jueves, 25 de febrero de 2016

Carl Wilson: Música de mierda

Idioma original: inglés
Título original: Let's talk about love. Why Other People Have Such Bad Taste
Año de publicación: 2014
Traducción: Carles Andreu
Valoración: recomendable (muy recomendable para aficionados)

Música de mierda podría llamarse Literatura de mierda y hablar sobre (inserta aquí el nombre de un escritor aborrecido). Por ejemplo. Porque hay alguna cosa que este libro no es y es un ejercicio cerrado y acotado sobre una única disciplina artística. Sus planteamientos tienen funciones multiusos a una de las cuales en particular he sido muy sensible. Que no es otro que la cuestión de la actitud crítica, en especial, ese esnobismo tan marca de la casa hoy en día de despreciar de entrada cualquier manifestación artística que cuente con el respaldo mayoritario.
Primero, ya que estamos, las malas noticias: a pesar de lo que su engañoso título traducido apunta, esto no es una relación exhaustiva de malos discos o artistas de los que el decoro aconseja alejarse. Este es un ensayo de 200 páginas cuya figura central (en el dibujo de la portada cuesta reconocerla por su característico apéndice nasal) es, tachán, redoble, no se me desmayen, no lean esto cerca de muebles con salientes, Céline Dion. Sí, la de la canción de Titanic. La de karaokes alcoholizados y sobremesas con irritación de lacrimales. La señora que alarga las notas y da una lección de canto en cada canción de cada disco. Esa.
Bien, alguien quedará aquí que lea este párrafo. Wilson no nos va a intentar convencer de que nos postremos a los pies de la cantante canadiense ni de que salgamos a la tienda a redimirnos adquiriendo varias piezas de su discografía. Pero Wilson, crítico musical en medios de prestigio (Pitchfork, enough said), juega al despiste y especula sobre esa enorme y sempiterna contradicción entre el respaldo de los entendidos y la realidad de pie de calle. Dice el fajín "200 millones de discos después Céline Dion sigue sin gustarle a nadie". Ja. Acercándose y alejándose de esa paradoja Wilson especula sobre los gustos personales como partes claves en la integración de la personalidad (especialmente en la sociedad actual, la del acceso instantáneo y gratuito a cualquier canción), habla precisamente de como eso ha modificado los hábitos y ha acabado alterando el modo en que se disfruta (¿pongo se consume?) la música, y la profunda (riámonos de los nacionalismos) brecha que han causado en la sociedad. Gustos exquisitos vs gustos mayoritarios. La música como elemento de distracción vs (sigo riendo) la música como un intento de cambiar el mundo. A tamaño despropósito (porque creerlo empieza a ser poco práctico) renuncia Wilson argumentando que los gustos personales son eso, personales, que algunos (no muy lejos de aquí) usan esos gustos, esas elecciones, esos férreos criterios de pulgar arriba o pulgar abajo, para demostrar al Universo (o al universo que les hace caso) la personalidad que tienen y lo antes que han estado allí (donde sea), pero que, incluso aceptando la abrumadora tendencia de la mayoría por decantarse por lo fácil, por lo inmediato, por lo que acarrea poca complicación y rápida digestión, lleva de la mano al lector (no siempre rápido, 200 páginas también dan para alguna digresión algo indigesta), hacia el utópico, pero deseable, mundo de la tolerancia y el respeto.