miércoles, 25 de marzo de 2015

Erskine Caldwell: El camino del tabaco

Idioma original: inglés
Título original: Tobacco road
Año de publicación: 1932
Traducción: Horacio Vázquez-Rial
Valoración: muy recomendable

Dijo Osvaldo Soriano (pronto reseñaremos algo de Osvaldo Soriano aquí, por cierto) que Caldwell había enseñado a los escritores a escribir diálogos. Leo, en el prólogo, que eran la aportación más relevante, la marca de fábrica de Erskine Caldwell. Como una especie de signo de distinción de este escritor, integrante de ese movimiento denominado gótico sureño, pero eclipsado por la inmensa sombra proyectada por Faulkner o Steinbeck.
Lo cual es algo injusto. Porque, sí, puede que sean los diálogos de Caldwell los que nos permiten comprender todo lo que está pasando, casi ver lo que nos ocultan las capas de mugre, miseria, precariedad, pero todo lo demás no se queda atrás, para nada.

El camino del tabaco es la historia de Jeeter Lester, campesino del algodón y padre de una extensa familia, diecisiete hijos tenidos con su mujer Ada, a la que dedica estas caballerosas frases:

" Ojala Ada hubiese sido así de bonita, pero hasta cuando era chica, Ada era más fea que un pecado. Nunca he visto una mujer más fea en todos estos sitios, fuera de esa condenada predicadora, Bessie. Esos dos agujeros sucios que tiene en la cara le descomponen a uno."

La Bessie a la que le suelta tan amable referencia es una viuda que se presenta en la casa (mejor digamos choza o chamizo) y que seduce a Dude, muchacho de pocas luces, para que se case con él. Dude es, junto a Ellie May (afectada de labio leporino), uno de los dos hijos que aún conviven con el matrimonio. De todos los otros, salvo Pearl (desposada a los doce años con Lov, fugaz protagonista, junto a un mísero saco de nabos, de la primera escena), poco más se sabe. Andan por ahí, buscándose la vida. Ah. También la abuela está en la casa. 

Semejante estampa se enmarca en medio de devastadas praderas del estado de Georgia, en tiempos donde la parte central de la nación estadounidense era azotada por el desastre conocido como Dust Bowl, que agravaba el ya deprimente panorama de la Gran Depresión de 1929.

La existencia de Lester gravita en torno a sus escasas oportunidades de sacar algún provecho a las tierras que tiene arrendadas, lo mínimo para subsistir al día siguiente, calculando siempre meticulosamente cuál será el paso necesario para la obtención de los siguientes centavos, y siempre especulando con la deseada combinación (guano, semillas de algodón y el préstamo de una mula) que le permitirá, aunque sea de un modo precario y transitorio, superar ese mal momento que se alarga, ya, demasiado.
Mientras, piensa en cómo echarle algo a la olla del día siguiente: algo más que pellejo de tocino y granos de maíz. Su alternativa es abordar a tipos como Lov (a la sazón su yerno) y robarle un saco de nabos, para darse un oportuno y egoísta atracón. El hambre flota en todas las estancias de su destartalada casa.
El camino del tabaco no es una historia de idas y venidas de un puñado de gente miserable. Es un poderoso estímulo a indagar no solamente sobre otras novelas de Caldwell, sino sobre la propia situación que abocó a personas reales a la imagen de sus protagonistas. Su simbolismo es poderoso. No es, acaso, el flamante coche en que Bessie invierte los 800 dólares de herencia de su difunto esposo, una analogía de la fugaz riqueza previa al crash bursátil del Lunes Negro. Un vehículo que apenas tarda dos días en pasar de rutilante novedad a destartalado cacharro lleno de golpes, roturas y abolladuras, con asientos rotos y pintura descascarillada. Con Dude conduciéndolo mientras toca la bocina con insistencia y atropella (sin incidente ni remordimiento ni consecuencia alguna) a un negro que se cruza en su camino. Y con Bessie gobernando el coche con orgullo, siempre pensando que, mientras funcione y avance, todo es solventable.

A años luz de cualquier conato de frivolidad o glamour, solamente ese constante sentido del humor negro deja resquicio a la mínima e inútil esperanza. Caldwell quería alejarse con su prosa de cualquier sentido del romanticismo: sus personajes son seres gobernados (como ellos mismos reconocen) por los bajos instintos: el deseo, el hambre y la desesperación son de mal llevarse con la mesura y la contención. Ahí sembraba Caldwell sus semillas, y ojalá todos los frutos sean tan magníficos como esta novela.

También de Erskine Caldwell en ULAD: La parcela de DiosTierra trágica

5 comentarios:

Reve Llyn dijo...

La leí el verano pasado en un par de tardes soleadas que sin embargo en mi memoria aparecen oscuras como la historia. En algunos pasajes no podía dar crédito a la realidad ¿pero de verdad viven así? Una puerta a la que asomarse a "oro mundo" dentro de este. Buen escritor y buena reseña. Un saludo.

Francesc Bon dijo...

Lo dije en Twitter este mediodía y lo recalco aquí. El recuerdo de la lectura de este libro, apenas hace una semana, me acompaña de manera indeleble y constante. Creo que hay que empezar a movilizarse para reivindicar a Caldwell. Gracias por el comentario.

Al rico libro dijo...

No lo conocíamos, pero nos lo apuntamos.

Anónimo dijo...

hay también una famosa canción de los año 60 , tobacco road.No me acuerdo de que grupo americano era, es una muy buena canción. Habrá que leerse el libro.

Francesc Bon dijo...

Bueno: esta es la extraña película basada en el libro... Tobacco road