domingo, 14 de febrero de 2016

Colaboración: 612 euros de Jon Arretxe

Idioma original: euskera
Título original: 612 euro

Año de publicación: 2013
Valoración: recomendable (conviene ser de Bilbao, Bilbao…)

El Cholo Simeone. Háganme caso: si quieren un filósofo fetén, un pensador de cabecera que, con los pies en el suelo, dé alguna explicación a su existencia, prueben con la frase del entrenador colchonero: “hay que ir partido a partido”. Al menos, al protagonista y personajes de esta novela les funciona: en esta segunda entrega del inspector Touré, los habitantes de un Bilbao clandestino van sorteando el día a día con esa máxima.

El detective es el burkinés sin papeles de 19 cámaras que sobrevive gracias a trabajos tan esporádicos como variopintos y que aspira a esos 612 euros de la Renta de Garantía Social que ponen título a la historia. La relativa normalidad de su barrio, San Francisco, se ve alterada por la llegada de Cissé, supuesto primo del protagonista, y de su hijo Garán, de apenas seis años. Sus menudeos, trapicheos y robos nos permitirán hacer un tour por Bilbao la Vieja, pondrán a Touré en un brete continuo y lo acabarán abocando a una situación explosiva.

Vayamos con sus luces… En numerosas ocasiones, la originalidad de una obra reside en el punto de vista; en la deixis, si nos ponemos pedantes; en el mirador –más bien la mirilla- en que nos coloca Jon Arretxe para contemplar lo que ocurre en el barrio de al lado. Por esa perspectiva insólita recuerda a Santiago Beltrán, el anciano protagonista de El ojo de halcón de L. M. Ruiz y algo tiene también del alicate de El misterio de la cripta embrujada. Esa baza está, también aquí, bien jugada; no estamos ante un investigador al uso y ese detalle tan significativo sumará atractivo a la novela.

Por otro lado, hay un Bilbao multiétnico que roza ya los límites, las costuras más recientes del botxo, como Miribilla. Arretxe saca partido a esa incertidumbre, a ese desasosiego que inevitablemente genera esa situación y escribe un relato conciliador, casi terapéutico. Quizás no fuera urgente pero iba siendo, al menos, necesario.

Detengámonos en sus sombras… El lector, lamentablemente, tiene la sensación de que la trama es una simple excusa para mostrar el paisaje y el paisanaje de esta parte de la Villa: el escenario se come literalmente a sus actores, privados de aristas, esbozados, perfilados precipitadamente. Curiosamente, los secundarios -Osmán, Txema y Cristina- parecen haber estado más tiempo en el horno y ofrecen una mayor solidez. Y no ha sido por falta de páginas, pues Este, como decíamos, es ya el segundo volumen de la serie y acaba de publicarse un tercero, Juegos de cloaca.

Al lado de Carvalho, Petra Delicado o Bevilacqua, Touré es un pobre sucedáneo cuyo mérito principal es hacer de cicerone en unas calles desaconsejables para los bilbaínos blancos. En el caso de las obras de Vázquez Montalbán, G. Bartlett o de L. Silva el decorado no está sobredimensionado ni hipertrofiado (acaso –seamos justos- las localizaciones sean también más convencionales). En definitiva, si hemos contratado anteriormente a otros detectives, el de esta ocasión nos defraudará irremisiblemente y es muy posible que no contemos con él en futuras ocasiones.

En fin.

Otras obras de Jon Arretxe en ULAD: La calle de los ángeles

Firmado: Aster Navas

sábado, 13 de febrero de 2016

John Hersey: Hiroshima


Idioma original: español
Título original: Hiroshima
Traducción: Juan Gabriel Vásquez
Año de publicación: 1946, 1985 el último capítulo
Valoración: muy recomendable

No hace falta explicar demasiado de qué va este libro. La mera mención del lugar no puede ser inocua. Por décadas que hayan pasado todos tenemos muy presente qué podemos encontrarnos ahí y hasta podría ser una falta de respeto hacia quienes lean lo de explicar qué significa Hiroshima en el ámbito de la historia de la humanidad. Tan importante (perdón por la frivolidad de la palabra) es y tan rápida fue la percepción de esa trascendencia que, apenas unas semanas tras ese trágico 6 de agosto, John Hersey, periodista estadounidense (por tanto, del bando vencedor) toma testimonio de seis hibakusha. Palabra con que, en japonés, se designa a los supervivientes de la deflagración. Habitantes de Hiroshima a los que la fortuna libra de perecer, como decenas de miles de sus conciudadanos, en el momento inmediato de la explosión, o en los días inmediatamente posteriores, a raíz bien de heridas o de la exposición a la radiación.
Hersey pide a cinco japoneses y a un religioso alemán que vivía en la ciudad que relaten qué hacían en los momentos inmediatamente anteriores a la explosión, qué les había llevado a permanecer en esa ciudad que ya era visitada a menudo por los B-29, ciudad que ya estaba organizada para sobrevivir de una forma u otra a los bombardeos convencionales pero donde ya se percibía que iba a pasar algo diferente. Los seis personajes son personas normales: y aquí la normalidad es exacta; civiles que intentan tirar adelante con el día a día, en medio de un conflicto que viven con una chocante resignación. También explican qué ocurre en el justo momento de la deflagración. Qué azarosa circunstancia les permite sobrevivir en los momentos inmediatamente posteriores, momentos en que todos pierden seres cercanos. Qué dantesco panorama se ven obligados a contemplar, cuánta muerte y cuánta agonía les rodea y como se sienten indefensos, desvalidos, desorientados, engañados sobre lo que les ha sucedido.
Claro que muchos párrafos son estremecedores. Duros y crueles en tanto que reales y más que conocidos o supuestos. Y leer Hiroshima dista de ser una experiencia agradable, porque aquí la curiosidad o el morbo son trampas en las que uno no puede caer. Al cuerno con el escapismo. Hersey narra historias reales no exentas de trágico contenido poético, pues éstos son los perdedores por antonomasia, perdedores hasta en  sentirse culpables de haber tenido la suerte de sobrevivir, dobles víctimas porque han tenido la desgracia de permanecer para ser testimonios de la tragedia y continuar sus vidas en un limbo acotado por la incomprensión, la compasión oficializada, y la madeja de recuerdos que aplastan sus existencias y secuestran su calma para siempre.
40 años más tarde, Hersey completó los testimonios en un emocionante capítulo final donde se sabe de esas décadas posteriores: cómo les ha ido, cuál ha sido la evolución de su salud, de sus vidas. Quizás el tono emocional se eleva demasiado, quizás lo espiritual se adueña en exceso en algún momento, pero todo queda justificado. Intercaladas en esas historias, las puntuales noticias sobre los avances de diferentes países en la carrera de armamento nuclear, son un terrible contrapunto.
Siento apropiarme de siete palabras que he leído en algún otro sitio sobre este libro: hay que tenerlo y hay que leerlo.
A ver si así vamos aprendiendo.

viernes, 12 de febrero de 2016

Alberto Barrera Tyszka: Patria o muerte

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

Probablemente no haya ahora mismo en el mundo ningún país, figura o movimiento político que polarice tanto las opiniones como Venezuela, Hugo Chávez y el chavismo. Criticar al chavismo, incluso en sus momentos de mayor corrupción, estancamiento y violencia, es ser un fascista de derechas; reconocerle cualquier mérito, por pequeño que pueda ser, es de extrema izquierda radical antisistema. Por eso, escribir una novela sobre estos temas tan recientes y tan polémicos es un riesgo; y hacerlo sin caer en la simplificación o en el panfleto exige habilidad y una cierta distancia crítica.

Ese quizás sea el mayor mérito de Patria o muerte, novela vencedora del Premio Tusquets 2015: el haber conseguido abstraerse de la polarización radical y proponer una narración compleja, poliédrica y no maniquea sobre Venezuela durante los últimos años de vida de Hugo Chávez. Para lograrlo, Alberto Barrera Tyszka construye una novela coral, sin un centro ni una trama clara, en la que tienen cabida tanto personajes chavistas como antichavistas; tanto burgueses ricos (o "sifrinos", en el vocabulario local) que han emprendido un viaje de huida del país (a veces, con viaje de retorno), como personajes marginales, "los pobres de los pobres", a los que el chavismo devolvió una dignidad y una identidad que hasta entonces se les negaba.

A un protagonismo coral corresponde también una trama (o una ausencia de trama) fragmentaria, dividida en líneas narrativas relacionadas a través de un espacio, un bloque de apartamentos en el que conviven la mayoría de los personajes: la historia de Miguel Sanabria, a quien su sobrino Vladimir entrega una misteriosa caja donde puede contenerse la verdad sobre Chávez; la del periodista Fredy Lecuna, que quiere escribir un libro antes de que Chávez muera, al mismo tiempo que está siendo desalojado del apartamento que alquila por su dueña legítima, regresada del extranjero; la de Rodrigo, hijo pequeño de Fredy y Tatiana, que entabla una relación virtual con otra niña, María, cuya madre acaba de ser asesinada en un intento de robo...

Naturalmente, el retrato crítico que el autor hace de la Venezuela de los últimos años de vida de Chávez (corrupción, represión política, inflación disparada, violencia) hará que muchos lo consideren un "escuálido" (o sea, contrarrevolucionario), pero el texto que constuye a partir de esa situación es lo bastante complejo como para que se perciba la propia polarización en la evaluación del chavismo, la penetración de la política en todos los ámbitos de la vida pública y privada, y el fanatismo que impide el diálogo o la construcción de un discurso común para el país. "Tú y yo vivimos en dos países diferentes", le dice un personaje a su hermano, de opción ideológica opuesta; y también: "hablaban dos lenguas diferentes, extranjeras".

Otro acierto de la novela es probablemente la ambigüedad que rodea al propio Hugo Chávez, que todo lo condiciona desde su posición de líder político, ideológico, económico e incluso religioso, pero que no aparece en la novela prácticamente con voz propia. Los personajes (médicos, periodistas, escritores, políticos, obreros, estudiantes) hablan sobre él y sobre su enfermedad, sobre su figura y su legado, pero aun así se sigue manteniendo como una entidad difusa y esquiva, seductora y terrible. Y de fondo, una relación igualmente ambivalente con Cuba, el país hermanoal que se ama pero se teme, que colabora y controla.


En el último y brevísimo apartado de la novela, los dos niños, Rodrigo y María, escapados de sus respectivas casas, se plantean el futuro juntos:
"¿Quieres regresar?"
"Ya no podemos".
"Y entonces, ¿qué vamos a hacer? ¿Adónde vamos a ir?"
Esa es la idea que deja Patria o muerte en relación con la Venezuela posterior a la muerte de Chávez: el regreso a la utopía, o incluso a la "normalidad", es imposible. ¿Y ahora, qué hacer? ¿Hacia dónde se puede avanzar? Si ese es un mensaje cargado de esperanza o de desesperación, es difícil saberlo.

jueves, 11 de febrero de 2016

Colaboración: Por el camino de Swann de Marcel Proust (En busca del tiempo perdido I)

Idioma original: Francés
Título original: Du côté de Chez Swann 
Año publicación: 1913
Valoración: Imprescindible, aunque no apta para todos los públicos

Harto ya de ver en multitud de contraportadas expresiones tales como “El Proust de nuestro tiempo”, “El nuevo Proust”, “El Proust escandinavo”, etc., y después pensar… “Si este es el nuevo Proust, igual es que el antiguo no era para tanto”, uno se ve en la obligación de tirar de fondo de armario y de volver a leer algo del “verdadero Proust”. ¡Y qué mejor que la primera parte de su archifamosa, monumental y, en cierto modo, autobiográfica En busca del tiempo perdido!

Se trata de “Por el camino de Swann”, editada por vez primera en 1913. La obra, a su vez, se divide en tres partes. La primera, “Combray”, que correspondería a la infancia de Proust, consiste en una continua evocación de escenas de la vida familiar por parte de un narrador marcado fundamentalmente por dos hechos: una exacerbada sensibilidad y un incesante anhelo de amor materno. En una de las últimas escenas, el narrador descubre a Gilberte, hija del matrimonio formado por Charles Swann y Odette de Crecy (protagonistas de la segunda parte) y que volverá a aparecer en la tercera parte.

Esta primera parte recuerda mucho a ciertos cuadros impresionistas, por la obsesión de Proust por plasmar en sus líneas el instante y por el papel primordial que juegan en la misma los sentidos, que ponen en marcha los resortes de la memoria. Y para muestra la célebre escena de la magdalena. Sí, esa en la que el sabor de una magdalena le trae a Proust el recuerdo de las magdalenas que su tía-abuela Leonie le daba los domingos por la mañana en Combray y desencadena todo un torrente de recuerdos del propio Combray y sus gentes.

La segunda parte, “Un amor de Swann”, que puede leerse como un relato independiente, está situada en el tiempo años antes de “Combray”. En ella se narra el nacimiento y evolución del amor (o sucedáneo del amor) de Charles Swann por Odette de Crecy, mujer de “dudosa reputación”. Inicialmente, Swann siente un instintivo rechazo por Odette, pero la identificación de ésta con una determinada obra de arte le llevará a Swann a enamorarse de Odette, aunque este amor derivará posteriormente en una espiral de celos, egoísmo y un cierto masoquismo. Aunque en la primera parte ya aparece el matrimonio entre Charles Swann y Odette de Crecy, no podemos decir que sea un spoiler como tal.

Destaca en esta segunda parte, además del detallado análisis que hace Proust de la psicología del amor, el tratamiento que da a las relaciones sociales en la mediana y alta burguesía y en la aristocracia, relaciones cargadas de cinismo, hipocresía y apariencia. Esta segunda parte quizá sea la más ligera o de más fácil lectura de las tres, pero siempre teniendo en cuenta que Proust no es lo que se dice un autor fácil.

Por último, “Nombres de tierras: El nombre” cierra el libro con una breve evocación por parte del narrador de sus primeros acercamientos o intentos de acercamiento a Gilberte, hija de Swann y Odette, con los Campos Elíseos como telón de fondo. Si en la primera parte el narrador evocaba sus recuerdos de infancia, en esta tercera parte la deja atrás y entra en la adolescencia.

En resumen, nos encontramos ante una obra fundamental en la literatura francesa (y universal) del siglo XX, escrita por uno de los autores con un estilo más personal. Este estilo es lo que convierte a la obra en “Imprescindible, aunque no apta para todos los públicos”. Y me explico. No apta para todos los públicos por dos motivos fundamentales:

1. No hay acción. O, más bien, no hay acción como la entendemos actualmente. Lo que hay son una serie de recuerdos que fluyen y que dan lugar a descripciones detalladísimas de situaciones, lugares, comportamientos, etc. Por tanto, absténganse aquellos lectores que busquen una novela de planteamiento, nudo y desenlace. No la hay. No es el objetivo.

2. La sintaxis. Frases largas, larguísimas, con subordinadas y subordinadas y subordinadas, metáforas, digresiones, incisos, etc., que pueden hacer a un lector no demasiado atento perder el hilo de la narración. Ergo, abstenerse aquellos lectores que busquen algo “para pasar el tiempo”, sin complicaciones y que no estén dispuestos a olvidarse del mundo mientras leen.

Ahora bien, podemos dar la vuelta a estos dos motivos y hacer que la lectura de esta obra sea toda una experiencia. Si somos capaces de leerla con paciencia, volviendo atrás en ciertos momentos, sumergiéndonos en las maravillosas descripciones y saboreando los múltiples instantes que nos ofrece Proust, descubriremos las razones por las cuales nos hallamos ante un clásico universal.

P.D.: He de reconocer que la primera vez que leí Por el camino de Swann, hará ya unos diez años, no fui capaz de disfrutarla como lo he hecho ahora, que me veo con ganas hasta de seguir con los seis volúmenes restantes. Así que calma, mucha calma. ¡Y a disfrutar del universo proustiano que, por cierto, es único!

miércoles, 10 de febrero de 2016

Wilfrid Lupano & Grégory Panaccione: Un océano de amor

Idioma: ¿francés?
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable

Como dice Paco Roca en el prólogo de este libro, casi resulta sacrílego utilizar palabras para hablar sobre un cómic que no tiene ninguna en los diálogos. Ni siquiera onomatopeyas. Toda la narración se sustenta, pues en las imágenes, lo cual, sin duda, no ha resultado fácil para los autores, pero también requiere un cierto esfuerzo por parte del lector. Un esfuerzo muy llevadero y gozoso, hay que decir, y que incluso resulta bastante gratificante, cuando se le coge el tranquillo.

Bien, solventado ya el asunto, que en realidad es anecdótico de la peculiaridad expresiva de esta obra, vamos a lo que importa, que es su contenido: la historia que  nos cuenta, en una tono algo naïf y decididamente simpático, es la de un viejo pescador bretón que sale a faenar con su pequeño barco y, debido a unas peripecias que no desvelaré, para no destriparle la lectura a nadie, se ve perdido y arrastrado a una serie de aventuras, quizás menos inverosímiles de lo que pueda parecer. Entre tanto, su esposa que, al no volver él, está cada vez más preocupada, decide tomar la iniciativa y, en vez de quedarse esperándole, como la loca del muelle de San Blas, va a su encuentro o a lo que ella cree que lo es, viviendo unas peripecias no menos extravagantes y divertidas. Los protagonistas, pues, no son precisamente los típicos de las relatos de amor y aventuras: ni jóvenes, ni guapos, ni ricos... más  bien todo lo contrario, pero eso es lo que le da más encanto a su historia. Al tener que salir de su medio habitual, un pueblecito de la costa bretona, los dos tendrán que adaptarse a las nuevas circunstancias y adaptar sus capacidades, basadas en la tradición, a ese mundo moderno que parece habérseles echado encima. Para ellos, la aventura resulta doble, por tanto. El libro, en el que el mar es un tercer protagonista, que aparece en casi todas las viñetas, es también un toque de atención ecologista, sobre el estercolero en el que estamos convirtiendo los océanos. Eso sí, todo contado, denuncia y momentos azarosos incluidos, con un sentido del humor delicioso y vitalista. No quiero dejar de comentar que además nos encontramos en este cómic con  un "personaje invitado" de lo más inesperado... (no revelaré de quién se trata para no chafarle a nadie la sorpresa).


Se pueden buscar referencias, claro está, a esta entrañable historieta. La más obvia, quizás, en la aparte que atañe al pescador, sea la de la novela El viejo y el mar (recientemente reseñada en ULAD, por cierto); yo añadiría además la de la película La tormenta perfecta (basada en una novela homónima de Sebastian Junger, al parecer). Y, por lo que respecta a la historia de su esposa, me ha recordado, salvando las distancias, Largo domingo de noviazgo, aunque quizás más la película que la novela, pues los protagonistas de aquélla son también bretones, mientras que en el libro de Japrisot, al desaparecido Manex sus compañeros le creen bretón... porque es de Capbreton, en las Landas (dejando aparte, que el estilo del cómic y su humor, basado en los detalles y la reivindicación de las pequeñas cosas, así como cierto ternurismo, recuerda también el del cine de Jean-Pierre Jeunet, o parte de él: Delicatessen, La ciudad de los niños perdidos, Amélie...).

En todo caso, sólo quiero reiterar que, más allá de la circunstancia anecdótica de que se trate de una narración "muda", nos encontramos ante una estupenda obra gráfica (magníficas las viñetas que reflejan la tormenta marina, por ejemplo) y una historia divertida y emocionante, de las que da lástima cuando se llega a la página final... Eso sí: abstenerse los alérgicos a las sardinas en lata; que conste que yo ya aviso...





martes, 9 de febrero de 2016

Nacho Carretero: Fariña

Idioma original: español
Año de publicación: 2015
Valoración: muy recomendable

En un principio, no parece que Nacho Carretero vaya a ser el Roberto Saviano gallego. Eso espero, en lo que concierne a la amenaza constante, al miedo, a la sentencia de muerte en vida que supone el saberse objeto potencial de una represalia. Ello debería alegrarnos en cuanto a que el talante de ciertas redes de delincuencia sea un poco menos violento, un poco menos vengativo o, vaya usted a saber, un poco más comprensivo con la urgencia de la labor periodística.
Labor ingente, por cierto. En Fariña (vocablo gallego para "harina", y una de las múltiples expresiones que aluden a la cocaína), Carretero efectúa un exhaustivo (aunque, en el fondo, el mundo descrito parece inabarcable) recorrido por todo lo relacionado por el narcotráfico en Galicia. El ilustrativo fajín que adorna el libro lo aclara: Historia e indiscreciones del narcotráfico en Galicia. Y la cosa no puede ser más explícita. Carretero se ahorra valoraciones a lo largo de ese extenso camino; como buen periodista se limita a desgranar hechos, a relacionarlos uno a uno, a dejar que ese goteo cause efecto en el lector, a remarcar los regresos a primera plana de algunos protagonistas, a establecer sus vínculos (acertada mención a García Márquez, esto va de sagas, de clanes) y a esperar, paciente, que la realidad se visualice.
Recuerdo, años atrás, cuando prácticamente cualquier comercio despachaba tabaco, que solía darse a elegir entre el tabaco "legal" y el de contrabando. Ignoro si esa diferencia se notaba en algo al margen del precio, pero aquellos paquetes que carecían del preceptivo sello abonando los correspondientes impuestos iban de mano en mano entre aquellos que fumaban de entre mi entorno. Ese tabaco entraba, en su mayoría, a través de las costas gallegas. Galicia, dice Carretero en los primeros párrafos, dispone de una gran cantidad de kilómetros que dan al mar. En playas y costas, pero también en intrincadas rías de complicado acceso. Allí se efectuaban las "descargas", operaciones minuciosamente planificadas y rápidamente ejecutadas, rapidez relativamente necesaria, pues Carretero dibuja un panorama de permisividad absoluta, cuando no colaboración retribuida, por parte de fuerzas de seguridad locales y estatales, autoridades, políticos, empresarios, vecinos, familiares y toda la pléyade de "agentes" que deberían hacer cumplir las leyes o colaborar en su cumplimiento, y no.
Porque la sociedad que describe Carretero es una sociedad que ha asimilado el contrabando como algo normal, como una industria en que sustenta su economía, como un negocio que hay que preservar y defender usando todos los mecanismos a su alcance. Cuando se pasa del tabaco al hachís o a la cocaína, simplemente se está dando una vuelta de tuerca más, se está trocando riesgo por rentabilidad, se está tratando con otros socios, los carteles colombianos, más peligrosos y exigentes, por lo que hay que demostrar rigor y profesionalidad. Curioso el énfasis del autor en la seriedad de los clanes gallegos en la ejecución de su función. Cuando trafican, escrupulosos, cuando transportan, cumplidores y meticulosos, cuando simplemente usan esas formidables lanchas para descargar los barcos, rápidos y seguros. El arraigo y la respetabilidad, la normalidad, se muestran de las formas más variadas. Niños que quieren ser contrabandistas, como sus padres, vecinos que facilitan cobijo en momentos difíciles, narcos que se consideran a sí mismos como honrados y ejemplares, mujeres de narcos que se quejan de que la ciudad se ha llenado de yonkis...
Se lee casi de un tirón y no escatima diatribas a políticos, autoridades mal coordinadas o directamente pasivas, inhibición del gobierno central, el consabido laissez faire que se va de las manos, hasta que, porque los hay, aparecen los cadáveres, los ajustes de cuentas, las desapariciones, los cambios de bando, y una sordidez que no por no ser siciliana sino gallega, deja de ser sordidez. Gran libro, sí señor.

lunes, 8 de febrero de 2016

Adolf Hitler: Mi lucha

Idioma original: alemán
Título original: Mein Kampf
Año de publicación: 1.925
Valoración: Intragable 

El pasado mes de enero se publicó en Alemania, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, una polémica reedición de Mi lucha, el libro escrito por Adolf Hitler como compendio del pensamiento político del nacional-socialismo. Se trata de una edición crítica, con anotaciones de historiadores y expertos, teóricamente dirigida a desmontar el mito nazi. La reseña actual se refiere no obstante a la edición original, tal cual, y dadas las peculiaridades del autor y el propio texto, intentaré ser lo más aséptico posible.

Dice Hitler en el prefacio que sus seguidores le impulsaron a poner por escrito sus ideas, aunque él considera que es la oratoria y no los textos escritos lo que mueve a las masas a la acción. Es una opinión que reitera en varias ocasiones, y que suena a justificación a priori de sus evidentes limitaciones para componer un texto, frente a las amplias dotes para la comunicación oral que siempre le fueron reconocidas.

Pese a lo que pueda parecer, el libro tiene cierto perfil autobiográfico, en especial en su primera parte, y que reaparece puntualmente en la segunda. El autor va explicando cómo desde su juventud comenzaron a tomar cuerpo las ideas que irá exponiendo, y muy pronto nos encontramos con lo que más o menos todo el mundo espera. Este punto de vista tan subjetivo permite detectar grandes dosis de rencor, que se desprenden en cada etapa que se va describiendo (los años juveniles en Viena, el tiempo en el frente de la Primera Guerra Mundial), y es sin duda el rencor la materia prima sobre la que se asienta el entramado teórico posterior. Es desde luego la voz de la Alemania vencida, humillada y arruinada pero, aún más allá, el tono desabrido y una ironía pobre y amarga ponen de manifiesto el resentimiento de un hombre mediocre que con seguridad carga con unas cuantas frustraciones.  

Como decía antes, enseguida se presentan las tres o cuatro ideas sobre las que se sustenta todo el libro: la supremacía de la raza aria-germánica (una especie de interpretación paleta de Nietzsche) y la consecuente necesidad de la expansión territorial de Alemania; el odio fanático -término que se repite una y otra vez- a la democracia, al marxismo y a los judíos, un triángulo contemplado como una única realidad; la exaltación de la fuerza y la intolerancia como armas políticas... En fin, todo ese universo ideológico del que cualquiera tiene una imagen interiorizada. 

El texto está lejos de la literatura política clásica, no hay una elaboración teórica real, ni las ideas se presentan de forma estructurada, ordenada o coherente. Es un continuo de ocurrencias y opiniones, que en la primera parte versan sobre todo en torno a acontecimientos políticos de la época, y pasan después a intentar conformar el ideario del partido nazi, momento en que el texto se introduce por completo en el terreno de la sandez. Pongamos como muestra este párrafo, referido a la ‘raza aria’:

‘… Resulta ultrajante representar a los pueblos germánicos de la era anterior a Jesucristo como bárbaros desprovistos de cultura. Jamás fueron semejante cosa. El áspero clima de su nórdico país los obligaba a vivir en condiciones que impedían el desarrollo de sus cualidades creadoras’. Criaturas. Valían un montón, pero es que pasaban mucho frío.

Y así, la colección de disparates, trivialidades e invenciones sonrojantes continúa al hablar de la educación, el Estado, la política de alianzas o el cultivo de la gimnasia. Todo ello, eso sí, teñido del mesianismo de un individuo que se creyó llamado a una empresa descomunal que él mismo se inventó.

Quizá lo que más sobrecoge al leer Mi lucha es cómo las ideas y propuestas de acción fueron haciéndose realidad, una tras otra, por absurdas que fuesen, de la mano del militarismo exacerbado y el fanatismo irracional que capturó a toda una nación. El resultado del delirio: una guerra que provocó más de 50 millones de muertos, el exterminio físico de al menos otros 6 millones de judíos y comunistas, y buena parte del planeta devastado.

Y una aclaración sobre la valoración. Como tengo por costumbre ajustarme de forma estricta al baremo propio de ULAD, he dudado mucho con qué calificación quedarme. Había pensado poner un ‘Se deja leer’ como rareza histórica, algo propio de una época pasada que no está de más conocer en su fuente original. Pero, sinceramente, viendo cómo ciertas corrientes -fanatismo religioso, xenofobia, violencia e intolerancia- se extienden por el mundo a estas alturas del siglo XXI, no cabe considerar inocuo semejante texto. Sería por tanto ‘repugnante’ por su contenido; pero como encima está mal escrito, y dice cosas tan alejadas de un mínimo de inteligencia, le dejamos como ‘intragable’. Vamos, que no merece la pena ni por curiosidad.