martes, 16 de febrero de 2010

Colaboración: El ruido de los huesos que crujen, de Suzanne Lebeau

Título original: Le bruit des os qui craquent francés

Idioma original:

Año de publicación: 2009
Valoración: muy recomendable

El teatro es, desde los griegos, una herramienta eficaz para exponer los conflictos del ser humano con la realidad social de su tiempo. Esos mismos griegos fueron capaces de dar el salto desde el monólogo hasta el diálogo y, ante el asombro de sus contemporáneos, por vez primera sobre un escenario, cuando uno de los personajes “hablaba” el otro “escuchaba”; de manera que el público, en la grada, emitía su juicio definitivo valorando dos puntos de vista diferentes sobre un mismo hecho. Eso fue hace 2.500 años, y desde entonces, pasando por los Shakespeare, Molière, Grotowski, Brecht, Lorca, etc., el “gran teatro” apenas ha cambiado. Los dramaturgos más importantes de nuestro tiempo siempre encuentran su réplica en las piezas fundamentales del teatro griego, lo que demuestra que el ser humano sigue atascado en las mismas tensiones, en los mismos dramas, que hace más de dos milenios.

Suzane Lebeau, actriz y dramaturga nacida en Québec, ofrece en esta breve obra una panorámica terrible y poética sobre la guerra: sus violencias, sus injusticias, sus miserias. Y lo que es aún más doloroso, pone sobre las tablas uno de los ejemplos más sobrecogedores de la lenta agonía de la sociedad contemporánea: la vida de los niños soldado. Elikia y Joseph, los protagonistas, son esa infancia destrozada, arrancada de raíz, en la que ha germinado el horror hasta el punto de no retorno. Y todo esto, además, en una pieza teatral dirigida a un público juvenil, en la que recorreremos con ellos el proceso de deshumanización que viven, cada día, ahora, miles de niños en gran parte del mundo, ante el silencio y la desidia de las grandes potencias.

De todo esto se habla en El ruido de los huesos que crujen, una obra que obliga, como en su día sucedió con Las troyanas de Eurípides, a tomar conciencia del mundo atroz que los seres humanos hemos construido desde nuestra pobre cultura del enfrentamiento. Obras como esta, pese a su poética oscura y su fino pasillo a la esperanza, clarifican un mensaje de compromiso democrático, de responsabilidad planetaria, que todos deberíamos asumir para despojarnos de tanta impotencia histórica y ser, necesariamente, sujetos activos de una cultura de Paz.

Firma invitada: Iván