viernes, 23 de noviembre de 2018

Cristina Fernández Cubas: El año de Gracia

Idioma original: Español  
Año de publicación: 1985
Valoración: Se deja leer  

¿Cómo os resumo esta novela? Es complicado hacerlo sin destripárosla un poco, de modo que en esta reseña habrá algún que otro spoiler leve. Aclarado esto, volvamos a la sinopsis de El año de Gracia: Daniel es un seminarista que, por azares del Destino, naufraga en una isla desierta. 

En realidad, esta síntesis no le hace justicia a la trama de la primera novela de Cristina Fernández Cubas. Para empezar, porque cuando Daniel naufraga ya no es seminarista. Además, porque la isla en la que se encuentra confinado no está desierta.

Os estoy liando; mejor pasemos a otro asunto. La prosa, por ejemplo. A Cubas, cultivadora habitual de la narración breve, se le atraganta un poco El año de Gracia, que es, como he adelantado antes, su primera aproximación al formato largo. La autora despliega un léxico rico y variado en todos sus textos, vale, pero aquí, al no tener una extensión limitada, se excede. Abusa de los adjetivos (si bien a mí el regusto barroco que deja El año de Gracia no me disgusta en lo más mínimo), y, sobre todo, de los sinónimos. Como muestra de esto último, dejad que os cite las rebuscadas palabras que emplea para designar a unas ovejas durante dos páginas seguidas: «rumiantes» (nueva noticia de que esto existe), «pécoras» (¿comour?) o «cuadrúpedos» (va, visto lo visto, esta te la acepto). 

Otro de los problemas de la prosa con que Cubas teje El año de Gracia se debe al protagonista, que es quien narra la historia. Daniel apela a un hipotético lector, al que desea «inteligente e instruido». Es por ello que algunos pasajes de su relato adolecen de florituras innecesarias («recabar su permiso»), cuando no inexcusables. Por otro lado, emplear a un hombre culto como narrador tiene sus aciertos. Y es que es una auténtica delicia ver cómo este texto está trufado de referencias religiosas y literarias. Aunque quizás, eso sí, esta citación constante de referentes convierte a la historia en algo forzadamente metaliterario; es decir, en algo artificial. 

Pero tampoco es que la historia fuera muy verosímil en un principio; ni siquiera pretendía serlo. Tras arrancar de forma bastante creíble, empieza a tirar por derroteros descaradamente novelescos. Responsable de esto es un viaje en barco, así como las supuestas maquinaciones que la tripulación del navío parece pergeñar en contra de Daniel. Estas maquinaciones acaban quedando en nada después del naufragio, por lo que me pregunto qué sentido tenía incluirlas en primer lugar. Ciertamente, le dan al asunto este toque novelesco que decía. Y, a su manera, ya va bien que así sea, porque una vez Daniel se encuentra en la isla, el libro opta por el misterio, más que por la aventura. De modo que los sucesos que ocurren en el barco (o, más bien dicho, los que hubieran ocurrido de no aparecer una fuerte tormenta) dotan al relato de ese punto novelesco que la trama promete.

Y, ya puestos a hablar de la trama de la novela, remarquemos lo evidente: el final es demasiado conveniente. Encima, El año de Gracia no termina donde debería, donde se nos había hecho creer, donde la historia se cerraría con fuerza. Termina, más bien, aterrizando en lo fácil y, hasta cierto punto, positivo, cosa que una narración impregnada en su mayor parte por la desesperación y el desasosiego no debería consentir. Porque una cosa es engañar al lector con las fluctuaciones del género en que se inscribe El año de Gracia (novela de aventuras, novela de misterio...), pero otra bien distinta es frustrar las expectativas de dicho lector eligiendo un final que, por inesperado, no es mejor al previsible.

No voy a mentir: El año de Gracia me ha parecido una novela la mar de entretenida. Se lee con agilidad pese a su prosa algo beligerante; narra eventos bastante interesantes, por más que en conjunto no acaben de funcionar; y, a través de ella, su autora nos regala fogonazos metaliterarios aquí y allá. No obstante, no creo que tarde demasiado en olvidar este libro. Además, dudo que algún día opte por releerlo. Carece de ese toque hipnótico y fascinante que caracteriza a la Cubas querida, a la Cubas del formato breve. Y por nada del mundo es el giro de tuerca de clásicos como Robinson Crusoe, como he oído decir a algunos. Mas tiene ovejas asesinas, y la parte en que Daniel está en la isla es, en general, muy buena, de modo que tampoco es que no os lo recomiende.


También de Cristina Fernández Cubas en ULAD: La puerta entreabierta (como Fernanda Kubbs), Parientes pobres del diablo, La habitación de Nona, Cosas que ya no existen

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Si tiene ovejas asesinas... ¡Habrá que leerla! Gracias por la estupenda reseña.

Oriol dijo...

Gracias a ti, Antonio. Si al final lees la novela, ya nos darás tu opinión. Por cierto, hay una película de terror de serie B que va de esto, de ovejas asesinas; Black Sheep, se llama. Viéndola te tronchas, y además es bastante "self aware", lo cual se agradece en este tipo de productos.

clara2tabares dijo...

No es por darme publicidad, pues os leo desde hace mucho tiempo y nunca lo he hecho, pero no puedo por menos de señalar que yo también tengo un relato "El rebaño", en el que unas ovejas matan a una mujer (aunque sea por casualidad o por amontonamiento).

Juan G. B. dijo...

Hola:
Aunque sea por defender un poco a tan nobles y agraciados a im...bueno, a esos bichos cagones, aquí tenéis la reseña de una novela en la que unas ovejas no cometen un asesinato, sino que lo resuelven:
http://unlibroaldia.blogspot.com/2017/08/leonie-swann-las-ovejas-de-glennkill.html

Oriol dijo...

Que alguien de una conferencia sobre la versatilidad de las ovejas como herramienta literaria YA. ¡Lo necesitamos!