martes, 23 de febrero de 2016

Ba Jin: Familia

Idioma original: chino
Título original: Jiā
Año de publicación: 1933
Valoración: Recomendable


Ba Jin es el pseudónimo de Lǐ Yáotáng (1904-2005), considerado un innovador en el marco de la literatura china y uno de sus escritores más influyentes. Tras graduarse en lenguas extranjeras, completa sus estudios en Francia, donde estuvo viviendo tres años. De ahí la influencia en su obra de los grandes novelistas del XIX, en particular, franceses y rusos.
Familia constituye la primera entrega de una trilogía titulada Torrente. Le siguieron Primavera (1938) y Otoño (1940). Aparte de los valores indiscutibles de la novela, el intento de aclimatación de las estructuras occidentales es más que meritorio, aunque carecer de modelos dentro de su idioma y cultura constituya en cierto modo una carga. A mi parecer, esto es evidente en la simplicidad de las situaciones, en la exposición demasiado directa del mensaje y en una construcción de personajes excesivamente esquemática. Rasgos todos ellos, junto con la idealización del paisaje, que tras el imprescindible proceso de maduración, llegarían a conformar la fisonomía de gran parte de la novelística oriental posterior.
Por otra parte, el argumento se desarrolla con vigor y agilidad. Ba Jin expone sus ideas con tanta convicción que enseguida nos convierte en sus cómplices. Habla de lo que mejor conoce: los conflictos e incidencias en una familia acomodada –como la suya propia– marcadamente patriarcal, enraizada en las estructuras feudales que empezaban a desmoronarse y repleta de prejuicios sociales, religiosos, sexistas o mantenidos solo por la fuerza de la costumbre.
Conocido por sus ideas anarquistas, su posterior apoyo a la república durante la guerra civil española, tachado de contrarrevolucionario más tarde por el régimen comunista, el factor político está presente en todo momento. Aunque aquí no manifiesta simpatía por ninguna tendencia, limitándose a presentar una juventud en rebeldía contra la represión comunista –juventud que apuesta por la formación de los (y las) jóvenes, la libertad de prensa y la posibilidad de manifestarse públicamente, como medios para la tan necesaria renovación de la sociedad– y que opone a otra más conformista y conservadora.
Si hubiese una palabra que calificase en la novela a las estructuras consolidadas de la China de la época, esta palabra sería crueldad. Dirigida hacia los dos sexos pero cebándose más en las mujeres, con víctimas en todos los estamentos sociales aunque con más intensidad en los de abajo. Matrimonios de conveniencia, para unir fortunas o simplemente para aplicar las predicciones de los horóscopos, adolescentes obligadas a casarse con ancianos, niñas con los pies deformes y llenos de cicatrices que recuerdan dolores insoportables, o que salen de sus casas para servir gratis a familias pudientes, desaprobación social a las mujeres que estudiaban, incluso a las que se cortaban el pelo, imposibilidad de su acceso a las escuelas de enseñanza superior, reservada solo a los chicos. Todo esto provoca situaciones dramáticas: suicidios, amores frustrados, parejas infelices… La paradoja –aplicable a cualquier sociedad y época– es que todo el mundo conoce los hechos y nadie hace nada. Cabría preguntarse si la principal lacra es la crueldad en sí o la indiferencia que la ampara secularmente.
Es interesante también la descripción de ciertos ritos, juegos y prácticas supersticiosas. Algunos, como las primeras celebraciones de año nuevo, parecen evocarse con nostalgia; otros evidencian una fuerte carga crítica, como la impactante escena en la que se describe el espectáculo llamado la linterna del dragón en la que se quema sin piedad el cuerpo de un supuesto animal,  integrado en realidad por figurantes, solo para divertir a la concurrencia; o prácticas absurdas, como quemar billetes para honrar a un difunto o apaciguar a los dioses.
Ba Jin, que concebía la vida como lucha en pos de unos objetivos, opone un gran voluntarismo a ese montón de tragedias. Sabe que no todo el mundo posee la fuerza interior que hace falta para oponerse, pero está convencido de que quien pelee contra viento y marea resistirá sin ser destruido y hasta puede que acabe venciendo.