sábado, 22 de octubre de 2011

La labor del corrector editorial, algunas ideas sueltas

Llevo aproximadamente mes y medio sin poder escribir reseñas, porque han coincidido en el tiempo dos libros bastante gruesos para los que he tenido que realizar un intenso trabajo de corrección (y por otro motivo, que desvelaré el próximo fin de semana). Debido a que, por la naturaleza de este blog, no puedo reseñar libros que todavía no están publicados, me gustaría, al menos, aprovechar estas lecturas para hablar brevemente de este trabajo en la sombra, necesario para que cualquier libro a la venta tenga un aspecto, digamos, decente. También me aprovecho de que es sábado y no hay muchos lectores: algunas personas se vuelven muy violentas si no reciben su ración diaria de crítica. Así pues, con permiso.

En general, corregir un libro es una tortura. Ya está. Ya lo he dicho. Y con esto podría terminar mi pequeño discurso. Algunos lectores pensarán: "No puede ser. Un trabajo que consiste en leer, y además en primicia, tiene que ser la hostia". Pues no. Y por varias razones.

La primera, obvia, es que el corrector, cuando ejerce, no lee de la misma manera que cuando lee por placer, por vicio o por fornicio. Un lector toma un libro, lo manosea y, poco después, se mete en él, se deja llevar por la prosa del autor, por los conflictos de los personajes. Esto no sucede en la lectura del corrector: el policía de la ortografía y del estilo no atiende a las razones de los protagonistas, no. Sus ojos trabajan a destajo bajo una única premisa: "en esta frase hay una errata, y yo la voy a encontrar". Y así, con todas las frases. Aunque el libro tenga quinientas páginas. El corrector persigue las comas mal situadas, las palabras mal escritas por una confusión en el tecleo, las tabulaciones incongruentes, las líneas huérfanas, las viudas, las solteras, el error de cohererencia en el uso de las mayúsculas, de los guiones, del tamaño de las tipografías. Los dobles espacios, ¡ay los dobles espacios! Las notas al pie mal puestas, ¡ay las notas al pie! Las bibliografías desordenadas, ¡ay...! Etc.

¿Alguien puede prestar la adecuada atención a un libro con todo eso en la cabeza? Claro que no...

La segunda razón es que los autores, muchas veces, son un pequeño desastre. O un desastre completo. Casos: El libro lleva fotografías, y el autor las envía mal (la foto no corresponde con su pie, por ejemplo). El autor no quiere perder tiempo buscando un dato concreto e incluye un paréntesis vacío que dice "buscar fecha". El autor se confunde en el nombre de los personajes (esto pasa más a menudo de lo que la gente cree). El autor se olvida de que ha empezado el libro alineando a la izquiera y, por ejemplo, a mitad del texto se le va la pelota y alinea a la derecha (ergo: duda del corrector, llamada al autor, consulta, corrección de última hora). El autor no tiene ni puta idea del uso de los guiones, o de los tres puntos, o del concepto etc. (y acaba poniendo guiones con espacio a ambos lados, o el tan terrible "etc...", o peor todavía, los "cinco puntos suspensivos"). El autor es un esteta y quiere que una parte del texto esté en formato piramidal, pero como no sabe hacerlo con el WORD, hace unas marcas y escribe, tranquilamente: "poner en pirámide invertida". Olé. Y así, cienes y cienes de cosas.

La tercera razón es que el corrector es Sísifo: da igual el número de veces que corrija el texto, da igual la intensidad de su observación, da igual que revise las pruebas en tercera, en cuarta o en quinta: al final, el puñetero libro saldrá con erratas. Y lo que es peor: cuando el libro esté en la calle, el corrector lo cogerá, lo abrirá por una página al azar, echará un vistazo rápido y ¡tachán!: allí estará esa errata hermosísima, visible, incuestionable. Y el corrector se ciscará en todos sus muertos por no haberla visto antes. En serio: esto sucede siempre. Es una ley no escrita de la edición. Lo cojonudo es que esa misma errata será vista, con el mismo azar, por el editor, que llamará al corrector y le dirá un par de cosas. Aunque sea la única de todo el libro. Lo dicho: Sísifo.

En fin. Podría hablar un buen rato más de este tema, pero tampoco es plan de aburrir a los tres lectores que están despiertos a estas horas un sábado. Solo quisiera añadir que, a pesar de lo pesado del oficio, soy de los que creen que los correctores son fundamentales en el proceso de publicación de un texto, y por lo tanto me alegro cuando un editor se preocupa y decide contactar (conmigo o con cualquier otro) para asegurar una edición cuidada. Indispensables. Recuerdo aquel libro que no pude terminar debido a la ingente cantidad de erratas que tenía, y la frustración que me produjo. Estoy seguro de que, sin un buen trabajo de corrección, muchas de las obras que hoy leemos con entusiasmo nos habrían provocado más de un dolor de cabeza, o algo peor.

Buen finde.

15 comentarios:

Anónimo dijo...

¡Ándale!

Los lloros de los correctores me divierten una barbaridad. Os quiero mucho, a todos. Con cariño os llamo basureros. Qué otra cosa hacéis, acaso, que retirar la porquería de la casa del preclaro autor.

Mi enmienda al artículo protesta se reduce a esto: control + b en Word, pulsas dos veces la barra espaciadora y le das a buscar.

Incluso mejor, en la propia ventana de la búsqueda puedes sustituir los elementos encontrados por lo que quieras, en este caso una sola pulsación de la barra espaciadora. Una vez quité, a ojo grueso, unos 734 espacios dobles manualmente. Cuando caí en la cuenta de que a veces Word hace la vida más plácida me di un coscorrón, pero al menos obtuve la recompensa de no haber escapado ni un solo espacio doble, durante ese largo rato de horas perdidas.

No obstante, quienes presentan esos textos asquerosos son unos sinvergüenzas. La sensibilidad artística (narrativa, poética, ensayística, etc.) y la lingüística son una sola entidad. Sin respeto a la palabra uno debería disculparse antes de iniciar un texto con propósitos literarios.

Paula dijo...

El Word es Dios, por supuesto, pero cuando uno tiene que corregir en papel un texto ya maquetado, uno solo cuenta con sus ojitos, su dedito y su boli rojo. Nada de "Buscar y reemplazar" en muchos casos.

Anónimo dijo...

Con tinta verde, supongo. Y Word le funciona al que sabe. A quien tiene carencias con suerte se las disimula, torpemente.

Quien maqueta una chapuza que asuma las consecuencias. Siempre se escapa algo, y siempre se escapará, pero el último vistazo que se le echa al texto a punto de imprenta no puede estar cagado de dobles espacios y demás glorias. Y si lo está, asumidas las protestas. Eso o un olé a la libertad artística.

Paula dijo...

Yo misma, y me consta que muchos otros, corregimos con tinta roja. Pero el verde también es un color muy bonito y agradable, por supuesto. El color de la esperanza. Y de la primavera. Y eso.

Lo que decía, repito, es que si a uno le mandan un texto para corregir en formato Word aprovechará -si sabe, como tú dices, aunque por su bien esperemos que sepa- las bondades que le ofrece; pero muchas veces ocurre que a uno no le mandan el texto en Word, sino que le mandan en papel el texto ya maquetado. Y ahí no hay Word que valga.

"Quien maqueta una chapuza que asuma las consecuencias". Creo que estás mezclando cosas, anónimo: ¿no estábamos hablando de corregir? Maquetar maquetará el maquetador (y esto ya empieza a parecerse a un trabalenguas).

La del corrector es una de las labores más ingratas que hay, seguramente la peor pagada del mundo editorial y sobre la que al fin y al cabo recaen todas las culpas. Por eso, desde este blog deberíamos intentar lograr un poco más de reconocimiento para una labor tan ardua (un poco menos ardua cuando cuenta con la complicidad del Word, claro).

Y hasta aquí mi apología del corrector.

Santi dijo...

Trackback (manual, aunque debería ser automático): este post ha sido mencionado en el blog de Mónica Basterretxea, correctora ortotipográfica: http://mobas.es/blog/2012/01/05/el-oficio-de-corrector/

Anónimo dijo...

Concho, y yo vestido de anónimo.

Sí, naturalmente, estoy de acuerdo con todo lo que has escrito. Basureros no, una pizca más de implicación: limpiar, desinfectar, recoger y la gloria para otros.

A mí alguna vez también me ha llegado un texto maquetado para corregir (en papel o con su programa correspondiente), pero jamás he recibido uno que estuviera cagado como si fuera un original. Quien maqueta no mira el contenido, pero quien manda maquetar debe estar informado de si el texto está limpio o es una maraña de atentados sintácticos, léxicos, ortográficos y gramaticales.

Qué sé yo. Particularmente no me gusta Word. No exactamente: en realidad no me gusta que un procesador de textos tenga diccionario. ¿Wordpad? Tampoco se trata de dar la nota.

A mí, y qué culpa tengo, me solivianta que el autor descuide lo formal. Erratas, concordancias, signos mal empleados, sobradas semánticas: todos cometemos estos deslices, perdonables. Pero caramba, ¿dobles espacios, confundir nombres de personajes, usar tropecientos puntos para emular los puntos suspensivos, alinear a un lado y luego al otro, cambiar la tipografía porque sí?

No es serio: el corrector está para confirmar que el texto está limpio, incluso para asesorar, sobre todo para pescar los pequeños deslices del autor. Para echar al contenedor 734 espacios dobles por 3 euros la página, ¡ándenle! Yo lo hago por 1,50.

Ay, Paula, echarse a llorar es poco. ¡Ácido a los ojos!

Anónimo dijo...

Detecto cierta ambigüedad en mis mensajes. Por si acaso:

El corrector, ese basurero, le da luz a los textos de otros. Es, también, y para ser justos, un iluminador.

Todo reconocimiento es poco, toda protesta es legítima. Toda mi solidaridad y comprensión.

Paula dijo...

Si al final decimos lo mismo :)

En lo de que los autores no deberían descuidar lo formal estoy de acuerdo. Si uno lee -mucho, tanto como cualquier escritor que se precie tendría que leer- debería fijarse en todos esos detalles, ¿no? O se le deberían ir "quedando" por sí solos. Pero es que, aunque pueda resultar difícil de creer, hay gente que no se fija en esas cosas, en las tipografías, en cómo reproducir los diálogos en español, en que los puntos suelen ir después de las comillas y no antes...

Igual me decís que el ejemplo no tiene nada que ver, pero a mí me recuerda a los acentos de la gente hablando otros idiomas. Uno podría pensar: "Pero si tal persona lleva ocho años viviendo en la Conchinchina, y escribe, lee, entiende y habla en conchinchino perfectamente, ¡¡debería habérsele pegado el acento de la Conchinchina!!". Pues no, o no necesariamente.

Hay personas que no se fijan o que se fijan pero no retienen, o que no son capaces de reproducir esos patrones a la hora de escribir ellos.

Pablo Bouvier dijo...

Un servidor no es corrector, sino traductor, aunque corrige sus propios textos en la medida de lo que puede.

Pero, hay algo que me sorprende y es el adjetivo, unido al de corrector y cada vez más usado de «ortotipográfico».

Pero, me temo que esto no es más que un ardid de las editoriales para pagar la mitad de los honorarios por el doble de trabajo.

Un corrector o es ortográfico o es tipográfico (o de concepto o técnico o de lo que se), pero, señoras y señores, eso de mezclar churras con merinas es tirarse pedruscos al propio tejado.

O, al menos, así es como lo ve un servidor desde fuera.

Paula dijo...

Hombre, lo de "ortotipográfico" se refiere a que uno no solo tiene que cambiar la "b" por la "v" y cosas de esas, sino también lo que comentaba Iván de dobles espacios, sangrado... y mil detalles más.

A mí lo que me parece un crimen es que se meta en el mismo saco corrector ortotipográfico y de estilo, porque si uno revisa la superficie de un texto difícilmente puede fijarse al mismo tiempo en los engranajes del estilo. Son dos tareas diferentes que requieren dos lecturas diferentes. Pero los que contratan a veces parece que no lo saben, o que no lo quieren saber...

Pablo Bouvier dijo...

Hola, Paula (y resto de colegas): como traductor, no tengo mucho criterio para distinguir cada tipo de corrector.

Pero, a Silvia Senz no le hizo mucha gracia que la citasen como «correctora ortotipográfica» en el prólogo de su propia obra «El dardo en la Academia», pues tiene, respecto a la corrección ortográfica y tipográfica, el mismo criterio que tu sobre la corrección ortotipográfica y la de estilo.

Así que, visto desde fuera, parece que los que contratan no lo quieren saber, al igual que en el ámbito de los traductores algunas agencias (que no empresas) de traducción no quieren enterarse de que los traductores somos empresarios individuales y que es a nosotros a los que corresponde establecer los precios de nuestro servicios.

¡Feliz semana para todos!

Pablo Bouvier dijo...

Hola, Paula (y resto de colegas): como traductor, no tengo mucho criterio para distinguir cada tipo de corrector.

Pero, a Silvia Senz no le hizo mucha gracia que la citasen como «correctora ortotipográfica» en el prólogo de su propia obra «El dardo en la Academia», pues tiene, respecto a la corrección ortográfica y tipográfica, el mismo criterio que tu sobre la corrección ortotipográfica y la de estilo.

Así que, visto desde fuera, parece que los que contratan no lo quieren saber, al igual que en el ámbito de los traductores algunas agencias (que no empresas) de traducción no quieren enterarse de que «los traductores somos empresarios individuales» y que «es a nosotros a los que corresponde establecer los precios de nuestro servicios».

¡Feliz semana para todos!

JP dijo...

*izquiera

Santi dijo...

Es inevitable: siempre que se escribe sobre corrección gramatical u ortográfica, se comete por lo menos un error de ortografía o gramática. Hay hasta un nombre para eso: Hartman's Law of Prescriptivist Retaliation. :)

Gerardo Ceja García dijo...

Un artículo apegado a la realidad del correcto. La labor se vuelve más crítica cuando se trabaja en un periódico, donde el tiempo es factor, además de revisar la redacción de varios periodistas.
Más que la "policía" de la ortografía somos los "albañiles" del idioma, porque al final nadie ve al trabajador de la pala, sino al "arquitecto" del libro.
Felicidades por su artículo. Saludos desde México.