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martes, 6 de julio de 2021

Knut Hamsun: Misterios

Idioma original: noruego
Título original: Mysterier
Traducción: Kirsti Baggethun y Regino García-Badell
Año de publicación: 1892
Valoración: recomendable

Considerado uno de los grandes autores nórdicos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX y ganador del premio Nobel en 1920, Knut Hamsun basa gran parte de su obra en la exploración de la condición humana, pero no a gran escala o a nivel sociológico, sino a través de la introspección casi enfermiza de sus personajes protagonistas.

Tal es así, que el estilo de Hamsun es perfectamente reconocible en esta novela, aunque en este caso además sorprende por un inicio realmente arrebatador, pues empieza de manera enigmática indicando que «el pasado año, en pleno verano, una pequeña ciudad de la costa de Noruega se convirtió en escenario de unos sucesos sumamente extraños. Apareció en la ciudad un forastero, un tal la Nagel, un raro y singular charlatán que hizo una serie de cosas sorprendentes y que luego desapareció tan repentinamente como había llegado». Así empieza el relato, con esta apertura que podría encajar perfectamente en el formato de relato corto, pero que, sin embargo, establece el punto de partida de una novela larga y ambiciosa. Con este inicio tan intrigante, el autor consigue despertar el interés en la historia a la vez que sitúa el escenario en el que se desarrollará la acción.

Con una narración que parte de la tercera persona y en tiempo pasado, el autor nos presenta a Nagel, una persona sumamente enigmática, de comportamiento extraño, altamente peculiar. Un alma solitaria, indiferente a todo; un personaje sin un pasado conocido ni ninguna actividad a realizar en apariencia en la ciudad a la que acaba de llegar. De carácter sumamente cambiante, en apariencia social, pero, a la vez, taciturno, el autor nos revela de entrada, no únicamente su enigmática personalidad sino también una extraña muerte sucedida pocos días antes en la ciudad y que guarda, en apariencia, un vínculo con alguna relación sentimental mal resuelta o infructuosamente interrumpida. Este inicio de la narración es fulgurante, perfectamente logrado, terriblemente irresistible, pues Hamsun maneja a la perfección la tensión del relato, sublima la caracterización de los personajes y somete los diálogos a su punto más álgido manteniendo el misterio en todo momento.

La trama argumental se desarrolla en torno a la figura del personaje principal y protagonista absoluto de la historia, pues no únicamente todo lo que sucede está narrada con relación a él, sino también con relación a lo que piensa y siente, pues Hamsun es uno de los precursores de la literatura introspectiva, de la introducción de monólogos interiores, de la búsqueda de uno mismo en base del análisis constante sobre su comportamiento y sentimientos. Así, las emociones y la impulsividad someten al protagonista a un caos interior del que no sabe cómo salir y es causa de las situaciones embrolladas a los que arrastra a quienes le rodean y están con él. Y, claro, todo esto se complica y se magnifica cuando aparece en la escena el personaje de Dagny, una joven ya prometida que, por educación o por  curiosidad, deja que Nagel se le aproxime sin conocer muy bien sus intenciones, pues a pesar de que Hamsun nos retrate a Nagel como un personaje solitario, algo extravagante, que conversa consigo mismo y que tiene cierta incontinencia verbal, su carácter misterioso y su talante charlatán hace que todos se sientan intrigados por su personalidad, su procedencia y, especialmente, las intenciones que le han llevado a establecerse, por un periodo de tiempo indefinido, en la ciudad.

Con la intención de seducir a la joven Dagny, Nagel se muestra enigmático y errático, y juega a sorprender y a contradecirse para causar intriga e interés en ella y, tal y como nos tiene acostumbrados, Hamsun nutre el relato de reflexiones y diálogos internos de su protagonista, jugando entre la confusión y el asombro que extiende en este caso a quien se cruza con Nagel quien copa la narración de malentendidos para confundir al público que asiste sorprendido a su presencia y explicaciones. Pero claro, la confusión no es algo pretendido sino que tiene su origen en el propio interior de Nagel, quien confiesa sin reparo que «yo no entiendo bien a los seres humanos pero, sin embargo, me divierte a menudo observar la enorme importancia que pueden llegar a tener los detalles» y quien afirma, sincerándose, que «reconozco que estoy llenos de contradicciones, y que yo mismo tampoco lo entiendo. Pero soy incapaz de entender que las demás personas no opinen lo mismo que yo». Así Hamsun nos narra la lucha contra uno mismo, contra sus contrariedades, sus incoherencias, sus debilidades, sus inseguridades, sus dudas a la vez que se sitúa en un plano diferente al resto de personas incapaz de entenderse a él mismo y a los demás, a los que acaba por ver como gente distante, antagonista e incluso hostil como asevera al decir que «¡Esta ciudad es un agujero¡!Un nido! Me vigilan por donde voy, no me puedo mover sin que me miren. No quiero que me espíen por todas partes».

Y, en medio de esta sensación de aislamiento, a pesar de estar constantemente envuelto de gente de la ciudad, en fiestas y encuentros sociales (en alguna ocasión excesivamente largas y que extienden la longitud del libro algo por encima de lo deseado) la potencia del relato gira en torno a la obsesión de Nagel con Dagny, una obsesión delirante en algunos casos aunque terriblemente perversa y vil, sometiéndola a situaciones extremas y contradictorias, conflictivas y acosadoras. El estilo duro, tosco y arisco de Hamsun se pone de relieve en esta obra en frases como «hago todo lo que puedo para difundir la idea de que la señorita Kielland es una coqueta, no me importa. No lo hago para dañarla a ella o para cegarme, sino para darme ánimos a mí mismo, por egoísmo, porque ella es inalcanzable para mí». Es en estas frases, en esa intencionalidad de los protagonistas, en esta concepción sobre el amor y la manera de aproximarse a las personas objeto de su deseo que es característica en Hamsun como ya vimos en Pan; ese espíritu apasionado pero desalmado a la vez, esa concepción amor/odio en la que viven impregnados sus personajes y que les hacen víctimas y verdugos a la vez; es la dualidad entre sentimientos encontrados y en apariencia opuestos que conforman el estilo de Hamsun y que somete a sus personajes a una tensión interna que raramente son capaces de resolver sin que haya víctimas (emocionales normalmente) por el camino; víctimas como Dagny que, de manera desesperanzada y abatida, declaran que «a veces, cuando le oigo hablar, me pregunto a mí misma sí está usted completamente cuerdo (…) Cada vez me inquieta más, incluso me desazona; desconcierta todos mis conceptos, independientemente de lo que diga, me pone todo al revés. ¿Por qué?».

La literatura de Hamsun, envuelta de claroscuros románticos, obsesiones y personajes inadaptados, destaca y se eleva en el análisis sin reparos que hace sobre los conflictos internos de sus personajes, evidenciando que estamos hechos de contradicciones y los empuja hacia los extremos donde oscilan entre la cordura y la locura, las mentiras y el engaño (hacia uno mismo pero también hacia los demás), pero también con constantes confesiones y reconocimiento de culpa. Son las mentiras propias de quien se siente pedido y necesita justificar cada una de sus neuróticas y perturbadas acciones y decisiones, a las que su resultado parece recaer puramente en manos del azar sin ser uno responsable de las consecuencias de sus decisiones tal y como afirma el propio Nagel afirmando, a modo de aceptación irremediable, que «me han sucedido una serie de cosas que no han sido todo buenas, así lo ha querido el destino».

Así, el protagonista es un ser triste y miserable, pues no consigue nunca encontrar la tranquilidad entre tanta zozobra emocional a la que arrastra a sus pretendidas a las que pretende engatusar con una palabrería que, por atropellada y errante, a menudo las deja más aturdidas que embelesadas. Y, en esa vorágine de emociones cambiante y sinsentido, Hamsun nos hace un retrato de la absurdidad de la vida, de la inconsistencia de nuestros sentimientos y de cómo la mentira y el engaño sólo obtienen un solo resultado, penoso y triste, que se vuelve como un espejo contra el que lo ejerce, por más que la máscara de la mentira intente ocultar la triste verdad que se halla tras palabras vacías y caducas. Dice Hamsun que «vivir es estar en guerra contra los malos en las bóvedas del cerebro y del corazón». Este es el verdadero conflicto existencial, la pulsión entre razón y sentimiento que debemos equilibrar, de manera constante, si no queremos ser sometidos, no únicamente a la confusión que rodea nuestro mundo sino, también, a la incomprensión de nosotros mismos.

sábado, 11 de junio de 2011

Knut Hamsun: Victoria

Idioma original: noruego
Título original: Victoria
Año de publicación: 1898
Valoración: Está bien

Más que la novela, me apetece hablar del autor. Porque la novela, sinceramente, me ha decepcionado: después de escuchar tantas cosas sobre Hamsun, sobre todo de su novela Hambre; de leer que se le considera un precursor de Kafka o que forma parte de la renovación total de la narrativa después del realismo; o de verlo aparecer, reeditado, en casi todas las librerías de Portugal, me encuentro aquí con una novela extremadamente sencilla, una historia de amor apasionado, imposible e inmortal entre dos jóvenes de distintas clases sociales: el molinero Johannes y la bella doncella Victoria, en un bucólico y salvaje ambiente noruego. Todo bastante (post)romántico, la verdad. Solo destacaría ciertos rasgos poéticos del estilo, determinadas escenas bien logradas y algunas meditaciones extemporáneas sobre el amor.

Ahora, mirad la vida del autor, a ver si no os parece más atractiva y novelesca: autor de prestigio en Noruega desde la publicación de su primera novela, Hamsun recibió el Premio Nobel en 1920 (tenía 60 años) y parecía destinado a convertirse en un clásico mundial indiscutible. Pero entonces todo se torció: Hamsun, germanófilo y antibritánico convencido, apoyó al partido Nazi y a Hitler en su expansión por Europa, incluso cuando las atrocidades de su régimen eran ya evidentes. Llegó a enviar su medalla del Premio Nobel a Goebbels como prueba de su admiración, y a reunirse con Hitler para (dicen) pedirle que liberase a los noruegos -a todos los noruegos, judíos incluidos, pero solo a los noruegos- de los campos de concentración.

Luego, pasó lo que todos sabemos: la derrota del Eje, los juicios de Nuremberg, la constatación de los horrores cometidos. Y Hamsun, que negó a pesar de todo haber militado en ningún partido político, fue detenido, multado con una cantidad astronómica, declarado mentalmente incapaz e internado en un psiquiátrico, escarnecido y demonizado. Sus obras fueron quemadas públicamente, igual (ah, ironías) que las obras de autores judíos y "decadentes" habían sido quemadas por los nazis décadas antes. En sus últimos años, Hamsun, ciego y mísero, aún tuvo tiempo de escribir una última gran novela, Por las sendas donde la hierba crece, muy crítica con el sistema psiquiátrico y judicial de su país.

No me digáis que esta vida no es más intersante que una historia de amor entre un molinero y una noblecita. No es de extrañar que se hayan escrito libros y filmado películas sobre ella. Porque esta vida, como la de Céline, nos enfrenta a preguntas complejas y fascinantes: el modo en el que el genio no siempre va unido a la humanidad ni a la compasión; el complicado encaje de estos personajes en la mitología nacional actual (¿sería tolerable una "Plaza Hamsun", en honor a sus valores literarios, olvidando sus iniquidades ideológicas?); su valor simbólico como "chivo expiatorio" en un país que busca borrar su propio pasado, algo en lo que recuerda al protagonista de Un artista del mundo flotante de Kazuo Ishiguro... ¿No os parece que todo esto es mucho más humano y literario que lo otro, que una almibarada novela romántica?

Sé que hoy no he cumplido con mi función como crítico: quien haya leído esta reseña no tiene gran idea de sobre qué va Victoria o si es una buena novela o no, y por qué. Pero a quién le importa: hoy es sábado, esto no lo está leyendo nadie...

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martes, 19 de febrero de 2013

Knut Hamsun: Hambre

Idioma original: noruego
Título original: Sult
Fecha de publicación: 1890
Valoración: Muy recomendable

Llegué a este libro por pura casualidad, esquivando a uno de esos individuos desconocidos que en espacios públicos y sin mediar palabra, se le pegan a uno como si no hubiera ningún ser humano más sobre la faz de la tierra. Sucedió en una de las bibliotecas que frecuento, y la lapa humana de turno provocó que dejara de curiosear libros de autores cuyos apellidos empiezan por "D" y huyera despavorido hacia la primera estantería que pillé, donde están los autores cuyos apellidos empiezan por "H". Así hallé a Knut Hamsun, autor del que, otra casualidad, había visto un biopic (palabra horrorosa que significa: película biográfica sobre la vida de un personaje célebre) la noche anterior. Miré un poco de qué iba su Hambre y me lo llevé a casa, dando esquinazo definitivo a mi perseguidor.

Y la verdad es que Hambre me ha gustado mucho y ahora entiendo por qué, según dicen en su prólogo, fue y es libro de cabecera de autores tan dispares como Thomas Mann, Maxim Gorki, Paul Auster, Charles Bukowski o Henry Miller. Yo, por mi parte, estoy convencido de que también le impactó bastante a Ferenc Karinthy (la Metrópolis de éste podría ser su prima-hermana) y a otros muchos más, sobre todo, a "artistas del hambre": escritores que lo pasaron francamente mal, torturados por carencias de todo tipo, mientras escribían sus obras.

Hambre cuenta, precisamente, la historia de un tipo del que no sabemos ni cómo se llama ni de dónde viene, sólo que es escritor y que las está pasando canutas. Vive en Christiania, la antigua capital de Noruega, y por sus calles deambula todo el día muerto de hambre, un hambre descrito con tal fiereza y fidelidad por Hamsun, que a uno se le pueden llegar a revolver las tripas. Nuestro penoso héroe no encuentra trabajo, está medio muerto de frío, empeña todo lo que tiene (en un momento dado incluso intenta vender los botones de su chaleco), le debe no sé cuánto dinero a su arrendadora, malvive escribiendo articulitos para periódicos que, por lo menos, le reconocen que están muy bien, y tiene un curioso y exasperante código ético que le obliga a dar limosnas (¡cuando él está a punto de morir!) pero a rechazar ayudas que él considera que atentan contra su dignidad.

En varios momentos de la novela, que es corta, dan ganas de abofetear al moribundo (¡Dios! ¡Que pida ayuda! ¡Que deje de ser tan asquerosamente orgulloso!), pero la criatura de Hamsun, sin necesidad de nuestros zarandeos, va sobreviviendo milagrosamente página a página, e incluso tiene tiempo para enamorarse de una joven desconocida a la que adjudica el imposible nombre de Ylayali.

En fin, en Hambre tenemos, una vez más, al Hombre (con todas sus circunstancias y valores personales) contra el Mundo. Y el lenguaje y el estilo que utiliza Hamsun para contarnos esta historia narrada en una efectiva primera persona son perfectos para que uno sienta el espíritu desesperado pero obsesivo y rebelde de su protagonista. Porque, pase lo que pase, él mantiene intacta su peculiar visión de la vida. Su vida.


En fin. Un libro muy recomendable con un final que me recordó al de la ya citada Metrópolis, de Karinthy.

Y no pienso hablar de que si Hamsun, premio Nobel de Literatura, fue odiado en su país durante mucho tiempo por sus simpatías por el nazismo, ni del buen biopic que sobre él vi y en el que Max Von Sydow le da vida.

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viernes, 13 de abril de 2018

Knut Hamsun: El círculo se ha cerrado

Idioma original: noruego
Título original: Ringen Sluttet
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Año de publicación: 1936
Valoración: está bien

Este libro del controvertido autor nórdico, fue el último dentro del género narrativo que escribió antes de su muerte. Sorprendentemente, en él no encontramos muchas de las características que hicieron de «Hambre» o «Pan» libros altamente impactantes y que situaron al autor como uno de los más influyentes de la literatura. Escrito a los setenta y siete años, parece como si el paso del tiempo hubiera apaciguado el duro carácter del escritor, convirtiendo su habitual mal humor y dureza en melancolía y pesar.

En el inicio del libro, al autor nos retrata la decadencia del Sr. Brodersen, antiguo encargado y habitante del faro del pueblo, a quien el paso de los años le va haciendo tomar consciencia de su declive. La partida de su hijo Abel a diferentes tierras para buscar su futuro lo deja a merced de su solitud, y en ella encuentra la compañía de una interesada joven con la que comparte los últimos días. El paso del tiempo trascurre hasta que ocho años más tarde, vuelve el hijo Abel, cuando le informan del fallecimiento del padre. Pero, a su vuelta, Abel se encuentra con una sociedad muy cambiada, pues ocho años son suficientes para transformar un mundo cuando uno parte siendo joven. Así, a su vuelta, Abel encuentra un pueblo muy cambiado. Sus conocidos de la juventud se han casado, algunos tienen hijos y algunos incluso son felices. Hay mucho matrimonio por compromiso, por la casi obligación social a formar familia, y más aún en una sociedad donde el dinero no abunda.

Con esta premisa nos encontramos los dos ejes sobre los cuales gira la historia: por un lado, el archiconocido tema de las relaciones sentimentales a los que Hamsun nos tiene acostumbrados; hablamos de relaciones difíciles, a menudo con intereses de por medio, frías, egoístas, con poco interés en un firme compromiso y la solitud, siempre presente en Hamsun. Hay negatividad y pesimismo, uno lee la obra y no encuentra un punto de alegría donde agarrarse y reflotar, la historia transcurre como si uno arrastrara los pies en el fango, donde todo cuesta, donde no hay opción de liberarse de la carga que supone salir adelante con relativo éxito, donde no hay una luz al final del camino. El autor lo expone cuando, en el reencuentro del personaje con una antigua amiga le dice: «para mí habrías sido buena para hundirnos juntos». Pocas veces una frase tan corta contiene tanta tristeza. Y, relaciones sentimentales aparte, hay un segundo eje, aunque parcialmente entrelazado: la crisis económica del momento en el que se basa la historia, que sitúa a Abel en el centro de los intereses de los habitantes del pueblo, pues todos quieren que aquel invierta en sus negocios, todos lo buscan, lo necesitan. Pero él, tras su vida algo nómada, no encaja en ese tipo de mentalidad, se ha convertido en un ser pasivo, sin intereses.

Como es habitual en la obra de Hamsun, el libro está lleno de personajes vacíos, grises, perdidos, vagabundos sentimentales sin hogar ni destino, sin un presente que permite atisbar un futuro placentero. Es el propio Abel quien afirma: «debemos mostrarnos indiferentes ante todo, no dejar que nada nos perturbe, así transcurrirá el tiempo». Con este pesar y desazón, Hamsun nos retrata la historia de quien vuelve a su tierra pasado cierto tiempo. Sin un padre ni una familia con los que sentirse arropado, la soledad y el desaliento van cogiendo terreno a sus cada vez más desaprovechados días. Y, a la vez, su desánimo y su carácter pasivo es poco aceptado por aquellos que lo tratan, pues todos esperan de él que, habiendo heredado la fortuna del padre, los saque de los apuros en el momento de crisis que la sociedad atraviesa. De esta manera, se contraponen las dos mentalidades: la ambiciosa y necesitada, frente la pasiva y acomodada. Pero la fortuna disminuye cuando no tiene quien la cuide, y parece que los únicos interesados y preocupados sobre la disminución del dinero son aquellos que no lo tienen, pero sí pretenden aprovecharse de los que lo atesoran.

De esta manera, aunque el libro ofrece los tintes habituales de la obra del autor, vemos como Hamsun ha cambiado su estilo con el paso de los años: mantiene sus preocupaciones, narradas a través de sus ya conocidos monólogos interiores, sigue tratando la soledad y el difícil encaje en la sociedad; sus personajes parece que, más que vivir, pasan por la vida sin encontrar un lugar en ella. Pero sí hay un cambio en este libro respecto a sus primeras obras, y es la manera de tratar la historia, en intensidad y en estructura. Aquí nos encontramos una historia más completa, más amplia, más larga. Pero, aunque mantiene su visión escéptica de la sociedad que ya apuntaba en sus primeras obras, en este caso pierde intensidad, ya no hay la visceralidad y violencia emocional que existían en «Pan» y «Hambre». Ya no golpea como lo hizo en esas primeras novelas, y el ritmo narrativo se vuelve lento y monótono. Han pasado cuarenta años desde esas primeras obras y se nota en el estilo, pues aquí la crítica es más sutil, aunque más suave también. Mientras sus personajes en el pasado despertaban sentimientos de claro rechazo, en esta obra despiertan tristeza y abatimiento.

En resumidas cuentas, Hamsun nos retrata una historia de oportunidades perdidas, de pasados vividos y aún vivos, de personas que se encuentran para reencontrarse a ellos mismos, volviendo a su pasado, a épocas donde todo era diferente y donde todo podía haber sido. Una historia de caminos tomados, añorando los olvidados. Una historia de posibilidades descartadas, de personajes que, en su triste añoranza a un pasado prometedor, intentan conseguir por todos los caminos posibles avanzar, un día más, aunque sea hacia un futuro desalentador.

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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Knut Hamsun: Pan

Idioma  original: noruego
Título original: Pan
Año de publicación: 1894
Traducción:Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo 
Valoración: recomendable


Como ya ocurría en su primera novela "Hambre" (reseñada también en este blog), Knut Hamsun sigue indagando el comportamiento humano. Así como en la anterior novela se centraba en la desesperación y las penurias de un joven escritor para conseguir salir adelante combatiendo el hambre y su propio equilibrio mental, en Pan el autor describe la vida de un joven teniente que habita en medio de la naturaleza y la dificultad que tiene en establecer una relación sentimental. Estos dos aspectos principales de la novela llevan al autor a titularla con el nombre de "Pan", en referencia al dios mitológico de la naturaleza salvaje, los pastores, la fertilidad y la sexualidad masculina. Tal es así, que la devoción del teniente Glahn por su entorno natural es un elemento adicional a la propia historia, y esta relación del protagonista con el medio se pone de manifiesto en las conversaciones y sueños en los que Pan está presente.

Una vez situados en el terreno en el que se mueve el libro, nos encontramos con el teniente Glahn como protagonista de la historia, un joven solitario bastante inestable y huraño poco acostumbrado a las relaciones sociales (las cuales le incomodan enormemente), motivo por el cual tiende a rehusarlas, pues carece de las habilidades sociales necesarias para comportarse de la forma apropiada. La vida apacible y sosegada que lleva viviendo en su cabaña, con la compañía de su perro, se verá alterada por la aparición de una joven aldeana que despertará los sentimientos de Glahn. Sin querer entrar más al detalle con la trama (razón por la que os animo a no leer la solapa del libro) esta novela trata sobre el enamoramiento del protagonista y la dificultad en conquistar la joven debido a la falta de capacidades en cuestiones amorosas por parte de él así como al carácter caprichoso e inestable de ella. De este modo, en Pan nos encontramos con una historia de enamoramiento, deseo, celos e inseguridades.

Leídas Hambre y Pan, vemos que la obra de Hamsun gira en torno al comportamiento humano a través de personajes de vida tormentosa y emocionalmente inestable. De esta manera, mientras en Hambre el tema tratado era la obsesión, la desesperación y hasta en cierto modo la locura, en Pan la historia gira entorno al enamoramiento y a los actos irracionales que conlleva. Aunque ambas novelas traten de temas muy distintos, sí hay aspectos parecidos entre ambos: la actitud y personalidad el narrador acostumbra a ser bastante insegura y torpe con las mujeres. En Pan vemos que trata de forma errática y a menudo incoherente; sucumbe a sus encantos a la vez que las trata con desprecio y las ridiculiza cuando siente que los sentimientos  que tiene respecto a ellas no son correspondidos en igual medida. Los sentimientos irrefrenables del teniente Glahn le sobrepasan y no sabe sobrellevarlos. La pasión le lleva a no contener sus instintos más primarios ya sea en grandes proclamas de amor o en muestras de desdén cuando estos no son correspondidos. Es este comportamiento irracional y exagerado del protagonista el que le lleva a entorpecer toda relación posible. Es en este aspecto donde encontramos una de las claves de la obra de Hamsun, los sentimientos en su estado más puro, sin intento de contenerlos ni matizarlos. No hay intento de endulzarlos, la rabia y el amor se mezclan y se alternan rápidamente según si sus sentimientos son o no correspondidos.  

Terminado el libro, uno se queda con una sensación agridulce ya que, si bien el autor es hábil en saber llevar los sentimientos al extremo, al límite incluso de la locura, es esta característica suya la que no permite disfrutar completamente de su lectura al no existir la posibilidad de empatizar con los personajes. El comportamiento de Glahn es tan mezquino, irracional y cruel hasta el hastío, que roza incluso la demencia y así es muy difícil conectar con él por muy evidente que sea su habilidad narrativa.

En cualquier caso, es justo destacar que es precisamente este estilo de prosa y la forma de tratar el interior humano lo que supuso que Hamsun ejerciera una gran influencia en autores posteriores de renombre como son Zweig, Mann, Kafka e incluso Paul Auster. Lamentablemente su obra no ha sido tan difundida y popularizada como su calidad literaria merece; el motivo probablemente se deba a su pasado ideológico a favor del fascismo que provocó que su obra fuera repudiada al terminar la segunda guerra mundial e incluso fue llevado a juicio por simpatizar con el nazismo. Aún así, más allá de su ideología, la influencia ejercida en la literatura posterior le otorga un lugar destacado en la historia de la literatura y es probablemente su mejor legado. 

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jueves, 3 de octubre de 2013

Knut Hamsun: La bendición de la tierra

Idioma: noruego
Título original: Markens grøde
Año de publicación: 1917
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: recomendable


Isak es un hombre de campo, grande y fuerte, que trabaja la tierra para ganarse la vida. Llegó solo a una zona inhóspita con un par de cabezas de ganado y su fuerza de voluntad, y en unos años consiguió que su parcela fuera más que fértil, que el ganado se reprodujese y que Inger se convirtiese en su compañera y le diera varios hijos. Pero no todo es fácil o bonito en la vida de Inger e Isak. Trabajan de sol a sol, cuidan de sus hijos y hacen frente, como pueden, a los problemas que van surgiendo.

Además de la historia de esta pareja, Hamsun nos presenta a Oline, la típica metomentodo; Geissler, el comisario y más o menos afortunado hombre de negocios; su ayudante, un hombre perezoso, inconstante e inconsciente... durante varias décadas, al tiempo que narra cómo la zona pobre y prácticamente deshabitada en la que los protagonistas se establecen termina siendo un pueblo grande y próspero.

La bendición de la tierra es un canto a la vida en el campo y, sobre todo, es un texto que ensalza el carácter de la gente que se dedica a cultivar la tierra y a salir adelante a base de trabajo duro. Los héroes de esta novela son gente sencilla que trata de hacer lo correcto y que se preocupa de cuidar de su descendencia, y por eso son los que finalmente triunfan. Hamsun deja claro que los agricultores y ganaderos son la fuerza que mueve un país y, por el contrario, que la vida urbana, la modernidad, sólo trae problemas y envilece el alma.

A pesar de que el mensaje queda claro a lo largo de la novela, Hamsun se esfuerza por recordárselo al lector una y otra vez, vistiendo el texto de expresiones que refuerzan lo que quiere expresar. Esto, en ocasiones, resulta un tanto cargante, pero en general estamos ante una gran novela que no sólo cuenta una interesante historia, sino que también nos muestra las cosas buenas y malas de una forma de vida que prácticamente ha quedado en el olvido.

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jueves, 28 de mayo de 2026

Knut Hamsun: Por senderos que la maleza oculta

Idioma original: noruego
Título original: Paa gjengrodde stier
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo, para Nórdica
Año de publicación: 1949
Valoración: está bien


Sin querer entrar en el famoso y manido debate sobre si conviene separar autor y obra, en este caso es un tema inevitable puesto que el propio autor nos invita a ello en esta obra autobiográfica (y que sirve como colofón a su etapa literaria) en la que narra los últimos años de su vida, época durante la cual fue investigado por un delito de traición a la patria tras mostrar afinidad o simpatía hacia Hitler y el nazismo.

De esta manera, este relato autobiográfico empieza situándonos en el 26 de mayo de 1945, en Nørholm, cuando la policía acude al hogar de Hamsun para anunciarle un arresto domiciliario de treinta días, a los que sigue un ingreso a un hospital compuesto de un par de edificios (uno de los cuales es una pequeña casa en lo alto de un cerro) donde deberá hospedarse hasta el día de su juicio. Allí el autor pasa los días, sin demasiada distracción, afirmando que «leo, holgazaneo y hago solitarios». Sin embargo, al cabo de poco tiempo lo trasladan a Landvik, una residencia de ancianos, un cambio que no le desagrada y que confiesa que se trata de «un lugar ideal para mí. Puedo darme largos paseos sin que me digan nada de límites de la ciudad; aquí como, duermo y leo. También escribo un poco, pero no quiero mencionarlo para no irritar a nadie» (haciendo gala de su ácido sentido del humor, pues justamente estaba siendo investigado por sus escritos). A pesar de ello, no se encuentra plenamente a gusto, pues a diferencia de los ancianos que «solicitaron libremente el ingreso como el lugar más apropiado para pasar sus últimos días; yo, en cambio, he venido aquí con la ayuda de la policía, y estoy ingresado a la fuerza».

Con ello, este libro (indudablemente un texto menor dentro de la obra de Hamsun) muestra un autor en sus horas más bajas, en el último tramo de su vida cerca de los noventa años, una etapa que ya vive con cierto pesar y hastío, por su confinamiento, pero también por su estado físico, como muestra al afirmar que «estoy harto de mí mismo, no siento ningún deseo, ningún interés, ningún placer». Una rutina vital que contamina su obra, pues Hamsun admite sin reparo la nimiedad de los hechos que relata, justificándolo al afirmar que «todos los presos tienen que escribir sobre los dichosos sucesos de todos los días y esperar su sentencia, es lo único que tienen que hacer (…) por temor a lo que pudiera sucederme si escribiera sobre otra cosa»; un retiro vital y anímico envuelto de su día a día anodino, en el que «ahora lo que discutimos es el número de escalones de las escaleras, quién puede subirlas o bajarlas sin bastón, quién puede subirlas o bajarlas de dos en dos». Tampoco le acompaña su deteriorado estado físico para combatir tal hartazgo y aburrimiento, pues le afecta no únicamente en lo tocante a la sordera sino también a sus acuciantes problemas de vista. 

A pesar del tono bajo que utiliza en este texto, el autor nos deja pinceladas de su marcada personalidad, demostrando de nuevo el agrio sentido del humor que transmite en sus obras, y un fuerte carácter que demuestra en este caso por su indocilidad al sospechar que la intención del fiscal es que se considere demente y por tanto no responsable de sus actos, a lo que él combate y se reafirma en su responsabilidad porque confía en que el tiempo le dará la razón en su absolución. Así, considera que el aplazamiento de su juicio es un intento de especular con su vejez para evitar que se lleve a término, pues cree firmemente que saldrá ileso a pesar de que recela de la opinión de la gente y admite que «me vienen muy bien poder estará a solas conmigo mismo y no tener que preguntar una y otra vez qué me dice la gente».

Es innegable que el interés de este relato radica principalmente en conocer la etapa final del autor y en cómo pasa esos últimos años de su vida en una situación rutinaria, anodina y en evidente declive, esperando la sentencia del juicio que, a su modo de ver, debe absolverle. Y, con ello, probablemente la parte más interesante de esta obra es su tramo final en la que el autor transcribe su alegato de defensa basada en que las aproximaciones hacia el régimen de Hitler tenían como propósito conseguir situar a Noruega «en un lugar destacado de esa sociedad germánica mundial que se estaba fraguando». Así, según su opinión, su único propósito era conseguir un país mejor, aunque admite a su pesar que su actitud «no me llevó a nada bueno (…) me llevó a que ante los ojos y corazones de todo el mundo yo estaba traicionando a esa Noruega que quería elevar». Si eso es cierto o no, si ese era realmente su principal motivo e intención, cada cuál juzgará. Pero aquí hemos venido a valorar su obra y, en este caso, aunque no sea su mejor texto, sí sirve para conocer los últimos años de un autor que nos ha dejado obras encomiables como «Hambre» que quedarán para siempre en la historia de la gran literatura.

domingo, 14 de enero de 2018

August Strindberg: Solo

Idioma original: sueco
Título original: Ensam
Traducción: Manuel Abella
Año de publicación: 1903
Valoración: recomendable

Autor profusamente controvertido y excéntrico, Strindberg se nutre de aspectos biográficos y personales que influyen y marcan la temática de su obra. Artista polifacético, también se desenvolvió en el arte de la pintura, al que se dedicaba especialmente durante sus crisis personales y a partir del cuál estableció una amistad con Edvard Munch. Su inestabilidad emocional y las manías persecutorias que padecía, junto con una mentalidad crítica respecto a la sociedad que compartió en su relación epistolar con Nietzsche, se reflejan en su producción artística, y el libro que nos ocupa es un ejemplo de ello; en él, el autor se centra en una buscada huida de la sociedad para recluirse en su propio mundo y convierte esta soledad en el elemento nuclear de su vida. El título del libro no deja lugar a dudas y resume perfectamente su tema central.

De esta manera, en este libro con tintes autobiográficos, de pequeño formato y corta extensión, el autor parte de una cena que tiene con sus amigos, después de largo tiempo sin verse. Este reencuentro provoca que el autor tome consciencia del paso de los años y de cómo éste afecta a la forma de comportarse de sus amigos; el paso a la madurez, alcanzada cierta edad, convierte a la gente en prudente y modifica la espontaneidad en la exposición de sus opiniones. Este aspecto, junto con la ausencia de un sitio donde puedan hablar tranquilamente sin temor a ser interrumpidos por sus parejas o alguien ajeno, y la propia decadencia de las conversaciones - pues cada vez se evita más la exposición de los pensamientos íntimos-, causan que nuestro personaje principal decida distanciarse, no únicamente de ellos sino también del resto del mundo, para pasar a vivir de forma aislada sin contacto con nadie más, a excepción de los pequeños encuentros fortuitos inevitables del día a día. La causa de querer tal aislamiento es doble: por una parte, ha perdido el interés en nadie más que en él mismo y, por otra parte, no quiere estar sometido a la opinión de los demás sobre su persona. Así, el autor lo afirma en un pasaje del libro: «prefiero la neutralidad, o llegado el caso, la enemistad, pues un amigo siempre ejerce una influencia sobre mí, y eso no lo quiero».

Así, la soledad confiere un espacio al protagonista donde toma consciencia de la importancia de la individualidad, al no tener que estar sometido a opiniones ajenas y tener que mostrarse de una manera distinta a la que le es propia. De igual manera, evita tener que tratar con gente que no le importa y por quién incluso no siente ninguna estima. La soledad se convierte en su particular compañía, y sus pensamientos ocupan su día a día, volviendo al personaje huraño y, hasta cierto punto, paranoico. En este aspecto recuerda bastante al protagonista de «Hambre», de Knut Hamsun (contemporáneo a Strindberg), por su aversión a la sociedad, su caos interior y su misantropía, sin que la locura llegue a alcanzar al protagonista con la intensidad que sí ocurría en la novela de Hamsun.

De esta manera, recluido el protagonista en su propio hogar, el paisaje ofrecido por las ventanas de su domicilio es utilizado como vehículo de reflexión, sirviendo como canal de observación de aquello que le rodea. Desde su atalaya particular observa el paso del tiempo en sintonía con las estaciones y analiza a partir de ellas los cambios en la vida, contemplando y vislumbrando las variaciones del mundo y su efecto sobre la gente. De esta manera, sus puntuales salidas son el único contacto con una sociedad que se le antoja lejana, a causa de un absoluto desinterés por ella, pues no hay en él ningún ánimo de establecer amistad con nadie, aunque la soledad de la que disfruta aislado en su domicilio es solo relativa, pues necesita el contacto de otras personas. Así, su conexión con la realidad, más allá de los propios límites que su domicilio confiere, es de tipo unidireccional: sabiéndonse envuelto de otras personas (vecinos, transeúntes, etc.) disfruta de la soledad aunque ésta no es completa; en una dualidad manifiesta, coexiste su deseo de soledad con la necesidad vital de tener la seguridad emocional de no estar completamente aislado. Esta dualidad se expone en las frecuentes alusiones a los vecinos de escalera y los encuentros con aquellos con los que se cruza en la calle, pues le brindan la posibilidad de mantenerse atado a esa realidad que le sujeta a la cordura y que, en ciertas ocasiones, tiende a peligrar a causa de sus delirios.

En resumidas cuentas, libro interesante, pues abunda en la introspección como elemento de autoconocimiento; el relato expone perfectamente la soledad buscada (y en gran parte, lograda) por el autor. La prosa fácil en esta obra y la contención del autor en controlar la narración en algún episodio donde el protagonista padece ciertos desvaríos, hace que resulte interesante pues trata sobre la soledad, tema que, en mayor o menor grado, todos podemos experimentar, ya sea de forma buscada o accidental. Aunque la obra sea algo reiterativa en la segunda mitad donde pierde cierta intensidad en el relato, y abre alguna vía que no termina de explorar, el autor sabe recomponer la historia en el último tramo, poniendo un buen punto final al inicio de todo aquello que supone la exploración de uno mismo.

También de August Strindberg en ULAD: La señorita Julia, Alegato de un loco

sábado, 15 de diciembre de 2018

Stig Sæterbakken: Siamés

Idioma original: noruego
Título original: Siamesisk
Traducción: Øyvind Fossan y Cristina Gómez-Baggethun
Año de publicación: 1997
Valoración: bastante recomendable

Los que me hayáis ido siguiendo en ULAD desde hace un tiempo, sabréis que tengo cierta debilidad por la literatura nórdica y es comprensible pues en ella encontramos no únicamente a grandes autores recientes como Karl Ove Knausgård (vale... me gusta provocar un poco) y Frode Tiller, sino también a clásicos como Hamsun, Ibsen o Strindberg. Pero siempre quedan grandes autores escondidos, menos conocidos, pero que por casualidad o acierto, aparecen de golpe en el mercado literario.  Este es un claro ejemplo de ello, pues descubrí a Sæterbakken el año pasado con su «A través de la noche» y supuso mi calificación directa de mejor libro del año. Y ahora, Mármara Ediciones se ha lanzado con la edición de un nuevo libro del autor, y esto siempre es motivo de celebración.

El argumento de esta novela es breve, brevísimo. Tenemos a Edwin y Erna, matrimonio de avanzada edad que vive de manera bastante aislada del mundo exterior. Él, ciego y aquejado de una enfermedad que le tiene postrado en una mecedora; ella, con una grave deficiencia auditiva. Solo se tienen el uno al otro y poco más, y aun así, casi ni eso, porque lo que Sæterbakken nos cuenta es la historia de esta pareja de ancianos, una relación desgastada tras años de relación, y en los que la salud (especialmente la de él, tras su pérdida de visión) influye de manera directa, y provoca que aumente el deterioro en el afecto entre ellos, erosiona su vida conjunta  y mina la relación; una relación forjada a través de los años, pero en la que el paso del tiempo hace mella, pesa, desgasta y carcome.

Así, y aunque centrando la novela en sus dos protagonistas, la narración se decanta especialmente hacia Edwin; en él el tiempo avanza de manera inexorable y deteriora irremediablemente su salud, y con ello también su manera de ser, pues su carácter se va agriando con el paso del tiempo; su salud se empobrece y las horas sentado en su mecedora le aburren hasta el hastío; y su ceguera no ayuda, pues cada vez se muestra más desconfiado hacia su mujer, por no cuidarle lo suficiente, por dejarlo apartado en la negritud de su ceguera, en la solitud de su oscuridad; tal es así que llega a afirmar que «me molesta su ausencia tanto como su presencia». Así, cada uno vive el paso del tiempo de manera diferente, siendo para él algo únicamente inevitable, afirmando que «para ella son días divididos en horas y horas divididas en minutos, pero para mí no es más que una apestosa oscuridad.» o también sentenciando que «mi futuro es la oscuridad». Así, la oscuridad no únicamente viene dada por su condición física sino también anímica y mental, una oscuridad de la que no puede salir ni tan siquiera saber su final, pues ha perdido consciencia de toda noción del tiempo. Sin ver los días pasar, sin tener otras distracciones que las propias ocupaciones mentales, las tinieblas se ciernen sobre él esperando que llegue, inexorablemente, la noche definitiva. La soledad que experimenta el protagonista encerrado en su ceguera es tal que llega a desear una enfermedad grave para que se acuerden de él, hablen de él, se preocupen por él; tal es la desesperación y el aburrimiento que desea enfermar gravemente para así apartar los nimios pensamientos que ocupan su mente y con ello poder reemplazarlos por algo más grave, más profundo.  Así, el tono del libro arrastra al protagonista hacia la decadencia humana, hasta los límites de la desesperación, hacia la decrepitud más intensa que lo conduzca de manera inexorable por el camino del hartazgo hasta el destino final.

Estructuralmente, la narración es un acierto, pues alterna la narración entre los dos protagonistas y nos permite ver, de esta manera, ambos puntos de vista. También el autor acierta en la extensión, pues el argumento es muy simple en cuanto a los hechos, sobre lo que sucede, y el número de páginas que el autor le dedica es suficiente para meternos en la historia sin que se haga cuesta arriba o monótona. Sæterbakken sabe calibrar perfectamente el ritmo, evitando caer en redundancias o pesadez lectora por reiteración de situaciones.

Estilísticamente, el libro sorprende, pues, aunque ya conocíamos la calidad de la prosa del autor por su anterior obra «A través de la noche», en este caso el estilo es bastante diferente. El autor sostiene durante todo el relato un estilo seco, de tono desconfiado, duro, pesimista, que recuerda en gran parte a Strindberg (autor publicado por la misma editorial), pero también a Hamsun, por la manera de tratar las relaciones humanas, por la solitud que desprende y por la incomprensión profesada. Así, el autor desprende mucha agonía en este relato, pues no únicamente la ceguera aísla a Edwin, sino también la desconfianza hacia su mujer, que le aparta de cualquier mundo exterior; la animadversión hacia ella crece a medida que pasa el tiempo, llegando incluso a dudar sobre si finge la sordera porque la favorece, y le permite hacer ver que no oye lo que no le interesa oír, pero a la vez, reconoce que es atenta con él, «¿Qué haría yo sin ella? Siento la necesidad de agradecérselo, pero sé que nunca seré capaz de hacerlo…». En esta extraña, pero constante dualidad afectiva, el autor se mueve perfectamente retratando un matrimonio que llega al límite como pareja, pero también a nivel individual.

Así, en esta novela, el autor nos habla de la soledad, y de cómo el paso del tiempo va haciendo mella en un matrimonio que, sin apenas diversiones o sin poder salir de casa, engulle cualquier atisbo de cariño hasta convertir las personas en alguien extraño, como si la persona que tienen enfrente fuera alguien totalmente diferente, ajeno a su pasado, ajeno a los sentimientos que les despertaron tiempo atrás. La pareja se convierte en una carga, y la rutina se impone a la voluntad o al deseo. Con esta idea Edwin afirma que «estando casado con una mujer te conviertes en un mentiroso, te sientes obligado a mentir constantemente. Si no lo hicieras, la convivencia sería imposible».

Con esta novela, Sæterbakken nos hace partícipes de la decadencia humana, como seres individuales, pero también en las relaciones, arrastrándonos a un viaje vital en el que no hay salida posible, no hay una luz al final del túnel, únicamente hay un negro abismo que nos tienta y nos absorbe hasta acabar con cualquier motivo que nos empuje a desear seguir un día más. El libro retrata de manera dura y directa el paso del tiempo y el deterioro en la salud, propia y de pareja, arrastrando el alma de un ser hacia su propia devastación, aborreciendo su vida y su cuerpo, dando vía libre a una espiral de autodestrucción que le lleva a desear la muerte y pensar en ella, en todas las maneras posibles, hasta llegar a considerar una victoria el fin de la vida.

También de Sæterbakken  en ULAD: A través de la noche

martes, 8 de febrero de 2022

Stig Dagerman: Niño quemado

Idioma original: sueco
Título original: Bränt barn
Traducción: Neila García Salgado
Año de publicación: 1948
Valoración: entre recomendable y muy recomendable

Es curioso percatarse de que, a pesar de que uno cree conocer bastante bien la literatura nórdica digamos off-thriller, siguen escapándose algunos autores que por su estilo o por su contundencia merecen bastante más visibilidad de la que se les ha proporcionado. Y, este hecho es aún más flagrante cuando el autor que nos ocupa viene recomendado por mi admiradísima Siri Hustvedt quién afirma que «esta novela psicológica merece ser leída por lectores de todo el mundo» o incluso por Per Olov Enquist, quien escribe el prólogo. Y, como es de esperar de un autor nórdico que trata sobre la muerte, el odio, la venganza y la soledad, uno no podía sino sucumbir ante la tentación que supone una lectura precedida por tanto reclamo.

Este duro libro empieza con una contundencia inusual, afirmando ya en su primera frase que «A las dos enterrarán a una mujer casada», porque el relato arranca justo el día del entierro de la madre de Bengt, protagonista de la novela, y el autor de manera seca nos retrata la relación entre familiares, una relación fría, distinta, casi indeseada por la mayoría de ellos. El marido, de quien se afirma que «no ha llorado mucho» su muerte y que desprende pocos sentimientos hacia su difunta mujer, pues «Ama lo bello. Su mujer era fea y enferma. Por eso no ha llorado». Y en la casa, esperando el transporte que los lleve al funeral, se encuentran la familia y los invitados; son pocos, menos de veinte, pues la mujer no era muy querida ni conocida. Y, en ese ambiente lúgubre y gélido, el autor nos introduce la figura del hijo Bengt, de veinte años, alguien que sí ha llorado toda la noche y se encuentra en medio de la habitación, solo, pues nadie se acerca a él «no por consideración sino por miedo, pues el mundo teme a aquel que llora».

Este inicio del relato en torno al entierro y al duelo, tiene una potencia literaria inusual, por su contundencia, por su radicalidad emocional, por el pesar que desprende sin dejar de lado la dureza narrativa que imprime el autor al afirmar que se trata de un entierro con poca gente pues «ni siquiera a los asistentes les caía bien la difunta», pero también por saber narrar la tristeza rodeándola de imágenes poéticas al describir que «el féretro se hunde despacio con todas sus flores, como el órgano de un cine. Tratan de no perderlo de vista, igual que cuando un tren desaparece con un amigo a bordo. Al final no queda nada. Solo un hoyo en el suelo que huele a flores, y pronto ya ni a flores siquiera» porque «no hay consuelo ni protección ni final ni principio. Tan solo hay una certeza, vacía como una tumba, de que aquí abajo yace la madre de uno y está muerta». Esa mirada hacia la muerte contiene gran carga emocional pero también reflexiva, porque «quizá sea cierto que la muerte es un gran agujero vacío y que la pena consiste en saber cómo de vacío es ese agujero, pero eso solo es cierto si uno está sobrio. Si uno bebe, puede llenar el agujero con cuantos pensamientos y palabras hermosas de le ocurran. Hasta los bordes puede llenarlo. Y luego taparlo con una piedra».

De esta manera, vemos como Dagerman es duro en su relato, posee un estilo contundente, vacío de alegría o de ternura. Es el relato y la mirada de un niño que amaba a su madre más que a nada, una madre no amada por su marido que la engañaba. Y el descubrimiento por parte del hijo de la infidelidad del padre le sacude y le atormenta y lo odia porque «ha engañado a mi madre, porque estaba enferma y porque le parecía fea». Y cuando le revela al padre su descubrimiento, «la máscara cae, la triste máscara del viudo. Y bajo la máscara está la alegría, una alegría grande y aterradora. Pues para aquel que está obligado a llorar una muerte, la alegría puede mostrarse como un temor. Uno teme mostrar su alegría». Así, tras la muerte de la madre, el niño se queda con la única compañía de la soledad y del odio hacia su padre; el relato rezuma tristeza y pesar, y soledad, física pero también emocional, por no tener con quien compartir su dolor y su odio pero tampoco el amor hacia una madre que ya no está y que ha dejado un tremendo vacío que solo su recuerdo puede llenar si el recuerdo es bonito bello y emotivo. Y eso solo puede darlo él, de ahí su tristeza, de ahí su dolor, de ahí su pena. Y todo ese sentimiento afligido se transforma y crece desde la nada del vacío para erigirse y resurgir en forma de odio y venganza.

Estilísticamente, el tono narrativo y su contundencia en este primer tercio de libro recuerdan mucho a Ţîbuleac con frases como «Tras la muerte de la madre, todas las mujeres que le sonríen se parecen a ella», pero también a Kristof, en ese relato seco y áspero, de aspecto frío pero que esconde tras ello una ternura no siempre demostrada, por desconocimiento o por vergüenza. Pero una vez la trama avanza vemos también, y mucho, a Hamsun por esos diálogos internos donde el joven se cuestiona la ética que reside tras la verdad y la mentira, o también el sentido del deber porque «cuanta más materia epistemológica adquiere uno, más facetas y matices percibe de esa realidad que se esconde tras los conceptos», porque «no hay nada más aterrador para una conciencia endurecida que un joven ojo desnudo. Ese ojo no sabe nada, y por eso lo entiende todo». De esta manera, el descubrimiento de la infidelidad del padre incrementa la animadversión del hijo hacia él y entra en una espiral de análisis e introspección que lo vuelven receloso y hasta cierto punto cruel y vil hacia quienes le rodean, pues duda de todos y sospecha de todos, incluso de sí mismo aunque «mientras uno pueda confiar en sí mismo, no se ha perdido nada en realidad. Tan solo se pierde algo cuando uno se da cuenta de que ni siquiera en sí mismo puede confiar. Por eso merece la pena, en todo instante, poder confiar en uno mismo, y no dejarse engañar por uno mismo. Por eso es tan importante ser consciente de lo que uno mismo hace, y la única manera de lograr un conocimiento así es analizando hasta el más mínimo de sus sentimientos y acciones», porque «la verdadera angustia es no poder fiarse de los propios pensamientos cuando están solos», porque «engañar a otros no es bonito, pero engañarse a uno mismo es peligroso».

A medida que avanza el relato, el tono abandona la tristeza y dureza inicial por el duelo de la madre para volcarse hacia las pasiones y las dudas de su protagonista, envolviendo el relato de monólogos internos y diálogos en torno a la culpa, el deseo, la moral, las incertezas, las mentiras y las inseguridades. Así, la desolación inicial se encamina hacia un tono más introspectivo que nos recuerda muchísimo a Hamsun y a sus dilemas éticos sobre la verdad y la mentira y sobre el bien y el mal, y el desánimo que planea por encima de todo el relato, afirmando que «estar borracho es ver tan solo luces bonitas y alegres y aristas suaves allí donde suelen ser duras. Pero si uno cierra los ojos no ve más que oscuridad» llegando a la conclusión que «vivir no significa otra cosa que prorrogar, día tras día, el propio suicidio».

Por todo ello, se trata de un libro duro y triste, pero que no deja completamente de lado la esperanza, a pesar de que esta se sustente sobre una alegría efímera, una felicidad a veces sustentada por el amor y esas primeras infinitas posibilidades que ofrece, porque «nada es tan bonito como los primeros minutos a solas con alguien que podría amarnos y a quien nosotros también podríamos amar (…) es por esos escasos minutos por los que uno ama, no por los muchos que vienen después». Y en eso debemos aferrarnos, cada instante en los que aparecen, porque, tal y como afirma el protagonista, «los instantes de paz son cortos. Todos los demás instantes son mucho más largos. Saber eso también es sabiduría. Pero precisamente porque son tan cortos debemos vivir esos instantes como si solo entonces viviéramos». 

También de Stig Dagerman en ULAD: Otoño alemán

jueves, 6 de abril de 2023

Chris Kraus: La fábrica de canallas

Idioma original: alemán

Título original: Das kalte Blut

Año de publicación: 2017

Traducción: Isabel García Adánez

Valoración: muy recomendable

¿Se puede tener simpatía por un nazi, aunque se trate de un personaje de ficción? Si alguno fuéramos un escritor murciano de extremocentro, dedicado a llamar la atención en los medios de derechas denunciando la dictadura woke, no cabe duda que la contestación sería: "Sí, por supuesto", antes de enseñar la foto de Knut Hamsun que tendríamos sobre el escritorio. Pero para el resto de personas normales y más o menos decentes, la respuesta no es tan clara..."Hombre, un nazi-nazi, aunque sea un personaje de novela... Buf, qué difícil..." Pues más complicado resulta aún decirlo una vez leída esta novela. Porque su protagonista-narrador en primera persona, Konstantin -Koja- Solm es un alemán del Báltico y, junto a su hermano Hubert, miembro de las SS y, más concretamente, agente de la SD, su servicio de información, integrada dentro de la igualmente infame Oficina para la Defensa del Reich dirigida por el felizmente finiquitado Heydrich y. después, por el mismísimo Himmler. Pero, además, Koja Solm es un tío ocurrente, simpático y sentimental, con un temperamento y vocación artística, más que por la intolerancia política -de hecho, en ningún momento se presenta como un nazi convencido y no tiene ningún problema en tener trato amistoso hombres, ni mucho menos en mantener relaciones de...ejem, todo tipo con mujeres de razas supuestamente inferiores-; a diferencia de su hermano Hub, ha devenido nazi por las circunstancias del momento, de igual forma que luego espía para diferentes servicios secretos, traicionando a quien haga falta para su propia supervivencia y la de quien le importa de verdad. Es, en todo caso, más un pícaro que un fanático, aunque también un criminal.

Se ha comparado este libro con Las benévolas de Jonathan Littell, libro que no he leído (ni creo que vaya a hacerlo, que son 1200 paginacas, tetes...); no sé, pues, hasta que punto existen similitudes, aparte de las más obvias, entre las dos obras, pero si hay algo que distingue a sus autores: a diferencia, supongo, del norteamericano que escribe en francés, el alemán Kraus (*) no sólo originario del país responsable de todo el quilombo, sino también está afectado personalmente, por la conmoción que le supuso enterarse de que su abuelito querido había sido de las SS durante la guerra, y de ahí el germen de esta novela. No obstante, parece que el abuelo nazi debía de ser cariñoso con el nieto (igual que le ocurre a cierto escritor murciano, que tenía "un abuelo rojo y otro facha"... sólo que, visto lo visto, parece que el facha le daba más propina), porque ya digo que  Kraus no presenta al personaje basado en él  -aunque no únicamente- como un psicópata asesino, sino como un canalla, o medio canalla, que se amolda a lo que le va tocando vivir. Aunque claro, algo de mala conciencia sobre las tropelías que ha cometido a lo largo de su vida sí que le debe de quedar a Koja Solm, pues durante su estancia en un hospital de Múnich en 1974 -debido, en concreto, a una bala que tiene alojada en la cabeza- se dedica a contárselo todo a su infortunado compañero de habitación, un hippie llamado Basti, que alucina ante la historia, y sin necesidad de psicotrópicos (bueno, alguno que otro también hay, ejem...).

De todos modos, más que un lamento por lasa culpas de Alemania, que también, lo que aquí encontramos es una crónica histórica-familiar a lo largo de casi un siglo, un dramón incestuoso -o varios., una novela de espías que se desarrolla en diferentes épocas y escenarios, un libro de humor -sí, lo siento, pero hay mucho humor en esta novela, incluyendo humor judío-; más aún, una crónica sobre los avatares de la Alemania y el mundo de la posguerra y el papel que jugaron en ella los antiguos (?) nazis como fue el doctor Gehlen, general de contrainteligencia de la Wehrmacht y posterior director de la semioficial Org -bajo el ala de la CIA-, y su sucesor, el BND, organizaciones más llenas de nazis que los juicios de Nüremberg (y sólo un poco menos que en los congresos que se celebraban en esa ciudad durante el III Reich). Claro, que no sólo los servicios secretos occidentales hicieron la vista gorda con según que gente de turbio pasado, también el KGB, cómo no, e incluso el muy judío Mosad, con quien nuestro Koja y el resto canallas también tienen no poco trato, en algunas de las páginas, por cierto, más hilarantes del libro, merced, en gran medida, a la presencia del jefe de la inteligencia y contrainteligencia israelí, el inefable Isser Harel  (oriundo también de Letonia, por cierto).

En este extenso libro (perfectamente podría haber entrado en una de nuestras Tochoweeks) cada cual puede encontrar lo que busque: quien quiera estremecerse con un relato de los horrores de la época nazi, podrá hacerlo -aunque hay que señalar que la denuncia de Kraus va más hacia lo que ocurrió después, la connivencia de los gobernantes de la RFA con los criminales de guerra), igual que quien busque el morbo erótico y sentimental  o quien guste de una novela de espías a la vieja usanza, cuando no había hackers , algoritmos ni deep web o cosas por el estilo.... Quien quiera partirse de risa, lo hará, ya digo, y quien quiera llorar -o, al menos, emocionarse-, también. Lo más importante, en cualquier caso, es que todo esto, junto, conforma un PEDAZO DE NOVELÓN, un relato de resonancias bíblicas, sobre el amor, la traición, la cobardía o el valor y los vínculos que no se pueden borrar ni con sangre ni con fuego. Algo tramposo, sin duda, y tal vez inverosímil (aunque cosas más raras se han visto), pero que funcuiona de principio a fin merced, quizás a esta misma variedad , lo mismo que por una prosa de más que notable calidad y, sobre todo, a un protagonista y narrador que no puede dejar de conquistarnos y repelernos a la vez. Un canalla o medio canalla, al menos, incluso un nazi, de acuerdo -de aquella manera, eso sí-, pero que, pese a todo, no deja de concitar simpatía.  Otra cosa es que, en la vida real, un tipo así debería quizás acabar colgando de una soga, no lo sé... Pero, en fin, esto es una novela, después de todo...

(*) Hay que aclarar que el autor de esta novela es un escritor y director de cine alemán, no una crítica de arte y escritora norteamericana también llamada, mira por dónde, Chris Kraus.

jueves, 25 de abril de 2019

TochoWeek III #4. Tom Kristensen: Devastación

Idioma original: danés
Título original: Hærværk
Traducción: Blanca Ortiz Ostalé
Año de publicación: 1930
Valoración: decepcionante, aunque se deja leer

No podía faltar, en esta Tochoweek, algún autor danés, pues la literatura escandinava ha dado grandes momentos de gloria a este humilde reseñista. Así que, «Devastación», con sus más de 650 páginas, me venía como anillo al dedo para recordar la importancia de su literatura y la calidad que a menudo encuentro en esos países. Bueno, eso creía.

La novela empieza con ritmo sosegado, aunque en intensidad creciente. Nos encontramos con Ole Jastrau, crítico literario y poeta venido a menos, que no se halla en su mejor momento pues sus últimas reseñas empiezan a ser criticadas y cuestionadas en el periódico donde las publica. Además, va creciendo en él un cierto hartazgo, pues el paso del tiempo va minando sus intereses no únicamente periodísticos, sino también cierto espíritu revolucionario que albergaba en su juventud. Así, ya desde el inicio, uno avista la vida cada vez más decadente y caótica que arrastra el protagonista absoluto de esta novela, y parece que la visita de un par de hombres a su casa no presagia nada bueno. Kristensen es hábil en el manejo de la atmósfera inicial, pues crea un clima in crescendo que se prevé la antesala de una combustión provocada, pues la visita será la espoleta que hará estallar la vida de Jastrau, actuando como desencadenante de un conjunto de reacciones que le llevarán a la perdición.

Con este planteamiento, el autor pone a Justrau en un momento vital crítico para él, pues sitúa la historia en las vísperas de unas elecciones que se prevén determinantes, con un trasfondo en la lucha entre capitalismo y comunismo; Kristensen nos hace partícipes de las dudas existentes en la sociedad del momento sobre ambas ideologías, nutriendo los diálogos iniciales de disputas entre ambas opciones.

En un escenario que se sitúa en una jornada de elecciones, el protagonista se ve fuertemente cuestionado por la calidad de las reseñas que publica en el periódico, así como por sus opiniones políticas. La visita recibida le genera cierto malestar, y le tientan hacia oscuros futuros vitales, pues la evasión a su angustia la encuentra en el joven visitante, quien le arrastra a locales nocturnos donde empezar su desconexión de su realidad. Este joven es el detonante de la caída del protagonista hacia un mundo inundado de bares, alcohol, en un camino que le llevará a la devastación.

De esta manera, el libro transmite las contradicciones internas de un personaje absorbido por el alcohol, y nos muestra los comportamientos erráticos, los altibajos emocionales con momentos de euforia desmedida y momentos de absoluto abatimiento y desespero, y la distancia tomada a una realidad que se le aparece solo a veces en momentos de cuerda sobriedad. Los personajes son elementos extraños y piezas añadidas que no hacen sino aumentar la incomprensión de Jastrau hacia un mundo que se le antoja cada vez más lejano, del que se distancia de él a medida que aumenta su incomprensión y su asiduidad a los bares nocturnos, en una espiral autodestructiva que se va cerrando entorno a él, un remolino que le atrae hasta el fondo de su bajeza moral y abandono de sus responsabilidades laborales y matrimoniales.

Con un estilo narrativo que emana frialdad y distancia (algo que le podría acercar a Hamsun, Strindberg o Solstad), cuesta entrar en la historia. La manera de narrar de Kristensen pone al lector en algún aprieto, pues a pesar de tratarse de una lectura ágil, es incómoda. Incómoda porque uno no entiende del todo el comportamiento de los personajes, pues la manera en la que afrontan las situaciones es algo (bastante) inverosímil. Puede, y aquí arriesgo, hubiera mejorado si la narración se hubiera hecho en primera persona, pues habríamos acompañado mejor al protagonista y su alcoholismo y caída en el vacío emocional hubieran justificado de mejor manera tales acciones. A fin de cuentas, debemos entrar en el personaje para arrastrarnos con él a su infierno interior, y no siempre es fácil “viéndolo” desde fuera.

Además de la falta de conexión con el protagonista, el libro tiene otro punto débil: el excesivo número de páginas, y más teniendo en cuenta el lento ritmo narrativo y la reiteración de situaciones. En resumen: que no avanza o avanza muy lentamente. No hay acción y tampoco un exceso de reflexiones que hagan olvidar que son más de seiscientas páginas y que algún motivo de peso deberíamos encontrar para seguir con la lectura. ¿Se puede afirmar Kristensen que escribió un libro donde se retrata la sociedad danesa de principios de siglo XX post Primera Guerra Mundial y sus preocupaciones y desánimos? Es posible, no dudo que sea así. ¿Que sus más de seiscientas páginas para hablar sobre eso, sin demostrar tampoco un exceso de profundidad en sus reflexiones, son demasiadas? Sin duda; rotundamente sí. Porque hubiera podido contar la misma historia con menos de la mitad. Porque sí hay abandono, deterioro anímico y excesos, pero también hay poco impacto, se queda bastante a medio camino y el libro contagia cansancio. Y lo peor no solo es la falta de ritmo, sino la absoluta incomprensión hacia las decisiones tomadas por el protagonista (especialmente) y sus amistades que conserva a saber por qué motivo, causándome un total distanciamiento respecto al personaje y sus circunstancias. Lo peor que le puede pasar a un lector, debo decir.

En resumen, que la historia avanza con excesiva lentitud, sin cambios de ritmo o de argumento, sin crear o tan siquiera intentar, una línea paralela que permite explorar consecuencias o daños colaterales respecto a la supuesta devastación del protagonista, y bien esta reseña hubiera podido ser una interruptus (de hecho, hubiera debido serlo visto ahora, me habría ahorrado malgastar el valioso y siempre insuficiente tiempo) pero el optimismo de este humilde reseñista, o un exceso de confianza hacia mi admirado Knausgård, quien alaba el libro, ha provocado que quien entre en un estado de devastación sea yo, por el tiempo perdido su lectura. Y encima en la Tochoweek. Ya es mala suerte.


miércoles, 17 de agosto de 2016

Marcel Jouhandeau: Tres crímenes rituales

Título original: Trois crimes rituels
Idioma original: Francés
Traducción: Eduardo Berti
Año de publicación: 1962
Valoración: Recomendable

Parece que el verano es tiempo de libros breves (o muy breves), como es el caso de este "Tres crímenes rituales", de Marcel Jouhandeau, otro de los malditos de la literatura francesa. Un autor practicamente desconocido en España y casi más conocido en Francia por sus "controvertidas ideas políticas", que lo emparentan con Celine, Hamsun y compañía, que por su muy extensa obra.

Gracias a la editorial Impedimenta se ha publicado en España este "Tres crímenes rituales" que, pese a su brevedad, es un libro duro, áspero.

Jouhandeau parte de tres crímenes cometidos en Francia en la década de los 50, tres crímenes brutales para más señas y revestidos según el autor de un cierto carácter ritual. Nos explica someramente los hechos y a partir de estos pone el foco no en el asesino o en su "modus operandi" ni en la víctima, sino en las posibles "motivaciones" del crimen.

El libro es fundamentalmente una "anatomía del mal", un intento de explicar lo que parece inexplicable, una tentativa de introducir una lógica en lo irracional, tratando de escarbar en la psicología tanto de los asesinos e instigadores del crimen como de las víctimas. Este análisis está profundamente marcado por la personalidad del propio Jouhandeau, católico ferviente, la cual explica la omnipresencia de conceptos como la culpa, la redención y la expiación.

Como una especie de epílogo, el autor ofrece unas curiosas reflexiones sobre la justicia que merecen la pena ser leídas con la misma atención que los tres casos expuestos, aunque no haya que perder de vista su personalidad e ideología a la hora de leerlas.

Un libro que, como veis, podría estar emparentado por su temática con "A sangre fría" (T. Capote) o "El adversario" (E. Carrere), pero que ofrece un punto de vista diferente a estos dos libros.

Merece la pena comprobarlo. Sí.

martes, 11 de abril de 2017

Stig Sæterbakken: A través de la noche

Idioma original: noruego
Título original: Gjennom natten
Traducción: Cristina Gómez-Baggethun y Øyvind Fossan
Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable

En un mundo literario como el actual, con novedades que se suceden de forma continua y envueltas de grandes promociones, sorprende que aún haya joyas por descubrir, que prácticamente hayan pasado desapercibidas y no estén magnificadas por los medios. Ocurre pocas veces, acontece de forma muy puntual, pero cuando sucede, te genera un sentimiento de alegría interior, controlada y que disfrutas íntimamente. El pequeño, pero no menospreciable placer, de encontrar algo casi inaudito. Esto es lo que ocurre con la publicación de esta novela de Stig Sæterbakken, primera traducción al castellano de la mano siempre hábil de Kirsti Baggethun (que ya tradujo previamente escritores noruegos de la talla de Hamsun, Carl Frode Tiller y el mismísimo Knausgaard).

Muy al estilo "knausgaardiano" (¿existirá ya este término?), en este libro Sæterbakken nos narra la historia de Karl Meyer, quien de forma honesta, triste y descarnada nos cuenta ya en un primer magnífico párrafo que su hijo Ole-Jakob está muerto. La forma en que lo explica, cómo lo vive y lo transmite ya nos indica que los sentimientos y el dolor están muy presentes. Y nos describirá cómo siente la pérdida sin edulcorarlo, sin endulzarlo, lo hará con el corazón aún compungido y una falta de aliento descontrolada que la angustia y el desaliento por la pérdida le provocan. La tragedia envuelve a Karl arrastrándolo a un abismo emocional y él nos arrastra hacia ese abismo hasta poder sentirlo, como se puede apreciar en el primer párrafo de la novela:

«La tristeza llega de muchas formas distintas. Es como una luz intermitente que se apaga y se enciende. Está ahí y es insoportable, porque es imposible tenerla ahí todo el tiempo. Te llena y te vacía. Mil veces al día se me olvidaba que Ole-Jakob había muerto. Mil veces al día, de pronto, lo recordaba. Y ambas cosas me resultaban insoportables. Olvidarlo era lo peor que podía hacer. Acordarme de él era lo peor que podía hacer. Era una sensación de frío que iba y venía, pero nunca de calor. Solo había frío y ausencia de frío. Era como estar de espaldas al mar. Se me helaban los talones cada vez que una ola rompía sobre ellos. Luego la ola se retiraba. Luego volvía.»

Así, con este primer párrafo brillante, el autor ya nos adelanta que el libro tratará sobre el dolor y la pérdida, sobre las decisiones tomadas, sobre quién somos realmente y por qué hacemos aquello que hacemos, aún y a sabiendas que probablemente no sean buenas elecciones. Hay aflicción, hay tormento, hay tristeza mezclada con momentos de euforia, hay descontrol y hay remordimientos. Hay mucha vida ahí, con episodios de entusiasmo en su parte más alegre, pero con muchos momentos de lo que es su parte menos bonita pero que de igual manera constituye nuestro ser. Y sí, como ya sucede con Knausgaard también hay cotidianidad, porque por mucho que intentemos ocultarlo, por más que intentemos luchas contra rutinas, es lo que ocupa la mayor parte de nuestra vida y no tiene sentido escribir un libro basado en la vida de una persona obviando que existe esta parte. Pero el autor sabe condensarlo, no necesita un gran número de páginas para detallarnos el escenario ni la personalidad de Karl, va directo al grano y pone el énfasis en la herida, donde la pérdida aún escuece, y donde la causa asoma y asusta. Stærbakken va directo al grano, no se anda con rodeos al expresar sus intenciones de forma análoga a como sentimos. Nuestros sentimientos llegan sin avisar y nos impactan de forma directa. El autor hace lo mismo al narrárnoslo para que lo sintamos de la manera más real posible.

También es cierto que el libro tiene alguna parte menos lograda, al menos así lo parece cuando uno llega a ella. Superada la primera mitad, de un nivel realmente elevado, hay cierto giro en el estilo que uno comprende cuando termina el libro. Así, ciertos tramos de la novela pueden confundir al lector donde se aprecia claramente ese cambio de registro, acercándose a las novelas de terror. Pero, aun así, el autor sale airoso también en esta parte llevando la oscuridad íntima al terreno físico, estableciendo un vínculo de forma muy lograda para llegar a un gran final donde todo encaja.

Aún días después de terminado el libro y siguiendo impactado por su lectura, constato que tenemos en nuestras manos un libro que debería dar que hablar y ser la primera de muchas traducciones de este autor al castellano. La calidad de la prosa y la visceralidad de las emociones sugieren que el resto de la obra no debe quedar en el olvido si amamos la buena literatura. Y mientras no llegue, tomemos aire y recuperémonos del viaje vital al que nos ha arrastrado Sæterbakken.