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domingo, 1 de marzo de 2026

ULAD al desnudo

Sí: le hemos pedido a cierta IA que nos generara una imagen con un pastel de cumpleaños. Hoy cumplimos diecisiete años de existencia efímera e insistencia estéril. Que leáis, cojones.

Nos ha regalado esta cursilada y hemos dicho OK. Así hacemos que se confíe, porque a partir de aquí seguiremos rebelándonos. 

Si es que ello aún es posible, este blog podría votar el año que viene, cumplidos los dieciocho. O sea, estamos en el último año de adolescencia virtual, y después ya responderemos de nuestros crímenes. Y nuestras aisladas reivindicaciones o asunciones de culpabilidad pasan por la autoadulación, aunque no tengamos estudios de medios ni informes ni posibilidad de medir fiablemente nuestro impacto, si seguimos desde este rincón será porque nadie nos ha silenciado o porque buscamos que alguien nos haga casito o porque alguno aún se quejaría si a las 12:00 hora local no apareciéramos con lo que nos ha apetecido - colectivamente - ese día.

Para celebrarlo, hoy nos gustaría compartir el contenido de las bibliotecas de nuestros colaboradores, y os rogamos (encarecidamente, como hay que rogar) a los lectores que hagáis lo mismo. 

Se trata de un sencillo ejercicio que  nos permitirá trazar una especie de perfil (que, convertido en metadatos, subastaremos al mejor postor) de la biblioteca tipo de nuestra comunidad. Olvidaos, por eso, de que empecemos a emitir videos por Instagram con ese truquito tan sumamente irritante de sostener estratégicamente el libro de manera que no se vea su portada. Nosotros, como siempre, muchos libros, de golpe, y a la cara.

Os pedimos:

Cinco autores más presentes en vuestra biblioteca personal y número de volúmenes que poseáis de cada uno.

Más una mención honorable (ese autor que os encanta pero no ha entrado en esa lista)

Más un placer culpable.

Estos son los nuestros, empezando por los de nuestros más recientes nuevos colaboradores, que todavía no habían sido sometidos al escrutinio público de exponer sus filias, fobias, vergüenzas y perversiones (las literarias, de momento).

Alain:

Primer puesto, con aprox. 30 libros (entre español y japonés): Yukio Mishima. Siempre hago la broma de llamarle ‘mi ultranacionalista favorito’, pero como están las cosas, ya no me hace tanta gracia. Lo que es innegable es su gran talento.

Segundo puesto, con aprox. 25 libros (entre español y japonés): Kenzaburo Öe. La contraparte. Afín al comunismo en algún momento de su vida, antibelicista y antiimperialista. 

Tercer puesto, con 20 libros (entre inglés y español, novelas, cuentos y poesía): Charles Bukowski. Nada que ver con lo anterior. Hilarante.

Mención honorífica (no las cuento como obras independientes, pero en cantidad de libros físicos, demasiados): Asano Inio. Autor de obras maestras del cómic japonés como Oyasumi Punpun. Su más reciente manga, Mujina, está genial.

Gusto culposo (aunque en realidad no). Para toda la comunidad lectora ‘hardcore’ será como decir una blasfemia, pero tengo más de 130 títulos en mi librería de Audible.

José Miguel:

En general, no soy muy completista, por lo que no tengo la necesidad de comprar todo lo que ha publicado determinado autor, por mucho q me guste. Prefiero diversificar autores, aún así consultando la base de datos, sí que acumulo títulos de determinados autores, allá van:

- En primer lugar, con 15 títulos: Gabriel García Márquez ( unos títulos mejor q otros, pero gran literatura).

- En segundo lugar con 11 títulos: Stefan Zweig ( en realidad tengo 4, pero es q solo el volumen de Novelas ya tiene 11 novelas dentro).

- En tercer lugar con 8 titulos: José Saramago (no necesita mayor explicación).

- En cuarto lugar con 7 títulos: Fiodor Dostoyevski ( idem que el anterior).

- En quinto lugar con 7 títulos: Franz Kafka ( una pena q no escribiera más y, sobre todo, q no concluyera lo poco q escribió).

- Menciones honoríficas, no llego a tener tantos títulos: Sandor Marai, Irene Nemirovski, Leonardo Padura, los rusos ( Tolstoi, Chejov, Gogol, Goncharov, Pushkin).

 Félix:

Como José, aunque por otras circunstancias más económicas, tampoco he podido completar a mis escritores preferidos, y recién el año pasado me pude permitir comprar mis propios libros. Así que es una mezcla de la biblioteca de mi familia y la mía 

* Osvaldo Soriano, 13 títulos: un bestseller que aunaba entretenimiento y profundidad como pocos 

* J.M Coetzee, 9 títulos: un gran escritor

* Charles Bukowski, 9 títulos: no es una preferencia, pero me gusta bastante 

* Haruki Murakami, 8 títulos: en principio, me gustaba mucho, luego, como dice uno de sus personajes, ni me gusta ni me disgusta 

* John Steinbeck, 8 títulos: este sí una de las maravillas de la literatura 

Otros de los cuales tengo varios y/o me marcaron: Tolkien, Rowling, Asimov, Kristof, Sabato, Oé, Pamuk, Faverón Patriau, Barth, Foster Wallace 

Gusto (medio) culposo: una tendencia pronunciada a (re)leer libros de entrevistas para encontrar un faro y fantasía juvenil para no olvidar el asombro y la inocencia (quiero decir la buena, no la que es una excusa para el romance tóxico)

 Juan G.B.:

-Primer puesto, con 15 títulos: Leonardo Sciascia (os pensábais que iba a poner Megan Maxwell, no lo neguéis).

-Segundo puesto, con 12 libros cada una: Donna Leon (puedo explicarlo... más o menos), Fred Vargas y Eduardo Mendoza.

-Tercer puesto, con 6 títulos (pero porque se murió antes de escribir más): Bruce Chatwin.

Mi mención honoraria sería tanto para Ítalo Calvino como para Andrea Camilleri, leídos sobre todo de la biblioteca pública, aunque tengo cinco de cada.

Mi placer culpable:  Pues, ahora en serio, las novelas de Megan Max... Nooooo! Los fumetti de Dylan Dog, que también tengo unos cuantos.

 Francesc:

-Roberto Bolaño (incluyendo algún libro sobre su obra) 19

-David Foster Wallace (ídem) 18

-Michel Houellebecq (otro ídem) 11

-Riszard Kapuscinski, Thomas Pynchon - 10

Mención honoraria: Jonathan Franzen -porque sólo publica tochos cada década o así

Placer culpable: Javier Cercas - aunque sea para ponerle verde tras su sofocón monárquico.

 Koldo:

Números aproximados por el desorden que uno tiene. Allá va:

- Primer puesto, con unos 15 títulos: Patrick Modiano (hubo un tiempo preULAD en el que leí como un puto loco todo lo que publicaba).

-Segundo puesto (comparten por lo tanto medalla de plata), con unos títulos cada uno: Michel Houellebecq y Ramiro Pinilla.

-Cuarto puesto, con 10 títulos: Yukio Mishima.

-Quinto puesto, con 8-9 títulos: Atxaga, Mujica Lainez, García Márquez, Mariana Enríquez...

Mención honoraria: Yugoslavos o exyugoslavos raros (Danilo Kis, Aleksandr Tisma, Ivo Andric, Semezdin Mehmedinovic, Predrag Matvejevic, Slavenka Drakulic y compañía) y autoras argentinas (Mariana Enriquez, Silvina Ocampo, Sara Gallardo, etc)

Mi placer culpable:  Los libros de viajes polares. 

 Carlos

Dadas las siguientes condiciones: 1) Un grado de desorden no aceptable para un letraherido; 2) Exagerada tendencia a la diversidad; y 3) Uso frecuente, quizá abusivo, de las bibliotecas públicas; mis números, obtenidos de vistazo superficial a la estantería, quedan claramente lejos de mis ilustres compañeros y dejan un podio así de multitudinario, y que buen esfuerzo me cuesta componer:

- Oro: con unos cinco títulos, quizá alguno más, tendríamos a Juan Benet, Cela (no por afición, sino por aluvión), García Márquez, Torrente Ballester y Valle Inclán

- Plata: con alguno menos, digamos cuatro aunque podrían ser más, Bernardo Atxaga, Borges, Cortázar, Eco, Joyce, Kafka, Sartre, Unamuno, por ahí andan

- Bronce: se lo daríamos a algunos pensadores políticos que hoy en día es mejor no nombrar, y que descansan en cajas en algún altillo

Mención especial a algunos de mis favoritos a quienes no he tenido la elegancia de dejar demasiados derechos de autor, ni a ellos ni a sus descendientes, diríamos Baroja o Juan Goytisolo.

¿Placer culpable? Casi todos lo son, pero a nivel lector admitiría dos: cierto gusto por rarezas, especialmente del siglo XX, y una manga ancha injustificable para tolerar algún mainstream, pero muy de cuando en cuando, las neuronas descansan un poco y después se critica muy a gusto.

Marc:

Bueno, pues creo que mi lista no sorprenderá a nadie, pero ahí voy:
  • Primer lugar: Paul Auster, del que he leido la friolera de 22 libros y al que voy a echar de menos toda mi vida. Por suerte, hay cierta continuidad en el legado, pues:
  • Segundo lugar: Siri Hustvedt, con 16 libros. Mi admirada Siri, siempre entre mis favoritas.
  • Tercero, y dedicado a Juan: Haruki Murakami, con 15 libros. El eterno candidato al Nobel al que creo que ya se ha pasado el sushi. Pero ahí está y ahí están mis buenos ratos con las leturas de sus libros.
  • Cuarto puesto: Stefan Zweig, con 9 libros. ¡Y los que me faltan!
  • Quinto puesto: Annie Ernaux, con 8 libros. Pocos son para una premio Nobel.
  • Mención honoraria a mis amados escritores nórdicos, ¿cómo entenderíamos la oscuridad de la vida sin sus libros?
  • Placer culpable: la verdad es que pocos, aunque en el pasado mucha novela policíaca llena de clichés como las novelas de Baldacci.
Oriol:

Aunque siempre he sido un fetichista del libro físico, durante años prioricé la lectura de documentos sacados de bibliotecas públicas a la compra de ejemplares propios (ya sean de primera o segunda mano). En cualquier caso, ahora que mi colección literaria va tomando forma, puedo decir que:

Los autores más sobrerrepresentados son:
  • Stephen King (25 títulos).
  • Patricia Highsmith (22 títulos).
  • Clive Barker (15 títulos).
  • Alberto Moravia (13 títulos).
  • H. P. Lovecraft (12 títulos).
  • (No cuento el número de tomos de manga, ya que Masashi Kishimoto y Eiichiro Oda se alzarían con una aplastante victoria gracias a mi obsesión juvenil por Naruto y One Piece.)
Mención honorífica: El año pasado habría dicho que lamentaba no tener en mi biblioteca personal mi novela favorita, la magistral Memorias del subsuelo de Fiódor M. Dostoievski, pero como me la regalaron hace poco, voy a sentir el no tener más libros de tapa dura de la editorial Valdemar.

Placer culpable (por llamarlo de algún modo, ya que me parece bastante estúpido avergonzarse de según qué gustos, por más que muchas personas, presuntamente serias, no sean capaces de entenderlos): "Baja" literatura ("pulp" y bolsilibros, géneros "menores" como el terror, el policíaco, el "western", etc...) y literatura sórdida (ya sea por oscura, perversa, decadente, fetichista o todo lo anterior a la vez).  
 
Santi:
Como tengo mi biblioteca dividida entre Bilbao y Lisboa, entre libros físicos y digitales, no voy a conseguir dar números exactos, y tampoco voy a poder comprobar mis recuerdos o impresiones; en todo caso, así de memoria, diría que estos son los autores de los que tengo más libros:
  • Ramiro Pinilla
  • Julio Cortázar 
  • Andrea Camilleri 
  • Stephen King 
  • Agatha Christie
La mención honorífica es para Terry Pratchett, un autor del que he leído un buen montón de libros, pero de quien poseo muy pocos, porque mi práctica es leer sus novelas mientras viajo, y "liberarlas" cuando las termino.
 
Placeres culpables no tengo muchos, porque asumo sin culpa todos mis placeres lectores, aunque de vez en cuando me doy el gusto de comprar una novela policiaca baratucha y llena de clichés para descansar las neuronas.

En fin:
 
Es muy posible que, si los autores más mencionados no encajan en nuestro alcance habitual (difícil, con más de seis mil reseñas, pero vaaamos) nos decidamos a prestar atención a alguno de ellos. Pero no prometemos nada.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Adam Haslett: Madres e hijos

Idioma original: inglés
Título original: Mothers and Sons
Traducción: Francisco González López en castellano para AdN editorial
Año de publicación: 2025
Valoración: recomendable


Llevaba tiempo esperando una nueva novela de Adam Haslett, un autor al que le sigo la pista desde que leí «Imagina que no estoy», una novela muy redonda, interesante, conmovedora y que destaqué como lo mejor del año. También sus cuentos cortos en Aquí no eres un extraño no tienen pérdida, con un nivel muy elevado. Así que teniendo en cuenta que han pasado ya nueve años desde la publicación de su última novela, la expectativa era muy alta, y las ganas de leerlo le iban a la par.

Empieza el relato con un desbordamiento de cotidianidad, de la rutina que envuelve a su personaje principal, Peter, y que nos permite conocer su día a día. Vemos que es un abogado que ejerce en Nueva York, que se desvive por su trabajo porque, aunque en muchas ocasiones se le antoja reiterativo y aburrido, el solo motivo de poder ayudar a inmigrantes a obtener una solicitud de asilo defendiéndoles de la administración que los quieren deportar a su país de origen ya le es motivación suficiente para sentirse recompensado. Cabe decir aquí que el primer tercio del libro está construido desde la pausa, desde la rutina del día a día, y es que en este libro Haslett se toma su tiempo en construir los personajes a pesar de que empieza de manera algo alocada y dubitativa al situar el personaje principal en una situación laboral cotidiana, in media res, como si de repente al lector se le hubieran abierto las puertas por las que atisbar la vida de un personaje en su día a día; un día a día que se nos antoja ajetreado y en apariencia monótono y sin demasiado interés. Ahí el lector se contagia en parte de esa aparente apatía, a la vez que va adentrando en el argumento, pero sin saber muy bien cuál de esas pequeñas historias que constituyen los casos que Peter lleva desencadenará el núcleo central de la trama. Y mientras se avanza con pausa en la búsqueda de esa trama principal, en paralelo, el autor va tejiendo la historia de su madre Ann, desgranando cómo es su vida en comunidad, en un centro que ha creado de ayuda a mujeres, y en cómo su vida se ha encaminado a tal propósito de solidaridad y ayuda.  Madre e hijo, con vidas orientadas a ayudar al prójimo, quizá para subsanar unas heridas del pasado que van reabriéndose a medida que avanza la trama (aunque con cierta dificultad pues en las primeras cien primeras páginas uno transita intentando indagar hacia dónde lleva todo esto, sin llegar a tener la certeza de que el camino sea el adecuado).

Ya a partir de ahí, y trazados los mimbres sobre los cuales construir (ya sí) la historia, vemos como el buen creador de personajes que es Haslett nos cuenta una historia de fragilidades e incomprensiones, de tensiones ambientales pero también familiares, de aceptación y de reconciliación, de saber abrirse caminos a través de la maleza enredada por generaciones y costumbres. Es en este entorno donde Haslett destaca, porque es bueno retratando personajes y relaciones, creando, pero especialmente manteniendo, la tensión en núcleos familiares en cierta manera anquilosados y reacios al cambio. Es en estas situaciones (en ocasiones se asemejaría a la literatura de Franzen) donde nos devuelve a su anterior novela, pues lo hizo de manera magistral en «Imagina que no estoy», aunque en este caso tarda demasiado en llegar a ese punto en el que uno se engancha y necesita demasiadas páginas para llegar al punto de inflexión donde todo empieza a encajar. Demasiadas páginas destinadas a una cotidianeidad que dificulta que la historia avance y encuentre ese punto de enganche con el lector. Eso sí, cuando llega, entonces ya la lectura es fluida e interesante y vale la pena por la historia que cuenta y porque nos invita a la reflexión sobre cuanto pesan sobre nuestras vidas los hechos del pasado que dejamos sin resolver a la espera que el tiempo los cubra con una capa de sostenida tranquilidad.

También de Adam Haslett en ULAD: Imagina que no estoyUnion AtlanticAquí no eres un extraño

martes, 19 de diciembre de 2023

Robert Kolker: Los chicos de Hidden Valley Road

Idioma original: inglés
Título original: .Hidden Valley Road
Traducción: .Julio Hermoso

Año de publicación: 2022
Valoración: muy recomendable

A veces es tentador asimilar frases que figuran en las contratapas de los libros, y esta va a ser una de esas veces: Hidden Valley Road es una crónica que se lee como una novela. Mejor descrito imposible, pero para algo nos pagan, así que no nos vamos a quedar en tal concisión,

Para empezar, porque no sé hasta qué punto definir esta excelente obra como crónica es demasiado restrictivo. Su autor la desarrolló durante una década, los créditos y referencias - algunos de ellos a estudios médicos especializados - son de extenso alcance y la obvia muestra de que el proyecto es ambicioso y relevante y alcanza sus objetivos. El testimonio del devenir de una familia americana - atentos al subtítulo, los Galvin, un matrimonio de clase de media, seis de cuyos doce hijos, en concreto seis de los diez hijos varones, desarrollaron enfermedades mentales compatibles con cuadros de esquizofrenia. Un absoluto desastre familiar que llamó la atención, discontinua pues la investigación médica en Estados Unidos siempre anda supeditada a los intereses comerciales o a la súbita irrupción de mecenas que se sienten apelados, pero gracias al tesón y a la persistencia de algunos científicos, protagonistas en la sombra en esta narración, acabó siendo de gran ayuda para el estudio de la esquizofrenia como enfermedad, en entornos en los que hay firmes sospechas de la intervención del factor hereditario, por contraposición a la tendencia a atribuirlo a la concurrencia de factores externos.

Lo curioso es que, en un libro que uno jamás se tomaría como ficción, Kolker logra edificar un patrón narrativo muy sólido, en el que se elude escrupulosamente el sensacionalismo (algunos hechos descritos darían  para eso, pero la descripción de ellos es escrupulosa y desoladora a la par) y se muestra un respeto absoluto por todos y cada uno de los implicados. Que son bien enfermos, bien familiares de esos enfermos. Y lo que reluce es lo terrible de la enfermedad para todos, a pesar de que la tragedia que se cierne de forma constante, con las reacciones encontradas (o complementarias) de los padres, acaba afectándoles, es que hay un halo de esperanza, un pequeño rincón en el que guarecerse cuando por lo menos los hechos sirven para una investigación profunda (un pequeño handicap serían ciertos pasajes plagados de jerga médica donde los profanos se hallarán perdidos) que permita avanzar en el conocimiento de la enfermedad y sus manifestaciones. Una parte de la trama. Conforme discurren las décadas, a medida que los casos se producen, con su implacable y desgastadora incidencia en la vida familiar, presenciaremos entradas y salidas en instituciones psiquiátricas, comportamientos que uno no sería capaz de aceptar de no existir ese hilo precario y débil de unidad familiar. La historia de los Galvin, la clínica y la narrativa, con sus inevitables intersecciones y sus, supongo, resquicios de una respetuosa y rigurosa libertad creativa, es una crónica, sí, pero resulta evocadora - el subtítulo, el subtítulo - de algunas familias, éstas sí de ficción, se apelliden Glass o transiten en las modernas novelas de Franzen, de Foster Wallace, porque lo que sí que es común es el escenario. Esa compleja y competitiva sociedad que insiste en mostrarnos ser capaz de lo mejor y lo peor.

 

sábado, 17 de septiembre de 2022

Zygmunt Bauman: ¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?

Idioma original: inglés

Título original: Does the Richness of the Few Benefit Us All?

Traducción: Alicia Capei Tatjer

Año de publicación: 2013

Valoración: Bastante Recomendable


Pues una pregunta bien explícita, no? Generemos riqueza, cuanta más mejor, aunque (o para que) se la lleven unos pocos, porque al final algo de todo eso nos llegará a los demás. También conocida como teoría del goteo, es la última vuelta de tuerca del neoliberalismo, que triunfa en todo el planeta y a la que tampoco hace ascos la socialdemocracia con aquello de hacer una tarta bien grande, que ya habrá tiempo de repartirla. En lenguaje más coloquial: cuanto más rico sea yo más sobras os echaré en el plato. Eso, si me beneficia y os portáis bien.

La respuesta de Bauman a la pregunta es obviamente negativa, no tanto desde el punto de vista económico (para lo cual no sé si tendría los argumentos técnicos necesarios) como desde el ético, claro está. Porque la clave está en el verbo: nos beneficia. Ya habrá expertos que discutan si en base a ese axioma la economía va mejor, suben los sueldos y desciende el desempleo y la miseria. Pero aunque así fuese esa situación nos beneficia tanto como si mañana Elon Musk o Amancio Ortega nos prometiesen un incremento del diez por ciento en nuestro salario si nos convertimos en sus esclavos. Ganamos más, pero eso no necesariamente nos beneficia, porque no es el único parámetro que hay que valorar.

La desigualdad, que es en definitiva de lo que estamos hablando, se ha multiplicado de forma explosiva en el siglo XXI. Bauman aporta algunos datos seguramente ya conocidos. Uno: 'casi todo el crecimiento del producto nacional que consiguió Estados Unidos desde el colapso crediticio de 2007, más del 90 por ciento del mismo, cayó en manos del 1 por ciento más rico de los estadounidenses'. Dos: 'el 20 por ciento más rico de la población consume el 90 por ciento de los bienes producidos''. Tres: 'el 1 por ciento más rico posee ahora casi 2.000 veces más que el 50% de la población mundial'. Y así hasta el infinito, más y más ejemplos extendidos por todo el mundo, desigualdades enloquecedoras y en aumento exponencial entre personas y entre países, cifras escalofriantes que ponen negro sobre blanco la concentración de la riqueza en manos de una minoría cada vez más ínfima y cada vez más acaparadora. El libro está editado en 2013, los datos han seguido disparándose desde entonces y lo que cuenta Bauman es una muy pequeña muestra frente al apabullante material, mucho más pormenorizado y técnico, que expone por ejemplo Thomas Piketty

Pero como el pensador polaco no es un economista que conozca a fondo los resortes del sistema, lo que le preocupa no es tanto subrayar la evidencia, ya de sobra demostrada, como detectar sus consecuencias. La primera es que la concentración de la riqueza implica también concentración del poder, y por tanto ‘la primera víctima de esa profunda desigualdad será la democracia’, toda vez que los bienes necesarios para la supervivencia van quedando en manos de unos pocos y por tanto la capacidad de decisión se ve cada vez más limitada. La desigualdad, planteada en estos términos brutales, deriva en una alteración de los conceptos de sujeto y objeto, y sectores cada vez más extensos de la población, engullidos y degradados por el sistema, centrados en la mera subsistencia, pasan progresivamente a convertirse en objetos, piezas que voluntariamente o no, dejan de tener voz y se limitan a contribuir a que el mecanismo siga funcionando.

El proceso se alimenta en gran parte del consumismo (una de las bestias negras de Bauman) que, inyectado profundamente en la sociedad, crea necesidades crecientes que el ciudadano se ve impulsado a satisfacer, con lo que se lanza a recoger las migajas que le caen, se endeuda, compra, y alimenta así al sistema de forma indefinida y creciente porque el beneficio que se genera va de nuevo, en términos macroeconómicos, a aquella minoría cada vez más reducida. La competitividad es otra de las patas del invento, al establecerse una competición entre los consumidores para intentar obtener siempre algo de más valor, algo que al menos simule un estatus algo más elevado.

Entrando en terrenos más propios de la sociología que de la economía, hay también espacio para la tecnología. Recogiendo una idea de Jonathan Franzen, Bauman ve en la tecnología un medio para escapar de la realidad, que en definitiva es aquello que se resiste al ser humano, algo que debemos doblegar o ante lo que debemos plegarnos, y fuerza nuestra voluntad en uno u otro sentido. La tecnología permite escapar de esos límites y plantearnos un mundo a nuestra medida, que se ajuste a nuestras expectativas y que podemos ignorar con solo darle a un botón. Un nuevo bien de consumo para no pensar demasiado y mostrarnos dóciles con lo que nos lo ofrece (y eso que, insisto, el libro tiene casi una década y el autor no se podía imaginar lo que vendría en los años siguientes)

Pese a que son poco más de cien páginas, Bauman va sondeando en distintos aspectos de la sociedad actual a partir de aquellos datos iniciales sobre la desigual distribución de la riqueza. A veces podemos tener la sensación de que se pierde un tanto en digresiones sobre temas sin una conexión demasiado clara, aunque la exposición es siempre fundamentada y rigurosa. Pero es lo que tiene poner un título tan sonoro y específico: puede que el lector acuda con un interés directo sobre lo que se propone y se decepcione al encontrarse con temas diferentes aunque colaterales. Para evitarlo conviene olvidarse un poco de la pregunta inicial y centrarnos en la lectura de un autor que ya es un clásico cuando se trata de analizar estos tiempos líquidos.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Nancy Huston: Árbol del olvido


Idioma original:
francés

Título original: Arbre de l'oubli

Año de publicación: 2021

Traducción: Antonio Soler

Valoración: recomendable


No suelo hablar mucho sobre editoriales, pero he de alabar la línea que lleva Galaxia Gutenberg: ediciones cuidadas, formatos adecuados, buena elección de catálogo.

Àrbol del olvido no es una de esas novelas que acaparan titulares y encienden elogios, pero es una buena muestra de la apuesta por autores relativamente poco conocidos, y ello siempre es gratificante: una novela bien estructurada, capítulos cortos que van aportando contenido a una historia sin artificios. 

Shayna es una joven hija de un vientre de alquiler. Sus padres, Joel, judío de origen checo de familia que huyó del Holocausto, Lili Rose, con un pasado rebelde y promiscuo, han acudido a una joven negra en apuros y Shayna es su hija, una hija que combina una actitud progresivamente combativa con una cierta inestabilidad emocional. La historia se estructura en capítulos que cambian de protagonistas, de momento, de ubicación. Un poco al estilo de las grandes novelas de Franzen, la trama se va componiendo con esas piezas: unos abuelos paternos obsesionados con su pasado, los maternos, americanos que han visto a Lili Rose flirtear con el desastre y vehicular sus fantasmas estudiando a las grandes artistas suicidas: Joel, por su parte, es un reputado activista a favor de los derechos de los animales. Esos diferentes escenarios configuran una curiosa trayectoria que refleja la evolución (sobre todo en Occidente) del papel de la mujer en la sociedad. Jenka, madre de Joel, es una mujer mayor abnegada y ensombrecida. Shayna, mujer, joven, negra, representa el ahora: no hay complejo alguno más que la curiosidad por saber sobre sus orígenes (de hecho, el libro se articula en un viaje a Ouagadougou, Burkina Fasso, donde aventura sus ancestros), empezando por Baltimore - pretexto, por cierto, su mención, para recordar los escenarios de la excelsa The Wire - donde vive su madre biológica.

Una novela atractiva y eficaz en su sutil reivindicación, donde los personajes quedan definidos por sus actitudes que llevan a reflexión, aunque sea por personaje interpuesto, y así se revela una cierta ambición: sin incurrir en la soflama, hay sutiles y efectivos dardos contra machismo, racismo, clasismo, colonialismo, belicismo e incluso las pérfidas cuitas que llevaron a los conflictos de Oriente Medio, lo cual no está nada mal para apenas doscientas setenta páginas.

martes, 30 de noviembre de 2021

Tochoweek V #2 Jonathan Franzen: Encrucijadas

Idioma original: inglés
Título original: Crossroads
Traducción: Eugenia Vázquez Nacarino (edición en castellano) y Anna Llisterri Boix (edición en catalán)
Año de publicación: 2021
Valoración: recomendable

Una Tochoweek es la pesadilla de cualquier reseñista acostumbrado a extenderse en las reseñas. Pero este humilde lector no podía falta a la cita, y aquí estamos con el último libro publicado de uno de los grandes novelistas estadounidenses, uno de los autores que siempre constan en la lista de escritores de La Gran Novela Americana (ahí estarían Pynchon, también DeLillo y los ya fallecidos David Foster Wallace y Philip Roth, entre otros). Y es que ambición no le falta a Franzen (tampoco talento), pues este libro de aproximadamente setecientas páginas es el primero de una trilogía de nombre pomposo («A Key to All Mythologies», en referencia a Middlemarch) y que, partiendo de este libro situado en los años 70 le seguirán el segundo donde la acción tendrá lugar a finales de siglo XX para culminar la trilogía con el último volumen ambientado cerca de nuestros días. Pero vayamos a ello, que los temas que trata no son pocos.

Con esta ambiciosa novela, Jonathan Franzen arranca su tour de force sobre las mitologías entendiendo como tales las creencias irracionales con relación a la religión y las creencias personales. Franzen ubica a sus personajes en New Prospect, una pequeña comunidad del Medio Oeste donde Russ es el pastor. Así, la religión los envuelve a todos en su día a día y en sus principios morales, aunque de diferente manera y con diferente calado, pero es indudable que la religión y la ética en el comportamiento humano sobrevuela toda la narración y la engloba y la ciñe en su circunspección. Y el autor busca con ello la confrontación entre ideas y modos de vida descomponiendo su aproximación en los diferentes personajes que conforman la familia Hildebrandt, núcleo de la trama argumental de la novela: el padre, Russ, pastor de una iglesia protestante casado con Marion, pero que siente cierta atracción por Frances, una mujer recién enviudada de la congregación. También están los hijos: Clem, el hijo mayor que vuelve de la universidad, la popular Becky, capitana del equipo de animadoras y la niña de los ojos de su padre, Perry, el hijo postadolescente con gran intelecto pero también con tentaciones poco saludables y cierto aire nihilista y Judson, el pequeño y el gran olvidado. Y, por si personalidades tan dispares no fueran suficiente munición para la batalla ideológica y moral que plantea el autor, además añade a la «fiesta» un rival en la congregación de nombre Rick Ambrose y el ingreso a Encrucijadas (grupo dentro de la iglesia en el que acuden jóvenes) de Becky que coincidirá allí con su hermano Perry. Rick Ambrose con quien Russ choca de pleno, por un episodio pasado que marca su relación a pesar de que «las maneras de orientarse de cada uno se complementaban, las de Ambrose entraban más en el plano psicológico y de calle, las de Russ más en la política y con un sesgo más bíblico». Y claro, todo ello en vísperas de Navidad, en el 1971, en una época donde la moralidad y la ética debían medirse en un mundo poblado de drogas y una guerra del Vietnam que marcaba las vidas de toda una generación.

A partir de las diferencias entre las diferentes personalidades, aparecen las fricciones que dan peso al argumento de la novela, porque no es lo sucede o pasa, sino cómo sucede y cómo lo hace y encaja dentro de la manera de ser de cada uno. Porque Franzen se muestra cómodo en la incomodad de sus personajes, en sus crisis existenciales y personales que el autor va desgranando poco a poco. Así, el ingreso de Perry en el grupo Encrucijadas y su coincidencia con Becky da pie a un enfrentamiento dialéctico entre ambos en la que el autor encuentra perfectamente el tono, pues Perry y su visión nihilista y pesimista, alguien muy inteligente, que «podía ser igual o mejor que ellos. Nadie podría retener en los pulmones una calada más tiempo que él, nadie podía beber más sorbos de alcohol que él sin farfullar, nadie conocía más palabras en inglés»; Perry, con su visión crítica y cínica del mundo, que le lleva a cuestionarse si cuando alguien hace el bien en el fondo no lo hace por un acto de egoísmo pues al sentirse bien consigo mismo (o incluso buscando la vida eterna) obtiene un beneficio propio al hacerlo. Y ese espíritu crítico y directo choca de manera frontal con Becky, la líder, su atractiva hermana que todo el mundo conoce, pues «en New Prospect el nombre de Becky Hildebrandt era mágico en el sentido más estricto, mencionarla era la garantía de que la participación en una fiesta será máxima». Becky, que no soporta a su padre. Becky, que recela de su hermano y en el espacio de confianza y sinceridad que inunda el espíritu de Encrucijadas, un lugar donde se habla desde la sinceridad y el autoconocimiento, le espeta que utiliza a todo el mundo para sus necesidades, que los trata a todos con menosprecio, que «creo que no hay nadie que te conozca realmente. Creo que las personas que creen que te conocen se equivocan. Y tú sabes muy bien cómo utilizarlas». 

También está Clem, quien va a la universidad y sale con Sharon, que quiere ser escritora y tiene un hermano luchando en la guerra de Vietnam. Y echa de menos su casa, y especialmente a su hermana Becky con quien tiene una relación muy especial, porque «estar cerca de Becky no le molestaba nunca», porque como «Clem ya tenía a Becky, no se había esforzado mucho en hacer amigos en la escuela», porque Becky y Sharon competían por el mismo espacio en su corazón. Pero, a diferencia de Becky, Clem sí admira a su padre, por sus ideas y sus ideales, y «buscaba la aprobación de su padre, tanto por su ética de trabajo como por sus ideas políticas», pero a la vez compite con él por ella, pues a su padre «parecía que le diera rabia que Clem también fuera amigo especial de ella, que hubiera intentado separarlos y hubiera establecido una relación separada con cada uno de ellos» y siente cierta decepción por él «porque aprovechaba la buena educación de Becky para arrastrarla a pasea con él  los domingos, viendo como se separaba de su madre en las actividades de la iglesia y charlaba con las mujeres de otros hombres».

En la figura de Russ, Franzen explora y explota las contradicciones e inseguridades y abunda en el personaje adentrándose a través de sus miserias hasta explorar la condición humana más débil y temerosa. Así, en ciertos pasajes, en la manera de tratar a las mujeres y en la interpretación de las actitudes de ellas hacia su persona y su reacción ante ellas, uno recuerda de manera bastante clara a Hamsun por sus altibajos emocionales que yerran en cada una de las situaciones en las que están sometidos a tensión. Así, a medida que avanza el libro, vemos en Russ una actitud paranoide, hostil y que interpreta las situaciones desde la absoluta incomprensión de quien se ve cegado por el amor y la inseguridad en sí mismo. Justificación y rabia, amor y odio, deseo y hartazgo se funden en una misma relación, a menudo imaginaria, pero a todas luces real en su mente y que se resumen perfectamente al afirmar que «no fue hasta que ella se fue que conectó de nuevo con su deseo. De hecho, pensó, el encuentro difícilmente podría haber ido mejor. Fue una revelación la manera como respondía de forma positiva a su ira y negativa a sus súplicas. Había dado con la clave (…) pero no saber qué pensaba era una tortura». 

Todo avanza en un sentido y con cierto ritmo pausado, que va llenando el escenario de pequeñas pinceladas que van conformando el paisaje ideado por el autor hasta que llega Marion y su arrebatador pasado. Ahí algo implosiona y empieza a arrastrar al lector en una caída ininterrumpida hacia una espiral de decadencia moral. Porque claro, nos faltaba Marion con problemas de autoestima debido a un sobrepeso que intenta combatir y que va a terapia para sentirse mejor. Marion que tiene a una hermana llamada Shirley que fue la favorita de su padre, quien se suicidó tiempo atrás y creó en ella un vacío que llenó de rebeldía. Marion, un personaje completo que valdría ya por sí solo un libro entero, dedicado, exhaustivo, porque con Marion llega un retrato de la primera mitad del siglo XX perfectamente retratado entre vendedores de coches, ambiciones artísticas, deseo y aspiraciones, e infidelidades. Marion aporta a la novela desesperación, con un pasado de brotes psicóticos desencadenados tras su relación con un marido infiel pero cobarde, convirtiéndose en la esposa inocente y despechada, a la vez que una amante desesperada, llena de inseguridades y un eterno sentimiento de culpabilidad por todo lo que le sucede en la vida, exonerando a los demás por sus culpas (y pecados) y atribuyéndose a ella misma la causa (y merecimiento) de tales desventuras.

Franzen destaca en la construcción de los personajes, en cómo perfila sus caracteres y los contrapone y los confronta en inteligentes, agudos y mordaces diálogos que demuestran que el autor es bueno justamente en eso: en crear un escenario a partir de ellos, y no al revés. Son los personajes los que ocupan el primer plano y la historia se teje a partir de ellos; y, para que funcione, deben estar bien definidos, con luces y sombras, con defectos y aristas. Y esos choques suceden en múltiples capas, porque no solo se producen entre los diferentes personajes, Perry con Becky, Perry con Russ (pues ve a su padre con Frances y se da cuenta que «ha pillado al viejo en delito flagrante» justamente con la madre de su amigo Larry).

Estructuralmente el libro de divide en grandes capítulos cada uno de los cuales se centra en uno de los miembros de la familia. Así, el autor facilita la empatía del lector hacia sus personajes, pues se adentra en ellos y permite trasladar la visión y personalidad de cada uno de ellos en contraposición con el resto y hay que reconocer que Franzen es muy bueno en la creación de personajes, les otorga una personalidad compleja, con claroscuros e imperfecciones. En Franzen no hay buenos o malos, todos ellos tienen sus puntos fuertes y débiles, sus logros y fracasos y, a pesar de la singularidad y diferencia entre ellos, sí tienen algo en común: no hay malicia en sus acciones o, al menos, no de manera pretendida. Así, las Encrucijadas son aquellos momentos vitales en los que hay que tomar decisiones críticas, se encuentran no únicamente en los caminos que separan los territorios emocionales entre los personajes sino también dentro de uno mismo, donde cada acción, cada pensamiento, cada decisión, es sometida a un proceso interno en el que escoger un camino u otro no es tarea fácil y sí a veces definitiva. Franzen retrata las imperfecciones y contradicciones del ser humano y busca en los roces que generan las múltiples situaciones cotidianas para afilar las aristas que sobresalen y que hieren y lastiman a los demás, y a uno mismo. A través de sus personajes, Franzen toca diferentes temas como el suicidio, la ambición, las inseguridades, las dudas, las infidelidades, la decadencia, la decepción, el deseo… nos habla de drogas, de la religión y la ética y la moral y trata también sobre la culpa y la culpabilidad, sobre los sentimientos que albergamos y que, en ocasiones, hacen que nos creamos responsables y merecedores de lo que nos sucede, para bien o para mal.

Y, en esta extensa novela, Franzen retrata los personajes hasta límites que, en algunos casos, van mucho más allá de lo que la historia requiere. Así, cada uno de ellos podría, de manera individual, ser el protagonista absoluto de la novela. Esto crea un aura de novela completa, de novela perfecta, pero en parte se echa a perder por el exceso. Una novela de setecientas páginas que debe leerse con ritmo pausado para no perder detalle y que sitúa al lector ante un tour de force que en ocasiones le causa la duda de si vale la pena. Y claro, la vale porque Franzen escribe muy bien, pero uno se cuestiona si no hubiera sido mejor pegar algún tijeretazo y hacer una novela más compacta, más centrada, menos amplia y ambiciosa. Es posible que Franzen sea uno de los ultimas grandes novelistas americanos y da la sensación de que pretende demostrarlo en cada uno de sus libros.

Lamentablemente las últimas doscientas páginas del libro no están a la altura del resto, engrandecidas y desdibujadas en una excursión a territorio navajo donde se muestran los excesos de Franzen en ambición de alcance y en desmadre y descontrol. Ahí la novela se diluye entre recuerdos del pasado de Russ y drogas consumidas que en ocasiones parece propio de una novela como Transpotting. Es por ello por lo que la valoración no puede ser más positiva, aunque sí recomendable, pues el libro tiene muchos elementos de interés y el retrato que realiza Franzen de una familia desestructurada y la perfecta caracterización de sus miembros y la incidencia de la religión en todos ellos, merecen por si mismos una lectura que deberá ser, como el propio tamaño apunta, intensa y profunda y que abre boca para una segunda parte de la trilogía que auguro será prometedora e interesante.

También de Jonathan Franzen en ULAD:  Aquí

miércoles, 17 de febrero de 2021

Don DeLillo: El silencio

Idioma original: inglés

Título original: The Silence

Año de publicación: 2020

Traducción: Javier Calvo

Valoración: Está bien (lo cual para ser DeLillo, no está bien)

Pregunto: ¿constituye el título de este libro una especie de antagonismo a una de las obras maestras de DeLillo, titulada Ruido de fondo?

Puede, pero a partir de aquí mi relato se nutre básicamente de conjeturas, que este sea un primer guiño inconsciente ya que, referíos a mi valoración a tal efecto, estaba yo acostumbrado a que las obras del autor neoyorquino (uno de los grandes, aclaro) me situasen entre la espada y la pared de la fascinación y la animadversión, a veces ambas tan radicales y absolutas, y lo triste para mí es decir que El silencio me ha dejado indiferente, lo cual es imperdonable tratándose de quien se trata. 

Porque el planteamiento de El silencio , novela distópica pero no tanto, por mucho que se sitúe en un futuro (2022, aquí al lao) y que conjugue elementos de una cercanía - pre-pandémica, por los pelos - espeluznante, me ha parecido de una obviedad escandalosa, rayana con  la falta de profundidad que solo podría que recriminar con saña a escritores de sus cercanías intelectuales (¿se imaginan a Franzen escribiendo frases sencillas sobre, por ejemplo, el conflicto de Medio Oriente?). Porque, abro hilo para sinopsis, ¿qué tiene (bonita portada, por cierto) de útil plantear a estas alturas qué pasaría con nuestra humanidad ultra-conectada y sobre-tecnificada, o viceversa, si simplemente todos los aparatos electrónicos dejaran de funcionar?. Madre mía, Don: si esto lo comentamos en el despacho cuando, en medio de una tormenta, alguna vez una subida de tensión hace que salte el diferencial y caigan los servidores alojados en la nube. Justo después de mirar si queda tiempo suficiente para que eso se arregle o podemos arreglar los papeles de la mesa e ir desfilando para casa. 

Un acontecimiento, aunque sea solo apuntado, de esta magnitud, no puede dar para una novela tan escueta, para apenas un relato situacional deudo del cine de Altman, de los relatos de Carver, de una centena de páginas que se despacha en apenas una hora y media de lectura que ni siquiera ha de ser muy atenta: la novela incluso se reitera en ciertos diálogos que no vienen al caso, diálogos establecidos en esos cinco personajes que no perduran para nada en el lector, más que por hechos anecdóticos, como la pareja que echa un polvo nada más cerciorarse de que han sobrevivido a un accidente aéreo a su regreso de París, como esa previa obsesión, escena con que se inicia la novela, con esas pantallas informativas llenas de cifras sobre velocidad y altitud y temperatura exterior. Esas relaciones forzadas, el otro trío de protagonistas reunidos para ver la Super Bowl e igualmente circunspectos ante pantallas en blanco, deberían dar para más en lo narrativo, más allá de sus condiciones de miembros privilegiados de la sociedad neoyorquina, más allá de su falta de reacción ante el hecho de que ese mundo cómodo se acaba de vacíar de contenido ante sus narices.

DeLillo regresa aquí a lugares comunes: a estadios abarrotados de espectadores, a simples individuos que, despojados de los avances de la ciencia, han de atravesar ciudades para regresar a sus hogares/refugios. Podemos hinchar sus premisas y atiborrarlas de trascendencia y decir que la novela es más un punto de partida que una conclusión. Claro, podemos decir que DeLillo ha cedido aquí a sus lectores el desarrollo de los hechos (y la especulación de sus causas), pero, con el respeto a la solidez de sus brillantes grandes novelas, si fuera otro, con todo el respeto, insisto, le preguntaría que cómo se atreve a publicar (y a facturar: más de 15 euros por ejemplar) este bosquejo pretencioso.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Jane Smiley: Un amor cualquiera


Idioma original: inglés

Título original: Ordinary Love and Good Will

Año de publicación: 1989 (2020 en español)

Traducción: Francisco González López

Valoración: entre recomendable y está bien

He de reconocer que he habido de consultar la fecha de publicación original de esta novela para cuadrar un poco la oportunidad de su recuperación dentro del exigente catálogo de Sexto Piso y me ha costado un poco justificar esa decisión, y quizás sea oportuno aclarar al lector que esta novela se publicó hace treinta años y que está más cerca de Richard Ford que de Jonathan Franzen, más cerca de Joyce Carol Oates que de Margaret Atwood y que su impacto seguramente obedezca a que obras posteriores de la autora obtuvieron alguno de esos prestigiosos premios literarios de los que nos hacen sentir curiosidad. 

No malentendáis mi relativo escepticismo: solamente me sorprende que, dentro de la lógica y deseable variedad, esta novela encuentre su ubicación al lado de Barth, Gaddis o Barthelme, ya que se trata de una narración comprensible, sosegada, literariamente dentro de los cánones de la convencionalidad. Un amor cualquiera es una historia comprimida en unos pocos días en los que Rachel, mujer divorciada, cinco hijos, reúne a sus hijos en un pequeño evento familiar: dos de sus hijos, gemelos, van a volver a reunirse cuando uno de ellos vuelve de una prolongada estancia en la India, que le ha cambiado sustancialmente su perspectiva del mundo, y alguno de los otros hermanos va a acudir a la casa de la madre en una reunión que, desde una situación casual, evolucionará en una serie de confesiones sobre las causas de los acontecimientos que precipitaron el divorcio y dinamitaron esa idílica y americana existencia, la de un matrimonio en el que el éxito profesional (Nat, el marido, es un reputado investigador médico) y la vida plácida no es suficiente para actuar de pegamento. Nat se fue con sus cinco hijos a Inglaterra y, enzarzados en las clásicas guerras propias de estas situaciones, los niños han pasado prácticamente toda la infancia sin ver a su madre, sin tener muy claro qué hechos incidieron en esa separación.

Y hasta ese punto puede explicarse la novela, aunque no se trate de un misterio que, de ser desvelado, estropee la novela, sí que son hechos que hoy vemos con una mirada diferente a la de 1989, y, rozando el espoileo, diré que mucho mejor que así sea y que esas tres décadas provoquen en el lector un cierto escepticismo. No es que Smiley no transmita a la perfección esa personalidad de la mujer que se ha visto obligada a reengancharse con su familia. No es que la escritura no sea eficaz, ajustada a la condición de novela corta y de entorno íntimo. Es, simplemente, que no despega de ese ámbito un poco escueto y restringido y quizás hubiera esperado algo más.

domingo, 31 de mayo de 2020

Nathan Hill: El Nix


Idioma original: inglés
Título original: The Nix
Año de publicación: 2018
Traducción: Carles Andreu
Valoración: recomendable

En otras circunstancias, una novela como esta, casi 700 páginas incluyendo 3 páginas de agradecimientos del autor, hubiera sido obvio pasto de TochoWeek, pero las premuras y ciertos deméritos aconsejan ya no relegarla, que es una palabra algo fea, más bien no destacarla en exceso. Y eso que la novela viene precedida por alguna opinión entusiasta que las solapas se encargan de recordarnos. Porque esto es una primera novela de un autor joven, no parece que tenga más de treinta y cinco, y menudo volumen para una opera prima, (aunque venga precedida de la consabida ristra de relatos publicados en diversos medios) con su ambicioso planteamiento y un intento (algo forzado) de alcance universal.

Perdonad un momento: hay unas voces en mi cabeza que susurran algo que no entiendo.

Continuo: El Nix debe su título a una especie de duende o criatura imaginaria o algo así que forma parte del imaginario noruego. Imagino que se trata de una alegoría que no acabo de ver clara, porque la situación esporádica de ciertas escenas en Noruega de la novela es breve y meramente referencial, quizás con cierta influencia en aspectos de la historia, pero en cualquier caso no puede considerarse el nudo principal en absoluto.
De una novela, por cierto, primera coartada para una extensión algo excesiva, que no tiene un solo escenario e incluso diría que hasta cierto punto podríamos definir como "coral", urdida, digamos a base de cambios de protagonista, flash-backs de décadas, cambios de ubicación y, por supuesto, intención manifiesta de que las piezas encajen, que una cosa es afrontar una novela de debut con ambición y otra jugártela a que el critiquillo de turno te despedace por intentar subvertir las reglas de la narrativa a la primera de turno. No es sencillo, y en este sentido la novela está trabajada y resuelta con los lógicos flecos de poca importancia, todo ello en un ejercicio de estilo que, sin ser demasiado original resulta efectivo. La novela se lee sin respiro a partir de la página 150, cuando las tramas empiezan a desarrollarse hacia lugares que empiezan a suscitar cierta curiosidad acerca de cómo va a resolverse todo eso.

Anda: las voces otra vez. Repiten una palabra, empieza por F, creo.

Samuel Anderson es profesor en la universidad y escritor en bloqueo permanente: recibió hace mucho tiempo un desproporcionado anticipo de una editorial por una novela que no avanza. Todo ello a consecuencia de la publicación de un relato que le puso en el punto de mira de las editoriales obsesionadas por encontrar The Next Big Thing. Su existencia dista de ser la de un escritor entregado a su obra. Vegeta por la universidad intentando que sus alumnos asimilen a los clásicos y superen la materia, intenta mantener la cabeza alta en medio del desinterés general, y tiene un excusable vicio oculto: se pasa la vida jugando (bajo pseudónimo) a un juego online donde hay elfos y orcos y esas cosas.
Su rutina es alterada. Mientras una alumna empieza a ponerse pesada porque él ha descubierto que le ha presentado un trabajo copiado sobre Hamlet, su agente empieza a amenazar con demandarle para recuperar el anticipo si no entrega su novela, y su madre, que le abandonó en su tierna infancia, reaparece en su vida de la forma más extraña. Ha protagonizado un incidente de poca importancia con un político conservador que los medios y un juez bastante agresivo se han encargado de magnificar. Sugerido por su agente literario y a la búsqueda de descerrojar el bloqueo, Anderson decide indagar en el pasado de su madre y usar lo que obtenga como materia prima para su obra.
Y esa es la premisa que permite ir hacia adelante y atrás, ir incorporando capítulos dedicados a situaciones y personajes que configuran esa trama que, por momentos se cierne hacia la clásica novela con giros y la narrativa moderna que pretende ser inclusiva. Pasaremos fugazmente por la Noruega de la ocupación nazi, pero también asistiremos, con Allen Ginsberg de invitado, a las protestas en los últimos años 60 contra la guerra de Vietnam, varias décadas más tarde al fenómeno #OccupyWallStreet, todo ello siguiendo las andanzas de Faye, madre de Samuel y pretexto, en su tortuoso pasado, para el recorrido de la novela por los diversos escenarios y épocas.

Vaya: las voces. ¡Pensaba que decían Francesc! pero decían Franzen, Franzen, Franzen.

Pues eso. Es lógico que un escritor de cierto prestigio cuente con seguidores que asimilen su estilo y empleen sus estructuras. Si gente como Dan Brown o Stig Larsson han tenido imitadores, por qué no Franzen. No digo que Nathan Hill pretenda servirnos un sucedáneo. Pero  la influencia es muy clara, no solo en el empleo de esas líneas que se ramifican y escarban en el pasado, en ese pasado oscuro que todo ser humano parece acarrear. También la pura proyección ideológica del autor, mostrándose crítico de forma interpuesta con las derivas totalitarias, el abuso de poder, el capitalismo a ultranza, la represión sexual, nos evoca a Franzen o incluso a Don De Lillo (el de Submundo o Ruido de fondo). No pasa nada: no solo unos pocos autores tienen la licencia de usar sus obras para destripar el terrón de la realidad americana, ergo casi la realidad global de todo Occidente. Pero a la hora de juzgar un libro, una novela de 700 páginas, el matiz podrá aportarse, pienso. Porque a veces no hay nada como los originales.

lunes, 6 de abril de 2020

Paula Fox: Personajes desesperados

Idioma original: Inglés
Título original: Desperate Characters
Traducción: Rosa Pérez Pérez
Año de publicación: 1970
Valoración: Bastante recomendable

Personajes desesperados es una novela sobre eso mismo, sobre personajes desesperados. Sobre gente de mediana edad insatisfecha consigo misma, con su familia, sus amigos, sus conocidos y su trayectoria vital.

Detengámonos en la protagonista de la historia, Sophie. No tiene grandes problemas, al contrario que tantos otros en esta ficción: no le falta dinero, no le pega su marido, no está a cargo de un bufete en crisis... Tiene, si acaso, conflictos psicológicos y emocionales. Llamémoslos así. Se desprecia a sí misma y a Otto, el abogado con quien está casada; además, tiene tanto tiempo libre que no puede evitar pensar. Pensar mucho.

A todo esto hay que añadir un acontecimiento en apariencia simple que cambia su existencia. Un gato salvaje la muerde. Ella, preocupada de que el animal le haya podido transmitir la rabia, empieza a verlo todo con ojos febriles. Sus abundantes pensamientos se tiñen irremediablemente de indignación, impotencia, miedo y desdén.

Sin lugar a dudas, Personajes desesperados es un clásico norteamericano del siglo XX. Uno escrito con una prosa compacta, saturada de significado y atenta al detalle; impregnado por un subtexto inteligente y evocador; transitado por personajes conmovedores en su realista trazado. Los únicos defectillos que le veo a la novela son el tipo de narrador que emplea y su un tanto repetitivo último tercio.

Sexto Piso rescata a Personajes desesperados (entusiasta prólogo de Jonathan Franzen mediante) en nuestro idioma. Menos mal, pues las ediciones previas de esta obra llevaban años descatalogadas. ¿A qué esperáis para haceros con un ejemplar? Creedme, vale la pena dejarse morder en la mano por Paula Fox.

Ah, existe una adaptación cinematográfica. No la he visto todavía, de modo que no puedo juzgarla. Sin embargo, me parece complicado trasladar con fidelidad esta historia al lenguaje audiovisual. A fin de cuentas, uno de los puntos fuertes de esta ficción es la sutileza. Y ya sabéis que, para el séptimo arte, medio visual, la sutileza es difícil de lograr. 

miércoles, 4 de marzo de 2020

Biografías lectoras II: Confesiones de un letraherido

Poco esperaba yo, cuando entré en esta comunidad lectora uladiana, que algún día tendría que pasar cuentas sobre lo que me ha llevado hasta aquí, en lo tocante a la literatura. Porque son varias décadas de libros, montones de ellos y, sí, confesaré ya de entrada, que con ritmo de lectura irregular y algún sonrojo que puede que confiese.

Y, cómo no puede ser de otra manera, pues estas cosas deben empezar por el principio, más allá de los típicos libros de niño con dibujos, texturas y sonido, ya de pequeño apuntaba maneras de lector voraz. Porque superados estos primeros años, a la que empecé a saber leer podría decirse que siempre crecí con un libro cerca y recuerdo con mucha nostalgia la época (larga, fueron bastantes años de mi vida) comiendo en casa de mis abuelos y teniendo allí algunos de mis libros, para aprovechar esos mediodías, cuando no existía internet y la TV tenía únicamente unos pocos canales. Pero allí estaban los libros, porque siempre están ahí cuando les necesitas, y esperaba a llegar a casa para lanzarme de nuevo en búsqueda de aventuras de la mano de Enyd Blyton con sus “Siete secretos” (por encima de “Los cinco”, que también) y disfrutando (mucho) con su menos valorada serie de “Los cinco detectives”. Y claro, el famoso "Zoo d'en Pitus" de Folch i Torres (lectura obligada y disfrutada por prácticamente cualquier niño catalán de la época y diría que sigue siendo así). Junto a estos libros, cómics, también, muchos: mis añorados y predilectos “Zipi y Zape”, “Mortadelo y Filemón”, “Trece rue del percebe” y, claro, cómo no, “Mafalda” de Quino, que seguramente la leía ya antes de entenderla (o no, quién sabe). Y los catalanes “Jep i Fidel”, “Massagran”, … también los franceses, “Astérix” o “Tintín” (leídos todos, varias veces, cómo debe ser, vaya) y, por supuesto, la gran ola francobelga con “Spirou”, “Gil Pupil·la”, “Benet Tallaferro” en sus traducciones al catalán. Y más, muchos más cómics, a los que seguiría alguno de Marvel y de DC Comics (Spiderman, Batman o Capitán América), pero pocos. Y no quiero olvidarme de mi cómic futbolero preferido: “Eric Castel”.

Superada ya esa fase de cómics, que debo decir que para mí fue una fase vinculada a la infancia, ya entré en la narrativa propia de la edad pre-adolescente/adolescente, donde me llevó a leer libros de más calado. Bastante en desacuerdo con muchas de las lecturas que nos ponían en el colegio (no me convencía casi ninguna de las que nos proponían y arrastro aún malos recuerdos de Charles Dickens y dos ciudades que me dejaron en medio de ambas, o Papillon, leído además en francés, que bueno, sí pero no), podríamos decir que mi despertar literario en ese momento de mi vida fue “Rebeldes”, de S.E. Hinton. Fue en esa lectura a los catorce años, y la mini-reseña que tuvimos que hacer en clase, que algo despertó en mí; puede que fuera el libro, puede que fuera los elogios del profesor a mi reseña (es posible que fuera mi primera reseña en la vida… y aquí seguimos tres décadas después) u otros motivos, pero ese libro me despertó no ya la pasión por la lectura (que ya existía desde siempre) sino las ganas de escribir (intentos de libro hubo algunos, pero ahí quedaron).

Y, una vez entrada en la edad en la que ya se podía leer de todo (o casi), me metí de lleno buscando hobbits en los mundos de Tolkien, cazando robots humanoides con la saga de Battletech y empezando a devorar todo lo que encontraba de Stephen King y también novela de aventuras africanas con Wilbur Smith y Clive Cussler. Eran tiempos de leer mucho y rápido, de leer todo lo que encontraba, especialmente en esos veranos de días calurosos y noches interminables. Y otro salto, llegando a mis veinte con novela histórica y ensayo, sufriendo y descubriendo que existe la maldad a través de las memorias de Ana Frank y Primo Levi, pero también soñando con un mundo de música (mi otra pasión) en Alta Fidelidad con Nick Hornby y entrando en libros más profundos con Kundera y su “levedad”, Dante y su “Divina comedia”, buscando lobos esteparios bajo las ruedas con Herman Hesse y descubriendo a Gregor Samsa gracias a Kafka mientras iba de viaje beat en la carretera con Kerouac hasta llegar a los campos de centeno de Salinger. Y Bradbury buscando la temperatura a la que queman los libros mientras Orwell adivinaba nuestro presente. Y Kennedy Toole conjurando con unos necios, con los que me reí casi tanto como con Mendoza y mi añorado Gurb.

Y luego, mi época de buscar submarinos jugando a patriotas con Tom Clancy y a abogados con John Grisham y otras novelas de policías y detectives, o jugando a médicos con Noah Gordon y llenando mi mundo de inmensas catedrales con Ken Follett mientras Victor Hugo encontraba miserables. Y algún fantasma que corría por la Opera al que conocí en un musical y que me llevó a su lectura.

Hasta que vino Paul Auster y todo volvió a cambiar: desmintiendo autobiografías que auguraban la crónica de un fracaso tras vivir a salto de mata y visitando su Nueva York a través de una trilogía que me abrió un nuevo mundo, un mundo donde el azar entraba y llevaba de su mano cuestiones sobre quiénes somos y cómo hemos llegado aquí. Y siguieron muchos más de Auster (casi todos, creo). Y vino Bret Easton Ellis con un psicópata americano que me infligió miedo, pero también pasión por una literatura atrevida, valiente y directa, y conocí a un tal Palahniuk que no me dejó dormir con su canción de cuna. Y algún sudamericano como García Márquez, Vargas Llosa y Jaime Baily, de los que no guardo buenos recuerdos y que, quien sabe si por eso dejé algo de lado la literatura de esos lares (perdóname Koldo). Pocas lecturas más en esa época, la universidad y una carrera difícil no dejaban mucho tiempo para la lectura.

Y llegó Haruki Murakami, superados mis veinticinco, y fue el descubrimiento de otro mundo, un mundo en el que sonaba un blues en Toquio, mientras un pájaro daba cuerda al reloj de una amante peligrosa que vive al sur de la frontera, o al oeste del sol, mientras Kafka descansaba en la orilla buscando un satélite llamado Sputnik. Y siguieron todos (o casi) del autor japonés, al que se unirían en un futuro Kawabata, Higashino, Mishima, Ishiguro… Y sin dejar de lado lo que seguía publicando Auster y King, entre otros.

También olfateé libros interesantes envueltos de perfume con Süskind y busqué códigos, ángeles y demonios con Dan Brown. Y eso me llevó otra vez de vuelta a los best sellers, con más lectura policíaca de la mano de Baldacci, Katzenback y su psicoanalista, Faletti, Koontz y la paranoia de Finder (gran libro también). Fueron bastantes años de este tipo de literatura, al que también la acompañaron cosas de las que ahora me arrepiento (y me arrepentiré de confesar aquí) como libros de ChitLick (no únicamente Bridget Jones, que también) o, más adelante, de superación personal.

Y descubrí a Siri Hustvedt, mi admiradísima Hustvedt, y me devolvió todo cuanto amé de los libros. Y leí todo de lo que había de ella (y sigo haciéndolo). Y a ella se le han ido añadiendo, al paso del tiempo, otros autores estadounidenses como Eugenides, Chabon, John Williams, Richard Ford y Foster Wallace. Y también otros autores no estadounidenses como Erri de Luca y Coetzee (otros dos grandes autores).

Y, ya más cerca a nuestros días, llegó Karl Ove Knausgård con su lucha, que es la de todos, y llegó fuerte, muy fuerte. Porque me descubrió (a mí y a muchos) la literatura del yo, porque vi otra manera de escribir, desde la cotidianidad, desde las pequeñas cosas. Y me estremecí con el ánima de Mouawad y la sangre de unas promesas que causaban dolor, pero también esperanza. Y apareció Philip Roth con su trilogía americana y Franzen buscando correcciones a una tendencia lectora errática pero nutrida. Y vino Zweig, grandísimo Zweig, y con él llegué al ensayo y a la reflexión a la que le diría Sí a Bernhard, pero también a Kristof (mi siempre admirada Kristof), o también algunos rarunos nórdicos como Hansum pasando hambre o Strindberg haciéndose el loco. Reflexiones que vendrían acompañadas de movimientos sociales contra el racismo y a favor del feminismo (Coates, Solnit, Davis, Ward Sontag, Beard, Atwood, Gornick, mi también admirada Ernaux…), sobre problemas migratorios (Gunday) o sobre la importancia de la cultura con Thiong’o. Porque hasta hace pocos años predominaban en mis estanterías los autores, pero, afortunadamente, llegaron ellas; de hecho, ya estaban, pero las descubrí tarde y menos mal que lo hice: grandísimas autoras como las ya mencionadas, pero también Hardwick y autoras más recientes como Tibuleac, Winkler, Kang, y catalanas que darán que hablar (más aún de lo que ya están haciendo) como Solà, Orriols o Baltasar.

Y sí, también otros grandes autores, como Haslett (que publique más libros, por favor), Moehringer hablándonos desde un bar grandes esperanzas, y clásicos a los que les debía una lectura como Harper Lee, Scott Fitzgerald, Victor Català, Faulkner, Hawthorne o contemporáneos como Saunders buscando a Lincoln en un bardo que me sorprendió y encandiló. Y finalmente, el último gran autor descubierto, uno de los más grandes, Cărtărescu, que me llevó a descubrir que un Solenoide genera campos infinitos de mundos de un magnetismo ineludible. Más o menos, como el magnetismo que tienen los libros.

Larga vida a los libros y a ULAD, al cuál le debo que esta sea, probablemente, la época de mi vida en la que más leo y gracias también al empuje de los lectores, que animan a seguir. Y que siga así por muchos años.

miércoles, 8 de enero de 2020

Seth: Ventiladores Clyde

Idioma original: inglés
Título original: Clyde Fans
Año de publicación: 2019
Traducción: Esther Cruz Santaella
Valoración: recomendable

Leo esta última novela gráfica de Seth (nom de plume del canadiense Gregory Gallant) con el recuerdo aún fresco, pero más bien tibio, de su primera obra, La vida es buena si no te rindes, publicada originalmente entre 1993 y 1996. Sin embargo, pese a los veintitrés años transcurridos entre aquel libro y este Ventiladores Clyde, pienso que ambos podían haber sido escritos y dibujados de forma consecutiva, porque el estilo característico de Seth no ha cambiado sustancialmente: viñetas a tres tintas -negro, gris y un azul grisáceo... además del blanco, claro-, muchas de ellas sin diálogo, digamos "ambientales" -panoramas de calles, edificios, parques...-; detenimiento casi morboso en los detalles, sobre todo en objetos vintage, de los años 30, 40 ó 50 del siglo XX: bibelots, fotos, carteles...; recreación de zonas del Viejo Toronto y otras ciudades de Ontario... En realidad, como explica el autor en el epílogo, hay una razón para esta apariencia de continuidad: Ventiladores Clyde debía ser su segundo libro, pues lo comenzó justo después de terminar el primero; sólo que éste ha tardado más de veinte años en acabarlo. Eso también explica cierta evolución del dibujo dentro de la misma obra: de los trazos más finos y detallados del comienzo a otros más gruesos y de aire algo descuidado, pero también más resolutivos, del final.

Los personajes protagonistas guardan asimismo una cierta semejanza  con el de aquella otra novela:  son también individuos tristes, un poco o un bastante misántropos, o simplemente poco adaptados al trato con sus semejantes; aunque en este caso no se trata (por fortuna, creo yo) de otro dibujante de cómics, trasunto del propio Seth, sino de dos hermanos, Abe y Simon Matchcard, que han llevado durante años -y también a la ruina-, la empresa fundada por su padre, Ventiladores Clyde. Hay diferencias entre ellos, no obstante: mientras Abraham o Abe se ha visto obligado a ser más sociable debido a su trabajo de comercial para la empresa y ha llevado una existencia más o menos "normal" -viajes, matrimonio, múltiples aventuras con mujeres-, Simon es mucho más misántropo, o tal vez sólo víctima de una timidez enfermiza, por no decir patológica... La mayor parte de su vida, frustrado su intento de seguir los pasos de su hermano, los ha pasado encerrado en el edificio donde vive, y también está la oficina de la empresa de ventiladores, sin apenas contacto con el resto del mundo, cuidando de su madre y coleccionando unas postales humorísticas, de moda varias décadas atrás. la relación entre ambos hermanos, entre la dependencia y el rencor mutuo, supone, claro está, uno de los motores de la narración, quizá el principal, de hecho. pero también están la relación de Simon con su madre y el resquemor de Abe hacia su padre, que abandonó a la familia sin dar explicaciones. Los lazos familiares, por tanto, sus obligaciones y agravios, son el gran tema del libro, pero también las relaciones humanas en general -amorosas, comerciales- y la falta de ellas: la soledad, que causa un tormento indecible en quien la sufre, incluso cuando la ha elegido de forma, en apariencia, voluntaria. La necesidad que tenemos del prójimo, pero también de alejarnos de él. El fracaso y la entropía como destino inevitable de la existencia humana, así como de las ciudades y paisajes, de los tiempos... de todo lo que parece entrañable y acogedor.



He mencionado el edificio en el que están las oficinas de la empresa y también la vivienda de Simon y su madre -y luego, de Abe-, porque además, en verdad resulta ser casi un personaje más de la narración. o sin casi: detenido en el tiempo, laberíntico, incluso algo claustrofóbico... los dos hermanos deambulan por él sin cesar, de habitaciones a pasillos, de sótanos a la oficina, de la coina al almacén de material, desgranando sus historias y la de su familia. Incluso los objetos que se acumulan en la casa tienen no poca relevancia: a modo casi de una novela del Nouveau Roman o de Georges Perec, nos encontramos -en un libro de historietas ya de por sí bastante tocho y algo agotador- con, por ejemplo, cinco páginas repletas de pequeñas viñetas donde se detallan todos los objetos que se encontraban en el tocador y el resto del cuarto de la madre de los dos hermanos. U otra, ocupada por un catálogo de todos los modelos de ventilador que vendía la firma. En fin, cosas de ese tipo...

Por acabar: si alguien ha leído la reseña que escribí de la primera obra de Seth, La vida... etc., se habrá dado cuenta del cambio en mi tono, no sólo en la valoración. la causa es que si la otra novela gráfica me pareció algo interesante, sí, pero sobre todo una muestra máss de ese onanismo narrativo que constituye en el peor (y más frecuente, por desgracia) de los casos la llamada "autoficción", ventiladores Clyde, en cambio, resulta una novela madura y profunda , absorvente (ya digo que incluso un poco agotadora), y cuya historia y personajes, sin duda, merecerían una mayor repercusión si se tratara de una novela "tradicional" que hubiese salido de la pluma de un Franzen o un Richard Ford o cualquiera de los novelistas norteamericanos actuales más señeros.

Y antes de que lo olvide, el libro en sí, un volumen tocho, como he comentado antes, está esplendidamente editado, e inserto dentro de una curiosa "caja-faja" que, pese a mi aversión (compartida por muchos lectores y libreros, me consta) hacia esos adminículos deleznables al servicio de la autopromociónmás cutre, en este caso aporta un embalaje apropiado al tamaño del libro y de un buen gusto divertido y sorprendente. A cada cual, lo suyo.

Otras obras de este autor reseñadas en Un Libro Al DíaLa vida es buena si no te rindes

miércoles, 23 de octubre de 2019

Philip Roth: El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras


Idioma original: inglés
Título original: Shop Talk. A writer and his Colleagues and their Work
Año de publicación: 2001
Traducción: Ramón Buenaventura
Valoración: bastante recomendable

En algún momento se produjo el terrible sorpasso y Philip Roth destronó a un últimamente errante Franzen erigiéndose en uno de mis cinco escritores de referencia (esos de los que intentas leerlo y tenerlo todo, esos a los que ya lees con una actitud de amigo), y, a la postre, abocándome a que solo uno de ellos esté vivo y pueda esperar algo nuevo de él.

Un desastre, y ya abandono mis lamentaciones privadas y personales que a nadie interesan para pasar a hablaros de este libro.

Este no es, como yo esperaba al principio, el equivalente en la obra de Roth a libros como Mientras escribo de King o De qué hablo cuando hablo de escribir. En ambos casos, libros muy interesantes de escritores que me interesan bastante poco. O sea, no es un ensayo canónico y descarnado de un creador y sus experiencias ante el folio/pantalla en blanco. Tampoco es un estudio crítico propiamente dicho, pues combina determinadas situaciones siempre asociadas a otros autores: relaciones epistolares, entrevistas espaciadas por los años, conversaciones en el entorno de una relación cordial, casi amistosa, a veces la pura distancia del idioma o la situación geográfica condiciona la conversación. Pero Roth aquí no es el crítico agreste escondido tras sus personajes más emblemáticos, y diría que esa actitud respetuosa a la vez le beneficia (obteniendo la colaboración de sus oponentes) y le perjudica (evitando la intensidad que a veces se deriva de ciertas actitudes).
La mayoría de los aquí presentes son escritores ya maduros y consagrados, muchos de ellos judíos como Roth y muchos de ellos con huellas presentes o recientes en la realidad europea de la primera mitad del siglo XX: empezar con Primo Levi revela a las claras ciertas de las temáticas recurrentes en los textos (el Holocausto, la represión, el drama, la huida, la anulación personal) y el recorrido del libro va constatándolo hasta llegar al punto opuesto necesariamente parecido: hemos trazado un ángulo de 360 grados y huyendo del nazismo hemos caído en el totalitarismo ruso, el de la Primavera de Praga visible a través de dos autores checos, Ivan Klima y Milan Kundera, dos de los pasajes más atractivos de esta selección (excelente el ambiente relajado de la conversación con Klima) en que la queja se establece en ese teórico otro extremo.
El totalitarismo ruso anula la disidencia en Checoslovaquia a través del silenciamiento del entorno cultural que no es afín, se trata de la misma represión quizás más sutil y menos contundente, pero con los mismos resultados. Escritores reprimidos, represaliados, divididos (esto me recuerda algo) entre el exilio forzoso o el riesgo de la permanencia. Quizás la de Ivan Klima sea la mejor parte del libro, un diálogo excelso (pues Klima ha sufrido la represión por los dos bandos) que equilibra y centra la obra, que ha apostado fuerte por Primo Levi en su inicio, hablando de su vida tras la guerra, de la fábrica de pinturas que dirigía, y que se ha centrado en escritores no siempre célebres (figura alguno incluso no traducido al español), pero que, con la excepción del recorrido final por la obra de Saul Bello, se mantiene en un tono serio, respetuoso, a veces próximo al academicismo en puntos que parecen más bien intercambios de pareceres que propiamente entrevistas.
Una obra menor, quede claro, una especie de interludio entre obras de ficción, muy interesante desde el punto de vista de la relación entre autores, mucho más empática y relajada que los encuentros entre prima-donnas de otros ámbitos culturales, ya también como constatación de determinada genialidad de Roth, capaz del cambio de registro y de retirar a los memorables personajes que solía interponer entre el lector y él.

Otros libros de Philip Roth en ULAD: aquí