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jueves, 16 de noviembre de 2023

Henning Mankell, Zapatos italianos

Idioma original: sueco
Título original: Italienska skor
Traducción: Carmen Montes Cano
Año de publicación: 2006
Valoración: recomendable

Quizás sea por la clásica presentación de Tusquets, o por la nacionalidad del autor, a saber, pero esperaba de Zapatos italianos una negrura que (como no soy muy seguidor del género) he agradecido no encontrar. Siempre resulta curioso ver cómo ciertos autores se mueven fuera de los géneros que les son propios (lo dice quien solamente ha sido capaz de aguantar Mientras escribo por parte de Stephen King).

La historia que nos cuenta Mankell aquí tiene muy poco de misterio, aunque en sí sea una novela de decadencia donde el sentimiento trágico aflora en los rincones más inesperados. Un cirujano que ha dejado prematuramente su profesión vive en una pequeña isla donde nadie se aventura a acercarse. Apenas un  cartero que aparece esporádicamente. Acompañado por un perro y un gato, su existencia no es exactamente un aislamiento pero se siente la mar de a gusto sin relacionarse con la gente. Un día aparece en su casa una antigua novia. Harriet, una mujer mayor, enferma terminal, se presenta no para ajustar cuentas sino para cerrar ciclos que quedaron abiertos. El motivo principal, explicarle a Fredrik, el cirujano, que de su romance de juventud nació una hija. Se encuentra, de la noche a la mañana, como padre tardío y futuro viudo. Su antigua novia solo quiere que su padre la conozca y, de repente, Fredrik asume las responsabilidades y se pone en lo de recuperar el tiempo perdido. 

Reconozco que Mankell me ha gustado en su estilo, elegante y contenido, aunque no tanto como para sentir curiosidad por las novelas por las que suele ser célebre. Hay algo extraño y cercano a lo fascinante imaginando esos paisajes desolados, y no deja de ser curioso que la novela acabe derivando en una especie de especulación psicológica sobre cómo se afrontan las diversas opciones cuando se alcanza la fase de decadencia de la vida. Fredrik resulta curiosamente recuperado una vez el traspiés (otro ajuste de cuentas con el pasado) que precipitó el final de su carrera. Harriet se comporta de forma resignada y con un sentido de la planificación que puede sorprendernos.


También de Henning Mankell en ULAD: Aquí

lunes, 24 de octubre de 2022

Niklas Natt och Dag: 1795

Idioma original: sueco

Título original: 1795

Año de publicación: 2022

Traducción: Pontus Sánchez

Valoración: más que recomendable... si se han leído las anteriores novelas de la trilogía


Tercera y parece claro que última entrega de la trilogía histórico-policíaca escrita por el sueco Niklas Natt och Dag (ya me he aprendido el nombre) y protagonizada por el guarda Mickel Cardell y los hermanos Winge, en el Estocolmo de finales del s. XVIII.

Esta tercera entrega supone, de hecho, una continuación de la segunda, 1794 (aún más que la segunda de la primera, quiero decir, ya que éstas se pueden considerar independientes, en gran medida) y se centra en una doble búsqueda por parte de Cardell y Emil Winge: la del infame Tycho Ceton, por un lado, con el objeto de que reciba castigo por sus crímenes y la de la joven Anna Stina Knap, por otro, para ayudarla. Claro que no son los únicos que buscan a la muchacha y esta doble o triple pesquisa, así como los esfuerzos por esconderse de los buscados, son lo que mueve gran parte de la trama de la novela. De hecho, algo muy interesante de esta entrega consiste en que, de las cuatro partes que la componen, las tres primeras cuentan los mismos acontecimientos o paralelos -esto es, las indagaciones y ocultamientos- durante el mismo período de tiempo, la primavera y verano de 1795, pero siguiendo a diferentes personajes: los protagonistas, cardell y Winge, su antagonista Ceton y uno nuevo o casi, porque ya aparece fugazmente en la novela anterior: el niño huérfano Elías. Sí, ya sé que este es un recurso más visto que el tebeo, al menos desde el relato En el bosque, de Ryunosuke Akutagawa, pero en esta novela resulta especialmente eficaz y hasta pinturero...

En cualquier caso, si por algo destaca este libro, incluso más que sus antecesores, es por la calidad de la escritura de Niklas N. o. D., que ha logrado llegar a una excelencia estilística, con un impecable empleo de diferentes recursos o tropos y una estimulante creación de imágenes y metáforas, que alejan sus libros de lo que se suele prejuzgar como esperable en un best-seller de corte histórico-policíaco. Veremos si este autor es capaz de mantener este gran nivel en títulos posteriores, quizás alejados de estos géneros (y no estoy diciendo que la literatura de género sea inferior a cualquier otra a la que debería dedicarse, ojo...), pero, sin duda, estamos ante un autor a tener en cuenta en el futuro, además de en el presente.

Dicho lo cual, ni siquiera esta excelencia literaria es lo más importante de esta obra: se trata, en efecto, de una novela histórica -en apariencia, muy bien ambientada, incluyendo los intríngulis políticos del momento- y también policíaca, pero eso no es lo definitorio ni fundamental de ella: ante todo, es una historia sobre la soledad de las personas; sobre su tristeza y sobre la vida que se les (nos) va escurriendo entre los dedos sin que acaben (acabemos) por encontrarle un sentido. Sobre los errores y las buenas intenciones que acaban por convertirse en pesadas losas de remordimiento. Es un libro con un ánimo reposado y un tono quizás fatalista, menos dado a las truculencias que los anteriores -aunque alguna hay-, que deja en el ánimo un poso melancólico y entristecido (quizá no a todo el mundo). En cualquier caso, supone un perfecto broche final para la trilogía y no creo que decepcione a quienes la han ido siguiendo, ni tampoco, ya digo, a quien pueda verse atraído por su lectura en busca de una calidad literaria más que notable. Quedo, quedamos quienes lo hemos leído, a la espera de lo que nos puede proponer don Niklas en tiempos venideros.


Otros títulos del amigo Niklas reseñados en Un Libro Al Día: 1793, 1794

miércoles, 10 de agosto de 2022

Stig Dagerman: Otoño alemán

Idioma original: sueco
Título original: Tysk höst
Traducción: Josep Maria Caba Boixadera
Año de publicación: 1947 
Valoración: Casi imprescindible

Que el cine norteamericano fue una punta de lanza para la penetración cultural del Tío Sam en Europa, y al mismo tiempo pago en especie por los desembolsos del Plan Marshall, son cosas de sobra conocidas. Y, como también es notorio, una parte nada desdeñable de ese arsenal cinematográfico estuvo formada durante décadas por las narraciones épicas de la victoria de los aliados sobre el nazismo, básicamente por norteamericanos y, en menor medida, británicos. Son tantas las películas de sesgo similar que hemos ido deglutiendo, que en nuestro imaginario es fácil que se haya construido la secuencia Desembarco de Normandía (también con variante italiana) > muerte del führer en el bunker > final de la guerra > liberación de campos de concentración > Alemania recupera la democracia > etc. etc. Hasta hoy.

Pero ahí hay huecos enormes. La guerra recién terminada deja países devastados, millones de muertos, de prisioneros de guerra, de migrantes deambulando en todas direcciones, pobreza, hambre, cartillas de racionamiento, guerras civiles internas, presiones políticas. Muchas de estas cosas las contaba muy bien aquel interesante Continente salvaje de Keith Lowe, con la perspectiva de un historiador con visión integradora y capacidad de ir más allá de los escenarios más trillados. Como también Michael Chabon se interesó por esos periodos de sombra (los ciudadanos alemanes, ante los primeros aliados que pisaban su suelo), contando silencios y recelos, en la historia del abuelo de Moonglow. Pero además, en el otoño de 1946, unos meses después de terminada la guerra, el diario sueco Expressen envía a Alemania a un joven de veintitrés años, Stig Dagerman, gran promesa de la literatura, para observar y narrar lo que había sobre el terreno. Otoño alemán es lo que Dagerman encontró.

En Hamburgo un tren avanza durante quince minutos durante los cuales no se observa nada más que ruinas y escombros. Familias y vecinos conviven en sótanos inundados y sin luz. Transportar unas pocas patatas conseguidas a precio de oro puede suponer jugarte la vida en la calle. Miles y miles de refugiados llegan del Este sin saber a dónde ir, recibidos con hostilidad en todas partes. Huidos de las ciudades más castigadas del norte y del Ruhr son expulsados por las autoridades de Baviera. La miseria de quienes lo han perdido todo, incapaces de ver ningún futuro más allá de si tendrán algo que meter en el caldero esta noche, los millones de civiles y soldados muertos, deportados o asesinados en las ciudades o en los campos de exterminio, la desconfianza hacia todo y hacia todos en un país derrotado y arrasado. 

Y la gran pregunta: ¿dónde están los nazis? ¿Había muchos, o pocos pero poderosos? ¿Pudo más el miedo, el patriotismo, el mirar para otro lado y contemporizar? Están los tribunales de desnazificación, algo que muchos ven como una pantomima, quizá porque no sirven para nada, porque en efecto muchos colaboraron de una u otra forma, de manera inconsciente, por instinto de supervivencia, ingenuidad, a veces por convicción. Algunos confiesan abiertamente que vivían mejor con Hitler (¿nos suena?), otros se disculpan o callan. Pero el hambre y la desesperación borran casi toda otra consideración, importa lo inmediato, llegar a mañana. La ejemplaridad y la limpieza de todo resquicio ideológico, suponiendo que sean posibles, pasan a un segundo plano.

Se podrá decir, y con toda razón, que el paisaje no difiere casi nada del que encontramos tras cualquier otra guerra, antigua o moderna. El fanatismo y la locura siempre dejan detrás destrucción, dolor y muerte. Pero en este caso creo que la crónica de Dagerman rellena un vacío injusto, porque de alguna manera hemos podido interiorizar la idea de una Alemania culpable, así, en su conjunto, un país que de alguna manera no hizo más que pagar (y pagó poco) por el horror que extendió por medio mundo. Y no deja de ser cierto, pero las circunstancias nos han podido hurtar la perspectiva de cómo quedaron realmente sus ciudades, sus habitantes, individuos, familias, la mayoría inocentes, otros quizá no tanto, o no tan culpables. 

Todo eso lo va descubriendo Dagerman asomándose a los zulos donde malviven familias enteras, internándose en las montañas de ruinas, hablando con la gente, observando y sintiéndose observado con recelo, como quien ve a un extraterrestre. Es también un testigo más bien frío, poco dado al discurso inflamado o melodramático, describe sin aspavientos, con cierta distancia pero sin ahorrar crudeza, transmitiendo las sensaciones que proporciona asistir a la miseria extrema, la postración ante la catástrofe, las gentes que se cuelgan de los estribos de los vagones o que viajan en los techos, las chicas que se aferran al brazo del soldado americano. El país donde se gestó la mayor locura homicida de la Historia, vencido, arruinado y estupefacto, sin saber a dónde mirar o qué esperar.

P.S. Al igual que en el fútbol, en el mundo editorial la vida tampoco se acaba en Madrid o Barcelona. La editorial riojana Pipas de calabaza, que tiene el humor de poner en la contracubierta ‘Una editorial con menos proyección que un cinexin’, tiene un catálogo más que interesante del que ya hemos probado algunas muestras, como esta que traemos hoy. Y habrá más, sin duda.

También de Stig Dagerman en ULADNiño quemado

domingo, 1 de mayo de 2022

Niklas Natt och Dag: 1794

Idioma original: sueco

Título original: 1794 

Año de publicación: 2019

Traducción: Portus Sánchez

Valoración: recomendable  (si no eres un espíritu sensible)

Después del uno va el dos y después del 1793, pues... 1794, claro (y luego 1795, pero de eso ya hablaremos), así que de esta previsible manera se titula la segunda entrega de las novelas policíacas escritas por el sueco Niklas Natt och Dag y ambientadas en el Estocolmo -no sólo- de finales del siglo XVIII. Como la primera entrega no me disgustó, aunque tampoco es que me volviera loco, decidí atreverme con la segunda. Adelanto ya que viene a ser  más de lo mismo; quizás un pelín mejor...

En esta ocasión encontramos al mismo protagonista o al menos a uno de ellos,  el guardia manco Mickel Cardell, acompañado esta vez no por el abogado Cecil Winge, sino por su hermano pequeño Emil, de gran parecido físico, pero idiosincrasia y circunstancias bastante diferentes. Aparece también otra hermana de ambos, la hermosa y distinguida Hedvig, aunque como personaje secundario, digamos. Y, en una trama paralela, pero que da continuidad a la novela anterior, los lectores  de ésta se reencontrarán con la valerosa y decidida Anna Stina, pasando mayores apuros,  si cabe, que en 1793.

El "caso policíaco" del que se encargan Cardell y Winge II es desentrañar lo ocurrido con el joven heredero Erik Tres Rosas y su flamante esposa en su noche de bodas. He entrecomillado lo de "caso policial" porque el intríngulis del caso no resulta tanto desentrañar los pormenores del crimen como neutralizar al malo de la película... quiero decir, de la novela, que es hacia lo que se dirigen los afanes de la pareja detectivesca, y evitar que este personaje antagonista-un tanto "jamesbondiano", si se me permite-, salga de rositas, como parece ir a suceder...

La trama de esta historia transcurre en su mayor parte, como en la novela precedente,  en Estocolmo, la "ciudad de los puentes", y alrededores, pero, más aún que en el caso anterior, muchos de los escenarios son marginales dentro de la misma y de la sociedad occidental en su conjunto: manicomios, orfanatos, burdeles, la cárcel de mujeres, incluso un bosque donde encuentran exiguo refugio las personas sin hogar... Pero, además, su primera parte se desarrolla en un escenario aún más periférico respecto a la metrópoli sueca: la isla caribeña de San Bartolomé, un conveniente "patio trasero" en el que el reino de Suecia, por aquella época, sacaba pingües beneficios con el comercio de esclavos. En esta isla es donde ante el lector comienza a desplegarse el catálogo de atrocidades que irá encontrando a lo largo de la novela.. Porque uno de los temas de fondo y forma de la misma es la crueldad y hasta el sadismo -en el sentido más estricto del término; no se trata de una metáfora- que puede mostrar el ser humano... No es éste un libro para espíritus delicados,  advierto. También  -o sobre todo- trata de la locura, el perdón, el remordimiento... aunque, eso sí, sin detenerse en excesivas elucubraciones porque, antes que nada,  1794 es, al igual que su antecesor,  un thriller histórico o, si se prefiere,  una novela histórica  en forma de thriller, ya que, aparte de la cuidada ambientación  (es de suponer), están muy presentes las circunstancias políticas de la época en Suecia, la del gobierno autoritario y muermo de Reuterholm (baste decir que se llegaron a prohibir tanto el consumo de café como las vestimentas de colores llamativos, durante el reinado de Gustavo IV Adolfo. Pero, ante todo, y al igual que en 1793 (y sospecho que igual pasará en la entrega venidera, es de suponer que titulada 1795) lo que están muy bien retratadas son las estrecheces y aun la miseria en que vivía la población sueca ( y no sólo sueca) en aquel turbulento final  del siglo XVIII.

Por terminar, se puede decir lo mismo de ésta que de su predecesora: se trata de una novela muy bien escrita y, sin duda, entretenida, con descripciones y personajes  perfectamente dibujados, que resultan incluso memorables. Ahora bien, su crudeza y hasta truculencia pueden no llegar a agradar a todo tipo de lectores, así que, como en el caso anterior, yo aviso: léase bajo propia responsabilidad. 


También del amigo Niklas y reseñado en Un Libro Al Día: 1793

jueves, 28 de abril de 2022

Linda Boström Knausgård: Niña de octubre

Idioma original: Inglés
Título original: Oktoberbarn
Traducción: Rosalía Sáez
Año de publicación: 2019
Valoración: Irregular, aunque está bien

Niña de octubre es una autobiografía poco ortodoxa porque 1) empieza "in media res", 2) tiende a la dispersión, 3) novela ciertos pasajes, 4) antepone lo anecdótico a la visión panóramica y 5) arroja paletadas de crítica social.

Narra la vida de Linda Boström Knausgård, escritora sueca que mantuvo una conflictiva relación con Karl Ove Knausgård y que apareció en Mi lucha, la saga memorialista de éste. 

En Niña de octubre, la faceta personal sobrepasa holgadamente a la profesional. Así pues, aunque Boström alude a su relación con la escritura (creativa, laboral, etc...), no le dedica a la misma tantas páginas como a su propia vertiente humana. Y debo decir que, en este último apartado, la autora sobresale. Quizá peca por reiterativa cada vez que regresa al centro psiquiátrico, pero en general la cosa funciona.

De este libro me ha gustado:

  • Que Boström no lo haya instrumentalizado para contrarrestar aquello que su ex marido plasmó de ella en Mi lucha. Es decir, que no caiga en el "salseo" literario.
  • La honestidad de la autora al retratarse a sí misma con todas sus contradicciones y defectos. Nunca se hace la víctima, ni oculta que, como cualquier ser humano, tiene más sombras que luces.
  • La factura de determinadas escenas. Pienso, por ejemplo, en la autenticidad que logra imprimir a sus recuerdos de infancia y adolescencia. 

Por todo lo dicho, recomiendo Niña de octubre. Es cierto que, en tanto que autobiografía, le falta algo de contexto y empaque. Sin embargo, compensa sobradamente estas pequeñas carencias con sus virtudes, especialmente aquéllas de corte narrativo. 

jueves, 10 de marzo de 2022

Ingmar Bergman: Niños de domingo

Idioma original: Sueco
Título original: Söndagsbarn
Año de publicación: 1993
Traducción: Marina Torres
Valoración: Bastante recomendable

Hay una serie de requisitos que "exijo" a las novelas de corte autobiográfico, pero dos son indispensables: que el texto trascienda de lo individual a lo colectivo y que la voz me resulte literariamente creíble. Nada de ejercicios masturbatorio-knausgardianos y nada de niños citando a Aristóteles.

El caso es que en esta segunda parte de la trilogía autobiográfico-familiar de Bergman se cumplen las dos citadas premisas. Por un lado, los temas tratados en "Niños de domingo" son absolutamente universales; por otro, la voz y la estructura elegidas por Bergman dotan de credibilidad y sentido a lo narrado, lo que demuestra gran habilidad por parte del autor.

Un fin de semana en el mes de julio de 1926 (cuando Pu, trasunto literario de Bergman, apenas cuenta con 8 años) es el marco temporal de unos hechos que sitúan al pequeño Bergman frente a una sexualidad apenas entrevista, al primer miedo a la muerte (vía personas reales o a fantasmas, apariciones y leyendas), a la vejez o a la infelicidad, todos ellos perfectamente reconocibles para cualquiera de nosotros. Pero más allá de estos tempranos descubrimientos, la figura central de "Niños de domingo" es la del pastor Erik Bergman, padre del autor y cuya relación con este queda marcada por esos días de julio.  

Varios son, en mi opinión, los principales aciertos del autor:
  • La introducción de tres escenas situadas muchos años después, con un padre ya enfermo y agonizante, que dotan de mayor potencia (mención de honor para un final brutal), coherencia y sentido a los hechos pasados.
  • La conjugación de lo meramente evocativo y descriptivo, a veces hasta casi naif, en la parte inicial con lo puramente introspectivo y psicológico a medida que pasan las páginas.
  • El tono, frío y delicado al mismo tiempo, que evita la caída en ñoñerías y sentimentalismos baratos
En el lado no tan positivo, me choca bastante la alternancia entre primera y tercera persona. Entiendo que con ello el autor pretende dotar al texto de la suficiente distancia con los hechos, pero me da la impresión de que el mismo efecto se hubiese conseguido sin ese cambio de registro.

Por último, y para los "fans" de la obra bergmaniana, tres guiños cinéfilos: la casa de la infancia que es imposible desligar de la que aparecía en "Fresas salvajes", una escena muy muy "El séptimo sello" y la teatralidad de algunas escenas que recuerdan a las películas más centradas en las dudas, la culpa y la confusión. 

P.S.: Preciosa edición, como viene siendo habitual, esta de los riojanos Fulgencio Pimentel. ¡¡¡Porque hay mucha vida "en provincias"!!!

martes, 8 de febrero de 2022

Stig Dagerman: Niño quemado

Idioma original: sueco
Título original: Bränt barn
Traducción: Neila García Salgado
Año de publicación: 1948
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Es curioso percatarse de que, a pesar de que uno cree conocer bastante bien la literatura nórdica digamos off-thriller, siguen escapándose algunos autores que por su estilo o por su contundencia merecen bastante más visibilidad de la que se les ha proporcionado. Y, este hecho es aún más flagrante cuando el autor que nos ocupa viene recomendado por mi admiradísima Siri Hustvedt quién afirma que «esta novela psicológica merece ser leída por lectores de todo el mundo» o incluso por Per Olov Enquist, quien escribe el prólogo. Y, como es de esperar de un autor nórdico que trata sobre la muerte, el odio, la venganza y la soledad, uno no podía sino sucumbir ante la tentación que supone una lectura precedida por tanto reclamo.

Este duro libro empieza con una contundencia inusual, afirmando ya en su primera frase que «A las dos enterrarán a una mujer casada», porque el relato arranca justo el día del entierro de la madre de Bengt, protagonista de la novela, y el autor de manera seca nos retrata la relación entre familiares, una relación fría, distinta, casi indeseada por la mayoría de ellos. El marido, de quien se afirma que «no ha llorado mucho» su muerte y que desprende pocos sentimientos hacia su difunta mujer, pues «Ama lo bello. Su mujer era fea y enferma. Por eso no ha llorado». Y en la casa, esperando el transporte que los lleve al funeral, se encuentran la familia y los invitados; son pocos, menos de veinte, pues la mujer no era muy querida ni conocida. Y, en ese ambiente lúgubre y gélido, el autor nos introduce la figura del hijo Bengt, de veinte años, alguien que sí ha llorado toda la noche y se encuentra en medio de la habitación, solo, pues nadie se acerca a él «no por consideración sino por miedo, pues el mundo teme a aquel que llora».

Este inicio del relato en torno al entierro y al duelo, tiene una potencia literaria inusual, por su contundencia, por su radicalidad emocional, por el pesar que desprende sin dejar de lado la dureza narrativa que imprime el autor al afirmar que se trata de un entierro con poca gente pues «ni siquiera a los asistentes les caía bien la difunta», pero también por saber narrar la tristeza rodeándola de imágenes poéticas al describir que «el féretro se hunde despacio con todas sus flores, como el órgano de un cine. Tratan de no perderlo de vista, igual que cuando un tren desaparece con un amigo a bordo. Al final no queda nada. Solo un hoyo en el suelo que huele a flores, y pronto ya ni a flores siquiera» porque «no hay consuelo ni protección ni final ni principio. Tan solo hay una certeza, vacía como una tumba, de que aquí abajo yace la madre de uno y está muerta». Esa mirada hacia la muerte contiene gran carga emocional pero también reflexiva, porque «quizá sea cierto que la muerte es un gran agujero vacío y que la pena consiste en saber cómo de vacío es ese agujero, pero eso solo es cierto si uno está sobrio. Si uno bebe, puede llenar el agujero con cuantos pensamientos y palabras hermosas de le ocurran. Hasta los bordes puede llenarlo. Y luego taparlo con una piedra».

De esta manera, vemos como Dagerman es duro en su relato, posee un estilo contundente, vacío de alegría o de ternura. Es el relato y la mirada de un niño que amaba a su madre más que a nada, una madre no amada por su marido que la engañaba. Y el descubrimiento por parte del hijo de la infidelidad del padre le sacude y le atormenta y lo odia porque «ha engañado a mi madre, porque estaba enferma y porque le parecía fea». Y cuando le revela al padre su descubrimiento, «la máscara cae, la triste máscara del viudo. Y bajo la máscara está la alegría, una alegría grande y aterradora. Pues para aquel que está obligado a llorar una muerte, la alegría puede mostrarse como un temor. Uno teme mostrar su alegría». Así, tras la muerte de la madre, el niño se queda con la única compañía de la soledad y del odio hacia su padre; el relato rezuma tristeza y pesar, y soledad, física pero también emocional, por no tener con quien compartir su dolor y su odio pero tampoco el amor hacia una madre que ya no está y que ha dejado un tremendo vacío que solo su recuerdo puede llenar si el recuerdo es bonito bello y emotivo. Y eso solo puede darlo él, de ahí su tristeza, de ahí su dolor, de ahí su pena. Y todo ese sentimiento afligido se transforma y crece desde la nada del vacío para erigirse y resurgir en forma de odio y venganza.

Estilísticamente, el tono narrativo y su contundencia en este primer tercio de libro recuerdan mucho a Ţîbuleac con frases como «Tras la muerte de la madre, todas las mujeres que le sonríen se parecen a ella», pero también a Kristof, en ese relato seco y áspero, de aspecto frío pero que esconde tras ello una ternura no siempre demostrada, por desconocimiento o por vergüenza. Pero una vez la trama avanza vemos también, y mucho, a Hamsun por esos diálogos internos donde el joven se cuestiona la ética que reside tras la verdad y la mentira, o también el sentido del deber porque «cuanta más materia epistemológica adquiere uno, más facetas y matices percibe de esa realidad que se esconde tras los conceptos», porque «no hay nada más aterrador para una conciencia endurecida que un joven ojo desnudo. Ese ojo no sabe nada, y por eso lo entiende todo». De esta manera, el descubrimiento de la infidelidad del padre incrementa la animadversión del hijo hacia él y entra en una espiral de análisis e introspección que lo vuelven receloso y hasta cierto punto cruel y vil hacia quienes le rodean, pues duda de todos y sospecha de todos, incluso de sí mismo aunque «mientras uno pueda confiar en sí mismo, no se ha perdido nada en realidad. Tan solo se pierde algo cuando uno se da cuenta de que ni siquiera en sí mismo puede confiar. Por eso merece la pena, en todo instante, poder confiar en uno mismo, y no dejarse engañar por uno mismo. Por eso es tan importante ser consciente de lo que uno mismo hace, y la única manera de lograr un conocimiento así es analizando hasta el más mínimo de sus sentimientos y acciones», porque «la verdadera angustia es no poder fiarse de los propios pensamientos cuando están solos», porque «engañar a otros no es bonito, pero engañarse a uno mismo es peligroso».

A medida que avanza el relato, el tono abandona la tristeza y dureza inicial por el duelo de la madre para volcarse hacia las pasiones y las dudas de su protagonista, envolviendo el relato de monólogos internos y diálogos en torno a la culpa, el deseo, la moral, las incertezas, las mentiras y las inseguridades. Así, la desolación inicial se encamina hacia un tono más introspectivo que nos recuerda muchísimo a Hamsun y a sus dilemas éticos sobre la verdad y la mentira y sobre el bien y el mal, y el desánimo que planea por encima de todo el relato, afirmando que «estar borracho es ver tan solo luces bonitas y alegres y aristas suaves allí donde suelen ser duras. Pero si uno cierra los ojos no ve más que oscuridad» llegando a la conclusión que «vivir no significa otra cosa que prorrogar, día tras día, el propio suicidio».

Por todo ello, se trata de un libro duro y triste, pero que no deja completamente de lado la esperanza, a pesar de que esta se sustente sobre una alegría efímera, una felicidad a veces sustentada por el amor y esas primeras infinitas posibilidades que ofrece, porque «nada es tan bonito como los primeros minutos a solas con alguien que podría amarnos y a quien nosotros también podríamos amar (…) es por esos escasos minutos por los que uno ama, no por los muchos que vienen después». Y en eso debemos aferrarnos, cada instante en los que aparecen, porque, tal y como afirma el protagonista, «los instantes de paz son cortos. Todos los demás instantes son mucho más largos. Saber eso también es sabiduría. Pero precisamente porque son tan cortos debemos vivir esos instantes como si solo entonces viviéramos». 

También de Stig Dagerman en ULAD: Otoño alemán

viernes, 6 de agosto de 2021

Niklas Natt och Dag: 1793

Idioma original: sueco
Título original: 1793
Año de publicación: 2017
Traducción: Ebba Segerberg (del sueco al inglés) y Patricia Antón de Vez (del inglés al castellano)
Valoración: recomendable, aunque no para todo el mundo

Es de justicia reconocerlo: Niklas Natt och Dag -Nicolás Noche y Día- es el escritor con, probablemente, el apellido más molón del panorama literario mundial (excepción hecha del canadiense Christian Guay-Poliquin, como es obvio); se trata además, de una apellido del más rancio abolengo de la nobleza sueca, desde que alguno de sus antepasados despiojaba al rey Olaf o lo que fuera... Pero, vamos, que lo mismo nos daría si se apellidase Petersson o Martinsson (es decir, Pérez o Martínez); lo que nos debe importar es si el amigo Niklas es un buen escritor y, vaya, por lo que se puede juzgar a partir de ésta su primera novela, hay que decir que sí lo es.

1793 es una novela policíaca, pero no de ésas que siguen las estela de Mankell, Larsson (Stieg), la otra Larsson (Assa), etc. y que tanto éxito han tenido en los últimos tiempos, sino una novela policíaca de corte histórico, ambientada en Estocolmo en el año ¿alguien lo adivina? ¡Sí, premio para la dama o el caballero: 1793! Un año se diría que de lo más entretenido en Suecia, cuando aún resonaban, por un lado, los disparos que acabaron con la vida del rey (no muy querido) Gustavo Adolfo no sé cuantos y, por otro, los ecos de los desmanes jacobinos en Francia -éstos resuenan bastante, porque lo del rancio abolengo y demás se tiene que notar, tetes...-; en fin, en ese jubiloso contexto aparece un cadáver horriblemente mutilado en un laguito apestoso de uno de los barrios pobres de la ciudad y aunque no parece haber gran interés en esclarecer el crimen, el guardia municipal que lo ha encontrado y un abogado tísico famoso por la rectitud de su comportamiento y raciocinio se ponen a investigar hasta encontrar al culpable... en varios sentidos, contrarreloj, como mandan los cánones.

La verdad es que esta pareja detectivesca, Mickel Cardell -el guardia y, se me olvidaba decir que veterano de guerra manco- y el Cecil Winge -el abogado en las últimas a causa de la tisis- son lo mejor de la novela, por diversos motivos; entre otros que, aunque pueda parecerlo, no reproducen  el esquema Holmes-Watson, como se puede pensar en principio. Lo mismo ocurre con el resto de personajes, más o menos secundarios, que aparecen el la trama -una trama, por cierto, bastante peculiar, pues consta de cuatro capítulos, dos de ellos sendas analepsis que no parecen tener siempre relación con el hilo principal de la narración, aunque sí-: en mi opinión, el trazado de esos personajes, más o menos creíbles -en verdad, no siempre-, pero, en cualquier caso, peculiares y hasta imborrables, es el punto fuerte de Nattoc... de Niklas. En cuanto a la ambientación, hay que suponer que está todo lo cuidada que parece (que levanten la mano los expertos en la Historia sueca del siglo XVIII), aunque quizás haya una excesiva obsesión por mostrar lo dura, cutre, sucia y corrompida que era la capital de Suecia en aquel momento (como todas entonces, supongo), lejos de la imagen de telefilm alemán de sobremesa que podemos tener ahora. A decir verdad, la truculencia llega a todos los detalles de la historia; no es una novela para espíritus ni estómagos delicados, aviso... De todas formas, parece que el bueno de Niklas se basó en gran medida en las canciones del trovador sueco de aquella época Michael Bellman, que ya hablaba de la vida del pueblo llano, la degeneración de las costumbres y esas cosas tan entretenidas.

Lo más flojo, creo yo, es el entramado policiaco-detectivesco, que no sé si llegará a satisfacer a los lectores más exigentes del género; digamos que la cosa se queda en una mezcla algo deslavazada de El perfume y la película Se7en, y hasta aquí puedo leer... No obstante, resulta una buena excusa para recorrer los rincones más inesperados del Estocolmo de fines del XVIII, desde los barrios populares, tabernas y cafés a cárceles y hospitales, de los burdeles más exquisitos a las timbas de juego y los cementerios, pasando por los secretos del la Casa Indebetouska, donde estaba la jefatura de la policía. Y sobre todo, para conocer a unos personajes marcados por la tragedia y la muerte, a los que Niklas Natt etc. sabe dar peso, vida y dignidad con la maestría de un experto marionetista; esperemos que no perdiera ese toque en su siguiente novel, 1794 y tampoco lo haga en la que está por llegar. ¿Alguien adivina cómo se va a titular? 

miércoles, 7 de abril de 2021

Johannes Anyuru: Se ahogarán en las lágrimas de sus madres

Idioma original: sueco
Título original: De kommer att drunkna i sina mödrars tårar
Traducción: Neila García
Año de publicación: 2021
Valoración: está bien

Que el racismo y la xenofobia suponen un grave problema para la sociedad es algo evidente y, a pesar de que los países nórdicos son ejemplo en muchos aspectos relativos a la igualdad en su población y a la solidaridad social, Suecia no escapa a esta lacra que mina la vida en libertad de colectivos amenazados. Poner el foco en ello es el principal de este libro del sueco Johannes Anura que, envuelto de misterio e intriga, nos plantea hacia donde se dirige la sociedad de su país y, por extensión, la del resto de Europa y otros continentes.

Hábilmente, el autor empieza la narración con ritmo alto, pues ya desde las primeras páginas nos sitúa en medio del suceso que marcará el resto del relato: Anyuru nos traslada la tensión de la historia al ubicarnos en una tienda de cómics donde un famoso artista tiene previsto dar una charla sobre los límites de la libertad de expresión; el autor en cuestión se ha hecho famoso por publicar tiras cómicas en las que se incluyen caricaturas de Mahoma (en algo que recuerda mucho al atentado a Charlie Hebdo tratado por Lançon en el libro «El colgajo») y eso es algo que le pone en el punto de mira de los diferentes grupos radicales islámicos que aprovechan la ocasión para cometer un atentado terrorista que será filmado y mostrado al mundo para difundir el terror y su ideología. Pero hay algo que no acaba de encajar, pues uno de los terroristas tiene dudas, sabe que hay algo que no encaja, pues su consciencia le repite, de manera reiterada, que «todo está mal». Y empieza a ver el atentado casi de manera ajena, como si la chica no fuera realmente ella, como si lo presenciara desde el exterior de ella misma, como si ese acto ya lo hubiera vivido antes.

Cabe decir, que esas primeras cuarenta páginas son de alto interés, con un elevado ritmo narrativo, con un creciente misterio e intriga; la escena está narrada con habilidad, manteniendo la tensión, ubicándonos entre el desconcierto y la convicción de los terroristas inexpertos pero convencidos, pues son conscientes de que «un solo acontecimiento puede despertar al mundo». Pero, y ahí hay un primer “pero” al relato, pues la narración, aunque atrayente, tiene un estilo que descoloca al lector al incluir recuerdos de la chica durante la escena con la finalidad de hacer entender al lector lo que pasa por la cabeza de la chica, pero que rompe la tensión del momento descrito. Este primer capítulo largo de narración algo atropellada es el preámbulo de la historia que se narra después, en un salto temporal hacia delante de dos años con el que empieza el segundo capítulo y que sitúa a la chica en un hospital psiquiátrico y desde el que invita a un famoso escritor a entrevistarse con ella para narrarle que, en realidad, ella viene del futuro.

Este es el inicio con el que parte el libro y es algo que se resume en la contracubierta del libro por lo que no explico nada que pueda estropear la lectura. A partir de aquí, de la entrevista del autor con la chica, vamos conociendo los detalles de su vida «en ese mundo del que yo vengo», de una vida en los márgenes de una sociedad que mira de reojo a los musulmanes y que, según la narración de la chica, con el paso del tiempo esa situación no mejorará, sino todo lo contrario. Con ello, nos muestra una sociedad que da pequeños pasos pero firmes hacia un futuro de radicalización, marginalización y maltrato a los musulmanes, convirtiendo Kåningarden (“el patio de los conejos”), el barrio donde vivía de pequeña, en un gueto, un lugar donde enviaban a aquellos que no querían firmar el contrato de ciudadanía y que, con ese pretexto, les bloquean las cuentas bancarias sometiéndolos a la pobreza. Un lugar que se acabó convirtiendo en un centro de refugiados donde ubican a «los enemigos de Suecia», extranjeros, musulmanes, vagabundos y «dividen a la gente en amigos y en enemigos. —Peor (…) Nos dividen en personas y animales», «habíamos sido parte de una Suecia que no era tal, una parte que aquel país que me rodeaba necesitaba para purgarse». Así, la sociedad del mundo del que la chica asegura venir está terriblemente radicalizada, en el que constantemente se difunde el vídeo del atentado para recordar quienes, y de qué religión, eran los causantes, y se forman sectas constituidas por grupos de extrema derecha que atacan e intimidan a los que viven en ese barrio. Y es en ese preciso barrio, segregado a su vez en zonas clasificadas según el nivel de “amenaza” que suponen sus habitantes, donde conoce a los otros dos chicos terroristas, Hamad y Amin. 

De esta manera, y este es el principal aspecto positivo del libro, el autor utiliza este escenario y la historia para hablarnos de los problemas de la segregación y la culpabilización de una parte de la sociedad, de cómo los mensajes lanzados afectan a la ideología de los ciudadanos hasta el punto de afirmar, de manera certera, que en uno de los tiroteos mortales en Kåningarden fue causado por un «sueco blanco con motivaciones racistas y, por lo tanto, los medios no lo llamaron terrorista, pues, de haberlo hecho, las familias suecas se verían necesariamente sometidas a escuchas, vigilancia y acoso». Ese es el sesgo mediático al que se ven sometidos los musulmanes y su denuncia es uno de los puntos fuertes del libro. Así, el libro es una reflexión sobre los diferentes pasos que se dan en una sociedad partiendo de la desconfianza hacia la diferencia étnica y la religión que, con el tiempo, la lleva a sospechar de los que no consideran parte de ellos y apartarlos, segregarlos y expulsarlos. Cada paso es necesario para llegar a ese final, cada pequeño gesto es un paso más que acerca a un país al desastre y a la injusticia. 

Pero, a pesar del buen planteamiento e intención del autor, el libro presenta algunos puntos débiles a mi entender, pues el tono, el ritmo y la estructura no ayudan a conseguir un gran resultado: la narración es demasiada fragmentada, demasiado fría, sin conexión con los personajes y sin frases o párrafos que lleguen a impactarnos y eso es algo que sorprende pues estamos hablando de un autor que proviene del mundo de la poesía que se destaca, justamente, por lo contrario. Otro de sus puntos débiles es la estructura, pues el libro entremezcla constantemente diferentes líneas temporales: por una parte, la vida de la protagonista y sus recuerdos de infancia y adolescencia, cuando el país se vuelve hostil hacia ellos y les fuerza a emigrar; por otra parte, su internado en el hospital psiquiátrico y las conversaciones con el escritor y, por otra parte, la propia descripción del atentado. Esta fragmentación y el hecho de que ella afirme venir del futuro y, por tanto, narre sucesos ocurridos y vividos en distintos momentos contribuye a erosionar el relato, pues a menudo cuesta distinguir el tiempo narrado y, con ello, reduce la atracción que sí había despertado en un inicio. Tampoco ayuda que tanto el escritor como la chica narran en primera persona, lo cual en ocasiones despista al lector hasta que se da cuenta de quien está narrando y cuál de las historias, pues en estilo no se perciben diferencias, tiene la misma “voz”, el mismo tono. Así pues, más allá del contexto, a veces es difícil distinguir narrador y época, lo cual supone un contratiempo y desconexión lectora.

Afortunadamente, el libro mejora en su segunda mitad, cuando se centra más en lo que le sucede a la chica en el internado más que en su pasado. Ahí sí el autor retoma el pulso del relato para profundizar en su parte más lograda e interesante, narrándonos el ocaso de la civilización, de las sociedades supuestamente abiertas donde se supone que todos caben, pero que, en realidad solo caben algunos, pues «nada en mi interior se libraba del olvido del mundo, nada recordaba que este mundo no era hogar para el ser humano»; un mensaje triste que el autor sentencia, en las páginas finales, aseverando que «puede que los refugiados estemos locos (…) porque hemos perdido el mundo que nos daba sentido». Esa es la verdadera tragedia y el propósito del libro: hacernos ver que en la sociedad deben tener todos cabida y respetar la diferencia, pues de lo contrario se entra en una radicalización que no lleva a nada positivo, sino todo lo contrario.

viernes, 28 de agosto de 2020

Theodor Kallifatides: El asedio de Troya


Idioma original: sueco
Título original: Slaget om Troja
Año de publicación: 2018
Valoración: Está bien



No es fácil desarraigarse. Por muy importantes que sean los motivos que obligan a abandonar el lugar de origen, los testimonios indican que el trauma no se resuelve nunca, queda un poso de tristeza, tendencia a la soledad, inadaptación o cualquier otra clase de herida. Me dirán que algunos no sienten esa nostalgia, y es que la clave está en la palabra obligación. Hay quien necesita cambiar de aires, en ese caso lo doloroso sería no moverse del sitio.
Hace poco que supe de este escritor y fue gracias al volumen de memorias titulado Otra vida por vivir. Un texto singular una especie de testamento vital y literario donde el autor hace recuento ante sí mismo y sus lectores de su trayectoria e inquietudes presentes y pasadas. En el mismo sentido habría que entender El asedio de Troya, la novela –si es que puede llamarse así– de un escritor nacido en Grecia, que vive y escribe en Suecia desde hace muchos años, que adoptó el sueco como idioma literario y sigue usando ese vehículo para resucitar los mitos ancestrales de su país de origen. Dos países, idiomas y culturas tan lejanos como es posible, que el autor relaciona, opone y compara. Esa (amable) confrontación entre culturas, difícil de calibrar desde fuera, constituye una de sus señas de identidad, a través de ella, Kallifatides expresa las paradojas de su vida, el eterno rescoldo que mantiene durante las décadas que vivió inmerso en una realidad muy diferente. Ese es uno de los aspectos destacables de El asedio de Troya, que presenta/interpreta/enaltece a Grecia ante los suecos en sueco y desde Suecia. Yo lo veo como autoafirmación, incluso como confidencia en voz alta: “Sabed que yo todo el tiempo he sido este”. Algo así, no sé si me explico.
Queda el otro aspecto fundamental. El asunto (contenido, tópico) que elige el escritor para su particular epifanía es algo tan recurrente en la historia universal como la guerra. Y, a través de ella, la paz. Podríamos hablar entonces de un alegato antibélico, que –siento reconocerlo– resulta algo fallido, pues tanta violencia y dolor puede producir rechazo o todo lo contrario: afición por las escenas macabras. Mientras leía me planteé si un relato tan sencillo, directo y poco sutil podía servir de artefacto didáctico. Pero el mensaje es ambiguo para los muy jóvenes y su desarrollo excesivamente plano para mentes más adultas.
El argumento se desarrolla en dos planos muy alejados en el tiempo: la guerra de Troya, tal como la narró Homero en su Ilíada y un momento muy concreto de la Segunda Guerra Mundial cuyo escenario es un pueblo de Grecia. Estos episodios tienen una extensión mucho más reducida y constituyen la porción novelada del texto. Lo demás no es más que un resumen, más o menos detallado, de esa gran epopeya, donde se echa en falta el lenguaje, la grandeza, la épica, descripciones, momentos dramáticos del original. Pienso yo que, antes de que alguien nos cuente lo que dijo Homero, mejor leemos a Homero. De acuerdo que el autor necesitaba expresarse después de tantos años y que muchos que jamás se acercarían a La Ilíada estarán dispuestos a leer este libro, pero ¡cómo lo diría! En mi opinión sabe a poco, y no una sino dos veces.
Sabe a poco porque las incidencias y escaramuzas de la guerra de Troya nos quedan ya muy lejos, y la guerra sigue y sigue, y los episodios se suceden, y se nos muestran una y otra vez las decisiones de Hector, Paris, Ulises, Aquíles, Menelao y los sentimientos que los guían. Pero de forma paralela palpita el otro relato, el que nos interesa de verdad, y avanzamos en la historia remota con la esperanza de saber más de esa villa griega, de esos vecinos sometidos por un destacamento alemán, de una guerra europea que agoniza, de esa historia de amores cruzados, de las primeras experiencias juveniles.
Día tras día, la profesora va narrando lo que sucedió a griegos y troyanos. Pero las bombas caen, todos tienen que correr al refugio, los invasores maquinan detrás del telón, las miradas se cruzan, y de todo ello no vemos más que el desenlace: los últimos coletazos del terror. Todo sucede fuera de nuestra vista mientras estábamos distraídos escuchando a Homero, pero a quien oímos no es a él sino un eco de sus palabras. Por fin, se produce el vuelco que esperábamos –porque, a grandes rasgos, este otro argumento también nos lo sabíamos– la suerte cambia de manos pero no se nos explica cómo ni por qué, los amores prohibidos por la diferencia de bando o de edad se resuelven entre bambalinas y la vida real queda reducida a un puñado de escenas bastante tópicas, apenas esbozadas y aisladas entre sí que nos dejan bastante fríos. Entendemos las razones del autor, pero querríamos haber leído una auténtica novela, que Kallifatides hubiese conseguido salir de la Grecia clásica y nos hubiese contado una historia.

Del mismo autor: Otra vida por vivir

domingo, 14 de junio de 2020

Camilla Läckberg: Mujeres que no perdonan

Idioma original: sueco
Título original: Kvinnor utan nad
Año de publicación: 2020
Traducción: Claudia Conde
Valoración: Insultante

Territorio best seller. Sabed que lo de seller significa vendedor. Que los de la editorial, muchas gracias, me lo colocan en mi casa y que lo leo, a diferencia de otros que también me envían, y viendo su escasa extensión, casi de inmediato. Lo leo por pura curiosidad ya que la autora me suena algo aunque sea entre recuerdos nebulosos que la asocian con aquella oleada de novela negra escandinava (tramas con muertos y mucho frío, autores cuyos apellidos acababan en berg o soon, cuyos nombres llevaban esas diéresis o la cosa esa redonda en las vocales que si  no fuera tan tarde y quiero publicar esto a las doce buscaría en Wikipedia cómo se denomina). Oleada que, por cierto, me causó bastante indiferencia. Stieg Larsson (¡sson!), autor cuya obra fue espoleta de tal explosión, me parece muy sobrevalorado, y la novela de marras que escribió, la causante de todo esto, siempre me pareció convencional, el equivalente actualizado en lo tecnológico al folletín clásico donde todo nudo argumental se resuelve en una pelea o en una persecución.

Pero esto, repito, es territorio best seller y aquí imperan otras reglas. Hablar de novelas adictivas, por ejemplo, poner títulos de obviedad sonrojante, incluir sinopsis en la contraportada del libro que prácticamente convierten la lectura en un trámite que, desde luego, recomiendo, ya, ahorrarse, ya que estamos y hemos llegado a las primeras líneas de este segundo párrafo. En el que ya he tenido, por cierto, más consideración con los lectores de la que tiene Läckberg. Que tiene una carrera de éxito en el género y que ha creado, se ve, personajes de gran raigambre entre su masa lectora. Pero que usurpa de manera desconsiderada y alevosa la trama de cierta novela clásica escrita por quien ni siquiera voy a insinuar, así de descarado es el robo. Tal es el rostro que le ha echado la autora para publicar esta novelucha que se lee en una hora, se digiere en quince minutos y (salvo que hayas de reseñarla) se olvida en treinta segundos. Sí: he dicho novelucha. Ni siquiera se puede hacer una sinopsis sin que aventuremos su desarrollo, pero por intentarlo no va a quedar. Tres mujeres casadas con tres patanes. Uno la maltrata físicamente, otro la menosprecia, el tercero la engaña con una mujer más joven. Un par de veces se inserta el hashtag #MeToo para que se vea que la autora ha decidido aportar su (indigno) grano de arena. Hubiera podido, digo yo, aportar algún tipo de rigor policial, algo más de profundidad en los perfiles de los personajes, algo más de elaboración en los procesos que llevan a la resolución, obvia y visible a cientos de millas, de la novela. Pero no se trataba de eso, se trataba de aprovechar el tirón del movimiento aunque sea a costa de urdir, perdón, robar, una trama simple como el mecanismo de un chupete y presentarla en tapa dura y cobrar casi veinte euros por ella.

Así que hay que meter la mano en el bolsillo del lector y hay que insultarlo. Le dice "no puedes haberte leído esa novela cuyo planteamiento he adaptado aquí a los tiempos que corren, así que vas a pensar que soy muy original y que, wow, qué viaje". Los lectores de Läckberg no pueden haber leído xxxxxx, novela emblemática de xxxxxx. La leen a ella, a Läckberg, y ya lo tienen todo, misterio y subidón de la venganza primaria incluido. A cambio de leer dos veces #MeToo y la satisfacción de sentirse dentro de un movimiento incontestable y que no necesita el apoyo de esta tontería. No os digo nada más para no romper el finísimo hilo que lleva, insisto, de leer solamente la sinopsis de este libro a agarrar un cabreo descomunal pensando a cuánto incauto se engaña aquí de forma oportunista y cuánto dinero va a moverse mientras algún escritor digno ha de escribir las instrucciones de una batidora para sobrevivir.

Os digo que si esto es representativo de lo que escribe su autora no voy a molestarme en averiguarlo.

Os sugiero que si decidís, a pesar de mi empeño en desaconsejarlo, dar  una oportunidad a este engaño, al menos conservéis el recibo de la librería.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Hannes Råstam: Thomas Quick: cómo se hace un asesino en serie


Idioma original: sueco
Título original: Fallet Thomas Quick: att skapa en seriemördare
Año de publicación: 2012
Traducción: Yeray García
Valoración: más que recomendable

Parece que en los últimos tiempos se ha reavivado el interés popular por los asesinos en serie, tal vez debido a ciertas series y documentales programadas por Netflix (esto lo escribe un seguidor acérrimo de Mindhunter, sin ir más lejos); parece también, por tanto, el momento adecuado para recomendar este libro publicado ya hace unos años por el periodista sueco Hannes Råstam. En él se trata el caso de Thomas Quick, como se conoció durante un tiempo al también sueco Sture Bergwall, quien, a partir de 1992, estando internado en una clínica psiquiátrica y a raíz de la terapia recibida, comenzó a confesar su culpabilidad en diversos crímenes execrables -asesinato, violación, mutilación y canibalismo- cometido durante los 30 años anteriores; en total, se reconoció autor de casi cuarenta asesinatos, por ocho de los cuales fue declarado culpable por los tribunales, siendo considerado además el mayor serial killer europeo hasta ese momento. Pues bien, este pavoroso asesino está hoy en día libre y vive bajo seudónimo en algún país fuera de Suecia. Quizás resida en vuestra misma ciudad y os lo cruzáis todos los días, pensando que es un inofensivo jubilado escandinavo. Quizás sea ese tipo calvo y con gafas que os mira fijamente  mientras vosotros leéis esta reseña en el móvil...

Pues tranquilo todo el mundo, porque eso es exactamente Thomas Quick/Sture Bergwall (o como se llame ahora): un vejete más o menos inofensivo; Thomas o Sture es inocente, al menos de los crímenes que confesó. Todo había sido una trola inventado por este caballero tan locatis y creída -o al menos aceptada- por un buen número de médicos, psicoterapeutas, policías, abogados, jueces, periodistas... Otros, no obstante, se mostraron desde un primer momento escépticos sobre sus revelaciones -empezando por los padres de su supuesta primera víctima- y siempre le consideraron inocente, a la par que mentiroso. El autor de este libro, que era periodista de la televisión sueca, en principio sin una opinión formada al respecto, fue quien, al preparar un reportaje sobre el caso en 2008, consiguió que Sture/Thomas reconociese que todo había sido una invención por su parte. El libro es, por tanto, la crónica de cómo se llevó a cabo la investigación, no para probar la culpabilidad de un asesino, sino su inocencia.

¿Y por qué razón iba a querer alguien, por muy chiflado que esté, autoinculparse de un montón de terribles y hasta horripilantes crímenes? Pues por el motivo más viejo del mundo: para que le hicieran casito. Primero se inventó abusos e intentos de asesinato que habría sufrido por parte de sus padres, para hacerse así más interesante a los ojos de su terapeuta y luego confesó la autoría en uno de los casos de desaparición infantil más célebre de Suecia. La cosa no hubiera salido de la clínica psiquiátrica, tal vez, de no llegar a oídos de la policía y luego de la fiscalía, por lo que Quick, ante la tesitura de tener que retractarse, decidió tirar para delante y confesar no sólo ése sino otros asesinatos sin resolver -que le fueran aumentando la medicación, a la que era adicto, también tuvo mucho que ver-; ya sea por su interés particular o por incompetencia propia de un país bananero, psicoterapeutas, fiscal, policías, abogado defensor... todos le siguieron el juego y fueron hacer crecer la bola de nieve del "peor asesino en serie de Suecia".

De todas formas, lo más llamativo del asunto Thomas Quick, no es lo ñapas que pudieron ser algunos psiquiatras, policías, etc... suecos, ni siquiera en el caso de que su intención fuera cargar el mochuelo a un inocente -por más que él fuera quien se incriminara a sí mismo, a partir de cierto momento aquello era una verdadera encerrona- o, lo que es más probable, sacar algún partido en sus carreras profesionales (por cierto, que si algunas medidas que se tomaron sobre el paciente eran muy cuestionables sabiendo que era inocente, otras resultan totalmente increíbles si pensamos que podría haber sido culpable); es cierto que uno de queda atónito al leer como de van acumulando desafuero tras desafuero, sí, pero la manipulación de pruebas, interrogatorios o testimonios no es algo nuevo bajo el sol procesal, por desgracia. Lo impactante en último término, por diferente, de esta historia es darse cuenta cómo todos o muchos implicados acabaron sucumbiendo al poder de la ficción: la que se inventó en un primer momento Thomas Quick, pero que después es retroalimentada, en un demencial bucle que parecía no ir a tener fin, por la ficción que van pergeñando quienes se ocupan de su caso -tanto criminal como psiquiátrico- y a la que el paciente se va adaptando como nuevo Zelig. De hecho, justo estos días se ha estrenado en Suecia una película basada en este libro de Råstam, titulada Quick, pero cuyo título en inglés es asaz significativo: The Perfect Patient.

El libro resulta aún más interesante además, porque no se trata de la crónica de la captura de un asesino o el trazado de su perfil psicológico, sino de todo lo contrario: la deconstrucción  (más apasionante que su desvelamiento) de uno de estos serial killers. Muchos de los cuales ya han pasado a formar parte de la cultura popular, ya sean personajes reales -Bundy, Dahmer, Berkowitz... o novelescos, como el sempiterno Hannibal Lecter. Ya digo que yo mismo soy muy aficionado a este género de historias, pero también pienso que ojalá incorporemos pronto a nuestro imaginario el caso de Thomas Quick; todos podemos aprender más de él que de cualquier asesino psicópata de tres al cuarto. Por la cuenta que nos trae, además...

sábado, 11 de agosto de 2018

Torgny Lindgren: Aguardiente

Resultado de imagen de aguardiente torgny lindgren amazonIdioma original: sueco
Título original: Norrlands Akvavit
Año de publicación: 2007
Valoración: Está muy bien



Metáforas y símbolos han sido desde siempre, no solo un medio de transmitir belleza por medio de palabras sino, y ante todo, un instrumento de persuasión, una forma de convertir a una doctrina que el orador considera verdadera. Con el tiempo, han ido apareciendo nuevos contenidos y canales: se puede predicar en la vía pública, en televisión, en twitter o en el templo, disertar sobre religión, política, terapias milagrosas o cualquier otro asunto potencialmente capaz de solucionar la vida a los oyentes. Lo que parece claro es que la vocación de convencer al prójimo lo lleva el ser humano en los genes y no tiene intención de disminuir.
Lo malo de las mentes dogmáticas –y probablemente todos tengamos un poso– es que se creen con derecho a convencer, incluso, de que no debemos ser convencidos. En las aldeas semidesérticas de la Suecia más septentrional y profunda aparece de pronto un viejo conocido, un predicador que dejó allí su huella hace décadas y cuyo recuerdo fue enterrado años atrás junto a los cuerpos de sus coetáneos. El otrora famoso Olof Helmersson dejó aquellas tierras una vez cumplida su misión y ahora, a sus 83 años, ha llegado a convencerse de que la doctrina que divulgaba en su época gloriosa no tiene ningún fundamento. Decide, entonces, regresar para advertir de su error a aquellos que en su día llegaron a ser conversos, pero el lugar ha cambiado todavía más que él mismo. Ya no valen los antiguos esquemas, no existe auditorio, ni local donde reunirse, ni voluntad de escuchar a nadie, por no haber, apenas hay gente. Además, el mensaje que trae esta vez ni siquiera admite ser transmitido por medio de sermones al uso. A pesar de la despoblación y el aislamiento, estamos en la era de internet y las nuevas generaciones han tomado otro rumbo, mucho más pragmático. La humanidad está dejando de ser como Gerda, la niña-anciana que prefiere los cuentos maravillosos a enfrentarse con la cruda realidad.
Como ven, ni siquiera el fundamentalismo resiste el paso de un tiempo que todo lo trastoca. Hasta la indestructible barca de ese Jakob, que todo el mundo menciona y nadie ha llegado a conocer, sirve de pasto a las raíces de un árbol enorme. Pero hay que disimular, fingir que se conserva entera y reluciente porque a las crédulas gerdas todo debe parecerles perfecto. El argumento adquiere aquí forma de parábola, aunque tan irónica, socarrona y salpicada de toques absurdos como esos personajes individualistas y escépticos que, de la mano de Olof, vamos visitando uno por uno, y cuyas vidas  y quehaceres parecen estar tan consolidados que no queda un resquicio para aceptar los consejos de nadie. Detrás de su aspecto amable, incluso hospitalario, se perciben caracteres adustos, convicciones arraigadas y el firme propósito de no apartarse un milímetro de su forma de vida y sus costumbres. El día a día allí es apacible y rutinario, se intuye una naturaleza tan despiadada como imponente cuya fisonomía se nos escapa, ya que Lindgren es parco en descripciones. Pero un entorno como aquel no puede reducirse a media docena de topónimos sin dejar un poco frustrado al lector.
No falta el conflicto, aunque muy dulcificado. La endogamia ancestral y los prejuicios han de estallar por algún sitio, pero predomina el tono amable y ligero, poco apto para abordar cuestiones espinosas y eso perjudica muy seriamente al conjunto. Porque, vamos a ver, a partir del planteamiento inicial las posibilidades eran inmensas, pero si el texto entero mantiene ese tono de fábula superficial e ingenua, si los personajes están apenas esbozados, si no podemos contemplar un paisaje que determina los temperamentos, si las mentes no se dejan ver, los deseos no existen y la violencia se disfraza de banalidad, lo que se nos ofrece es poco más que un relato para niños. Es verdad que por debajo de las apariencias se adivina algo menos plácido y que a veces –pocas– llega a aflorar por sorpresa. Reconozco que ese falso viático con oblea casera y aguardiente, esa hija abandonada tan aparentemente conforme con su destino así como su deserción repentina y extrema –por obra y gracia de la opulencia inesperada–, el crimen del civilizado hombre del sur a causa de sus complejos son bofetadas irónicas en medio del desierto argumental que el lector no puede por menos de agradecer, pero esto no quita para que se eche de menos un enfoque mucho más arriesgado y explícito, más complejidad y. sobre todo, más pasión. Esa que se intuye y nunca acaba de concretarse.

Del mismo autor: Agua y otros cuentos

domingo, 14 de enero de 2018

August Strindberg: Solo

Idioma original: sueco
Título original: Ensam
Traducción: Manuel Abella
Año de publicación: 1903
Valoración: recomendable

Autor profusamente controvertido y excéntrico, Strindberg se nutre de aspectos biográficos y personales que influyen y marcan la temática de su obra. Artista polifacético, también se desenvolvió en el arte de la pintura, al que se dedicaba especialmente durante sus crisis personales y a partir del cuál estableció una amistad con Edvard Munch. Su inestabilidad emocional y las manías persecutorias que padecía, junto con una mentalidad crítica respecto a la sociedad que compartió en su relación epistolar con Nietzsche, se reflejan en su producción artística, y el libro que nos ocupa es un ejemplo de ello; en él, el autor se centra en una buscada huida de la sociedad para recluirse en su propio mundo y convierte esta soledad en el elemento nuclear de su vida. El título del libro no deja lugar a dudas y resume perfectamente su tema central.

De esta manera, en este libro con tintes autobiográficos, de pequeño formato y corta extensión, el autor parte de una cena que tiene con sus amigos, después de largo tiempo sin verse. Este reencuentro provoca que el autor tome consciencia del paso de los años y de cómo éste afecta a la forma de comportarse de sus amigos; el paso a la madurez, alcanzada cierta edad, convierte a la gente en prudente y modifica la espontaneidad en la exposición de sus opiniones. Este aspecto, junto con la ausencia de un sitio donde puedan hablar tranquilamente sin temor a ser interrumpidos por sus parejas o alguien ajeno, y la propia decadencia de las conversaciones - pues cada vez se evita más la exposición de los pensamientos íntimos-, causan que nuestro personaje principal decida distanciarse, no únicamente de ellos sino también del resto del mundo, para pasar a vivir de forma aislada sin contacto con nadie más, a excepción de los pequeños encuentros fortuitos inevitables del día a día. La causa de querer tal aislamiento es doble: por una parte, ha perdido el interés en nadie más que en él mismo y, por otra parte, no quiere estar sometido a la opinión de los demás sobre su persona. Así, el autor lo afirma en un pasaje del libro: «prefiero la neutralidad, o llegado el caso, la enemistad, pues un amigo siempre ejerce una influencia sobre mí, y eso no lo quiero».

Así, la soledad confiere un espacio al protagonista donde toma consciencia de la importancia de la individualidad, al no tener que estar sometido a opiniones ajenas y tener que mostrarse de una manera distinta a la que le es propia. De igual manera, evita tener que tratar con gente que no le importa y por quién incluso no siente ninguna estima. La soledad se convierte en su particular compañía, y sus pensamientos ocupan su día a día, volviendo al personaje huraño y, hasta cierto punto, paranoico. En este aspecto recuerda bastante al protagonista de «Hambre», de Knut Hamsun (contemporáneo a Strindberg), por su aversión a la sociedad, su caos interior y su misantropía, sin que la locura llegue a alcanzar al protagonista con la intensidad que sí ocurría en la novela de Hamsun.

De esta manera, recluido el protagonista en su propio hogar, el paisaje ofrecido por las ventanas de su domicilio es utilizado como vehículo de reflexión, sirviendo como canal de observación de aquello que le rodea. Desde su atalaya particular observa el paso del tiempo en sintonía con las estaciones y analiza a partir de ellas los cambios en la vida, contemplando y vislumbrando las variaciones del mundo y su efecto sobre la gente. De esta manera, sus puntuales salidas son el único contacto con una sociedad que se le antoja lejana, a causa de un absoluto desinterés por ella, pues no hay en él ningún ánimo de establecer amistad con nadie, aunque la soledad de la que disfruta aislado en su domicilio es solo relativa, pues necesita el contacto de otras personas. Así, su conexión con la realidad, más allá de los propios límites que su domicilio confiere, es de tipo unidireccional: sabiéndonse envuelto de otras personas (vecinos, transeúntes, etc.) disfruta de la soledad aunque ésta no es completa; en una dualidad manifiesta, coexiste su deseo de soledad con la necesidad vital de tener la seguridad emocional de no estar completamente aislado. Esta dualidad se expone en las frecuentes alusiones a los vecinos de escalera y los encuentros con aquellos con los que se cruza en la calle, pues le brindan la posibilidad de mantenerse atado a esa realidad que le sujeta a la cordura y que, en ciertas ocasiones, tiende a peligrar a causa de sus delirios.

En resumidas cuentas, libro interesante, pues abunda en la introspección como elemento de autoconocimiento; el relato expone perfectamente la soledad buscada (y en gran parte, lograda) por el autor. La prosa fácil en esta obra y la contención del autor en controlar la narración en algún episodio donde el protagonista padece ciertos desvaríos, hace que resulte interesante pues trata sobre la soledad, tema que, en mayor o menor grado, todos podemos experimentar, ya sea de forma buscada o accidental. Aunque la obra sea algo reiterativa en la segunda mitad donde pierde cierta intensidad en el relato, y abre alguna vía que no termina de explorar, el autor sabe recomponer la historia en el último tramo, poniendo un buen punto final al inicio de todo aquello que supone la exploración de uno mismo.

También de August Strindberg en ULAD: La señorita Julia, Alegato de un loco

miércoles, 1 de marzo de 2017

Semana del ULADiano pródigo: Amatka de Karin Tidbeck

Nota explicativa: para conmemorar los ocho años de existencia del blog, hemos invitado a los antiguos miembros del equipo a colaborar de nuevo con nosotros con una reseña. Esta semana publicamos las contribuciones de los que han aceptado nuestra invitación.  
 
Idioma original: inglés
Título original: Amatka
Traducción: Marian Womack
Año de publicación: 2016
Valoración: Muy recomendable

Amatka es uno de los pocos lugares seguros que existen. Es una de las cuatro colonias del «nuevo mundo», donde los pioneros que la habitan sobreviven a base de cumplir una serie de estrictas reglas que logran que todo se mantenga en su sitio (y no sólo hablando en sentido metafórico, pues todo lo que contiene Amatka es fungible y debe mantenerse en todo momento bajo control para que no se venga abajo), y adonde es enviada Vanja por motivos de trabajo.

A pesar del constreñimiento para cumplir las reglas que recibe de la sociedad de Amatka, Vanja no tardará en formular ciertas preguntas prohibidas y, aún peor, en intentar encontrarles respuesta, mientras se salta las normas y se da cuenta de que ciertos acontecimientos pasados y aparentemente olvidados poseen la clave que le permitirá, si no se lo impiden antes, descubrir qué ocurre a su alrededor: por qué es obligatorio marcar los objetos a diario, qué le ocurre a la gente que actúa de manera diferente, a qué se debe ese pánico generalizado al cambio, qué sucedió con la quinta colonia o dónde se encuentra Amatka en realidad.

Avalada por el buen recibimiento de crítica y público que recibió su anterior obra, Jagannath (un estupendo libro de relatos que no debería faltar en ninguna biblioteca), Karin Tidbeck nos presenta en esta ocasión una novela que muestra una realidad distópica (y que claramente recuerda a la Rusia soviética) que pone sobre la mesa el siempre presente y aparentemente olvidado conflicto entre la sociedad y el individuo, el conformismo y la rebelión o la libertad y el bien común. Para ello confía en el culto a la palabra y la concepción de la poesía como motor de cambio (en mi opinión, uno de los grandes aciertos de la novela), y elabora una narración cuyo estilo es tan desnudo y conciso como el mundo que retrata, consiguiendo que el lector empatice con Vanja desde la primera página y que los problemas e intrigas a los que se enfrenta la joven pasen a ser también los suyos.

A pesar de que, en ocasiones, las altas expectativas creadas por un primer libro pueden ensombrecer la recepción del segundo, Amatka no decepciona y no sólo nos ofrece una novela interesante, integrante y muy bien escrita, sino que también se presenta como un motivo más para esperar con ganas el siguiente libro que publique su autora.

Firmado: Izas





martes, 13 de diciembre de 2016

Per Olov Enquist: La partida de los músicos

Idioma original: sueco
Título original: Musikanternas uttag
Traducción: Marina Torres y Francisco J. Uriz
Año de publicación: 2.016 (escrito en 1.978)
Valoración: Muy recomendable 


Cuenta en el prólogo Paco Uriz cómo este libro, escrito allá por 1.978, por esas cosas de las editoriales quedó sin publicarse en castellano hasta hace unos pocos meses. Lo lamenta Uriz y seguramente deberíamos lamentarlo todos, porque nos hemos perdido durante años un muy buen libro, que ahora rescata la estimable Nórdica Libros. 

El relato se sitúa en la primera década del siglo XX en el norte de Suecia. En esa época (y también en  esas latitudes) Suecia tiene realmente muy poco que ver con el Estado del bienestar y la socialdemocracia escandinava con que hoy día asociamos a ese país. Estamos ante enormes extensiones de bosques entre las que asoman poblaciones diminutas, aisladas, generalmente asociadas al monocultivo de la industria maderera. Un entorno cerrado de gentes desconfiadas, que hablan un dialecto difícil, luteranos a machamartillo y pobres de solemnidad. Allí va a parar un agitador sindical enviado desde Estocolmo para remover conciencias. Como se puede suponer, una tarea sumamente complicada.

El agitador Elmblad se encontrará con un inmenso muro cultural, y su voluntarioso proselitismo le acarreará consecuencias poco agradables. Sin embargo, no es él el protagonista, sino el mero hilo conductor, a veces intermitente, de un relato sobre la vida de esta gente, sobre esa peculiar sociedad rural que sin darse cuenta se va viendo invadida por el capitalismo industrial, sus efectos y sus contradicciones. Elmblad trae la buena nueva del socialismo y es radicalmente rechazado, pero la conciencia de clase llegará por sí misma. De forma muy lenta, peculiar y con muchas dificultades, pero llegará.

Aunque esta perspectiva es la que parece predominar al principio de la novela, el foco se va desplazando desde el colectivo hacia las personas. Vamos conociendo uno tras otro a esos aldeanos cerriles, a los que Enquist presenta con apenas unos rasgos, alguna pequeña anécdota, una pincelada, como para dejar claro que son humanos. De esta forma se va trenzando con calma, muy poco a poco y con maestría, una espléndida imagen del lugar y la época. Es una labor de costura, en una dirección y en otra, con pequeños saltos en el tiempo y en apariencia sin un rumbo concreto, y así tenemos el sencillo pero soberbio mosaico de esa sociedad que parecía incomprensible.

La narración se desarrolla siempre con un fondo de humor, una ironía fina que retrata la ingenuidad de los personajes, incluso su brutalidad, pero con llamativa delicadeza,  diríamos con ternura (agggg, la palabreja), seguramente derivada del hecho de que el entorno está relacionado con la infancia del propio autor. Sin asomo de paternalismo, con agudeza pero con cariño, Enquist nos muestra que estos individuos son así, a veces terribles, pero terminan resultando entrañables.

Y así, como fondo de esta pasarela de personajes se va desarrollando la pequeña historia obrera de aquellas remotas latitudes, los tímidos y un poco infantiles comienzos de una actividad sindical frente a los abusos de los patronos, sus reuniones en la cocina, las actas redactadas con ingenua circunspección, su respeto reverencial por el superior, las indecisiones y el temor, vestido de rechazo, a las nuevas ideas que pretenden traerles desde el civilizado sur.

No cambia ese tono benevolente ni tan siquiera cuando la amargura y la tragedia empiezan a rondar en la parte final del libro. No quiere decir que el autor disculpe la violencia ni las atrocidades. Simplemente nos hace partícipes de historias lejanas, de individuos profundamente humanos que, en una sociedad oscura, incluso primitiva, intentan hacer realidad aquello de que ‘siempre hay algo mejor que la muerte’, ese paradigma de la desgracia que movía a los desesperados animales del cuento a buscarse un futuro como músicos en Bremen.

Otras obras de Per Olov Enquist en ULAD: El ángel caídoEl libro de Blanche y Marie