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martes, 19 de julio de 2022

Nuria Barrios: La impostora

Idioma original: castellano

Año de publicación: 2022

Valoración: Recomendable


El viejo adagio, ya saben, traduttore traditore, puede ser un buen punto de partida para meternos de lleno en uno de los nudos recurrentes de la literatura: qué es la traducción más allá de lo obvio, la trasposición de un texto de un idioma a otro, qué implicaciones tiene, cuál es el papel del traductor, su aportación a la obra que traduce. El asunto es todo un clásico, y muy del gusto además de buen número de autores que son a su vez traductores, igual que Nuria Barrios, la autora de este ensayo.

Describe el libro cómo eso que parece no ofrecer muchas dudas, verter en un idioma las ideas expresadas en otro, es algo bastante más complejo de lo que puede aparentar. Cada lengua es también una forma de ver el mundo construida a lo largo de los siglos, llena de giros, metáforas incorporadas al lenguaje, polisemias y matices que resultan poco menos que imposibles de volcar en un código diferente. En definitiva, culturas distintas que alteran los significados hasta hacer inviable una correspondencia exacta. El traductor se enfrenta entonces no a un trabajo mecánico, sino a toda una interpretación del texto, una tarea que en algún momento Nuria Barrios define como imitación, que me parece un término muy exacto. 

Porque no se trata solo de encontrar esas correspondencias. Aunque felizmente se consigan encajar aquellas expresiones peculiares de uno y otro idioma, se trata de lo que en lenguaje mercantil llamaríamos la imagen fiel, lo más parecido al original en todos los aspectos, no solo léxico o semántico: cada texto tiene una cadencia, un color, emite una vibración especial, transmite sensaciones por las que un autor es inmediatamente reconocible, y todos esos rasgos de personalidad pueden perderse aunque la traducción sea técnicamente correcta. Desgraciadamente ocurre con alguna frecuencia, y el traductor se convierte entonces en el traidor que ha impedido que la esencia del texto llegue finalmente al lector.

Es otro de los aspectos de la traducción, el de filtro, a veces barrera, entre el autor y el lector. Lo que leemos realmente no es lo escrito por el autor, sino por el traductor que, de manera parecida al pacto ficcional, damos por sentado que se corresponde con lo que concebido originalmente. Pero leemos una interpretación, una adaptación, y lo que de ella nos llegue determinará sin remedio la opinión que el libro nos merece. Ese juego un poco diabólico de las dos voces lo ilustra Barrios con una de las imágenes más llamativas del libro: como traductora de John Banville, le encargan traducir el texto de su aceptación del premio Príncipe de Asturias; presente en el acto, Nuria escucha al mismo tiempo el original leído por Banville y su propia versión a través de la traducción simultánea: ¿es el mismo texto en dos lenguas diferentes, o son dos, el de Banville y el suyo? Otra cuestión a analizar, la autoría, el tanto de creatividad que se permite al traductor, o que las circunstancias le imponen, según.

Muchos asuntos para los que da de sí la figura del traductor, que casi siempre es también autor, la coexistencia y fricción entre los dos idiomas, la diferencia de interpretación de un texto no solo en función de la lengua, sino también de la época, siempre dudas y encrucijadas que hay que resolver, por lo general en plazos apretados impuestos por el editor… Problemas que hacen mella en el traductor y que Nuria Barrios desgrana poco a poco, combinando una cierta sistemática expositiva con oleadas de reflexión personal que, sin dejar de tener interés, quizá hacen perder algo de tensión al trabajo cuando la lírica adquiere un mayor protagonismo.

A cambio, para el disfrute del lector corriente quedan naturalmente las anécdotas, esas pequeñas historias ocultas en los pliegues de esta profesión: la traducción de Kafka que Borges firmó aunque reconoció no haberla hecho, la obsesión de Kundera con los errores de sus traductores, la versión china del Quijote, traducida por un tal Lin Shu… de oídas, o las peripecias (lamentables) de las traducciones del discurso-poema de Amanda Gorman para la toma de posesión de Biden. Sin duda habrá innumerables historias en torno a la traducción, la mayor parte de las cuales nunca conoceremos, y posiblemente sea mejor que no conozcamos. Porque, nos guste o no, y salvo los privilegiados que pueden leer con garantías libros en idiomas distintos del suyo propio, la mayoría de nosotros no leemos a Dostoyevski, a Kerouac, a Ibsen o a Tanizaki, sino a sus respectivos traductores.  


sábado, 7 de enero de 2012

Algunas reflexiones sobre la lectura de traducciones

La traducción es un fenómeno que a nadie le es ajeno: seamos o no conscientes, muchas de las noticias que leemos o escuchamos son traducciones; la mayor parte de las películas que vemos son traducciones; incluso los anuncios de perfumes, que en muchas ocasiones no están traducidos, son traducciones: ¿acaso es lo mismo escuchar «Carolina Herrera» a la española, con sus erres rotundas y su hache muda, que oír «Chu-guan-chu: Carowlina Hewrewra», con esa hache delicadamente aspirada? ¡Y qué me decís del de Nespresso!


De igual modo, muchos de los libros que leemos son traducciones: aun teniendo un nivel alto de algún otro idioma, sumergirse en la lectura de un libro en una lengua que no es la propia supone un enorme esfuerzo añadido. Pero ¿cuán a menudo nos paramos a reflexionar sobre la traducción? Supongo que solo cuando la que tenemos entre manos es llamativamente buena o mala (y, seguramente, sobre todo en este último caso). A veces pasa, incluso, que una mala traducción puede entorpecer la lectura —lo mismo que una mala edición, como comentaba Iván en esta entrada, relacionada asimismo con esta otra sobre la labor del corrector editorial hasta el punto de llevarnos a abandonarla (no sé si os ha pasado; a mí, sí). En términos generales, podríamos decir que una traducción es «aceptable» cuando ni siquiera se para uno a pensar que lo que tiene entre manos es una traducción: cuando se le permite al lector vivir la ilusión de que está leyendo un original.


Con todo esto solo quiero reflexionar sobre el hecho de que no leemos originales, sino traducciones. Que no leemos Hamlet o El guardián entre el centeno a secas, sino determinada visión/versión de Hamlet o El guardián entre el centeno. Entramos en terreno peliagudo y me vais a perdonar que quiera crear un poco de polémica respecto a la traducción, tema en el que normalmente no nos detenemos en este blog por motivos que explicamos aquí, pero es que toda traducción, por mucha fidelidad que jure guardar al original, es una versión, una recreación, inevitablemente tamizada por la interpretación del traductor. (Y no digo que esto sea en sí mismo algo negativo, ¿eh?, ojo: todo lector interpreta, y el traductor es ante todo lector). Así, también podríamos decir que toda traducción es a su vez un original nuevo.


Por eso, y aquí es donde quería llegar con esta reflexión, la recepción de un autor que para el lector sea extranjero depende innegablemente de la traducción que maneje. En traducción literaria, la línea entre interpretación inevitable y traición indeseable es muy difusa. Cuándo determinado rasgo lingüístico es simplemente una característica del idioma de partida que no se debe mantener en el de llegada, y cuándo es un rasgo distintivo del autor; cuándo una repetición es lo suficientemente significativa como para conservarla, y cuando es preferible utilizar sinónimos son solo dos de las cuestiones a las que se enfrenta el traductor literario. Cada profesional adoptará soluciones diferentes pero igualmente válidas en muchos casos.


Ahora bien, por ejemplo en poesía todo se vuelve más complicado, y a menudo al traductor no le queda más remedio que pasarse por el forro el código deontológico de la fidelidad, término necesariamente elástico a la hora de traducir un género como este. La poesía es el más claro ejemplo de traducción como recreación, y las consecuencias para el lector son brutales, para bien o para mal. Un ejemplo personal, en este caso para mal: hace poco me hice con una edición bilingüe de una poeta estadounidense maravillosa y comprobé que el «espíritu» llamémoslo así de la escritora había sido completamente tergiversado en la versión española. Para que nos entendamos: creí estar leyendo a Góngora cuando la traducción debía asemejarse más a Lorca (aparte de muchos otros detalles en los que no me voy a parar). Un amigo mío, voraz lector de poesía y poeta él mismo, me confesó que la autora en cuestión siempre lo había dejado frío. Pues ¿sabéis qué? Él había leído aquella misma traducción.


Después de estas reflexiones, que son mías y no necesariamente las de ningún otro miembro de ULAD, os invito a que compartáis con nosotros vuestras opiniones y experiencias con la lectura de traducciones. ¡Los comentarios son vuestros!