domingo, 15 de junio de 2014

Jon Obeso: Alimento para moscas

Idioma original: castellano
Año de publicación: 2012
Valoración: recomendable, con reservas


En unas caballerizas situadas en una comarca apartada, que se mueve alrededor de una cantera de piedra rojiza, un entomólogo ha establecido su laboratorio para estudiar a los dípteros nematóceros (vulgo mosquitos), a los que registra sus zumbidos, tratando de desentrañar algún código de comunicación, y alimenta con su propia sangre. Al tiempo que sus observaciones científicas, el entomólogo va anotando también, en una suerte de dietario, sus impresiones sobre los habitantes, costumbres y sucesos que acontecen en la comarca (denominada aquí merindad, como en Navarra). Entre tanto, una epidemia inclemente azota a las yeguas de la caballeriza y también sus avances, lo mismo que las hipótesis del entomólogo al respecto, quedan registradas en el dietario.

Así, lo que en un principio parecía que iba a ser la novela, una especie de prontuario de personajes peculiares, se convierte casi en una historia de intriga (si bien no menos peculiar). Los retratos de lugareños de la comarca se ven reducidos a tan sólo una media docena de tipos, de los que ni siquiera se da el nombre: el Guarda, el Enterrador, el Alguacil, el Veterinario, el Portes... Tan sólo conocemos el nombre de pila de un habitante del lugar, el malogrado Matías, con cuya memoria está obsesionado el enterrador. También aparecen sus mujeres, pero éstas se nos presentan más como meros organismos reproductores, hembras acuciadas por sus imperativos biológicos, que como personajes con mayor entidad (salvo quizás la mujer del Alguacil). Este  no se debe, como alguien puede pensar, a un punto de vista misógino por parte del autor, sino que tiene su justificación en el transcurrir de la historia y, sobre todo, en la manera que tiene el entomólogo de retratar a los habitantes de la comarca y a la propia Merindad (cuyo centro económico, la cantera, él ve como un útero infatigable). Para este observador, todo se reduce a la biología y a las fuerzas inexorables de la Naturaleza. Incluso el lenguaje que utiliza en ese dietario oscila entre la fría y precisa jerga científica y un abarrocamiento poético que contribuye a acentuar la sensación de un ambiente opresivo y un visión algo deshumanizada de sus congéneres.

Ciertamente, no es una novedad esa idea de reducir al género humano a poco más que otra especie animal (o incluso de meros insectos), con sus condicionantes biológicos: cualquiera que haya visto en la tele algún documental sobre primates puede haber pensado lo mismo. Tampoco es un hallazgo narrativo el acotar la totalidad del mundo y sus circunstancias a los límites de un lugar que ejerza de microcosmos (que se lo digan a Faulkner o Atxaga, nombres recurrentes cuando hablamos de estos "microcosmos" literarios. O a García Márquez, que en paz descanse). De hecho, la Merindad en la que transcurre la historia de Obeso bien podría ser no sólo una parábola de cualquier otro pueblo o región, sino incluso de comunidades más grandes, como Euskadi (Jon Obeso es donostiarra) y hasta España... referencias que puedan provocar esta asociación en el lector no faltan en el libro (como, por ejemplo, la  obsesión genealógica de los habitantes de la comarca). No obstante, la visión del género humano que nos da el autor (o su personaje el entomólogo), por descarnada y perturbadora que nos resulte, también nos puede iluminar sobre ciertos comportamientos que todos, individuos y sociedades,  tenemos y sus motivaciones. O al menos, hacernos reflexionar al respecto.

La novela, de todas formas, no esquiva nunca la sensación de que se trata más bien de un cuento largo. Sobre todo porque hay además algún capítulo que parece, de hecho, un cuento independiente del resto (y en el que Obeso, que es también poeta, ha dado rienda suelta a su vena más lírica, quizás exhausto por el lenguaje cientifista del resto de la narración). Entiendo, en todo caso, que no es un libro que vaya a ser del agrado de todo el mundo. A mí sí me ha gustado, pero me resulta difícil calificarlo y más aún recomendarlo sin reservas. En todo caso, quien se decida a leerlo, que lo haga advertido de que no es una lectura refrescante ni eutimizante. Y desde luego, absténganse los que le tengan fobia a los bichos. El libro no dejará de recordarles que no somos, en realidad, más que alimento para moscas.