sábado, 7 de enero de 2012

Algunas reflexiones sobre la lectura de traducciones

La traducción es un fenómeno que a nadie le es ajeno: seamos o no conscientes, muchas de las noticias que leemos o escuchamos son traducciones; la mayor parte de las películas que vemos son traducciones; incluso los anuncios de perfumes, que en muchas ocasiones no están traducidos, son traducciones: ¿acaso es lo mismo escuchar «Carolina Herrera» a la española, con sus erres rotundas y su hache muda, que oír «Chu-guan-chu: Carowlina Hewrewra», con esa hache delicadamente aspirada? ¡Y qué me decís del de Nespresso!


De igual modo, muchos de los libros que leemos son traducciones: aun teniendo un nivel alto de algún otro idioma, sumergirse en la lectura de un libro en una lengua que no es la propia supone un enorme esfuerzo añadido. Pero ¿cuán a menudo nos paramos a reflexionar sobre la traducción? Supongo que solo cuando la que tenemos entre manos es llamativamente buena o mala (y, seguramente, sobre todo en este último caso). A veces pasa, incluso, que una mala traducción puede entorpecer la lectura —lo mismo que una mala edición, como comentaba Iván en esta entrada, relacionada asimismo con esta otra sobre la labor del corrector editorial hasta el punto de llevarnos a abandonarla (no sé si os ha pasado; a mí, sí). En términos generales, podríamos decir que una traducción es «aceptable» cuando ni siquiera se para uno a pensar que lo que tiene entre manos es una traducción: cuando se le permite al lector vivir la ilusión de que está leyendo un original.


Con todo esto solo quiero reflexionar sobre el hecho de que no leemos originales, sino traducciones. Que no leemos Hamlet o El guardián entre el centeno a secas, sino determinada visión/versión de Hamlet o El guardián entre el centeno. Entramos en terreno peliagudo y me vais a perdonar que quiera crear un poco de polémica respecto a la traducción, tema en el que normalmente no nos detenemos en este blog por motivos que explicamos aquí, pero es que toda traducción, por mucha fidelidad que jure guardar al original, es una versión, una recreación, inevitablemente tamizada por la interpretación del traductor. (Y no digo que esto sea en sí mismo algo negativo, ¿eh?, ojo: todo lector interpreta, y el traductor es ante todo lector). Así, también podríamos decir que toda traducción es a su vez un original nuevo.


Por eso, y aquí es donde quería llegar con esta reflexión, la recepción de un autor que para el lector sea extranjero depende innegablemente de la traducción que maneje. En traducción literaria, la línea entre interpretación inevitable y traición indeseable es muy difusa. Cuándo determinado rasgo lingüístico es simplemente una característica del idioma de partida que no se debe mantener en el de llegada, y cuándo es un rasgo distintivo del autor; cuándo una repetición es lo suficientemente significativa como para conservarla, y cuando es preferible utilizar sinónimos son solo dos de las cuestiones a las que se enfrenta el traductor literario. Cada profesional adoptará soluciones diferentes pero igualmente válidas en muchos casos.


Ahora bien, por ejemplo en poesía todo se vuelve más complicado, y a menudo al traductor no le queda más remedio que pasarse por el forro el código deontológico de la fidelidad, término necesariamente elástico a la hora de traducir un género como este. La poesía es el más claro ejemplo de traducción como recreación, y las consecuencias para el lector son brutales, para bien o para mal. Un ejemplo personal, en este caso para mal: hace poco me hice con una edición bilingüe de una poeta estadounidense maravillosa y comprobé que el «espíritu» llamémoslo así de la escritora había sido completamente tergiversado en la versión española. Para que nos entendamos: creí estar leyendo a Góngora cuando la traducción debía asemejarse más a Lorca (aparte de muchos otros detalles en los que no me voy a parar). Un amigo mío, voraz lector de poesía y poeta él mismo, me confesó que la autora en cuestión siempre lo había dejado frío. Pues ¿sabéis qué? Él había leído aquella misma traducción.


Después de estas reflexiones, que son mías y no necesariamente las de ningún otro miembro de ULAD, os invito a que compartáis con nosotros vuestras opiniones y experiencias con la lectura de traducciones. ¡Los comentarios son vuestros!

8 comentarios:

Santi dijo...

El tema de la traducción cada vez me parece más interesante, precisamente porque, como tú dices, no nos damos cuenta pero vivimos rodeados de traducciones (literarias, administrativas, periodísticas...) y porque la traducción implica elementos lingüísticos, psicológicos, sociales, económicos, culturales...

Estoy muy de acuerdo con todo lo que dices en el post: demasiadas veces el traductor es invisible (como dice Venuti, uno de los "traductólogos" más importantes) y el lector tiene la sensación de estar leyendo un original cuando no es así. Y esto se refleja también en el reconocimiento (social y económico) de los traductores, que es prácticamente nulo.

De hecho, las traducciones juegan un papel fundamental en las interacciones literarias (y no solo literarias) entre comunidades. Una frase de George Steiner que leí hace poco decía: "Sin traducción, habitaríamos regiones lindantes con el silencio" (cito de memoria). Y tiene mucha razón. Imaginemos un mundo (imposible) en el que no hubiera hablantes bi- o multilingües que sirvieran de puente entre culturas: sería un mundo invivible.

Claro que la traducción tampoco es una actividad inocente en un sentido socio-geo-político (o llámalo como quieras): no es casualidad que se traduzcan montones de novelas del inglés al español, y muchísimas menos del español (o de cualquier otro idioma) al inglés. Dejo otra cita para terminar este comentario (que me ha quedado muy largo y algo pedante), en este caso de Lucien Lefevere:

"La traducción se relaciona con la autoridad y la legitimidad y, en último término, con el poder, lo que explica precisamente por qué ha sido objeto de tantos y tan agrios debates. La traducción no es simplemente una ‘ventana abierta a otro mundo’ o algún otro tópico semejante. En realidad, la traducción es un canal abierto, a menudo con ciertas reticencias, a través del cual las influencias extranjeras pueden penetrar en la cultura local, desafiarla e incluso contribuir a subvertirla. ‘Cuando ofreces una traducción a una nación’, dice Victor Hugo, ‘esa nación casi siempre mirará esa traducción como una agresión contra ella’."

Irene dijo...

Hola. Mi pequeña contribución al tema. Yo, tal y como dice Paula, hasta no hace mucho no mehabía planteado jamás lo de las traducciones. Como muy bien dice en la entrada "podríamos decir que una traducción es «aceptable» cuando ni siquiera se para uno a pensar que lo que tiene entre manos es una traducción: cuando se le permite al lector vivir la ilusión de que está leyendo un original." Cuando la traducción es del francés o inglés, hay muchos y muy buenos traductores, puesto que son idiomas muy comunes, los habla mucha gente, hay competencia, y el resultado es bastante aceptable. ¿Pero que pasa con idiomas menos comunes? ¿De verdad que hay gente suficientemente preparada para hacer la traducción del sueco al español y que el resultado sea aceptable? Pues ese es mi caso. En verano, en la playa, me gusta leer "novela ligera", y como se han puesto de moda varios autores nórdicos, pues en ellos me metí. Esa fue la primera vez que me molesté en ver quien traducía, y pensé en si realmente era así de mala la novela, o que la traductora la estaba fastidiando.

izas dijo...

Hace poco hablé de este tema con mi hermana, que me preguntó: "¿Cómo se sabe si una traducción es buena?" La mejor respuesta que se me ocurrió fue la siguiente: "Si no te das cuenta de que lo que estás leyendo es un texto traducido, entonces estás ante una buena traducción", que es más o menos lo que dice Paula en esta entrada, pero no del todo cierto, claro. Porque hay que poder comparar con el original para saber realmente si la traducción es buena o mala.

También hay que tener en cuenta que no todas las traducciones son iguales. No es lo mismo traducir un artículo periodístico, por ejemplo, que una obra literaria. Y dentro de la literatura, sin duda, hay grados. Porque no es lo mismo traducir una novela de Stieg Larsson (con todos mis respetos) que un libro de poemas de Rilke.

Hay muchas obras –especialmente, en poesía– en las que el trabajo del traductor es especialmente arduo, porque su labor va más allá de la simple "conversión" del texto original en un texto en otra lengua. Allá donde el ritmo y la sonoridad de un idioma tienen tanta importancia como el "mensaje" (por llamarlo de alguna manera), el traductor se encuentra con un puzzle que no siempre es posible resolver. Y no porque el traductor sea malo, sino porque hay infinidad de cosas que se pueden decir en un idioma que, desgraciadamente, no se pueden decir en otro.

Santi dijo...

Curiosamente, Venuti (al que mencionaba en mi mega-comentario anterior) propone que los traductores hagan justo lo contrario: que NO den esa impresión de que el lector está ante un original, sino que dejen en el texto marcas de "extranjeridad" que muestren su origen. En lugar de "domesticar" el texto y llevarlo hacia el mundo (cultural y lingüístico) del lector, se trata de llevar al lector hacia el mundo (cultural y lingüístico) del origeinl. De esta manera, el traductor se des-invisibiliza y la lectura de la obra traducida se des-automatiza.

Si lo he entendido bien, Venuti parte precisamente de esta relación entre traducción y poder, y desde un contexto anglosajón: traducir al inglés, y convertir cualquier texto escrito en cualquier lugar del mundo y en cualquier época, en un texto que parece haber sido escrito en Londres en la época actual, es para él en el fondo un modo de dominación, e incluso de imperialismo. Su propuesta de traducción "extranjerizante" sería, por lo tanto, una forma de respetar la diferencia, de dar voz al "otro".

Pero claro, normalmente uno como lector lo que quiere es un texto que fluya, que sea casi transparente, así que no sé... No lo tengo claro...

izas dijo...

Mmmm yo estoy de acuerdo en parte. No creo que haya que "domesticar" un texto para que sea válido en cualquier parte del mundo, pero sí creo que tiene que parecer un original para que no entorpezca la lectura.

Es decir, si en un texto leo la expresión Er lebt wie die Made im Speck, tengo muy claro que no la voy a traducir como Vive como el gusano en el tocino, que es lo que significa literalmente, sino como Vive como un rey, que es lo que se suele decir en España.

Por otra parte, hace unos meses hablé con un traductor que estaba trabajando en la traducción de un libro finlandés al euskera. Como ya había sido publicado en castellano, utilizaba esta versión para comparar y me contó que en la versión castellana habían cambiado mcuhos detalles sin razón aparente. Por ejemplo, en un momento de la historia, la protagonista come (en el original) una rebanada de pan con mantequilla y embutido. En la versión española, come un bocadillo de embutido.

Esta "domesticación", en mi opinión, no tiene ningún sentido, pues una rebanada de pan con mantequilla y embutido es una comida completamente normal y es algo que se entiende en cualquier parte del mundo. Y, de hecho, a mí me resulta más lógico imaginarme a una mujer finlandesa comiendo una rebanada de pan con mantequilla que comiendo un bocadillo, que es algo más típico español.

Nicolás Flamel dijo...

Muy interesante entrada, yo solo hasta hace poco me puse a pensar en el tema (gracias a este blog precisamente), y me hace pensar seriamente en comprar las obras en su idioma original (por lo menos las del ingles, que es el unico que por ahora medio mastico), aunque en mi pais no es tan facil conseguirlas.
mmm...Quiza pudiera darle un 2da oportunidad a varios libros que me han parecido infumables, quiza el original me haga cambiar mi opinion sobre ellos.

Antonio F. Rodríguez dijo...

Mi opinión es que es una gran suerte tener como lengua materna un idioma como el español, con unos 500 millones de hablantes, por dos motivos (entre otros):
- Un porcentaje muy alto de textos publicados se traduce al español. ¿Cuántos libros se traducen al albanés o a otros idiomas minoritarios?.
- Podemos aprovechar la oportunidad d eller literatura oclombiana, mexicana, argentina, etc. en versión original.

En la traducción siempre se pierde algo. Hace poco me dijo una amiga serbia que Ivo Andric escribe en un serbio exquisito y que eso no se puede apreciar en la traducción española.

Salud y libros

Escanyabruixots dijo...

Como todo el mundo sabe: Traduttore, Traditore! (traductor, Traidor).

Pienso que la labor del traductor es muy difícil. El buen traductor no sólo debe dominar los idiomas implicados en la traducción sino que debería tener un conocimiento aceptable del tema de (o contexto en el que transcurre)la obra.

Saliéndome un poco por la tangente, ¿no os habéis encontrado con alguna traducción desfasada, sobretodo en reediciones de obras "clásicas"? Hay veces que encuentras un libro de reciente edición pero que la traducción utiliza un lenguaje de hace 40 años. No es que sea mala, es que ya no se habla de esa manera.

Las traducciones deberían revisarse de vez en cuando.

Una traducción no muy buena puede hacerle mucho daño a un libro. Pero esperemos no ver cosas como "Tarzán de los Alpes" por "Tarzan of the Apes" ...