viernes, 15 de septiembre de 2017

Antonio Scurati: El padre infiel

Idioma original: Italiano
Título original: Il padre infidele
Año de publicación: 2014
Traducción: Xavier González Rovira
Valoración: Entre está bien y recomendable

Este libro, como tantos otros, comienza por el final, con un tajante "quizá no me gustan los hombres".

En un contexto general de crisis económica, política y social, llega una crisis doméstica; una crisis a pequeña escala pero, a la vez, más dolorosa para sus protagonistas. Parece que el amor se acabó, surgen las preguntas, las dudas y lo que es un "punto y final" pasa a ser el punto de inicio de una novela introspectiva en la que Glauco Ravelli pasará revista al período de su vida comprendido entre la finalización de sus estudios universitarios y la finalización de su matrimonio, tratando de ver qué ha podido fallar o cómo se ha llegado a ese punto en un mundo en el que a uno le hacen creer que la felicidad está tan al alcance de la mano (una lata de refresco, el nuevo móvil de última generación, un coche...)

Glauco tiene algo más de 40 años, estudió Filosofía pero trabaja como chef en el restaurante que fuera de su padre, está casado y tiene una hija pequeña. Es alrededor de estos hechos sobre los que gira la novela: el matrimonio y, sobre todo, la paternidad. Y también sobre la eterna búsqueda de la felicidad.

El matrimonio y la paternidad son, en gran medida, desmitificados. Porque ninguna de las dos cosas son el "paraíso" que nos habían prometido. Porque la paternidad, pese a ser el acontecimiento más importante en la vida de ambos, no es generadora por sí misma de felicidad. Todo pasa a girar alrededor de Anita. Glauco y Guilia pierden su individualidad, comienzan a alejarse y empieza el desmoronamiento. La felicidad, ese nuevo Dios moderno y accesible (a priori) del siglo XXI, se nos escapa y buscamos una grieta a través de la cual huir de esa sensación de hastío, de infelicidad y de nostalgia.

Scurati construye un retrato generacional bastante certero (mucha gente se sentirá muy identificada con la historia de Glauco), con buenas dosis de acidez, mención honorífica a las clases de preparación al parto y a la cena en un sofisticadísimo restaurante milanés, y amargura. Un libro que me ha gustado más en su vertiente ensayística o sociológica que en su parte ficcional y que, en cualquier caso, es altamente recomendable para padres (primerizos o no) y para futuros padres. Mucho más útil que cualquier guía de tres al cuarto que se pueda encontrar por ahí.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Wu Ming: El Ejército de los Sonámbulos

Idioma original: italiano
Título original: L'armata dei sonnambuli
Año de publicación: 2014
Traducción: Juan Manuel Salmerón
Valoración: bastante recomendable


Vuelve Wu Ming, aun con un poco de retraso para los hispanolectores, qué se le va a hacer... Pero vuelve Wu Ming y eso no puede sino ser una buena noticia, más aún porque vuelven con una nueva novela histórica ambientada en el periodo que , de una forma u otra, era inevitable que alguna vez tocara este colectivo -supuestamente- de escritores italianos: la Revolución Francesa, madre y padre de todas las que vinieron después... y hasta de las que sucedieron antes, que también las hubo. A la época más dura de dicha revolución, además: los primeros tiempos de la Convención y el Terror, pues la narración comienza en enero de 1793, cuando es guillotinado el rey Lui... perdón, en ciudadano Capeto y se extiende por todo ese año y el de 1794. Una interesante visión, por tanto de esa época que  inauguró el concepto de "terrorismo", ya que como bien recuerda Cristina Morales, el terrorismo, en un principio, estaba íntimamente asociado a la creación del estado moderno, y no sólo era cosa de unos gilipollas fanáticos con una furgoneta de alquiler (esto lo digo yo, no ella).

Novela, además y al igual que sus presuntos autores, de vocación coral -pues ya se sabe que el protagonista de la revolución ha de ser el pueblo y tal y cual-, aunque en realidad los Wu Ming se centran sobre todo en un puñado de personajes más o menos representativos...o quizás simplemente adecuados para la trama: Marie Nozière, costurera del barrio de San Antonio y, en principio , una de las célebres "brujas de la Montaña"; Treignac, policía del barrio enamorado de ésta; Leonida Modonesi, actor italiano admirador de Goldoni y habitual intérprete de Scaramouche; Orphée d'Amblanc, médico veterano de la guerra de América, estudioso y practicante de las enseñanzas sobre el "fluido magnético" de Mesmer, y el caballero conocido por Laplace, contrarrevolucionario y también conocedor de las técnicas de magnetización y sonambulismo, que se ha ocultado de los revolucionarios en el manicomio de Bicêtre... La acción, como es de esperar, se centra en Paris -magníficamente logrado el ambiente revolucionario de la época, creo yo-, pero a partir de un momento la narración se bifurca, cuando el ciudadano D'Amblanc es enviado a la Auvernia para investigar unos curiosos y tal vez peligrosos para la República casos de sonambulismo y hasta licantropía.

La novela,  además de fresco histórico, tiene un poco de folletín y hasta de pastiche, de novela de aventuras y cómic de superhéroes, de El pacto de los lobos y Batman Begins... Es también, claro está, una reveladora radiografía de un proceso revolucionario y de su reverso (y muchas veces prima hermana), la contrarrevolución -que nadie se equivoque: la impronta contestataria de los Wu Ming no impide que éstos reflejen en la novela todos los excesos sanguinarios de unos y de otros, que fueron muchos-; un proceso en el que sus actores se entregaron con fruición al enfrentamiento de unas facciones con otras, a la denuncia y aniquilación del supuesto aliado, más incluso que del enemigo político, en imponer su visión de como debía ser y comportarse el ciudadano virtuoso y, todavía más, la ciudadana virtuosamente revolucionaria... en fin, lo que viene siendo Twitter un día cualquiera, para entendernos. Sólo que con Madame Guillotine trabajando a destajo... y nunca mejor dicho.

Y, sobre todo, lo que pone de relieve el libro, ya desde su portada y la organización de los capítulos, es el carácter esencialmente teatral de toda política, sobre todo en momentos como los que describe, cuando la pura oratoria y los gestos de ciertos líderes eran capaces de provocar matanzas y cuando el pueblo en armas se convertía en actor principal de una obra que oscilaba entre lo cómico y la tragedia, como pocas otras veces en la Historia. Una tragicomedia en la que participaban hasta los locos, que quizás fueran los más cuerdos de toda la compañía...  Sería recomendable no olvidarlo.


Otros títulos de Wu Ming y demás, reseñados en Un Libro Al Día: ManituanaQ

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Ian McEwan: Cáscara de nuez

Resultado de imagen de cascara de nuez ian mcewan amazonIdioma original: inglés
Título original: Nutshell
Año de publicación: 2016
Valoración: Se deja leer





Vaya por delante que acabar esta novela me ha costado un triunfo. Los días pasaban y el marca-páginas no se movía gran cosa. Leía un par de líneas y me ponía a pensar en lo que fuese, avanzaba otro renglón y se me volvía a ir la cabeza, cualquier palabra servía para enganchar ideas que desviaban mi atención. Si he conseguido acabarla se debe a un esfuerzo ímprobo, no al disfrute, la intriga ni a ninguno de los elementos que sirven para fidelizar al lector. ¿Ustedes no se sentirían molestos si piensan que les están engañando palabra por palabra?
Cómo supondrán, lo de la nuez es una metáfora. No puedo desvelar a qué alude pues les mostraría la clave de la novela, su máxima originalidad y gran hallazgo. (Eso, al menos, es lo que debió pensar McEwan). 
Lo habitual, cuando se comenta una obra de ficción, es hablar sin tapujos de lo que aparece en las primeras páginas ya que nadie lo considera un misterio. Pero este caso me parece especial, así que tendré cuidado en no mostrar la carta por la que ha apostado el novelista y les recomiendo que procuren no leer sinopsis previas.
Es el momento de aclarar que es, precisamente, esa carta oculta –en mi opinión el colmo de lo inverosímil– lo que me disgustó tanto, me impidió disfrutar de la lectura y la alargó mucho más de lo deseable para una obra de poco más de doscientas páginas sin ninguna dificultad, al contrario, demasiado lineal para mi gusto. Y aquí aparecen otros obstáculos que también dificultaron mi labor: personajes tópicos y predecibles, un argumento calcado de novelas bien conocidas, nula complejidad de una acción que podría haberse resuelto en cuatro o cinco páginas, desenlace que no es más que un sencillo fuego de artificio, pues no solo es abierto es que además se refugia en lo obvio.
Nada nuevo bajo el sol: marido, amante, asesinato, testigo, decadencia. ¿A alguien le suenan estos ingredientes? Efectivamente, con dos enfoques muy distintos podemos encontrarlos en Thérèse Raquin (1868), de Zola y en El cartero siempre llama dos veces (1934), de James M. Cain, nada menos.
Pero lo principal, la famosa carta –que, como digo, McEwan se guarda en la manga muy poco tiempo, ya que solo hay que abrir el libro y leer la primera línea para que quede boca arriba– no es otra que la identidad del narrador, lo que se suele denominar punto de vista. Si la he definido –y lo mantengo –como el colmo de lo inverosímil es, simplemente, porque su pensamiento y opiniones, así como su carácter observador, están en abierta contradicción con su idiosincrasia. Yo la veo como una de esas ideas que parecen geniales a primera vista y que no tardan en desecharse por no resistir una segunda ojeada, me parece un recurso que no se puede permitir ni un principiante, mucho menos un escritor tan justamente reputado como este. En casos así, suelo atribuir los errores a la presión editorial, que quizá no deja tiempo a los autores para plantearse construcciones más sólidas. Pero vaya usted a saber, tampoco hay que disculpar al que escribe solo porque su obra, en general, pueda calificarse de magnífica.
Un pequeñísimo botón de muestra:
“… Sobre la esperanza: he sabido de las últimas matanzas como consecuencia de la búsqueda de sueños de la otra vida. Caos en este mundo, felicidad en el otro. Jóvenes de barba reciente, hermosa tez y largas armas de fuego en el Boulevard Voltaire, mirando a los ojos incrédulos y hermosos de su propia generación. No fue el odio lo que mató a los inocentes, sino la fe, ese fantasma famélico, todavía venerado, incluso en barrios más tranquilos. Hace mucho tiempo alguien sentenció que la certeza infundada era una virtud. Ahora lo dice la gente más educada…” *
¡Venga ya! ¿Alguien duda de que esto lo ha escrito (dicho, pensado) una persona educada y culta, de nacionalidad británica, o al menos de mentalidad  occidental, con personalidad moldeada en el ámbito universitario y más de seis décadas a cuestas? Ian McEwan sin ir más lejos ¿no? Desde luego, es obvio que se trata de la crónica de un escritor en su última fase vital y del resumen de todo un siglo efectuado por uno de sus influencers. Si lo que deseaba era hacer algo así –un proyecto tan legítimo como plausible– debería haber tomado otro camino, creo yo. Nada de novela negra fallida ni de narrador absolutamente improbable que, además, constituyen un lastre para ese testimonio vital en potencia.

(*)Traducción de Jaime Zulaika

También de McEwan: aquí

martes, 12 de septiembre de 2017

Paul Auster: 4 3 2 1

Idioma original: inglés
Título original: 4 3 2 1
Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

«Siento que me he estado preparando durante toda la vida para escribir esta novela»

De esta manera tan contundente nos presenta Auster su último libro, después de siete años sin publicar novelas de ficción. Con esta declaración, las expectativas de quién afronta la lectura de un libro que se acerca a las mil páginas son elevadas, o incluso muy elevadas. Y, aun así, el libro no defrauda, sino todo lo contrario.

Para empezar, la estructura del libro facilita su lectura, partiendo de un capítulo común a todos los personajes: el capítulo «1.0». En él conoceremos los orígenes de la familia donde nacerá Archie Ferguson, protagonista de la historia. A partir de su nacimiento, la novela se compone de capítulos con una numeración algo particular: «1.1» correspondiente al capítulo 1 de la «versión» 1 de Archie, «1.2» al capítulo 1 de la «versión» 2, y así sucesivamente. Además, en cada uno de ellos, el autor introduce hábilmente pinceladas que nos hacen recordar lo sucedido a ese Archie en cuestión. Este aspecto ayuda al seguimiento de la evolución del personaje (o personajes).

Explicado este aspecto más formal, creo que útil para orientar al lector, el libro nos explica cómo, partiendo de un mismo punto, un mismo momento y una misma persona, las cuestiones del azar pueden afectar a la vida de cada uno. No el azar relacionado con la suerte, sino con las casualidades, los sucesos espontáneos, aquellos acontecimientos que ocurren en la vida de una persona de forma fortuita, incontrolada. Las circunstancias que rodean la vida de cada uno afectan no únicamente al presente, sino también a aquello que nos ocurrirá; las decisiones tomadas por cada uno y por su entorno afectan a nuestro desarrollo como personas y a nuestras vidas. Este aspecto es el eje en torno al cual gira la novela y Auster utiliza hábilmente esta idea llevándola al extremo, ramificando la vida de una persona en cuatro; cuatro versiones, cuatro caminos, cuatro vidas que parten de en una sola.

De esta manera, la declaración del autor en la primera frase de esta reseña encaja perfectamente con lo que nos ofrece el libro, puesto que en él encontramos todos los puntos característicos de su obra: las cuestiones del azar, la familia y la relación con los padres, las relaciones sentimentales, la siempre incierta edad adolescente y la revisión del pasado (no es casual que Archie nazca en el mismo año que lo hizo el autor, que viva en los lugares donde también vivió él, ni que comparta sus aficiones como el deporte o la afición por escribir). Auster ha cogido todo aquello que aparece en sus novelas para tejer una obra magnífica, completa, probablemente su gran obra si tenemos en cuenta todo lo que en ella expone.

No es casualidad que gran parte del libro, y la más interesante, se desarrolle entre los seis años de Archie y su adolescencia. Ya en las últimas novelas de Auster nos encontramos una mirada al pasado, como vimos en «Diario de invierno» e «Informe del interior», ambas autobiográficas. También es habitual ver cómo la edad adolescente es tratada por el autor en muchas de sus obras; puede ser un síntoma de empezar ya a notar el paso de los años (curiosamente cuando uno va distanciándose de la adolescencia es cuando uno recuerda los momentos en los que la vida cambió, o pudo haber cambiado), puede que sea porque es en esas edades cuando uno traza el camino principal que le llevará donde se encuentra ahora. Auster lo sabe y juega con eso, y sus últimas novelas suponen echar la vista atrás para ver de dónde venimos y conseguir explicar, de esta manera, aquello que ahora somos.

Empezando la historia con un joven Archie, el autor demuestra una gran destreza al ponerse en la piel y la mentalidad de un niño; con maestría nos sumerge en su mundo lleno de ilusiones y sueños, aunque lleno también de dudas e incertezas. Auster sabe gestionar el ritmo narrativo, sabe introducir anécdotas y detalles sin que uno se dé cuenta, y las páginas pasan volando ante los ojos del ávido lector que quiere, casi necesita, saber más sobre Archie Ferguson. Así, sembrada la semilla de la curiosidad, se aprovecha la evolución del personaje a través de cada una de sus versiones, para potenciar más una parte de su carácter u otra. A pesar de que las diferentes versiones comparten elementos comunes (la familia, la afición al deporte, las ganas de escribir, y el sexo), así como también muchos de los personajes de su entorno, cada una de ellas difiere en parte de las demás ya que opta por una vertiente literaria diferente (periodismo, crítica, literatura) y cada uno de ellos experimenta una vida sentimental propia y distinta. Esta diferenciación de personalidades sirve para hablar de diferentes sucesos importantes que afectaron a la sociedad norteamericana del momento: retrata E.E.U.U. en clave política (la guerra del Vietnam, la lucha por derechos civiles, el asesinato de Kennedy, la lucha contra el racismo), el mundo literario (con referencias a múltiples escritores, no sólo americanos) y su pasión por el cine. Este hecho contribuye a engrandecer y ampliar la novela, dotándola de un fondo social y cultural que añade interés a la propia historia narrada.

De esta manera, la novela nos retrata un mundo de posibles, donde aquellas decisiones propias o ajenas marcan nuestro futuro, potenciando unos aspectos de nuestro carácter por encima de otros en función de lo que hemos vivido, experimentado, sufrido y soportado. La vida y los sucesos (fortuitos o no) dirigen nuestra vida hacia un camino u otro y es todo aquello que envuelve nuestro mundo el que conformará nuestra forma de ser y nuestro devenir. Juntando elementos relacionados con la familia y las aficiones con las consecuencias del azar, Auster elabora una novela ambiciosa, compleja, enredada en sí misma y, a través de ella, conforma un mapa vital donde cada una de las ramificaciones puede desembocar en las diferentes vidas posibles pero, siempre, en todas ellas, con un rasgo común que no varía en exceso: aquello que conforma nuestro núcleo más genuino de nuestra personalidad, manteniendo aquello con lo que hemos nacido, lo modificamos acorde a la vida que hemos tenido.

Sin embargo, siendo honesto, cabe decir que el último tercio del libro se hace algo denso, menos ágil y más reiterativo. En esta última parte abundan los párrafos largos y con exceso de detalle, algo que lastra el desarrollo del libro, haciéndose cuesta arriba en su último tramo. Quizá, siendo escrupuloso, con unas cien o doscientas páginas menos el resultado hubiera sido mejor. De todos modos, cuando uno ha disfrutado de más de setecientas páginas y nota que, aunque flojee algo la última parte, necesita saber cómo termina el libro y no puede parar de leerlo, es porque éste vale la pena, porque su recorrido por las casi mil páginas te dejan con ganas de más y porque el final, ¡qué gran final!, pone la mejor rúbrica posible a esta colosal obra.

En resumen, grandes sensaciones las que deja el libro. No aconsejaría a lectores que no conozcan al autor que empiecen por este libro. No porque no valga la pena, no porque no sea bueno (o muy bueno), no porque uno no goce leyéndolo, sino todo lo contrario. Es un libro tan completo que se disfruta especialmente cuando se reconoce en él aquello que Auster ha estado escribiendo a lo largo de su existencia. Es su mayor obra, es el resultado de todo aquello que ha estado creciendo interiormente a lo largo de su vida literaria, la culminación de su creación. Es puro Auster y eso, ya de por sí, es su mejor aval.

También de Paul Auster en ULAD aquí

lunes, 11 de septiembre de 2017

Jose María Guelbenzu: El mercurio

Idioma original: castellano
Año de publicación: 1968
Valoración: Recomendable

Leí por primera vez ‘El mercurio’ hace una buena porrada de años. No entendí nada pero quedé fascinado. El tal Guelbenzu rompía las normas de la literatura, modelaba el lenguaje y los formatos a su antojo. Era una obra libre de ataduras gramaticales, transgresora. No era el único, claro, antes lo había hecho Joyce desde luego, pero la cosa hundía sus raíces incluso mucho antes, ahí estaba Lautrèamont, los surrealistas, Dadá, Roussel. No sólo se retuerce el elemento instrumental (el lenguaje, las normas gramaticales), sino el mismo desarrollo de la narración, la perspectiva se vuelve múltiple, se confunden autor y personaje, el tiempo deja de ser lineal. Todo patas arriba en busca de un objetivo que tampoco está muy claro: se buscan sensaciones, atmósferas, intensidad, ruptura con el realismo precedente. Se obliga al lector a un esfuerzo suplementario para percibir las ideas de forma no convencional, con lo que deja de ser un receptor pasivo y no le queda otra que currarselo, integrarse en el texto. Sufre, y a cambio disfruta de sensaciones diferentes, o eso se supone. En España, por aquello de la guerra y la polarización, quizá había cosas más importantes de las que ocuparse, y hubo que esperar unos cuantos años para disponer de obras que se arriesgasen en estos peligrosos acantilados de la experimentación. Pero mereció la pena: Martín-Santos, Goytisolo, Juan Benet, Torrente-Ballester (¡qué grandes!), se lanzaron sin paracaídas y alcanzaron algunas de las cimas más elevadas de la literatura española en el siglo pasado –al menos en mi modesta opinión. Incluso un tal Cela hizo un par de incursiones notables en ese mundo enloquecido. Y ahí, un pelín más tarde, apareció este Guelbenzu y su primera obra narrativa (por llamarlo de alguna manera): ‘El mercurio’ (1968)

Bueno, vale, vaya speech. La cuestión es cómo se nos presentan estas cosas hoy día, bien entrado el siglo XXI. A estas alturas ya no nos sorprenden mucho ciertas apuestas estilísticas, y algunos de los recursos narrativos que eran rompedores hace medio siglo nos resultan más o menos familiares. Se puede decir que en el terreno de la audacia ya se llegó todo lo lejos que se podía, y en las últimas décadas la narrativa se ha vuelto quizá más conservadora, con algunas aportaciones sobre todo en el terreno de la estructura, y no mucho más. Todo sea dicho en términos generales, con las lógicas excepciones y a la espera de que alguien más experto me sacuda el correspondiente tomatazo.

A lo que iba. Quizá en estas circunstancias, con una perspectiva temporal mucho más amplia, la fascinación que decía al principio por obras como ‘El mercurio’ se difumina para permitir un juicio un poco más objetivo. Efectivamente, Guelbenzu llegó muy lejos en su osadía, quizá más que la mayoría de sus coetáneos. Tampoco olvidemos que era su primera obra narrativa (hasta entonces sólo había escrito poesía), con lo que puede suponerse que esa creatividad explosiva estaba en su punto más elevado, sin el freno que puede aportar la experiencia. De esa forma, se ve que el autor hace explotar toda la pirotecnia sin escrúpulos, tal vez de forma un poco desmedida. La novela es así una sucesión de golpes a un proceso de lectura digamos normal, empezando por la numeración de los capítulos, continuos saltos en el tiempo y cambios de plano, páginas sin puntuación ninguna o escritas de derecha a izquierda, por supuesto monólogos, a veces entreverados con un relato aparentemente lineal, metaliteratura con el autor como personaje integrado en un libro dentro de otro libro. Vamos, de todo. Eso sí, sin ocultar que la prosa de Guelbenzu, cuando se pone en plan clásico, es elegante y eficaz al cien por cien.

Ah, bueno, claro, el argumento. Pues básicamente tenemos a un grupo de jóvenes intelectuales madrileños entre los que se desarrollan líneas argumentales más o menos relevantes: la pérdida de una amante, el proceso creativo del escritor, reuniones sociales más o menos apetecibles o directamente catastróficas, un colega con una neura importante. Son personajes desubicados, insatisfechos, que buscan su camino en una ciudad que se nos pinta como agresiva e inhóspita, entre el jazz, la literatura y amores que pretenden sean libres y diferentes a lo establecido. En definitiva, elementos muy de la época, que ni llaman mucho la atención ni tampoco conforman una trama demasiado definida.

Pero, aunque en este campo de la literatura hay narraciones a mi juicio más sólidas que ésta, digamos que es admisible que el argumento, al menos en su concepto tradicional, pase a un segundo plano. Estos libros hay que tomarlos como son: experimentos estilísticos arriesgados que tienen el mérito de haber abierto caminos y ampliado los horizontes de la literatura. Con el tiempo, muchos de sus recursos han sido trabajados por otros autores y asimilados por el público, y otros no. Como lectores de narrativa, quizá no muy aficionados a estas aventuras, costará trabajo disfrutar con los obstáculos que el autor nos coloca; pero creo que merece la pena hacer el esfuerzo y conocer otra forma de contar las cosas.

domingo, 10 de septiembre de 2017

David Stubbs: Future Days. El Krautrock y la construcción de la Alemania moderna

Idioma original: inglés
Título original: Future Days. Krautrock y el edificio de la moderna Alemania
Año de publicación: 2016
Traducción: Tadeo Lima
Valoración: muy recomendable

Basta de justificarme. El subtítulo del libro ya es suficientemente claro, no vamos a hablar solamente de discos y de artistas y de sonido o de influencia. Aquí se escribe sobre un movimiento cultural que, aunque la música sea su emblema y su correa de transmisión, parte de la iniciativa de una generación emblemática en su país. Se trata de los nacidos durante la guerra o en los años inmediatamente posteriores. Criados en unas condiciones difíciles a todos los niveles. Con fuerzas de ocupación muy pendientes de que a los boches no les dé por liarla una tercera vez, con compatriotas que ocultan pasados relacionados con el oscuro período 1933-1945. Con un sistema educativo que parece haber hecho un pacto de silencio para eludir la profunda herida. Con muchas familias afectadas por el conflicto, sin nadie que pueda proclamarse ajeno porque todos conocen a víctimas o a verdugos o a ambos. Y la reacción de la generación inmediatamente posterior al conflicto, los nacidos a partir de 1945 es curiosa. Jóvenes de pelos largos, que se debaten entre la mala interpretación que puede representar un brote patriótico y una efervescencia creativa ayudada por sustancias de todo tipo, era hippy y eso, LSD, marihuana, pero intentando hallar su propio camino.
Krautrock es tan despectivo como efectivo a la hora de definir un movimiento restringido y quizás poco heterogéneo, pero su influencia perdura. Primero, porque son precedentes de cierta visión de la música rock omitiendo sus puntos de referencia clásicos. En concreto, el blues. No tanto el jazz, pero un jazz con un perfil técnico alejado de patrones al uso. Can  tiene más que ver con Sun Ra o con Miles Davis que con los Beatles o Chuck Berry. El krautrock es descrito como un golpe en la mesa reivindicando algunas dinámicas propias del renacimiento de la Alemania industrial, tutelada por Occidente, golpe desde un círculo creativo que surge de un esqueje que ahora podemos recordar de forma algo nebulosa. La Alemania de la RAF, de los movimientos estudiantiles, de la Baader-Meinhof, de las patillas imposibles y las Olimpiadas de Munich y los Campeonatos del Mundo del 74, de los pantalones de campana y esa especie de aura incómoda, con el país dividido, con Berlín aislado, con ese idioma que nos parece imposible a los de los idiomas romances.
David Stubbs es un periodista musical que ha desfilado por muchos medios. Desde la una vez totémica prensa semanal (la dupla NME-MM) hasta la difícil y rebuscada élite: The Wire. Uno de esos tipos que podríamos llamar musicólogos, esas rara avis que consiguen ser pagados por escuchar música y hablar y escribir sobre ella. Los que entran de gorra a los conciertos y someten a los artistas a duros tête a tête entre bambalinas y en vestíbulos de hoteles. Su trabajo en este libro es descomunal, analizando carreras, discos, picos y valles de discografías, hablando del proceso de composición, de grabación, refiriéndose de muy buena tinta a toda la juerga lisérgica, a las rencillas fuera y dentro de las bandas, al errático estilo de vida de algunos de los músicos, aludiendo a lo esencial de algunos discos que muchos desconocemos y obligando a ese agradabilísimo ejercicio cuando se lee sobre música: interesarse, indagar, comprar, descargar, escuchar, coincidir o discrepar.
Pero decir que este libro se limita a eso es quedarse muy corto. Sería eludir la disección paralela al auge y declive del movimiento musical, la de una sociedad alemana que se avergüenza de sentir orgullo de si misma, que necesita que pasen décadas, que las generaciones se renueven a toda castaña, que el mundo les mire sin pizca de sorna ni de recelo. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

Moyshe Kulbak: Los zelmenianos

Idioma original: Yiddish
Título original: Zelmenyaner
Traducción: Rhoda Henelde y Jacob Abecasis
Año de publicación: 1931 (libro 1) y 1935 (libro 2)
Valoración: Recomendable (o algo más)

Que las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del sigo XX fueron tiempos de radicales transformaciones (tecnológicas, económicas y políticas, fundamentalmente) es algo innegable. Así, en el ámbito tecnológico tenemos la bombilla eléctrica, la radio o el cinematógrafo. Y en el ámbito político, la Comuna de París, la Primera Guerra Mundial o la Revolución Rusa.

Cuento esto porque "Los zelmenianos" es un libro acerca de la influencia de esos cambios, sobre todo los que origina la Revolución Rusa, en una comunidad tradicional judía.

Los "zelmenianos" son los descendientes de reb Zelmele, judío llegado desde la "Rusia profunda" a territorio de la actual Bielorrusia alrededor de 1864. En Bielorrusia se establecen en un "patio", en el que convivirán (en un decir) tres generaciones de zelmenianos, que será escenario de prácticamente todo el libro, como si de una obra de teatro se tratara.

Como digo, conviven tres generaciones de zelmenianos:. reb Zelmele, su esposa Basche y los hijos y nietos (yernos, nueras, sobrinos y demás familia). Las dos primeras generaciones son hijas de la tradición, cumplen los preceptos que establece la ley y desempeñan oficios también tradicionales, como el de sastre, curtidor o relojero. Por contra, la tercera generación es hija de la Revolución y trata de romper con la secular tradición familiar.

El enfrentamiento está servido. Los mayores ven con recelo cualquier novedad impulsada por los jovenes, ya sea la electricidad, la radio, el cine, las fábricas y granjas colectivizadas, una campaña de alfabetización, el matrimonio con "gentiles" o el nombre de los nietos, y los jóvenes ven a sus mayores como seres aburguesados y anquilosados en la tradición. Pero el enfrentamiento no es solo intergeneracional, sino que entre los miembros de una misma generación también se producen choques. 

Dos aspectos destacan por encima de todo en la novela. El primero es el humor con el que Kulbak trata el tema. Pese a que puede parecer una novela costumbrista con su punto trágico, por el desmoronamiento de una forma de vida, Kulbak da a las diferentes escenas un toque satírico, con sus dosis de humor absurdo, surrealista y negro, por momentos. Por otro lado, Kulbak no enjuicia a los personajes, no toma partido ni por unos ni por otros, sino que únicamente pone de manifiesto las tensiones a las que los múltiples personajes se ven sometidos, siempre con el humor como fondo.

Pese a todo lo anterior, el libro no ha cubierto las expectativas que en el tenía depositadas, si bien es cierto que estas eran muy altas.  Por una parte, está la estructura de la obra. Personalmente, esperaba una novela "más rusa", una narración más "al uso". Por otro, el hecho de que a lo largo de la historia aparezcan y desaparezcan tantos personajes hace que me quede con la sensación de que alguno de ellos pudiera haber tenido "más jugo", más profundidad, más extensión.

En cualquier caso, se trata de una obra curiosa, divertida y bastante entretenida. A quien parece que no le hizo tanta gracia fue al amigo Stalin, lo que llevó a la detención y ejecución de Kulbak en las tristemente famosas purgas del 37. Eso sí, el hombre fue rehabilitado en 1960, aunque de poco le sirviera ya.