sábado, 13 de marzo de 2010

Jean Stein y George Plimpton: Edie

Idioma original: inglés
Fecha de publicación: 1974
Valoración: Muy recomendable
No son pocos los que opinan que el mundo del arte está plagado de dementes, obsesos sexuales, adictos a toda clase de estupefacientes y personas dispuestas a vender su cuerpo con tal de tener esos quince minutos de fama que Andy Warhol decía que todo el mundo busca.
Y bueno, si hacemos caso a lo que cuenta esta biografía narrada a base de testimonios sobre una de las musas de Mr Warhol, puedo afirmar y afirmo que la mencionada descripción sobre los artistas se queda corta: muy pero que muy corta...

La musa en cuestión era una joven llamada Edie Segdwick, provenía de una acaudalada familia, y podía presumir de ser una auténtica American Beauty de facciones angelicales, cuerpo esbelto, largos cabellos oscuros y enormes ojos castaños de cervatillo. Una princesita consentida que sin quererlo ni beberlo se convirtió en un mito caracterizado por llevar el pelo corto y teñido de rubio platino y lucir a todas horas en sus piernas de bailarina leotardos negros.

Edie se mudó desde su California natal a Nueva York para cumplir su sueño de ser artista (véase pintora y escultora, disciplinas en las que, al parecer, no era nada mediocre), pero acabó siendo "descubierta" por el loco de Warhol, un tipo que pese a sus pocas habiliades como artista, logró a base de excentricidades y mucho morro convertirse en un icono cuya sombra se alarga tozudamente hasta nuestros días a base de latas y cuadros que son un atentado contra la vista.

Warhol era el Dios de la Factory, un inclasificable y orgiástico Olimpo levantado sobre una fábrica abandonada (de ahí su nombre) que le servía para dar rienda suelta a todas sus locuras con su troupe de pirados. Entre sus amigos había desde ricas herederas adictas a casi todo, cantantes de talento (como la Velvet Underground) hasta travestis, pasando por ex pacientes de psiquiátrico o gigolós musculados. Y sucedió que la deidad de pelos blancos, necesitaba una nueva ninfa con la que jugar, y se encaprichó de Edie, una hermosa jovencita de veintidós años, una pura sangre americana rica "de toda la vida", que parecía como recién salida de una foto de baile de puesta de largo.

Pero si Warhol, un homosexual introvertido y parco en palabras que creció dominado por su extraña madre, era desmesurado en cuanto a obsesiones y fetichismos, Edie tampoco era una virtuosa del equilibrio mental: ex compañeras de colegio y amigos de la universidad hablan en el libro de su insoportable personalidad, con tintes bipolares y neuróticos (de adolescente fue ingresada por anorexia). Y para más inri, su familia no era para nada era un ejemplo a seguir: suicidios de hermanos y presuntos abusos sexuales por parte de su padre ensuciaban aún más su "pasado rosa".

Warhol quería a Edie porque Edie, una guapa pija loca y descontrolada, era la mujer que él hubiera querido ser. Juntos rodaron no sé cuántas películas experimentales llenas de desnudos, sexo explícito y absurdos varios, rociados de drogas y alucinógenos, LSD especialmente: inyectárselo y "flipar" a todas horas era una forma de vida a la que muchos sucumbieron, Edie especialmente, pese a los intentos tardíos de sus padres por desintoxicarla e ingresarla en psiquiátricos. Todo fue en balde: a los veintiocho años, abandonada por Warhol, murió empastillada mientras dormía junto a su joven marido, un chaval al que conoció en su última clínica mental.

Así son las cosas. Nos venden arte, belleza, y glamour, y en realidad hay locura, drogas y dolor. Pero Edie siempre aparecía preciosa en las fotos.

Reflexiones aparte, este libro es una maravilla para cualquier mitómano de la época, ya que contiene declaraciones descarnadas de celebrities que se relacionaron/coincidieron de algún modo con la desgraciada joven, desde Patti Smith hasta Truman Capote.

Y la película que han hecho sobre Edie...Psé. Se llama Factory Girl, está protagonizada por una estupenda Sienna Miller (en algunos planos parece la verdadera Edie), pero está edulcorada hasta rozar el absurdo, y ponen la mayor parte del merengue cuando describen su amor por Bob Dylan, al que pintan como si fuera un Superman que intentó salvarla sin conseguirlo.

5 comentarios:

Santi dijo...

Vaya, pues parece interesantísimo, el libro, el personaje y la época que describe. Este tipo de historias terribles de personajes devorados por la fama o el glamour (lo que ahora se llaman, a troche y moche, "juguetes rotos") parece que abundan en el mundo del arte y el cine estadounidense, no sé si porque impone un ritmo especialmente autodestructivo, o si más bien es porque conocemos mejor lo que ocurre en EEUU que lo que ocurre en Madrid, París o Londres...

Ian Grecco dijo...

Así es...Lo que pasa en EEUU siempre nos llega de forma más generosa e insistente...Pero no creo que, por ejemplo París, con su bohemia chic, o Londres,con su nocturnidad y alevosía,le anden a la zaga.

Maese Salakov dijo...

Interesting.

Jaime dijo...

Hojeé hace no mucho las memorias de Andy Warhol y, bueno, describe bastante bien ese mundo de orgiástica trivialidad que fue la Factory. Particularmente encantador el momento en que a Andy le pega un tiro una pirada por no hacer caso a sus guiones, supuestamente geniales.

A mí este señor no me dice nada, la verdad. Tuvo su momento cuando hacer una apología cínica de lo trivial e insignificante era -paradójicamente- significativo en el mundo del arte. Pero esto porque hasta entonces se había vivido una hinchazón de pseudo-misticismos con la escuela de Nueva York y todos sus acólitos. Hoy ya tenemos trivialidad para parar un tren, gracias.

yo creo que... dijo...

No es Dylan, es Bob neuwirth