miércoles, 7 de octubre de 2009

Guillermo Fesser: A cien millas de Manhattan

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2008
Valoración: Está bien

En julio de 2002, Guillermo Fesser hizo las maletas y se mudó con su familia a Rhinebeck, el pueblo de su mujer, un paraíso rural de siete mil habitantes situado a cien millas de Manhattan. A pesar de tener la intención de pasar un año dedicado a escribir un guión cinematográfico, se dedicó a observar a sus nuevos vecinos, escuchar sus historias y, sobre todo, intentar comprender ese país que tan a menudo tenemos presente y que, en muchas ocasiones, sólo conocemos a través de sus tópicos.

Fesser nos cuenta cómo es la vida en una comunidad rural estadounidense, qué hay de cierto en todas esas creencias que damos por sentadas y en qué aspectos los yanquis y los europeos somos más parecidos de lo que parece a simple vista. Pero también nos habla del sistema de calefacción neoyorquino (muy interesante, por cierto), de la comunidad india, de la inmigración, de la esclavitud (pues muy cerca de su nueva casa pasaba el ferrocarril subterráneo, un sistema de túneles que utilizaban los esclavos para huir a los estados libres del Norte), del sistema sanitario, de las costumbres (que son algo más que el trick or treat del día de Halloween o reunirse con la familia el día de Acción de Gracias), del sistema educativo, de política... todo ello salpicado de anécdotas que nos harán sonreír y nos animarán a seguir leyendo.

Si alguien quiere saber cómo es un estadounidense medio y aprender algo más de este país que nos resulta tan atractivo como incomprensible, que lea este libro. Es ameno, divertido y, sobre todo, muy educativo.

martes, 6 de octubre de 2009

Eduardo Lago: Llámame Brooklyn

Idioma original: español
Año de publicación: 2006
Valoración: Muy recomendable

Cuando una novela recibe un premio tan prestigioso como el Nadal, eso suele ser sinónimo de dos cosas: grandes ventas, y lectura fácil para el público mayoritario. Eso no sucede en el caso de Llámame Brooklyn, premio Nadal 2006 y primera novela de Eduardo Lago, periodista, crítico literario y director del Instituto Cervantes en Nueva York. Puede gustar más o menos, pero lo que no puede negarse es que se trata de una novela madura, trabajada y nada complaciente con el lector; una novela con todas las de la ley.

Llamame Brooklyn es la novela de un perfecto conocedor de las técnicas narrativas del siglo XX, de autores como Joyce, Faulkner o Pynchon, a quienes se homenajea en distintos momentos de esta obra. La trama argumental es sencilla: Néstor Chapman, un colaborador de un periódico español en Nueva York, recibe un curioso encargo: recuperar, ordenar y publicar un libro, Brooklyn, dejado incompleto por su amigo Gal Ackerman al morir. Ello le exige leer y ordenar cuadernos, sumergirse en la vida de su amigo hasta compenetrarse con él en cuerpo y alma, y por supuesto, redactar la versión final de la novela, en la que los estilos y las personalidades de ambos se mezclan de forma inseparable.

De esta trama surge también la propia estructura narrativa: en la novela (que ya no sabemos si llamar Llámame Brooklyn o simplemente Brooklyn) se entrecruzan los recuerdos de ambos personajes, sus escrituras y sus diálogos –reales e imaginarios-; las obras literarias de Ackerman, las cartas de ambos, fragmentos de sus diarios, todo, en fin, lo que compone Brooklyn, y mucho de lo que se refiere a su propio proceso de composición.

El resultado es una obra literaria notable, sorprendentemente cuajada para ser la primera de su autor (que ha esperado hasta la madurez para pasar de la crítica a la creación) y que augura un gran narrador para el futuro si es capaz de mantener el pulso y el nivel de exigencia de esta opera prima. ¿Alguien ha leído Ladrón de mapas, su segunda novela, publicada el año pasado?

lunes, 5 de octubre de 2009

Hans Ulrich Gumbrecht: En 1926. Viviendo al borde del tiempo

Idioma original: inglés
Título original: In 1926. Living at the edge of time.
Fecha de publicación: 1997
Valoración: muy recomendable

"No intente empezar por el comienzo" dice Gumbrecht en la primera frase de este libro, y no le falta razón. Es una buena muestra de la originalidad de este ensayo. Si uno lo piensa, los libros de Historia suelen ofrecernos precisamente eso, una historia, un relato con presentación, nudo y desenlace. Por ejemplo: se describen el lujo de Versalles y el hambre de París, luego se añaden un par de intrigas y pulsos políticos, y se acaba balanceando la sangrienta cabeza de Luis XVI. El lector queda contento, porque los acontecimientos se ordenan según una cadencia reconocible que los revela como signos de algo más grande: la conquista de las libertades, o algo así.

Sin embargo, a poco que se mire de cerca esta costumbre historiográfica, se verá que no deja de ser algo sospechosa. Los hechos pasados se encajan en una perspectiva determinada por factores sociales e ideológicos (entre otros) que bien pueden pasar desapercibidos al historiador. Son esos factores los que le hacen ver una serie de acontecimientos como el inicio de algo o su decadencia. Por lo tanto, ¿de quién dice más su trabajo como historiador: de sí mismo o de su objeto de estudio?

Esto de narrar la historia como si fuera un relato se hace bastante difícil una vez que se ha perdido la fe decimonónica en el progreso universal de la humanidad y todas sus variantes. De hecho, si ya nadie cree que puedan deducirse unas supuestas leyes históricas observando el pasado (y esto ya no se lo traga ni el Partido Comunista Chino), ¿qué sentido tiene seguir escribiendo libros de Historia? ¿Cómo puede ser que estos libros abarroten los escaparates de novedades editoriales? Gumbrecht responde: porque todos queremos revivir el pasado. Un historiador sabe que esto no es más que una quimera, pero, sin embargo, la persigue. Pues bien, ha llegado el momento de que lo haga sin culpa y deje de empeñarse en buscar insostenibles justificaciones políticas o pedagógicas.

Estas reflexiones sobre cómo puede escribirse la Historia hoy en día le llevaron a Gumbrecht al experimento que es este libro. Si eligió el año de 1926 es precisamente porque es un año más, sin esa aura de los años decisivos, que se erigen en bisagras de algún gran relato. No es 1914, que vio el inicio de la Gran Guerra, ni 1919, cuando se firmó el Tratado de Versalles y se fundó el Partido Fascista, ni 1929, el del crack. Se trata, sin más, de revivir un año, tratando de acercarse todo lo posible a la experiencia que tuvieron de él quienes lo vivieron.

Este exigente propósito requiere no pocas innovaciones formales. Para empezar, Gumbrecht rechaza la forma narrativa. Quienes vivieron en 1926 no lo experimentaron como un relato ordenado, así que nosotros tampoco debemos tratar de revivirlo así. La solución pasa por una serie de entradas, ordenadas alfabéticamente, que presentan los objetos, fenómenos y modas de 1926 con documentos de la época. A través de entradas como "gomina", "boxeo", "palacios de cine", "ascensores", "montañismo" o "gramófono" las voces y los hechos de aquel año van cobrando vida ante los ojos del lector. El único criterio en la elección de las fuentes es su vínculo con 1926, sin distinción alguna entre periodismo, ficción o ensayo. Esto restringe los documentos, desde luego, pero genera una selección bien curiosa, en la que figuran El castillo de Kafka, Ser y tiempo de Heidegger (escrito entonces, aunque publicado en 1927) o las aventuras de Winnie-the-Pooh.

Gumbrecht logra un trabajo de una calidad excepcional y de una originalidad imbatible. Es un libro para cualquier público, además, porque el propósito de revivir 1926 puede servir tanto para la elaboración de una tesis doctoral como para disfrutar del pasado. Sólo una pega: la traducción al español, editada en 2004 por la Universidad Iberoamericana, es casi imposible de encontrar en librerías.

También de Hans Ulrich Gumbrecht en ULAD: Elogio de la belleza atlética

domingo, 4 de octubre de 2009

Marvis Harris: Bueno para comer

Idioma original: inglés
Título original: Good to Eat
Año de publicación: 1985
Valoración: Recomendable


Seguro que todos nosotros hemos vivido alguna vez la siguiente situación: estamos sentados a la mesa, la comida que hay en nuestro plato está sin tocar y nuestra madre nos dice: “Cómetelo, que es bueno”. O al contrario, estamos a punto de comer algo y nos reprenden: “No comas eso, que es malo”. Pero, ¿qué es exactamento algo “bueno” o “malo” para comer? ¿Por qué aquí disfrutamos comiendo cerdo y los musulmanes no pueden tocarlo? ¿Por qué en la India no se come carne de vaca y en otras culturas el perro o los insectos son considerados un manjar? Si desde el punto de vista científico todos los animales y plantas pueden aportar vitaminas, proteínas, etc. necesarios y saludables, ¿por qué sólo una parte de ellos acaban en el plato? Y, sobre todo, ¿por qué hay tantas diferencias gastronómicas de una cultura a otra?

Para responder a estas preguntas, Marvin Harris investiga las características de cada cultura y sus hábitos alimentarios y llega a la conclusión de que más allá de tabúes religiosos, gustos o costumbres, lo que realmente determina qué comemos y qué dejamos de comer está estrechamente relacionado con la economía y, por supuesto, la nutrición y la ecología.

Así, conocemos por qué en EE.UU. la carne que más se consume es la de vacuno y, sin embargo, apenas hay consumo de carne de caballo; por qué en muchos países la leche es un alimento común y básico y en otros se consume tan poco que sus habitantes han desarrollado intolerancia a la lactosa o cómo la antropofagia no ha sido una costumbre tan poco común como nos gustaría pensar.

Una lectura recomendable, sin duda, que nos acercará a culturas de las que sabemos muy poco y nos mostrará, una vez más, que toda diferencia tiene una razón de ser y no por eso hay que considerarla como algo “malo”.

sábado, 3 de octubre de 2009

Breve historia del libro (y II)

A menudo se nos olvida hasta qué punto los métodos o soportes que utilizamos para almacenar y transmitir información condicionan el desarrollo de la cultura, y cómo un cambio brusco en los primeros puede suponer una revolución en todos los ámbitos. Una de estas grandes revoluciones -que no han sido muchas a lo largo de la historia de la humanidad- se debió al ingenio y la audacia empresarial de un hombre, Johannes Gutenberg, que pese a ello acabó perdiendo el control de su invento y en la ruina.

Esta historia, como tantas otras, comienza con una apuesta arriesgada. Basándose en las técnicas xilográficas conocidas en Europa y en China desde varios siglos antes, Gutenberg desarrolló un sistema de impresión de "tipos móviles" (una pequeña pieza de hierro, no de madera, para cada letra, de manera que pudieran reutilizarse muchas veces para componer infinidad de textos), y después de probar su invento en diversos textos menores -poemas, documentos eclesiásticos...- se propuso producir 150 Biblias en menos tiempo de lo que el mejor copista tardaría en producir una sola. El resultado fueron las 180 Biblias conocidas como "Biblias de 42 líneas" o "Biblias de Gutenberg" publicadas en 1455, de diseño y perfección admirables, de las que solo se conservan actualmente 21 ejemplares completos (uno de ellos en España, en la Biblioteca Provincial de Burgos). Lamentablemente para Gutenberg, antes de que terminase su producción, su socio Johann Fust le reclamó el préstamo inicial y lo acusó de malversación de fondos (o el equivalente de la época), y terminó quedándose con el floreciente negocio de la imprenta en Mainz, Alemania -aunque parece ser que Gutenberg logró reubicarse en otras ciudades, y antes de morir vio reconocida su paternidad en el invento de los tipos móviles.

El invento de la imprenta complementó además la introducción de un nuevo soporte: el papel. Aunque el papel ya se conocía en China y en Europa desde varios siglos antes, no se generalizó en Europa hasta el siglo XIV, y fue sin duda tras la invención de la imprenta cuando comenzó a sobrepasar al pergamino como soporte fundamental de la cultura (de las 180 Biblias de Gutenberg, 135 se imprimieron en papel, y 45 en pergamino). Gracias a este material tan accesible y a la imprenta de tipos móviles, la producción de libros alcanzó en poco tiempo cotas y ritmos impensables en la Antigüedad o la Edad media, lo que trajo consigo cambios radicales en los procesos de transmisión de la cultura. Así, las 95 tesis de Lutero se difundieron como la pólvora por Alemania gracias a la imprenta, acelerando el inicio de la Reforma protestante. Otro ejemplo sería la Ilustración, cuyo labor de educación del gran público quedó simbolizada en una vasta empresa editorial: L'Encyclopédie.

En el primer tercio del siglo XIX se aplicó el vapor a las imprentas y a los molinos de papel, lo que abarató notablemente el precio de los libros y permitió aumentar las tiradas. Por otra parte, las conquistas sociales en el campo educativo extendieron la alfabetización a capas de población cada vez más amplias, generando un público lector masivo. Fue entonces cuando el libro abandonó su condición de objeto suntuario reservado a unos pocos: nacieron los best sellers. Éstos se llamaban entonces folletines y al principio se conformaban con ocupar una franja baja de algunos periódicos con sus historias de amor, suspense e infortunio. Pronto los periódicos empezaron a vender suplementos literarios, en forma de pequeños cuadernos que conforman novelas por entregas. El género causó auténtico furor y las mejores figuras literarias se dedicaron a él: Alejandro Dumas, Victor Hugo, Robert Louis Stevenson o Charles Dickens, entre otros. Los folletines de éste último enganchaban al público de tal manera que, al parecer, el público de Nueva York esperaba la llegada de las entregas directamente en el puerto.

Esta fue quizá el último cambio cualitativo relevante en la historia del libro. Desde entonces, el proceso de impresión ha seguido haciéndose más barato y más rápido, pero poco ha cambiado en el libro mismo en cuanto objeto. El cambio que empieza a vislumbrarse tiene que ver con la adaptación del texto a la era digital. Pero eso incumbe al futuro (o los futuros) del libro, y lo dejamos para otra entrada.

viernes, 2 de octubre de 2009

Fernán Caballero: La Gaviota

Idioma original: español
Año de publicación: 1849
Valoración: se deja leer

Si hubiera escrito esta reseña hace diez años -cuando leí La Gaviota por primera vez, para hacer una presentación en clase- sin duda hubiera puesto como valoración "repugnante": por su conservadurismo recalcitrante; sus cursilerías infantiles; su didactismo paternalista (o mejor dicho, "maternalista"); su nacionalismo excluyente y monolítico; su folclorismo tópico, idealizante y más falso que una moneda de 3€. Ahora, que la he vuelto a leer para un artículo que quiero escribir, le subo un poco la valoración, no porque la novela no tenga todos esos defectos que acabo de citar, sino porque, en un proceso perverso que afecta a muchos investigadores, le he cogido cariño a la autora y creo que es necesario reconocerle su valor histórico y su espíritu pionero en la novelística española del XIX.

Cecilia Böhl de Faber (que firmaba sus obras con el seudónimo de "Fernán Caballero" en un claro gesto de anti-feminismo), hija del erudito alemán Nicolás Böhl de Faber, tuvo una vida desgraciada: una relación fría y distante con su madre; penurias económicas; tres matrimonios, ninguno de los cuales, por lo que parece, fue especialmente feliz (uno de sus maridos terminó pegándose un tiro cuando su socio en Sydney le estafó y se quedó con todo su dinero)... En medio de tanta turbulencia, y después de viajar por Europa para terminar instalándose en Cádiz, Cecilia, como tantos intelectuales de su época, se dedicó a recopilar cancioncillas, cuentos folclóricos, dichos, refranes, romances o expresiones populares.

Pero más importante que esa recogida, fue lo que se propuso hacer con ella: escribir las primeras novelas "modernas" de la literatura española, con un innovador -aunque errado- sentido del realismo, y una vocación de narrativización de la que carecían sus colegas costumbristas. Los resultados, vistos desde una perspectiva contemporánea, fueron poco acertados, y al lector actual le chirrían no sólo su maniqueísmo y su espíritu catequizador, sino también las historias, cuentos, poesías y digresiones que incluye la narración, que hacen que sus novelas parezcan a veces más una antología o "floresta" que una verdadera novela.

La Gaviota -su obra más conocida y probablemente la más completa- cuenta por ejemplo la perversión de un personaje, Marisalada (aka "la Gaviota") que renuncia a todos los valores que Fernán Caballero consideraba esenciales (la familia, el terruño, la religión...) y que arrastra con ella a la desgracia a todos cuantos la rodean. Y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, la novela incuye ataques a los liberales, a los extranjeros, a los "filósofos positivos", a las corridas de toros (¡sorpresa!), así como multitud de cuentecillos, poemitas, leyendas y explicaciones costumbristas o históricas que pudieron ser de interés para los lectores extranjeros -a quienes estaba destinada la primera versión, en francés-, pero que a los demás nos resultan cansinos y prescindibles.

¿Quién debería hacer un esfuerzo por leer La Gaviota u otras obras de Fernán Caballero? Quien tenga un interés histórico -o antropológico- por ver cómo pensaba y escribía una romántica conservadora alemano-andaluza de la primera mitad del siglo XIX, y quien quiera apreciar cómo en solo 40 años se pudo pasar de un embrión novelesco como La Gaviota, a un monumento literario casi perfecto como es La Regenta.

jueves, 1 de octubre de 2009

El Libro de Urantia

Idioma original: inglés
Título original: The Urantia Book
Fecha de publicación: 1955
Valoración: repugnante

Pese a lo que pude decir en aquella reseña, tengo por norma no reseñar libros que no haya leído. Bueno, pues hoy voy a hacer una excepción, y espero que el lector tenga a bien entenderlo enseguida. No, no he leído El Libro de Urantia, ni falta que me hace. Pero tampoco podía dejar de comentarlo aquí, porque para mí es el no va más en libros canónicos. Algo así como una mezcla entre la Biblia y el guión de Los Caballeros del Zodíaco. 2097 páginas en papel biblia o, lo que es lo mismo, 2 kg y pico de jerga pseudo-teológica, que describe con un detalle trastornado la estructura del universo y la historia de la salvación. Para que os hagáis una idea: sólo los índices ocupan 66 páginas.

El Libro de Urantia está dividido en cuatro partes. La última es la menos extraña, porque trata de la vida y enseñanzas de Jesús y viene a ser un refrito de los evangelios. Materialmente se añaden sólo un par de episodios, como una supuesta estancia en Roma antes de la vida pública. Lo que cambia, y mucho, es la interpretación que se hace de los hechos de Jesús. Sinceramente, no tengo ganas de penetrar la confusa maraña de categorías jerárquicas que constituye la "teología" urantiana, pero valgan un par de frases del episodio de la Resurrección para apreciar el estilo general:

"El viernes por la tarde, poco después del entierro de Jesús, el jefe de los arcángeles de Nebadón, a la sazón presente en Urantia, convocó su concilio para la resurrección de las criaturas volitivas durmientes y empezó a considerar las posibles técnicas de restitución de Jesús. (...) A las dos cuarenta y cino del domingo por la madrugada, la comisión de encarnación del Paraíso, formada de siete personalidades del Paraíso no identificadas, llegó al sitio, desplegándose inmediatamente alrededor del sepulcro..."
Sí, en efecto, parecen las actas de una reunión de auditores. Lo más propio del Libro de Urantia es justo esa loca terminología burocrática llena de palabros como: "tránsito moroncial", "Ajustador Personalizado", "Cuerpo de Consumación Seráfica" o "Seconafines Terciarios". Todo eso hace referencia a un complejo sistema de jerarquías cósmicas. Así, "Urantia", o sea, nuestro planeta, no es más que un mísero átomo en el entramado de mundos y universos locales que conforman la cosmología urantiana. Las dos primeras partes del libro están dedicadas a explicar esa extraña estructura, mientras que la tercera narra la historia de Urantia (poblada en sus orígenes por una raza violeta).

En general, los autores hacen gala de una imaginación poderosa, aunque con tropiezos poco excusables. Por ejemplo, los nombres de los "siete mundos sagrados del Padre" se los podían haber currado un poco más: Diviningtón, Serafingtón, Spiringtón, Ascendingtón... O sea, "algo que suene elevado y super espiritual" añadiéndole al final "-ton", el sufijo inglés que significa "ciudad" (como en Kingston, <King's town). Vamos, que en español lo mismo podían haber traducido "Villaespíritu de Peñarriba", "Serafinuelo Alto" y así. Algo cutre, tratándose de la estructura del universo...

Leído como ficción, el libro podría tener sus momentos, pero su obsesión burocratizante lo hace prácticamente ilegible. El problema, claro, es que no se presenta como una obra de ficción. He mencionado antes a los autores. La Wikipedia apunta a un tal William Sadler, pero, si creemos al propio Libro de Urantia, los diversos documentos que lo forman fueron dictados a un grupo de contactados por seres sobrehumanos de la más diversa índole. Uno de los índices tiene a bien ofrecer un listado de autores, entre los que figuran "un Elevado en Autoridad", "Manovandet Melquisedec", "Comisión de seres intermedios" o, mi preferido, "un Sin Nombre ni Número".

Lo curioso es que, pese a ser resultado de la Revelación, el Libro de Urantia tiene copyright. El titular de sus derechos de autor es una Fundación Urantia, con sede en Chicago, que debe de llevarse un buen pico por los ejemplares que compran las comunidades de lectores del Libro de Urantia repartidas por todo el mundo. En fin, sobre estos desdichados sólo puedo decir, parafraseando a Homer Simpson, que cuando repartieron las religiones, debían de estar en el baño.