miércoles, 30 de noviembre de 2011

El libro de mi infancia: Don Camilo, de Giovanni Guareschi


Título original: Mondo piccolo. Don Camillo
Idioma original: italiano
Año de publicación: 1948
Valoración: Está bien

La librería de mi abuela tenía puertas y dos largos estantes reservados para mí a una altura que pudiera alcanzar. Cuando ella salía o estaba en la cocina, en el otro extremo de la casa, comprobaba si había echado la llave y me ponía a curiosear los libros que estaban fuera de esos dos releídos estantes. Así, entre montones de obras religiosas y teológicas (que intentaba descifrar siempre que no tenía nada mejor entre manos) y unas pocas algo más frívolas, descubrí Don Camilo que, supongo, leí con permiso porque me recuerdo sentada tranquilamente con el libro abierto sobre la mesa del comedor. La mayoría de los libros de aquella vitrina se han perdido con el tiempo pero éste me ha seguido a todas partes y ahora, mientras escribo, lo tengo enfrente de mí. Es pequeño, tiene un diseño antiquísimo, se mantiene entero gracias a un doble forro (y aún así precariamente), huele a viejo y sus hojas son del mismo tono que el papel de estraza que lo envuelve. Nada raro: en la última página informan de que el ejemplar se acabó de imprimir en Buenos Aires el 5 de octubre de 1955.

Imaginemos un comentario nuestro de cualquier novela leída no hace mucho. ¿Se parecería algo al que haríamos si la hubiésemos leído de niños? Aún me recuerdo sumergida en aquel piccolo mondo y ésa es la impresión que me gustaría conservar. Ya he dicho que el libro sigue cerca de mí, pero no tengo intención de releerlo.

Con ocho años, comprender lo que sucedía literalmente en la novela no tuvo ninguna complicación porque está escrita con sencillez y humor, muestra sucesos cotidianos y lo que pinta es un entorno rural. Además, y en un segundo nivel, me daba cuenta de que estaba ante un relato tierno, irónico y lleno de humor – aunque entonces no supiese expresarlo –, donde los personajes son tratados con cariño, y la convivencia se reduce a un pequeño círculo. Una vida muy distinta a la que yo conocía viviendo en Madrid, por eso era apasionante poder asomarme a un rincón del mundo donde todos se conocen, en el que de vez en cuando se produce un amago de pelea que añade emoción sin que nunca ocurra nada serio. La furia del gigante que era el cura Camilo, la ignorancia teñida de ideología de Pepón, la imagen del cristo a quien el primero pide siempre consejo y las peripecias que se van produciendo me interesaban muchísimo. También era una oportunidad para asomarse a un espacio reservado a los adultos y a contenidos no destinados expresamente a la gente de mi edad.

Probablemente intuía que se me escapaba algo. Ahora sé que ése algo era el tercer nivel: las alusiones políticas, la burla, no sólo hacia el personaje Pepón (el alcalde comunista, entrañable pero más bruto que un arado) sino al comunismo como ideología, en opinión del autor propia de pobres e ignorantes. Para mí, Guareschi – ultra católico, próximo a la democracia cristiana y anticomunista acérrimo – se burlaba de Pepón y de nadie más. La niña que yo era comprendía que Pepón era un poco simple, también que Pepón era comunista. Así, por separado. Pero eso no me hacía pensar que los comunistas fuesen ni tontos ni analfabetos. Tampoco podía saber que Guareschi hablaba por boca del cura – semejante a él incluso en su aspecto – y que procuraba suavizar sus defectos mientras a Pepón se le ridiculizaba abiertamente, ni que estuviese aprovechando (legítimamente) el reciente triunfo de su tendencia política y el correspondiente gran fracaso de la izquierda. No todo mensaje llega a su destino, cuando la ingenuidad protege de la demagogia puede ser una suerte.

La novela es divertida, tiene ritmo, picardía y un estilo agradable. Es cierto que se ha quedado anticuada pero se ha convertido en un documento histórico. Y en su día alcanzó tal popularidad que animó a su autor a escribir otros siete volúmenes, la mayoría publicados póstumamente. Basándose en ellos se rodarían al menos seis películas de producción francesa e italiana entre 1952 y 1983.

Secuelas aparte, Don Camilo supuso en mi caso una precoz lección de tolerancia, a pesar de todos los pesares y sin que nadie se lo hubiera propuesto.