – por entonces estudiante en Benarés –, y con el padre de ambos, junto a esporádicos intercambios con algún otro miembro de la familia, entre septiembre de 1949 y junio de 1957, a la que se añade una breve introducción aclaratoria, un somero árbol genealógico y las notas indispensables. Aparte de la expresividad de las propias cartas, hay que destacar el trabajo de recopilación, organización y selección del material que obraba en poder de la universidad de Tulsa hasta ese momento.

Este trabajo, además de resultar imprescindible para quien tenga interés en la producción de Naipaul, de explicar cómo se gestó Una casa para el señor Biswas (una de sus mejores obras, para la que recurrió a la información contenida en las cartas) y de dar pistas a los interesados en la evolución de su personalidad, hará las delicias de cualquier lector que se atreva con una narración poco convencional. Porque el hecho de estar compuesta exclusivamente por cartas no le presta un carácter disperso ni fragmentario, tampoco la convierte en aburrida. En cambio, su unidad argumental y coherencia, así como el interés de los contenidos, la acercan a las obras de ficción. Según avanza la lectura, nos olvidamos de que lo que tenemos delante son textos originales y nos sentimos tan implicados por lo que les ocurre a los personajes e intrigados por su devenir como lo estaríamos leyendo una amena novela. A través de la interacción de Vidia con sus dos principales corresponsales podemos entrever la evolución personal, académica y literaria del escritor así como las vicisitudes por las que pasa su familia. La entrañable y fecunda relación con su padre y hermana, la saludable competencia de aquél con el hijo y la complicidad a que da lugar compartir la misma pasión, el papel que juegan en todo ello el cuadro de actores más o menos secundarios, componen una auténtica trama que se sigue con verdadero interés.

Como podéis imaginar, todo gira alrededor del personaje. Vemos a un Vidia joven y valiente que empieza a dirigir con cuidado su vida, al principio tanteando sus límites y cada vez de forma más resuelta. Un chico que siempre estuvo adelantado a su edad y que no ha tenido más remedio que madurar rápidamente al haber necesitado desenvolverse solo en un continente distinto del que nació, lejos de su familia y de todos sus conocidos desde mucho antes de cumplir los veinte. Ese desarraigo, a una edad que él mismo considera demasiado temprana, repercute en su ánimo. Durante los tres primeros años pasa por momentos muy difíciles y, aunque esto acaba fortaleciendo su carácter e impulsándole a arriesgarse a apostar por él mismo hasta llegar a convertirse en profesional de la escritura, se propone evitar a toda costa que sus hermanos pequeños pasen por lo mismo que él.

Los asuntos tratados en las cartas van de lo más doméstico y coyuntural (la salud, el dinero, los hermanos, otros familiares, el trabajo, las amistades, los estudios) hasta cuestiones como la diferencia de mentalidad de los países, impresiones de viaje y la literatura por encima de todo. Vidia y su padre reflexionan sobre la necesidad de hacer caso a la vocación, se plantean temas y personajes que deberían tratar en sus escritos y hasta se recomiendan métodos para hacerse más prolíficos o escribir mejor. Curiosamente, es del hijo de quien suelen proceder los consejos – y según va pasando el tiempo y va adquiriendo experiencia, todavía más a menudo y con mayor seguridad –, es él quien parece un autor consagrado y con una obra a cuestas transmitiendo su bagaje a un jovencito, él quien se esfuerza en convencer, con el mayor aplomo, a su padre de que, mediados los cuarenta, no es demasiado viejo para producir una obra completa.

Con Kamla ocurre justamente lo contrario. Les une la cercanía de la edad, el hecho de ser los hijos mayores y haberse independizado tan pronto, que ambos estén viviendo lo mismo aunque muy lejos el uno del otro. Se nota que se añoran, que se comprenden bastante bien. Se ayudan, se regañan, intercambian confidencias. Pero en lo relativo a las ambiciones de Vidia no se compenetran tanto, como se deduce de estas palabras que, leídas al cabo del tiempo, forzosamente nos hacen sonreír: “Si estuviera ahora cerca de ti ¿sabes lo que me gustaría hacer? Darte un buen capón. Tú y tus sueños de escritor. ¿Y qué más? No sé qué será lo próximo que se te ocurra.”

También de este autor:  India, Miguel Street