sábado, 27 de febrero de 2016

José Carlos Llop: Reyes de Alejandría

Idioma original: español
Año de publicación: 2016
Valoración: se deja leer

Lo siento: Reyes de Alejandría me ha decepcionado. Aunque puede que por los mismos motivos por los que a otros puede gustar. Así de equívoco vengo hoy tras haber dado cuenta del libro en tres ratitos de nada. 
Modiano. Uno de esos Nobel polémicos. Para mí, a pesar de la poca atención que he prestado a su obra (quizás sea este un buen momento para un propósito de enmienda), uno de esos Nobel inexplicables. Pues algunas menciones hay a Modiano aquí, y encima una notita en el fajín llama a Llop el Modiano español. Así que si eres seguidor del francés que monta un libro con tres cosicas de trama, quizás este sea tu libro.
La cuestión metaliteraria. Aparte de ese tono elegíaco hacia dos ciudades, Palma y Barcelona (no sin ahorrarse sutiles varapalos hacia cómo ciertas cuestiones políticas las han hecho evolucionar, del mencionar a Marguerite Duras, y de andar constantemente con una ambigüedad (que zanja proclamando que se trata de una novela, y no de una autobiografía novelada o una novela autobiográfica o de cualquier otro circunloquio con el que se nos endilgue una narración que bebe del pasado de su narrador), y de usar expresiones trufadas de profunda volubilidad (valga el oxímoron), no sé el motivo por el que, especialmente superadas las primeras 70 u 80 páginas, me ha empezado a invadir una honda sensación (agudizada por la portada; aire de Dylan) de que Llop ha leído alguna que otra cosilla de Vila-Matas. No lo sé, lo juro. 
El empacho cultural. Casi podría hacer una reseña tan extensa como el libro si empezase a elucubrar con todos los iconos culturales propios de la generación del autor a que se hace mención aquí. Voy a permitirme ni siquiera consultar el libro para enumerar aquellos que han dejado más huella en mi memoria. Dylan, of course. Serrat, Sisa, Traffic, Creedence Clearwater Revival, Pink Floyd, Leonard Cohen, Crosby, Stills, Nash & Young, Ezra Pound, T.S.Eliot, Kavafis, Duras, Modiano, Rilke, Hesse. Una sustancial parte del libro parece una enumeración de gustos no por defendibles menos obvios y que, perdonen que tire de cierta subjetividad, parecen alineados para epatar, como para decir qué gusto tiene el autor (perdón, el protagonista) y, de paso, situar inequívocamente la narración en tiempos y lugares reconocibles: la transición, los años 70, esas cosas que a la vez suenan lejanas en el tiempo pero accesibles en la memoria colectiva.
Y aunque Llop ejerza esa especie de crónica de hermano mayor (cuánto porro, cuánta noche de juerga), resulta que lo que en la brillante Solsticio fluía de forma natural, aquí se anquilosa y se hace pesado y hasta reiterativo. Tanta insistencia en las menciones culturales convierte Reyes de Alejandría en un conato de obra generacional que se autoexcluye de hacer guiños a otros sectores. Ni siquiera la esporádica inclusión de personajes ajenos al narrador (amigos, novias) dinamiza una obra que (como Modiano) se extiende en una divagación estética y de  falso sentido progre que (aunque el estilo la sustente) se pierde en constantes falsos arranques sin que la cosa llegue a concretarse.
Y en la contratapa insisten en que esto es una novela.