martes, 16 de febrero de 2016

Joseph Mitchell: El secreto de Joe Gould

Idioma original: inglés
Título original: Joe Gould's secret
Año de publicación: 1942-1964
Traducción: Marcelo Cohen
Valoración: imprescindible

Uno ya no sabe cómo llega a ciertas lecturas. Citas de referencias en artículos que llaman la atención por encima de otros, o a veces la mera coincidencia de ver algo nombrado en distintos lugares. Ni idea, porque en este mundo acelerado, uno va muy liado. Con lo cual no voy a tener a quién dirigirme para agradecerle que este libro haya caído en mis manos. Mientras me acuerdo, os lo voy a decir sin más ambages. Este libro es una maravilla. De las que se cuelan hasta el tuétano mientras las lees. De las que te hacen asentir con la cabeza. Aquí está concentrada la esencia que pudo inspirar algunos a los que no hemos dudado en calificar de pioneros. No es que haya que ponerlo en tela de juicio, pero a ver si algo del Capote de A sangre fría no es visible en el cuidado y en el sentido común del Mitchell cronista. O el Auster de la Trilogía de NY, el de los tipos que se postran en un rincón y ahí se abandonan. O hasta la prosa sucia pero extraña de Lethem. La crónica boquiabierta y circunspecta de Foster Wallace.

Joe Gould se licenció por Harvard. Procedía de una familia pudiente de Boston y parece que eso era lo que tocaba hacer. Pero lejos de seguir los pasos de antepasados dedicados a la medicina o a los negocios, algo hizo clic (o plof) en su cabeza y se fue a Nueva York y ahí su vida, diríamos los normales, se truncó. Quería ser un bohemio, alguien ajeno a los convencionalismos, quería embarcarse en escribir la Historia oral de nuestro tiempo, ambicioso y descabellado proyecto literario que, como uno de los pequeños detalles que entraña ser un bohemio es no tener un lugar fijo para dormir o estar, acumula en cuadernos que va entregando a depositarios. Joseph Mitchell, periodista llegado a New York justo en la semana de febrero del 29 en que oficialmente se iniciaba la Gran Depresión, se fija en él y escribe dos artículos, uno en 1942, otro más extenso en 1964, mejor llamémosles reportajes, narrando lo que sabe del personaje, lo que imagina, lo que es. Dos textos portentosos, dos auténticos tratados de eso llamado Nuevo Periodismo, bajo la forma de una narración que oscila de lo trágico a lo cómico. 

"Joe Gould es un hombrecillo risueño y demacrado que desde hace un cuarto de siglo goza de notoriedad en cafeterías, bares y tugurios de Greenwich Village. A veces, con cierto sarcasmo, se jacta de ser el último bohemio. "Todos los demás se han quedado en el camino", dice. "Algunos están bajo tierra, otros en el manicomio y otros en la publicidad."

Mitchell se interesa por Gould porque quiere escribir un perfil sobre él para The New Yorker. Pero pronto ese interés trasciende lo profesional y dinamita la barrera de la curiosidad. Mitchell quiere ayudar al tipo y se imagina que una de las maneras de ayudarlo pasa por intentar comprenderlo. Gould se pasa la vida sacándole dinero a Mitchell (y a quien se tercie, la lista es larga) con el mínimo pretexto. No son limosnas, son aportaciones a la Fundación Joe Gould, que él invierte sabiamente en pagar la precaria pensión u hotelucho donde pueda dormir esa noche y, claro, en emborracharse de forma compulsiva.

"Gould no vive sin preocupaciones; sufre el tormento constante de lo que llama "la Trinidad": intemperie, hambre y resacas. Duerme en bancos de estaciones de metro en suelos de estudios de amigos y en albergues para vagabundos del Bowery."

Éstos que he transcrito son los primeros párrafos del libro. El nivel literario no baja un ápice, Mitchell desplaza su narración en seguimiento de las gestas de Gould, por el que resulta difícil no acabar sintiendo una mezcla de compasión, simpatía y cierto estupor. Él mismo se debate entre sorpresa, esperanza, desesperación ante su errático comportamiento. Mitchell lo transmite a la perfección a través de anécdotas, brillantes transcripciones de diálogos y un ritmo sostenido: el tiempo pasa y los intentos de Mitchell por mejorar la situación de Gould son en vano, porque Gould ha elegido esa dura existencia. Gould se nos muestra como un niño mayor, como un adolescente caprichoso que prefiere recibir un prolongado castigo a ceder en aquello que, ciegamente, es su elección vital. Y Mitchell nos lo transmite, nos convierte en cómplices y aunque se nos pueda escapar más de una sonrisa a la vista de las curiosas argucias para rascar unos centavos, el paquete está envenenado. La Gran Depresión, el capitalismo salvaje, la sociedad neoyorquina, presentes como telón de fondo de una historia que, medio siglo después, rabia de contemporaneidad.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay, qué bien! Voy a por ella a la biblioteca yaaa

Chambers dijo...

Pinta fenomenal, otro al saco. Los libros sobre personajes singulares, a lo Carrêre, son mi perdición. Enhorabuena por el blog, para mí ya sois referencia.

Francesc Bon dijo...

Gracias a todos por los comentarios y perdón por el retraso en contestar. La vida moderna es dura. Pues puede ser cierto aquello de que a veces la realidad supera la ficción.

Nuria dijo...

Lo he leído de un tirón esta tarde, casi sin respirar. En ningún momento ha perdido interés.

Nuria dijo...

Lo he leído de un tirón esta tarde, casi sin respirar. En ningún momento ha perdido interés.