lunes, 7 de mayo de 2018

Patrick Fermor Leigh: El tiempo de los regalos


Idioma original: Inglés
Título original: A time of gifts. On foot to Constantinople: from the Hook of Holland to the Middle Danubio.
Año de publicación: 1977
Traducción: Jordi Fibla Feito
Valoración: Muy recomendable



En la tarde del 9 de diciembre de 1933 en un muelle del Támesis en Londres, Patrick Leigh Fermor embarca en un pequeño carguero holandés rumbo a Róterdam. Diluvia implacablemente y él tiene dieciocho años. En la mochila carga dos libros, uno de Horacio, en el que su madre le ha anotado un verso de Petronio: ”Abandona tu hogar, y busca costas extranjeras, oh joven: para ti nacerá un estado más grande de las cosas”. Su intención es cruzar Europa a pie, caminar hasta Estambul. Desde luego cumplió el objetivo. Cuarenta años más tarde tiró de memoria y de algunas notas del viaje que había conservado para dar forma a este relato, que va desde Londres hasta Hungría, al que seguirían Entre los bosques y el agua (1986) y El último tramo (editado póstumamente en 2014). 

Las páginas que Patrick Leigh Fermor nos ha dejado son una prodigiosa descripción de situaciones, lugares y personas, así como de un tiempo a punto de desaparecer, en una Europa de nuevo decidida a autodestruirse henchida de fanatismo y de nacionalismo. Pero también son páginas de las que emana esa capacidad con la que el autor va depositando su mirada e interés; por la curiosidad, la sencillez, la perspicacia y la agudeza con la que observa, pregunta, se relaciona con los demás y con las que hace funcionar su pensamiento. Patrick Leigh Fermor visita iglesias, museos, edificios, bibliotecas, aristocráticos palacios y salones burgueses pero también alberges, mercados, tabernas, comisarías de policía, establos y tugurios. Y desde luego, ni las personas ni los pueblos ni los países se observan por igual desde la ventanilla de un automóvil o del ferrocarril que desde un carro tirado por bueyes o desde la cuneta de un polvoriento sendero de tierra. Por cierto. Lo del avión, el crucero o la escapada low cost nos da la justa medida de nuestro tiempo. Y ya puestos: ¿De ciudades como las nuestras se podría hoy salir a pie?

La mirada y el punto de vista que nos ofrece el narrador no tiene nada que ver con la de quien argumenta para mostrar autoridad de criterio, acumulación de conocimientos o afán de admiración para su posición o prestigio, como exhiben a menudo escritores o académicos al practicar este género. Si bien El tiempo de los regalos no está escrito por el adolescente que se reclama estudiante sin colegio si no por el adulto que devino cuarenta años después, sí que el relato está elaborado con la emoción, la vivacidad y el entusiasmo de quien descubre, siente y degusta por primera vez. Pese a lo precoz de su biografía y a hacer del viaje una actitud de vida, Patrick Leigh Fermor (Londres, 1915-2011) fue un escritor parco, de obra escasa y texto depurado, de quien dicen que podía gastar jornadas enteras dudando acerca del adjetivo idóneo. Desde luego su vida estuvo llena de vicisitudes y aventuras, como sus andanzas por las montañas de Creta en la II Guerra Mundial con los guerrilleros que secuestraron en 1944 al comandante nazi de la isla, el general Heinrich Kreipe, episodio en el que se basó la película de 1957 Ill meet by moonlight (aquí traducida como Emboscada en la medianoche), en la que un desafortunado Dirk Bogarde trató de encarnarle.

La caminata de Patrick Leigh Fermor por Europa buscó en los ríos Rin y Danubio los ejes de referencia y en la actitud de ofrecer techo y plato a quien se aparecía por el camino el contexto donde hacerse factible. De acuerdo que un imberbe adolescente de buenos modales y con pasaporte británico desactivaba muchos prejuicios y hostilidades, aunque eso no le impidió ser detenido por la policía húngara al ser confundido  con un contrabandista de sacarinas (!) sí le ayudó en cambio a cruzar la Alemania nazi apenas sin contratiempos. Es la lectura de estas páginas una hermosa caminata, que deja una extraña sensación, como los versos de Louis MacNeice que las encabezan: “Ya ha pasado el tiempo de los regalos…/ oh, muchachos que crecen, oh, nieve que se funde,/ oh, desengaño que taparán los años…/ He aquí la insulsa tierra sobre la que edificar.”


domingo, 6 de mayo de 2018

Silvia Nanclares: Quién quiere ser madre

Resultado de imagen de quien quiere ser madre amazonIdioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Se deja leer





La Maternidad. Es decir, el proceso (concepción, embarazo, parto) que forja nuestras vidas, las de todos. Uno de los grandes temas universales, como el Amor, como la Muerte. De ahí que la literatura lo haya… ¿tratado repetidamente? ¿ignorado como si no importase?  Algo hay escrito por ahí, es cierto, pero no lo suficiente ni con la suficiente seriedad y conocimiento de causa. Tengo la impresión de que la maternidad es la maría de los asuntos literarios como en el cole lo eran la gimnasia y el dibujo. Y si, encima, resulta que quien lo aborda es una escritora –que algo más sabrá del tema, digo yo, incluso si no ha sido madre– la obra en cuestión pasa a considerarse producto de tercera o, dicho con otras palabras, literatura femenina, reservada exclusivamente a mujeres y, por tanto, de nivel inferior. Y puede ser de baja calidad, no digo que no, pero también todo lo contrario. Igual que una narración sobre la guerra puede ser un bodrio o una obra de arte. La excelencia no tiene que ver ni con el asunto que trata ni con el género de los escritores.
He aquí un texto que aborda con valentía una problemática muy de actualidad, y lo hace en primera persona. Este recurso –el de la autoficción– por un lado añade valor testimonial a los textos, pero también abre al autor una vía de escape, le da facilidades para  quedarse en la superficie. Y es una pena que una reivindicación y unas reflexiones con tanto calado potencial tengan lugar precisamente ahora, cuando existe esa tendencia a contar la propia vida como quien se bebe un vaso de agua sin gas. En consecuencia, este sí va a ser un producto destinado exclusivamente a interesados en el tema. Literariamente hablando no le veo mayor trascendencia, aunque reconozco que plantea muchas e interesantes preguntas que todos deberíamos hacernos pues, más allá de conflictos y deseos personales, el índice de natalidad de un país en un momento dado es un concepto estadístico que condicionará nuestra vida de alguna forma y, por tanto, nos atañe a todos.
Con un tono tan distendido y ameno que parece una conversación amistosa, Silvia Nanclares nos enfrenta a la vida cotidiana de una mujer que, al acercarse a la cuarentena, se enfrenta con el tan traído y llevado reloj biológico. Del relato se desprenden las motivaciones que ya conocemos: voluntad de labrarse un futuro profesional, rachas de precariedad económica, esperanza más o menos consciente en que la técnica equilibrará o compensará lo que haga falta, unido a esa baja tolerancia a la frustración que nos caracteriza: nos creemos con derecho a dominarlo todo (climatología, procesos biológicos, fenómenos naturales) y a obtener lo que queremos al momento y de la forma que lo queremos. Pero una cosa es la vida y otra los pedidos on line.

Ser madre añosa o añeja podría considerarse una especie  de medalla, un trofeo con muescas de otras batallas, pero también una medalla engañosa o con doble fondo: la edad de nuestros ovarios no atiende a las supuestas conquistas feministas ni a las transformaciones sociales. Mientras, perversamente, el mercado de trabajo está encantado con ese retraso conquistado, más tiempo y personas productivas, menos bajas maternales y paternales, menos políticas que incentiven la conciliación. (…) Es entonces cuando hay que plantearse que quizá algo huela a podrido dentro de esos caramelitos laborales.

Hay otros hándicaps: como ese tabú universal, que suele disuadirnos de compartir experiencias, incluso de documentarnos sobre asuntos biológicos que, aunque decisivos, se envuelven en una especie de nebulosa que no deja contemplarlos de frente. Claro que, llegado el momento, surge la necesidad de saber, y aquí es donde Nanclares despliega una gran cantidad de erudición sobre biología reproductiva (sobre todo femenina) y técnicas de todo tipo. Tenemos, pues, unos cuantos análisis en marcha: fisiológicos, técnicos y hasta sociales, nada mejor que el género ensayístico para desarrollarlos con el mayor rigor posible. Me lo planteo yo y se lo planteó la autora en su momento. Una autora sin la edad ni la impudicia necesarias para construir una verdadera autobiografía y que no ha fabulado lo imprescindible para que podamos considerarlo novela. Finalmente escogió un híbrido entre ambas –salpicado con el producto de sus investigaciones– cuyo resultado se acercaría mucho a la crónica, pero la obvia necesidad de enmascarar datos y nombres propios impide calificarlo de periodístico.
Quien quiere ser madre parece (y es) un libro escrito con urgencia. Con la urgencia del desahogo emocional, pero también de aportar un testimonio antes de que los sentimientos se diluyan y, probablemente también, de aprovechar toda esa visceralidad, ese torbellino de sentimientos para construir algo que ya estaba latente de una pieza. Puede que Nanclares tenga razón y ese fuera el momento idóneo para narrar su experiencia, pero esta debería haberse cocido a fuego lento en lugar de utilizar la olla a presión. En definitiva, lo que nos vamos a encontrar no es otra cosa que un día a día muy entretenido, cuya mayor virtud consiste en servir de guía a interesados –y ser apta para curiosos– sin mayores pretensiones. Que tampoco está tan mal: “enseñar deleitando” es lo que recomendaban en la Grecia clásica.

sábado, 5 de mayo de 2018

María Fernanda Ampuero: Pelea de gallos

Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable


De pequeños nos contaban cuentos para dormir, cuentos en los que los buenos acababan, de una u otra forma, imponiéndose a los malos. Desgraciadamente o no, hemos crecido y esas historias con final feliz no hay Dios que se las crea. Ahora necesitamos cuentos que nos abran los ojos, cuentos que nos descubran la realidad que tanto anuncio y tanta lucecita de neón pretende ocultar. Necesitamos libros de cuentos como "Pelea de gallos", compuesto por 13 relatos, duros y sin concesiones, que vuelve a mostrar, una vez más, que "el infierno está ahí fuera" (aunque con matices).

Vamos con los matices. Ese “fuera” no es algo de otro mundo ni algo lejano. Por un lado, y aunque los relatos parecen ambientarse en América Latina, la triste realidad de los últimos tiempos nos deja bien a las claras que hechos como los que se narran los tenemos aquí al lado. Por otro, digo que no ese “fuera” no es algo lejano ya que la violencia y el terror son generados en instituciones aparentemente cercanas y teóricamente apacibles, como la familia.

En modo hiperbreve, si hubiera que elegir unaa palabra que defina “Pelea de gallos”, esa sería BRUTAL. Brutal porque este libro huele a muerte, a sangre, a vísceras, a mierda, a esperma y a sudor. Porque está plagado de situaciones violentas y terribles sufridas por las niñas y mujeres jóvenes que protagonizan la inmensa mayoría de los relatos, situaciones en las que muchas veces los victimarios son sus seres más cercanos.

La violencia contra las mujeres está en el núcleo del libro. Hay violencia de la que se ve y de la que no se ve, violencia física y psicológica, violencia de género, violencia racial y violencia de clase.  Hay secuestro y venta de mujeres, explotación sexual en el seno de la propia familia, maltrato físico y psicológico, soledad, abandono, mucha sexualidad reprimida y demasiadas heridas, demasiadas llagas, demasiado dolor.

Ya digo que todo gira alrededor de la violencia y el terror. Pero hay otros temas unidos a los anteriores: el final de la inocencia, como en el breve y magnífico “Cristo”,  la hipocresía y el clasismo en el terrible “Ali” o el fanatismo y la superstición del macabro “Luto”, tres de los relatos que más me han impactado.

En fin, un libro duro, desasosegante y desagradable por momentos, pero absolutamente necesario y recomendable, tanto por el mensaje que envía como por la forma en la que lo hace. 

Un apunte más: afortunadamente, y pese a lo que pueda parecer, Ampuero acaba el libro con un pequeño destello de esperanza, con una rendija abierta a la rebelión, por pequeña que sea. Ojalá se cumpla.

viernes, 4 de mayo de 2018

Nora Strejilevich: Una sola muerte numerosa

Idioma original: español
Año de publicación: 1997
Valoración: Muy recomendable

Hace ya años que se viene escribiendo sobre la memoria y el trauma: sobre cómo contar el momento traumático, que es como una herida psíquica abierta que es imposible racionalizar y asumir. Sobre si ese momento se puede contar, o si es, como tantas veces se ha dicho, inefable por definición. Pienso en Primo Levi, que sintió que tenía la necesidad y la obligación de hablar sobre los campos de concentración, o por supuesto en Imre Kertez, pero también sobre Jorge Semprún, que en La escritura o la vida lo plantea como una disyuntiva: o escribir sobre los campos, o seguir viviendo, mirando hacia adelante sin volver a repetir la memoria del trauma, sin que la lengua vuelva a rozar la herida.

Quizás la forma en que está estructurada y escrita Una sola muerte numerosa sea una respuesta a este problema: cómo decir lo que no se puede decir. Y la respuesta que le da Nora Strejilevich es contarlo de forma fragmentaria y lírica, como si el texto lo guiase la memoria afectiva con sus interrelaciones a veces incomprensibles y su capacidad para juntar lo que aparentemente no está relacionado; y añadiendo también a su voz las voces de otros (de las víctimas y de los victimarios) que convierten el relato individual en síntoma de una catástrofe colectiva (la "muerte numerosa" del título).

Para situarnos: en 1977 Nora Strejilevich fue secuestrada por las fuerzas (para)militares de la dictadura de Videla, y recluida en el centro clandestino de detención del "Club Atlético”, donde fue torturada por "subversiva" y judía. Por esas fechas también se llevaron a su hermano Gerardo y a su novia, Graciela Barroca, y a sus primos Hugo y Abel, que continúan desaparecidos, probablemente arrojados al Río de la Plata en los "vuelos de la muerte". Una vez en libertad, comenzó para Nora Strejilevich un camino en el exilio marcado por la recuperación y transmisión de la memoria, individual y colectiva, del horror.

Pero Una sola muerte numerosa, como decía antes, no es un relato cronológico sino una indagación en la memoria (aunque la primera parte se centre más en la detención y el cautiverio, y la segunda en el exilio y la búsqueda). No hay aquí, por lo tanto, una descripción minuciosa y ordenada del encierro, la tortura, la liberación; es un flujo de la memoria, que asocia los recuerdos de los días traumáticos en el centro de detención, con recuerdos de la infancia junto a su hermano Alfredo, o en la escuela, o historias de una familia judía emigrada a Argentina. Las imágenes del acoso, los interrogatorios, la tortura, el aislamiento o la humillación se ven interrumpidos por canciones de juegos infantiles, o con letras de tango o con canciones de protesta. También por fragmentos de otras obras anteriores de la propia autora.

"Perro y gato se persiguen por el jardín, se esconden en la terraza, se vuelven a pelear.
Corto mano / corto fierro / cuando te mueras / te vas al infierno
Muchos años después, en 1977, la casa es otra. Negro, los barrotes del balcón, mi jardín mutilado; gris, las persianas entornadas, sombras de árboles imaginarios; marrón, el piso que se desparrama por el departamento; blanco, el marco de la puerta, nuestro último escenario.
Fijate por la ventana si me siguen, decís, sosteniendo las palabras del borde para quitarles peso.
¿Qué gano con mirar? En plena dictadura y vos jugando a las escondidas con el cuco".

Y junto con esta memoria individual, la colectiva: declaraciones de los militares, testimonios de otros presos políticos, de otras torturadas, de familiares de los desaparecidos, que se mezclan en forma de collage.

"El anonimato de Scifo Módica duró hasta mayo último. El 15 de ese mes, la Policía Federal inauguró un Centro de Atención a la Víctima de Violencia Sexual, dependiente del Centro de Orientación a la Víctima, del que Scifo Módica es director. Su foto apareció en un diario y la cara resultó conocida para algunos ex detenidos-desaparecidos. Era 'Alacrán', del Club Atlético. (Página 12, 16 de julio de 1996)

La picana eléctrica abre y la guardia, con todo cuidado, cierra para que ellos vuelvan a abrir.

Abrieron la puerta de nuestro taller de artesanía, donde había cosas para trabajar: pulidores, herramientas, entre ellas un torno de dentista, que usábamos para pulir anillos. ¡Uy! ¡Qué linda picana!, escuché.

Gracias a la picana termino en la enfermería".
Una sola muerte numerosa es una lectora desasosegada y desasosegante: un intento, no está claro si necesariamente exitoso, de reconstruir algo a partir de las cenizas; de hablar del trauma (aquello de lo que no se puede hablar) mezclando voces para construir un relato no unitario sino plural, "numeroso". En una entrevista muy interesante que la autora recoge en su web, lo explica así: "...ya no solo soy la víctima de lo que me hicieron sino que ahora estoy creando una historia con todas esas hilachas y esas ruinas". Esa labor de reconstrucción es lo que nos muestra Una sola muerte numerosa, que ahora se publica en España por primera vez gracias a la editorial Sitara.

jueves, 3 de mayo de 2018

Gerald Durrell: Filetes de lenguado

Idioma original: inglés
Título original: Fillets of Plaice
Traducción: Marta Sánchez Martín
Año de publicación: 1971
Valoración: Está bien


No suelo leer libros como este, pero a veces las cosas vienen solas, uno coge casi al azar un libro de la estantería, y a veces acierta, otras muchas no. También me resultó llamativo que el pequeño de los Durrell acumulase hasta tres títulos diferentes en esta mi modesta biblioteca, superando claramente a su famoso hermano Lawrence: Animales en general, un pequeño opúsculo que recuerdo haber leído hace mucho y del que nada me ha quedado; Mi familia y otros animales, que llegó recientemente como regalo; y este Filetes de lenguado, sobre cuyo título comentaré luego, perdido entre volúmenes de mucha más enjundia, con aspecto decrépito y poco atractivo. Como parecen atestiguar las continuas referencias faunísticas, Gerald Durrell fue un naturalista por lo visto bastante conocido, lo cual tampoco me suscitaba demasiado interés literario. Pero, con todo, me decidí.

Bueno, pero ¿qué era eso de ‘libros como este’? Pues un librito simpático, compuesto por media docena de relatos divertidos, intrascendentes, en los que se busca el entretenimiento y nada más. El primero de los textos son unas pocas páginas en las que se cuenta el origen del extrañísimo (y yo creo que un poco disuasorio) título, que carece de cualquier significado y es solo la consecuencia de una broma de Lawrence, que retó al autor a utilizar un título más o menos homófono a su Spirit of Place. Y ahí quedó ese Fillets of Plaice. Aunque la anécdota ni siquiera tiene demasiada gracia, este primer relato señala muy bien el espíritu que guía al resto del libro: perfil autobiográfico, uso del ingenio y buenas dosis de eso que se conoce como ‘humor inglés’.

Efectivamente, la familia Durrell aparece en pleno en La fiesta de cumpleaños, que narra una disparatada travesía en barco por la costa de Corfú, donde residieron algunos años. Es en mi opinión el mejor de los relatos, junto con el siguiente, Un traslado de tortugas de agua dulce, donde Gerald describe su primer trabajo, todavía adolescente, en una tienda de animales. Aunque parecería que se trata de otra historieta cómica sin más, resulta muy apreciable la finura con que se dibujan varios personajes de cierto aire dickensiano, outsiders entrados en años que parecen vegetar en insólitos comercios de un callejón, pero que esconden singularidades de toda una vida, rasgos sorprendentes que descubrimos entre la melancolía y el sarcasmo. Durrell se muestra diestro para observar ese pequeño mundo desde los ojos de un chaval, sorprendido, algo temeroso, siempre divertido.

Los tres relatos restantes son en mi opinión algo inferiores, quizá porque ya se ha perdido el factor sorpresa, o porque el autor tiende a recargar los gags un poco más de lo debido. Y aquí me voy a permitir una reflexión que creo que es extensible a todo el humor inglés: al menos para el lector continental, cuando la ironía se desborda y se hace omnipresente, y las agudezas se multiplican sin medida, la gracia se pierde y el conjunto termina por resultar un poco enojoso. No sabría decir si es lo que les llega a ocurrir a estos últimos relatos del libro, pero se le aproxima bastante, y además se pierde con ello el encanto del ritmo más pausado de los iniciales.

Con todo, para mí ha sido una experiencia tener entre manos un libro así, sin más pretensión que la de contar unos historias divertidas como lo haría un amigo en la barra de un bar, eso sí, con buenas dotes de narrador y siendo capaz de ceñirse a su objetivo. Tomándolo así, como es, este Filetes de lenguado seguro que nos hace pasar un buen rato.

P.D: Da un poco de pudor clasificar a Durrell como 'escritor hindú' (actualmente se considera más correcto 'indio'), pero lo cierto es que, al igual que sus padres, nació en la India, aunque aún era colonia británica. Así que atendiendo a criterios geográficos le he asignado la etiqueta correspondiente, al mismo tiempo que la de 'escritores británicos', que entiendo como una definición más bien cultural.

También de Gerald Durrell en ULAD: Mi familia y otros animales

miércoles, 2 de mayo de 2018

Contrarreseña: Clavícula, de Marta Sanz


Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: intragable

(extraído del diario de trabajo de Marta Sanz):

-7 Enero de 2017: Reunión postnavideña con mi agente y mi editora. Quieren nuevo título en dos meses, de cara al día del libro, etc... Les digo que estoy trabajando en una trilogía de 1500 pgs. basada en el historial médico de todos los miembros de mi familia desde la epidemia de gripe de 1917, a ver qué cara ponen. Cara de susto, claro, hasta que ven que me río (de ellas). Replican que de eso nada, que con doscientas va que chuta, pero que les gusta la idea de las enfermedades. Enfermedades de mujeres, que son las compran libros; empoderamiento, reivindicación del cuerpo femenino, y todo eso... Y autoficción, mucha autoficción, que es lo que se lleva. Que a ver qué se me ocurre.

-9 Enero de 2017: 
No se me ocurre, nada... si yo estoy más sana que una manzana, coño, que para eso me cuido! Sopeso incluso contar mi menopausia, aunque eso no sea una enfermedad y además, le toca pasarla a la mitad de la Humanidad, más o menos... Da igual, que yo soy Marta la Fenómeno, como dice mi churri: me invento un dolorcillo por ahí que no me deje vivir y me obligue a ir a mogollón de médicos distintos y arreglao. Entretanto, voy contando las dolencia de mi madre, de mis tías  y mis amigas, que mira que se ponen pesadas con estas cosas, por favor... 
Para el título, tengo claro que será el nombre de la parte del cuerpo que me duela, pero aún no sé si "Ventrículo", "Clavícula" o "Rabadilla". Me inclino por esta última.

-15 de Enero de 2017-> Madre mía: mes y medio para entregar esto y aún no me he puesto en serio... Encima, me han salido unos bolos en Colombia y en México que no pienso perderme ni muerta. Pero claro, con los gastos que tengo y siendo la única que trae jornal a casa, ya puedo espabilar, que mi churri será muy detallista, pero desde que se quedó en el paro, por ahí no entra un duro ni se les espera... ¡Qué cansado es ser la cabeza de familia, de verdad! Bueno, como al final lo que importa es publicar el libro y apañar unas entrevistas resultonas, voy a repetir el truco de cuando me pidieron un cuento sobre drogas y yo les metí el viaje en autobús que había hecho ese finde entre Águilas y Málaga, con un par de alusiones al Orfidal y a la muerte de Heath Ledger (ay, qué pena, con lo que me gustaba) y a correr... Qué narices, ¿a que no reciclo el cuento y se lo meto tal cual en este libro? Con un par: ya tengo 10 pgs. Y ya puestos, tb. voy a meter la hoja de gastos e ingresos mensuales que acabo de sacar con el Excel, hala... Tres páginas más.

-23 de Enero de 2017-> Lo de "Rabadilla" me molaba, pero me han dicho éstas que es poco comercial, así que será Clavícula, que lo de "Ventrículo" les suena a José Luis Moreno. Además, así puedo poner que me duele junto al Bósforo de Almassy, una cosa muy fina y sensual que salía en aquella peli de amor tan bonita... (¡madre, qué jartura de llorar!). Lo demás, capítulos cortitos y hablar de cosas chungas que me han contado, como la fibromialgia de mi prima Puri, la del pueblo, la anemia ferropética de Ana, mi vecina de abajo o la fisura de ano de mi amiga... bueno, a ésta mejor le cambio el nombre. Ah, y lupus, que lo mencionaban mucho en eso de House, con lo que le gustaba esa serie a mi churri, aunque a mí me daba como aprensión, con tanta gente enferma, Jesús qué agobio...

-28 Enero de 2017-> Hoy he tenido que acompañar a papá al cardiólogo a hacer una prueba de esfuerzo. Menudo coñazo, pero esto lo meto.

-7 de Febrero de 2017: ¡Vaya viajecito que me he pegao a Colombia by the face! Lo que tiene ser una escritora de éxito: hotelazo, piscinaza, desayunazos... eso sí, con lo del libro no he avanzado nada, todo el día de public relations y tal... Ya sé: transcribo todos los correos que me ha enviado mi churri, que mira que es pesado, dando la brasa a todas horas... ya se nota que está en el paro, ya. Bueno, 8 páginas más. Además, se me ocurrió una frase genial mientras estaba tomando el sol en el hotel de Cartagena: "Nosotras nos resistimos al neoliberalismo somatizándolo y nuestras somatizaciones se transforman en un interesado misterio para la ciencia". ¡Ahí es ná, olé tu ******, nena! A ver ahora quien es el crítico que tiene huevos para decir que tu novela es una chorrada, que le va a caer la del pulpo, si no por machista, por neoliberal!

-15 de febrero de 2017-> Joder, joder, joder... que me va pillar el toro y aún tengo la promo de México, que hay que abrir mercado, y por si fuera poco, los papás nos han invitado a un crucero por el Báltico, con lo que me apetece y yo de ahí saco otro libro que ni el Foster Wallace... Céntrate, nena, que tú eres Marta la Fabulosa, como dice mi churri, que desde que está en el paro se ha vuelto muy pelota... Pero es cierto que siempre fui el asombro de mis profes de Lengua, desde cuarto de EGB, por lo menos (bueno, menos el Chapas en 3º de BUP, que decía que lo que constituía mi estilo era mi propensión obtusa por mezclar lo pedante y lo paleto. Puto Chapas... Pues esto lo meto en el libro, ea).

-21 de Febrero de 2017: venga, Marta, dale que tú puedes; acuérdate de cuando el churri te dijo que eras la Garrincha de las Letras y lo buscaste en la wiki y el youtube y resultó que era un futbolista brasileño que hacía así y asá con el balón y los regateaba a todos sin casi moverse del sitio. Y eso sí, mira, yo soy muy buena en el regate corto... seguro que voy a por yogures al Mercadona y sólo con lo del camino saco una novela que te cagas... Es más, igual esa va a ser mi próxima novela, si es que cuela esta. Que colará, porque ya me ha contado la editora que, con todos los que quieren publicar con ellos, un mazo de críticas buenas ya están aseguradas. Y oye, a ver si pica también algún bloguero listillo de ésos, como el Tongoy o uno de los primaveras de Un Libro Al Día, que también tendría su gracia... XD


Libros perpetrados por Marta Sanz y reseñados en Un Libro al Día: ClavículaFarándula

martes, 1 de mayo de 2018

Alice Thompson: El coleccionista de libros

Idioma original: Inglés  
Título original: The book collector
Traductora: Raquel G. Rojas
Año de publicación: 2015
Valoración: Truñaco prescindible

Este libro me vino avalado por Stephen King. King ya ha demostrado no ser un prescriptor infalible en otras ocasiones; últimamente, de hecho, regala citas positivas a cualquier cosa, como George R. Martin. No obstante, supongo que esta vez me pilló con la guardia baja. De El coleccionista de libros ha dicho: “Un perturbador espectáculo gótico, rebosante de energía y genuinamente aterrador”. Y yo, ingenuo de mí, le hice caso.

El argumento

Mi primer problema con este libro es el argumento, que parece sacado de un telefilm de sobremesa. Es genérico y previsible, está plagado de conveniencias, ha sido alargado más de la cuenta y avanza con agónica lentitud. Ah, por cierto, no es solamente que la trama de El coleccionista de libros sea previsible, sino que, llegados a cierto punto de la historia, ya nos olemos de qué va la cosa, pero, por el contrario, la protagonista no. Evidentemente, este hecho vuelve la lectura todavía más pesada y frustrante que si fuera meramente previsible.

Pero bueno, ¿de qué va esta novela? Alice Thompson narra la historia de Violet, una mujer recién casada que ve que su vida se tambalea. Nuestra protagonista creía que lo tenía todo, pensaba que vivía en un idílico cuento de hadas. Sin embargo, las cosas se tuercen y no entiende por qué. ¿Su marido le oculta uno de los libros de su colección? ¿En el sanatorio donde la ingresan por sufrir alucinaciones la están reteniendo contra su voluntad? ¿Es una paranoica o su esposo y la niñera esconden algo turbio?

Lo que decía, un argumento idéntico al de una película del sábado por la tarde. Y su ejecución... Su ejecución es pésima. No, en serio. En Canción de hielo y fuego hay una subtrama, ¡una subtrama!, que en menos páginas consigue transmitir el mensaje de El coleccionista de libros con mayor acierto. Hablo, por supuesto, de la historia de Sansa, una joven idealista que descubre que el mundo está podrido y nada tiene que ver con los cuentos sobre amor verdadero, príncipes gallardos y caballeros honorables que lleva escuchando toda su vida.

En El coleccionista de libros hay, también, un arco de maduración, culminado en la constatación de que el mundo es cruel y no una historia amable, pero este mensaje carece de sutileza, y además es demasiado descarado desde el principio. Bueno, para todos menos para nuestra confiada protagonista, claro; para variar, ella no se entera de nada.

Los personajes  

Los personajes de la novela están desdibujados en exceso. La autora de El coleccionista de libros intenta excusar esta falta de consistencia de los personajes al sugerir que puede deberse a la condición mental de la protagonista, o a que todo el mundo oculta secretos y finge. Pero, repito, eso no es más que una manera de justificar una indefinición que permite que los personajes sean reescritos constantemente, y que evita que se les tenga que otorgar rasgos definidos. Por favor, ¡incluso Violet tiene una opinión de sí "mudable", según se nos informa en la página 111! Quizás un autor más talentoso que Thompson hubiera podido dar contradicción (y por ende, humanidad) a estos personajes. Aquí, no obstante, es una estrategia tramposa para hacer más llevaderas las dificultades intrínsecas de escribir.

También en relación con los personajes me gustaría destacar otro problema: hay algunos sin relevancia a los que se da un foco tremendo, mientras que otros apenas se exploran, pese a su interés argumental.

El escenario 

Otro elemento desperdiciado en esta novela es el escenario. Sé que El coleccionista de libros transcurre en la Inglaterra eduardiana porque así lo asegura la contraportada. A ver, hay un coche de caballos por aquí, una mención a Londres por allá, pero realmente nada me remite a este contexto. La ubicación y la época podrían haber sido perfectamente otras, pues las descripciones, de casas, de un café, de un pueblo, de una librería, de un sanatorio, apenas inciden en detalles identificables que las puedan englobar en un escenario concreto. 

La prosa 

Salvo alguna acción narrada con acierto, la prosa de Thompson es discreta e insípida, cuando no decididamente mala. Encontramos aquí voces poco creíbles, diálogos forzados, registros demasiado llanos y ciertas palabras (como "sensualidad") que se repiten hasta la náusea. ¿Veo que Thompson es profesora de Escritura Creativa? No sé yo si querría que me enseñara a escribir...

La falta de un toque distintivo 

Algo que podría haber desmarcado a esta historia de tantas otras parecidas sería el uso de un recurso concreto en torno al que hacer gravitar su mensaje. En este sentido, parece que Thompson tenía la idea de usar los cuentos de hadas como vehículo narrativo del mismo. Sin embargo, la relación de esta novela con los cuentos de hadas acaba siendo completamente desaprovechada. En vez de arraigar en la esencia de la novela, su presencia en la trama es meramente anecdótica, ornamental.

En la página 184, Violet afirma, hablando de los cuentos de hadas: “se parecen a la vida real (...). Contienen una especie de verdad psíquica.” Nunca, pero, se les traslada al plano de la realidad en el libro; su imaginería se usa solamente de forma superficial. Tenemos las palabras y frases sueltas, “bruja”, “príncipe”, “malvada madrastra”, “Reina de las Nieves”, “un dedo pinchándose en una rueca” o los títulos de varios de estos cuentos, pero nunca hay mayor profundidad en su relación con la novela. Una lástima.

Lo bueno

Podríamos cerrar esta reseña enumerando algunos aspectos positivos (o, mejor dicho, potables), de El coleccionista de libros, para que no se diga que todo es malo: 

  • La prosa es ágil (ojo, no el ritmo del argumento), aunque demasiado apremiante como para detenerse en una idea y darle cierta profundidad.

  • Los capítulos son breves y hay algunos escritos con bastante solvencia. Precisamente los más complicados de redactar, aquéllos en que Violet se encuentra en un sanatorio, confusa, recelosa, donde todo está distorsionado (el transcurso del tiempo, las intenciones de enfermeros y médicos), están relativamente conseguidos. Quizás no son verosímiles, pero los recursos narrativos empleados en ellos son, en su mayoría, eficaces. 

  • Al César lo que es del César. Debo reconocer que hay algunas reflexiones interesantes en este libro. La gran mayoría son clichés y facilonas, pero todavía recuerdo una sobre la maternidad de lo más aguda.

Veredicto 

En conclusión, pese a que esta novela no resalta en nada, no es de lo peor que se publica a día de hoy (aunque, bien pensado, ni que eso fuera un halago). De todos modos, resulta ofensivo cómo ha sido promocionada. ¿"Alimentada en su fondo por la siniestra leyenda de Barba Azul"? No es más que una reintepretación descafeinada de la misma. También se la relaciona con Rebeca, de Daphne du Maurier, o con la impresionante Angela Carter. Y, como sabéis, tiene el beneplácito de King. Así que mejor no le doy más vueltas al asunto.