viernes, 9 de marzo de 2012

Pedro Calderón de la Barca: El alcalde de Zalamea

Idioma original: español
Año de publicación: 1651
Valoración: Recomendable

Antes de empezar a leer El alcalde de Zalamea me propuse una pequeña ficción mental: leerlo como si yo fuera virgen (literariamente hablando, se entiende), como si no supiera quién es Calderón, ni cuándo se escribió la obra, ni que existe Peribáñez y el Comendador de Ocaña ni el Arte Nuevo de Hacer Comedias. O sea, leer el texto sin su contexto: leer la obra como si hubiera sido escrita ayer. Evidentemente, esto es imposible, pero es interesante porque permite abstraerse un poco (solo un poco) del peso de la tradición y juzgar, simplemente como lector, si la obra te gusta o no. Si seguimos siendo sensibles a su propuesta estética, o no.

Y bueno, como lector no ha sido una mala experiencia. El alcalde de Zalamea tiene diálogos ingeniosos; monólogos espléndidos desde el punto de vista retórico; escenas de esas destinadas a conmover (el llanto de Pedro Crespo, impotente por el rapto de su hija Isabel; el llanto de Isabel, violada por el Capitán). El tema de la honra, tan importante durante todo el Siglo de Oro (y aquí el contexto asoma ya su cabecita) aparece aquí en una forma que sigue siendo capaz de implicarnos: al fin y al cabo, es humanamente comprensible que un padre quiera vengarse de quien ha violado a su hija (no sucede así en otras obras del Siglo de Oro, en que la ofensa no es ni con mucho tan evidente ni tan grave).

Y ya que nos hemos puesto anacrónicos y provocadores, no sería imposible pensar en una versión actualizada (contemporaneizada) de El alcalde de Zalamea, trasladando su acción, por ejemplo, a Bagdag o a Afganistán. Allí siguen siendo actuales los temas de los abusos de la soldadesca contra la sociedad civil que los acoge; lo mismo se puede decir de una de las tensiones básicas de la obra: la de la jurisdicción civil (representada por Pedro Crespo) y la militar (representada por Lope de Figueroa), que vemos chocar también en casos y momentos concretos de la actualidad (el caso de la muerte del periodista José Couso; Guantánamo; el recluta Manning). Para encontrar un paralelo a la aparición del Rey como garante del equilibrio social no hace falta irse tan lejos: basta con leer el editorial de El País de este domingo.

Pero todo esto, claro, no son más que juegos de la imaginación: Calderón no escribe en nuestros días, sino en el siglo XVII; El alcalde de Zalamea no nace de la nada, sino que es una continuación y una culminación de la "Comedia villanesca" que inició, cómo no, Lope. Su lenguaje es el lenguaje del primer tercio del siglo XVII, que bebe también del teatro explosivo de Lope, aunque lo mezcla antes con unas gotas de Soledades de Góngora. Y su conclusión no es nada revolucionaria: es cierto que Pedro Crespo se arroga poderes que no le corresponden, pero su acto habría sido ilegal y sancionable de no haber sido por la mano majestuosa del Rey (rex ex machina, podríamos decir) que viene al final a salvarle los muebles, y la cabeza.