Título original:
Finnegans Wake
Idioma original: inglés (¿)
Traducción: Marcelo Zabaloy
Año de publicación: 1939 (en castellano, 2016)
Valoración: Necesario, agotador, cruel, inolvidable
Las expectativas
Lleva rondando mi cabecita la idea de leer Finnegans Wake
desde que me enteré que existía un tal James Joyce, allá por mis diecisiete
años o así (no ha pasado tanto tiempo, aunque sí más que en el caso de Oriol, y
suficiente para que esta lectura postergada se fuese convirtiendo en algo
parecido a una obsesión; pero sigamos). Este caballero, Joyce, había escrito
cosas increíbles que fui leyendo una tras otra, pero por ahí andaba el
monstruo, su obra cumbre, ese tocho esquivo al que dedicó más de quince años de
trabajo. Un libro inclasificable que nadie había sido capaz de traducir completo
al castellano, lo que era un síntoma preocupante pero que no hacía más que
aumentar mi expectación. Nadie lo había traducido hasta que llegó Marcelo
Zabaloy.
La traducción
Muchos (bueno, algunos que se atrevieron) había fracasado en
la empresa. Por ejemplo, Salvador Elizondo se pasó no sé cuánto tiempo
elaborando una traducción anotada y abandonó el trabajo cuando concluyó… la
primera página. Por lo visto Zabaloy no le vio tanta dificultad al desafío, y
lo terminó en unos cinco años. Hay toda una historia en torno a esos intentos
de traducción, parte de la cual puede encontrarse por ejemplo
aquí. El caso es que hay que hablar más de versiones que de traducciones, porque el
libro está cuajado, línea por línea, de incrustaciones de otras lenguas y
jergas, infinitos juegos de palabras, dobles sentidos y locos neologismos que
multiplican hasta el infinito las posibles interpretaciones. El sitio web
FWEET reúne más de 80.000
anotaciones sobre el
Finnegans, y hay montones de libros escritos en torno a
este fenómeno. De forma que, como seguramente hizo Zabaloy al traducirlo, al
leerlo también habrá que utilizar un código diferente al habitual.
El libro
Como digo, las 628 páginas de Finnegans Wake son un torrente
continuo de todos estos elementos que acabo de citar, mezclados, superpuestos,
exhibidos sin tregua, hasta hacer el texto irreconocible, pantanoso, laberíntico.
Como se puede suponer, tampoco es posible hacer una sinopsis normal. Por hacernos
una idea mínima, se puede decir que se parte de la muerte del albañil Finnegan y
su posterior velatorio, aunque eso es casi lo de menos, porque pronto revive y
se transforma en el tabernero Earwicker. O tal vez es Earwicker el que sueña su
propia muerte como Finnegan, porque el personaje es a fin de cuentas el
protagonista de una vieja balada irlandesa. Podríamos decir que Earwicker es condenado
por algún motivo que no conocemos y con todo ello se relaciona una misteriosa nota que desentierra
una gallina. Pero también sabremos de su mujer, Anna Livia Plurabelle, y de sus
dos hijos... y un millón de cosas más, con la presencia permanente de tres
elementos esenciales: Irlanda, la religión y el sexo. Un millón de cosas que
apenas intuimos, sumergidas en un colosal marasmo léxico al que luego me
referiré. Se intuye que Joyce habla al mismo tiempo desde lo real y lo onírico,
y el lenguaje y la lógica de los sueños (inestables, intuitivos) impregnan todo
el libro. Los personajes se trasmutan unos en otros, aparecen y desaparecen o
cambian de nombre, se encarnan en héroes y se materializan en paisajes, hay
escenas que se repiten, sonidos que las interrumpen y evocan momentos pasados o
futuros, guiños metaliterarios. Todo parece un gran chiste, una genialidad, una
puta locura.
La experiencia
Esas etiquetas que tan poco usamos en el blog, Experimento o
Artefacto literario, tienen aquí todo el sentido. El Finnegans es, en opinión
de casi todos los que lo han leído, y yo lo corroboro en la medida de mis limitados
conocimientos, el libro más extraño, complejo y hermético que nunca se ha
escrito. Y sin embargo las sensaciones no son exactamente lo que puede
esperarse. Se puede pensar que uno encara la lectura un poco por curiosidad y,
visto lo que tiene delante, lo más probable es que enseguida deseche el libro,
exasperado por no entender nada, o casi. Pero no necesariamente es así. Como
decía antes, conviene deshacerse de prejuicios, abrir la mente y utilizar otras
herramientas. Samuel Beckett recomendaba leerlo en voz alta, pero sin llegar a
tanto, puede ser recomendable dejarse llevar por el ritmo y la musicalidad del
texto y, una vez integrados en ese fluir, ver cómo la información permea en la
consciencia. El peso de la entonación y los sonidos tiene gran importancia por ejemplo
en ciertos textos literarios árabes y, a veces de forma inconsciente, es también
relevante cuando leemos poesía. Resultando imposible detenernos en cada escollo
(porque no terminaríamos nunca, ni llegaríamos a superar más que un puñado de ellos)
esta forma de lectura me parece la más útil (y menos dañina para la salud).
Claro está que en este caso el éxito dependerá en buena
parte de que el traductor haya sido capaz de transmitir los valores del
original. Eso ya no me siento capaz de valorarlo en absoluto, aunque sí me
suscita algunas dudas. En parte porque a veces el texto suena un poco a
traductor de Google, dicho sea con todo el respeto. Y también porque he
comparado algunos párrafos con otras traducciones y algunas cosas parecen no
encajar del todo. Pero en fin, la
empresa es tan descomunal que no cabe más que admirar a este Zabaloy que ha
conseguido llegar al final y, además, es lo que tenemos si queremos leerlo en
castellano.
Con todo, la sensación es un poco la de un paseo por el
monte en un día de niebla. No disfrutamos del paisaje, pero vagar entre la
bruma tampoco resulta del todo desagradable. Solo hay que verlo con otros
ojos: sentir el fresco, el aire de misterio, el reto de encontrar el camino, y
de vez en cuando notamos que se abre una pequeña ventana de luz y nos
sorprendemos al ver el peñasco, los árboles, quizá un trozo de panorámica en alguna dirección. Así, somos medio
conscientes de la desgracia del pobre albañil, asistimos a una singular
borrachera de su sosias, conocemos algún tipo de rivalidad entre sus dos hijos,
o entrevemos algunas experiencias sexuales (varias, reales, soñadas o deseadas, no
sabemos). Cosas así, esporádicas, que asoman brevemente entre el enorme
desparrame lingüístico, y son un alivio, un pequeño premio, porque también dejan ver la genialidad
del autor y disfrutar de momentos brillantes cuando se aligera de trucos retóricos. Y es que,
digámoslo ya, esto no es una lectura sino más bien una inmersión, una experiencia.
Se podrá plantear si todo esto tiene realmente sentido, y de
hecho algunos de los mayores valedores de Joyce pensaron que había perdido el
juicio o que simplemente se le había ido la mano. Yo creo que desde luego el
Finnegans tiene un valor inmenso, porque qué sería del arte si no hubiese gente
decidida a explorar sus límites y a transgredirlos, y con talento para hacerlo.
Tampoco una pintura abstracta representa cosas y no por
ello parece razonable despreciarla sin más. Aquí se juega con otras reglas y no
se puede mirar bajo los criterios habituales. El problema, claro está,
es que hablamos de medios muy diferentes: una pintura la observamos durante
unos segundos, hasta algunos minutos, pero leerse las seiscientas páginas del
Finnegans lleva muchas horas. Así que, en su inmenso esfuerzo de años y su estratosférica
creatividad, a lo mejor Joyce se olvidó de algo que puede tener cierta
importancia hablando de un libro: el lector.