domingo, 23 de febrero de 2014
Contrarreseña: Intemperie de Jesús Carrasco
lunes, 11 de febrero de 2013
Jesús Carrasco: Intemperie
Así están las cosas. Para escribir esta reseña he necesitado realizar un ejercicio de abstracción de la realidad: Intemperie es una novela publicada a comienzos de 2013 de la que se lleva hablando desde septiembre de 2012, debido a su enorme éxito en la Feria de Frankfurt, cuando apenas era -suponemos- un texto en pruebas; más aún: solamente aquellos lectores que hayan estado de vacaciones en, por decir un sitio, Marte, no se habrán topado con alguna de las innumerables -y elogiosas- reseñas que sobre ella se han escrito durante las últimas semanas en periódicos, suplementos culturales, revistas especializadas y blogs. Esto ha provocado dos reacciones, de las que he sido testigo por diversas conversaciones privadas y, también, por los comentarios de algunas páginas web: están los que, por un lado, han aceptado sin remedio elevar a la categoría de obra maestra la novela, como proclaman entre fuegos artificiales una gran cantidad de críticos, y están los que, por otro, se han negado por principio a acercarse a un texto que, a la vista de la heroica campaña publicitaria llevada a cabo por la editorial, es necesario leer cueste lo que cueste. Nada más humano: cuanto más te repiten que tienes que hacer algo, menos quieres hacerlo. Es por esa facilidad para posicionarse ante la obra (incluso sin haberla leído) que, repito, creo necesario un ejercicio de abstracción para acercarse a ella de una forma objetiva, así que vamos a evitar los lugares comunes: primera novela del autor, 40 años, personajes arquetípicos, relato de supervivencia, vendida a tropecientas lenguas antes de su publicación, éxito rotundo, etc.
Al grano. La historia que cuenta Intemperie es la de un niño que huye de su pueblo por alguna razón y a quien persigue un siniestro personaje, el alguacil. En su huida, el niño se encontrará con un cabrero que lo acompañará y ayudará en la medida de sus posibilidades. La causa de la escapada del chaval forma parte de la intriga de la novela, pero tampoco demasiado, ya que el autor nos sugiere unos motivos en las primeras páginas que luego, en efecto, se concretan; tampoco el destino final del muchacho tiene misterio: hay varios momentos del texto en los que el autor nos adelanta un futuro que, previsiblemente, el lector no encontrará cuando cierre la obra. Así pues, la trama mantiene cierta tensión narrativa -sobre todo en dos capítulos, maravillosamente escritos, potentísimos-, pero sin llegar a ser significativa; lo que realmente destaca en esta novela es la prosa del autor, que ha sido capaz de construir, en doscientas páginas, una bestia literaria a medio camino entre un poema épico y un diccionario de términos del campo. No se enfaden: por ahí van los tiros.
La novela tiene, como digo, apenas 200 páginas y no es hasta la 95 que sucede algo (esto no es necesariamente malo, por supuesto: la ausencia de acontecimientos que hagan girar la trama, en muchos libros, permite al autor explorar otros caminos, darse a la reflexión, poner ideas en orden, etc.). Hasta entonces, Carrasco relata, con prosa impecable, diríamos perfecta, los primeros días de la huida del protagonista con una precisión obsesiva. En el término "precisión" está la clave. Carrasco es descriptivo hasta el agotamiento y hace gala de un repertorio infinito de términos perdidos en la memoria de nuestra lengua, por desuso o lejanía; durante las primeras páginas uno piensa que esta peculiar forma de narrar obedece a una lograda intentona de situar al lector en un ambiente, en una atmósfera concreta; pasadas esas primeras páginas, el lector comprende que no, que toda la novela seguirá en esa dirección, y que cualquier mínima acción (por inventarme algo: coger una manzana de un árbol) terminará negro sobre blanco en un par de páginas de minuciosa exposición (por seguir con el invento: la posición de los dedos, la postura del pie, el nombre de árbol y de los árboles de alrededor, el color de la manzana y el número de boquetes que tiene, las palabras exactas que definen cada una de las capas de su piel, los nudos de las ramas, las puntas de las hojas, y más). Es ahí donde Carrasco se excede, en mi opinión. Una cosa es la precisión y otra, distinta, regodearse. Y creo que el autor se regodea, atraviesa la línea que separa una prosa exquisita de una prosa exagerada, por momentos cansina: abusa de la descripción, de la terminología, de la yuxtaposición, del inventario. Como cuando enumera los distintos objetos que descansan en el altar cuando el cura oficia la misa; hombre, la metáfora ya estaba entendida: es innecesario que nos ponga en línea cada una de las herramientas (con la búsqueda, como sucede durante casi toda la lectura, de una serie de términos en el diccionario). O como cuando, en mítico párrafo, nos describe el proceso de atadura del aparejo del burro: casi una página demoledora, en términos de continuidad de lectura, para decirnos lo que ya sabíamos al comenzar ese párrafo: cargaron las cosas en el burro. Llega un momento en el que te lo ves venir y te entra miedo: da la impresión de que, si cada una de las tetillas de las cabras tuviera un nombre, Carrasco encontraría la forma de escribir todo un párrafo -resumido en "el cabrero ordeña la cabra"- en el que daría cuenta de esos nombres que, casi seguro, conocen él y Nemesio el del llano.
Carrasco escribe muy bien, seria absurdo decir lo contrario: marca el ritmo, enfatiza los acentos justos, sugiere y propone, lleva al lector de la mano, tiene enorme talento para componer imágenes y moverse en las maneras poéticas (para mí, la vena que más me ha gustado). Quizá repite algunos esquemas en ocasiones ("como Looconte...", "como Lázaro...", "como la mujer de Lot...", "como Jesús..."), hecho que llega a advertirse en una novela con esta extensión y en la que, como hemos dicho, todo la narración se sostiene, especialmente, en la prosa y su aparato lingüístico. También cae en construcciones inevitablemente redundantes, fruto de ese prolijo afán descriptivo (por ejemplo: "como un [objeto cualquiera] invertido...", fórmula que aparece varias veces). El español es una lengua rica, pero pareciera que al autor se le llega a quedar corta. Y es que, independientemente de que se pueda o no se pueda contar todo lo que hace un personaje, habría que pararse a pensar cuándo esa descripción es necesaria y cuándo no, si hablamos de perseguir unos objetivos narrativos. En el caso de Intemperie, son bastantes los episodios en los que me sobran explicaciones y me faltan emociones, a pesar de que al relato lo acompañe una imagen deslumbrante con sobrecarga poética.
Por todo esto he valorado la novela, de acuerdo con los criterios habituales del blog, con un tibio "está bien", quizá forzando la cuerda entre lo que el autor parece capaz de hacer y lo que ha llevado a cabo. Volviendo al primer párrafo, y ya enfrentando esta reseña al noventa y nueve por ciento de las reseñas que han aparecido en otros medios, debo decir que yo no he leído, o no he sabido leer, ese libro magistral y prácticamente definitivo que sí han leído otras personas. Sí que es un buen relato sobre la supervivencia y la solidaridad, pero no mucho más, y creo que la honestidad del autor no está en entredicho. Es una novela que está bien, sólida, que cuenta una historia interesante y que, durante páginas, se me hizo pesada de leer, por exceso y abuso; pesadez que se compensa con algunos momentos líricos particularmente brillantes, pero son destellos, hallazgos. Desde luego, que la comparen con Delibes me hace recordar lo que sentí la primera vez que leí Los santos inocentes y se me para el corazón: no es lo mismo. Porque, si bien ambos autores nos cuentan algo, Delibes además nos decía algo sobre la inocencia, la culpa, el dolor y el miedo en términos universales, sobre una España que abruma, sobre la muerte. No niego la capacidad de Carrasco para escribir una pieza semejante, pues apunta temas en los que ha rascado, un libro que se aferre a la memoria a pesar de las lecturas posteriores, pero, en mi opinión, esta ópera prima adolece justo de eso: ser el relato de una anécdota, interesante en su ejecución, técnicamente impresionante, por momentos lúcida, quizá fácilmente olvidable.
jueves, 30 de octubre de 2025
Colaboración: A la intemperie, de Roberto Bolaño
Año de publicación: 2024
Valoración: Interesante (para completistas)
Seguramente pensarían ustedes que ya no quedaba ningún escrito de Roberto Bolaño por publicar. Craso error. Debolsillo, dado el seguimiento que tienen las novelas del escritor chileno en nuestro país, se ha preocupado de saciar las necesidades de los “bolañistas” publicando un volumen titulado A la intemperie.
En este caso, no nos encontramos con una nueva novela inédita, puesto que a estas alturas los baúles están vacíos. Se trata de un volumen que recopila los artículos, columnas y reseñas que publicó Bolaño desde los años 70 hasta poco antes de su muerte. También se recogen prólogos a obras de otros autores y algunas conferencias y discursos.
Con estos antecedentes, como ustedes fácilmente comprenderán, el interés que pueda suscitar esta obra es muy relativo. La temática es muy dispersa y el estilo varía mucho entre los distintos escritos puesto que pertenecen a épocas muy dispares, por lo que la coherencia general de la obra brilla por su ausencia.
En este sentido, quizás no resultan especialmente atractivos tantos relatos sobre ambientes y personajes de Blanes, su lugar de residencia, ni tampoco los numerosísimos artículos dedicados a autores chilenos que no son conocidos por estos pagos, pero lógicamente hay que situarlos en el contexto de los medios informativos, especialmente el Diari de Girona y Las Últimas noticias de Chile, en que fueron publicados.
Mucho más interesantes son los artículos en los que habla de literatura. Aunque debe quedar claro que no son críticas literarias ni artículos de opinión. Bolaño introduce sus valoraciones, principal aunque no exclusivamente, de escritores españoles e hispanoamericanos, donde desgrana sus filias y fobias personales, con las que el lector podrá estar o no de acuerdo. El autor chileno ensalza entre los autores españoles a Javier Cercas, Javier Marías o Vila-Matas y nos recomienda encarecidamente que si nos gustan los cuentos “un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Lo repito una vez más, por si no ha quedado claro, a Cela y Umbral ni en pintura”. Y poco más adelante concluye que como cuentista “con Poe tendríamos de sobra”. No creo que Harold Bloom estuviera de acuerdo.
En cuanto a la literatura hispanoamericana deja claramente de manifiesto su predilección por los autores argentinos, especialmente Borges y Cortázar, y en cuanto a la literatura chilena, sobre todo destaca a Huidobro y Nicanor Parra, a los que dedica varios artículos. En cuanto a fobias, aquí queda su valoración de Isabel Allende: “su literatura es mala, viva, pero mala”.
En fin, un volumen que puede resultar útil para completistas a los que les guste coleccionar todo lo publicado por Bolaño, pero prescindible para todos los demás.
Firmado: José Miguel Martínez
Otras muchas obras de Roberto Bolaño reseñadas en ULAD: aquí
martes, 17 de diciembre de 2013
Un libro al día: Nuestros libros del año
Como siempre, os invitamos a que comentéis nuestras listas, o a que nos mandéis las vuestras, en los comentarios del blog, o a través de Twitter y Facebook.
Francesc Bon
Mejor libro de 2013: Así es cómo la pierdes, de Junot Díaz, casi ex aequo con Esquirlas, de Ismet Prcic
Montuenga
Mejor libro de autor revelación 2013: Intemperie de Jesús Carrasco
Santi
Mejor lectura de 2013: José Saramago: El año de la muerte de Ricardo Reis
Uxue
Mejor libro del año 2013: difícil elección. Me decanto entre:
- Cuatro por cuatro de Sara Mesa. Narrativa, poética, engancha y acabas racionando la lectura para que el libro no se acabe.
- El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila, obra que podría recomendar porque conozcoalautoryesoestrampa, pero que recomiendo realmente por tratarse una de las mejores novelas breves que haya leído hasta el momento.
- Geografías de Niebla de Valerie Mejer. Un poemario que debería estar en boca de todos, pero que, incomprensiblemente, no se reedita en España. Valerie Mejer es LA POETA. Pronto, una reseña.
- En poesía: Vaso Roto Ediciones, La Garúa, Amargord y Kriller 71.
- En narrativa: Lumen, Automática, Sexto Piso y Libros del Silencio (desgraciadamente, desaparecida).
- En libro infantil ilustrado: Editorial Milrazones.
- En novela gráfica: Sins Entido.
Pedro
Mejor lectura de 2013: Donde dejé mi alma, de Jerôme Ferrari (reseña pendiente).
Mr Grecco
Mejor clásico que (al fin) ha caído en 2013: Madame Bovary, de Gustave Flaubert
El Horror, El Horror: Cada día, cada hora, de Natasa Dragnic
Al fin he terminado (y ha merecido la pena): Trilogía Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori
Una agradable sorpresa: La intrusa, de Éric Faye
Opinión de algunos libros reseñados por otros: Intemperie, de Jesús Carrasco (digno debut); Ciudad abierta, de Teju Cole (diferente, especial); El pan a secas, de Mohamed Chukri (léanlo, por Dios).
Gamberro/a del año: Socrates Adams por Todo va bien.
Izas
Mejor libro de 2013: no sé, hay muchos, decantarme por uno solo es imposible.
sábado, 10 de febrero de 2018
Reseña + Entrevista: Los últimos. Voces de la Laponia española de Paco Cerdà
Año de publicación: 2017
Valoración: Recomendable
Algo hay en el ambiente: un retorno, o al menos un interés por lo rural que no se veía en el panorama literario y editorial español, probablemente, desde que con la Transición nos sentimos europeos, modernos, cosmopolitas, que es como decir "urbanitas". Al boom crítico y de ventas de Intemperie de Jesús Carrasco le siguieron por otras novelas que se desarrollan en ambientes rurales, a menudo opresivos, siempre aislados de la "civilización": Por si se va la luz de Lara Moreno; Alabanza de Alberto Olmos, Si quieres puedes quedarte a ti de Txani Rodríguez... Y ahí está, por supuesto, el ensayo La España vacía de Sergio del Molino, que es como primo o hermano de este Los últimos de Paco Cerdà, con el que comparte un tema fundamental: el despoblamiento del interior español.
Los últimos. Voces de la Laponia española es un largo paseo por una de las áreas más despobladas de Europa, la denominada "Serranía Celtibérica": una zona amplísima (más de 60.000 kilómetros cuadrados) repartida por las provincias de Guadalajara, Teruel, Cuenca, Valencia, Castellón, Zaragoza, Soria, La Rioja, Burgos y Segovia, con una densidad de algo más de siete habitantes por kilómetro cuadrado; casi los mismos que la gélida Laponia, en el extremo norte de Europa.
A lo largo de esta larga crónica o reportaje, Paco Cerdà visita cada una de esas provincias, asciende hasta algunos de los pueblos más inaccesibles y despoblados (algunos, con uno, cuatro, veinte habitantes en invierno) y entrevista a personas muy diferentes que han elegido quedarse, o volver, a estos paradisíacos infiernos de aislamiento: agricultores, maestros, monjes, escritores, pastores, entrenadores de fútbol de categoría regional, artistas, activistas... Todos ellos cuentan una historia similar: la del abandono progresivo de los pueblos y de las formas de vida tradicionales, un abandono apoyado o ignorado por las instituciones; una "demotanasia", en palabras de la investigadora Pilar Burillo.
En algo se nota que este es un libro escrito por un periodista: en que en él encontramos una descripción minuciosa del terreno y del paisaje, y muchas entrevistas con los propios habitantes de la Laponia española, pero no un intento de proponer grandes tesis o soluciones mágicas al problema, imponiendo una voz autorial omnisciente. Es notable, por otra parte, el respeto y la consideración del escritor hacia los habitantes de estos pueblos (muchos de ellos luchando, como quijotes apasionados, contra los elementos y contra las instituciones), sin caer por ello en la idealización new age de la vida rural, ni en la mirada paternalista del que "se rebaja" a salir de la ciudad para entrevistar a los "nativos". Como dice uno de los entrevistados, "estoy harta de que me estudien, que parecemos bichos raros".
Y sin embargo, aunque esta es una crónica o un ensayo fundamentalmente periodístico, es también un libro con un estilo muy cuidado, cargado de imágenes, metáforas, un léxico riquísimo y adaptado al tema. También son abundantes las referencias literarias: a Llamazares y Cervera, pero también a Rulfo, a García Márquez, a Machado, a Cervantes. El párrafo con el que se inicia el texto es un buen ejemplo de este estilo:
"Vine a Motos porque me dijeron que acá vivía un solo habitante, un tal Matías López. Vine a buscar la zona cero de la despoblación, el punto justo donde el tumor de la soledad se trasmuta en metástasis de la desolación. Vine un domingo a mediodía buscando a un pastor soltero llamado Matías. Pero no hallé más que silencio y soledad. No encontré otra cosa que un no-lugar en un no-tiempo, una encrucijada geográfica y mental alejada de toda coordenada conocida"De hecho, quizás la principal pega que se le pueda poner al libro sea que este estilo se alambica demasiado en ocasiones, perjudicando a la lectura del texto, o la insistencia en ofrecer datos numéricos de densidad poblacional, datos imprescindibles en un texto sobre este tema, pero que llegan a aturdir en algunos fragmentos. Las mejores páginas, en cambio, me parece, son aquellas en las que el autor dialoga con algunos de los habitantes de los pueblos, que transmiten una sabiduría dura y escéptica, y una voluntad férrea y afilada.
Este es, en definitiva, un libro político en su diagnóstico de un problema acuciante, apuntando al capitalismo salvaje y al desinterés institucional como causas de un deterioro progresivo. Si es un deterioro inevitable o irreversible, lo dirá el tiempo.
Entrevista con Paco Cerdà
martes, 29 de enero de 2019
Antón Castro: Cariñena
miércoles, 30 de noviembre de 2016
Adelaida García Morales: El Sur, seguido de Bene

Idioma original: español
Año de publicación: 1985
Valoración: recomendable
Evidentemente el libro de Elvira Navarro va a generar una corriente (una muestra es esta reseña) de curiosidad hacia la obra de García Morales. No exenta de morbo y de ganas de posicionarse sobre esas polémicas periódicas que al menos deberían revitalizar un poco el panorama literario. No sé, por eso, si hay que exagerar. A otros les corresponde juzgar si se trata de una reivindicación de la obra de una persona o una coartada para mostrar el incierto futuro que, parece ser, espera a quien se decide a escribir.
domingo, 13 de noviembre de 2016
Anthony Doerr: La luz que no puedes ver
Más detalles que suelen repelerme: los ancianos entrañables que cuidan a esos niños (les una o no vínculo sanguíneo). Aquí Marie Laure tiene a Etienne, parece, enajenado tras la primera guerra mundial, y confinado en uno de los pisos de la casa de Saint-Malo donde Marie Laure y su padre acaban viviendo en una estéril huida, para la cual se han hecho acompañar del Mar de Llamas, enorme diamante cuya puesta a salvo de la avaricia nazi le ha sido encomendada. Y Werner tiene a la frau de turno en el orfanato, que le ha enseñado francés y que se da cuenta de que la habilidad de Werner con los aparatos de radio puede procurarle un salvoconducto para eludir el futuro. En el telón de fondo, la Segunda Guerra Mundial, las Juventudes Hitlerianas, la Francia ocupada, el gobierno títere, la organización de la Resistencia.
A pesar de esas reticencias, desafío a cualquiera a leer las 50 o 60 páginas iniciales de esta novela y no tener ganas de leer hasta el final.
Porque Doerr, hasta ahora desconocido para mí, aunque la solapa le atribuye una nutrida obra no exenta de galardones de menor entidad, tiene la cualidad de narrar de una forma efectiva. Sin tomar partido, sin azucarar, sin pretender, aunque sea imposible no tomar partido de alguna manera, definir un mundo de malos contra buenos. Aunque en las historias sobre nazis esto está bastante complicado. Ya sabemos. Pero la de Doerr no sobra: quizás porque La luz que no puedes ver podría ser despojada de esos detalles y sería en su chasis una pura historia de cómo el mundo adulto y la intemperie coyuntural acaban devastando la inocencia y la pureza de las personas. Pero las circunstancias que la aderezan la enriquecen, y quien la lee se solaza de los tímidos avances de organización de la población ocupada, de las perversas decisiones de los ocupadores, de la propaganda del régimen para que los cachorros corran contentos a inmolarse, y aunque todo esté escrito otras veces y desde distintas perspectivas (esta, por ejemplo, no presta atención más que puntualmente a toda la cuestión de la shoah), y a pesar del poderoso aroma a best-seller, se convierte en una lectura fascinadora y enormemente dinámica (capítulos de cinco o seis páginas como mucho), que solo acusa un final no exactamente feliz pero sí algo a medio camino entre lo rimbombante y lo acomodaticio. Que queda justificado y encaja, pero que encuentro algo forzado. Y ya que hablamos de un territorio literario cercano a grandes masas, de una historia con cierta vocación de universalidad, pues ahí creo que, para aceptarle otro nivel, y otorgarle (disculpad cierta prepotencia) un ascenso, aquí la historia es buena y la intriga generada, notable, pero, por poner un ejemplo, no he sentido la necesidad de transcribir ningún párrafo. O sea, que la excelencia es, definitivamente, otra cosa.
lunes, 20 de enero de 2014
Lara Moreno: Por si se va la luz
Año de publicación: 2013
Valoración: Muy recomendable
Confieso que cogí este libro con algo de miedo: había leído, para empezar, la reseña de La medicina de Tongoy, que la pone de vuelta y media; y además había leído "ruralismo" y "poeta", y me esperaba un cuento bucólico lleno de flores y mariposillas y animalillos silvestres.
Qué equivocado estaba.
Por si se va la luz es una historia seca, dura, sucia, escrita con un estilo poético pero al mismo tiempo áspero. Es una novela casi apocalíptica (amaga con serlo pero sin decidirse a serlo): cuenta la historia de una pareja joven, Nadia y Martín, que abandonan la ciudad por instrucciones de la organización (???) y casi todas sus posesiones y se refugian en una casa un pueblo perdido en el que solo viven otras tres personas (Damián, Elena y Enrique, luego llegaran más). Allí se enfrentan a los problemas prácticos de la supervivencia, pero también, y sobre todo, a los problemas de su propia relación, de sus propias soledades y contradicciones.
Por si se va la luz es una propuesta arriesgada, y eso me gusta. El hecho de que sea una propuesta literaria diferente es ya para mí un valor, en medio de tantos libros escritos con una estética realista y un estilo periodístico. Habrá, sí, novelas estructuralmente más compensadas, y desde luego habrá novelas con más acción, mucha más acción. Aquí, el estatismo de la trama (aunque pasan cosas, que conste) se constituye como elemento fundamental, obsesivo, del relato: forma parte de la idea misma de la huida a un supuesto paraíso rural, que se demuestra lleno de suciedad, vacío pero también solidaridad, vida.
Una muestra de la originalidad de esta novela es el modo en que se trata el sexo: no al modo hollywoodiense, acrobático e idealizado, ni al modo Corín Tellado, elíptica y romantizada, sino de una forma cruda, anatómica, cargada de violencia y de suciedad. Se habla, en un pasaje de la novela, de "follar todos contra todos"; se habla de vaginas y penes y testículos y pezones, con todas las letras (¿cuántas novelas españolas recientes utilizan la palabra vagina?).
En fin, que me gusta que una novela que intenta hacer algo diferente, que propone un estilo diferente y una experiencia de lectura diferente, tenga una buena acogida entre los lectores y los críticos.
Nota ruralista: Casi todas las reseñas de esta novela, dice Tongoy, la comparan con Intemperie de Jesús Carrasco, o con El niño que robó el caballo de Atila de Iván Repila. La de Carrasco no la he leído todavía, la tengo pendiente; la de Iván Repila me parece un tipo de novela diferente, también escrita con un estilo lírico y con elementos de "feísmo", pero mucho más alegórica y poética. En cambio, mientras leía Por si se va la luz me venía a la cabeza Sukkwan Island de David Vann, que también coloca a los personajes en un estado de aislamiento e incomunicación.
martes, 28 de junio de 2022
Anna Politkovskaya: Solo la verdad
Año de publicación: 2011
Traducción: Fernando Garí Puig
Valoración: muy recomendable
Ya hace más de cinco años que escribí sobre una de las obras de Politkovskaya. No voy a negar que una antología de sus artículos como esta pueda ser una elección algo oportunista, pero tal como se está definiendo este nuevo mapa geopolítico de posiciones estratégicas, nada como la autora asesinada para situarse en contexto, pues resulta que incluso quince años tras su asesinato, las circunstancias siguen siendo muy poco claras, y todo sigue prácticamente igual (para empezar, Putin en el poder) por lo que leer a la periodista rusa resulta estremecedoramente actual. Eso sí, el tiempo sí ha avanzado a favor de los responsables de su desaparición, se olvidan los detalles, se diluyen los hechos en la memoria, la contra propaganda funciona. Y leer sus artículos seleccionados en esta antología solo hace que corroborar temores y confirmar sospechas. Hoy en día, o por lo menos a los ojos del espectador promedio occidental, no hay una figura visible de disidencia que se encargue de enarbolar, al menos, el derecho a ser suspicaz respecto a las versiones oficiales. Llámese a una guerra o una invasión con el apelativo de "operación especial", imponiendo severas medidas a quien intente no alinearse con esa jerga. La edad del eufemismo.
Aquí tenemos a la Politskovkaya más obvia, la aguerrida periodista que, sin el mínimo reparo (hoy muchos lo hacen, pero escondiéndose tras un nick en Twitter, y desde la comodidad del sillón con el laptop en el regazo) acusaba, desde la Novaya Gazeta, a los poderosos, al Kremlin, a la Duma, a los servicios secretos, de ser los mismos que orquestaban las acciones a los que éstos reaccionaban. Con nombres, con ataques muy directos, con toda serie de detalles en una especie de ejercicio temerario, claro, a veces de lectura poco agradable - explícitas descripciones de torturas, minucioso detalle de acciones de castigo, muchas veces bajo la más absoluta arbitrariedad. Con las enormes cúspides de las que dudaba de principio a fin, las dos guerras de Chechenia, los atentados del Nord-Osc y el Beslán, acontecimientos estos que ya apuntaba como las primeras fases de una recolonización (?alguien se acuerda de la Comunidad de Estados Independientes?), una especie de reconstitución de la URSS ya despojada de pantomimas ideológicas. Ahora (entonces, 2006) se trataba de volver a constituir un imperio bajo el manto del poder de los oligarcas, un feroz e implacable mapa de corrupción destinado a que nada se escapara a su influencia en esos intimidadores 13 millones de kilómetros cuadrados, imposible no pasmarse al calibrar su extensión en un mapa-mundi, nadie de todos esos oscuros funcionarios situados en el momento de la caída del muro debía quedar expuestos a la intemperie. Y, por supuesto, el misterio indisoluble de la personalidad del pueblo ruso, tan condicionado en lo físico - el clima extremo, la mezcla de civilizaciones, como en lo psicológico, por el obstinado aislamiento al que han estado sometidos.
Curioso, ciertos artículos al final del libro, en los que la periodista visita otros países, resultan refrescantes, casi esperanzadores, con una tonalidad irónica y abierta, como si necesitara salir a respirar después de esa agotadora experiencia en los conflictos de su país. Literariamente, casi una especie de género diferente. La cronista de las inseguras calles de Grozni pasea por Londres, París o Sidney y su experiencia comparativa solo hace que recubrir de azúcar ese núcleo de hiel.
2022. Casi imposible, al margen de filtraciones interesadas, saber el pronunciamiento de la opinión pública rusa sobre lo que sucede en Ucrania. Iba a ser un conflicto corto. Iba a ser la mecha que prendiera una III Guerra Mundial, con muchas naciones mirando para otro lado. Con unas consecuencias económicas inmediatas. Quien orquestó el asesinato de Politkovskaya se ha salido, a todas luces, con la suya. Y la verdad es la primera víctima de la guerra, claro, otra frase lapidaria a la lista. Imposible, después de textos tan brillantes, no preguntarse a quién molestaría ahora con sus dudas razonables, con sus preguntas directas e inquisitivas.
lunes, 12 de noviembre de 2018
Malditas cubiertas: «Marianela» de Benito Pérez Galdós
Por otra parte, cuando contemplamos la cubierta de un libro (nos parezca más o menos llamativa o bonita) esperamos que nos transmita algo de lo que vamos a encontrarnos en las páginas siguientes, ya sea una sensación, un lugar, un personaje, la atmósfera… y esa información bien conjugada con el título (otro gran temazo, damas y caballeros) influye mucho en el hecho de que ese libro sea finalmente abierto o no. Luego están las predilecciones personales: unos prefieren una imagen literal, otros se decantan por algo más simbólico o sensitivo, pero lo que desde luego no gusta es una cubierta que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA QUE VER —ni por negación— con el contenido de la obra que precede.
Y por todo lo dicho, me llena de orgullo y satisfacción (¡je!) inaugurar esta serie sobre CUBIERTAS.
ESTADIO 1: WTF
- Biografía de María Antonieta.
- Lucy (natural de Nueva Jersey) mandó hacerse esta bonita fotografía para que su prometido Billy, alistado en la Guerra del Pacífico, la llevara siempre consigo y no la olvidara.
- Poetisa maldita que vivió —aunque muy poco— inmersa en la bohemia parisina de finales del siglo XIX.
- Una de las niñas de El sí de las niñas de Leandro Fernández de Moratín, le dijo «sí» a Jack Nicholson y hete aquí la terrible consecuencia.
- Salomé de Oscar Wilde.
- La gitanilla de Juan Ramón Jiménez. Tiene a su favor ese aire de marginalidad del personaje de Galdós, pero hasta vista de perfil ya se percibe en esta gitanilla bastante más carácter del que se puede esperar de la dulce Nela.
- Jane Eyre de Charlotte Brontë o Agnes Grey de Anne Brontë o cualquier sensible dama envuelta en serias tribulaciones que amenazan su salud moral y física.
- Un hombre que camina en la oscuridad de un territorio inhóspito bajo la atenta mirada de una mujer fantasmal. Cumbres Borrascosas (y con esto ya cumplimos la cuota Brontë hasta el año que viene).
- Pastorcilla full equip (canesú, flores en el pelo, etc) de las fábulas de Esopo y Lafontaine.
- Pastorcilla de pesebre en momento adoración del niño Jesús.
- Pastorcilla/doncella/ninfa de pintura renacentista.
- Primerísimo plano de pastorcilla (obsérvese qué serenidad y qué cutis, propio de la vida idílica de la que se pasa el día a la intemperie cuidando del ganado).
- Pastorcilla asilvestrada. Es menuda, prácticamente una niña, y está como engullida por la vegetación. Se acerca a la figura de la Nela algo más que las anteriores aunque el entorno parezca la verde Irlanda y no una población minera del norte de España.
- Pablo y su lazarillo Marianela, una estampa característica de la novela en la que se percibe que Pablo está pero no ve y que Marianela ve pero no acaba de estar.
- Una niña/adolescente rodeada de oscuridad (simboliza la falta de cultura y de horizontes) que vive con un tormento interior (quizá demasiado a juzgar por su expresión pero me parece más acertado que la vacua serenidad de pastorcilla).
- La pequeña que se arropa con semblante triste transmite muy bien la soledad y la vulnerabilidad del personaje de Galdós (aunque estoy segura de que la pobre Nela nunca tuvo esos mofletes).
- El territorio agreste de la zona minera en el que transcurre la historia y que es casi un personaje más de la novela.
- Una flor silvestre arrancada y abandonada. A mi parecer, el modo más simbólico, emotivo e inteligente de captar la singularidad y el conflicto de la protagonista.
miércoles, 21 de noviembre de 2018
Sara Mesa: Cara de pan
Año de publicación: 2018
Valoración: Muy recomendable
Campaña mediática.
Reconozco que empecé a leer Cara de pan con alguna prevención: durante las semanas (incluso meses) previos a que la novela se publicase, proliferaron tanto los mensajes en las redes sociales y en los medios afirmando que era el libro del año, de la década, ¡del siglo!, que me pareció que estábamos ante una campaña de marketing orquestada por la editorial con la complicidad de sus amigotes. La última vez que vi una campaña semejante para una novela española fue con Intemperie, de Jesús Carrasco, que parecía que iba a inventar la literatura, y que, sin ser una mala novela, sobre todo como ejercicio de estilo, no era para nada la maravilla del toreo que nos habían vendido.
O sea, que estaba con la mosca detrás de la oreja. ¿Estábamos todos siendo víctimas de una campaña publicitaria brutal? ¿El capital económico intentaba hacerse pasar por capital simbólico? ¿Un producto comercial por un producto artístico? Lo mejor para responder a esas preguntas era leer la novela, y eso he hecho, y la respuesta es que no: independientemente de la campaña de marketing, Cara de pan es una gran novela.
Lolita.
La figura de Lolita (casi tanto o más que la novela de Nabokov a la que da título) ha ocupado un lugar relevante en el imaginario y en el debate feminista de los últimos años. Desde aquel artículo de Laura Freixas, que fue tan mal leído y entendido por algunos como la propia novela de Nabokov por otros, el personaje de Lolita ha dado título a artículos, debates, mesas redondas, e incluso a la primera novela de Luna Miguel. Esto viene a cuento porque la idea de Lolita, o mejor, de la lolita con minúscula (la nínfula que se relaciona con un hombre mucho mayor que ella) está también en la base de Cara de pan: en ella una niña, Casi, conoce en un parque a un hombre, el Viejo, y comparte con él conversaciones sobre pájaros, sobre Nina Simone, y poco a poco sobre otros temas más privados, hasta crearse entre ellos una complicidad frágil y extraña.
No quiero decir que Cara de pan sea una consecuencia directa de estos debates sobre Lolita; la propia autora aclara que el germen de la novela está en un relato anterior, "A contrapelo", publicado en la antología Riesgo (2017), pero se podría rastrear incluso más allá: ya en Un incendio invisible, primera novela de la autora, la relación entre el protagonista Tejada y la niña que se hace llamar Miguel podría considerarse un esbozo o borrador del tema de esta novela.
En cualquier caso, hay una diferencia fundamental entre Lolita y Cara de pan: mientras que la novela de Nabokov es moralmente transparente (Humbert Humbert, por mucho que se intente justificar ante el lector, es un violador, un pervertido egocéntrico y manipulador), Cara de pan es moralmente ambigua, o quizás sería mejor decir: amoral. No se plantea la relación entre Casi y el Viejo en función de lo bueo o lo malo, lo socialmente aceptable o lo políticamente correcto, sino en función de la psicología de dos personajes que intentan escapar de sus respectivas soledades y se encuentran en un refugio vegetal, un paraíso siempre en peligro de ser invadido por la realidad.
Fluir.
Dos personajes, un espacio (casi) cerrado, las conversaciones entre esos dos personajes, la evolución de su relación. Conseguir sostener una novela, aunque sea una novela relativamente breve como esta, con tan pocos elementos, no está al alcance de cualquiera. En la literatura española reciente, creo que solo Iván Repila consiguió algo parecido en El niño que robó el caballo de Atila. Lo cierto es que, aunque en la segunda parte de la novela se rompa ligeramente esta burbuja con la aparición de nuevos personajes, nuevos espacios y nuevas situaciones, la novela consigue crear un microcosmos narrativo alrededor de los dos protagonistas y su improbable relación.
Y otra cosa que consigue Sara Mesa es que la novela fluya de forma natural, con una gradación obviamente muy trabajada y meditada. Quizás sea un poco artificial, y también un poco tópica, la progresiva revelación del pasado del Viejo, o de las circunstancias vitales de Casi, pero al mismo tiempo es una forma de mantener la tensión narrativa y el interés del lector en un relato en el que no sobra la acción.
La novela fluye, el argumento fluye, el estilo, sin ser lo más importante (como pasa siempre en las novelas de Sara Mesa) funciona con este fluir de la novela. Y también fluye la carrera de Sara Mesa, que ya se ha colocado entre las primeras, o la primera, representante de su generación. Que tenga el apoyo mediático y comercial de Anagrama sin duda no la perjudica, pero tampoco hace de ella un simple producto. No sé lo que la historia literaria, con el paso del tiempo - de las décadas o los siglos - dirá de la literatura española de estos años, pero parece que Sara Mesa, como Elvira Navarro, Belén Gopegui o Marta Sanz, tendrán derecho a un capítulo en esa historia.
Otros libros de Sara Mesa en Un libro al día.
lunes, 27 de febrero de 2023
Fleur Jaeggy: Proleterka
Título original: Proleterka
Traducción: Anna Casasas en catalán para Editorial Les Hores y María Ángeles Cabré en castellano para Tusquets Editores
Año de publicación: 2001
Valoración: está bien













