Mostrando las entradas para la consulta intemperie ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta intemperie ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de febrero de 2014

Contrarreseña: Intemperie de Jesús Carrasco

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: muy recomendable

Nuevo, servidor, en esto de la contrarreseña: primero, leer el libro, luego leer la reseña anterior, Después, la reflexión. Pero ha habido un antes, eso que ahora llaman precuela. Y reconozco que la práctica unanimidad crítica y ciertas opiniones personales en que confío casi a ciegas, han acabado de darme el empujón. Que apenas hacía falta ante el escaso reto físico de una historia de poco más de 200 páginas y de tintes minimalistas. A ver qué narices pasa con esta novela. A ver si esa pereza inherente a ciertos sectores (los atrincherados en cierto lugar entre el esnobismo y el escepticismo ante el jaleo excesivo) logro superarla.

Lo hice y, voy a soltarlo ya, y ha merecido mucho la pena.

Bueno, para mí la ha merecido. Sin discrepancia, sin intención de enzarzarme en polémica alguna, mi opinión sobre Intemperie se aproxima al entusiasmo, de hecho solamente una resolución buenista en exceso me parece chirriar en lo que es una historia parduzca y negruzca, una novela casi intachable pero que, en cualquier caso, se disfruta enormemente y justifica ese aluvión de loas, tan desmesuradas que parecían irracionales.
Por seguir el planteamiento clásico en turno de réplica, acepto que el uso de terminología relacionada con el mundo agrario y pastoril pueda desorientar, incluso desubicar a cierto perfil de lector, pero no creo que sea superfluo ni fruto de voluntad de epatar. Ello no impide en absoluto atribuírle esa condición tan comercializable de obra universal. Si, esas aldeas devastadas por la sequía podrían pertenecer a las geografías de muchos países, esa figura feudal del alguacil es extrapolable, ese niño protagonista absoluto al que cuestionamos en su inocencia, y esa condición casi policiaca de la historia, ese goteo de pistas que implican mucho explicando poco, esas piezas acaban constituyendo un todo que no pierde en momento alguno la brillantez. Eso ya estaba en lo que Pedro explicó. Pero la universalidad es algo no tan fácil de alcanzar, aceptemos que el minimalismo ayude (o sea, la vertiente de minimalismo consistente en despojar de detalles el texto hasta llegar al tuétano de una historia adaptable a muchos escenarios y épocas). Pero la cantidad de opciones que se abren, la capacidad evocadora del texto (rico, directo, descriptivo) y la soberbia estructura de la narración (con hitos concretos en cada encuentro, con una escenografía propia de un western distópico) la sitúan en un nivel que no puedo menos que considerar como muy notable.
Ignoro si esta y otras novelas van a lanzar ese género literario que ciertos medios se empeñan en etiquetar (novela rural). Me da igual y soy consciente de que las ondas expansivas son eso, ondas que pierden su fuerza a medida que se alejan del centro. Lo que no voy a negar (procuro no hacerlo) es mi opinión personal: he disfrutado y he devorado el libro y he puesto cara y he vestido (con andrajos, por supuesto) a esos personajes sin nombre. He recreado ciertas influencias clásicas (los relatos de huida) y contemporáneas (oscuras películas como Dogville o La cinta blanca) y, voy a bordear el sacrilegio, diría que entre un relato de corte muy parecido como es La carretera de Cormac MacCarthy y éste, prefiero la novela de Carrasco, que disfruta de un sentido mucho más musical del crescendo. Y no es que yo venga a desdecir lo que ya se dijo aquí. Y ya sé que las listas la han encumbrado y muchos (me incluyo el 99% de las veces) solemos tener una tendencia natural a arquear la ceja ante tamaños aluviones de pensamiento único. Pero es que Intemperie me ha gustado mucho, me ha parecido tan brillante que hace que tema por el siguiente paso de su autor, al que no envidio nada, cuando a los de Seix Barral les dé por llamarle para ver por dónde tira a continuación.

lunes, 11 de febrero de 2013

Jesús Carrasco: Intemperie

Idioma original: Español
Año de publicación: 2013
Valoración: está bien

Así están las cosas. Para escribir esta reseña he necesitado realizar un ejercicio de abstracción de la realidad: Intemperie es una novela publicada a comienzos de 2013 de la que se lleva hablando desde septiembre de 2012, debido a su enorme éxito en la Feria de Frankfurt, cuando apenas era -suponemos- un texto en pruebas; más aún: solamente aquellos lectores que hayan estado de vacaciones en, por decir un sitio, Marte, no se habrán topado con alguna de las innumerables -y elogiosas- reseñas que sobre ella se han escrito durante las últimas semanas en periódicos, suplementos culturales, revistas especializadas y blogs. Esto ha provocado dos reacciones, de las que he sido testigo por diversas conversaciones privadas y, también, por los comentarios de algunas páginas web: están los que, por un lado, han aceptado sin remedio elevar a la categoría de obra maestra la novela, como proclaman entre fuegos artificiales una gran cantidad de críticos, y están los que, por otro, se han negado por principio a acercarse a un texto que, a la vista de la heroica campaña publicitaria llevada a cabo por la editorial, es necesario leer cueste lo que cueste. Nada más humano: cuanto más te repiten que tienes que hacer algo, menos quieres hacerlo. Es por esa facilidad para posicionarse ante la obra (incluso sin haberla leído) que, repito, creo necesario un ejercicio de abstracción para acercarse a ella de una forma objetiva, así que vamos a evitar los lugares comunes: primera novela del autor, 40 años, personajes arquetípicos, relato de supervivencia, vendida a tropecientas lenguas antes de su publicación, éxito rotundo, etc.

Al grano. La historia que cuenta Intemperie es la de un niño que huye de su pueblo por alguna razón y a quien persigue un siniestro personaje, el alguacil. En su huida, el niño se encontrará con un cabrero que lo acompañará y ayudará en la medida de sus posibilidades. La causa de la escapada del chaval forma parte de la intriga de la novela, pero tampoco demasiado, ya que el autor nos sugiere unos motivos en las primeras páginas que luego, en efecto, se concretan; tampoco el destino final del muchacho tiene misterio: hay varios momentos del texto en los que el autor nos adelanta un futuro que, previsiblemente, el lector no encontrará cuando cierre la obra. Así pues, la trama mantiene cierta tensión narrativa -sobre todo en dos capítulos, maravillosamente escritos, potentísimos-, pero sin llegar a ser significativa; lo que realmente destaca en esta novela es la prosa del autor, que ha sido capaz de construir, en doscientas páginas, una bestia literaria a medio camino entre un poema épico y un diccionario de términos del campo. No se enfaden: por ahí van los tiros.

La novela tiene, como digo, apenas 200 páginas y no es hasta la 95 que sucede algo (esto no es necesariamente malo, por supuesto: la ausencia de acontecimientos que hagan girar la trama, en muchos libros, permite al autor explorar otros caminos, darse a la reflexión, poner ideas en orden, etc.). Hasta entonces, Carrasco relata, con prosa impecable, diríamos perfecta, los primeros días de la huida del protagonista con una precisión obsesiva. En el término "precisión" está la clave. Carrasco es descriptivo hasta el agotamiento y hace gala de un repertorio infinito de términos perdidos en la memoria de nuestra lengua, por desuso o lejanía; durante las primeras páginas uno piensa que esta peculiar forma de narrar obedece a una lograda intentona de situar al lector en un ambiente, en una atmósfera concreta; pasadas esas primeras páginas, el lector comprende que no, que toda la novela seguirá en esa dirección, y que cualquier mínima acción (por inventarme algo: coger una manzana de un árbol) terminará negro sobre blanco en un par de páginas de minuciosa exposición (por seguir con el invento: la posición de los dedos, la postura del pie, el nombre de árbol y de los árboles de alrededor, el color de la manzana y el número de boquetes que tiene, las palabras exactas que definen cada una de las capas de su piel, los nudos de las ramas, las puntas de las hojas, y más). Es ahí donde Carrasco se excede, en mi opinión. Una cosa es la precisión y otra, distinta, regodearse. Y creo que el autor se regodea, atraviesa la línea que separa una prosa exquisita de una prosa exagerada, por momentos cansina: abusa de la descripción, de la terminología, de la yuxtaposición, del inventario. Como cuando enumera los distintos objetos que descansan en el altar cuando el cura oficia la misa; hombre, la metáfora ya estaba entendida: es innecesario que nos ponga en línea cada una de las herramientas (con la búsqueda, como sucede durante casi toda la lectura, de una serie de términos en el diccionario). O como cuando, en mítico párrafo, nos describe el proceso de atadura del aparejo del burro: casi una página demoledora, en términos de continuidad de lectura, para decirnos lo que ya sabíamos al comenzar ese párrafo: cargaron las cosas en el burro. Llega un momento en el que te lo ves venir y te entra miedo: da la impresión de que, si cada una de las tetillas de las cabras tuviera un nombre, Carrasco encontraría la forma de escribir todo un párrafo -resumido en "el cabrero ordeña la cabra"- en el que daría cuenta de esos nombres que, casi seguro, conocen él y Nemesio el del llano.

Carrasco escribe muy bien, seria absurdo decir lo contrario: marca el ritmo, enfatiza los acentos justos, sugiere y propone, lleva al lector de la mano, tiene enorme talento para componer imágenes y moverse en las maneras poéticas (para mí, la vena que más me ha gustado). Quizá repite algunos esquemas en ocasiones ("como Looconte...", "como Lázaro...", "como la mujer de Lot...", "como Jesús..."), hecho que llega a advertirse en una novela con esta extensión y en la que, como hemos dicho, todo la narración se sostiene, especialmente, en la prosa y su aparato lingüístico. También cae en construcciones inevitablemente redundantes, fruto de ese prolijo afán descriptivo (por ejemplo: "como un [objeto cualquiera] invertido...", fórmula que aparece varias veces). El español es una lengua rica, pero pareciera que al autor se le llega a quedar corta. Y es que, independientemente de que se pueda o no se pueda contar todo lo que hace un personaje, habría que pararse a pensar cuándo esa descripción es necesaria y cuándo no, si hablamos de perseguir unos objetivos narrativos. En el caso de Intemperie, son bastantes los episodios en los que me sobran explicaciones y me faltan emociones, a pesar de que al relato lo acompañe una imagen deslumbrante con sobrecarga poética.

Por todo esto he valorado la novela, de acuerdo con los criterios habituales del blog, con un tibio "está bien", quizá forzando la cuerda entre lo que el autor parece capaz de hacer y lo que ha llevado a cabo. Volviendo al primer párrafo, y ya enfrentando esta reseña al noventa y nueve por ciento de las reseñas que han aparecido en otros medios, debo decir que yo no he leído, o no he sabido leer, ese libro magistral y prácticamente definitivo que sí han leído otras personas. Sí que es un buen relato sobre la supervivencia y la solidaridad, pero no mucho más, y creo que la honestidad del autor no está en entredicho. Es una novela que está bien, sólida, que cuenta una historia interesante y que, durante páginas, se me hizo pesada de leer, por exceso y abuso; pesadez que se compensa con algunos momentos líricos particularmente brillantes, pero son destellos, hallazgos. Desde luego, que la comparen con Delibes me hace recordar lo que sentí la primera vez que leí Los santos inocentes y se me para el corazón: no es lo mismo. Porque, si bien ambos autores nos cuentan algo, Delibes además nos decía algo sobre la inocencia, la culpa, el dolor y el miedo en términos universales, sobre una España que abruma, sobre la muerte. No niego la capacidad de Carrasco para escribir una pieza semejante, pues apunta temas en los que ha rascado, un libro que se aferre a la memoria a pesar de las lecturas posteriores, pero, en mi opinión, esta ópera prima adolece justo de eso: ser el relato de una anécdota, interesante en su ejecución, técnicamente impresionante, por momentos lúcida, quizá fácilmente olvidable. 

jueves, 30 de octubre de 2025

Colaboración: A la intemperie, de Roberto Bolaño

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2024

Valoración: Interesante (para completistas)


Seguramente pensarían ustedes que ya no quedaba ningún escrito de Roberto Bolaño por publicar. Craso error. Debolsillo, dado el seguimiento que tienen las novelas del escritor chileno en nuestro país, se ha preocupado de saciar las necesidades de los “bolañistas” publicando un volumen titulado A la intemperie. 

En este caso, no nos encontramos con una nueva novela inédita, puesto que a estas alturas los baúles están vacíos. Se trata de un volumen que recopila los artículos, columnas y reseñas que publicó Bolaño desde los años 70 hasta poco antes de su muerte. También se recogen prólogos a obras de otros autores y algunas conferencias y discursos.

Con estos antecedentes, como ustedes fácilmente comprenderán, el interés que pueda suscitar esta obra es muy relativo. La temática es muy dispersa y el estilo varía mucho entre los distintos escritos puesto que pertenecen a épocas muy dispares, por lo que la coherencia general de la obra brilla por su ausencia. 

En este sentido, quizás no resultan especialmente atractivos tantos relatos sobre ambientes y personajes de Blanes, su lugar de residencia, ni tampoco los numerosísimos artículos dedicados a autores chilenos que no son conocidos por estos pagos, pero lógicamente hay que situarlos en el contexto de los medios informativos, especialmente el Diari de Girona y Las Últimas noticias de Chile, en que fueron publicados. 

Mucho más interesantes son los artículos en los que habla de literatura. Aunque debe quedar claro que no son críticas literarias ni artículos de opinión. Bolaño introduce sus valoraciones, principal aunque no exclusivamente, de escritores españoles e hispanoamericanos, donde desgrana sus filias y fobias personales, con las que el lector podrá estar o no de acuerdo. El autor chileno ensalza entre los autores españoles a Javier Cercas, Javier Marías o Vila-Matas y nos recomienda encarecidamente que si nos gustan los cuentos “un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Lo repito una vez más, por si no ha quedado claro, a Cela y Umbral ni en pintura”. Y poco más adelante concluye que como cuentista “con Poe tendríamos de sobra”. No creo que Harold Bloom estuviera de acuerdo.

En cuanto a la literatura hispanoamericana deja claramente de manifiesto su predilección por los autores argentinos, especialmente Borges y Cortázar, y en cuanto a la literatura chilena, sobre todo destaca a Huidobro y Nicanor Parra, a los que dedica varios artículos. En cuanto a fobias, aquí queda su valoración de Isabel Allende: “su literatura es mala, viva, pero mala”.

En fin, un volumen que puede resultar útil para completistas a los que les guste coleccionar todo lo publicado por Bolaño, pero prescindible para todos los demás.

Firmado: José Miguel Martínez

Otras muchas obras de Roberto Bolaño reseñadas en ULAD: aquí


martes, 17 de diciembre de 2013

Un libro al día: Nuestros libros del año

Un año más (o sea, por segundo año, porque solo lo hicimos el año pasado), aquí va nuestra selección con lo mejor y lo peor del año, en cuanto a nuestras lecturas. Como se verá en las listas, no se trata necesariamente de obras publicadas en 2013, sino leídas en 2013; y como se verá también, cada colaborador ha escogido las categorías que le ha apetecido, que para algo el garito es nuestro...

Como siempre, os invitamos a que comentéis nuestras listas, o a que nos mandéis las vuestras, en los comentarios del blog, o a través de Twitter y Facebook.

Francesc Bon


Mejor libro de 2013: Así es cómo la pierdes, de Junot Díaz, casi ex aequo con Esquirlas, de Ismet Prcic
Decepción más absoluta: que La Sociedad Juliette de Sasha Grey no tuviera nada aprovechable
Leeré en 2014: La broma infinita, de David Foster Wallace
Releeré en 2014: Thomas Pynchon
Ojalá hubiera leído antes: a Kurt Vonnegut
Un autor a seguir: Mohsin Hamid

Montuenga


Mejor libro de autor revelación 2013: Intemperie de Jesús Carrasco
Mejor ensayo español 2013: Todo lo que era sólido de Antonio Muñoz Molina
Mejor ensayo extranjero leído: Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo de Barbara Ehrenreich
Mejor novela histórica leída: El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura
Me decepcionó: El proyecto Lázaro de Aleksandar Hemon
Me ha encantado: Henderson, el rey de la lluvia de Saul Bellow

Santi


Mejor lectura de 2013: José Saramago: El año de la muerte de Ricardo Reis
Mejor relectura de 2013: Nieve, de Ohram Pamuk 
Un clásico contemporáneo: El almuerzo desnudo de William S. Burroughs
Y un clásico contemporáneo en español: Las virtudes del pájaro solitario de Juan Goytisolo
Autor descubierto este año: Ramon Saizarbitoria
Lectura más divertida del año: La boca pobre de Flann O'Brien

Uxue


Mejor libro del año 2013: difícil elección. Me decanto entre:
  • Cuatro por cuatro de Sara Mesa. Narrativa, poética, engancha y acabas racionando la lectura para que el libro no se acabe.
  • El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila, obra que podría recomendar porque conozcoalautoryesoestrampa, pero que recomiendo realmente por tratarse una de las mejores novelas breves que haya leído hasta el momento.
  • Geografías de Niebla de Valerie Mejer. Un poemario que debería estar en boca de todos, pero que, incomprensiblemente, no se reedita en España. Valerie Mejer es LA POETA. Pronto, una reseña. 
Mejor libro-álbum: Yo quiero mi gorro de Jon Klassen. 
Decepción más absoluta: Dónde estás Bernadette de María Semple. Novela cursi e ingenua donde las haya. Sigo sin explicarme cómo Jonathan Franzen ha podido recomendarla. Muy mal, Johnny, muy mal, el público confiaba en ti...
Novela cutre que quiere vender un rollo burlesco-intelectualoide para hipsters que se dejan impresionar por nada:  Saliendo de la Estación de Atocha de Ben Lerner. Avalada por Paul Auster. ¿Qué os pasa, Johnny y Paul? Y no me vengáis con la respuesta fácil de paragustosestánloscolores.
Me ha encantado y está recibiendo muy buenas críticas: Por si se va la luz, de Lara Moreno.
Un buen libro de poesía (y vuelvo a la modalidad loestoyrecomendandoporqueesunabuenaamiga y porque si Franzen y Auster pueden yo también, pero, en mi caso, con un buen criterio): Artikoa/Ártica de Izaskun Gracia.
Releeré en 2014: Del crear y lo creado, poesía completa de Hugo Mujica.
Terminaré en 2014: Miniaturas de tiempos venideros. Amplia antología de poesía rumana editada por Vaso Roto. 
Libro en la mesilla de noche: Hordas de escritura seguido de Secesión de la poeta Chus Pato.   
Mejor labor editorial 2013: Destacan, ya sea por su diseño, como por su buen criterio de selección:
  1. En poesía: Vaso Roto Ediciones, La Garúa, Amargord y Kriller 71.
  2. En narrativa: Lumen, Automática, Sexto Piso y Libros del Silencio (desgraciadamente, desaparecida).
  3. En libro infantil ilustrado: Editorial Milrazones.
  4. En novela gráfica: Sins Entido.

 

 Pedro


Mejor lectura de 2013: Donde dejé mi alma, de Jerôme Ferrari (reseña pendiente).
Peor lectura de 2013: Brújulas que buscan sonA QUIÉN LE IMPORTA, de Albert Espinosa (leído para realizar una comprobación empírica a partir de la reseña uladiana).
No pude terminar (algo no necesariamente negativo): Karnaval, de Juan Francisco Ferré (no habrá reseña, al menos por mi parte)
Mejor libro reseñado en ULAD: El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago.

Mr Grecco


Mejor clásico que (al fin) ha caído en 2013: Madame Bovary, de Gustave Flaubert
El Horror, El Horror: Cada día, cada hora, de Natasa Dragnic
Al fin he terminado (y ha merecido la pena): Trilogía Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori
Una agradable sorpresa: La intrusa, de Éric Faye
Opinión de algunos libros reseñados por otros: Intemperie, de Jesús Carrasco (digno debut); Ciudad abierta, de Teju Cole (diferente, especial); El pan a secas, de Mohamed Chukri (léanlo, por Dios).
Gamberro/a del año: Socrates Adams por Todo va bien.


Izas


Mejor libro de 2013: no sé, hay muchos, decantarme por uno solo es imposible.
Leeré en 2014: a Danielewski, Cartarescu, O'Brien, Munro, Fitzek, Mitchell, Moreno, Sarrionandia, King, Pavic, Juárez y otros muchos más que esperan, recopilados en varios montones, que les llegue el turno
Releeré en 2014: nada, hay demasiado por descubrir
Una agradable sorpresa: Jean Malaquais por Los javaneses. 
Un autor a seguir: Stéphane Chaumet

sábado, 10 de febrero de 2018

Reseña + Entrevista: Los últimos. Voces de la Laponia española de Paco Cerdà

Idioma original: español
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable

Algo hay en el ambiente: un retorno, o al menos un interés por lo rural que no se veía en el panorama literario y editorial español, probablemente, desde que con la Transición nos sentimos europeos, modernos, cosmopolitas, que es como decir "urbanitas". Al boom crítico y de ventas de Intemperie de Jesús Carrasco le siguieron por otras novelas que se desarrollan en ambientes rurales, a menudo opresivos, siempre aislados de la "civilización": Por si se va la luz de Lara Moreno; Alabanza de Alberto Olmos, Si quieres puedes quedarte a ti de Txani Rodríguez... Y ahí está, por supuesto, el ensayo La España vacía de Sergio del Molino, que es como primo o hermano de este Los últimos de Paco Cerdà, con el que comparte un tema fundamental: el despoblamiento del interior español.

Los últimos. Voces de la Laponia española es un largo paseo por una de las áreas más despobladas de Europa, la denominada "Serranía Celtibérica": una zona amplísima (más de 60.000 kilómetros cuadrados) repartida por las provincias de Guadalajara, Teruel, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Soria, La Rioja, Burgos y Segovia, con una densidad de algo más de siete habitantes por kilómetro cuadrado; casi los mismos que la gélida Laponia, en el extremo norte de Europa.


A lo largo de esta larga crónica o reportaje, Paco Cerdà visita cada una de esas provincias, asciende hasta algunos de los pueblos más inaccesibles y despoblados (algunos, con uno, cuatro, veinte habitantes en invierno) y entrevista a personas muy diferentes que han elegido quedarse, o volver, a estos paradisíacos infiernos de aislamiento: agricultores, maestros, monjes, escritores, pastores, entrenadores de fútbol de categoría regional, artistas, activistas... Todos ellos cuentan una historia similar: la del abandono progresivo de los pueblos y de las formas de vida tradicionales, un abandono apoyado o ignorado por las instituciones; una "demotanasia", en palabras de la investigadora Pilar Burillo.

En algo se nota que este es un libro escrito por un periodista: en que en él encontramos una descripción minuciosa del terreno y del paisaje, y muchas entrevistas con los propios habitantes de la Laponia española, pero no un intento de proponer grandes tesis o soluciones mágicas al problema, imponiendo una voz autorial omnisciente. Es notable, por otra parte, el respeto y la consideración del escritor hacia los habitantes de estos pueblos (muchos de ellos luchando, como quijotes apasionados, contra los elementos y contra las instituciones), sin caer por ello en la idealización new age de la vida rural, ni en la mirada paternalista del que "se rebaja" a salir de la ciudad para entrevistar a los "nativos". Como dice uno de los entrevistados, "estoy harta de que me estudien, que parecemos bichos raros".

Y sin embargo, aunque esta es una crónica o un ensayo fundamentalmente periodístico, es también un libro con un estilo muy cuidado, cargado de imágenes, metáforas, un léxico riquísimo y adaptado al tema. También son abundantes las referencias literarias: a Llamazares y Cervera, pero también a Rulfo, a García Márquez, a Machado, a Cervantes. El párrafo con el que se inicia el texto es un buen ejemplo de este estilo:
"Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se trasmuta en metástasis de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida"
De hecho, quizás la principal pega que se le pueda poner al libro sea que este estilo se alambica demasiado en ocasiones, perjudicando a la lectura del texto, o la insistencia en ofrecer datos numéricos de densidad poblacional, datos imprescindibles en un texto sobre este tema, pero que llegan a aturdir en algunos fragmentos. Las mejores páginas, en cambio, me parece, son aquellas en las que el autor dialoga con algunos de los habitantes de los pueblos, que transmiten una sabiduría dura y escéptica, y una voluntad férrea y afilada.

Este es, en definitiva, un libro político en su diagnóstico de un problema acuciante, apuntando al capitalismo salvaje y al desinterés institucional como causas de un deterioro progresivo. Si es un deterioro inevitable o irreversible, lo dirá el tiempo.

Entrevista con Paco Cerdà

¿Qué te llevó a querer escribir este libro? ¿Cómo/cuándo/por qué se te ocurrió la idea?

El libro nació a partir de la sensación de abandono, desolación y desigualdad que sentí al visitar una pequeña aldea valenciana con menos de diez habitantes. Viajé allí para hablar con sus vecinos y elaborar un reportaje dominical sobre la despoblación para mi periódico, Levante-EMV. Sin embargo, lo que iba a ser un reportaje dominical sembró en mí la idea de que sería bonito echarme a la carretera para recorrer todo este extenso territorio, con calma y sin prisas, para buscar las voces de sus resistentes, de esos últimos pobladores: últimos porque en muchos casos no tienen relevo generacional y su pueblo morirá con ellos, y últimos también porque representan la última preocupación de instituciones, empresas y ciudadanos de esta España desmemoriada con su pasado rural.


¿Cómo fue el proceso de investigación para el libro? Debiste de pasar unas cuantas horas conduciendo por carreteras terroríficas... ¿Cuánto tiempo te llevó reunir el material?

Fueron 2.500 kilómetros recorridos, la inmensa mayoría de ellos por carreteras muy modestas. El viaje fue en invierno, porque es cuando más auténtico es este territorio y no hay residentes puntuales de verano, y visité muchos pueblos pequeños, la gran mayoría de ellos con menos de cien habitantes. Recorrí las zonas montañosas y más apartadas de las provincias englobadas dentro de esta Serranía Celtibérica o Laponia del Sur: Guadalajara, Teruel, La Rioja, Burgos, Valencia, Cuenca, Zaragoza, Soria, Segovia y Castelló. Fueron muchas horas de conducción, es cierto. Con Manolo García sonando en el coche y la mirada alucinada al ver tantos paisajes bellos, de una belleza que a veces parecía de postal inanimada. Y eso es lo que dolía.


Este libro realiza un diagnóstico, pero no prescribe ningún tratamiento: hay iniciativas (casi) individuales, muy voluntariosas, pero no soluciones estructurales para el problema de la Laponia española. ¿Hay solución, o la despoblación es un proceso irreversible e inevitable?

Tal vez sea la pregunta que más me han hecho. ¿Cuál es la solución? Y yo siempre respondo dos cosas. Primero: no sé cuál es la solución. Solo soy un cronista, muy alejado de esos tertulianos que todo lo saben. Conviene tener humildad: mi objetivo era relatar, contar, aquello que me tenían que decir esas voces que pocos se molestan en oír: el pastor que vive solo como único habitante de su pedanía; el maestro que cerrará el colegio del pueblo porque el curso siguiente no habrá alumnos suficientes; el pueblo donde solo vive un niño; el prior de un monasterio que reflexiona sobre el silencio, a veces con regusto a muerte, que abunda en estas tierras; el repoblador que ha vuelto a habitar una aldea abandonada, sin luz eléctrica, a base de agallas, conciencia y utopía; la mujer que regresa a su aldea natal, deshabitada desde hace un cuarto de siglo y toda llena de zarzas y maleza, y se le encoge el alma por ver cómo se desmorona el paisaje de su infancia; el equipo de fútbol del pueblo más pequeño de su provincia, que lucha contra viento y marea por resistir. Es una recopilación de historias humanas para retratar la gran historia humana que está olvidando este país: el abandono del medio rural más despoblado. Porque nada tiene que ver un pueblo de 2.000 habitantes con uno de 57 vecinos. Y segundo: no sé si hay solución: lo que sé seguro es que dejar morir este patrimonio cultural que representa nuestro entramado rural es una barbaridad que no podemos permitirnos como sociedad.  


Una de las virtudes del libro es respetar lo rural y sus habitantes, sin caer en la exaltación neorrural desinformada. ¿Cuál es tu relación personal con lo rural? ¿Lo añoras, o te horroriza? ¿Te irías a vivir a un pueblo de 40 habitantes?

Gracias por ese elogio: es el mayor halago que puedo recibir. No es ya solo el respeto. Para mí, como periodista y como persona, es fundamental mostrar empatía con la persona o la realidad que tienes delante. Yo nací en un pueblo y pasé en él toda mi infancia y adolescencia. Vuelvo allí cada fin de semana. Mi lugar favorito del mundo se llama Morella, y ojalá algún día cumpla el sueño de vivir allí. Siento una enorme admiración por lo rural, sí: miro las manos de mi padre, que es agricultor, y siento un íntimo orgullo. Soy un devoto de las tradiciones y de la cultura popular, durante tantos siglos marginada. Y admiro la capacidad de resistencia que demuestran los habitantes de la España más despoblada que no se han plegado a los intereses generales y siguen en sus pueblos con valores en extinción dignos de encomio: ausencia de consumismo estéril y de tecnoadicción uniformizante, comunión con la naturaleza y ritmos más humanos. Son los únicos, tal vez, que hoy no siguen al rebaño del capitalismo. Pero ese amor y esa admiración que yo siento por esta realidad, que sin duda están en el germen de Los últimos, no debe confundirse con pintar una Arcadia feliz, una estampa bucólica de los pueblos donde todo son bondades. Porque entonces estamos cayendo en la trampa: invisibilizamos el conflicto político que hay en dejar morir a los pueblos más pequeños. Una de las voces que aparece en el libro, el escritor Alfons Cervera, lo sintetiza a la perfección: Ni esto es la Toscana ni es Belfast: ni es el paraíso ni todo es conflicto. Y bajo ese patrón me he guiado.


¿A qué crees que se debe este interés por lo rural en el panorama editorial español? Tu ensayo, el de Sergio del Molino, novelas como Intemperie, Por si se va la luz...

Sinceramente, no lo sé. Puedo responder por mí: necesitaba contribuir con un grito periodístico, con un libro de combate, a denunciar un abandono silencioso. Y de lo que más orgulloso estoy, más allá de las cuatro ediciones que lleva el libro o de haber recibido una enorme atención mediática (¡hasta Le Monde se ha hecho eco del libro y del problema), es que mi crónica sirvió de catalizador para que el presidente valenciano Ximo Puig haya impulsado un ambicioso plan de medidas contra la despoblación del interior valenciano. Me llamó un día y me dijo: “Has conseguido lo que querías: vamos a impulsar una Agenda Valenciana Antidespoblament”. Solo con eso, el trabajo ya está amortizado.  


Algo que destaca en tu libro es el estilo con el que está escrito, que es mucho más cuidado y "literario" que la mayoría de libros de ensayo, me atrevería a decir. ¿Tienes alma de literato? ¿Sigues o te sientes influido por algún escritor en particular?

Muchas gracias por el elogio, es un honor viniendo de vosotros. Los últimos es una crónica, un gran reportaje, y siempre he creído que el buen periodismo ha de estar bien escrito. Al menos es lo que yo intento. Hay excelentes reporteros a los que admiro: desde David Remnick a Martín Caparrós o el Gay Talese de antes de la polémica con su último libro. Años luz nos separan, claro. Y si me pides un escritor vivo y no me vale acogerme a Kafka, Pessoa y Rulfo, me quedó con Gonzalo Hidalgo Bayal: no hay nadie al que admire más, por su prosa, por su exquisito lenguaje, por sus historias profundas y, no menos importante, por su humildad. Ahí está la base de este oficio de ver, oír, sentir y contar.

martes, 29 de enero de 2019

Antón Castro: Cariñena




Idioma original: Castellano
Año de publicación: 2018
Valoración: Está muy bien



Antón Castro (Arteixo, Galicia, 1959) llegó a Zaragoza a los diecinueve años atraído por la existencia de algo así como una comuna de artesanos pacifistas, un lugar algo más acogedor y adecuado a su condición de objetor de conciencia al entonces obligatorio servicio militar que la intemperie del hogar familiar. Claro está que a esa edad, la mayoría estamos a punto de lanzarnos a eso que el autor describe como la continua aventura que es la vida: “Te atrapan todas las historias, todos los personajes, todo lo que oyes o ves”, y lo hacemos sobre todo cargados de dudas, miedos y prejuicios. Con pájaros en la cabeza, aunque en este caso, pájaros como Federico García Lorca, Luís Cernuda o Garcilaso de la Vega. Pero también de una magnífica e inconsciente curiosidad que es la que empuja a lanzarse a esa corriente sobre la que no tenemos ni la más remota idea de adónde nos llevará.

Era otoño y por tanto, época de vendimia. Una oportunidad para sacarse un dinerillo sin necesidad de acreditar preparación o experiencia, en ese momento en el que casi todo tiene la condición de inédito, de primera vez. Llegar en soledad a un lugar desconocido, buscando. Al acecho de un trabajillo, de una oportunidad, puede que persiguiendo lo desconocido o quizás tras algo que dé un sentido a la existencia, o tal vez con la ambición desmedida de encontrarse a uno mismo… Todo eso está en Cariñena. Creo que a cualquiera de los que no somos de por allí, Cariñena nos sonará a vinos baratos y recios, y poco más, desde luego sin el prestigio de otros lugares asociados a la belleza, la excelencia o la quintaesencia de la elegancia. Aunque el escritor neerlandés Cees Nooteboom ubicaba en su novela En las montañas de Holanda exactamente en estos parajes y en estas carreteras la noción de paraíso y perfecta felicidad… Por cierto, en la comarca se produce mucho vino aunque también caldos magníficos.

En cualquier caso, las coordenadas de Cariñena – el lugar y este libro- pasan por la sencillez de los lugares y las personas corrientes, exentos de grandilocuencia, de simbología o trascendencia. El relato que hace Antón Castro de aquel momento tiene el tono íntimo y sosegado con el que la vida parece discurrir por esos lugares apartados, modestos y aparentemente plácidos. No se trata en absoluto de un ejercicio de nostalgia ni de contar batallitas sino de recuperar un momento del pasado y cocerlo a fuego lento con un tratamiento de lirismo ligero, de austera naturalidad. Queda entonces un relato que nos da la medida de un tiempo, aquel país que todavía se movía entre las sombras de la dictadura y el destape, entre la represión y las incontrolables ganas de fiesta, Con una colección de personajes necios o entrañables, que acaban conformando un paisaje tan particular como universal. La cantante, demasiado sensible y demasiado ausente, cuya carrera nunca despegó. El campesino letra herido enamorado hasta las trancas de una mujer que cocina para el joven desconocido. El viejo que colecciona la revista Interviú. El universitario que gusta de oírse y miente por los codos. Aquellos momentos y aquellas personas que Antón Castro a sus diecinueve años fue capturando en un cuaderno Sagitario son el fecundo sustrato de este relato, que se saborea con el mismo deleite que deparan los vinos sabrosos, honestos y elaborados con oficio.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

Adelaida García Morales: El Sur, seguido de Bene


Idioma original: español
Año de publicación: 1985
Valoración: recomendable

Puede que se trate de impartir justicia. Tarde, por eso. La foto de Adelaida García Morales en claroscuro blanco y negro que nos presenta la solapa es la misma que ilustra la portada del libro de Elvira Navarro. Sí, ese que ha suscitado tan agria polémica con los límites de la ficción, la libertad creativa y el apoderamiento artístico de las piezas que nos apetece poner para que la cosa, resulte más...dramática (más vendible). Aunque si me permitís, más espeluznantes resultan las notas que acompañan la sinopsis. "Futuro narrativo". "Escritora de fuste". Para tratarse, por aquel entonces, de una escritora que, después, ha muerto relativamente joven, en una situación muy poco holgada, y entre cierta indiferencia, que a lo mejor hay que agradecer a Elvira Navarro que haya contribuido a mitigar.
Puede, también, que sirva para establecer ciertas de esas odiosas comparaciones. Porque tanto El Sur como Bene, de ser publicadas hoy en día por una autora joven provocarían más de un aullido y más de un ascenso al podio de las nuevas voces de la narrativa rural. O es que alguien que haya leído este libro y haya leído Intemperie va a negar que, con un mínimo de voluntad y ganas, puede establecerse una corriente que recorre esas dos décadas largas y que acaba involucrando otros detalles que no son atrezzo: puertas cerradas, habladurías, hogares con sensibles ausencias, misterios, sordidez. El sur como narración debe su fama (merecida) a la película de Víctor Erice, entonces marido de la autora. Pero la novela tiene fuerza por sí sola: un aura de incomodidad recorre cada página y la historia de la niña que, conforme crece, convive con el padre al que todo el resto de la familia parece detestar, es suficiente en su parquedad, en sus enormes espacios oscuros y su uso sencillo pero depurado del lenguaje, y toda su capacidad de sugestión se sostiene en esos intersticios: un padre, cuya muerte se nos ha anunciado en la primera frase, que ha mantenido una extraña relación con entorno lejano y cercano. Sin acabar de ser repudiado, si que está apartado, en una especie de entente cordiale, de todo aquello que pueda suponer un riesgo para sí mismo o para los demás. Los motivos no quedarán esclarecidos del todo, pero mucho parece aflorar, en su actitud hacia la familia, hacia el entorno, hacia la comunidad, iglesia, poder imperante. Una narración breve, pero estimulante.
Bene, más alineada con lo fantástico, como esos cuentos de acampada que involucran tumbas y ectoplasmas, viene a ser un buen complemento para conocer los registros de la autora fallecida en 2014 entre el anonimato y el desconocimiento masivo. Aquí nos adentramos en un enigma más clásico. Bene es la niña con la que no se deja que la protagonista juegue, Bene encarna el misterio en una pequeña comunidad, donde se presenta, ella y sus allegados, como una presencia flotante en el ambiente.
Evidentemente el libro de Elvira Navarro va a generar una corriente (una muestra es esta reseña) de curiosidad hacia la obra de García Morales. No exenta de morbo y de ganas de posicionarse sobre esas polémicas periódicas que al menos deberían revitalizar un poco el panorama literario. No sé, por eso, si hay que exagerar. A otros les corresponde juzgar si se trata de una reivindicación de la obra  de una persona o una coartada para mostrar el incierto futuro que, parece ser, espera a quien se decide a escribir. 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Anthony Doerr: La luz que no puedes ver

Idioma original: inglés
Título original: All the light we cannot see
Año de publicación: 2015
Traducción: Carmen Cáceres y Andrés Barba
Valoración: bastante recomendable

Aparte de una portada y un formato bastante best-selleriano (etiqueta de prestigioso premio incluida), La luz que no puedes ver dispone de muchos de los elementos que hacen que una novela no me interese demasiado a priori. Por ejemplo, pronto uno se da cuenta de que está protagonizada en su inicio por dos niños en extremos opuestos. Niños que casi no dejan de serlo en toda la novela. Niños, cómo van a ser la mayoría de los niños en la literatura (excepto alguno), inocentes en medio de un caldo de cultivo tan poco nutritivo como la Alemania de la eclosión del nazismo y la Francia en los días cercanos a la ocupación. Niños que, encima, no han contado con suerte en la vida para nada. Aquí ya los vamos presentando: Marie Laure Leblanc, francesa, ciega a los seis años, que convive con su padre, humilde fiel custodio de las llaves de un importante Museo de Historia en París, y Werner Pfenning, alemán, interno, junto a su hermana Jutta en un orfanato, después de que su padre haya perecido en un accidente en la mina en la que trabajaba, y a la que Werner parece estar destinado a trabajar, justo cuando cumpla quince años, si nada lo remedia.
Más detalles que suelen repelerme: los ancianos entrañables que cuidan a esos niños (les una o no vínculo sanguíneo). Aquí Marie Laure tiene a Etienne, parece, enajenado tras la primera guerra mundial, y confinado en uno de los pisos de la casa de Saint-Malo donde Marie Laure y su padre acaban viviendo en una estéril huida, para la cual se han hecho acompañar del Mar de Llamas, enorme diamante cuya puesta a salvo de la avaricia nazi le ha sido encomendada. Y Werner tiene a la frau de turno en el orfanato, que le ha enseñado francés y que se da cuenta de que la habilidad de Werner con los aparatos de radio puede procurarle un salvoconducto para eludir el futuro. En el telón de fondo, la Segunda Guerra Mundial, las Juventudes Hitlerianas, la Francia ocupada, el gobierno títere, la organización de la Resistencia.
A pesar de esas reticencias, desafío a cualquiera a leer las 50 o 60 páginas iniciales de esta novela y no tener ganas de leer hasta el final.
Porque Doerr, hasta ahora desconocido para mí, aunque la solapa le atribuye una nutrida obra no exenta de galardones de menor entidad, tiene la cualidad de narrar de una forma efectiva. Sin tomar partido, sin azucarar, sin pretender, aunque sea imposible no tomar partido de alguna manera, definir un mundo de malos contra buenos. Aunque en las historias sobre nazis esto está bastante complicado. Ya sabemos. Pero la de Doerr no sobra: quizás porque La luz que no puedes ver podría ser despojada de esos detalles y sería en su chasis una pura historia de cómo el mundo adulto y la intemperie coyuntural acaban devastando la inocencia y la pureza de las personas. Pero las circunstancias que la aderezan la enriquecen, y quien la lee se solaza de los tímidos avances de organización de la población ocupada, de las perversas decisiones de los ocupadores, de la propaganda del régimen para que los cachorros corran contentos a inmolarse, y aunque todo esté escrito otras veces y desde distintas perspectivas (esta, por ejemplo, no presta atención más que puntualmente a toda la cuestión de la shoah), y a pesar del poderoso aroma a best-seller, se convierte en una lectura fascinadora y enormemente dinámica (capítulos de cinco o seis páginas como mucho), que solo acusa un final no exactamente feliz pero sí algo a medio camino entre lo rimbombante y lo acomodaticio. Que queda justificado y encaja, pero que encuentro algo forzado. Y ya que hablamos de un territorio literario cercano a grandes masas, de una historia con cierta vocación de universalidad, pues ahí creo que, para aceptarle otro nivel, y otorgarle (disculpad cierta prepotencia) un ascenso, aquí la historia es buena y la intriga generada, notable, pero, por poner un ejemplo, no he sentido la necesidad de transcribir ningún párrafo. O sea, que la excelencia es, definitivamente, otra cosa.

lunes, 20 de enero de 2014

Lara Moreno: Por si se va la luz

Idioma original: español
Año de publicación: 2013
Valoración: Muy recomendable

Confieso que cogí este libro con algo de miedo: había leído, para empezar, la reseña de La medicina de Tongoy, que la pone de vuelta y media; y además había leído "ruralismo" y "poeta", y me esperaba un cuento bucólico lleno de flores y mariposillas y animalillos silvestres.

Qué equivocado estaba.

Por si se va la luz es una historia seca, dura, sucia, escrita con un estilo poético pero al mismo tiempo áspero. Es una novela casi apocalíptica (amaga con serlo pero sin decidirse a serlo): cuenta la historia de una pareja joven, Nadia y Martín, que abandonan la ciudad por instrucciones de la organización (???) y casi todas sus posesiones y se refugian en una casa un pueblo perdido en el que solo viven otras tres personas (Damián, Elena y Enrique, luego llegaran más). Allí se enfrentan a los problemas prácticos de la supervivencia, pero también, y sobre todo, a los problemas de su propia relación, de sus propias soledades y contradicciones.

Por si se va la luz es una propuesta arriesgada, y eso me gusta. El hecho de que sea una propuesta literaria diferente es ya para mí un valor, en medio de tantos libros escritos con una estética realista y un estilo periodístico. Habrá, sí, novelas estructuralmente más compensadas, y desde luego habrá novelas con más acción, mucha más acción. Aquí, el estatismo de la trama (aunque pasan cosas, que conste) se constituye como elemento fundamental, obsesivo, del relato: forma parte de la idea misma de la huida a un supuesto paraíso rural, que se demuestra lleno de suciedad, vacío pero también solidaridad, vida.

Una muestra de la originalidad de esta novela es el modo en que se trata el sexo: no al modo hollywoodiense, acrobático e idealizado, ni al modo Corín Tellado, elíptica y romantizada, sino de una forma cruda, anatómica, cargada de violencia y de suciedad. Se habla, en un pasaje de la novela, de "follar todos contra todos"; se habla de vaginas y penes y testículos y pezones, con todas las letras (¿cuántas novelas españolas recientes utilizan la palabra vagina?).

En fin, que me gusta que una novela que intenta hacer algo diferente, que propone un estilo diferente y una experiencia de lectura diferente, tenga una buena acogida entre los lectores y los críticos.

Nota ruralista: Casi todas las reseñas de esta novela, dice Tongoy, la comparan con Intemperie de Jesús Carrasco, o con El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila. La de Carrasco no la he leído todavía, la tengo pendiente; la de Iván Repila me parece un tipo de novela diferente, también escrita con un estilo lírico y con elementos de "feísmo", pero mucho más alegórica y poética. En cambio, mientras leía Por si se va la luz me venía a la cabeza Sukkwan Island de David Vann, que también coloca a los personajes en un estado de aislamiento e incomunicación.

martes, 28 de junio de 2022

Anna Politkovskaya: Solo la verdad


Idioma original: ruso

Año de publicación: 2011

Traducción: Fernando Garí Puig

Valoración: muy recomendable

Ya hace más de cinco años que escribí sobre una de las obras de Politkovskaya. No voy a negar que una antología de sus artículos como esta pueda ser una elección algo oportunista, pero tal como se está definiendo este nuevo mapa geopolítico de posiciones estratégicas, nada como la autora asesinada para situarse en contexto, pues resulta que incluso quince años tras su asesinato, las circunstancias siguen siendo muy poco claras, y todo sigue prácticamente igual (para empezar, Putin en el poder) por lo que leer a la periodista rusa resulta estremecedoramente actual. Eso sí, el tiempo sí ha avanzado a favor de los responsables de su desaparición, se olvidan los detalles, se diluyen los hechos en la memoria, la contra propaganda funciona. Y leer sus artículos seleccionados en esta antología solo hace que corroborar temores y confirmar sospechas. Hoy en día, o por lo menos a los ojos del espectador promedio occidental, no hay una figura visible de disidencia que se encargue de enarbolar, al menos, el derecho a ser suspicaz respecto a las versiones oficiales. Llámese a una guerra o una invasión con el apelativo de "operación especial", imponiendo severas medidas a quien intente no alinearse con esa jerga. La edad del eufemismo. 

Aquí tenemos a la Politskovkaya más obvia, la aguerrida periodista que, sin el mínimo reparo (hoy muchos lo hacen, pero escondiéndose tras un nick en Twitter, y desde la comodidad del sillón con el laptop en el regazo) acusaba, desde la Novaya Gazeta, a los poderosos, al Kremlin, a la Duma, a los servicios secretos, de ser los mismos que orquestaban las acciones a los que éstos reaccionaban. Con nombres, con ataques muy directos, con toda serie de detalles en una especie de ejercicio temerario, claro, a veces de lectura poco agradable - explícitas descripciones de torturas, minucioso detalle de acciones de castigo, muchas veces bajo la más absoluta arbitrariedad. Con las enormes cúspides de las que dudaba de principio a fin, las dos guerras de Chechenia, los atentados del Nord-Osc y el Beslán, acontecimientos estos que ya apuntaba como las primeras fases de una recolonización (?alguien se acuerda de la Comunidad de Estados Independientes?), una especie de reconstitución de la URSS ya despojada de pantomimas ideológicas. Ahora (entonces, 2006) se trataba de volver a constituir un imperio bajo el manto del poder de los oligarcas, un feroz e implacable mapa de corrupción destinado a que nada se escapara a su influencia en esos intimidadores 13 millones de kilómetros cuadrados, imposible no pasmarse al calibrar su extensión en un mapa-mundi, nadie de todos esos oscuros funcionarios situados en el momento de la caída del muro debía quedar expuestos a la intemperie. Y, por supuesto, el misterio indisoluble de la personalidad del pueblo ruso, tan condicionado en lo físico - el clima extremo, la mezcla de civilizaciones, como en lo psicológico, por el obstinado aislamiento al que han estado sometidos.

Curioso, ciertos artículos al final del libro, en los que la periodista visita otros países, resultan refrescantes, casi esperanzadores, con una tonalidad irónica y abierta, como si necesitara salir a respirar después de esa agotadora experiencia en los conflictos de su país. Literariamente, casi una especie de género diferente. La cronista de las inseguras calles de Grozni pasea por Londres, París o Sidney y su experiencia comparativa solo hace que recubrir de azúcar ese núcleo de hiel. 

2022. Casi imposible, al margen de filtraciones interesadas, saber el pronunciamiento de la opinión pública rusa sobre lo que sucede en Ucrania. Iba a ser un conflicto corto. Iba a ser la mecha que prendiera una III Guerra Mundial, con muchas naciones mirando para otro lado. Con unas consecuencias económicas inmediatas. Quien orquestó el asesinato de Politkovskaya se ha salido, a todas luces, con la suya. Y la verdad es la primera víctima de la guerra, claro, otra frase lapidaria a la lista. Imposible, después de textos tan brillantes, no preguntarse a quién molestaría ahora con sus dudas razonables, con sus preguntas directas e inquisitivas.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Malditas cubiertas: «Marianela» de Benito Pérez Galdós

En muchas de las reseñas de ULAD se valoran puntualmente las cubiertas de las obras por cuestiones concretas, pero hay casos en los que reflexionar en torno a este asunto puede extenderse tanto como la propia reseña.

Por otra parte, cuando contemplamos la cubierta de un libro (nos parezca más o menos llamativa o bonita) esperamos que nos transmita algo de lo que vamos a encontrarnos en las páginas siguientes, ya sea una sensación, un lugar, un personaje, la atmósfera… y esa información bien conjugada con el título (otro gran temazo, damas y caballeros) influye mucho en el hecho de que ese libro sea finalmente abierto o no. Luego están las predilecciones personales: unos prefieren una imagen literal, otros se decantan por algo más simbólico o sensitivo, pero lo que desde luego no gusta es una cubierta que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA QUE VER —ni por negación— con el contenido de la obra que precede.

Y por todo lo dicho, me llena de orgullo y satisfacción (¡je!) inaugurar esta serie sobre CUBIERTAS.

Marianela se publicó por primera vez en 1.878 y se considera un clásico de nuestra literatura, lo cual es motivo suficiente para que haya sido editada hasta la extenuación en diferentes momentos y bajo diferentes parámetros de mercado (no es lo mismo una edición escolar que una para un coleccionable de clásicos que una conmemorativa). No obstante, en mi ardua peregrinación me he encontrado tal variedad de cubiertas que me he visto obligada a su clasificación por estadios, partiendo de las que me parecen menos acertadas hasta llegar a aquellas en las que finalmente se percibe que sus creadores SÍ conocían esta obra de Galdós y a su entrañable protagonista, la Nela.

ESTADIO 1: WTF
Porque la contemplación de estos cuatro rostros femeninos con esos estilismos tan de su época (la que sea en cada caso) me sugiere cualquier cosa menos a la Nela que, de tan sencilla y montaraz, no llevaba ni zapatos. Y qué me sugiere, de izquierda a derecha:
  1. Biografía de María Antonieta.
  2. Lucy (natural de Nueva Jersey) mandó hacerse esta bonita fotografía para que su prometido Billy, alistado en la Guerra del Pacífico, la llevara siempre consigo y no la olvidara.
  3. Poetisa maldita que vivió —aunque muy poco— inmersa en la bohemia parisina de finales del siglo XIX.
  4. Una de las niñas de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín, le dijo «sí» a Jack Nicholson y hete aquí la terrible consecuencia.
ESTADIO 2: LA QUE SA LIAO 
Porque seguro que en el seno de todas las editoriales se cometen errores y, por qué no, se edita una novela con una cubierta que pertenece claramente a otra:
  1. Salomé de Oscar Wilde.
  2. La gitanilla de Juan Ramón Jiménez. Tiene a su favor ese aire de marginalidad del personaje de Galdós, pero hasta vista de perfil ya se percibe en esta gitanilla bastante más carácter del que se puede esperar de la dulce Nela.
  3. Jane Eyre de Charlotte Brontë o Agnes Grey de Anne Brontë o cualquier sensible dama envuelta en serias tribulaciones que amenazan su salud moral y física.
  4. Un hombre que camina en la oscuridad de un territorio inhóspito bajo la atenta mirada de una mujer fantasmal. Cumbres Borrascosas (y con esto ya cumplimos la cuota Brontë hasta el año que viene).
ESTADIO 3: PASTORCILLAS
A alguien se le ocurrió que tal vez la Nela fuera algo así como una virginal pastorcilla y eso desenterró todos los clichés del ideario ñoño. Valoremos al menos el conocimiento de que la historia transcurre en un entorno rural, que es un elemento determinante en Marianela. Así que nos vamos acercando:
  1. Pastorcilla full equip (canesú, flores en el pelo, etc) de las fábulas de Esopo y Lafontaine.
  2. Pastorcilla de pesebre en momento adoración del niño Jesús.
  3. Pastorcilla/doncella/ninfa de pintura renacentista.
  4. Primerísimo plano de pastorcilla (obsérvese qué serenidad y qué cutis, propio de la vida idílica de la que se pasa el día a la intemperie cuidando del ganado).
  5. Pastorcilla asilvestrada. Es menuda, prácticamente una niña, y está como engullida por la vegetación. Se acerca a la figura de la Nela algo más que las anteriores aunque el entorno parezca la verde Irlanda y no una población minera del norte de España.
ESTADIO 4: SI NON E VERO E BEN TROVATO
Y es que quien ha leído Marianela (o la reseña) sabe que se trata de un personaje de difícil catalogación, al que Galdós siquiera describe físicamente, y que pretender retratarla y captar además su mundo interior es meterse tontamente en un fenomenal aprieto. Por ello las cubiertas que desde mi punto de vista más se ajustan al espíritu de la novela, o bien se valen de una ilustración intencionada de la protagonista o bien buscan otro posible leitmotiv:
  1. Pablo y su lazarillo Marianela, una estampa característica de la novela en la que se percibe que Pablo está pero no ve y que Marianela ve pero no acaba de estar.
  2. Una niña/adolescente rodeada de oscuridad (simboliza la falta de cultura y de horizontes) que vive con un tormento interior (quizá demasiado a juzgar por su expresión pero me parece más acertado que la vacua serenidad de pastorcilla).
  3. La pequeña que se arropa con semblante triste transmite muy bien la soledad y la vulnerabilidad del personaje de Galdós (aunque estoy segura de que la pobre Nela nunca tuvo esos mofletes).
  4. El territorio agreste de la zona minera en el que transcurre la historia y que es casi un personaje más de la novela.
  5. Una flor silvestre arrancada y abandonada. A mi parecer, el modo más simbólico, emotivo e inteligente de captar la singularidad y el conflicto de la protagonista.
De todas maneras (y más allá de mis muy científicas elucubraciones) en asuntos así prima la sensibilidad de cada lector, a la que no deberíamos desoír porque, si bien se dice que no se debe juzgar al libro por la cubierta, no se ha dicho nada sobre juzgar a la cubierta por el libro.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Sara Mesa: Cara de pan

Idioma original: español
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable

Campaña mediática. 
Reconozco que empecé a leer Cara de pan con alguna prevención: durante las semanas (incluso meses) previos a que la novela se publicase, proliferaron tanto los mensajes en las redes sociales y en los medios afirmando que era el libro del año, de la década, ¡del siglo!, que me pareció que estábamos ante una campaña de marketing orquestada por la editorial con la complicidad de sus amigotes. La última vez que vi una campaña semejante para una novela española fue con Intemperie, de Jesús Carrasco, que parecía que iba a inventar la literatura, y que, sin ser una mala novela, sobre todo como ejercicio de estilo, no era para nada la maravilla del toreo que nos habían vendido.

O sea, que estaba con la mosca detrás de la oreja. ¿Estábamos todos siendo víctimas de una campaña publicitaria brutal? ¿El capital económico intentaba hacerse pasar por capital simbólico? ¿Un producto comercial por un producto artístico? Lo mejor para responder a esas preguntas era leer la novela, y eso he hecho, y la respuesta es que no: independientemente de la campaña de marketing, Cara de pan es una gran novela.

Lolita.
La figura de Lolita (casi tanto o más que la novela de Nabokov a la que da título) ha ocupado un lugar relevante en el imaginario y en el debate feminista de los últimos años. Desde aquel artículo de Laura Freixas, que fue tan mal leído y entendido por algunos como la propia novela de Nabokov por otros, el personaje de Lolita ha dado título a artículos, debates, mesas redondas, e incluso a la primera novela de Luna Miguel. Esto viene a cuento porque la idea de Lolita, o mejor, de la lolita con minúscula (la nínfula que se relaciona con un hombre mucho mayor que ella) está también en la base de Cara de pan: en ella una niña, Casi, conoce en un parque a un hombre, el Viejo, y comparte con él conversaciones sobre pájaros, sobre Nina Simone, y poco a poco sobre otros temas más privados, hasta crearse entre ellos una complicidad frágil y extraña.

No quiero decir que Cara de pan sea una consecuencia directa de estos debates sobre Lolita; la propia autora aclara que el germen de la novela está en un relato anterior, "A contrapelo", publicado en la antología Riesgo (2017), pero se podría rastrear incluso más allá: ya en Un incendio invisible, primera novela de la autora, la relación entre el protagonista Tejada y la niña que se hace llamar Miguel podría considerarse un esbozo o borrador del tema de esta novela.

En cualquier caso, hay una diferencia fundamental entre Lolita y Cara de pan: mientras que la novela de Nabokov es moralmente transparente (Humbert Humbert, por mucho que se intente justificar ante el lector, es un  violador, un pervertido egocéntrico y manipulador), Cara de pan es moralmente ambigua, o quizás sería mejor decir: amoral. No se plantea la relación entre Casi y el Viejo en función de lo bueo o lo malo, lo socialmente aceptable o lo políticamente correcto, sino en función de la psicología de dos personajes que intentan escapar de sus respectivas soledades y se encuentran en un refugio vegetal, un paraíso siempre en peligro de ser invadido por la realidad.

Fluir.
Dos personajes, un espacio (casi) cerrado, las conversaciones entre esos dos personajes, la evolución de su relación. Conseguir sostener una novela, aunque sea una novela relativamente breve como esta, con tan pocos elementos, no está al alcance de cualquiera. En la literatura española reciente, creo que solo Iván Repila consiguió algo parecido en El niño que robó el caballo de Atila. Lo cierto es que, aunque en la segunda parte de la novela se rompa ligeramente esta burbuja con la aparición de nuevos personajes, nuevos espacios y nuevas situaciones, la novela consigue crear un microcosmos narrativo alrededor de los dos protagonistas y su improbable relación.

Y otra cosa que consigue Sara Mesa es que la novela fluya de forma natural, con una gradación obviamente muy trabajada y meditada. Quizás sea un poco artificial, y también un poco tópica, la progresiva revelación del pasado del Viejo, o de las circunstancias vitales de Casi, pero al mismo tiempo es una forma de mantener la tensión narrativa y el interés del lector en un relato en el que no sobra la acción.

La novela fluye, el argumento fluye, el estilo, sin ser lo más importante (como pasa siempre en las novelas de Sara Mesa) funciona con este fluir de la novela. Y también fluye la carrera de Sara Mesa, que ya se ha colocado entre las primeras, o la primera, representante de su generación. Que tenga el apoyo mediático y comercial de Anagrama sin duda no la perjudica, pero tampoco hace de ella un simple producto. No sé lo que la historia literaria, con el paso del tiempo - de las décadas o los siglos - dirá de la literatura española de estos años, pero parece que Sara Mesa, como Elvira Navarro, Belén Gopegui o Marta Sanz, tendrán derecho a un capítulo en esa historia.

Otros libros de Sara Mesa en Un libro al día.

lunes, 27 de febrero de 2023

Fleur Jaeggy: Proleterka

Idioma original: italiano
Título original: Proleterka
Traducción: Anna Casasas en catalán para Editorial Les Hores y María Ángeles Cabré en castellano para Tusquets Editores
Año de publicación: 2001
Valoración: está bien


Debo decir, que este libro estuvo en mi lista durante bastante tiempo, aunque por aquellas razones que ni los propios lectores asiduos conocemos, fue aletargando su permanencia en la lista de espera hasta que cayó en el olvido. Hasta que me lo recomendaron de nuevo hace poco. Y ni tan mal, pero tampoco tan bien. Veamos.

Escritora longeva aunque poco prolífica, Fleur Jaeggy ha escrito pocos libros a lo largo de una vida que, a pesar de ello, siempre ha ido ligada a la literatura, pues además de ser escritora de novelas también ha ejercido de traductora e incluso colaboró con el grandísimo Franco Battiato escribiendo las letras de algunas de sus canciones, pues aun siendo suiza, fue a vivir a Roma habiendo terminado los estudios para trabajar en la editorial Adelphi lo que le abrió las puertas al mundo cultural y donde conoció al que sería su marido, Roberto Calasso. Por tanto, su bagaje cultural queda fuera de toda duda aunque su estilo literario, duro, frío, la ubicaría más cercana a los países del este. Porque el estilo de la autora ya queda evidente en su primera página cuando, recordando su niñez, afirma que «por aquellos tiempos no pensaba en los muertos. Vienen a encontrarnos más tarde. Llaman cuando sienten que nos convertimos en presas y es hora de ir a cazar».

De esta manera, tras un inicio en el que la protagonista nos explica el fallecimiento de su padre Johannes, la narración hace un salto al pasado afirmando que «conocía poco a padre. En unas vacaciones de Pascua me llevo con él a hacer un crucero. La nave estaba atracada en Venecia. Se llamaba Proleterka. Proletaria». Así nos confiesa su poca relación con «Johannes, la persona que me es increíblemente desconocida. Padre». Así, argumentalmente, el libro se centra en los recuerdos de la protagonista quién, de adolescente, realiza un viaje con su padre a quien apenas veía, pues vivía separado de su madre. Un viaje que duraría un par de semanas, padre e hija, la perfecta situación para estrechar una relación demasiado distanciada y puede que su última oportunidad de compartir momentos juntos, pues el padre está enfermo y no se sabe cuánto tiempo le queda de vida, alguien a quien mira con inquietud y constatando como «el sol se le mete en el alma, en el corazón enfermo, en los ojos descoloridos, desteñidos desde hace generaciones». Pero el viaje la llevará también a conocerse a ella misma, a revivir su pasado y el de su padre y a adentrarse de manera ineludible en la vida iniciática de una adolescente que, en el pasado acelerado y arduo a la edad madura, deberá enfrentarse sola a un mundo lleno de hombres desconocidos de cuestionables intenciones en un viaje que no ofrece destellos de alegría, ni en ella ni para el resto, pues «hacia el final del viaje los pasajeros ya no sentían simpatía los unos con los otros. Las expresiones de las caras parecían cambiadas. Los había invadido un extraño vértigo, un pronto atávico y marcial de prepotencia hacia los compañeros».

Así, ya en el inicio del libro vemos el estilo de la autora, de frases cortas y frías, casi asépticas, como vemos la manera en la que retrata a su padre al embarcarse en el viaje: «Johannes viste ropas oscuras. Impecable. Casi no nos hemos dirigido la palabra». Ya en esa primera cena algo va mal, pues confiesa que «durante los postres la fuerza del mar aumenta (…) fuera, viento rabioso (…) Respiro la excelsa solitud nocturna. La intemperie. Y el peligro». Vemos también el ambiente recreado en la narración, un ambiente que ya en las primeras páginas intuimos opresivo, claustrofóbico y con una sensación de congoja pues nos acecha una sensación de intranquilidad, como un aura que la envuelve de misterios y peligros. Sabemos también, por las pinceladas del pasado que abundan en el relato, que madre e hija son pobres, «Johannes y yo no tenemos nada», «los padres de Johannes perdieron la fortuna y, por tanto, Johannes y su hija también». Johannes, a quien su mujer lo abandonó llevándose a la hija, pues «la mujer se lo llevó todo. Niña incluida. Desde entonces él la puede tener en préstamo. Poco después, Johannes también perdería el patrimonio familiar. (…) Cuando la hija sea mayor, a lo mejor podrá estar con ella. Pero cuando ella sea mayor, él ya no estará». Porque tras la separación, de vez en cuando la visita teniendo que pedirle permiso a la abuela con quien vive; una mujer viuda y con un hijo que reside en un sanatorio en Davos. Una abuela distante, poco cariñosa, quien «me trata como a una persona adulta. De igual a igual. Obediencia no significa subordinación».

Por todo ello constatamos la frialdad narrativa y argumentativa por parte de la protagonista, una sequedad heredada de una familia con problemas de salud y económicos, una familia relaciones complejas con la vida, pues tal y como afirma, «la nuestra es una familia de suicidas. De aspirantes a suicida. Las pocas veces en las que hemos tenido la ocasión de pasar un tiempo juntos (…) el único tema por el cual todos mostrábamos algún tipo de interés, era el suicidio». De esta manera vamos conociendo detalles de la familia, de la vida de sus padres y su abuela, de miserias y penurias mientras alterna la narración con el viaje en el que se embarca la protagonista; un viaje terriblemente solitario, en la que la separación existente con su padre sigue siendo la misma a pesar de compartir el trayecto, pues el espacio que comparten es puramente físico y material; a nivel emocional permanecen separados como antes de partir. No hay entre ellos puntos de conexión, lugares de encuentro en los que limar asperezas y cubrir los terribles huecos existentes entre los surcos creados a lo largo de los años. De esta manera, el viaje inicialmente planteado como un reencuentro ejerce como evidencia manifiesta de que no era únicamente los quilómetros lo que los separaban sino también sus sentimientos. Y en esa soledad, la protagonista va conociendo diferentes personajes, también solitarios, también poco comunicativos, también tristes, lúgubres, sombríos y distantes.

A nivel estructural y estilístico, la trama es compleja al combinar el presente con diferentes episodios del pasado inconexos y desordenados, a la vez que la narración que alterna primera y tercera persona no ayuda, como tampoco lo hace que la protagonista a veces se refiere a ella misma como «la hija de Johannes» cuando habla con tercera persona, como tomando distancia también a nivel narrativo. Por ello, cuesta empatizar con la protagonista, pues incluso la narradora parece tomar distancia hacia ella misma al referirse a ella misma en tercera persona, viéndose desde fuera, tratándose como si no fuera ella, como si la dureza y soledad con la que ha vivido haya calado en ella hasta el punto de disociarse de ella misma, experimentando un trastorno de despersonalización evidente. A esta falta de empatía se le une una trama argumental orientada tanto al pasado y a sus orígenes como al propio viaje, y uno desearía que se hubiera profundizado más en este último aspecto, pues particularmente lo encuentro bastante más interesante.

Resumiendo, este es un libro que no deja indiferente, pero que su narración a base de pinceladas y al distancia emocional con la que está narrado (incluso por parte de una narradora a menudo externa) hace que no sea una lectura fácil ni accesible. Tal y como afirma la protagonista: «a veces la vida de una persona empieza tarde». Es muy posible que así sea, y más aun si esta vida empieza tarde porque le han faltado los elementos necesarios para nutrirla, no únicamente en edades tempranas sino a lo largo de la misma. Y sí es cierto que esta falta de elementos que la protagonista sufre existen también en la novela y que al lector únicamente pueda aspirar a imaginarlas y, quizá como hace la propia autora, alejarlas incluso de uno mismo para que no duelan en exceso.