miércoles, 9 de enero de 2013

Slavoj Zizek: En defensa de la intolerancia



Idioma original: alemán

Título original: Ein Plädoyer für die Intoleranz

Año de publicación: 1998

Valoración: Recomendable




De plena actualidad a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, este librito aborda, en menos de 130 páginas, cuestiones que aparecen en varias de las obras del autor. Zizek propone una nueva acepción del término política. Para él significa la asunción de voz y poder por parte de los excluidos hasta entonces (por ejemplo el demos de la antigua Grecia o el partido Solidaridad en la Polonia de los años 80). En contraposición, la postpolítica sería el discurso, tan extendido en las últimas décadas, que pretende que los conflictos ideológicos están ya superados con la finalidad de impedir que un nuevo grupo de silenciados pretendan hacerse con las riendas (lo que significaría el inicio de una nueva etapa política, según la terminología del autor). En nombre de esta distorsión (la afirmación genérica de que todo está en orden) se toleraría cualquier injusticia lo que generaría a veces explosiones aparentemente irracionales de violencia y que, en realidad, no serían sino la única forma de expresión de los que no tienen otro cauce.

La confusión deriva de que la postpolítica define la política como “el arte de lo posible” y según Zizek es “el arte de lo imposible”, justamente lo opuesto. Solo cuando se pretende transformar radicalmente algo que se considera inamovible – asegura – estaríamos haciendo política.

Por eso, desde su punto de vista , y sea quien sea la víctima, cualquier proteccionismo que no modifique las relaciones de poder sirve únicamente para mantener el status quo. Con esa estrategia, cada grupo continuará en el lugar de siempre mientras las supuestas medidas protectoras servirían para que, escudándose en atender sus justas reivindicaciones, nada cambie sustancialmente. Esta sería la astuta manera de superar la divisiones ideológicas haciendo creer a la opinión pública que llueve a gusto de todos, cuando lo que ocurre en realidad es que se están imponiendo, una vez más, los criterios del poder aunque disfrazándolos de objetividad científica. Según dice, los economistas y politólogos justifican así todos los desmanes económicos y consiguen convencer a la mayoría, aunque sea a regañadientes, de que están en posesión de la “única verdad”. Como ejemplo de este razonamiento, aporta el término “radical centre” (centro radical), término acuñado por Tony Blair para definir al partido laborista de la época. Lo que supone una incongruencia, ya que el centro es, precisamente, un concepto moderado, equidistante de radicalismos, cuya función es evitarlos posicionándose entre los extremismos de izquierda y derecha. Parece una forma muy burda de engañar a la opinión pública y, sin embargo, se consigue.

Siguiendo esa misma lógica, las posturas que tienen como objetivo la perpetuación del poder, la profundización de la brecha de las diferencias salariales y cualquier otro proyecto que sirva a los intereses de la gran economía se presentarían disfrazadas de eficacia.

Por otra parte, en el marco de la presente sociedad global, Zizek expone la controvertida afirmación de que el tolerante multiculturalismo actual no es más que una soterrada, astuta y diplomática forma de racismo. Afirma, además, que el reconocimiento de las diferencias culturales no hace sino esconder la verdadera y completa uniformidad que se ha extendido por el planeta y, de paso, desplazar la atención de la economía a la cultura. Y que sirve también como pretexto para tolerar conductas abusivas que se producen, – muchas veces desde el convencimiento más sincero –  apelando a la tradición.

Después de abordar asuntos de lo más diverso con argumentos, como mínimo, cuestionables, por ejemplo, su resuelta defensa de la clonación humana, realiza un (para mí) curioso análisis del tamagochi como función social y termina proclamando que la sociedad actual no ha dejado de ser represora aunque lo disimula valiéndose de argumentos científicos – como la locura – para condenar determinados actos. Algo parecido, sostiene, a lo que se acostumbraba en las sociedades soviéticas tachando de locos a los disidentes. Él aboga por el control de toda la sociedad mediante la colectivización de las decisiones económicas y por dejar de creer en la omnisciencia, inmutabilidad e inevitabilidad de las leyes del mercado.

Merece la pena revisar de vez en cuando nuestras certezas más arraigadas, lo que todo el mundo da por supuesto, Zizek es uno de esos autores que, aparte de la variedad de aspectos que analiza en sus obras y del rigor de algunos de sus análisis – por muy arbitrario que nos parezca a veces – posee la virtud de, cada vez que quiere, poner todo patas arriba.


También de Zizek: El fragil absoluto, Arte, ideologia y capitalismo

1 comentario:

Jaime dijo...

La verdad es que Zizek será caótico, escandalosamente provocativo, hasta banal a veces, pero también dice unas verdades como puños. Su denuncia del multiculturalismo buenrollista y light que respiramos en Europa es de lo más necesaria. Y no digamos ya esa reivindicación de la política como arte de lo imposible. Precisamente sobre esto último fue su intervención en la acampada del movimiento Occupy Wall Street en 2011. Dejo el link, porque no tiene desperdicio:

http://blogs.publico.es/fueradelugar/1068/slavoj-zizek-en-occupy-wall-street