sábado, 7 de marzo de 2015

Alfred Bosch: Inquisitio

Idioma: catalán
Año de publicación: 2006
Valoración: entre recomendable y está bien


En estos tiempos en los que parecemos estar asediados por los fanatismos, las teocracias y la supuesta justicia divina administrada por las bravas, no está de más comentar una novela que nos remite a los desmanes de un tenebroso tribunal religioso y sus intransigentes ejecutores. Sólo que esta historia no transcurre en Irán, Arabia Saudí o en ese autodenominado -e infame- Estado Islámico, sino mucho más cerca de nosotros -al menos de quien esto escribe-: en la hermosa y afamada ciudad de Valencia. En una época ya bastante pretérita, por suerte: hablamos del año 1824, en tiempos del reinado de Fernando VII, llamado "el Deseado" (que también manda narices...).

La novela es una ficcionalización -valga la redundancia- del caso de Gaietá Ripoll, el que pasa por ser el último condenado y ejecutado por herejía (pongámoslo así porque hay que ser precisos con el uso del idioma, pero bien podría escribir "asesinado") por el Tribunal de la Inquisición en España. Aunque, en realidad, no fue por la Inquisición, propiamente, dicha, sino por una de las autoproclamadas Juntas de Fe que surgieron tras el trienio liberal y que trataban de reimplantar tan ominosa institución. Estas juntas, formadas por fanáticos "ultras", buscaban algún caso ejemplarizante que amedrentara a sus opositores liberales y forzara al Gobierno a recuperar el terror religioso, y lo encontraron en Ripoll, un maestro rural de la por entonces huerta de Russafa, que seguía métodos más bien heterodoxos en su escuela y una doctrina que, por deísta, a la carcundia eclesiástica de la época le resultaba prácticamente herética.

La historia está contada, sin embargo, desde el punto de vista de otro personaje, el padre Llorenç Ramo, director de las Escuelas Pías de Valencia, encargado primero de espiar -y denunciar- a Ripoll, pero luego, fascinado por su figura, que Bosch pinta lleno de bondad-, traba amistad con él y trata de ayudarle hasta el último momento. Este padre Llorenç encarna en cierto modo el torturado y contradictorio espíritu de esa época, desgarrado por las luchas entre ultras y liberales o, siguiendo la denominación de entonces, blancos y negros; entre el Antiguo Régimen al que muchos se aferraban, aunque se estuviera desmoronando en toda Europa y América y la modernidad que avanzaba al ritmo de las nuevas costumbres y el traqueteo de las máquinas de vapor, pero también de las explosiones y tiros de las revoluciones. Llorenç Ramo se ve metido además en una trama de sociedades secretas ( El Ángel Exterminador por un lado, los "comuneros", por otro), de enigmas astrológicos, de búsqueda de libros prohibidos... pero tranquilo todo el mundo: por suerte, esta novela tiene poco que ver con Dan Brown o sus epígonos.

Sí que hay un toque "folletinesco", puesto que el padre Llorenç, además, es un hombre torturado por un secreto de su pasado, un pasado del que no puede desembarazarse  y vuelve para condicionar su presente... Aunque quizás este elemento melodramático sea necesario para que el lector encuentre amenas las disquisiciones teológicas y los pormenores históricos de la época en la que se desarrolla la novela. Porque, eso sí: desde luego, la ambientación y recreación histórica parece hecha con gran minuciosidad y desenvoltura, sin que resulte acartonada, como ocurre a veces en el género histórico; disfrutarán más de ella, como es lógico, quienes conozcan bien Valencia y puedan darse cuenta mejor de los cambios que se han producido en ella en los últimos doscientos años, pero creo que los demás lectores se sentirá también transportados a esos años, tan lejanos en apariencia pero en los que ya estaban presentes buena parte de los problemas y tensiones que han aquejado al país durante los dos siglos posteriores.

Irónicamente, la vil ejecución de Ripoll tuvo como consecuencia que la Inquisición no fuera resucitada, en España, ante el escándalo provocado en otros lugares de Europa. Y el propio Fernando VII reprendió a la Junta de Fe de Valencia por haberse excedido en sus atribuciones (aunque eso sí,  tales Juntas no fueron abolidas hasta 1835, tras la muerte de este monarca). Hoy en día, en la ciudad de Valencia hay una plaza dedicada al maestro Ripoll; al menos, parece que hemos avanzado en algo... mientras no vayamos para atrás,  como los cangrejos...