jueves, 21 de enero de 2016

VV.AA.: El dinero en The New Yorker. La economía en viñetas 1925-2009


Idioma original: inglés
Título original: The New Yorker On The Money: The Economy in Cartoons
Año de publicación: 2012
Traducción: Vanesa Casanova Fernández
Valoración: recomendable


La afamada revista The New Yorker -ésa que algunos fingen leer habitualmente, aunque no hayan visto un ejemplar en su... bueno, vale, es lo que hago yo... ejem; lo confieso-, además de relatos, artículos literarios y demás, acostumbra a publicar viñetas humorísticas que se han convertido en unas clásicas del género en este libro encontramos una recopilación de las más destacadas, desde los años 20 hasta la crisis de ayer mismo, referentes al siempre jocoso tema del dinero y los asuntos económicos en general (que yo sepa, hasta ahora se han publicado otras dos recopilaciones, sobre la oficina y los libros). Estos chistes son, por tanto, excepcionales testimonios de lo sucedido a lo largo de 90 años: los felices 20, el crack del 29, el New Deal, la economía de guerra, la sociedad del consumo desaforado, la época de los yuppies, las burbujas tecnológica e inmobiliaria, la última -o penúltima- crisis de 2008... Increíblemente, los distintos autores han sabido sacarle punta, a lo largo de todas estas épocas y circunstancias, a asuntos en principio tan serios y aun áridos como son el finero, sus flujos y reflujos, los mecanismos que rijen éstos -o lo parece-, las relaciones laborales...

La forma de buscarle las vueltas a estos temas se basa en una premisa muy sencilla: puesto que la gente que tiene una visión economicista de la vida -debido a su oocupación  pero tsmbién su ambiente social, etc...- considera que quienes ponen el dineto en segundo plano frente a prioridades de otro tipo -ya sean afectivas, familiares o artísticas- no viven en el "mundo real", llevemos esta visión hasta sus últimas consecuencias, y quedará  patente lo absurdo, y por tanto cómico, del planteamiento. Así, por ejemplo, en una reunión social un escritor le comenta a un amigo:"Todavía no hemos acercado posturas. Yo quiero un adelanto de seis cifras y ellos se niegan a leer el manuscrito". 

O dos jóvenes damiselas charlando en un sofá, sobre el pretendiente de una de ellas: "Es inversor, o especulador o malversador; en cualquier caso, es rico".

Es curioso comprobar cómo existe una cierta tipología en estos chistes, que se ha ido repitiendo a lo largo de esos 90 años. De esta forma, tenemos la típica reunión de un consejo de administración ("Resumiendo: no hemos tenido una huelga en diez años, así que les hemos estado pagando demasiado"); la consabida arenga del empresario a su empleado ("Esta espiral viciosa de salarios y precios en aumento tiene que parar en algún momento, Fleming, y voy a empezar por usted") ; o un clásico de la tradición financiera: los arruinados suicidas que se arrojan al vacío (dos ejecutivos que están mirando el teletipo de la Bolsa y ven caer a un tercero, al otro lado de la ventana: "Hombre, ¡pero si es Prescott! Imagino que sabe algo que nosotros ignoramos"). La conflictiva relación del ciudadano norteamericano -y no sólo ellos- con los impuestos es también objeto de numerosas viñetas; un señor, ante un inspector en la oficina de Hacienda: "¿Cómo hay que hacer para meter la pata tanto que el gobierno se conforme con un porcentaje de lo defraudado?".

Por supuesto, también los que hacen hincapié en las vicisitudes del eslabón más débil de la cadena: un mendigo que lee el periódico le dice a otro: "Pues mira, a mí me alegra muchísimo que el dólar esté fuera de peligro, porque si el dólar estuviera en peligro, imagínate las monedas de diez centavos".

Dos linces que persiguen a un conejo: "El sistema no es perfecto, pero, válgame Dios, sí que es claro".

(Sin pretender meterme en camisas de once varas, hay también una viñeta de los años 40 en la que se ve a una oficinista que teclea a máquina mientras mueve la cuna de su bebé. Su jefe le dice a un visitante: "Estamos tomando medidas para conciliar la vida laboral y la familiar" ).

¿Cómo?, ¿que la crítica sólo parece ir en un sentido, que no se ironiza sobre planes quinquenales, koljós o falta de suministro de productos básicos? Lógico, porque la revista en cuestión se llama "El neoyorquino" (lo pongo en masculino, ya que su icono es un caballero decimonónico con chistera y monóculo), no "El moscovita" o "El habanero", y en Nueva York están Wall Street o Madison Avenue, no el Soviet Supremo... En todo caso, pensemos que no deja de ser una virtud encomiable de un sistema político-económico la admisión de la crítica a ese mismo sistema (a no ser, claro, que sea un sistema basado en la conversión de todo elemento que quede a su alcance en un objeto de consumo, incluyendo la propia crítica al sistema, en cuyo caso... en fin, mejor dejémoslo...).

Acabo esta ya demasiado larga reseña apuntando los nombres de algunos de los autores, los más prolíficos, de estas divertidas y, me temo, certeras viñetas: Alice Harvey, Garret Price, Carl Rose, Alan Dunn, Barbara Shermund, Sydney Hoff, Lee Lorenz, Robert Weber, Charles Saxon, Joseph Farris, Jack Ziegler, Leo Cullum, J.B. Handelsman, Charles Barsotti, Alex Gregory... Éstos son algunos, pero falta un largo etcétera.

Y un último chiste: un tipo que está jugando al golf le comenta a su compañero: "Los estudios dicen que no por ser más rico soy más feliz, pero, ¿tú sabes lo que ganan los que hacen esos estudios?"

miércoles, 20 de enero de 2016

Colaboración: En movimiento. Una vida de Oliver Sacks

Idioma original: inglés
Título original: On the move. A life.
Traducción: Damià Alou
Año de publicación: 2015
Valoración: Muy recomendable

En movimiento. Una vida es el título de la biografía del psiquiatra inglés Oliver Sacks, fallecido el mes de agosto del año pasado. Sacks se despidió del mundo en un conmovedor artículo al saber que sufría una metástasis generalizada, agradecido por haber sido "un ser sensible, un animal pensante en este hermoso planeta". Con una serena aceptación de la muerte, redactó sus memorias que comienzan con una cita de Kierkegaard: "La vida hay que vivirla hacia adelante pero solo se puede comprender hacia atrás", aunque podrían comenzar igualmente con la célebre cita de Russell: "Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por los sufrimientos de la humanidad".

Al igual que Russell, el amor, el conocimiento y la piedad fueron los motores de la vida de Sacks. En su caso, el ansia de amor vino marcada por su homosexualidad y la falta de aceptación de la madre: "Mi padre se lo contó y a la mañana siguiente cuando ella se me acercó con una cara de trueno que no le conocía me dijo: eres una abominación, ojalá nunca hubieras nacido. Luego se fue y no me habló en días. Cuando lo volvió a hacer nunca se habló más del asunto pero algo había cambiado para siempre entre los dos".

El enfado de la madre con un tono de maldición casi bíblica marcó la vida del joven Sacks y le provocó un conflicto entre el deseo innato de aprobación materna y el que ella juzgara la sexoafectividad de su hijo como algo maligno. Oliver Sacks tuvo que alejarse de su país natal, una Inglaterra que seguía manteniendo las leyes que condenaron a Oscar Wilde, para vivir, para ser, para lanzarse durante unos años a una vida nómada de quien no está a gusto en su propia piel y que le llevó a viajar en moto por EE. UU. y Canadá.

Sus primeros escarceos sexuales están narrados con una gran capacidad de impregnar de ternura hasta los recuerdos más sórdidos: sexo mezclado con el alcohol en un bar gay en Ámsterdam, la liberación en San Francisco, masajes con intención erótica a un amigo... No escaquea tampoco su experimentación con las drogas hasta que la situación de casi esquizofrenia de los participantes de una fiesta psicodélica le abrió los ojos sobre los peligros de su consumo.

Junto con el ansia de amor, Oliver Sacks persiguió el conocimiento. Quizá ese interés casi obsesivo por los secretos del universo y por cómo la mente percibe ese universo sean fruto de la sublimación, al igual que su afición al levantamiento de pesas, al submarinismo y a las motos.

Y de la búsqueda del conocimiento a la "insoportable piedad por los sufrimientos de los demás", a la humanización del paciente. Oliver Sacks se identifica con las minorías, ve el mundo desde el ángulo de la marginalidad. Analiza trastornos como el síndrome de Asperger o el síndrome de Tourette no como una tara sino como un privilegio, el privilegio que da una visión no normativa del mundo. Narra los historiales clínicos en la tradición de la mejor literatura científica y divulgativa y los intercala con la teoría y sus reflexiones personales. Las historias de sus pacientes salen del papel y bullen de vida, siguiendo al pie de la letra la máxima de Henry James: "No expliques. Muestra".

Y después de toda una vida dedicada al estudio, a la investigación y a la escritura, el regalo de la vejez, su relación con Billy comenzada con setenta y siete años, que hace comprender a Sacks la paradoja de que el amor nace de la conciencia de nuestra propia mortalidad pero a su vez es quizá lo único que nos hace vencer a la misma muerte: "Fue una época de gran intensidad emocional: mi música preferida, o los rayos inclinados y dorados del sol al atardecer me hacían llorar. No estaba seguro de por qué lloraba pero experimentaba una intensa sensación de amor, muerte y transitoriedad, todo mezclado de manera inseparable".

En movimiento. Una vida es la plasmación de la identidad poliédrica de alguien sediento de conocimientos y de vida. "Soy inmenso. Contengo multitudes", decía Wittman. Varios fueron los que habitaron en Sacks: el humanista, el científico, el investigador, el médico, el devorador de libros, el escritor, el viajero, el estudioso de la identidad y de la conciencia, el doctor afable de bata blanca, el motero con chaqueta de cuero…

Solamente un punto débil del libro, el contrario que el de la película La teoría del todo. Cuando Hawking vio su biopic afirmó que le había gustado porque quizá había sido lo más parecido a un viaje en el tiempo que podría hacer, aunque manifestó que hubiera deseado más ciencia y menos sentimiento. Al acabar En movimiento. Una vida siento la sensación de que, en ocasiones, me hubiera gustado menos ciencia y más sentimiento.

En conclusión, me quedo con la frescura de la primera mitad del libro, la parte más desinhibida y alocada, que por momentos parece una novela de carretera y una crónica de viaje, aunque habrá quienes prefieran la parte reflexiva del final. De lo que no cabe duda es que Oliver Sacks atrapa el momento y lo plasma por escrito, como un entomólogo clava la mariposa en el corcho. En movimiento es el retrato de una mente inquieta que no malgasta ni un momento para aprender y vivir. Y es que eso es la vida, una sucesión de instantes y un aprendizaje continuo.

Firmado: Federico Escudero

También de Sacks en ULAD: Musicofilia, Un antropólogo en Marte

martes, 19 de enero de 2016

Hiromi Kawakami: Vidas frágiles, noches oscuras

Idioma original: japonés
Título original: Yoru no koen

Traducción: Marina Bornas Montaña
Año de publicación: 2006
Valoración: recomendable

La narrativa japonesa pocas veces defrauda (salvo Haruki Murakami, pero no vamos a volver a abrir otra vez ese debate). Ya sean los grandes narradores del siglo XX, como Mishima o Kawabata, o escritores más recientes, como Teru Miyamoto o Kenzaburo Oé, uno sabe que se va a encontrar con obras llenas de sensibilidad, de cuidado por el detalle, de contención expresiva. También Hiromi Kawakami se sitúa en esa tradición, como ya comentó Montuenga en una reseña pasada.

Vidas frágiles, noches oscuras (el título español no parece corresponder con el original, pero no sé el suficiente japonés como para traducirlo yo mismo y Google Translator no ayuda demasiado) es una historia de amores y desamores entre cuatro personajes: Lili, una ama de casa de mediana edad; su marido Yukio, al que ya no ama; su mejor amiga, Haruna, que se acuesta con Yukio a espaldas de Lili (por lo menos al principio), y Akira, el joven con el que Lili empieza una relación apasionada. A ellos se une también Satoru, el hermano de Akira, que teminará teniendo también una relación con Haruna.

En realidad, esta es casi una novela sentimental existencialista: cuatro personajes burgueses, urbanos, con una vida más o menos acomodada, pasan por la vida intentando encontrar la felicidad y el amor, siendo honestos consigo mismos y con sus sentimentos; y aunque todos se hagan daño los unos a los otros, en realidad no se puede decir que ninguno de ellos sean malas personas: no actúan movidos por el odio ni los celos, sino por el deseo de amar y ser amados. "Qué fácil es morir, vivir, amar y dejar de amar", piensa Satoru; y sin embargo la novela casi parece querer demostrar lo contrario: que es tremendamente difícil querer a alguien que nos quiera, y que ese amor se mantenga a lo largo del tiempo sin imposturas.


Vidas frágiles, noches oscuras es una lectura melancólica, sentimental sin ser cursi, dura sin ser cruda y sin evitar las referencias explícitas al sexo (con o sin amor). Quizás la mayor pega que se le pueda poner es el exceso de coincidiencias e interrelaciones entre un grupo tan pequeño de personajes, mucho más allá de lo verosímil. Algo así como la película Closer, pero sin la mala leche. También la indecisión de los personajes, que nunca parecen tener claro a quién quieren y a quién desean, es por momentos irritante, aunque también muy humana. Al menos, la novela termina con un final positivo, cuando Lili, que por fin se ha encontrado a sí misma y ha decidido lo que quiere hacer, "abrió los ojos de par en par".

También de Hiromi Kawakami: El cielo es azul, la tierra blanca

lunes, 18 de enero de 2016

Antonio Manzini: Pista negra


Idioma original: italiano
Título original: Pista nera
Año de publicación: 2013
Traducción (del inglés): Teresa Clavel Lledó
Valoración: entre recomendable y está bien



En la penúltima hornada de novela negra/policíaca, sección Sur de Europa, subsección italiana, nos encontramos este libro, primero de una serie, -pues de momento hay otras dos novelas con los mismos personajes, una de ellas ya publicada en España- escrita por el también actor Antonio Manzini, que la ha ambientado en un lugar hasta ahora insólito para estos menesteres (que yo sepa): el valle de Aosta, al borde de la frontera italo-franco-suiza, conocido por sus montañas nevadas, sus pistas de esquí y la renta per cápita más alta de Italia. Junto a una de estas pistas aparece un cadáver, lo que desencadena la consecuente investigación policial, claro. El encargado de llevarla a cabo es el subjefe -lo que antes era el cargo de comisario- Rocco Schiavone, trasladado allí por oscuras razones y contra su voluntad, pues es romano hasta la médula -nacido en el Trastévere- y no demasiado encantado con su nuevo destino...

Es obvio que, aparte del "marco incomparable", una parte importante del gancho de esta novela -más, en todo caso, que la propia trama policíaca, que no es para tirar cohetes- está en el conocido efecto "pez fuera del agua" (también se le puede llamar efecto Ocho apellidos vascos o Bienvenidos al Norte ); esto es, hacernos unas risas a costa de la inadaptación del protagonista a un medio que le es extraño. Ahora bien, en el caso de Pista negra, más atractiva y determinante aún resulta la propia personalidad del protagonista: a Manzini -quizá como consecuencia de su oficio actoral- le ha salido un personaje redondo, poliédrico y aún por acabar de explorar; el subjefe Rocco Schiavone es borde, despectivo, vanidoso, ligón, porrero, toca...narices; pero también perspicaz, eficiente, generoso, compasivo... vaya, una especie de dr. House con los atributos del italiano más tópico (o quizás el romano, dentro de Italia, no sé... paisano entonces del autor, por cierto). Los personajes secundarios no le van a la zaga y resultan también lo suficientemente peculiates y complejos para dar mucho juego: su ayudante el agente Pierron, el juez Barsi, el no menos desabrido forense Fumarelli...

En resumen: no es una novela memorable, pero sí un prometedor debut literaria, lleno de posibilidades y de personajes interesantes, a los que sin duda, merecerá la pena seguir -precisamente- la pista. O eso espero (de hecho, he leído que  la segunda novela es mejor).

domingo, 17 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #7: La muerte del padYO, YO, YO, YO de Karl Ove Náusea

Idioma original: noruego
Título original: Min Kamp
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: Se deja leer... perdón, quiero decir, se deja de leer

Un escritor noruego con pinta de rockero contándonos su vida y milagros: así a priori no suena mal. ¿Cuál será esa terrible "lucha" que da título a la muchología que se ha cascado el bueno de Knausgard (con circulito encima de la segunda a)? ¿Será la lucha contra el alcohol, la lucha contra la muerte, la lucha contra la injusticia, la lucha contra la imposibilidad del lenguaje por expresar la realidad en toda su compleja belleza? Pues no, por lo menos en mi caso ha sido la lucha contra el aburrimiento; y ha ganado el aburrimiento.

Se ha dicho que esta obra es proustiana, y está claro que es lo que el autor quería que se dijera. Solo le ha faltado incluid una escena de la magdalena (o el muffin, si se quiere actualizar la cosa) en los primeros capítulos para que el paralelismo esté completo. Solo que Proust es mucho Proust, y no es solo que nos cuenta su vida en un estilo impecable, sino que lo hace con ironía, con delicadeza, con profundidad, con gracia.

Y en el caso de Karl Ove Náusea... digoooo... Knausgard, en fin, veamos: la cosa no empieza mal, porque se nos presenta un doble plano, el del escritor que bloqueado intenta escribir una novela y ser un buen padre al mismo tiempo (esas páginas son de las mejores del libro, sinceramente, por la crudeza con la que describe el rechazo que puede llegar a sentir por sus hijos), y por otro lado el plano de las memorias adolescentes, del descubrimiento del alcohol y el sexo, de las primeras rebeldías, y por supuesto de la figura de un padre distante, exigente y poco afectuoso (y también aquí hay buenas páginas, en las que se describe el miedo y la vergüenza que provoca en el joven futuro-escritor la mera presencia del padre en la casa).

Solo que después pasan las páginas y las páginas y las páginas... (¡y este es solo el primer volumen de la serie!) y se cuenta cada detalle de la vida de un adolescente que no es demasiado distinta de la vida del 99% de los adolescentes... Aquí bebe una cerveza (¡y se emborracha!), aquí se toma un té ("Mmmmmmh", sic), aquí ensaya con unos amigos, aquí toca una teta (¡ooooooh!), y cualquier asomo de trama interesante o de conflicto se ve sepultada por una apoteosis del egocentrismo que no es solo que no me haya gustado: es que ha llegado a ponerme de muy mala hostia. Todo es yo, yo, yo, yo... ¿Y a mí qué me importa, querido Karl Ove? ¿Qué leches me importa todo esto? ¿Por qué debería dedicar mi tiempo a leerlo, me quieres explicar?

Así que, llegada la página 150 (menos de la mitad del primer volumen), decidí dejarlo. Porque hay mucho que leer en esta vida, y las pajas (mentales y físicas) de este señor no me interesan lo más mínimo. Y menos sabiendo que son seis novelas de unas trescientas y pico páginas cada una. Claro, sé que hay gente a la que le ha gustado mucho este libro, y bien por ellos, si lo han disfrutado; y también sé que habrá quien diga: "¡Pues no es nada fácil escribir un libro así!" No, no será fácil, seguro que no, yo por ejemplo no sería capaz. Pero eso no quiere decir que tenga que interesarme.

Otra cosa es que el debate que ha provocado, sobre los límites de la autoficción y el derecho a la intimidad de las personas involucradas; el debate no es nuevo ni mucho menos, pero no está del todo bien resuelto, sobre todo ahora que es tan habitual que los escritores se transformen en el tema de sus propias obras. ¿Hasta qué punto puede un autor permitirse contar intimidades (desde lo erótico a lo sentimental, pasando por lo escatológico) de personas que no han dado su consentimiento para que lo haga? ¿Y si esas personas han muerto y no pueden dar su consentimiento? La respuesta idealista es que el arte está por encima de la ley, o mejor dicho, que es un terreno distinto al regido por las leyes civiles; pero esta respuesta tan bonita no satisfará mucho a las personas cuyas infidelidades, vicios y bajezas se aireen en público...

But I digress.

En una de las últimas páginas que leí del libro, un amigo le dice al autor algo así como: "Tienes que escribir sobre algo, Karl Ove, escribe sobre algo". Eso mismo le diría yo: "escribe sobre algo, por dios, Karl Ove; sobre algo que no seas tú mismo, quiero decir..."

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: Tiene que llover, Un hombre enamorado, Fin, La importancia de la novela
La primera reseña de 'La muerte del padre': Aquí

sábado, 16 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #6, Peggy Guggenheim: Una vida para el arte

Idioma original: inglés
Título original: Out of This Century
Traducción: Clara Gabarrocas
Año de publicación: 1.979
Valoración: Recomendable (muy recomendable para interesados en el mundo artístico de la época)



Hoy en día el apellido Guggenheim suena a titanio, Frank Gehry y turistas en Bilbao. Pero no siempre fue así. Los Guggenheim fueron una de esas familias judías que amasaron una inmensa fortuna en América y, entre ellos, a Solomon le dio por el arte, hasta que reunió una fantástica colección y fundó el museo neoyorkino que lleva su nombre, del que el de Bilbao es una especie de franquicia (buf, qué mal suena eso).

Los miembros del clan combinaban los negocios con diversas excentricidades. Peggy, sobrina del citado –o sobrina-nieta, no sé-, perteneció a una de las ramas menos favorecidas de la familia, y aun así nadaba en dinero. Con mucha viruta para gastar y tiempo de ocio ilimitado, la señorita Guggenheim pronto se aburrió de la vida convencional, y sacó a pasear una larga lista de ocurrencias, al tiempo que coleccionaba otra nómina, aún más extensa y variopinta, de maridos y amantes. Una idea de las extravagancias la da esta anécdota en un viaje por Egipto: "para pasar el tiempo compré una cabra embarazada con la esperanza de verla parir". Y al respecto de sus parejas, la lista es tan amplia que define toda una forma de vivir. 

A base muchas fiestas y viajecitos por la Europa glamourosa de las primeras décadas del siglo XX, acabó Marguerite (que así se llamaba en realidad, por mucha rabia que le diese) por entrar en contacto con los ambientes bohemios de la época. Diversión, desenfreno y gasto desbocado eran los elementos que condujeron esta envidiable vida hacia el coleccionismo y el mecenazgo. A veces bajo el consejo de una mano sabia (Duchamp sobre todos los demás), y otras veces por pura casualidad, los artistas acababan contactando con Peggy, y la relación pronto daba buenos resultados, bien en la cama, bien en el mercado del arte, o en ambos a la vez.

Así que, casi sin pretenderlo, la autora empieza a comprar arte contemporáneo y a formar una colección que adquiere una magnitud sobresaliente. Porque esta mujer, inteligente y vivaz, parecía tener un sexto sentido, un don para distinguir obras valiosas entre muchas otras.  Y así, lo que empezó como un capricho de ricachona aburrida, terminó por ser no sólo una profesión, sino un estilo de vida. Todo ello llevado a cabo cuando por las obras todavía se pagaban sumas digamos normales, 'antes de que el mundo del arte se convirtiera en un mercado de inversión'. A eso se llama clarividencia, y eso que la buena señora no podía prever la locura que vendría en las décadas posteriores.

La narración mantiene un tono desenfadado y directo, empapado de buenas dosis de ironía, y puede recorrerse en diversos niveles. Podemos leerlo simplemente como la amplísima acumulación de anécdotas personales que es en realidad, un divertimento basado en la vida, extravagante y un punto (o varios) escandalosa, de una señora rica. Desde otra perspectiva, es la historia de una mujer rompedora que siempre se consideró libre y que –ciertamente sustentada por su enorme patrimonio, que el dinero lo aguanta casi todo- tuvo narices para saltarse sin miramientos cualquier tipo de normas convencionales.

Pero personalmente me interesa por encima de todo lo que el libro tiene de crónica del mundo artístico europeo y norteamericano en las primeras décadas del siglo XX, aspecto que empieza a despuntar pasado el primer tercio del relato. Si las Soirées de Paris del conde Beaumont fueron el gran aglutinador de la vida artística de Francia y de media Europa, la Guggenheim fue al mismo tiempo mecenas y descubridora de numerosos artistas plásticos, fundó varias galerías entre las que destacó la famosa Art of this Century, puso en el mapa internacional el entonces incipiente expresionismo abstracto (aunque sobre eso hay otras opiniones), apoyó y dio a conocer a numerosos artistas y, en definitiva contribuyó, entre fiestas, flirteos y derroches, a dinamizar el ambiente cultural a ambos lados del Atlántico.

Todo esto nos lo va contando, paso a paso, en un relato construido de forma sencilla, donde van surgiendo uno tras otro artistas de toda condición, desde Joyce y Beckett hasta John Cage o Yoko Ono, pasando por todos los nombres de artistas plásticos de la época que podamos imaginar. Entre ellos vivió y con ellos trabajó y se divirtió nuestra sorprendente dama, que fue para muchos (Pollock por encima de todos) apoyo fundamental en una época de creatividad apasionante. 

Hasta muy cerca del final vivió en su palacio de Venecia, la ciudad que le enamoró desde su juventud, y donde se le llamaba 'la dogaresa'. Allí permanece su extraordinaria colección, una de las más importantes del mundo. Sus cuadros, lo mismo que los objetos que cualquiera conserva tras muchos años, guardan cada uno trozos de la vida de su antigua dueña. 

viernes, 15 de enero de 2016

Semana de la autobiografía #5: La muerte del padre de Karl Ove Knausgård

Idioma original: noruego
Año de publicación: 2011
Traducción: Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Valoración: bastante recomendable

La cuestión que no hemos planteado directamente esta semana aún. ¿Por qué tanta gente escribe su autobiografía, o sus memorias? Antes, parece que solamente lo hacían las celebridades. Gente que parecía sentirse en deuda con la sociedad si no explicaba los grandes trazos de su existencia, aquello que le había hecho triunfar, o fracasar con estrépito. Lógico, que se apuntaran los escritores. Para un escritor, es un chollo escribir de aquello que más conoce y que está siempre disponible para documentarse. Y no he mencionado, aún, la palabra "ego". La tecnología de hoy aún lo ha puesto más fácil. Blogs y páginas de redes sociales y canales de Youtube son, en el fondo, formas en que uno muestra al mundo aquello de su recorrido vital que quiere compartir.
La otra cuestión es si el mundo necesita eso. O si el mundo está dispuesto a prestarle suficiente atención, cosa que significaría que hay quien convence a los demás de que su vida es, o ha sido, lo bastante interesante para conocerla. La intención del lector, habría que ver cuál es, al leer sobre la vida de los demás: curiosidad, morbo, posibilidad de verse reflejado, comparar trayectorias, tomar ejemplo, admirar, rechazar. Asomarse a la vida de los demás, vistas las porquerías que copan la tele, resulta muy estimulante.

Entonces, ¿qué debía pensar Karl Ove Knausgård cuando se planteó escribir seis tomos, si él era solamente un novelista de un pequeño país como Noruega, completamente desconocido fuera de allí?

Aunque su fotografía actualizada no salga en la portada de La muerte del padre, hay que decir que el aspecto físico actual de Knausgård no pasa desapercibido: una especie de cruce improbable entre el actor Viggo Mortensen, una especie de mesías nibelungo y una estrella del black metal, con los surcos del dolor (o de otras experiencias siempre excesivas) grabados en sus rasgos, pero como acabadito de levantar un día soleado. Consciente de que es un factor más, el revuelo que lleva un tiempo levantando su serie de seis libros autobiográficos, iniciada con éste, es considerable. Ojo con esas imágenes tan poderosas: algunos solemos generar preconcepciones. Y sus declaraciones, en medio de la oportuna promoción, viniendo a insinuar que ya no le hace falta escribir más tras esta obra magna, porque su situación ya no le empuja a ello, son otro añadido. Uy, con lo que nos gustan los autores atormentados, esos que se desploman sobre el teclado exhaustos apestando a alcohol o a tabaco o a sudor o a sangre o a vómito o a todo junto.
Freudiano título, por cierto. Pero es que el título de la hexalogía que este libro abre es aún más, mm, polémico: Mi lucha. Uh. Ya está Godwin aquí. Difícil, pues, enfrentarse sin un prejuicio, y menos aún que ayudan términos que constan en la sinopsis y en las solapas. Proustiano. Gran literatura. Universal. Absorbente. Ambiciosísimo. Proeza. Atormenta. Cuidado: como los fuegos artificiales, hay que manipular estos términos con cuidado.
Pues resulta que vale la pena empezar. No es que Knausgård invente nada. Esta es una narración autobiográfica directa y descarnada, sin el mínimo tapujo y prácticamente liberado de cualquier inhibición: las experiencias (en este primer tomo, las relacionadas con su infancia tardía y su juventud) son narradas sin eufemismos y con un agudo sentido físico, como si estuviéramos sentados en un rincón mientras el joven Karl Ove se frustra ante su escasa pericia con la guitarra o se impacienta ante sus titubeos con las chicas, con sus torpes intentos de seducción. Esa primera persona es la simple y llana apuesta de este libro: el explicar de forma directa su experiencia, el mantener en vilo al lector cuando lo que está leyendo no es más que un diario al que se ha aportado una cierta perspectiva, al que se ha magnificado en un ejercicio que bebe a partes iguales de egomanía y de inseguridad.
No es que el camino sea llano: hasta superadas las 300 páginas, umbral que no todo el mundo es paciente para franquear, uno empieza a darse cuenta de que le ha empezado a coger cariño a Knausgård, el personaje. En algún inexplicable giro el diálogo interno pasa a parecernos casi irresistible. No es que pasen grandes cosas, pero Knausgård va dejando pistas. No se corta en sus pensamientos ni en reconocer bajos instintos o hasta sentimientos reprobables. La muerte del padre es bien definitorio como título. Esa figura, metáfora del enfrentamiento de una persona a una madurez forzada, es el centro de la obra. Cómo, acompañado de su hermano hace un viaje donde juntos evocan lo que les unió en su infancia. Cómo presencia e intenta poner orden en una casa desvencijada que ha sido habitada por una anciana y por un hombre que solo ha triunfado en autoinmolarse a base de beber todo lo que encuentra. Esos pasajes nos resultan de una incómoda familiaridad. Los reencuentros que se provocan nos entregan a un tipo sencillo y honesto que limpia roña de los rincones mientras reflexiona con sentido común sobre todo aquello que acude a su mente, un hombre aún joven aportando sentido práctico a la desagradable liturgia de la situación. Un tipo que ya, entonces, se nos habrá hecho cercano.

Es la solvencia como narrador  de Knausgård lo que  mantiene el tono en 500 páginas que tienen sus altibajos (algunos episodios de la adolescencia no logran suscitar gran interés) pero que sí, son lo suficientemente intensas para que me plantee ir a por el siguiente tomo. ¿Para cinco más? Habrá que ver, pero de momento con el primer volumen, la prueba la ha superado.

También de Karl Ove Knausgård en ULAD: Tiene que llover, Un hombre enamorado, Fin, La importancia de la novela
La contrarreseña de 'La muerte del padre': Aquí