miércoles, 7 de febrero de 2018

Joyce Carol Oates: Un libro de mártires americanos

Resultado de imagen de un libro de mártires americanos amazonIdioma original: inglés
Título original: A Book of American Martyrs
Año de publicación: 2017
Valoración: (Casi) imprescindible



Hay mucho que decir de esta novela, lo primero que se lee muy fácilmente –porque el lenguaje es sencillo y porque la traducción de José Luis López Muñoz se lee sin sobresaltos–, que personajes y situaciones resultan reconocibles, cotidianos y sencillos de entender por muy alejados que nos sintamos en lo ideológico y aunque no conozcamos a nadie que se les parezca, de forma que instalándote en ella te sientes como en casa. Otra cosa es interpretar la cantidad de mensajes –más o menos subliminales– que Oates ha ido sembrando en sus páginas. Por mucho que pueda decirles ahora –sobre todo si no quiero hacer demasiado visible el argumento para que disfruten de todo lo que ofrece como si se tratase de un regalo sorpresa– no alcanzaré a dar una idea de toda la complejidad que encierra.
Desde que la acabé, hace una semana, intento que se vayan asentando todas las ideas y sensaciones que me ha provocado su lectura. Tampoco es extraño, teniendo en cuenta que ocupa más de ochocientas páginas tan densas como puedan imaginarse –un novelón en todos los sentidos del término– y que el enfoque temático va cambiando a medida que se desplaza la perspectiva. Me consta que necesitaré más tiempo para distanciarme lo suficiente de ella, no solo por su intensidad y complejidad, que también, sino porque las cuestiones que plantea están tan cadentes que no hay forma de enfocarlas con la objetividad que merecen.
Oates, aunque en un principio lo parezca, no nos enfrenta aquí a un gran tema central. Sin ser de tipo coral, los protagonistas son varios y se van sucediendo o alternando hasta conformar el gran mosaico vital que es en realidad esta novela. Porque, bajo su linealidad aparente, esconde la llave que puede abrir, quizá, una puerta al conocimiento; porque, deliberadamente o no, esta novela-río realiza una síntesis de las grandes incertidumbres a las que se enfrenta el hombre contemporáneo, y porque lo hace con tanta precisión que acaba dando con las claves que nos definen.
En un primer momento, nos vemos envueltos de lleno en la problemática del integrismo norteamericano y su belicosa actitud ante el asunto del aborto. Para ello hemos de internarnos en los vericuetos mentales de Luther Dunphy, un personaje tan simple en sus razonamientos como enrevesado en su conducta y en su modo de asociar las ideas. Y lo más interesante: la autora no lo define de un tirón, lo vamos descubriendo como si fuera el vecino raro del tercero izquierda. Esto, que se da en cualquier relato medianamente digno, aquí funciona más lenta y detalladamente, Oates nos va presentando a Dunphy, su carácter, ideología, forma de vida, relaciones con familia y vecinos etc., digamos que molécula tras molécula. Más que describirlo, lo va desintegrando ante nuestros ojos paulatinamente, y junto a él, a todo su entorno, tan lleno de matices en su realidad monocorde. No es el arquetipo del fanático, sino un fanático de carne y hueso, con sus peculiaridades, como todo hijo de vecino, que disfraza sus inseguridades autoproclamándose portador de la palabra divina. Esto, sabiendo perfectamente qué terreno pisa, ya que está perfectamente cuerdo.
Partiendo de Dunphy, su demencial comportamiento y las consecuencias que acarrea, vamos conociendo las andanzas de los miembros de su familia, en especial de su hija mayor. Y, paralelamente, asistimos a las vicisitudes de otro matrimonio, otros hijos, cuyo destino se halla siniestramente enlazado a los primeros y que, de alguna forma, mantienen cierta simetría dentro de su radical diferencia. Dos hogares devastados, dos hombres aniquilados, dos esposas que sobreviven como pueden y dos niñas que se hacen mujeres cargando en sus respectivas espaldas un peso difícilmente soportable.
Un rasgo técnico a destacar es el uso del punto de vista: la primera persona –que puede estar a cargo de los personajes centrales, pero también de algún observador casual– se alterna con la tercera. Esta asume el papel de narrador omnisciente, pero se trata de una omnisciencia selectiva que escoge a un personaje (Luther, Noemi o Dawn) para penetrar en su mente y observar a través de sus ojos. Y uno de ellos, Gus, en realidad el centro de todo, no aparece nunca en primer plano, solo sabemos de él a través de todos los demás. Y, no obstante, se encuentra tan extraordinariamente perfilado como el resto de la nómina. A este respecto, diré que pocas novelas he leído en mi vida con tantos personajes tan poliédricos, humanos y con tanto que ofrecer al lector; tanto los de primera, segunda y tercera fila (Madelena, Kinch) como los que solo aparecen de refilón. El paso del tiempo marca el ritmo del relato: mediante un estricto orden cronológico, con algún retroceso aislado, se nos informa de las andanzas del protagonista de turno. Son los tres que he nombrado antes, otros dos adquieren relevancia y acaban perdiéndola, pero la mayoría no se mantienen, entran y salen del relato, desaparecen por completo o surgen de la nada para quedarse. Podríamos decir que Oates no cuenta aquí una sola historia sino cinco o seis, manteniendo un hilo común, y que gran parte de la trama –como sucede en la vida– transcurre como por casualidad, sin que parezca tener gran relevancia. Son estratagemas muy meditadas, y casi inapreciables, que –excepto esa única línea estratégicamente situada que, en mi opinión, rompe la credibilidad sustancialmente (y no diré más)– aportan algo mágico, esa sensación de realidad palpable y cercana que se mantiene hasta el último momento.
Ese realismo extremo no la convierte en una novela amable, al contrario. Pero la realidad que nos muestra, a menudo emocionante, siempre conmovedora y alguna vez muy penosa, nos mantiene en vilo aunque casi todo ocurra en las cabezas. Claro que allí es dónde está la vida, dónde tienen lugar los hechos y todas las interpretaciones posibles.

martes, 6 de febrero de 2018

Nicolas de Crécy: Diario de un fantasma

Idioma original: francés
Título original: Journal d'un fantôme
Año de publicación: 2007
Traducción: Ana Millán
Valoración: interesante para interesados

Aclaremos algo antes que nada: lo de "fantasma" aquí no se refiere a un espíritu más o menos atormentado, como el de Canterville, o a uno de esos de la peli aquélla de Bruce Willis... y ni siquiera al típico cuñado que todos tenemos y que dice hacerse Madrid-Bilbao en dos horas, parando a comer en Aranda de Duero... No, en esta novela gráfica el fantasma es un ente globular y blancurrio, con ojos y boca y manos, pero nada más, que representa a una idea abstracta, a un gráfico o, mejor aún, a un gráfico en potencia, un dibujo que aún no ha sido pergeñado. Se trata de un posible dibujo o diseño que aún no ha encontrado su forma  -pongamos por caso, la de una mascota olímpica o el logo de una marca de chocolatinas- y por eso se ha trasladado, en busca de inspiración a Nagoya, ciudad japonesa donde abundan los grafismos chachis de todas las formas y colorines... En efecto, parece ser que Japón, además de la cuna del hentai y otras modalidades de erotismo extremo (gráfico o no), es el país con más mascotas de estas por metro cuadrado: las hay para casi todo, como puede verse aquí.

Allí en Japón, este fantasma, ente, ser o cómo se le quiera llamar se reúne con su representante francés -que es, precisamente, su antitético: un tipo de lo más carnal, zafio y más salido que el pico de una plancha-, conoce a peculiares personajes y trata de dilucidar sus dudas existenciales. Luego, durante el viaje de regreso a París (y perdón por el SPOILER o ESTROPEAMIENTO, pero es necesario para seguir con la reseña), se encuentra a un tipo que, ¡oh, misterio!, parece conocerle a la perfección y que... uy, un momento... esa cara-...¡caramba, pero si es el mismo autor del libro, el afamado dibujante Nicolas de Crécy! (no es que yo tenga siempre presente su careto, es que lo he buscado en Google). Este creador/compañero de vuelo se dedica a darle la barrila contarle al "fantasma" un viaje de trabajo que hizo a Brasil -a Recife, en concreto-, y los problemas, dudas y reflexiones que le suscitó la obligación de reflejarlo en ilustraciones -por cierto, esta parte del libro está bañada en sepia o nogalina para causar la sensación de ser un recuerdo, mientras que el resto está trazado en lo que parece una enervante plumilla o incluso, como se sugiere en algún momento, un boli de punta fina-; sin duda, estas confesiones parecen ser un reflejo de aquellos problemas conceptuales que tenía el pobre fantasma (recordemos, un diseño en potencia), pero, para qué negarlo, la impresión que que da en el lector (en mí) es que el señor de Crécy ha aprovechado para desbarrar un rato sobre los asuntos que le preocupan respecto a su profesión (un poco como esa tendencia de algunos periodistas a darnos la matraca con reflexiones sobre la práctica periodística).

Aún así, es cierto que esta novela gráfica (¿ensayo gráfico, se podría decir?) trata ciertos temas no exentos de interés: sobre todo, las cuitas de la creación artística, ya digo; las dudas y exploraciones de cualquier proceso creador. También la vacilación de la mirada, ya sea , de nuevo, la del creador o la del simple turista. Y la necesidad, el apremio, incluso, de encontrar y, aún más, de buscar la autenticidad en lo que se mira (significativo que el autoficcionado e introspectivo Nicolas sólo se acabe sintiendo emocionado en Brasil al descubrir la escultura naïf del artista popular Mestre Vitalino).

Llegamos, pues, al fin al espinoso fastidioso jodido asunto de la autoficción, esa lepra literaria del siglo XXI... ¿Exagero? Pues el cuerpo me pide lanzar exabruptos, juramentos y reniegos hasta quedarme, sino a gusto, al menos un poco más desahogado. Ahora bien, resulta que mi digestión de esta novela gráfica ha coincidido con la publicación en CXTX del manifiesto sobre el tema del siempre lúcido Iban Zaldua, al que me remito, suscribo de cabo a rabo y me adhiero sin dudar. Es más, en mi opinión, los muros (y no hablo de los de Facebook, aunque también) deberían llenarse de este lema, coreado por todos los que estamos ya hasta las narices de tanta pamplina juntaletras:

¡AUTOFICCIÓN AL PAREDÓN!

Y que me venga a buscar la Fiscalía, si quiere...



Más títulos de Nicolás de Crécy reseñados en Un Libro Al Día: Período glaciar

lunes, 5 de febrero de 2018

Ror Wolf: Hombres varios

Idioma original: alemán
Título original: Mehrere Männer
Traductor: José Aníbal Campos
Año de publicación: 1987
Valoración: Muy recomendable

Por este blog han pasado ya algunos de los más conocidos maestros del microrrelato, sobre todo latinoamericano como Augusto Monterroso (¡todos en pie!) o Ana María Shua, también algunos autores menos conocidos como Gonzalo Ostagain o incluso antologías como Mar de pirañas (aunque alguna otra publicada en España en los últimos años se nos ha escapado). A todos estos nombres se añade ahora un escritor y artista peculiar y muy poco conocido, al menos en España (donde este es el primer libro que se traduce, si no estoy confundido), pero al que, a juzgar por estos Hombres varios, convendría seguir de cerca.

¿Y qué es Hombres varios? Pues un libro de microrrelatos. O de meta-microrrelatos; o de anti-microrrelatos, no sé. Son pequeñas historias (la más larga no llega a las dos páginas, y la mayoría no llega a las diez líneas) que juegan constantemente con nuestras expectativas sobre la creación de mundos ficticios, sobre lo que es una narración, sobre lo que constituye una historia digna de ser contada; de hecho, muchos de sus relatos concluyen afirmando que "esto no interesa", "esta historia no vale la pena contarla" o . Como son historias tan cortas, puedo permitirme copiar una para dar una idea:

Un hombre al que en otras circunstancias no valdría la pena mencionar, salió una mañana -y lo menciono aquí solo al margen- por una puerta. Todo lo que esperamos ahora es un disparo, un golpe, una caída. En realidad, no es pedir demasiado.

Y ya: no hace falta más para abrir un mundo de posibilidades (y negarlas todas, al mismo tiempo).

Las historias (algo menos de cien) que componen el libro juegan con la indefinición; todas están protagonizadas por "un hombre" (o varios), que algunas veces adquiere un nombre propio y muchas otras no; a veces suceden en ciudades reales  (sobre todo alemanas), y a veces en un vacío espacial y metafísico; en algunos casos hay propiamente una historia (mínima, trivial y sin embargo sorprendente), otras veces no pasan de un apunte o de un quiebro conceptual. La alternancia entre todas estas variables y el humor (auto)irónico de Wolf es lo que hace que la lectura resulte una aventura.

Otro ejemplo, en este caso de un microrrelato más "tradicional":
Un hombre oyó que algo goteaba en su habitación, buscó un cubo y lo colocó debajo de la gotera, pero el cubo tenía un hueco, así que lo puso dentro de una jofaina, pero como la jofaina tenía un hueco tuvo que colocarla en una tina, que tamién tenía un hueco, por lo que puso la tina en una bañera. Entonces se dio cuenta de quetambién la bañera tenía un hueco, pero ya el hombre no supo qué hacer, y arrojó la bañera con la tina con la jofaina con el cubo con el hueco al mar frente a su casa. A partir de entonces pudo sentirse tranquilo y no oyó nunca más aquel goteo.

Creo que, en el fondo, Ror Wolf está jugando con la propia idea de narración, y con el modo en que nuestra mente reconstruye lo que las palabras transmiten. Cuando comenzamos a leer un relato, instantaneamente captamos (o intentamos captar) los elementos principales del mundo ficcional que se nos presenta: quién hace qué, cuándo, dónde, cuáles son las reglas que rigen ese mundo (¿son las mismas reglas del mundo "real" o se permite lo sobrenatural, lo fantasioso o lo futurista?), cuál es el conflicto central que se pretende desarrollar. Con sus "hombres" innominados, sus espacios vacíos o irreales, sus historias que dejan de serlo después de unas pocas frases o sus invocaciones explícitas del lector, Wolf subvierte cada una de esas categorías y nos hace conscientes de mecanismos que habitualmente funcionan de forma automática.

Cito solo otro ejemplo más, que si sigo citando al final voy a copiar el libro entero:

Hace poco, un alpinista -hombre oriundo de Goch- arrojó a un barranco un hueso de ternero mordisqueado. El hueso golpeó en la frente a otro hombre que estaba merendando en aquel momento. Aquel fue el comienzo de todo. Al final solo quedan palabras en las que se trasluce el escaso valor de la vida humana. Eso basta. Todo lo demás sería mentira.
Hombres varios está publicado en ContraEscritura, una pequeña editorial independiente con un catálogo reducido pero muy cuidado, que trabaja con seriedad pero con sentido del humor. Este libro, por ejemplo, tiene los números de página escritos al revés (¿decisión de Ror Wolf o de los editores?), y concluye con la siguiente nota: "cuando este libro acabó de imprimirse en septiembre de 2017 seguíamos sin saber cuándo se domesticó a la última vaca salvaje".

domingo, 4 de febrero de 2018

John Banville: Regreso a Birchwood

Idioma original: inglés
Título original: Birchwood
Traducción: Damià Alou
Año de publicación: 2017 en castellano (en inglés, 1973)
Valoración: Está bien


En noviembre pasado se publicó por primera vez en castellano ‘Regreso a Birchwood’, que es sin embargo la primera novela de Banville –parece que escribió otra anterior, pero abominó de ella de tal forma que hay consenso en no contabilizarla. Hay mucho Banville en ULAD, no hay más que mirar en los enlaces de ahí abajo, así que, como parece que todo el mundo lo conoce bien y yo no, expondré mi opinión sobre el libro y luego la contrastaré con lo que de este autor se ha dicho, a ver qué pasa.

Ya sé que siempre me fijo en el título. Puede parecer infantil pero, oiga, es lo primero que uno ve de un libro y por tanto tiene su importancia, puede actuar como reclamo o abrir expectativas que luego se cumplen o no. Y no me dirán que este título –en su versión española- no evoca inmediatamente el célebre 'Retorno a Brideshead'. Tampoco es solo coincidencia porque, tal y como sospechamos, la primera parte del libro muestra un cuadro bastante similar al de la novela de Evelyn Waugh: mansión en la campiña, en este caso irlandesa, familia de clase alta en decadencia, secretos y enfrentamientos antiguos pero siempre vigentes. Es la historia del derrumbe material y moral de los Godkin, algo previsible por ya conocido, pero que nos deja sobre todo algunos personajes notables. Desde luego la abuela, matriarca implacable que parece que nunca fuese a morir. El padre, que encarna el proceso mismo de descomposición familiar y ruina económica sin caer en el estereotipo, un personaje poliédrico muy bien construido. La tía Martha, rebelde y un poco histérica, con su misterioso hijo pelirrojo. Y naturalmente Gabriel, el unigénito y narrador que cuenta la historia años después, viendo por los ojos del niño que presenció el declive. Al margen del interés de estas figuras, el relato está llevado con la destreza y el trazo fino de un autor que maneja admirablemente el lenguaje –aunque abuse un tanto de las descripciones florales y meteorológicas, seguramente un pecadillo de juventud.

Mediante un corte bastante radical nos adentramos en una segunda parte. Gabriel Godkin, todavía un jovenzuelo, aparece enrolado en un circo ambulante (no desvelo nada, aparece en la contraportada). Hombre, el giro resulta bastante insólito, pero nos lo creemos. Esta nueva etapa del relato le sirve a Banville para dos cosas. Por una parte, para presentar una nueva galería de personajes que, como en el anterior álbum familiar, son complejos e interesantes, con personalidades que siempre albergan algo oblicuo que impiden catalogarlos con ligereza. Gabriel intuye en esa caravana la presencia de un algo tenuemente malévolo que es incapaz de definir, y ello mantiene al lector alerta. La artística singladura es también el vehículo para conocer, aunque sea un poco de pasada, el episodio histórico de la hambruna de la patata, que a mediados del XIX provocó en Irlanda millones de muertos y emigrados, hasta reducir la población en un tercio o más, y a su vez agitó ciertos movimientos nacionalistas de los que tendremos también algunas noticias puntuales. Está bien conseguido el ambiente oscuro del momento, aunque tenemos la sensación de que, como le ocurre al propio circo, al relato no se le ve un rumbo ni medianamente claro.

Tras un extraño episodio intermedio, volvemos al punto en el que el protagonista desempolva sus recuerdos, de nuevo en la casa familiar, y en una tercera parte muy breve, Banville despacha el desenlace de forma un tanto efectista y no muy convincente, atando unos cuantos cabos, y dejando otros tantos sueltos.

Es un poco la constante que encontramos en el libro: talento en el manejo del lenguaje y en la definición de personajes de considerable calado, pero a la hora de construir la historia los elementos parecen poco ensamblados, algunos resultan gratuitos y las situaciones se resuelven a veces tirando de algo parecido al realismo mágico, y otras de manera forzada y no muy creíble.  Cabía estructurar un relato troncal único y más sólido, o bien optar por una narración atomizada y trenzada de forma sutil. Pero finalmente lo que tenemos son bandazos entre una y otra opción, tal vez el deseo de contar demasiadas cosas, y bastante lagunas.

No diré que es una mala novela, me quedo con esa serie de personajes potentes y bien dibujados y con la indudable capacidad técnica de Banville para modelar el lenguaje y crear determinadas atmósferas. 

Y ahora sí, ¿Qué vieron en este autor quienes le reseñaron antes?
Estilista – personajes – elegancia – análisis psicológico – bajos fondos – técnica – inconsistencia narrativa – descripciones impecables – relación pasado/presente – fantasmas del pasado – pedante

Bien, vaya una de prolepsis: admito que tiene algo de ventajista sintetizar opiniones ajenas, una vez elaborada la mía. Pero no me negarán que algunas, bastantes, muchas de las cosas de este Banville primerizo parecen haber seguido brotando en su obra posterior.

P.S. ¿A que nadie se ha fijado que el traductor es el mismo de la reseña de ayer? Coincidencias.


También de John Banville en ULAD: aquí

sábado, 3 de febrero de 2018

Ted Lewis: Carter


Idioma original: inglés
Titulo original: Jack's Return Home
Año de publicación: 1970
Traducción: Damià Alou
Valoración: recomendable

Michael Caine impecable en su terno y con la escopeta de cañones recortados en ristre. Escribía hace algún tiempo sobre portadas y, aún contando con la ventaja de la categoría de culto de la película, no me negaréis que, incluso alineándose con la estética de las portadas de Sajalín, ésta es particularmente icónica, con ese levantamiento de ceja y esa mirada fría y calculadora. Perdonemos incluso la adaptación del titulo original con obvios fines y comprendamos ciertas licencias de género, sobre todo aquellas que tienen que ver con la situación de la época. ¡Narices, algunas escenas de esta novela se resolverían llamando al móvil! Hoy, claro. Pero no en 1970 donde se sitúa la historia. Una historia sencilla a priori. Jack Carter regresa a su pueblo natal (entendemos un pueblo en la Inglaterra industrial, parece cerca de Manchester) desde el Londres urbano donde ejerce de eficaz sicario para un par de hermanos (importante: se está acostando con Audrey, novia de uno de ellos, y tienen bastante avanzado un plan para largarse a Sudáfrica). El motivo del regreso: Frank, su hermano, ha fallecido en un accidente cuyas circunstancias son muy poco claras. Y Jack no abandonará su pueblo hasta aclararlas. Así que van surgiendo personajes relacionados con el entonrno de Frank y con el pasado de Jack y todo empieza a encajar. A Jack le hubiera bastado con enterrar en paz a su hermano y volverse a Londres, pero la cosa se ha empezado a enredar y sus sospechas empiezan a tomar cuerpo.

Ted Lewis, fallecido a los 42 años como consecuencia de su afición a la bebida (reflejada en Carter, incluso tipos que están a punto de matarse no dudan en servirse un vaso de whisky para afrontar tal tarea con el debido tono), escribe con una simplicidad y un estilo directo muy propio. Jack en primera persona todo el rato es un personaje poderoso, decidido, con esa fascinante y particular ética del criminal que preserva ciertos principios (la familia, el primero) y que deja pocos resquicios a todo lo demás. Un ser primario que no duda en patear a quien se ponga por medio (sea hombre o mujer) mientras el fin lo justifique, un tío violento y rudo que sería el objeto, si apareciera en este mundo nuestro de hoy en día, de críticas por docenas, por su machismo, sus escasos escrúpulos, su frialdad.

Lewis retrata una Inglaterra industrial previa a la crisis del petróleo de los 70, una sociedad de pubs y alcohol a destajo, de pequeños pueblos o suburbios feos pero funcionales, contenedores de working class o fuerza de trabajo, esperando, parece, a que el thatcherismo los debaste en unas pocas décadas, donde el único remedio para la miseria o el aburrimiento es trasegar cerveza y trapichear, pueblos de calles vacías y ventanas entornadas, gente con poco glamour y con poca paciencia, cuestión que nos genera una cercanía que puede incomodarnos.

viernes, 2 de febrero de 2018

Sylvia Molloy: Desarticulaciones

Año de publicación: 2010
Valoración: Recomendable

¿Qué hacer cuando un ser querido es diagnosticado de Alzheimer? ¿Qué hacer con esos recuerdos intransferibles (la infancia, la imagen de padres, amigos o hermanos, un marido o una esposa muertos hace 20 años) que van cayendo en una densa niebla de olvido de la que jamás saldrán? ¿Qué hacer cuando la ruina es evidente e inevitable? ¿Qué hacer para seguir adelante?

Sylvia Molloy, en la dedicatoria de este "Desarticulaciones", nos da la opción por ella elegida: 

" Tengo que escribir estos textos mientras ella está viva, mientras no haya muerte o clausura, para tratar de entender este estar / no estar de una persona que se desarticula ante mis ojos". 

Ella es ML, amiga de la autora, y ML padece Alzheimer. Y lo que podría haber sido un ejercicio lacrimógeno y sentimentaloide se convierte, en manos de la argentina Sylvia Molloy, en una tentativa de salvación de los restos de un naufragio seguro. Molloy se agarra a pequeñas tablas apenas inasibles, ya sean una sonrisa de reconocimiento, un recuerdo, una anécdota o una conversación prácticamente olvidada, que no hacen sino retrasar lo inevitable.

El libro, de apenas 80 páginas, se estructura en breves textos que podrían leerse como microrrelatos o como apuntes de un diario y que no son otra cosa que escenas cotidianas- bien del presente, bien del pasado- que sirven a Molloy para tratar de rescatar algo del agujero negro del olvido y para plantearse interesantes reflexiones acerca de la memoria, la identidad, el lenguaje y su función, la relación pasado / presente, la amistad o la soledad, las cuales llevarán a la autora a comprobar que la desarticulación de ML acarrea también la desaparición de una parte importante de uno mismo.

Se trata de un texto duro, doloroso y bello, que recoge, sin caer en la sensiblería, el progresivo deterioro de ML y los recuerdos, dudas y cuestionamientos que todo ello suscita a su alrededor. En el lado negativo, su brevedad, en el sentido de que me hubiera gustado una mayor profundización en alguna de las reflexiones planteadas, y una leve sensación de frialdad en ciertos momentos. Pese a esto último y al tema y a su dureza, se trata de un texto recomendable y "disfrutable".

También de Sylvia Molloy en ULAD: Varia imaginación, Vivir entre lenguas

jueves, 1 de febrero de 2018

Serguey Dovlátov: La zona

Idioma original: ruso
Título original: Ӡоңа
Año de publicación: 1982
Traducción: Ana Alcorta y Moisés Ramírez
Valoración: Muy recomendable

Entre otras muchas cosas que fue en su vida -sobre todo, periodista y escritor, pero también, por ejemplo, boxeador o guía de un parque temático sobre Pushkin... y, por supuesto, exiliado-, Serguey Dovlátov cumplió su servicio en el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos como guarda de campos reformatorios (léase cárceles) en la parece que no muy acogedora República de Komi, por ahí al Norte... Es decir, en una parte del conocido "archipiélago Gulag", aunque no en un campo de trabajo destinado a los disidentes políticos, sino a los delincuentes comunes. Da lo mismo, no creo que a Dovlátov le importara mucho esta diferenciación, visto que para él tampoco había demasiada diferencia entre los zeks o presos y sus guardianes, como él mismo:

"Descubrí una asombrosa semejanza entre el campo de trabajo y el libre albedrío, entre los prisioneros y los guardias (...). Un solo mundo desalmado se extendía a ambos lados de las áreas restringidas (...). Éramos muy similares unos a otros, incluso permutables. Casi cualquier preso habría encajado en el papel de guardia. casi todos los guardias merecían una condena.
Insisto: esto es lo principal de la vida en la prisión. Todo lo demás es periférico."

Como se ve, para Dovlátov el campo, la prisión o como quiera llamarse lo que él denomina "la zona", en realidad no ocupaba sólo las instalaciones del campo en sí, o el territorio adyacente -junto con Chebyu, el peligroso asentamiento donde se establecían muchos presos tras cumplir la condena-, sino que se diría todo el país, el estado soviético y aún el mundo entero. El infierno está dentro de cada uno de nosotros.

Al igual que ocurre en otros libros de este autor, en esta suerte de "crónica carcelaria" también nos regala un despliegue variopinto de personajes más o menos peculiares, desde tercos "ladrones en la ley" a melancólicos, embrutecidos o flemáticos guardianes; encanalladas trabajadores libres y entusiastas instructores políticos; tipos humanos procedentes de medio Imperio Soviético, que se emborrachan con alcoholes de los más diverso, procedentes del otro medio imperio... empezando, como no podía ser menos, por el propio narrador, quien, pese a ser considerado como un "intelectual" por sus compañeros y superiores -o quizás por eso mismo-, no le pone reparos a un  zapoy, esa forma extrema y trágica que tienen los rusos de empinar el codo.

Porque todos los personajes del libro y todas las historias que nos cuenta Dovlátov tienen un poso trágico o, cuando menos, taciturno, pese a algún episodio tan chanante como el montaje de una obra teatral aleccionadora con y para los prisioneros. O los interludios epistolares del autor para su editor en Estados Unidos, que no dejan de tener su punto humorístico-; dada la visión desengañada que tiene Dovlátov de todos los que se encuentran, por una causa u otra, en "la zona". Ahora bien, haciendo una elección literaria y personal, aunque también a causa de su estilo algo seco e irónico -esto no lo dice él-, el escritor renuncia a mostrarnos todas las truculencias que podría:

"Decidí rechazar los episodios más salvajes, más sangrientos, más monstruosos de la vida en el campo. me pareció que habrían quedado muy sensacionalistas, especulativos. Su efecto se habría surtido por la naturaleza del material narrativo mismo, más que por su textura literaria"".

Pero lo cierto es que resulta aún más estremecedora esta omisión, saber que el bueno de Serguey prefiere ahorrarnos ciertas cosas que él no pudo ahorrarse. Incluso cuando la violencia es ejercida contra su persona, nos lo cuenta Dovlátov de una manera algo distante, sobria, huyendo de cualquier énfasis dramático. Eso no significa que la experiencia no le dejara huella. Con permiso, reproduzco de nuevo las propias palabras del autor (la reseña en sí ya ha terminado, pero no me puedo resistir, con lo bien que escribía, el tío):

"Nací con los instintos de un boxeador profesional: para convertirme en un joven capaz de reflexión, fueron necesarios esfuerzos literalmente sobrehumanos. Hubo de formarse una cadena de acontecimientos  inverosímiles... y por tanto lógicos y convincentes. Uno de ellos fue la prisión. Obviamente, alguien deseaba fervientemente hacer de mí un escritor. 
No fui yo quien escogió esta profesión agotadora, estentórea, dolorosa, pesada. Ella me escogió a mí; ya ahora la cosa tiene mal arreglo."


Otros títulos de Serguey Dovlátov reseñados en Un Libro AL Día: La maleta, El compromiso, Retiro, La extranjera