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lunes, 15 de enero de 2018

Marcel Proust & Jacques Rivière: Correspondencia 1914-1922

Idioma original: Francés
Título original: Correspondance 1914-1922
Traducción: Juan de Sola
Año de publicación: 2017
Valoración: Hombre, por favor. La duda ofende

Marcel Proust escribió a lo largo de su vida unas 100.000 cartas. Al menos, eso dice Philip Kolb, que estima que las 5.000 que él recopiló para la edición de su monumental Correspondance son solo la vigésima parte del total. ¡100.000 cartas! ¡Y eso que él mismo se declaró, en una carta enviada a Jacques Rivière en noviembre de 1919, "ateo de la amistad"!

Aquí "únicamente" se reúnen 201 cartas; 199 enviadas por Proust a Rivière o viceversa, una de Celeste Albaret (criada de Proust) y otra de Reynaldo Hahn, en la que comunica a Rivière el fallecimiento del escritor.

Pero quién fue y qué importancia tuvo Jacques Rivière en la vida de Marcel Proust?

Para responder a estas cuestiones es necesario que antes hablemos de la "Nouvelle Revue Francaise" (NRF). La NRF, fundada en 1908 por un importante grupo de escritores franceses entre los que destacaba André Gide, fue una revista literaria y editorial clave en las letras francesas de la primera mitad del siglo XX. Aquí entra en juego Jacques Rivière. Colaborador de la NRF desde 1910 y director de la revista entre 1919 y 1925, fue el principal responsable de que Proust publicara casi la totalidad de la Recherche en las Ediciones de la NRF, hasta el punto de que uno duda de qué hubiera sido de la obra de Proust sin Rivière. De hecho, la NRF rechazó (genial, André Gide, genial) en 1912 y 1913 publicar su primer tomo ("Por el camino de Swann") y hubo de ser el propio Proust quien sufragara de su bolsillo los gastos de la edición. Afortunadamente, la aparición de Rivière, y su deslumbramiento ante la obra de Proust permitió que esta no cayera en el olvido. Así que la importancia de Riviere es capital.

Por todo esto, podemos decir que la correspondencia entre Proust y Rivière posee un triple valor: como "objeto de culto", documental e histórico.

Empiezo por el lado friki. Es mitomanía pura y dura, lo sé, pero me encantaría ver esas cartas, poder palpar su papel amarilleado por los años, ver la escritura, que imagino intrincada y caótica, de Proust, ver la letra de Rivière, etc. Imagino que los proustianos del mundo compartirán esta opinión.

Quitando el componente absolutamente subjetivo de este primer valor, es innegable el valor documental, tanto a nivel profesional como personal, de la correspondencia. El aspecto profesional es más marcado en las cartas de los primeros años (1914 y 1919, fundamentalmente (la correspondencia se vio interrumpida por la llamada a filas de Rivière en la PGM)). Y es que no dejan de ser las cartas entre un escritor y su editor y tratan sobre temas como los anticipos a publicar en la NRF, las galeradas, pruebas, correcciones y publicación de "A la sombra de las muchachas en flor" y del resto de tomos, el premio Goncourt, las tensiones con Gallimard, etc. Pese a lo que podría parecer, me han resultado de lo más entretenidas: las múltiples correcciones, pruebas, problemas con impresores, suspicacias, el puntillismo de Proust a la hora de elegir los fragmentos a publicar, los intentos de uno y otro de convencerse mutuamente... dan una idea clara del proceso de publicación de la obra proustiana. Una vez que la confianza mutua aumenta, lo profesional pierde peso frente a lo personal. La relación de amistad se va afianzando  y en la correspondencia se aúnan aspectos profesionales y personales. Junto a los temas anteriores y a otros propios de la relación escritor - editor, encontramos referencias a los múltiples problemas de salud de ambos, consejos de Proust al Rivière escritor o al Rivière director de la NRF, confesiones personales, recomendaciones literarias, la rendida admiración de Rivière por la obra de Proust y de Proust por la labor de Rivière, etc. Sirvan como ejemplo estos extractos:
13/10/1921. J. Rivière a M. Proust: "Ahora mismo eres el autor, el creador de una sociedad al menos tan completa y compleja como la de la Comedia Humana. ... Tienes a la vez las dotes del pintor y las del analista... No sé de nadie en quien estas dos cualidades se hayan encontrado nunca aliadas...
08/06/1922 J. Rivière a M. Proust: "¿Por qué has perdido la esperanza de acabar tu obra? Yo estoy convencido de que la terminarás. Es tan grande la necesidad que tenemos todos que no puede quedar insatisfecha. ¿Sí, es misticismo si quieres! Pero del bueno
Indudable es, por último, el valor histórico de esta correspondencia. Las cartas son un testimonio perfecto del funcionamiento del mundillo editorial de la época (que no imagino demasiado diferente al actual), con sus presiones e intrigas, sus tejemanejes en los premios literarios, sus rencillas, afinidades o celos debidas a éste o aquel artículo, amores y odios enconados, etc. En algún momento, más por desconocimiento mío de las personas citadas que por otra cosa, pueden resultar algo complicadas de seguir; aun así, son también sumamente interesantes.

En definitiva, un libro indispensable para aquellos que hayan disfrutado de "En busca del tiempo perdido" y altamente recomendable para interesados en el "backstage" del mundo editorial. 

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Todo  "En busca del tiempo perdido" + bonus track AQUÍ

Otra cosa, antes de que se me olvide (que todo hay que decirlo): Magnífica edición por parte de La Uña Rota y estupendo prólogo de Juan de Sola. Un lujo

jueves, 21 de abril de 2016

TochoWeek #4. Marcel Proust: El mundo de Guermantes (En busca del tiempo perdido III)

Idioma original: Francés
Título original: Le côté de Guermantes
Traducción; Pedro Salinas y José María Quiroga Plá
Páginas: 744
Año de publicación: 1920-1921
Valoración: Muy recomendable


Si tuviera que elegir el “tocho de todos los tochos”, elegiría “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust. Compuesto, a su vez, de siete tochos, en los que las frases y los párrafos son, por lo general, nuevos “sub-tochos”. Quizá por eso, cuando llevaba leída ya la mitad del libro, apunté por ahí que iba avanzando por él a machetazos. Y es que la prosa de Proust tiene momentos en los que parece la más impenetrable de las selvas. Avanzas por párrafos y frases eternos, cada vez más retorcidos, densos, en los que has de volver atrás, coger impulso, pero sigues, a veces a duras penas, porque sabes que al final el esfuerzo merecerá la pena.

Total, que para celebrar la “TochoWeek” vamos a reseñar el tercer tomo de “En busca del tiempo perdido”: “El mundo de Guermantes”, el cual, a su vez, se subdivide en dos partes separadas por un suceso trágico. Ja, ¿alguien decía que en las novelas de Proust no pasaba nada? Pues sí, en este libro, aunque no lo parezca, sucede algo.

Vayamos al grano.

Si los dos primeros tomos (“Por el camino de Swann” y “A la sombra de las muchachas en flor”) estaban ambientados en la infancia y adolescencia de Proust, en "El mundo de Guermantes" nos encontramos a un Proust ya en su juventud. Pese al paso del tiempo, los temas siguen siendo, básicamente, los mismos: el amor (como idealización de la persona amada y de lo que la rodea), la soledad, el arte, las relaciones sociales y, sobre todo, el tiempo y su influencia en la percepción de las cosas.

Pero el personaje evoluciona y aparecen nuevos temas, como la política, el antisemitismo o la homosexualidad. Prueba de esta evolución del personaje la encontramos ya al comienzo del libro. En él, tras regresar de su retiro con fines medicinales en Balbec, vuelve a disfrutar de la vida en la ciudad. Allí acude al teatro y tiene la oportunidad de ver actuar, de nuevo,  a la Berma, que tanto le había decepcionado (de tanto como había ansiado verla) en su adolescencia, quedando en esta ocasión completamente maravillado.

La verdad es que el comienzo del libro nos trae a Proust en estado puro, con unas detalladísimas y bellísimas descripciones de los palcos y de los ambientes del teatro. En estas páginas nos encontramos con un Proust absolutamente desatado.

Como hemos comentado, el amor vuelve a ser importante (recordemos que se trata de un amor más ideal que carnal). Si en los dos primeros tomos eran Gilberta y Albertina las adolescentes objeto de su amor no correspondido, en este caso es Oriana, duquesa de Guermantes, la mujer objeto de sus intentos de acercamiento. Intentos torpes y tímidos de acercarse a ella y al mundo del que forma parte y que precisarán de la colaboración de su amigo Roberto de Saint-Loup, pariente a su vez de la duquesa. A raíz de las relaciones que Saint-Loup mantiene con Raquel, prostituta de “a 20 francos”, Proust aprovecha para reflexionar sobre el amor, en otra de las partes más interesantes del libro.

Los citados intentos de acercamiento acaban con la entrada de Proust en los círculos aristocráticos, a través de la ya conocida marquesa de Villeparisis. En casa de ésta, asistirá a una reunión con multitud de personajes, entre ellos la duquesa de Guermantes (con la que apenas intercambia unas breves palabras), que entran y salen de la reunión, exponiendo sus puntos de vista sobre las relaciones sociales, el asunto Dreyfus, tan en boga en aquel momento, y la cuestión judía. Pero no os asustéis. No estamos ante un Proust político, ni mucho menos. Él es un mero testigo, sin más. Utiliza el “caso Dreyfus” únicamente para definir a los personajes.

Finaliza esta primera parte del libro con la salida de nuestro protagonista de la reunión y unos extraños comentarios por parte del barón de Charlus acerca de una “misión secreta” para él.

La segunda parte del libro comienza con unas de las más bellas páginas de todo "En busca del tiempor perdido", al menos hasta ahora. Son las que narran la enfermedad, agonía y muerte de la abuela (¡ay, esas freudianas relaciones entre Proust, su madre, su abuela y su sirvienta Francisca!). Sencillamente, son impresionantes.

Y tras un pequeño salto en el tiempo, Proust se reencuentra con una, en esta ocasión, servil Albertina, su amor de Balbec. Ese amor, para él, ha pasado a mejor vida, lo que no es óbice para que, cruelmente, se aproveche de Albertina (porque Proust era muy sensible, pero también un poco "golfo").

Por último, consigue, cuando menos lo deseaba ya, entrar en el círculo más íntimo de la duquesa de Guermantes. Acude, entre príncipes, duques, condes, embajadores..., a reuniones sociales de lo más elitista pero también de lo más mundano con sus charlas insustanciales, falsedades, cotilleos y envidias. Comprueba cómo ese mundo, en realidad, es completamente diferente al que él había imaginado, igual que ya le ha ocurrido con el amor o con el arte.

Concluye el libro de forma abrupta y sorprendente, con dos hechos. Por un lado, el barón de Charlus, el de la extraña proposición al final de la primera parte, le retira inesperadamente su amistad. Por otro, reaparece Swann, ya avejentado y enfermo, en casa de la duquesa de Guermantes. Quizá me equivoque, pero da la impresión de que el barón de Charlus y Swann serán importantes en el siguiente tomo.

En definitiva, el libro contiene páginas absolutamente geniales como muchas descripciones (de personas y ambientes), la parte de la enfermedad y muerte de la abuela o las reflexiones sobre cómo influye el paso del tiempo y las circunstancias en nuestra forma de ver y sentir cosas como el amor, el arte o la propia vida. En ellas se manifiesta de forma clara la extremada sensibilidad de Proust.

Pero también contiene páginas bastante farragosas y extensas, como las dedicadas a las reuniones sociales, en las que el lector puede terminar agobiándose ante tanta genealogía y tanta vacuidad. De ahí que no lo haya calificado como “Imprescindible”, sino como “Muy recomendable”·

De todas formas, anímense. Lean a Proust. Poco a poco. Con calma. Como a los grandes tochos de la literatura, se le amará o se le odiará. No habrá termino medio.

Por mi parte, sé que seguiré con mi particular “año Proust”. Ya sólo quedan cuatro tomos. Me tomaré un pequeño descanso, pero “Sodoma y Gomorra” (otro tocho) espera.

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jueves, 11 de febrero de 2016

Colaboración: Por el camino de Swann de Marcel Proust (En busca del tiempo perdido I)

Idioma original: Francés
Título original: Du côté de Chez Swann 
Año publicación: 1913
Valoración: Imprescindible, aunque no apta para todos los públicos

Harto ya de ver en multitud de contraportadas expresiones tales como “El Proust de nuestro tiempo”, “El nuevo Proust”, “El Proust escandinavo”, etc., y después pensar… “Si este es el nuevo Proust, igual es que el antiguo no era para tanto”, uno se ve en la obligación de tirar de fondo de armario y de volver a leer algo del “verdadero Proust”. ¡Y qué mejor que la primera parte de su archifamosa, monumental y, en cierto modo, autobiográfica En busca del tiempo perdido!

Se trata de “Por el camino de Swann”, editada por vez primera en 1913. La obra, a su vez, se divide en tres partes. La primera, “Combray”, que correspondería a la infancia de Proust, consiste en una continua evocación de escenas de la vida familiar por parte de un narrador marcado fundamentalmente por dos hechos: una exacerbada sensibilidad y un incesante anhelo de amor materno. En una de las últimas escenas, el narrador descubre a Gilberte, hija del matrimonio formado por Charles Swann y Odette de Crecy (protagonistas de la segunda parte) y que volverá a aparecer en la tercera parte.

Esta primera parte recuerda mucho a ciertos cuadros impresionistas, por la obsesión de Proust por plasmar en sus líneas el instante y por el papel primordial que juegan en la misma los sentidos, que ponen en marcha los resortes de la memoria. Y para muestra la célebre escena de la magdalena. Sí, esa en la que el sabor de una magdalena le trae a Proust el recuerdo de las magdalenas que su tía-abuela Leonie le daba los domingos por la mañana en Combray y desencadena todo un torrente de recuerdos del propio Combray y sus gentes.

La segunda parte, “Un amor de Swann”, que puede leerse como un relato independiente, está situada en el tiempo años antes de “Combray”. En ella se narra el nacimiento y evolución del amor (o sucedáneo del amor) de Charles Swann por Odette de Crecy, mujer de “dudosa reputación”. Inicialmente, Swann siente un instintivo rechazo por Odette, pero la identificación de ésta con una determinada obra de arte le llevará a Swann a enamorarse de Odette, aunque este amor derivará posteriormente en una espiral de celos, egoísmo y un cierto masoquismo. Aunque en la primera parte ya aparece el matrimonio entre Charles Swann y Odette de Crecy, no podemos decir que sea un spoiler como tal.

Destaca en esta segunda parte, además del detallado análisis que hace Proust de la psicología del amor, el tratamiento que da a las relaciones sociales en la mediana y alta burguesía y en la aristocracia, relaciones cargadas de cinismo, hipocresía y apariencia. Esta segunda parte quizá sea la más ligera o de más fácil lectura de las tres, pero siempre teniendo en cuenta que Proust no es lo que se dice un autor fácil.

Por último, “Nombres de tierras: El nombre” cierra el libro con una breve evocación por parte del narrador de sus primeros acercamientos o intentos de acercamiento a Gilberte, hija de Swann y Odette, con los Campos Elíseos como telón de fondo. Si en la primera parte el narrador evocaba sus recuerdos de infancia, en esta tercera parte la deja atrás y entra en la adolescencia.

En resumen, nos encontramos ante una obra fundamental en la literatura francesa (y universal) del siglo XX, escrita por uno de los autores con un estilo más personal. Este estilo es lo que convierte a la obra en “Imprescindible, aunque no apta para todos los públicos”. Y me explico. No apta para todos los públicos por dos motivos fundamentales:

1. No hay acción. O, más bien, no hay acción como la entendemos actualmente. Lo que hay son una serie de recuerdos que fluyen y que dan lugar a descripciones detalladísimas de situaciones, lugares, comportamientos, etc. Por tanto, absténganse aquellos lectores que busquen una novela de planteamiento, nudo y desenlace. No la hay. No es el objetivo.

2. La sintaxis. Frases largas, larguísimas, con subordinadas y subordinadas y subordinadas, metáforas, digresiones, incisos, etc., que pueden hacer a un lector no demasiado atento perder el hilo de la narración. Ergo, abstenerse aquellos lectores que busquen algo “para pasar el tiempo”, sin complicaciones y que no estén dispuestos a olvidarse del mundo mientras leen.

Ahora bien, podemos dar la vuelta a estos dos motivos y hacer que la lectura de esta obra sea toda una experiencia. Si somos capaces de leerla con paciencia, volviendo atrás en ciertos momentos, sumergiéndonos en las maravillosas descripciones y saboreando los múltiples instantes que nos ofrece Proust, descubriremos las razones por las cuales nos hallamos ante un clásico universal.

P.D.: He de reconocer que la primera vez que leí Por el camino de Swann, hará ya unos diez años, no fui capaz de disfrutarla como lo he hecho ahora, que me veo con ganas hasta de seguir con los seis volúmenes restantes. Así que calma, mucha calma. ¡Y a disfrutar del universo proustiano que, por cierto, es único!

sábado, 10 de diciembre de 2016

Lorenza Foschini: El abrigo de Proust

Idioma Original: Italiano
Título original: Il cappotto di Proust. Storia di un'ossessione letteraria
Traducción: Hugo Beccacece
Año de publicación: 2010
Valoración: Recomendable / Imprescincible para mitómanos proustianos

Muy pocas veces el título de la obra define tan a la perfección lo que en ella nos encontraremos como en esta ocasión. Porque "El abrigo de Proust. Historia de una obsesión literaria" es el relato de la obsesión del perfumista y bibliófilo (en sus ratos libres) Jacques Guérin por un autor, Marcel Proust, y por una obra, "En busca del tiempo perdido"

Ay, Marcel Proust, la Recherche, las magdalenas… Mi adorado Marcel…

Resulta gracioso que alguien se dedique a acumular objetos y recuerdos del escritor de la memoria y el recuerdo por antonomasia, ¿no? ¿Qué pensaría de todo eso? Bah, dejémonos de elucubraciones.

Comienza el libro con la visita de su autora al parisino Museo de Carnavalet, en el que se encuentran buena parte de los objetos de Proust (muebles, ropa, cartas, versiones de sus obras, etc) que sobrevivieron a su muerte y a las posteriores mudanzas, herencias y disputas. A partir de esta visita, Foschini novela los hechos, no olvidemos que reales, que hicieron posible que esos objetos llegaran al Museo y conoceremos al hombre gracias al cual esto pudo suceder, el ya mencionado Jacques Guérin. 

Es curioso averiguar cómo pudo Guérin reunir todos esos objetos. Pues bien, a su obsesión por Proust y a su fortuna personal se unieron un poco de casualidad, otro poco de buenos contactos y un mucho de perseverancia, hasta el punto de revisar todos los días las necrológicas en la prensa para comprobar si algún familiar lejano de los Proust o algún contemporáneo de estos hubiese fallecido para presentarse en su funeral y ganarse su confianza. 

La cantidad de esfuerzo, de tiempo, de dinero, empleada por Guérin para ir acumulando tantas y tantas cosas. ¿Y todo eso para qué?

Pero volvamos al libro y veamos qué lo hace tan disfrutable, al menos para mí.

Resulta, en primer lugar, interesante el intento que hace Foschini de entender y explicar qué puede llevar a alguien a tratar de apropiarse de todo lo que queda de un autor (o artista, en general). Podría ser, por ejemplo, el "conservar, en cierto modo, aquel misterio latente que tienen los objetos de los otros cuando fueron amados y valorados por ellos, ..., el conservar, en cierto modo, una chispa de aquel amor, de aquel placer, y sentirse finalmente satisfecho" o el sentimiento de ser el "salvador de algo sagrado". No sé qué os parecerá, pero me da la impresión de que estas sensaciones o sentimientos son los mismos, a otra escala, que nos llevan a tratar de leer ávidamente toda la obra de algún autor que nos haya marcado de alguna manera, que nos haya descubierto nuevos mundos. ¿No os sentís en esas ocasiones como depositarios de algo único? ¿No llevamos todos un Jacques Guérin dentro?

Otro aspecto a destacar es la revisión de las relaciones familiares de Marcel Proust, tanto con sus padres como con su hermano Robert y su cuñada Marthe Dubois-Amiot, depositaria tras la muerte de Robert de la herencia de Marcel, y su contraposición a las relaciones familiares del propio Guérin. Personalmente, eran aspectos de la vida del autor que desconocía y resulta interesante conocerlos por lo que aportan de luz sobre su principal obra.

Uno podría pensar, por otra parte, que el tema del libro sea algo aburrido o pesado, pero lo cierto es que la narración es sumamente ágil y entretenida. Vale, son apenas 150 páginas, ¡pero es que me he leído en libro en poco más de una tarde! Mención especial para la edición de Impedimenta, desde la preciosa portada hasta las cartas, fotografías y retratos que se reproducen a lo largo del libro a medida que van apareciendo en la narración. Un verdadero lujo.

Solo añadir, para finalizar, que si eres un mitómano o un bibliófilo o un proustiano empedernido, éste es tu libro. Si no, te resultará curioso o entretenido, sin más.

Termino ya la reseña pidiendo perdón por su extensión y animandoos a encontrar en ella un pequeño guiño a alguien relacionado con el libro. Ya me contáis.

sábado, 25 de junio de 2016

Marcel Proust: La prisionera (En busca del tiempo perdido V)

Título original: La prisonnière
Traducción: Consuelo Berges
Idioma original: Francés
Año de publicación: 1925
Valoración: Imprescindible

Hay un proverbio español que dice que “No hay quinto malo”. Su origen se sitúa en el mundo de los toros, más concretamente en la época en la que en las corridas de toros no existía el sorteo de los toros, sino que era el ganadero quien, teórico conocedor del previsible juego de los animales, reservaba el de mejor nota y presumible mejor comportamiento para ser lidiado en quinto lugar. (¡Gracias, Wikipedia!)

Pues bien, cualquiera diría que Proust se basó en el conocido proverbio y dejó para este quinto tomo de “En busca del tiempo perdido” su mejor toro porque lo cierto es que “La Prisionera” es una auténtica barbaridad de libro.

Esta quinta parte de “En busca del tiempo perdido” podría ser un ensayo novelado, si se me permite este "engendro", sobre los celos y el amor. 500 páginas dedicadas, prácticamente en su totalidad, a estos dos sentimientos que el propio Proust define así:
“Muchas veces los celos no son más que una inquieta necesidad de tiranía aplicada a las cosas del amor”, en la página 109.
“Sólo amamos aquello en que buscamos algo inasequible, sólo amamos lo que no poseemos”, en la página 474.

Proust disecciona, con su habitual precisión, las causas y efectos de los celos, que pueden ser pasados, presentes o futuros, en las relaciones amorosas, tanto para el que los padece (el propio narrador) como para el que es objeto de los mismos (Albertina).

Pero no se limita a analizar los celos en las relaciones amorosas y/o sexuales (Proust y Albertina, Charlus y Morel), sino también en las relaciones sociales (Verdurin y Charlus), en la amistad o incluso en la relación de sus sirvientes o criados hacia sus amos (Francisca y Proust).

La acción, esta vez, se sitúa íntegramente en París, donde nuestro “héroe” y Albertina comparten apartamento, aunque no habitación (pero sí cama), no vaya a ser que cualquiera sepa que está allí la vea y se enamore de ella, y donde los enfermizos celos del protagonista harán que éste mantenga a Albertina semiencerrada. Ya comentábamos en una reseña anterior que Albertina era el personaje más maltratado del libro, y aquí se lleva la palma.

Estos celos provocarán diferentes situaciones, reflexiones y reacciones de cada uno de los personajes del libro. Centrándonos en sus principales protagonistas, llevarán a nuestro querido narrador a un permanente estado de indecisión (la dejo – no la dejo, la quiero – no la quiero…) y a vivir en un tiovivo de sensaciones, que finalmente provocarán que sea la propia Albertina la que opte por largarse y dejar al “pobre” Proust compuesto y sin novia (por cierto, no será la única ruptura a la que asistamos en "La prisionera").

En resumen, más de 500 páginas dando vueltas y más vueltas alrededor de los celos. Esto podría ser tedioso en manos de cualquier otro autor, pero Proust lo convierte en una obra maestra.

Y, oigan, no sé si será que ya me he acostumbrado a su estilo y a su ritmo o, simplemente, que, a diferencia de los tomos anteriores, no asistimos a la interminables reuniones sociales que se hacían un tanto cuesta arriba, pero me da la impresión de que su lectura ha sido más accesible que la de tomos anteriores.

Ya solo quedan dos tomos. El fin se acerca. Y aún quedan muchas preguntas sin respuesta. La fundamental: ¿Encontraremos el tiempo perdido?

------------------------CONTINUARÁ (después de la canícula estival)---------------

El resto de "En busca del tiempo perdido" en ULAD:
El tiempo recobrado (En busca del tiempo perdido VII)
La fugitiva (En busca del tiempo perdido VI)
Sodoma y Gomorra (En busca del tiempo perdido IV)
El mundo de Guermantes (En busca del tiempo perdido III)
A la sombra de las muchachas en flor (En busca del tiempo perdido II)
Por el camino de Swann (En busca del tiempo perdido I)

miércoles, 16 de marzo de 2016

Colaboración: A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust (En busca del tiempo perdido II)

Idioma original: Francés
Título original: À l'ombre des jeunes filles en fleurs 
 Año publicación: 1919
Valoración: Imprescindible

¡Basado en hechos casi casi reales!

—Oye, ¿cuándo piensas apagar la luz?

—En cuanto acabe éste capítulo, te lo prometo.

—¡Trae a ver cuánto te queda...! Pero… ¡Si esto no tiene capítulos ni separación entre los párrafos! ¡Y pesa como un ladrillo!. ¿A la sombra de las muchachas en flor? ¿Pero qué es esto?

—Un respeto por Don Marcel Proust y su obra. Estoy casi terminando el segundo tomo de su heptalogía (toma palabro) En busca del tiempo perdido y…

—¿Segundo tomo? ¿De siete? Ni que fueran los libros de Juego de tronos. ¿Te piensas leer siete libros así?

—Siete no. ¡Setenta veces siete!

—Anda. Déjate de rollos y dime, al menos, de qué trata.

—¡Fácil me lo pones! Pues mira. Realmente, para tener casi 700 páginas no trata de casi nada. Y trata de todo, por otra parte.

—¿Algo más concreto?

—Lo intento. En términos muy generales, la heptalogía son los recuerdos novelados del propio Proust (de ahí el título). Claro ejemplo es el primer tomo (Por el camino de Swann), formado fundamentalmente por sus recuerdos de infancia en Combray y por su primer amor casi de pre-adolescente: Gilberta Swann.

—¡Te preguntaba por A la sombra de las muchachas en flor! Por cierto, vaya título, por favor. ¡Abrevia!

—Vale. Mira, se divide en dos partes. La primera parte comienza donde terminó el primer tomo. Continúan los inocentes juegos en los Campos Elíseos con Gilberta, consigue que los Swann le inviten a su casa, donde puede estar más tiempo aún cerca de Gilberta y donde conoce al escritor Bergotte, lo que aprovecha para introducir multitud de reflexiones sobre el arte y los artistas. Todo esto hasta que Gilberta se cansa de su presencia constante y, como decía una famosa folclórica, a ésta “se le rompe el amor de tanto usarlo”. A pesar de eso (o por eso), el protagonista seguirá visitando a Odette de Crecy, madre de Gilberta.

—Muy gracioso eso de “se le rompe el amor de tanto usarlo”. ¿Y la segunda parte?

—Personalmente, esta segunda parte es la que más me ha gustado. En ella, después del fracaso con Gilberta y dado que el muchacho tiene una salud de lo más “delicada”, se va con su abuela y una criada a la ciudad balneario de Balbec a tomar baños de mar. Esto le implica separarse de su madre, lo que para él es todo un trauma.

—¡Guau! Toda una aventura!

—¡Fina ironía la tuya! Espera. Allí, entre visitas de cortesía, paseos, baños, más paseos, desayunos, comidas, meriendas y cenas, conoce a varios personajes que para él serán muy importantes: la marquesa de Villeparisis, el barón de Charlus, Robert de Saint-Loup (vinculados al ducado de Guermantes, que está presente en toda la obra) y, sobre todo, el pintor Elstir, que será clave en la formación estética del narrador. Y, por supuesto, el grupo de “las muchachas en flor”, con Albertine a la cabeza. Una Albertine, que vendrá a ocupar el lugar de Gilberta. Y, al igual que pasó con Gilberta, el amor por Albertine estará abocado al fracaso.

—¡Pobrecico! De todas formas, sigo sin entender el motivo de tanto Proust por aquí y Proust por allá.

—Es un poco difícil de explicar. Tiene un estilo muy personal. Mucho. Te diría que es el escritor del detalle y de la memoria por excelencia. Pero requiere cierto esfuerzo por parte del lector. Hay frases que son párrafos que son páginas enteras en las que además no pasa nada. Por ejemplo, es capaz de tirarse veinte páginas para describirte cómo incide sobre los diferentes objetos de una habitación un rayo de luz que se filtra por una rendija. Por otra parte, tiene la tremenda habilidad de hacer que esas situaciones aparentemente anodinas y triviales nos parezcan toda una odisea. Y tiene una capacidad de análisis brutal. En el caso de A la sombra de las muchachas en flor, al tratarse de la adolescencia y primera juventud del narrador, se centra en un triple descubrimiento: el del amor, el de la amistad y el del arte. Y analiza y reflexiona sobre estos tres temas de una forma magistral. Además de la disección que hace de las relaciones entre la gente de la “jet set” de la época. Por no hablar de las descripciones del paisaje, sus evocaciones, etc. Sé que no parece el libro más divertido del mundo, y no lo es. Pero una vez que “le has cogido el punto” no puedes dejar de leerlo. Es una sensación extraña. Como decía un “gran” cantante de cuyo nombre no quiero acordarme “Es casi una experiencia religiosa…”

A estas alturas, del otro lado de la cama vienen unos ronquidos capaces de despertar al mismísimo Marcel Proust. ¡Casi mejor! Es momento de aprovechar para levantarse, irse al sofá y terminar A la sombra de las muchachas en flor. Y, de paso, ir echándole un vistazo a El mundo de Guermantes, para irse mentalizando. Porque caerá. Tras un pequeño descanso, pero caerá.

P.D.: En los comentarios a la reseña de “Por el camino de Swann” se hablaba de las traducciones de la obra. Yo estoy leyendo la edición de Alianza, en la que los dos primeros tomos están traducidos por el poeta Pedro Salinas. He de decir, aun siendo un mero aficionado, que me parece una traducción excelente.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Bonus track: Marcel Proust: En busca del tiempo perdido

Idioma orginal: Francés
Título original: À la recherche du temps perdu
Año de publicación: Entre 1913 y 1927
Valoración: Imprescindible

En la reseña de uno de los tomos de "En busca del tiempo perdido" decía que la obra es uno de los ochomiles de la literatura. Pues bien, ¡he llegado a la cima!. Y no sé si es un ochomil o si es el Karakorum completo, pero tengo muy claro que se trata de una obra bestial y clave dentro de la literatura del siglo XX.

Unas 4000 páginas en la que "cabe todo": la memoria, el tiempo, el amor, los celos, la homosexualidad, la vida y la muerte, la historia de Francia, el arte, la política, las relaciones sociales. Absolutamente todo.

Unas 4000 páginas con momentos impresionantes, como la muerte de la abuela, el análisis de los celos, la descripción de los estados de ánimo, etc,  y con momentos verdaderamente soporíferos, como las interminables reuniones sociales del tercer y cuarto tomo.

Unas 4000 páginas con frases y párrafos eternos, sin apenas acción ninguna, pero con una sensibilidad exquisita y una penetración psicológica en los personajes a la altura de los grandes rusos del XIX.

La gran novela francesa del siglo XX. La gran novela francesa (de todos los tiempos). La gran novela impresionista. Una obra imprescindible.

En mi caso, cuando decidí acercarme "Por el camino de Swann" lo hacía por segunda vez. Hace ya bastantes años lo intenté y he de confesar que me pareció algo horrible. No podía entender cómo semejante libro era una de las "vacas sagradas" de la literatura. ¿Cómo podía ser que alguien dedicara un montón de páginas a describir el efecto de la luz que entra por la ventana sobre los muebles de una habitación? Cuestión de inmadurez lectora, supongo, porque esta vez, cerca ya de los 40, ha sido totalmente diferente. Aunque haya veces que cueste seguir, que haya que volver atrás, que tengas ganas de saltarte unas páginas. Globalmente, se trata de una obra tremenda.

Desde luego es una obra que hay que intentar leer. Empezar con "Por el camino de Swann" y probar. Y si no puedes con Proust en un primer momento, volver a intentarlo pasado un tiempo.

Añadir también que, pese a que se trata de una obra que debería ser publicada y leída como un todo, su publicación en siete tomos hace que esta sea más accesible, menos incómoda. Y hace que podamos decir que algunos son sencillamente magistrales mientras que otros, quizá por el tema, se hagan mucho más pesadas. Entre las magistrales, para mí: "Por el camino de Swann", "La prisionera" y "La fugitiva". Entre las más pesadas: "El mundo de Guermantes" y "Sodoma y Gomorra".

En fin. Objetivo cumplido. He leído, disfrutado y padecido (a veces) "En busca del tiempo perdido". Desde ahora, soy un "proustista" convencido. Así que cualquiera que ose decir hablando de cualquier escritorzuelo "el nuevo Proust", "el Proust de nuestro tiempo" o "el Proust de X sitio", habrá de batirse en duelo conmigo. A ser posible, debajo de las vidrieras de la iglesia de Combray o en una playa de Balbec, y siempre después de haber desayunado una buena magdalena.

Todo "En busca del tiempo perdido" en ULAD:
7. El tiempo recobrado
6. La fugitiva
5. La prisionera
4. Sodoma y Gomorra
3. El mundo de Guermantes
2. A la sombra de las muchachas en flor
1. Por el camino de Swann


miércoles, 14 de septiembre de 2016

Marcel Proust: El tiempo recobrado (En busca del tiempo perdido VII)

Idioma orginal: Francés
Título original: Le temps retrouvé
Traducción: Consuelo Berges
Año de publicación: 1927
Valoración: Muy recomendable

Llegamos, por fin, al último tomo de la monumental "En busca del tiempo perdido": "El tiempo recobrado", publicado en 1927, cinco años después del fallecimiento de Marcel Proust.

Pese a su título, que a algún lector desprevenido podría llevar a pensar en algo alegre por aquello de la recuperación del tiempo perdido, se trata del tomo más otoñal, más melancólico de toda la obra. La guerra, la Primera Guerra Mundial, la muerte y la enfermedad sobrevuelan todo el libro. Viejos conocidos de tomos anteriores reaparecen en "El tiempo recobrado" (hay que tener en cuenta que la obra transcurre varios años despúes de "La fugitiva") y lo hacen envejecidos y cambiados. El narrador también ha cambiado y es que el Tiempo, con mayúsculas, ha hecho su oscuro trabajo.

La obra, a pesar de que se presenta sin separaciones ni capítulos, podemos dividirla en dos partes.

La primera se centra, fundamentalmente, en los encuentros de nuestro protagonista con dos viejos conocidos: su amigo Roberto de Saint-Loup y el barón de Charlus. También nos reencontraremos con personajes fundamentales de otras partes de la obra, como Odette, Gilberta o la duquesa de Guermantes. A raiz de estos encuentros y de su impresión en el narrador, comenzará la reflexión del autor sobre el Tiempo, sobre su efecto sobre las personas y los hechos, que creíamos de determinada forma y, por culpa del Tiempo, ahora vemos bajo una perspectiva diferente. Esto le llevará a repasar  y repensar hechos y personas fundamentales de su vida.

La segunda parte podríamos definirla como el "epílogo" de En busca del tiempo perdido. En ella, Proust se entrega a un ejercicio de... ¡metaliteratura! Sí, todo está inventado.
Analiza la relación del Arte en general, y la Literatura en particular, con la vida. Explica la función, según Proust, de la Literatura. Y explica lo que trata de obtener o de representar con su obra. Verdaderamente, se trata de un muy buen colofón a la incesante busca y resulta muy interesante para tratar de comprender el sentido o el objetivo de tan magna obra.

En este último tomo, a diferencia de los anteriores, asistimos a más diálogos entre los personajes.  La prosa es más ágil o, al menos, esa impresión me ha dado. A pesar de esto, el estilo de Proust es el que es. O lo amas o lo detestas. Nada puede cambiarlo y no es necesario añadir más.

Solamente, para cerrar, decir que, aunque esté ligeramente por debajo del nivel de "La prisionera" o "La fugitiva", "El tiempo recobrado" es un muy buen final para "la gran novela sobre la memoria", una verdadera experiencia como lector.






miércoles, 29 de junio de 2016

Patrick Modiano: Tres desconocidas

Título original: Des inconnues
Año de publicación: 1999
Idioma original: Francés
Traducción: Mª Teresa Gallego Urrutia
Valoración: Se deja leer

Dijo la "academia sueca" cuando otorgó el Nobel a Patrick Modiano que era el "Marcel Proust de nuestro tiempo", lo cual no deja de sorprenderme. Me lleva a plantearme una de las siguientes opciones de cara a justificar esa afirmación:

a) Que no hayan leído a Proust (lo dudo)
b) Que no hayan leído a Modiano (lo dudo)
c) Que yo haya leído a los dos y no tenga ni puñetera idea de literatura (lo más probable)
d) Todas las anteriores

Sinceramente, el único nexo que veo entre Proust y Modiano (además de ser franceses) es la importancia de la memoria en sus obras. Y punto. Y escritores contemporáneos con continuas referencias al recuerdo, a la memoria, al pasado, los hay a millones. Pero doctores tiene la iglesia y académicos la academia sueca.

¡Ya sabéis que es comparar a alguien con Proust y me llevan los demonios!

Pero vayamos al grano con estas "Tres desconocidas", obra que se compone de tres relatos de cierta extensión (unas 40 páginas cada una) protagonizados, cada uno de ellos, por tres chicas que, ya en su madurez, recuerdan episodios que tuvieron lugar al final de su adolescencia. 

Nos encontramos, nuevamente, con lugares y tipos comunes a toda la obra de Modiano. Lugares como París, sus calles y cafés, los internados. Y personajes como esos jóvenes marcados por la ausencia de figuras familiares, solitarios, desorientados, que buscan su lugar en el mundo, que buscan puntos de referencia (da igual que sea una habitación de hotel, una plaza, un café o una secta religioso-filosófica), personajes que se mueven en una perpetua bruma, que parece una mezcla de sueño y realidad.

También el estilo de la obra es el mismo al que Modiano nos tiene acostumbrados: frases cortas, personajes dibujados con apenas unas pinceladas (vamos, igual que Proust) y un cierto toque nostálgico que envuelve todo el relato.

Pero el libro no termina de engancharme. Esos episodios que se evocan deberían tener un carácter iniciático o de epifanía y no dejan de ser casi anécdotas, vagabundeos que dan la impresión de no conducir a nada. Y sí, la vida es así, pero uno espera algo más.

En cualquier caso, hay que admitir que Modiano escribe bien. O muy bien, incluso. De hecho, el libro tiene algunos momentos muy interesantes, como la imagen de los caballos atravesando París de madrugada camino al matadero, a la muerte (imagen poderosísima, para mí).

Pero este "Tres desconocidas" es, en mi modesta opinión, una obra muy menor dentro se su extensa trayectoria, en la que me atrevería a recomendaros "La trilogía de la Ocupación", su obra para mí, más recomendable. Pero eso será ya en otra reseña, si la hay. 

sábado, 16 de julio de 2016

Marcel Proust: La fugitiva (En busca del tiempo perdido VI)


Idioma original: Francés
Título original: Albertine disparue
Traducción: Consuelo Bergés
Año de publicación: 1927
Valoración: Imprescindible

Dije en la anterior reseña de "En busca del tiempo perdido" algo así como ...CONTINUARÁ (después del verano).

Pues bien, soy una persona sin palabra. Lo admito. No he podido resistir a la tentación. 

Terminábamos "La prisionera" asistiendo a la huida de Albertina de casa de nuestro héroe y comenzamos "La fugitiva", conocida en otras ediciones y en otros países como "Albertina desaparecida" (mucho más acorde al título original, por cierto), con la confirmación de esa huida.

Sí, Albertina se ha ido y con ello sume en la desesperación a Marcel. Pero al muy retorcido no se lo ocurre una idea mejor que no hacer nada para conseguir así la vuelta de su amada. Al ver que esta no vuelve no se le ocurre mejor idea que  mandar a su amigo Saint-Loup "en comisión de servicio" para que hable con madame Bontemps, tía de Albertina, y así convencerla para que vuelva a su lado.
Claro, ¿Cómo va el señorito a mover un dedo por su propia cuenta?

En fin, todo sale al revés. Pasan los días. Albertina no vuelve pero comienza un breve intercambio epistolar, que se verá bruscamente interrumpido por la muerte de Albertina en un trágico accidente.

Y aquí empieza lo bueno. Los celos retrospectivos comienzan a aparecer, hasta el punto de enviar un emisario a Balbec a hacer averiguaciones sobre el pasado de Albertina o de mantener relaciones con Andrea, amiga de Albertina, para sonsacarla información. La memoria, el recuerdo y el olvido sobrevuelan todo el libro. Y el tiempo, que todo lo cura (¿o no?). Estos cuatro elementos se combinarán a lo largo de la obra y harán pasar a Marcel por diferentes estados de ánimo: desde la desesperación hasta la indiferencia, un poco al estilo de como le pasó con la muerte de su adorada abuela.

Páginas y páginas enteras de divagaciones (Marcel Proust en estado puro), acerca del amor, del recuerdo, de los celos y, sobre todo, acerca de cómo afecta el paso del tiempo al sentido y al valor que otorgamos a esos recuerdos y a esos sentimientos. Todo un tratado de psicología, y van seis.

Una vez alcanzado el olvido, nuestro protagonista vuelve a su vida mundana personajes del pasado volverán a aparecer en el libro. Nuevamente el marqués de Saint-Loup, Gilberta Swann (primer amor de Proust), Legrandin, la duquesa de Guermantes, etc. No podemos (ni queremos) escapar del tiempo, no podemos (ni queremos) escapar del entorno social en el que nos movemos y nos volvemos a encontrar con viejos conocidos en situaciones diferentes.

Y tampoco podemos escapar ya, a estas alturas, de esta barbaridad en forma de 7 libros, 7, que es "En busca del tiempo perdido".

Tocará ponerse con "El tiempo recobrado" y ver qué pasa, si es que pasa algo.

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El resto de "En busca del tiempo perdido" en ULAD:
En busca del tiempo perdido VII: El tiempo recobrado
En busca del tiempo perdido V: La prisionera
En busca del tiempo perdido IV: Sodoma y Gomorra
En busca del tiempo perdido III: El mundo de Guermantes
En busca del tiempo perdido II: A la sombra de las muchachas en flor
En busca del tiempo perdido I: Por el camino de Swann


miércoles, 25 de mayo de 2016

Marcel Proust: Sodoma y Gomorra (En busca del tiempo perdido IV)


Título original: Sodome et Gomorrhe
Traducción: Consuelo Berges
Idioma original: Francés
Año de publicación: 1922
Valoración: Muy recomendable

Cada día que pasa y cada página que leo tengo más claro que por tamaño, belleza y dificultad, En busca del tiempo perdido es uno de los catorce ochomiles de la literatura. 

Y nosotros ya hemos llegado al campo IV: Sodoma y Gomorra. La aclimatación ha sido dura (no es fácil acostumbrarse al estilo de Proust, a ese no pasar nada pero que todo parezca una verdadera odisea, a esa sensibilidad, a ese amor por el detalle, a esos párrafos interminables), pero ya le hemos cogido “el punto”. Y, al contrario que en las ascensiones a monstruos como el Annapurna o el K2, cuanta más altura ganamos, menor es el esfuerzo. Sigue siendo duro, pero no notamos mal de altura ni nada parecido (solo falta de oxígeno en algún párrafo que otro). Además, la cumbre se deja entrever y todo parece más fácil.

No me voy a extender en consideraciones sobre el estilo de Marcel (sí, yo ya le llamo "mi Marcel", que después de estos meses ya tenemos confianza). Es el mismo que en los tres primeros tomos. Si has llegado hasta aquí, no encontrarás motivos para abandonar. Y si lo dejaste en el primer tomo, olvídate de intentar engancharte ahora.

Lo que sí que varía ligeramente son los temas, donde prima la sexualidad sobre otros temas ya tratados con anterioridad como las relaciones mundanas, la amistad o el arte. Sodoma y Gomorra es, hasta ahora, la más sexual de las obras de En busca del tiempo perdido. En ella Proust nos habla de la sexualidad, en general, de todo lo que la rodea (amor, deseo, celos…), y de la homosexualidad, en particular.

Ojo, por ejemplo, al comienzo de libro: en él, el protagonista es testigo, ¡mientras espera para observar como un insecto poliniza una orquídea (chupaos esa, Sigmund Freud y sus acólitos)!, del encuentro entre el barón de Charlus y Jupien, chalequero de los Guermantes. Este comienzo es una de las partes más destacables del libro, con sus reflexiones y teorías sobre el deseo y la sexualidad. Eso sí, no debemos perder de vista el contexto sociocultural en el que se escribió.

Por otra parte, al contrario que en El mundo de Guermantes, que transcurría íntegramente en París, Sodoma y Gomorra se desarrolla inicialmente en París y la "acción" se traslada después a Balbec.

Balbec, esa ciudad balneario cargada de imágenes, paisajes, luz, impresiones, que ya se nos presentó en A la sombra de las muchachas en flor y que vuelve a ser lugar de retiro para nuestro protagonista. Nada más llegar allí asistimos a otras de las páginas más bellas del libro: esas en las que recuerda su primera noche en Balbec, llena de miedos, y el consuelo que le ofreció en aquel momento su abuela, fallecida justo un año antes. La tristeza le invade con el recuerdo de su abuela. Ahora es verdaderamente consciente de su muerte. Se aísla del mundo, se niega a recibir a nadie, ni a las “élites locales” ni a Albertina, personaje fundamental en la segunda parte del libro. Pero como no hay mal que cien años dure, le veremos de nuevo asistir a reuniones sociales y a frecuentar a Albertina.

Vuelve a las reuniones sociales en Balbec (y alrededores), en las que se encontrará con personajes que son presentados, mayoritariamente, como falsos, ridículos, con conversaciones banales (atención a las páginas y páginas sobre la etimología de los nombres de pueblos y lugares). Hallaremos nobles provincianos que no le llegan a la suela de los zapatos a sus adorados Guermantes, parisinos de paso por Balbec, artistas e intelectuales de medio pelo y, sobre todo, a nuestro viejo conocido Palamedes, barón de Charlus, al que ya no se podrá ver con los mismos ojos después de los hechos que hemos presenciado en París.
Para completar el tratado sobre la sexualidad y los celos que es Sodoma y Gomorra, asistimos a las relaciones, también en cierto modo obsesivas, del barón de Charlus con el joven soldado y músico Morel, que es presentado también como un personaje ruin, mezquino, interesado. Estas relaciones son criticadas por la espalda, pero aceptadas por parte de su círculo social.

Y vuelve a Albertina, personaje maltratado a lo largo del libro, con la que mantenía unas relaciones puramente carnales en París y que continúan en Balbec. La relación pasará por diferentes estados: desde el amor carnal al deseo de casarse con ella, pasando por las dudas y los celos más enfermizos, provocados por unos comentarios acerca de la orientación sexual de Albertina hechos por algunos de personajes asiduos a las reuniones mundanas.

El libro se cierra con un comentario del protagonista a su madre diciendo que vuelve a París y que se casará con Albertina (me da la impresión que eso no va a acabar bien). Así que el muy pájaro de Marcel nos deja con la miel en los labios, deseando empezar el quinto libro.

Pero antes de pasar página, un último comentario sobre Sodoma y Gomorra que, no solo supone una continuación en el tiempo de El mundo de Guermantes, sino que tiene sus mismas virtudes y pequeños defectos. Defectos que, en mi opinión, se reducen a esas interminables reuniones mundanas que, si bien sirven para describir a los personajes, se hacen un tanto pesadas. De ahí el “muy recomendable”.


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domingo, 17 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #7: La muerte del padYO, YO, YO, YO de Karl Ove Náusea

Idioma original: noruego
Título original: Min Kamp
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: Se deja leer... perdón, quiero decir, se deja de leer

Un escritor noruego con pinta de rockero contándonos su vida y milagros: así a priori no suena mal. ¿Cuál será esa terrible "lucha" que da título a la muchología que se ha cascado el bueno de Knausgard (con circulito encima de la segunda a)? ¿Será la lucha contra el alcohol, la lucha contra la muerte, la lucha contra la injusticia, la lucha contra la imposibilidad del lenguaje por expresar la realidad en toda su compleja belleza? Pues no, por lo menos en mi caso ha sido la lucha contra el aburrimiento; y ha ganado el aburrimiento.

Se ha dicho que esta obra es proustiana, y está claro que es lo que el autor quería que se dijera. Solo le ha faltado incluid una escena de la magdalena (o el muffin, si se quiere actualizar la cosa) en los primeros capítulos para que el paralelismo esté completo. Solo que Proust es mucho Proust, y no es solo que nos cuenta su vida en un estilo impecable, sino que lo hace con ironía, con delicadeza, con profundidad, con gracia.

Y en el caso de Karl Ove Náusea... digoooo... Knausgard, en fin, veamos: la cosa no empieza mal, porque se nos presenta un doble plano, el del escritor que bloqueado intenta escribir una novela y ser un buen padre al mismo tiempo (esas páginas son de las mejores del libro, sinceramente, por la crudeza con la que describe el rechazo que puede llegar a sentir por sus hijos), y por otro lado el plano de las memorias adolescentes, del descubrimiento del alcohol y el sexo, de las primeras rebeldías, y por supuesto de la figura de un padre distante, exigente y poco afectuoso (y también aquí hay buenas páginas, en las que se describe el miedo y la vergüenza que provoca en el joven futuro-escritor la mera presencia del padre en la casa).

Solo que después pasan las páginas y las páginas y las páginas... (¡y este es solo el primer volumen de la serie!) y se cuenta cada detalle de la vida de un adolescente que no es demasiado distinta de la vida del 99% de los adolescentes... Aquí bebe una cerveza (¡y se emborracha!), aquí se toma un té ("Mmmmmmh", sic), aquí ensaya con unos amigos, aquí toca una teta (¡ooooooh!), y cualquier asomo de trama interesante o de conflicto se ve sepultada por una apoteosis del egocentrismo que no es solo que no me haya gustado: es que ha llegado a ponerme de muy mala hostia. Todo es yo, yo, yo, yo... ¿Y a mí qué me importa, querido Karl Ove? ¿Qué leches me importa todo esto? ¿Por qué debería dedicar mi tiempo a leerlo, me quieres explicar?

Así que, llegada la página 150 (menos de la mitad del primer volumen), decidí dejarlo. Porque hay mucho que leer en esta vida, y las pajas (mentales y físicas) de este señor no me interesan lo más mínimo. Y menos sabiendo que son seis novelas de unas trescientas y pico páginas cada una. Claro, sé que hay gente a la que le ha gustado mucho este libro, y bien por ellos, si lo han disfrutado; y también sé que habrá quien diga: "¡Pues no es nada fácil escribir un libro así!" No, no será fácil, seguro que no, yo por ejemplo no sería capaz. Pero eso no quiere decir que tenga que interesarme.

Otra cosa es que el debate que ha provocado, sobre los límites de la autoficción y el derecho a la intimidad de las personas involucradas; el debate no es nuevo ni mucho menos, pero no está del todo bien resuelto, sobre todo ahora que es tan habitual que los escritores se transformen en el tema de sus propias obras. ¿Hasta qué punto puede un autor permitirse contar intimidades (desde lo erótico a lo sentimental, pasando por lo escatológico) de personas que no han dado su consentimiento para que lo haga? ¿Y si esas personas han muerto y no pueden dar su consentimiento? La respuesta idealista es que el arte está por encima de la ley, o mejor dicho, que es un terreno distinto al regido por las leyes civiles; pero esta respuesta tan bonita no satisfará mucho a las personas cuyas infidelidades, vicios y bajezas se aireen en público...

But I digress.

En una de las últimas páginas que leí del libro, un amigo le dice al autor algo así como: "Tienes que escribir sobre algo, Karl Ove, escribe sobre algo". Eso mismo le diría yo: "escribe sobre algo, por dios, Karl Ove; sobre algo que no seas tú mismo, quiero decir..."

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: Tiene que lloverUn hombre enamoradoFin
La primera reseña de 'La muerte del padre'Aquí

jueves, 12 de septiembre de 2019

Philippe Lançon: El colgajo


Idioma original: francés
Título original: Le Lambeau
Año de publicación: 2018´
Traducción: Juan De Sola
Valoración: bastante recomendable


He de advertir que soy algo precavido ante eso que suele llamarse fenómenos editoriales. 
El colgajo lo es; así se la define en Francia, igual que ciertas películas de esas que cada cierto tiempo se publicitan con sus millones de espectadores, películas en las cuales todos parecen llamarse Dominique o Gaston.
Y no sé si fiarme: ese país cuya pirámide demográfica es la pesadilla de los economistas que calculan pensiones, esa población que vota a la dinastía Le Pen temerosa a partes iguales de que los nietos no les salgan lo bastante rubios y de que algún día una media luna colonice alguna parte del territorio que preserva (estérilmente) la esencia de la europeidad.

(Esa insistencia de Anagrama en el catálogo de Gallimard, y en condicionar al posible comprador/lector con las opiniones que atiborran sus fajas).

Lo cual me viene a recordar el aroma houellebecquiano que me evoca este libro, incluso antes de leer una sola línea. En el atentado de Charlie Hebdo murió uno de los mejores amigos del francés cabreado, y este es el duro testimonio de una de las víctimas que vivió para contarlo, que es lo aquí se produce. De hecho, Houellebecq y su imprescindible novela Sumisión (en cuya promoción se hallaba envuelto e interrumpió en el momento del atentado) son mencionados a menudo en el entorno de la constante amenaza que pesa sobre quien se muestra crítico con el Islam, incluso como detonante de cierta corriente de opinión o polémica.
Se trata, entonces, de una tormenta perfecta, si se me permite el ligero tono frívolo del término. Lançon es un escritor en dos medios de izquierdas (Libération y Charlie Hebdo) que se encuentra, de repente, permitidme que regrese a los símiles meteorológicos, en el ojo del huracán en el momento adecuado. Perdonarán la frivolidad, supongo. 
Víctima de atentado islamista, de la violencia fanática que su publicación ha criticado de forma frontal, valiente - entonces lo vemos: temeraria -, Lançon es un escritor al que esa situación ha de abocar de forma irremisible a comunicarla, a hacerla saber, a aportar los detalles a fuerza de hacerlos aflorar a la superficie, en una narración que toma impulso en un tramo inicial que se lee en un suspiro, justo hasta el momento cumbre, el obvio punto de inflexión del libro que es la descripción del atentado, pasaje en el que Lançon es todo lo crudo que cabe esperar de un escritor desinhibido pero se contiene lo suficiente para no tiznar del morbo todo el texto.
A partir de ahí, nos precipitamos a la prolongada descripción de los meses de convalecencia en la que se suceden las operaciones para reconstruir la parte inferior del rostro de Lançon: mandíbula inferior, labio, mentón, un buen puñado de dientes son el saldo de los disparos que recibe de los terroristas, bastante que ha salvado el pellejo cuando compañeros han sido asesinados. Se trata de una extensa crónica (determinado perfil lector encontrará algo excesivas 440 páginas) que combina, y para mí lo hace con acierto y con una intención nada sensacionalista, detalles médicos que a Lançon le es imposible eludir (son 18 las operaciones) con un profundo autoanálisis del cambio que representan los hechos en la existencia de Lançon: no son pocos los pasajes en que descubrimos al paciente egoísta y complaciente con las atenciones que se le prodigan, y en otros Lançon se sitúa en un tercer vértice (llega, por necesidades de seguridad, a atribuirse otro nombre) desde cuya perspectiva analiza todo el impacto sucesivo: el de antes del accidente es otro hombre diferente al de ahora, ese que sufre una crisis con Gabriela, su pareja residente en Nueva York de cuya delicada situación personal parece prescindir preocuparse, ese que escucha a Bach en la habitación y lee un pasaje determinado de Proust como parte de la preparación de cada intervención quirúrgica.

¿Cae Lançon en el estereotipo de la autoayuda, en aquello de demostrar que la condición humana es la superación y bla bla bla? Tajantemente no. Como mucho, y aludiendo a la extensión del libro, se alargará un poco en esa reflexión, cercana más bien a la autocrítica (para alguien declaradamente de izquierdas e incluso irreverente, el hombre habla con calidez de todo el aparato, incluyendo policías de escolta, que el estado pone a su disposición para garantizar su seguridad.
¿Carga las tintas contra los ejecutores físicos y teóricos del atentado, o sea, el integrismo islámico? Pues tampoco: no es que empatice con los asesinos. Simplemente, como francés, periodista viajado, ya ha llegado a sus conclusiones hace tiempo: árabe y musulmán no significa asesino y enemigo de Occidente, e incluso cuando alguno de sus allegados, en lo que es una reacción arquetípica, generaliza al respecto, Lançon mantiene silencioso respeto crítico.

Es decir, esta es una crónica que evita el morbo con habilidad, que se centra a veces más en aspectos logísticos o psicológicos (Chloe, la cirujana que dirige el proceso de la reconstrucción, parece debatirse en todo momento en una especie de triángulo amoroso virtual platónico, cuando Lançon la convierte en objeto de deseo de un modo algo egoísta: es el Lançon que quiere curarse, poder volver a hablar, comer y beber y recuperar la apariencia que tenía antes del atentado), que en cargar las tintas en lo social o ideológico. Los integristas son ignorados y tratados como lo que son aquí, asesinos fanatizados que necesitan un pretexto cualquiera para saciar su sed de sangre.
Lançon concede una enorme importancia en todo el proceso de rehabilitación a sus lecturas (Proust y Kafka preferentemente, el primero casi marca el ritmo de su ánimo en ciertos pasajes) y también ve películas (Rossellini, John Ford) y oye música (sobre todo Bach y algo de jazz), lo cual aporta el valor añadido al libro, que tanto nos gusta aquí: el de actuar de resorte que hace interesarse por otras obras y otros autores. Así que, volviendo a la cuestión inicial, al margen de la repercusión, de la apuesta segura, esa que la "oportuna" faja no deja de recordarnos, añadamos lo de la rentrée de las narices, creo que sí, que el libro cuenta con una fanfarria promocional realmente vistosa, pero me inclino por recomendarlo, casi ávidamente: pocas veces una sensación tan poderosa está en manos tan solventes para ser transmitida al lector. 

Ahora solo toca esperar que a Karl Ove Knausgard no le ocurra nunca nada parecido.

domingo, 24 de febrero de 2019

Reseña a cuatro manos: Patrick Modiano: Catherine

Título original: Catherine Certitude
Idioma original: Francés
Traducción: Miguel Azaola
Ilustraciones: Sempé
Año de publicación: 1988
Valoración: Guay

Comprarle a tu hija de 10 años un libro escrito por todo un Premio Nobel, aunque algo polémico (eso sí), como Patrick Modiano e ilustrado por Jean Jacques Sempé, famoso por la serie de libros protagonizada por El pequeño Nicolás, puede parecer un autorregalo del padre, ¿verdad? 

Bien, lo admito, algo de eso hay. Pero también hay mucho de cambiarle un poco el paso. Le gustan los comics (Bone, Los diarios de cereza, etc), pero de vez en cuando se deja caer por casa con libros de la biblioteca de colegio del tipo “Los futbolísimos”, “Geronimo Stilton” y demás. ¡Por ahí no paso! ¡Uno es un intelectual y ha de mantener su reputación! ¡No pueden llegar visitas a casas y ver al lado de los libros de Proust las “aventuras” de los futbolísimos, joder!

Total, que probamos con un escritor serio, un ilustrador de prestigio y un libro publicado hace más de 30 años. La historia, de apenas 95 páginas, generosa fuente de letra y abundantes dibujos, se asemeja bastante a las novelas para adultos de Modiano. En ella, Catherine rememora momentos de su infancia parisina, con un padre dedicado a oscuros negocios y una madre ausente que vive bien lejos. ¿Os suena de otros libros de Modiano? 

Aunque esta vez, y como no podría ser menos tratándose de un libro infantil (en teoría), el peso que tiene la indagación en la memoria no es tan grande. Pero lo dejo por ahora y, ya que estamos ante un libro "infantil", le paso la palabra a Irantzu, la “beneficiaria original del libro”. Aquí su aportación:

Argumento (sin spoiler): 
Catherine vive en París con su padre y los dos llevan gafas. Su madre vive en Nueva York y Catherine quiere ser bailarina, al igual que ella. Su profesora de baile (Madame Dismailova) la obliga a quitarse las gafas para bailar y entonces se ve en dos mundos diferentes: cuando lleva gafas ve el mundo real y cuando se las quita ve un mundo “borroso y tierno” (¡Será vaga la tía! ¡Casi se lo ha copiado de la contraportada!). Catherine se aprovecha de eso porque no todas las niñas pueden ver como ella, solo las que llevan gafas

Valoración personal: 
Este libro me ha gustado mucho porque te dice que nunca te olvidarás de los recuerdos.

Bueno, un poco parca en palabras la chiquilla, ¿no? En fin, que a mí también me ha gustado mucho. Catherine es entretenido, divertido, tierno y, sobre todo, su autor trata a los niños como los seres inteligentes que son, al contrario de lo que parecen hacer ciertos libros para el público infantil. Además, los lectores habituales de Modiano encontrarán en el todo el imaginario del autor y los no iniciados podrán adentrarse en un mundo y una literatura de lo más personal (aunque a algunos no acabe de convencer al 100%)

Koldo CF e Irantzu

jueves, 3 de enero de 2019

Mercè Rodoreda: Espejo roto (Mirall trencat)


Idioma original: catalán
Año de publicación: 1974
Valoración: muy recomendable

Conforme avanzaba en las páginas de Mirall trencat me esmeré (sin exagerar: el tiempo y los plazos de este blog no dan para entretenerse) en averiguar cuáles eran los referentes literarios de su autora. Leí en alguna biografía que se centraba más en aspectos personales y en sus relaciones con el mundo cultural durante su prolongado exilio y no salí de dudas, porque la única mención que sale en esta novela es la obsesión puntual de uno de sus personajes por Proust.
Y es que hay que reconocer que uno de los grandes logros de esta excelente novela es su capacidad para mostrar un estilo con una fuerte personalidad pero que a la vez dispone de un aura clásica que a mí me ha recordado a Faulkner, aunque donde el genio estadounidense necesita crear todo un condado imaginario para disponer a sus personajes a Rodoreda parece que le baste con una enorme casa con jardín en la parte alta de una Barcelona reconocible en sus escenarios pero que tampoco se erige en protagonista. Quizás sea más una novela sobre cierto submundo de la sociedad barcelonesa pero la proyección de Mirall trencat es universal.
Historia estructurada en tres partes que tienen una continuidad pero que se diferencian por una progresiva ruptura con el orden narrativo convencional. La primera es una presentación de los personajes, digamos, de la primera generación. Aquí conoceremos a la protagonista de la novela, Teresa Goday, mujer de irresistible atractivo físico y origen humilde que ha conseguido ocultar detalles de su pasado y que ha recurrido a alguna curiosa artimaña para seguir adelante. Eludiré ser demasiado específico. Surgen los personajes con un cierto aire folletinesco y vamos penetrando en ese mundo en una primera serie de capítulos bastante asequibles y concretos. Primer matrimonio, primer viudedad, segundo matrimonio y Teresa que toma el ascensor social hasta la última planta hacia arriba. Y esos personajes, muchos, pasan a distinguirse y a definirse de una manera en que solamente los grandes escritores hace posible. Cada personaje queda asociado de manera indeleble y aunque la novela es profusa en ellos, familiarizarse no es difícil. Esa primera parte sirve de presentación o preámbulo y no hay detalle superfluo, todo queda fijado en medio de voluptuosos párrafos de precisión inmaculada, tal es la capacidad de Mercè Rodoreda de transmisión de conceptos que pronto los personajes no son solo los de carne y hueso. Los objetos parecen tomar vida y la narración inicia un desplazamiento del que apenas hemos sido conscientes. Claro que hay un marido y un amigo del marido y un joyero, un notario, un dependiente de una sastrería, personal de servicio de paso más fugaz o con mayor raigambre. Pero también hay un armario japonés, una perla gris, un broche, y una gran casa con un jardín que empieza a abrumarnos y a seducirnos, como si fuera un elemento más del mecanismo narrativo.
Las interacciones se intensifican en la segunda parte, con un fascinante viraje hacia una tonalidad más psicológica. Los personajes han madurado, su trayectoria vital les ha llevado a ser padres, maridos, suegros, amantes, y toda esa carga estática que parecía acumularse en la primera parte empieza a generar reacciones. Hay una carga sexual latente, no explícita, la narración es tensa y a la vez fluída, una especie de reflejo de esa sociedad de clase alta donde, pase lo que pase, la podredumbre ha de mostrar una imagen presentable y discreta, y las vergüenzas no pueden salir a la luz ni traspasar el ámbito del rumor y el silencio cómplice. En ese punto, Mirall trencat parece influida levemente por la corriente naturalista que (la novela se escribió entre 1968 y 1974) dominaba la época con las estrellas del boom, en cuyo ámbito físico (París, Barcelona) Rodoreda forzosamente hubo de coincidir. En ese momento el aire de folletín se ha esfumado y la novela es un gozoso ejercicio de carga psicológica. Tragedias que se suceden, y cada personaje empieza a moverse en el escenario cubriendo sus espaldas preservando sus secretos y sus debilidades. Las tinieblas toman el jardín y los hechos se precipitan, Teresa la matriarca ha cedido el protagonismo a Sofia, su hija, y el telón de fondo del agitado momento en que desenvuelve la novela (de los años 20 en adelante, II república, golpe de estado franquista, guerra civil) no toma ni siquiera un papel trascendente frente a toda la terrible sucesión de acontecimientos en que las tres mujeres, madre e hija y Armanda, sempiterna mujer al mando del servicio de la casa consiguen pervivir rodeadas de sus secretos, de las decisiones que preservarlos les obliga a tomar, y de ese aire viciado que se consolida dando vida a los objetos y al entorno, otorgando una presencia fantasmal a objetos, árboles, animales, en una especie de narración casi sobrenatural (la novela entera es un curso acelerado de uso del narrador omnisciente con resultados brillantísimos) que, en la tercera y última parte, se desboca de manera desenfrenada hasta llegar a ese último capítulo de puro goce: la rata que se pasea por los restos de la mansión en plena demolición.
Menudo tour de force. Y, para los que tengan la suerte de poder leerla en su idioma original, con un lenguaje difícil, barroco, rico en imágenes.
¿Por qué no, entonces, un imprescindible?
Porque la novela se encaja en un pasado que ahora mismo se nos antoja algo lejano. En unas situaciones que son inconcebibles en nuestro mundo de hoy. Hijos abandonados, cedidos para su crianza a personas de confianza, un personal doméstico servil, reverente, víctima de trato y abusos intolerables, figuras quizás apropiadas para el período y el entorno social escenario de la narración, pero cuyo lógico anacronismo puede aportar una situación, aunque sea una agradable inmersión, de alejamiento respecto a los parámetros de la realidad de la enorme mayoría de los lectores. Un obstáculo que merece la pena esmerarse en salvar, pero que hay que considerar antes de dejarse llevar por el entusiasmo: esta no es una lectura para todos los públicos. Ni falta que hace.


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