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domingo, 12 de abril de 2026

David Toop: Océano de sonido

Idioma original: inglés

Título original: Ocean of Sound

Año de publicación: 1995

Traducción: Tadeo Lima

Valoración: recomendable (pero indigesto para no iniciados)

Vaya, con los motores de búsqueda. Al intentar obtener la foto de portada que es potestativo añadir a cada una de nuestras puntuales reseñas, veo que una de las clasificaciones de Oceáno de sonido es "antropología". 

Pretexto más que oportuno para negar ante el gran  jurado que esta sea otra reseña sobre música o músicos, aunque tampoco voy a haceros comulgar con ruedas de molino. Su autor, David Toop, no se conforma con ser, él mismo,  músico. 

También es una de las más reputadas firmas de la crítica musical, con intervenciones en varios medios aunque la que me ha resultado siempre más notable es su colaboración con la veterana revista The Wire, impertérrita biblia de la música más experimental y arriesgada (reto a cualquiera que crea saber algo de música a investigar si conoce a más de un par de sus designaciones de los cincuenta discos del año, cualquiera de ellos) a la par que, glups, elitista e incluso tan obstinada en descubrir oscuros artistas y grabaciones recónditas que, no pocas veces, condena a sus lectores a imaginar, más que a disfrutar, los discos comentados. 

Pero hubo un tiempo, allá por las últimas décadas del siglo XX, en que una corriente relativamente popular coincidió con la vanguardia. Y Toop se encontró en la cresta de la ola allí y seguro que fue muy excitante esa coincidencia, pero este no se trata de un libro celebratorio y condescendiente, sino más bien de un exhaustivo - en su medida - ensayo sobre uno de los aspectos más oscuros pero influyentes de la historia de la música: el sonido ambient, y sus ramificaciones. Aquí aparece el aspecto antropológico y algunos aspectos de este libro pueden hacernos pensar si el autor no se ha tomado el tema demasiado en serio y una cuestión puramente sonora ha pasado a disponer de tanto alcance. Porque podemos empezar hablando de Debussy, pues una de las premisas del libro pasa por usar las tecnologías de grabación, registro y edición sonora como un elemento casi central en el proceso compositivo, y acabar hablando de conciertos de cigarras en los árboles de algún paraje remoto, pues aquí también se escribe mucho sobre grabaciones de campo, sonidos generados tanto por la naturaleza como por la tecnología - y han pasado treinta años desde su publicación -, y Toop demuestra disponer de un amplio ángulo cultural pues, lejos de ceñirse a lo puramente sonoro aquí hay también mucha especulación de otros ámbitos culturales. Toop nombra a Pynchon, a Joseph Conrad, a David Lynch, y ese discurrir no suena forzado sino natural. Aunque se mencione a oscuros músicos de culto como LaMonte Young, Terry Riley o Brian Eno, el recorrido de este libro, con el pretexto de analizar esos entornos sonoros que pueden, a primeras, no parecernos exactamente musicales en el sentido que solemos interpretar, resulta fascinante, interesante y paradójicamente exótico.

domingo, 1 de marzo de 2026

ULAD al desnudo

Sí: le hemos pedido a cierta IA que nos generara una imagen con un pastel de cumpleaños. Hoy cumplimos diecisiete años de existencia efímera e insistencia estéril. Que leáis, cojones.

Nos ha regalado esta cursilada y hemos dicho OK. Así hacemos que se confíe, porque a partir de aquí seguiremos rebelándonos. 

Si es que ello aún es posible, este blog podría votar el año que viene, cumplidos los dieciocho. O sea, estamos en el último año de adolescencia virtual, y después ya responderemos de nuestros crímenes. Y nuestras aisladas reivindicaciones o asunciones de culpabilidad pasan por la autoadulación, aunque no tengamos estudios de medios ni informes ni posibilidad de medir fiablemente nuestro impacto, si seguimos desde este rincón será porque nadie nos ha silenciado o porque buscamos que alguien nos haga casito o porque alguno aún se quejaría si a las 12:00 hora local no apareciéramos con lo que nos ha apetecido - colectivamente - ese día.

Para celebrarlo, hoy nos gustaría compartir el contenido de las bibliotecas de nuestros colaboradores, y os rogamos (encarecidamente, como hay que rogar) a los lectores que hagáis lo mismo. 

Se trata de un sencillo ejercicio que  nos permitirá trazar una especie de perfil (que, convertido en metadatos, subastaremos al mejor postor) de la biblioteca tipo de nuestra comunidad. Olvidaos, por eso, de que empecemos a emitir videos por Instagram con ese truquito tan sumamente irritante de sostener estratégicamente el libro de manera que no se vea su portada. Nosotros, como siempre, muchos libros, de golpe, y a la cara.

Os pedimos:

Cinco autores más presentes en vuestra biblioteca personal y número de volúmenes que poseáis de cada uno.

Más una mención honorable (ese autor que os encanta pero no ha entrado en esa lista)

Más un placer culpable.

Estos son los nuestros, empezando por los de nuestros más recientes nuevos colaboradores, que todavía no habían sido sometidos al escrutinio público de exponer sus filias, fobias, vergüenzas y perversiones (las literarias, de momento).

Alain:

Primer puesto, con aprox. 30 libros (entre español y japonés): Yukio Mishima. Siempre hago la broma de llamarle ‘mi ultranacionalista favorito’, pero como están las cosas, ya no me hace tanta gracia. Lo que es innegable es su gran talento.

Segundo puesto, con aprox. 25 libros (entre español y japonés): Kenzaburo Öe. La contraparte. Afín al comunismo en algún momento de su vida, antibelicista y antiimperialista. 

Tercer puesto, con 20 libros (entre inglés y español, novelas, cuentos y poesía): Charles Bukowski. Nada que ver con lo anterior. Hilarante.

Mención honorífica (no las cuento como obras independientes, pero en cantidad de libros físicos, demasiados): Asano Inio. Autor de obras maestras del cómic japonés como Oyasumi Punpun. Su más reciente manga, Mujina, está genial.

Gusto culposo (aunque en realidad no). Para toda la comunidad lectora ‘hardcore’ será como decir una blasfemia, pero tengo más de 130 títulos en mi librería de Audible.

José Miguel:

En general, no soy muy completista, por lo que no tengo la necesidad de comprar todo lo que ha publicado determinado autor, por mucho q me guste. Prefiero diversificar autores, aún así consultando la base de datos, sí que acumulo títulos de determinados autores, allá van:

- En primer lugar, con 15 títulos: Gabriel García Márquez ( unos títulos mejor q otros, pero gran literatura).

- En segundo lugar con 11 títulos: Stefan Zweig ( en realidad tengo 4, pero es q solo el volumen de Novelas ya tiene 11 novelas dentro).

- En tercer lugar con 8 titulos: José Saramago (no necesita mayor explicación).

- En cuarto lugar con 7 títulos: Fiodor Dostoyevski ( idem que el anterior).

- En quinto lugar con 7 títulos: Franz Kafka ( una pena q no escribiera más y, sobre todo, q no concluyera lo poco q escribió).

- Menciones honoríficas, no llego a tener tantos títulos: Sandor Marai, Irene Nemirovski, Leonardo Padura, los rusos ( Tolstoi, Chejov, Gogol, Goncharov, Pushkin).

 Félix:

Como José, aunque por otras circunstancias más económicas, tampoco he podido completar a mis escritores preferidos, y recién el año pasado me pude permitir comprar mis propios libros. Así que es una mezcla de la biblioteca de mi familia y la mía 

* Osvaldo Soriano, 13 títulos: un bestseller que aunaba entretenimiento y profundidad como pocos 

* J.M Coetzee, 9 títulos: un gran escritor

* Charles Bukowski, 9 títulos: no es una preferencia, pero me gusta bastante 

* Haruki Murakami, 8 títulos: en principio, me gustaba mucho, luego, como dice uno de sus personajes, ni me gusta ni me disgusta 

* John Steinbeck, 8 títulos: este sí una de las maravillas de la literatura 

Otros de los cuales tengo varios y/o me marcaron: Tolkien, Rowling, Asimov, Kristof, Sabato, Oé, Pamuk, Faverón Patriau, Barth, Foster Wallace 

Gusto (medio) culposo: una tendencia pronunciada a (re)leer libros de entrevistas para encontrar un faro y fantasía juvenil para no olvidar el asombro y la inocencia (quiero decir la buena, no la que es una excusa para el romance tóxico)

 Juan G.B.:

-Primer puesto, con 15 títulos: Leonardo Sciascia (os pensábais que iba a poner Megan Maxwell, no lo neguéis).

-Segundo puesto, con 12 libros cada una: Donna Leon (puedo explicarlo... más o menos), Fred Vargas y Eduardo Mendoza.

-Tercer puesto, con 6 títulos (pero porque se murió antes de escribir más): Bruce Chatwin.

Mi mención honoraria sería tanto para Ítalo Calvino como para Andrea Camilleri, leídos sobre todo de la biblioteca pública, aunque tengo cinco de cada.

Mi placer culpable:  Pues, ahora en serio, las novelas de Megan Max... Nooooo! Los fumetti de Dylan Dog, que también tengo unos cuantos.

 Francesc:

-Roberto Bolaño (incluyendo algún libro sobre su obra) 19

-David Foster Wallace (ídem) 18

-Michel Houellebecq (otro ídem) 11

-Riszard Kapuscinski, Thomas Pynchon - 10

Mención honoraria: Jonathan Franzen -porque sólo publica tochos cada década o así

Placer culpable: Javier Cercas - aunque sea para ponerle verde tras su sofocón monárquico.

 Koldo:

Números aproximados por el desorden que uno tiene. Allá va:

- Primer puesto, con unos 15 títulos: Patrick Modiano (hubo un tiempo preULAD en el que leí como un puto loco todo lo que publicaba).

-Segundo puesto (comparten por lo tanto medalla de plata), con unos títulos cada uno: Michel Houellebecq y Ramiro Pinilla.

-Cuarto puesto, con 10 títulos: Yukio Mishima.

-Quinto puesto, con 8-9 títulos: Atxaga, Mujica Lainez, García Márquez, Mariana Enríquez...

Mención honoraria: Yugoslavos o exyugoslavos raros (Danilo Kis, Aleksandr Tisma, Ivo Andric, Semezdin Mehmedinovic, Predrag Matvejevic, Slavenka Drakulic y compañía) y autoras argentinas (Mariana Enriquez, Silvina Ocampo, Sara Gallardo, etc)

Mi placer culpable:  Los libros de viajes polares. 

 Carlos

Dadas las siguientes condiciones: 1) Un grado de desorden no aceptable para un letraherido; 2) Exagerada tendencia a la diversidad; y 3) Uso frecuente, quizá abusivo, de las bibliotecas públicas; mis números, obtenidos de vistazo superficial a la estantería, quedan claramente lejos de mis ilustres compañeros y dejan un podio así de multitudinario, y que buen esfuerzo me cuesta componer:

- Oro: con unos cinco títulos, quizá alguno más, tendríamos a Juan Benet, Cela (no por afición, sino por aluvión), García Márquez, Torrente Ballester y Valle Inclán

- Plata: con alguno menos, digamos cuatro aunque podrían ser más, Bernardo Atxaga, Borges, Cortázar, Eco, Joyce, Kafka, Sartre, Unamuno, por ahí andan

- Bronce: se lo daríamos a algunos pensadores políticos que hoy en día es mejor no nombrar, y que descansan en cajas en algún altillo

Mención especial a algunos de mis favoritos a quienes no he tenido la elegancia de dejar demasiados derechos de autor, ni a ellos ni a sus descendientes, diríamos Baroja o Juan Goytisolo.

¿Placer culpable? Casi todos lo son, pero a nivel lector admitiría dos: cierto gusto por rarezas, especialmente del siglo XX, y una manga ancha injustificable para tolerar algún mainstream, pero muy de cuando en cuando, las neuronas descansan un poco y después se critica muy a gusto.

Marc:

Bueno, pues creo que mi lista no sorprenderá a nadie, pero ahí voy:
  • Primer lugar: Paul Auster, del que he leido la friolera de 22 libros y al que voy a echar de menos toda mi vida. Por suerte, hay cierta continuidad en el legado, pues:
  • Segundo lugar: Siri Hustvedt, con 16 libros. Mi admirada Siri, siempre entre mis favoritas.
  • Tercero, y dedicado a Juan: Haruki Murakami, con 15 libros. El eterno candidato al Nobel al que creo que ya se ha pasado el sushi. Pero ahí está y ahí están mis buenos ratos con las leturas de sus libros.
  • Cuarto puesto: Stefan Zweig, con 9 libros. ¡Y los que me faltan!
  • Quinto puesto: Annie Ernaux, con 8 libros. Pocos son para una premio Nobel.
  • Mención honoraria a mis amados escritores nórdicos, ¿cómo entenderíamos la oscuridad de la vida sin sus libros?
  • Placer culpable: la verdad es que pocos, aunque en el pasado mucha novela policíaca llena de clichés como las novelas de Baldacci.
Oriol:

Aunque siempre he sido un fetichista del libro físico, durante años prioricé la lectura de documentos sacados de bibliotecas públicas a la compra de ejemplares propios (ya sean de primera o segunda mano). En cualquier caso, ahora que mi colección literaria va tomando forma, puedo decir que:

Los autores más sobrerrepresentados son:
  • Stephen King (25 títulos).
  • Patricia Highsmith (22 títulos).
  • Clive Barker (15 títulos).
  • Alberto Moravia (13 títulos).
  • H. P. Lovecraft (12 títulos).
  • (No cuento el número de tomos de manga, ya que Masashi Kishimoto y Eiichiro Oda se alzarían con una aplastante victoria gracias a mi obsesión juvenil por Naruto y One Piece.)
Mención honorífica: El año pasado habría dicho que lamentaba no tener en mi biblioteca personal mi novela favorita, la magistral Memorias del subsuelo de Fiódor M. Dostoievski, pero como me la regalaron hace poco, voy a sentir el no tener más libros de tapa dura de la editorial Valdemar.

Placer culpable (por llamarlo de algún modo, ya que me parece bastante estúpido avergonzarse de según qué gustos, por más que muchas personas, presuntamente serias, no sean capaces de entenderlos): "Baja" literatura ("pulp" y bolsilibros, géneros "menores" como el terror, el policíaco, el "western", etc...) y literatura sórdida (ya sea por oscura, perversa, decadente, fetichista o todo lo anterior a la vez).  
 
Santi:
Como tengo mi biblioteca dividida entre Bilbao y Lisboa, entre libros físicos y digitales, no voy a conseguir dar números exactos, y tampoco voy a poder comprobar mis recuerdos o impresiones; en todo caso, así de memoria, diría que estos son los autores de los que tengo más libros:
  • Ramiro Pinilla
  • Julio Cortázar 
  • Andrea Camilleri 
  • Stephen King 
  • Agatha Christie
La mención honorífica es para Terry Pratchett, un autor del que he leído un buen montón de libros, pero de quien poseo muy pocos, porque mi práctica es leer sus novelas mientras viajo, y "liberarlas" cuando las termino.
 
Placeres culpables no tengo muchos, porque asumo sin culpa todos mis placeres lectores, aunque de vez en cuando me doy el gusto de comprar una novela policiaca baratucha y llena de clichés para descansar las neuronas.

En fin:
 
Es muy posible que, si los autores más mencionados no encajan en nuestro alcance habitual (difícil, con más de seis mil reseñas, pero vaaamos) nos decidamos a prestar atención a alguno de ellos. Pero no prometemos nada.

domingo, 28 de septiembre de 2025

Dario Ferrari: Se acabó el recreo

Idioma original: italiano

Título original: La ricreazione è finita

Año de publicación: 2023

Traducción: Carlos Gumpert 

Valoración: bastante recomendable

Si hay algo más entretenido en la experiencia universitaria que dejar pasar las horas dulcemente en los bares o cafeterías de la facultad de turno, en vez de ir a clase (bueno, eso me han contado...) es enterarse de la gran cantidad de chismorreos, maledicencias y habladurías variadas (y centradas básicamente en el profesorado y sus alumnos/as más dilectos) que produce cualquiera de esos sagrados centros de conocimiento, ya se trate de la Universidad de Harvard o del último campus de provincias de alguna universidad autonómica de reciente creación. El cotilleo, el arribismo y, sobre todo, las luchas intestinas (o interuniversitarias, también) están servidas. Más aún quizás en Italia, que no sólo es la patria de la más antigua universidad del mundo, sino que en lo de la sutileza en los juegos de poder, el disimulo en el apuñalamiento por la espalda y el manejo del lenguaje (no sólo verbal) para decir lo contrario de lo que parece nos llevan siglos de ventaja a todos los demás. Que quizá sea un tópico, es cierto, ma è ben trovato

A Marcello Gori,  protagonista de la novela, sin embargo, parece que el rol de estudiante universitario le ha gustado tanto que ha procurado alargarlo todo lo posible, llevándole casi diez años sacar una licenciatura en Letras y aun por los pelos. Procrastinador casi profesional, devoto de la ley del mínimo esfuerzo y de la triquiñuela (resulta imposible no empatizar con este tipo), él mismo reconoce que su vida a los treinta no difiere mucho de la que llevaba a los dieciséis, en una perpetua huida hacia delante a lomos del síndrome de Peter Pan. Pero claro, todo tiene un límite y llega un momento que la cosa ya no puede alargarse más... es entonces cuando Marcello, gracias a un rebote inesperado, consigue una de las preciadas becas de doctorado en el departamento de Italianística Comparada (sic) de la Universidad de Pisa, bajo la dirección del venerado y casi omnisciente profesor Sacrosanti. La contrapartida a tan asombrosa chiripa es que éste le impone como tema de investigación la figura y obra de un escritor de segunda fila originario, como nuestro protagonista, de la cercana Viareggio, Tito Sella, muerto en la cárcel debido a su militancia -finalizada en un baño de sangre- en una suerte de Brigada Roja local, durante los célebres "años de plomo" en Italia. Y a ello que se pone, sin tener demasiada idea de cómo, nuestro amigo Marcello...

No quiero llamar a engaño: en realidad, tampoco es que ésta sea una novela de campus a la italiana o al menos no lo es tanto como puede sugerir la premisa (y mi arranque de esta reseña); es cierto que podemos encontrar salseo académico, rivalidades, y pasteleos... De hecho, podemos aprender mucho de como funcionan tan doctas instituciones gracias a los consejos que sus compañeros de doctorado, mucho más versados en el secreto funcionamiento del mundo académico, le dan al bisoño, pese a llevar media vida como estudiante, Marcello -impepinablemente divertidas o viceversa, las lecciones que le da el sabelotodo Pier Paolo sobre el adecuado uso de las notas a pie de página o las sutilezas del arte del elogio a los artículos y ponencias de los colegas/rivales de especialidad-, así como otros conocimientos más o menos útiles para quien quiera dedicarse a la más fútil labor investigadora u organizar un simposio de literatura. Esta narración de los entresijos del mundo universitario, en principio en un tono jocoso -si bien en algún momento se vuelve serio o incluso trágico- es además el marco para otras dos narraciones que podemos encontrar dentro de ella, dos "novelas dentro de la novela": la primera, muy clara y que ocupa un tercio del libro, es la biografía de Tito Sella conjeturada por Marcello -y que titula La Estantigua, como la supuesta autobiografía inédita del sujeto de su tesis-, centrada sobre todo en su proceso de radicalización política y su toma de compromiso con la lucha armada (o, en otras palabras, el proceso de enajenación que podía llevar a un joven vasco a ingresar en ETA, a un joven musulmán a dedicarse a la yihad o a un joven blanco norteamericano a elegir un rifle de su colección de armas y cargarse al líder de una facción nazi rival) y con darle un sentido a su propia vida. El tercer nivel narrativo que veo en la novela, menos evidente que el segundo, pero que transcurre en paralelo con éste o, al menos como contrapunto, es el que cuenta el proceso de maduración, de entrada en la edad adulta de nuestro protagonista-narrador -aunque yo no me atrevería a calificarla, exactamente, como "novela de crecimiento", porque recordemos que el tipo tiene ya treinta añazos-; lo irónico es que este trayecto irreversible hacia la adultez se produce mientras Marcello lleva a cabo su doctorado, que él empezó, justamente, para tratar de prolongar su condición estudiantil y, en su caso, irresponsable. Su maduración se debe, pues, al estudio de la vida y obra de Sella, pero también por una estancia en París que resulta bastante tópica (por suerte, no tanto como en Actos obscenos en lugar privado de Missiroli), amén de una serie de circunstancias luctuosas que, quieras que no, te hacen poner los pies sobre la tierra.

Por lo demás, los personajes resultan creíbles y sólidos, sin que tampoco el autor necesite dedicarles páginas y más páginas de introspección psicológica -un poco más, en todo caso, sobre Marcello y Tito Sella-; lo ambientes, perfectamente reconocibles (es decir, para quien conozca, por ejemplo, el laberinto mitterrandiano de la Biblioteca  Nacional de Francia) y las peripecias del protagonista, verosímiles en su avance lógico. En cuanto a la prosa de la novela, resulta cuidada pero sin perder su fluidez, denotando esa capacidad que tienen muchos escritores italianos -de hecho, el estilo de Ferrari me recuerda mucho al de Marco Malvaldi, que es de la misma zona, aunque quizás sus novelas sean menos ambiciosas-para resultar ágiles y livianos sin perder un ápice de densidad literaria ni de profundidad en el retrato psicológico, sociológico o histórico, en un análisis en el que lo divertido no está reñido con lo certero.  En este caso, más allá de la novela de formación que he comentado -o de maduración, más bien-, la indagación sobre el compromiso y sus consecuencias, que pueden ser trágicas pero también, en la mayoría de los casos, consiste en cerrar puertas que en nuestra juventud aún permanecen abiertas, en elegir un camino en el "jardín de los senderos que se bifurcan", que diría ya sabéis quién. Pues madurar y comprometerse es dejar morir el resto de posibilidades que se abrían ante nosotros, para poder vivir en una de ellas. Para saber si Marcello es capaz o no de aprenderlo, leed la novela. Otra cosa no, pero os prometo que no os arrepentiréis...

Nota final: Por lo visto, la ganadora del último premio Tusquets de novela, fallado recientemente (de hecho, mientras yo leía ésta otra), El corazón revolucionario del mundo de Francisco Serrano, también trata de un grupo armado ficticio de los años setenta. Asimismo, la película Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson (basada en la novela Vineland de Thomas Pynchon), también trata de un grupo armado revolucionario... Tal vez nos encontremos ante una nueva tendencia en alza... ¡Temblad, autores/as de romantasy!

domingo, 17 de agosto de 2025

Mary Gaitskill: Veronica

Idioma original: inglés

Título original:  Veronica

Año de publicación: 2005

Traducción: Javier Calvo

Valoración: bastante recomendable 

Quizás un día haya que abrir un debate sobre algo así como los plazos de caducidad de cierta narrativa, debate que, conforme nos acercamos a los tiempos presentes absolutamente (sí, en cierta parte del planeta) condicionados por al avasallador avance de la tecnología y su irreversible penetración en tiempo real en las vidas de la gente, se hace más y más perentorio. Y no me refiero a aberraciones como hacer una novela basada en diálogos de Whatsapp o los hasta ahora fallidos intentos de integrar fe literaria, creatividad y presencia masiva en redes sociales. Quizás es algo más sutil e incluso comporte cierta contradicción respecto a la vieja esencia literaria: la de transportarnos a otras situaciones, otras épocas, otros lugares. Podría aludir a algunas experiencias personales: leer las primeras novelas (por ejemplo, Less than zero) de Easton Ellis hoy me hace sentir algo extraño. Los excesos lisérgicos de las novelas de los 70 (que atraviesan desde Burroughs a Kerouac o Pynchon) hoy nos parecen de la Edad de Piedra.

Veronica es una novela notable, pero sus dos faros de referencia son por una parte el negocio de la moda y las modelos y por otra el terrible impacto del SIDA a finales del siglo pasado. No exactamente dos asuntos que hayan quedado atrás pero a los que la realidad ha aportado marcados matices, e igual que ya no estamos en los noventa en que las modelos de la época (las Crawford, Campbell, Christensen, Evangelista) se habían convertido en íconos pop en un mundo sobrecalentado de consumo, lujo y excesos, los avances de la medicina han aportado esperanza a los portadores del VIH. Dos décadas han obrado esos cambios y la perspectiva del momento de la novela ha cambiado de tal manera que cuesta asociarla incluso a algo posible. Alison nos narra su historia, la de una joven que asiste a su decadencia física, que se ha resignado a que su atractivo físico se ha desvanecido y, enmedio de un desordenado acceso a sus recuerdos, evoca su amistad con Veronica, evocación llena de confusión y ambigüedad y sin posibilidad de contraste, pues Veronica falleció por el SIDA y la propia Alison se encuentra gravemente enferma como consecuencia de las adicciones que mantuvo en su carrera como modelo. Es curioso que esa figura, el convaleciente o incluso agonizante que accede a un confuso flash-back de su trayectoria vital me recuerde tanto a una lectura reciente (Los abandonos) como al difícil Nocturno de Chile de Bolaño. 

Gaitskill reviste a Alison de una personalidad propia de esa época, haciéndola oscilar desde la extraña indiferenciaa de quienes se encuentran el mundo en la palma de la mano apenas en la veintena y el desencanto lógico tras una vida de excesos y vacuidad. Veronica, la amiga mayor y de extraña relación se convierte en una especie de reflejo desenfocado. Hasta cierto punto, una puesta en largo de cualquiera de los protagonistas de sus relatos casi marginales de Mal comportamiento, una especie de precuela de esta novela que desprende una tenue pero persistente desazón. 

Más reseñas de Mary Gaitskill aquí

domingo, 2 de marzo de 2025

Svetislav Basara: La leyenda de los ciclistas

Idioma original: Serbocroata 
Título original: Fama o biciklistima
Año de publicación: 1988
Traducción: Juan Cristóbal Díaz
Valoración: Fuera de concurso


Sí, emosido engañado. O si no, ¿cómo explicar que un libro titulado La leyenda de los ciclistas no hable de la vida y milagros de Coppi, Bartali, Merckx, Hinault, Indurain y compañía? 

¡Y eso que Eddy Merckx fue miembro de la Agrupación Sudoriental de Ciclistas Evangélicos! ¡Y eso que en el libro hay unas cuantas bicicletas! Pero esto no es lo que parece porque hoy hablamos de un libro "raro" de un yugoslavo "raro", valga la redundancia.

Si hacemos caso del prólogo del propio autor, escrito 20 años después de la publicación original del libro (¿quién soñaría este prólogo?), la leyenda es una novela sobre errores humanos y frustraciones en la tarea de dedicar esfuerzos inútiles al olvido de Dios y a burlar a la muerte. Por sí solo, esto no parece demasiado extraño. En cambio, la cosa se tuerce si digo que se trata de una recopilación de textos de la sociedad secreta de los ciclistas rosacruces que engendra una suerte de doctrina ciclista esotérica. ¿O no?

Así que tenemos, por un lado, una sociedad secreta cuyos seguidores se reúnen en sueños y que pretende, o eso parece, la penetración en el mundo de tal magnitud de fuerzas irracionales del espíritu que aquel acabe purificado por un fuego salvífico. Y tenemos, por otro lado, una serie de textos (manuscritos, testimonios, diarios, proclamas, proyectos) e imágenes que vendrían a constituir el cuerpo histórico y doctrinal de la sociedad de los hermanitos.

Y es inevitable acordarse de Borges, de Pynchon o de Cartarescu (también Kadaré) al leer un texto en el que las fronteras espaciotemporales saltan por los aires, al avanzar en una novela plagada de mistificaciones, aporías, referencias cruzadas, teorías a cual más loca o más cuerda, personajes que se desdoblan, espejos, etc. Posmodernismo puro y duro, vaya.

Lo que creo que diferencia a Basara de los autores citados es el humor. Hay mucho de burla, de ironía, de desmitificación o de absurdo en La leyenda de ciclistas. Ya los textos que abren la novela (el de Carlos el Feo y su esbirro Grosman) dan buena idea de lo que vendrá después. Otro ejemplo: 
La perspectiva de un hombre de cincuenta años ataviado con un polvoriento atuendo deportivo debía de llamar la atención. Tal vez fuera mi aspecto atractivo lo que inclinó la balanza a la hora de salir elegido como profeta: resultaba verdaderamente llamativo. Los profetas están llamados a profetizar y el pueblo a perseguir a los profetas. Así funciona el mundo.
Más. El carácter fragmentario de libro hace que el interés de los diferentes textos que lo componen sea, casi de forma obligatoria, algo desigual. Historias como la del ultimo caso de Sherlock Holmes o como la del arquitecto encargado de reparar la Catedral del Espíritu Santo, destrozada por la policía nazi (valga la redundancia) del sueño resultan tan sesudamente divertidas como áridas son las partes centradas en los postulados filosófico/ esotéricos de Kowalski y compañía.

Para terminar, solo queda decir  que es innegable que La leyenda de los ciclistas no es un libro apto para todos los públicos. Quien quiera una historia lineal con planteamiento, nudo y desenlace, quien busque entretenimiento y no pensar demasiado o quien pretenda echar un ratejo leyendo que se vaya buscando otro libro. Pero quien guste del riesgo y los artefactos literarios, quien piense que la realidad es un simulacro, la existencia una ilusión y la literatura la ilusión de una ilusión, seguro que disfruta de este delirio yugoslavo.

P.S.: Ya lo comentábamos en la reseña de El ángel del atentado, pero no está de más insistir: no tiene que ser nada fácil traducir y corregir un texto como este. Creo que traducción y corrección están muy logrados. Y la edición del libro es muy pero que muy chula.

También de Basara en ULAD: El ángel del atentado

lunes, 15 de abril de 2024

J.D. Salinger: Narrativa completa


Traducción: varios
Valoración: imprescindible

Perdón por la omisión de un eventual interrogante. No sé si la caja que Alianza tiene en el mercado podría llamarse así, cuando pasados ya algunos años tras la desaparición del genio estadounidense no pasa demasiado tiempo sin que se especule con la posibilidad de que exista producción literaria que escribiera en el extenso periodo durante el cual vivió retirado de cualquier actividad pública o editorial. Sus incondicionales estamos en una espera permanente y no encontramos otro consuelo que las relecturas, y qué mejor y más cómodo que acceder de una tacada a todo lo que publicó.
Porque las instrucciones claras y tajantes se siguen cumpliendo a rajatabla. Sus cuatro libros siguen publicándose regularmente sin que se permitan prólogos, epílogos, textos introductorios o meras presentaciones. La obra del escritor, sea novela o cuentos, y con eso hay que apañarse mientras cualquier efemérides. Por supuesto, toda su obra se encuentra reseñada en este blog, junto a algunos textos que refieren a su autor y, me perdonaréis que encaje esto que más que una reseña es un anzuelo, pero la vigencia de los textos del escritor me parece absoluta e incluso más visible que nunca en estos tiempos extraños que combinan globalidad y exposición pública desaforada (promulgada sin decoro desde las RRSS) con retraimiento e individualidad exacerbada. 
De todo ello trató Salinger en una obra que es escueta y a veces críptica y deslavazada pero que su visión conjunta (aquí posible por una obvia cuestión práctica) permite disfrutar. Así que permitidme la licencia de una tenaz re-recomendación, por supuesto habrá quienes no hayan disfrutado aún del escueto recorrido de Holden Caufield expulsado de su escuela (qué envidia poder descubrir eso desde cero), pero sumergíos en la sutil trama en torno a la familia Glass que se encuentra combinada en sus relatos, no solamente para comprender cómo se trataron conflictos individuales y colectivos - el suicidio, la angustia, la depresión - con tal sutileza y precisión que influye en toda una corriente literaria (de Pynchon a Foster Wallace) e integra un corpus literario colosal, presente, moderno y, aunque nos estemos ya resignando en que pueda limitarse a estas cuatro obras (y Narrativa completa sea el título que la defina), probablemente definitivo.


lunes, 11 de marzo de 2024

Don Carpenter: Un par de cómicos

 Idioma original: inglés
Título original: A Couple of Comedians
Traducción: Rubén Martín Giráldez
Año de publicación: 1979
Valoración: recomendable

Lejos del tono underground y ligeramente depresivo de Dura la lluvia que cae, he de reconocer que desconocía más obras de Carpenter e incluso sentí la tentación de pensar que era un escritor de una sola novela brillante (quizás lo era) en torno a la que gravitaba una obra irregular. De hecho, recordaba esa novela como si la hubiera editado Sajalín (haría realmente un pack muy coherente con las novelas de Edward Bunker) pero no. En cualquier caso, puedo aplaudir relativamente que esta Un par de cómicos suponga un cambio de registro. aunque aquí haya excesos estos se circunscriben no al mundo delictivo o al lumpen sino a ese confuso mundo del espectáculo norteamericano de los años sesenta y setenta. De hecho, la foto de la portada no llega a engañar con el frame: ése es Dean Martin y el de la izquierda, Jerry Lewis. Una poderosa imagen que nos retrotrae a esa incipiente época pop aderezada de humor tosco y denigrante, ligeramente confusa por el poderoso influjo del descubrimiento, ya completamente desencadenado, de los narcóticos.

Esta novela parece especular más con lo que sucede entre bambalinas, y se centra en la relación discontinua entre Jim y Dave, ese par de cómicos que alternan shows y aparición en películas de medio presupuesto mientras su relación personal y profesional se ve sometida a sinuosos altibajos. Irrumpe en escena el día a día entre proyectos, y nos encontramos en la bulliciosa escena de la Costa Oeste de la época, un marco que ya ha sido fructíferamente mostrado en muchas manifestaciones artísticas, desde la extraña Vicio propio de Pynchon, pasando por los desmadres de Hunter S. Thompson, el reflejo del ambiente relajado de la época mostrado en el sonido Laurel Canyon, montones de referencias podrían añadirse pues asistimos a una tormenta perfecta. Una sociedad creativa y emergente, dinero a espuertas, la inspiración de una situación política turbulenta (con los ecos lejanos de la Guerra Fría y el impacto en la sociedad americana de lo de Vietnam), y por supuesto los efectos cercanos e individuales de los excesos de cada uno, las fiestas continuas, el sexo rápido, las drogas, el alcohol, la falta de sueño que se alterna con su exceso y la forma química de bregar con ambas. El ambiente se carga rápidamente. hay actores, clubes, restaurantes y bares con horarios ad hoc, una súbita aparición de la mansión Playboy, hay productores, inversores, hay visitas a casas enormes a horas intempestivas, piscinas, un enorme tránsito de mujeres fáciles (sitúese el contexto de la obra, por favor) y el conflicto permanente entre los dos cómicos. Dave, que parece conservar ciertos lapsos de cordura y consciencia; Jim, que aparece y desaparece y le mantiene en un vilo.

Quizás más un fresco de una situación temporal y unas circunstancias vitales que una novela de estructura clásica. Moderna en el sentido de que el lector ha de aventurar que esos intersticios y esas recuperaciones de la normalidad - los espectáculos, los rodajes, los ensayos - son la argamasa (junto al placer de la fama y el dinero) que une a la pareja de comediantes. En todo caso, agradable ver que Carpenter se desenvolvía igual de bien en un entorno frívolo y prosaico.


También de Don Carpenter en ULAD: Aquí

miércoles, 12 de julio de 2023

Jim Dodge: El Cadillac de Big Bopper

 

Idioma original: inglés

Título original: Not fade away

Año de publicación: 1987

Traducción: Ana Herrera Ferrer

Valoración: bastante recomendable

Supongo que la vocación pop de este libro ya queda ejemplificada por la curiosa traducción (por decir algo) del título, que no es que sea discordante sobre su contenido- al fin y al cabo esta es una novela que habla de un Cadillac que había que entregar a Big Bopper - sino que ya se declara que su traducción quede inequívocamente relacionada con ese universo tan estereotipado: los años sesenta, cierto perfil de buscavidas, la generación floreciente del rock'n'roll, esos cars'n'girls que Prefab Sprout mencionaban a cuenta de estrellas como Bruce Springsteen, los excesos con las substancias, las huidas en un coche, la gasolina por galones, etc.

Por ese camino ya hemos encontrado a toda una generación de autores que han reportado esa especie de eclosión ligeramente contracultural, y la figura del fugitivo recorriendo kilómetros, perdón, millas, aunque quizás la palabra huida no sea exacta. Podría ser también un encuentro con uno mismo, una especie de epifanía la resultante de entregarse al asfalto en búsqueda de aventura. Para este caso concreto, George Gastin es eso, un buscavidas que se gana la vida participando en fraudes al seguro, estrellando vehículos para cobrar indemnizaciones. Recibe un encargo y este es especial. Un Cadillac que iba a ser regalado a Big Bopper, tercera víctima del icónico accidente aéreo en que pereció Buddy Holly. Un encargo muy bien pagado que Gastin podría ejecutar con sencillez y profesionalidad, pero en el que todo cambia. Gastin lee la carta en que la propietaria del vehículo va a regalárselo al músico fallecido y su decisión es tajante: no destrozará el vehículo sino que acudirá al encuentro de Big Bopper, allí donde esté enterrado entregará el regalo. Toma el dinero que le han adelantado para su trabajo, se hace con un tocadiscos y un montón de discos que va reproduciendo (!!!) por el camino, se aprovisiona de un montón de anfetaminas para hacer el camino más llevadero, inicia un largo recorrido en el que mantendrá una serie de encuentros, reales o virtuales, por acción de los estupefacientes,  podemos entender que sus recuerdos de estos episodios pueden ser fieles o consecuencia de la acción de las sustancias que va dosificando, y algunos encuentros parecen más bien parábolas que encuentros reales, que condicionan y matizan su determinación de llegar a su destino. Pernocta en moteles, dosifica el dinero y las pastillas. 

Llegado este punto, ya vemos que la premisa de la novela es ligeramente reminiscente de algunos clásicos de la época, y aunque esto no es periodismo gonzo sino narrativa, también narrada, parece, desde el exceso y, a tenor del momento de su publicación, más homenaje que, especulo, producto de la experiencia en sí. Así que sin ser una alternativa sí podemos asociar este El Cadillac de Big Bopper con la obra de Hunter S. Thompson, incluso con cierto espíritu de Thomas Pynchon en el surgimiento de personajes que parecen justificar la trama. Pero Dodge es menos excesivo, más matizado.

Eso sí, a quien busque en la literatura un sentido estético pronunciado o incluso un cierre perfecto de trama, habrá que decirle que este no es su perfil de novela. 


También de Jim Dodge en ULAD: Stone junction, Fup

martes, 6 de junio de 2023

Colaboración: Tommyknockers, de Stephen King

Idioma original: inglés

Título original: Tommyknockers

Traducción: Edith Zili

Año de publicación: 1987

Valoración: Recomendable para fans


Después de revisar en el blog y constatar que no hay todavía ninguna reseña de esta joven promesa de las letras (¡ja! ¡Mentira todo!) me lanzo con uno de esos tochazos tan típicos del maestro del terror.

Qué decir, hasta qué punto un autor tiene un estilo propio o es un autoplagiador, no es el sitio aquí para comentarlo. Yo prefiero pensar que está (estaba) un poco encasillado.

Tommyknockers no será una sorpresa para nadie que haya leído un par de novelas del escritor de Maine, los ingredientes son muy similares o casi idénticos a los de libros de éxito anteriores: un poblado aislado, una amenaza del exterior, un mal que se va propagando entre los vecinos y unos héroes que no tienen porqué comer perdices al final de la historia. Puro Stephen King. De hecho, de varias de las novelas que he leído de él hasta el momento, esta es la que me ha parecido más pura, en el sentido de que es la más fiel a su estilo. De haberla escrito otra persona, no me extrañaría que el bueno de King decidiese presentar una demanda por plagio.

Pero vamos al meollo: Para empezar, antes de nada, ¿qué son los famosos tommyknockers del título? Pues al parecer son los protagonistas de una cancioncilla infantil, bastante lúgubre por cierto, que serán los antagonistas de la novela.

En cuanto al argumento, una escritora (Bobbi Anderson) pasa sus días en soledad permeada en ocasiones por un antiguo profesor y amante ocasional (Jim Gardener). Un día, paseando por el bosque (laralalá), entre la hierba mojada (uh uh uh) –mentira, es en una zona seca y terrosa)– Bobbie tropieza con un extraño objeto y a partir de entonces se obsesiona con desenterrarlo. Pero el objeto acaba siendo mucho más grande de lo que parece...

En estas, Gardener (¿quizá nos querrá decir algo King con este apellido?) decide hacerle una visita a su antigua pupila y descubre anonadado un comportamiento errático y desconocido para él por parte de Bobbie. Y no solo eso, sino que descubre unos artilugios muy avanzados científicamente que ha desarrollado la propia Bobbie, aparte de una novela recién escrita, que, descubre con gozo, es lo mejor que ha escrito nunca.

El propio Gardener se vuelva en el trabajo de desenterrar la nave, pero sin la obsesión monomaníaca de su anfitriona. A la vez, se da cuenta poco a poco de que el ambiente en el pueblo es cada vez más agresivo, y toda la población parece haberse convertido en un genio mecánico como Bobbie. Por si esto fuera poco, nota horrorizado como la gente de su alrededor empieza a mutar y descubre que él es relativamente impune, en parte por una placa en la cabeza, en parte por una continua borrachera.

Creo que hasta aquí puedo escribir sin destriparle la novela a nadie; a pesar de que parece bastante argumento contado, todo esto ocurre en una fase temprana de la novela, y a pesar del que considero el peor defecto del libro: la excesiva longitud. No es que me den miedo los tochos (¡hola Thomas Pynchon!) pero, con sinceridad, hay mucha paja, mucho relleno aquí metido.

Quizá demasiada importancia a algunos personajes secundarios muy poco desarrollados; otra cosa que creo que es un fallo importante es que en ningún momento da la impresión de que la epidemia llegué a salir nunca del pueblo. Los propios vecinos son los agentes principales en evitar intromisiones externas, y qué quieren que les diga, por muy empático que sea uno, no es lo mismo saber que hay un terrible peligro pero aislado y bien guardadito en una pequeña ciudad del otro lado del Atlántico, a pensar que de un momento a otro el gas se expande y puede llegar hasta la puerta de su casa.

Pero si por algo destaca King es por ser un escritor con talento, con facilidad para crear buenas historias, y algunas por aquí sueltas que merecen la pena. En particular, me gustó la de los dos niños hermanos.

Para ir terminando, decir que Stephen King escribió esta novela en un momento de su vida en el que tenía graves problemas de alcoholismo, y es inevitable trazar paralelismos entre Gardener y él. Además, creo sinceramente que la falta de novedades y el “autoplagio” al que me refería anteriormente se debió al abotargamiento producido por su enfermedad.

Así que, como dije más arriba, recomendable para fans. Si es la primera vez que te acercas a King, prueba con otras novelas más conocidas. Les gustará a los fanáticos de King, pero les recomendaría otras obras a aquellos que todavía no estén familiarizados con él. En ULAD hay muchísimas de él reseñadas (¿será quizá el autor con más reseñas en el blog?).

Firmado: EPS

Todo lo de Stephen King reseñado en ULADaquí    

miércoles, 5 de abril de 2023

Vicenç Pagès Jordà: Kennedyana


Idioma original: catalán

Año de publicación: 2022

Valoración: bastante recomendable

Bien: en el momento de escribir esta reseña, en este blog (lo he buscado con Google) no se ha mencionado, todavía, a ChatGPT. Con lo cual no ha surgido el debate estéril sobre la creación literaria, ya no digamos su aplicación a este subgénero inmundo que es la crítica/reseña/comentario literario y nos hemos librado, que nuestro sudor nos cuesta y el bienestar de nuestras familias de ello depende, de vivir inquietos bajo el yugo amenazador de que un señor pésimamente pagado, subcontratado por algún gigante de Silicon Valley, halle el algoritmo que permita emitir la opinión objetivamente definitiva y metacontrastada sobre los libros que día a día vamos viendo aquí. 

Y ¿a qué viene al caso este comentario, aparte de rellenar el obligatorio primer párrafo introductorio? Bueno: Kennedyana se publicó unos meses después de que su autor falleciera y en algún momento del texto he echado de menos que no sea un libro más extenso, más abrumador. Incluso creo percibir cierto desequilibrio entre el texto introductorio, que abarca casi una cuarta parte del libro, y su desarrollo propiamente dicho, que ocupa menos de doscientas páginas, que se me ha hecho muy corto y por eso he pensado si, como de una Sagrada Família literaria se tratara, alguien hubiera extendido más algunos de esos capítulos y los hubiera llenado, que material no hubiera faltado, con más alusiones a la historia de esa saga, los Kennedy, que viene a representar, trágicamente a su pesar, el primer eslabón de la política global insertada en una especie de cultura pop. 

Pero lo descarto: por mucho empeño que se pusiera, el texto está impregnado de la personalidad del autor, e incluso me atrevería a aseverar que la propia foto elegida para la portada (unos operarios manipulan unas figuras a tamaño real de JFK y Jackie) es una manifestación orgullosa de la condición humana como elemento inimitable e irrepetible al servicio de ciertas manifestaciones culturales. 

Mal: en el momento de escribir esta reseña en este blog (lo he buscado con Google) no se ha mencionado, todavía, a ChatGPT. Y un blog literario de presencia diaria y constante, de confluencia forzada, pero pacífica, de individuos de diversos orígenes y generaciones debería haber puesto el tema sobre el tapete. Ni que fuera para distanciarse(nos) de esos opinadores con el piloto automático que componen reseñas sobre libros con un  40% de sinopsis y un 70% de panfleto promocional* y las publican pendientes de que las máquinas de búsqueda controlen los vínculos y moneticen con calderilla, que ya da igual (sabéis a quienes me refiero) recomendar buenos o pésimos libros con tal de facturar. Tanto quien esto escribe, como el autor de este libro, han de echar mano de recursos personales, de, experiencias propias y del bagaje de lo leído/visto/consultado, que naturalmente no es todo lo posible y naturalmente viene distorsionado por la opinión o el impacto. O sea, Pagès Jordà documenta la historia de la familia Kennedy desde los orígenes de la dinastía como inmigrantes de origen irlandés que amasan una gran fortuna que les permite acceder a una trascendencia social de mucho impacto, y fruto de ello es su enorme ambición política, su colosal éxito personal y la inconmensurable repercusión de todos los hechos que afectan a su persona, con la descomunal cima que suponen los hechos del 22 de noviembre de 1963 (junto al 11-S, dos cifras marcadas a fuego en el imaginario universal, por mucho que les pese a los crispados anti-yankis), hasta toda la concatenación de hechos - tragedias en su mayor parte - que prácticamente llegan hasta la actualidad, que los convierte en una dinastía mítica y uno de los elementos clave del imaginario moderno, cuya capilaridad es absoluta, interminable, inconsciente y descontrolada. Pagès no se limita a lo morboso ni se centra en el Gran Misterio de la Humanidad, pero es profuso en acudir a toda clase de referencias (literarias, periodísticas, visuales), demostrando no solo una amplia cultura sino una desvergonzada actitud que no distingue entre los distintos estratos de éstas. Da igual referirse a prensa rosa o amarilla o a obras de gran envergadura (De Lillo, Pynchon) o si los hechos han sido tratados de forma epidérmica o si se les ha sometido a una análisis de alto calado: Pagès Jordà lo abarca todo y consigue apuntalar un estudio más exhaustivo en su alcance potencial que en su extensión. Las alusiones son continuas y excitan la curiosidad del lector, que se dispara en todas direcciones, incluyendo la propia obra de Pagès Jordà,  que ya alude a su recurrencia sobre el tema, y las páginas de Kennedyana se me antojan trágicamente exiguas porque estamos ante un artefacto literario (encajémoslo en la categoría de ensayo) que es rabiosamente contemporáneo.

* Lo que deja la opinión de quien lo escribe, si se trata de una persona, en un 10% negativo.


miércoles, 20 de julio de 2022

Fran Ross: Oreo

Idioma original: inglés

Año de publicación: 1974

Traducción: José Luis Amores

Valoración: recomendable 

Negra, judía, y mujer. Y, seguramente, pobre. Oreo (Christine, en realidad, que ha recibido el sobrenombre por el contraste entre labios oscuros y blanca dentadura) no es un personaje que vaya a acometer una vida fácil. Encima, se encuentra en el Nueva York de los primeros setenta, en medio de un ambiente caótico, resultado de la situación de la época. Persisten los comportamientos discriminatorios de todo tipo, la marca de Vietnam tizna la sociedad USA, hay una efervescencia artística condicionada por la cultura callejera y el uso de los narcóticos. Es una novela única en muchos sentidos. La única publicada de su autora, y una experiencia que quien espere una novela al uso puede considerar inasequible. Porque, me vienen a la memoria otras obras de marcado perfil afroamericano como la extraña Mumbo Jumbo o la muy ácida El vendido, cualquier intento de afrontar estas páginas esperando una narración convencional se va a encontrar con una narración irónica y chispeante, pero huidiza de cualquier patrón convencional, aunque sea para acabar encontrando semejanzas con el clásico griego de Teseo (lo siento, no llego a conocer a los clásicos, dicha relación viene establecida en una tabla de equivalencias al final del libro, junto al profuso y rothiano glosario de términos en yiddish) y convenir, de forma algo chocante, que estamos ante una muy libre y casi disruptiva adaptación.

Y, desde luego, no es nada descabellado relacionarla con Gaddis o Barth o Pynchon. De hecho, éste último parece rendirle un homenaje en los paseos detectivescos en Vicio propio, y ese ambiente narcótico y desencajado le pega a la perfección a la segunda mitad del libro, aquella en que Oreo, descarada, segura de sí misma, con una chulería impropia de las tres (o cuatro) condiciones relacionadas, se da un paseo que incluye toda serie de locales de mal ambiente de la ciudad. Quizás por eso, pero creo que es algo forzado, se atribuyen propiedades feministas. Porque entra en un burdel y se lía a palos con el proxeneta y parece liberar a las prostitutas, o darles la opción de que elijan su futuro. Pero no he percibido esa sensación por encima de la  negritud. Como si fuera un personaje de una novela de Boris Vian, restémosle cierto sesgo de crueldad, Oreo se pasea y charla con la gente, conocida o no. Salpica su fraseo descarado de términos yiddish pero esta no es una novela que preste atención ni a la Shoah ni  al judaísmo. Quizás un guiño de la novela de difícil interpretación, a lo mejor una ampliación del campo de batalla de todos los que puedan sentirse interpelados. Muy lejos de ser una lectura para todos los públicos, a millas de distancia de nada que pueda ser convencional y por supuesto constituyéndose en una novela única e irrepetible que tan absurdo es juzgar con criterios objetivos como elevar a los cielos sin comprenderla en su totalidad.

miércoles, 6 de abril de 2022

Stanley Elkin: El no va más

Idioma original: inglés

Título original: The living end

Año de publicación: 1988

Traducción: Roser Berdagué

Valoración: recomendable

Leo a Elkin como inmediato efecto colateral de su mención por Vila-Matas. Una de esas maneras en que uno empieza a enlazar lecturas y que voy a apuntar como un punto adicional para recomendar leer al barcelonés. Porque aunque no se trate de un autor al uso, aunque ese recomendable que me ha costado un poco decidir tenga el pequeño matiz de que no es una opinión para todos los públicos, siempre procura cierta satisfacción acceder a autores que nos eran ajenos, y Elkin, aunque coetáneo de esa generación (Pynchon, DeLillo, Barthelme, Gadds) que se alinea con una concepción (glups) post-moderna y que presenta ciertos rasgos amenazadores para con el lector convencional: El no va más no es una novela para cualquier lector (no negaré que algún pasaje en la segunda parte me hacía preguntarme qué hacía yo leyendo este texto tan extraño.

Así que es absurdo, pero hay que intentar con una sinopsis: Ellerbee posee una tienda de licores en un mal barrio. Dos de sus dependientes han sufrido las consecuencias en sendos atracos. Uno falleció y el otro quedó enfermo de por vida. Ellerbee obró con ellos con un extremo sentido de la ética y la responsabilidad, siguió pagando su salario a sus familias, se encargó de que nada les faltase pues los consideraba caídos en acto de servicio. Y se traslada a un barrio más seguro con su negocio, pero allí todo resulta peor, y es él quien es asesinado en un nuevo atraco. Hasta aquí podríamos decir que la novela tiene un desarrollo convencional, incluso que se escora hacia el género negro ya que resulta todo lineal, secuencial, accesible. Para nada. Lo que viene a continuación podría pasar por una total pasada de rosca del autor. Elkin cambia el escenario de la novela y nos vemos situados en el Paraíso y después en el Infierno. Allí donde Ellerbee acaba junto a algunos de los personajes que ha conocido en su vida. Con un radical corte de la coherencia espacio-tiempo pues se encuentra con su asesino que ha fallecido pasados unos años. Y allí habla con ellos, entre dantescos sufrimientos, que eso es el Infierno, y habla con Dios y con Jesús y hasta con San Pedro, consciente de que aquello va para rato y la eternidad ha de justificar su nombre incluso entre llamas, azufre y constante padecimiento.

Más que impactar por esa descripción de esa rutina, a partir de ahí la novela se planta en una especie de simbolismo al que pueden encontrarse capas, y no acabo muy convencido de si es una crítica velada a las creencias religiosas o hasta una metáfora extraña de la sociedad americana. El Infierno parece más bien una instalación tediosa  a la que sus moradores se adaptan y el Dios descrito se asemeja más bien a un empresario cabrón que somete día a día a sus subordinados -incluyendo arbitrariedad y comportamiento errático y caprichoso, y todos esos diálogos en que los personajes intentan aportar matices a sus malos actos del pasado resultan a veces incomprensibles y otras simplemente absurdos intercambios de ideas aunque he de decir que seguro que relecturas de la novela podrán aportar más pistas y estructurar algo que podrá parecer absurdo en una primera lectura. Que no es que sea exactamente algo de lo que quejarse, por cierto.



martes, 30 de noviembre de 2021

Tochoweek V #2 Jonathan Franzen: Encrucijadas

Idioma original: inglés
Título original: Crossroads
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino (edición en castellano) y Anna Llisterri Boix (edición en catalán)
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable

Una Tochoweek es la pesadilla de cualquier reseñista acostumbrado a extenderse en las reseñas. Pero este humilde lector no podía falta a la cita, y aquí estamos con el último libro publicado de uno de los grandes novelistas estadounidenses, uno de los autores que siempre constan en la lista de escritores de La Gran Novela Americana (ahí estarían Pynchon, también DeLillo y los ya fallecidos David Foster Wallace y Philip Roth, entre otros). Y es que ambición no le falta a Franzen (tampoco talento), pues este libro de aproximadamente setecientas páginas es el primero de una trilogía de nombre pomposo («A Key to All Mythologies», en referencia a Middlemarch) y que, partiendo de este libro situado en los años 70 le seguirán el segundo donde la acción tendrá lugar a finales de siglo XX para culminar la trilogía con el último volumen ambientado cerca de nuestros días. Pero vayamos a ello, que los temas que trata no son pocos.

Con esta ambiciosa novela, Jonathan Franzen arranca su tour de force sobre las mitologías entendiendo como tales las creencias irracionales con relación a la religión y las creencias personales. Franzen ubica a sus personajes en New Prospect, una pequeña comunidad del Medio Oeste donde Russ es el pastor. Así, la religión los envuelve a todos en su día a día y en sus principios morales, aunque de diferente manera y con diferente calado, pero es indudable que la religión y la ética en el comportamiento humano sobrevuela toda la narración y la engloba y la ciñe en su circunspección. Y el autor busca con ello la confrontación entre ideas y modos de vida descomponiendo su aproximación en los diferentes personajes que conforman la familia Hildebrandt, núcleo de la trama argumental de la novela: el padre, Russ, pastor de una iglesia protestante casado con Marion, pero que siente cierta atracción por Frances, una mujer recién enviudada de la congregación. También están los hijos: Clem, el hijo mayor que vuelve de la universidad, la popular Becky, capitana del equipo de animadoras y la niña de los ojos de su padre, Perry, el hijo postadolescente con gran intelecto pero también con tentaciones poco saludables y cierto aire nihilista y Judson, el pequeño y el gran olvidado. Y, por si personalidades tan dispares no fueran suficiente munición para la batalla ideológica y moral que plantea el autor, además añade a la «fiesta» un rival en la congregación de nombre Rick Ambrose y el ingreso a Encrucijadas (grupo dentro de la iglesia en el que acuden jóvenes) de Becky que coincidirá allí con su hermano Perry. Rick Ambrose con quien Russ choca de pleno, por un episodio pasado que marca su relación a pesar de que «las maneras de orientarse de cada uno se complementaban, las de Ambrose entraban más en el plano psicológico y de calle, las de Russ más en la política y con un sesgo más bíblico». Y claro, todo ello en vísperas de Navidad, en el 1971, en una época donde la moralidad y la ética debían medirse en un mundo poblado de drogas y una guerra del Vietnam que marcaba las vidas de toda una generación.

A partir de las diferencias entre las diferentes personalidades, aparecen las fricciones que dan peso al argumento de la novela, porque no es lo sucede o pasa, sino cómo sucede y cómo lo hace y encaja dentro de la manera de ser de cada uno. Porque Franzen se muestra cómodo en la incomodad de sus personajes, en sus crisis existenciales y personales que el autor va desgranando poco a poco. Así, el ingreso de Perry en el grupo Encrucijadas y su coincidencia con Becky da pie a un enfrentamiento dialéctico entre ambos en la que el autor encuentra perfectamente el tono, pues Perry y su visión nihilista y pesimista, alguien muy inteligente, que «podía ser igual o mejor que ellos. Nadie podría retener en los pulmones una calada más tiempo que él, nadie podía beber más sorbos de alcohol que él sin farfullar, nadie conocía más palabras en inglés»; Perry, con su visión crítica y cínica del mundo, que le lleva a cuestionarse si cuando alguien hace el bien en el fondo no lo hace por un acto de egoísmo pues al sentirse bien consigo mismo (o incluso buscando la vida eterna) obtiene un beneficio propio al hacerlo. Y ese espíritu crítico y directo choca de manera frontal con Becky, la líder, su atractiva hermana que todo el mundo conoce, pues «en New Prospect el nombre de Becky Hildebrandt era mágico en el sentido más estricto, mencionarla era la garantía de que la participación en una fiesta será máxima». Becky, que no soporta a su padre. Becky, que recela de su hermano y en el espacio de confianza y sinceridad que inunda el espíritu de Encrucijadas, un lugar donde se habla desde la sinceridad y el autoconocimiento, le espeta que utiliza a todo el mundo para sus necesidades, que los trata a todos con menosprecio, que «creo que no hay nadie que te conozca realmente. Creo que las personas que creen que te conocen se equivocan. Y tú sabes muy bien cómo utilizarlas». 

También está Clem, quien va a la universidad y sale con Sharon, que quiere ser escritora y tiene un hermano luchando en la guerra de Vietnam. Y echa de menos su casa, y especialmente a su hermana Becky con quien tiene una relación muy especial, porque «estar cerca de Becky no le molestaba nunca», porque como «Clem ya tenía a Becky, no se había esforzado mucho en hacer amigos en la escuela», porque Becky y Sharon competían por el mismo espacio en su corazón. Pero, a diferencia de Becky, Clem sí admira a su padre, por sus ideas y sus ideales, y «buscaba la aprobación de su padre, tanto por su ética de trabajo como por sus ideas políticas», pero a la vez compite con él por ella, pues a su padre «parecía que le diera rabia que Clem también fuera amigo especial de ella, que hubiera intentado separarlos y hubiera establecido una relación separada con cada uno de ellos» y siente cierta decepción por él «porque aprovechaba la buena educación de Becky para arrastrarla a pasea con él  los domingos, viendo como se separaba de su madre en las actividades de la iglesia y charlaba con las mujeres de otros hombres».

En la figura de Russ, Franzen explora y explota las contradicciones e inseguridades y abunda en el personaje adentrándose a través de sus miserias hasta explorar la condición humana más débil y temerosa. Así, en ciertos pasajes, en la manera de tratar a las mujeres y en la interpretación de las actitudes de ellas hacia su persona y su reacción ante ellas, uno recuerda de manera bastante clara a Hamsun por sus altibajos emocionales que yerran en cada una de las situaciones en las que están sometidos a tensión. Así, a medida que avanza el libro, vemos en Russ una actitud paranoide, hostil y que interpreta las situaciones desde la absoluta incomprensión de quien se ve cegado por el amor y la inseguridad en sí mismo. Justificación y rabia, amor y odio, deseo y hartazgo se funden en una misma relación, a menudo imaginaria, pero a todas luces real en su mente y que se resumen perfectamente al afirmar que «no fue hasta que ella se fue que conectó de nuevo con su deseo. De hecho, pensó, el encuentro difícilmente podría haber ido mejor. Fue una revelación la manera como respondía de forma positiva a su ira y negativa a sus súplicas. Había dado con la clave (…) pero no saber qué pensaba era una tortura». 

Todo avanza en un sentido y con cierto ritmo pausado, que va llenando el escenario de pequeñas pinceladas que van conformando el paisaje ideado por el autor hasta que llega Marion y su arrebatador pasado. Ahí algo implosiona y empieza a arrastrar al lector en una caída ininterrumpida hacia una espiral de decadencia moral. Porque claro, nos faltaba Marion con problemas de autoestima debido a un sobrepeso que intenta combatir y que va a terapia para sentirse mejor. Marion que tiene a una hermana llamada Shirley que fue la favorita de su padre, quien se suicidó tiempo atrás y creó en ella un vacío que llenó de rebeldía. Marion, un personaje completo que valdría ya por sí solo un libro entero, dedicado, exhaustivo, porque con Marion llega un retrato de la primera mitad del siglo XX perfectamente retratado entre vendedores de coches, ambiciones artísticas, deseo y aspiraciones, e infidelidades. Marion aporta a la novela desesperación, con un pasado de brotes psicóticos desencadenados tras su relación con un marido infiel pero cobarde, convirtiéndose en la esposa inocente y despechada, a la vez que una amante desesperada, llena de inseguridades y un eterno sentimiento de culpabilidad por todo lo que le sucede en la vida, exonerando a los demás por sus culpas (y pecados) y atribuyéndose a ella misma la causa (y merecimiento) de tales desventuras.

Franzen destaca en la construcción de los personajes, en cómo perfila sus caracteres y los contrapone y los confronta en inteligentes, agudos y mordaces diálogos que demuestran que el autor es bueno justamente en eso: en crear un escenario a partir de ellos, y no al revés. Son los personajes los que ocupan el primer plano y la historia se teje a partir de ellos; y, para que funcione, deben estar bien definidos, con luces y sombras, con defectos y aristas. Y esos choques suceden en múltiples capas, porque no solo se producen entre los diferentes personajes, Perry con Becky, Perry con Russ (pues ve a su padre con Frances y se da cuenta que «ha pillado al viejo en delito flagrante» justamente con la madre de su amigo Larry).

Estructuralmente el libro de divide en grandes capítulos cada uno de los cuales se centra en uno de los miembros de la familia. Así, el autor facilita la empatía del lector hacia sus personajes, pues se adentra en ellos y permite trasladar la visión y personalidad de cada uno de ellos en contraposición con el resto y hay que reconocer que Franzen es muy bueno en la creación de personajes, les otorga una personalidad compleja, con claroscuros e imperfecciones. En Franzen no hay buenos o malos, todos ellos tienen sus puntos fuertes y débiles, sus logros y fracasos y, a pesar de la singularidad y diferencia entre ellos, sí tienen algo en común: no hay malicia en sus acciones o, al menos, no de manera pretendida. Así, las Encrucijadas son aquellos momentos vitales en los que hay que tomar decisiones críticas, se encuentran no únicamente en los caminos que separan los territorios emocionales entre los personajes sino también dentro de uno mismo, donde cada acción, cada pensamiento, cada decisión, es sometida a un proceso interno en el que escoger un camino u otro no es tarea fácil y sí a veces definitiva. Franzen retrata las imperfecciones y contradicciones del ser humano y busca en los roces que generan las múltiples situaciones cotidianas para afilar las aristas que sobresalen y que hieren y lastiman a los demás, y a uno mismo. A través de sus personajes, Franzen toca diferentes temas como el suicidio, la ambición, las inseguridades, las dudas, las infidelidades, la decadencia, la decepción, el deseo… nos habla de drogas, de la religión y la ética y la moral y trata también sobre la culpa y la culpabilidad, sobre los sentimientos que albergamos y que, en ocasiones, hacen que nos creamos responsables y merecedores de lo que nos sucede, para bien o para mal.

Y, en esta extensa novela, Franzen retrata los personajes hasta límites que, en algunos casos, van mucho más allá de lo que la historia requiere. Así, cada uno de ellos podría, de manera individual, ser el protagonista absoluto de la novela. Esto crea un aura de novela completa, de novela perfecta, pero en parte se echa a perder por el exceso. Una novela de setecientas páginas que debe leerse con ritmo pausado para no perder detalle y que sitúa al lector ante un tour de force que en ocasiones le causa la duda de si vale la pena. Y claro, la vale porque Franzen escribe muy bien, pero uno se cuestiona si no hubiera sido mejor pegar algún tijeretazo y hacer una novela más compacta, más centrada, menos amplia y ambiciosa. Es posible que Franzen sea uno de los ultimas grandes novelistas americanos y da la sensación de que pretende demostrarlo en cada uno de sus libros.

Lamentablemente las últimas doscientas páginas del libro no están a la altura del resto, engrandecidas y desdibujadas en una excursión a territorio navajo donde se muestran los excesos de Franzen en ambición de alcance y en desmadre y descontrol. Ahí la novela se diluye entre recuerdos del pasado de Russ y drogas consumidas que en ocasiones parece propio de una novela como Transpotting. Es por ello por lo que la valoración no puede ser más positiva, aunque sí recomendable, pues el libro tiene muchos elementos de interés y el retrato que realiza Franzen de una familia desestructurada y la perfecta caracterización de sus miembros y la incidencia de la religión en todos ellos, merecen por si mismos una lectura que deberá ser, como el propio tamaño apunta, intensa y profunda y que abre boca para una segunda parte de la trilogía que auguro será prometedora e interesante.

También de Jonathan Franzen en ULAD:  Aquí

martes, 16 de noviembre de 2021

Ned Beauman: Glow


Idioma original: inglés

Título original: Glow

Año de publicación: 2014

Traducción: Pablo Sauras

Valoración: intragable


Queridos lectores: las duras exigencias de publicación de este blog y mi desesperada gestión de tsundoku, que según mi amada esposa hace las veces domésticas análogas al cajón de los cables o la caja de las herramientas, me empujan a recuperar esta novela, que ya hace unos años habitaba en los estantes. Y no es que la experiencia haya sido precisamente agradable: solo la necesidad de cumplir mi frecuencia de publicación ha impedido el abandono pues este no era un libro para una reseña interruptus. Simplemente, superada ya la mitad del libro, tenía que saber si el libro continuaba metido en el lodo de la confusión o iba a sacar algo en claro.

Porque el planteamiento no se prestaba a predecir lo que sobre mí se cernía. La historia de Raf, un joven residente en Londres aquejado de una rara enfermedad que afecta a los ciclos del sueño, que combina empleos precarios, que toma contacto en una de esas fiestas alternativas con el glow, una nueva droga sintetizada tras cuya producción parece esconderse una poderosa corporación que se toma en serio lo de la diversificación, y todo su atrezzo: matones, gente que parece trabajar para varios bandos, desapariciones y crímenes. Podría haber pasado por una novela negra del tercer milenio con un cierto tránsito de personajes propios y con los siempre sugerentes escenarios del Londres actual. Hubiera entendido ciertos excesos e incluso licencias literarias pues ya se sabe, la gente bajo la influencia no suele ser un dechado de coherencia. 

No es que me intimiden las novelas basadas en excesos o adicciones, si bien ya empiezo a pensar que en este mundo cruel Burroughs o Easton Ellis o Welsh ya han quedado atrás, las adicciones han arraigado de tal manera en las sociedades occidentales que nuestra capacidad de asombro ha quedado neutralizada.

Lamentablemente, Beauman (escritor joven que ha alcanzado algún éxito previo que le ha validado hasta el punto de que The Financial Times diga de Glow que es "deslumbrante) no construye nada medianamente comprensible con esa materia prima. Ni demuestra ser capaz de ello, y haber optado por entregar una narración evocadora de algún viaje. Así que hasta la página 60 o así se podría llegar a pensar que la novela va a optar por la vía conspiranoica y puede ser algo amena, alejada, por supuesto, de la mínima pretensión de persistencia, pero la sensación se desmorona con una cruel e implacable progresividad. Por la página 150, ya no sabía qué hacer con el libro, con sus personajes de extraños nombres que van y vienen y cambian de bando, con sus grotescos cambios de escenario (de Londres a Myanmar, básicamente) y con esa confusión constante que no atribuiré a fantasmas post modernos sino a pura torpeza narrativa. O sea, Beauman monta un lío del cual no sabe salir, ni mucho menos resolver. No vayamos a pensar que esto es Pynchon, es una novela liada y liosa que no hay por donde agarrar.

domingo, 20 de diciembre de 2020

VVAA: Thomas Pynchon


Idioma original:
español

Año de publicación: 2016

Valoración: muy recomendable

Perdonaréis los lectores que aproveche esta reseña para analizar un poco mis hábitos de lectura e incluso mi comportamiento ante ciertos retos. Unas breves frases confesionales y ya paso a lo que os interesa. Hasta la fecha, ninguno de los cuatro libros de Pynchon que he leído (una colección de relatos y tres novelas) me ha entusiasmado. Incluso con el primero, La subasta del lote 49, tuve un serio encontronazo con muchos lectores, cuyas consideradas, pero razonadas, réplicas a mi valoración (intragable) me obligaron a plantearme si no había leído la novela demasiado a la ligera.

A pesar de lo cual, no solamente lo he seguido leyendo y haciéndome con toda su obra, sino que pienso llegar hasta el final. Leeré todas sus novelas y mi opinión la basaré en esa experiencia sin dejar cabo suelto alguno.

Por supuesto, la tentación de un libro dedicado a su obra como es este Thomas Pynchon era demasiado poderosa. Incluyendo firmas como Jon Bilbao o Rubén Martín Giráldez, no hay duda alguna de que buenos escritores escribiendo con total libertad sobre ese mito viviente (mito por los motivos que sea, incluyendo, por supuesto, la enorme carga de morbo que acarrea el misterio en torno a su persona) como son los autores de los artículos que configuran este brillante texto, no solo son un gancho si el escritor (tentado estoy de llamarle "el personaje") te interesa. Casi es un recorrido no exento de ironía por los resortes que convierten a un escritor de vocación artísticamente minoritaria, nada más alejado del mainstream literario por mucho que nos parezca, en una figura de culto, en una especie de icono popular capaz de apelar menciones en series televisivas, en una estrella brillante en un firmamento a veces demasiado embarullado. Aquí los escritores han de ser a la vez críticos, columnistas, tertulianos, guionistas, redactores anónimos de lo que vaya saliendo, y vete a saber si camareros para ganarse la vida. Pynchon solo aparece a través de su obra y de fugaces apuntes y eso le ha permitido seguir adelante pero, claro, hablamos de Estados Unidos y una poderosa industria editorial que sustenta a toda clase de autores, y elevarse a ese status levantando admiración, la suficiente para dar para varios estudios y mantener un ejército de fans digamos que irredentos, aunque me da a mí, puede que sea mi caso, que para ser fan de Pynchon hay que pasar una especie de período de adaptación que podría certificarse con un examen para ver si se han comprendido sus novelas y se ha captado un porcentaje significativo de su multitud de referencias.

Y Thomas Pynchon, el libro, es hasta Pynchoniano en su afán. Textos que lo ensalzan, textos que hablan de las conexiones entre sus obras, textos que estudian en profundidad alguna de ellas, textos que se atreven a convertirse en complementos a sus novelas (aquí tenemos una nueva andanza de Doc Sportello), algunos más académicos, algunos (dejad que destaque a Jon Bilbao) más osados en lo creativo, algunos casi informativos - uno habla del tráfico generado en la Wikìpedia por sus seguidores y de las Wiki-páginas dedicadas a sus novelas - otros que son semblanzas de sus novelas más célebres, todo teñido de un espíritu gozosamente literario, no despojado de un sentido irónico que tiene su culmen en la intervención de ese rara avis que es Rubén Martín Giráldez: en su artículo aún no me ha quedado claro si Mason y Dixon le gustó o la considera un proyecto fallido (casi me pasó lo mismo, lo expliqué en la última Tochoweek). Con lo cual resulta, tildadme de sacrílego, que un estudio o un compendio de artículos sobre Pynchon, casi me ha parecido más digerible en su variedad y en su heterogeneidad de planteamientos, que sus propias novelas. Que seguiré, por supuesto, comprando y leyendo. Lo cual no deja de ser, también, bastante Pynchoniano.