La novela (y la trilogía) nos presenta a Peter Maynard (una referencia bastante obvia a "Pierre Menard, autor del Quijote" de Borges), un asesino a sueldo astuto, independiente, perezoso, culto, eficaz, filósofo, honesto, brutal. Después de un exilio en Roma cuyos motivos solo conocerá quien haya leído la primera novela de la trilogía, Maynard vuelve a Nueva York y se encuentra en un atolladero: para poder recuperar su vida, deberá cumplir un difícil encargo del Sindicato [del crimen]; tendrá que asesinar al misterioso magnate Big Shelley. Este encargo va contra su código de honra (no le gusta matar a nadie sin saber si se lo merece), contra su orgullo (porque su relación con el Sindicato es turbulenta como poco) y contra su intuición, que le dice que hay algo oscuro o alguna trampa escondida en este asunto.
miércoles, 25 de enero de 2023
Dennis McShade: Requiem por don Quijote
La novela (y la trilogía) nos presenta a Peter Maynard (una referencia bastante obvia a "Pierre Menard, autor del Quijote" de Borges), un asesino a sueldo astuto, independiente, perezoso, culto, eficaz, filósofo, honesto, brutal. Después de un exilio en Roma cuyos motivos solo conocerá quien haya leído la primera novela de la trilogía, Maynard vuelve a Nueva York y se encuentra en un atolladero: para poder recuperar su vida, deberá cumplir un difícil encargo del Sindicato [del crimen]; tendrá que asesinar al misterioso magnate Big Shelley. Este encargo va contra su código de honra (no le gusta matar a nadie sin saber si se lo merece), contra su orgullo (porque su relación con el Sindicato es turbulenta como poco) y contra su intuición, que le dice que hay algo oscuro o alguna trampa escondida en este asunto.
martes, 19 de julio de 2022
Nuria Barrios: La impostora
Año de publicación: 2022
Valoración: Recomendable
El viejo adagio, ya saben, traduttore traditore, puede ser un buen punto de partida para meternos de lleno en uno de los nudos recurrentes de la literatura: qué es la traducción más allá de lo obvio, la trasposición de un texto de un idioma a otro, qué implicaciones tiene, cuál es el papel del traductor, su aportación a la obra que traduce. El asunto es todo un clásico, y muy del gusto además de buen número de autores que son a su vez traductores, igual que Nuria Barrios, la autora de este ensayo.
Describe el libro cómo eso que parece no ofrecer muchas dudas, verter en un idioma las ideas expresadas en otro, es algo bastante más complejo de lo que puede aparentar. Cada lengua es también una forma de ver el mundo construida a lo largo de los siglos, llena de giros, metáforas incorporadas al lenguaje, polisemias y matices que resultan poco menos que imposibles de volcar en un código diferente. En definitiva, culturas distintas que alteran los significados hasta hacer inviable una correspondencia exacta. El traductor se enfrenta entonces no a un trabajo mecánico, sino a toda una interpretación del texto, una tarea que en algún momento Nuria Barrios define como imitación, que me parece un término muy exacto.
Porque no se trata solo de encontrar esas correspondencias. Aunque felizmente se consigan encajar aquellas expresiones peculiares de uno y otro idioma, se trata de lo que en lenguaje mercantil llamaríamos la imagen fiel, lo más parecido al original en todos los aspectos, no solo léxico o semántico: cada texto tiene una cadencia, un color, emite una vibración especial, transmite sensaciones por las que un autor es inmediatamente reconocible, y todos esos rasgos de personalidad pueden perderse aunque la traducción sea técnicamente correcta. Desgraciadamente ocurre con alguna frecuencia, y el traductor se convierte entonces en el traidor que ha impedido que la esencia del texto llegue finalmente al lector.
Es otro de los aspectos de la traducción, el de filtro, a veces barrera, entre el autor y el lector. Lo que leemos realmente no es lo escrito por el autor, sino por el traductor que, de manera parecida al pacto ficcional, damos por sentado que se corresponde con lo que concebido originalmente. Pero leemos una interpretación, una adaptación, y lo que de ella nos llegue determinará sin remedio la opinión que el libro nos merece. Ese juego un poco diabólico de las dos voces lo ilustra Barrios con una de las imágenes más llamativas del libro: como traductora de John Banville, le encargan traducir el texto de su aceptación del premio Príncipe de Asturias; presente en el acto, Nuria escucha al mismo tiempo el original leído por Banville y su propia versión a través de la traducción simultánea: ¿es el mismo texto en dos lenguas diferentes, o son dos, el de Banville y el suyo? Otra cuestión a analizar, la autoría, el tanto de creatividad que se permite al traductor, o que las circunstancias le imponen, según.
Muchos asuntos para los que da de sí la figura del traductor, que casi siempre es también autor, la coexistencia y fricción entre los dos idiomas, la diferencia de interpretación de un texto no solo en función de la lengua, sino también de la época, siempre dudas y encrucijadas que hay que resolver, por lo general en plazos apretados impuestos por el editor… Problemas que hacen mella en el traductor y que Nuria Barrios desgrana poco a poco, combinando una cierta sistemática expositiva con oleadas de reflexión personal que, sin dejar de tener interés, quizá hacen perder algo de tensión al trabajo cuando la lírica adquiere un mayor protagonismo.
A cambio, para el disfrute del lector corriente quedan naturalmente las anécdotas, esas pequeñas historias ocultas en los pliegues de esta profesión: la traducción de Kafka que Borges firmó aunque reconoció no haberla hecho, la obsesión de Kundera con los errores de sus traductores, la versión china del Quijote, traducida por un tal Lin Shu… de oídas, o las peripecias (lamentables) de las traducciones del discurso-poema de Amanda Gorman para la toma de posesión de Biden. Sin duda habrá innumerables historias en torno a la traducción, la mayor parte de las cuales nunca conoceremos, y posiblemente sea mejor que no conozcamos. Porque, nos guste o no, y salvo los privilegiados que pueden leer con garantías libros en idiomas distintos del suyo propio, la mayoría de nosotros no leemos a Dostoyevski, a Kerouac, a Ibsen o a Tanizaki, sino a sus respectivos traductores.
martes, 8 de octubre de 2019
ULAD inaugura el premio ¡NOOOO! BEL

Lo mío con la escritora belga es para llorar. Para reverdecer, o quizás rectificar sensaciones, leo Barba Azul, novela de hace unos años (pone la sinopsis, vigésimoprimera, desde entonces ha publicado 7 más, incluyendo una titulada Riquete el del Copete), y casi sollozo (habrá reseña, qué diantres). Pero con tamaña producción, su condición de escritora de pequeño país, los precedentes de Modiano, de Jelinek... tengo algo de miedo de que los señores de la Academia la tengan en cuenta. Una autora que emplea las portadas de sus libros para enseñar sus poses-con-sombrero acompañadas de expresión vivaracha, casi siempre la misma. Que pinta a sus personajes con trazos gruesos de simplicidad o fragilidad casi paródicos. Que suelta puntualmente sus cien pagínitas de volatilidad tiznada de trascendencia de suplemento dominicial. Que ensucia el catálogo de Anagrama de manera incomprensible, año tras otro. La palabra es REPUGNANCIA. Ni se les ocurra.
PAULO COELHO, por Carlos Andia
La gente es idiota. O no, peor, se ha quedado sin referentes. Ya no cuela la recompensa de la vida eterna, ni los ideales de justicia o de una sociedad nueva. Nos han convencido de que no hay más que sálvese quien pueda, de que el sistema no se va a mover por mucho que gritemos o recemos. Y aquí aparece él, Coelho, irrigando el planeta con sus frases redondas, sugiriendo que hay una Dimensión Diferente donde un Espíritu Recto conecta con el Alma de las Cosas y finalmente la Armonía Universal se instala en nuestras vidas. Igual no hay Cielo para los justos ni paraíso socialista, pero si tu hijo está enfermo, o te echan del trabajo, o piensas que tu vida es una mierda, Coelho tiene la frase perfecta para reconducirte al Equilibrio.En su día tuve la mala sombra de reseñar aquí el único libro de este individuo que ha disfrutado del honor (inmerecido, sin duda) de una entrada en el blog. Me arrepiento. Ya sé que vende mucho, que grupos editoriales le pagan bien por escribir en suplementos, pero me da pena. Siento que haya gente que se deje embelesar por tantas sandeces. Y solo me queda un consuelo: en el fondo, este tipo es inofensivo, es una droga cutre, no muy cara, que a él le hace rico y a los demás, a lo sumo, nos provoca un sarpullido.
J. K. ROWLING, por Oriol Vigil
Esta autora es mundialmente conocida por haber escrito la heptalogía protagonizada por Harry Potter. Y sí, sé que J. K. Rowling ha publicado otras cosas. Sin ir más lejos, ha hecho sus pinitos en novela negra o ficción adulta. Pero mucho me temo que en eso no la reivindica ni Dios.Ya puestos, tampoco entiendo que se reivindique a Harry Potter como si de una obra maestra de literatura juvenil se tratara. Claramente, esta exitosa saga va de mal en peor (aunque hay que reconocer que sus dos primeras entregas funcionan a su manera): un worldbuiling y un sistema de magia inverosímiles, mensajes poco intuitivos, continuidad cada vez más contradictoria...
Pero claro, piensa Rowling, a la gente le gusta Harry Potter, y todo lo demás es un fracaso, así que hay que exprimirle, a él y a su universo. Sacarle el dinero a los potterheads a base de libros "complementarios" más próximos al merchandising que a genuinos productos literarios. Aprobar como canon una pieza teatral que parece más bien un vulgar fanfiction.
Por si lo dicho no fuera suficiente para cuestionar la calidad como narradora de Rowling, la tía va y desempeña un flagrante ejercicio de intrusismo al escribir, sin tener ni p*ta idea de cómo hacerlo, varios guiones cinematográficos (relacionados con el mundo de Harry Potter, of course).
Y una última cosa: ¿esta mujer no ha oído hablar de la muerte del autor? En Twitter no deja de ampliar innecesariamente el universo de Harry Potter (también suelta rancias diatribas políticas, pero eso dejamos que lo critiquen otros blogs). ¡LO QUE NO HAS ESCRITO EN LAS NOVELAS, PELÍCULAS, ETC, LO DEJAS A LA IMAGINACIÓN DE TUS LECTORES, PESADA!
KARL OVE KNAUSGARD, por Koldo CF
Porque estoy hasta las narices de esa literatura del yo que no es otra cosa que un continuo mirarse al ombligo, porque el interés que puede tener (para mí) este tipo de literatura procede bien de una "nueva estética narrativa". bien de una vida "excepcional" o bien de una proyección de lo individual hacia lo colectivo y creo que no se da ninguno de los tres casos, porque me aburre soberanamente, porque la P.S.: También un poco por tocarle las narices a Marc, la verdad.
CUALQUIER MIEMBRO O MIEMBRA DE LA RAE, por Juan G. B.
Es obvio que candidatos/as para no merecer jamás de los jamases este premio sobran; mis compañeros han nombrado a varios (yo añadiría al franchute ése con pinta de clochard), pero, ante la imposibilidad de decidirme por nadie, me vais a permitir que haga un disparo por elevación: no se lo daría a ningún o ninguna baranda de los que calientan el sillón en la Real Academia Española de la Lengua. Mis razones (tengo más):
- Porque aún me dura la vergüenza ajena de cuando se lo dieron a Cela. Además del espectáculo de él y su mujer bailando el vals, por la caterva de lameculos que salieron hasta de debajo de las piedras.
- Porque todos sabemos que los literatos (incluyo en esto a periodistos) que entran en tan venerable institución lo hacen por puro postureo, para figurar y disimular su mediocridad como autores. No me refiero a filólogos y lingüistas: fijo que José Antonio Pascual, director del Nuevo Diccionario Histórico del Español, curra más en un solo día que todos los CebrianesGoytisolosGimferreresMolinasAnsones en los muchos años que lleven allí.
- Que todos los escritores miembros de la Academia son un poco peñazo, para que nos vamos a engañar (sí, incluso PérezZzz-Reverte, que se supone escribe novelas de aventuras y acción): Soledad PuértolazZzz, Javier MaríazZzz, Felix de AzZzúa, Luis Mateo DíezZzz... El único con un poco de chispilla era Álvaro Pombo, pero desde que ya no da mítines de UPyD ha decaído bastante (a ver si le dejan en esta ¿nueva? campaña).
- Que mola pensar en la envidia que corroerá a todos éstos cuando se crucen en los pasillos con Vargas Llosa (quien, y dolerá más o menos, pero hay que reconocerlo, sí había hecho méritos para que le concedieran el Nobel). Y encima tendrán que ofrecerle la mejor de sus sonrisas, pues no sólo es uno de los suyos: es el puto macho alfa de la manada.
E.L. JAMES, por Beatriz Garza
- Ha conseguido que sus Cincuenta sombras I, II y III se convierta en la obra erótica de referencia. ¡Qué importa que D.H. Lawrence escribiera El amante de Lady Chatterley hace casi cien años! Ella ha sabido empezar de cero para buscar la esencia del erotismo y he aquí los resultados: cero esencia, cero erotismo y cero literatura.
- Ha logrado rellenar (y rentabilizar) centenares de páginas con personajes absolutamente planos e inverosímiles, conflictos facilones y poco desarrollados y una voz narrativa menos convincente que las audiodescripciones de las películas para personas invidentes.
- Ha situado la, hasta hace no mucho relegada, literatura erótica en la primera línea de los estantes de las grandes librerías, junto a las memorias de Belén Esteban y el libro de recetas del chef de moda. Oh, pues en tal caso muchas gracias, señora E.L. James.
Sí, sé que me arriesgo más que muchos de mis compañeros, porque mi candidato al ¡Nooooo! Bel tiene opciones de ganar el Nobel, el de verdad. Por lo menos, eso dicen todos los años todas las encuestas. Y la verdad, creo que sería un error y una oportunidad desaprovechada. Mi opinión sobre Marías ya la expliqué en esta otra entrada, así que no me voy a repetir. Solo añadiré que darle el Nobel a Marías ahora, que se ha convertido en un representante de lo antiguo y lo establecido (tanto en literatura como en varios ámbitos sociales y políticos, en particular en relación con el feminismo) sería darle en el siglo XXI un premio a un escritor que sigue anclado en el siglo XX. Si en su momento Marías pudo ser innovador y rompedor en el contexto de la literatura española, ahora en cambio es un peso muerto: más de lo mismo, sin riesgo ni ruptura. El Nobel no puede premiar eso.
JOHN BANVILLE, por Montuengadomingo, 4 de febrero de 2018
John Banville: Regreso a Birchwood
Título original: Birchwood
Traducción: Damià Alou
Año de publicación: 2017 en castellano (en inglés, 1973)
Valoración: Está bien
P.S. ¿A que nadie se ha fijado que el traductor es el mismo de la reseña de ayer? Coincidencias.
jueves, 2 de junio de 2016
John Banville: La guitarra azul
Idioma original: inglésTítulo original: The blue guitar
Traducción: Nuria Barrios
Año de publicación: 2015
Valoración: está bien
A lo mejor no he tenido suerte; a lo mejor no he elegido la mejor novela para empezar a leer a John Banville. Repaso los archivos de ULAD y veo que, exceptuando las novelas policiacas que publicó como Benjamin Blacks, solo ha tenido valoraciones de "recomendable" y "muy recomendable". (Ningún imprescindible tampoco, todo hay que decirlo). Y sin embargo a mí, La guitarra azul, como que no. O sea, sí, "está bien", es una novela bien escrita, bien desarrollada, con un buen narrador-protagonista, pero... ¿Y qué? ¿Todo esto para qué? ¿Para contarnos la típica historia de un triángulo (o cuadrángulo) amoroso que recuerda peligrosamente a El buen soldado?
Porque el argumento es ese, reducido a esquema: el protagonista, Oliver Orme, es un pintor cleptómano y egocéntrico que ya no ama a su mujer, Gloria, y que por eso inicia un affaire con Polly, que a su vez está casada con su amigo Marcus. El affaire se complica, el fuego se apaga y Oliver sale huyendo, se reencuentra con su propia infancia y con los fantasmas del pasado, reflexiona sobre lo que ha hecho y sobre su culpa en todo el asunto...
Desde luego, lo más interesante del libro es su narrador: uno de esos narradores poco fiables, manipuladores, egocéntricos, que por un lado intentan justificarse y vender una imagen casi heroica de sí mismos, y por el otro lado muestran claramente que son ridículos, patéticos, unos mentirosos compulsivos que solo causan dolor y frustración entre quienes lo rodean. Con una historia tan banal como la de este libro, solo un personaje poderoso puede hacer atractiva la historia.
Sin embargo, para mí no es suficiente. La historia es demasiado tópica, la hemos leído ya demasiadas veces y el hecho de que el narrador sea un pintor supuestamente genial en una crisis creativa añade bastante poco a mi interés. Como dice un comentario de Goodreads sobre esta novela, "hay demasiado libro para tan poca historia".
Y el estilo, ay, el estilo, ese campo de batalla. En este caso, por lo que he leído, no podemos culpar a Nuria Barrios, la traductora, porque el original ya parece que era bastante pedante. El texto está lleno de epítetos, de frases ampulosas, de citas literarias y pictóricas, de palabras inusuales, de descripciones prescindibles (en mi opinión). Banville es, dicen, famoso por un estilo frío, cerebral, "nabokoviano". (Qué sería de los críticos sin estas comparaciones). Pero en esta novela la pedantería supera a la frialdad con creces.
Hay otra cuestión que me resulta algo molesta: esta novela me parece bastante machista en varios aspectos. He visto que algunos críticos la alaban porque las mujeres no son histéricas ni vociferantes, y eso es verdad. Pero al mismo tiempo, las mujeres son personajes claramente subordinados a los hombres, objetos que ellos poseen y que por lo tanto pueden ser robados (este paralelismo aparece en la novela, e incluso en la contraportada). Y en un pasaje del texto se lee:
“La mujer, caí, es una leyenda, un fantasma que sobrevuela el mundo, posándose aquí o allá, en este o en aquel desprevenido ser femenino al que transforma, de manera breve pero decisiva, en un objeto de deseo, veneración y terror”En fin, como decía, esta no es una mala novela: es una novela escrita por alguien que tiene la experiencia, la técnica y la imaginación como para escribir casi trescientas páginas sin despeinarse. Pero también es una novela que no añade nada a mi (nuestro) conocimiento del mundo, y dado que el personaje principal es tan poco atractivo, tampoco es una novela que se disfrute particularmente. Habrá que leer El mar, Antigua Luz o El libro de las pruebas a ver si simplemente he tenido mala suerte...
También de John Banville en ULAD: Aquí
jueves, 10 de marzo de 2016
John Banville: El intocable

Traducción: José Antonio Molina Foix
Valoración: muy recomendable
En realidad, no sé hasta qué punto este libro es lo que llaman un roman à clef; más que nada, porque no he leído las verdaderas memorias de Blunt, que fueron editadas unos años más tarde, en 2001, y cuya autora, Miranda Carter, también aparece en la novela de Banville (de hecho, cabe la sospecha de que éste, al enterarse de que Carter estaba escribiendo también la biografía de Blunt, y con su colaboración, decidiera incorporarla como personaje en su novela). Para empezar, el autor irlandés se lo lleva a su terreno y convierte al espía, aquí llamado Victor Maskell en oriundo del Ulster, aunque hijo de un pastor protestante y emparentado con la reina (me refiero a la madre de Isabel II, no a ésta), lo que le da acceso, junto con su esmerada educación en Malborough y Cambridge a los círculos de la "buena sociedad" británica. Es en esta ciudad universitaria donde, a partir de su preferencia al selecto -y casi secreto- grupo de "Los apóstoles" donde se convierte al marxismo y es reclutado por el espionaje soviético (igual que sucedió con Blunt, en este caso). Tampoco es que Maskell se nos presente como un comunista convencido y mucho menos de las posibles virtudes de la Unión Soviética -de hecho, se confiesa "marxista monárquico"-; eso sí, una vez tomada la resolución de espiar para ésta, es absolutamente leal a su decisión.
Que tampoco espere nadie una trepidante novela de espías, ni siquiera a lo John Le Carré; El intocable es casi una novela intimista, en la que tienen más peso las remembranzas, las sensaciones, las revelaciones... el paso del tiempo (tanto el cronológico como, de forma sorprendente, aunque en absoluto incongruente, el atmosférico). En realidad, no es una novela -sólo- sobre el espionaje y sus dobleces; ni sobre la homosexualidad y también sus dobleces -sobre todo en la época de la que se habla-; ni sobre la familia y sus... cómo no, dobleces. Ni sobre las relaciones humanas. Ni sobre el amor... Es ante todo, una novela sobre la memoria y sus ingobernables recuerdos; cómo la engañamos o nos engañamos con ella, como la falsificamos hasta no poder discernir lo que ha sido verdad de lo que no, como un cuadro que atribuimos a una mano maestra, aunque esa certeza sólo la tengamos nosotros... o ni siquiera.
He dejado para el final el aspecto más destacable de la novela, tan obvio para quien conozca la obra de Banville que tal vez no debería ni mencionarlo: lo magníficamente que está escrita; de hecho, no creo que se pueda escribir mejor. Quizás sí con más brío, más tripas o más ingenio. Se podrá escribir de manera más "sincera" -espinoso asunto, si hablamos de ficción- o más artificiosa, más cruda o más elíptica; lo que sea que prefiera cada cual. Pero mejor que lo que escribe Banville, no: es imposible.
Otros libros de John Banville/ Benjamin Black reseñados en Un Libro Al Día: El otro nombre de Laura, El mar, El lémur, El libro de las pruebas, Antigua luz, En busca de April, La guitarra azul, Regreso a Birchwood
miércoles, 18 de febrero de 2015
Benjamin Black (John Banville): El lémur
Título original: The Lemur
Traductor: Miguel Martínez-Lage
Año de publicación: 2008
Valoración: está bien
Esta es la primera novela que leo de Benjamin Black y, casi me da vergüenza decirlo, la primera cosa que leo de John Banville. Naturalmente, no voy a juzgar al autor por una sola novela, sobre todo cuando tiene trayectorias tan diferentes, pero sí diré que como novela policiaca, la verdad, las he leído bastante mejores.
El lémur (primera sorpresa: siempre había pensado que "lémur" se pronunciaba "lemúr") cuenta la historia de John Glass, un periodista retirado al que le encargan que escriba la biografía de su suegro, William Mulholland, alias "el Gran Bill", un ex-agente de la CIA transformado en magnate de los negocios. Para ayudarle en la tarea, John contrata a Dylan Riley, un joven investigador con un aspecto semejante al de un lémur y mucho descaro, quizás demasiado: cuando empieza a investigar al "gran Bill" sacará a la luz secretos familiares que a lo mejor convenía haber dejado escondidos.
Como novela policiaca, El Lémur es bastante usual: hay un crimen y un conjunto relativamente reducido de sospechosos: a lo largo del texto se hacen referencias a Sherlock Holmes, Peter Wimsey y Hercules Poirot, así que la filiación con el género es evidente. Y sin embargo, por la situación (Nueva York), el ambiente de corrupción y poder y los métodos del "detective" John Glass, que no destaca por su capacidad deductiva, casi se podría relacionar más con la novela negra de detectives duros y atractivos (aunque en este caso, ni tan duro ni tan atractivo).
Lo mejor de El Lémur es que se lee de corrido y consigue intrigar lo suficiente como para que esperemos a la última página a ver quién es, efectivamente, el culpable. Lo peor es que no tiene ninguna profundidad, ni en la construcción de los personajes ni de los ambientes, ni siquiera en la creación de falsos sospechosos o falsas pistas (como tanto le gustaba hacer a Agatha Christie por ejemplo), así que en un par de noches o un par de viajes de autobús se amortizan los 8€ que cuesta -en edición de bolsillo-, y en cuanto se cierra la última página de la novela se olvida, y a otra cosa.
También de Benjamin Black en ULAD: El otro nombre de Laura, En busca de April
Como John Banville: Aquí
sábado, 14 de febrero de 2015
Eça de Queirós y Ramalho Ortigão: El misterio de la carretera de Sintra
Título original: O mistério da estrada de Sintra
Año de publicación: 1870 (1884)
Valoración: está bien
Hoy en día nos parece muy posmoderno esto de que los escritores de literatura seria se dediquen a la novela policiaca (como John Banville y su serie de Benjamin Black); sin embargo, hay muchos antecedentes de esto: en la literatura portuguesa, sin ir más lejos, Pessoa escribió unos relatos de Quaresma, descifrador, y ya algunas décadas antes Eça de Queirós y Ramalho Ortigão se habían lanzado con este Misterio de la carretera de Sintra, que si bien no tiene todos los rasgos que hoy esperamos en una novela policiaca, desde luego que parte del argumento típico de un whodunit: un cadáver misterioso cuyo asesino se desconoce.
En realidad, El misterio de la estrada de Sintra es una broma literaria que sus autores publicaron por entregas, y sin firma, en el Diário de Notícias de Lisboa, como si fueran cartas anónimas enviadas por un conjunto de personajes no identificados (el doctor ***., F., Z., A.M.C., la condesa de W...) para intentar explicar quién es ese hombre que aparece muerto en una casa de Lisboa (¿o será de Sintra) junto a un vaso vacío con restos de opio. Así, la novela tiene la forma de un conjunto de cartas, pero también una estructura de "historia dentro de la historia", ya que para explicar esa muerte es necesario contar la vida y aventuras de varios de los personajes, incluidos episodios sucedidos en la India o Malta.
Parece ser que en el momento de su publicación la novela causó bastante escándalo, ya que los lectores la tomaron por verdadera y jugaron a identificar quiénes podían ser los auténticos protagonistas de la historia. Ahora esto parece increíble, porque uno reconoce todos los tópicos, las exageraciones y el exceso de sentimentalismo romántico que los autores comparten aunque también los caricaturicen hasta cierto punto. De hecho, si hiciéramos caso a los propios autores en el texto de la tercera edición de la obra, la clasificación de la novela tendría que haber sido "execrable", por su acumulación de "cadáveres elegantes", "toilettes románticas", "siniestros vasos de opio"... La evolución posterior de ambos autores, hasta convertirse en representantes máximos del realismo portugués, explica que renegasen de esta novela, aunque permitiesen su reimpresión en formato de libro:
Todas estas coisas, aliás simpáticas, comoventes por vezes, sempre sinceras, desgostam todavia velhos escritores, que há muito desviaram os seus olhos das perspectivas enevoadas da sentimentalidade, para estudarem pacientemente e humildemente as claras realidades da sua rua.
[Todas estas cosas, aunque simpáticas, conmovedoras a veces, siempre sinceras, disgustan sin embargo a estos viejos escritores, que hace mucho que apartaron sus ojos de las perspectivas brumosas de la sentimentalidad, para estudiar paciente y humildemete las claras realidades de su calle]Para el lector actual, El misterio de la carretera de Sintra no resulta tan interesante como para sus lectores originales, en primer lugar porque obviamente no puede reconocer a los referentes reales de los protagonistas (si es que estos existieron alguna vez) pero también, sobre todo, porque la estética post-romántica de la novela nos resulta demasiado lejana. Es sin duda un objeto literario imprescindible (se dice, de hecho, que es la primera novela policiaca portuguesa), pero para quien quiera leer algo de Eça de Queirós le recomendaría más bien empezar por Los Maia, El primo Basilio o El crimen del padre Amaro.
Yo he leído la novela en portugués (se puede descargar gratis y legalmente aquí), que para algo vivo en Lisboa; pero hay una edición reciente de Acantilado con traducción de Carmen Martín Gayte.
También en ULAD: Los Maia, Adán y Eva en el paraíso
miércoles, 7 de enero de 2015
Colaboración: La viuda Couderc de Georges Simenon
Título original: La Veuve Couderc
Año de publicación: 1940
Valoración: Muy recomendable.
Se dice muy frecuentemente sobre Georges Simenon que si en vez de haber dado a luz 200 novelas (en realidad fueron muchas más) hubiese escrito sólo 20 habría sido el mejor narrador en lengua francesa del siglo XX. Mi experiencia lectora con él ya sobrepasa ampliamente esa última cifra y he de decir que no creo que se trate del mejor novelista en lengua francesa del siglo XX, pero desde luego me gustaría que hubiese llegado a la marca de 400. O, al menos, que gran parte del tiempo que dedicó a sus historias del comisario Maigret, algunas excelentes pero la mayoría encorsetadas en las servidumbres del problema policíaco o whodunit, lo hubiera destinado a crear más “novelas duras”, que es como usualmente se denominan las ficciones de tipo más o menos criminal no protagonizadas por el detective parisino, y que son lo mejor de su producción.
Es muy difícil recomendar novelas concretas de Simenon, tanto como lo es buscar en Google opiniones fiables acerca de cuál puede ser el “canon Simenon”, un núcleo duro a partir del cual pueda uno formarse una opinión sobre su valía real como escritor. Una razón es que todas sus novelas son imperfectas, alejadas de la precisión que se suele exigir a un relato negro o criminal. Otra es que realmente no hay una gran diferencia de calidad entre unas y otras: Simenon es un escritor inusualmente regular, lo cual unido a su colosal promiscuidad literaria, lo convierte en un fenómeno único, sobrehumano, casi inimaginable. De cualquier modo, dejo aquí mi particular selección: El fondo de la botella, Tres habitaciones en Manhattan, La nieve estaba sucia y La viuda Couderc. Todas, novelas duras; todas sin Maigret. Obras como Pedigree, El gato, Luces rojas o El tren las tengo aún pendientes.
La trama de La viuda Couderc, novela corta que plantea un triángulo pasional comprimido en el espacio claustrofóbico de una modesta granja regentada por la viuda que le da título, es algo así como el reverso de El cartero siempre llama dos veces. En un contexto humano que exuda sordidez, surge Simenon en estado puro: la vida está dominada por una inercia que acaba derivando hacia una suerte de resignada degradación (la resignación ante la catástrofe, un concepto “muy Simenon”) y ni siquiera hay que forzar la mirada para comprenderlo, solo detenerse a observar el tiempo suficiente.
El “misterio Simenon”, que ha atraído a escritores tan dispares como García Márquez o John Banville y ahora por fin parece que se ha extendido a España, se basa en el talento para la creación de atmósferas moralmente insalubres y la facilidad hipnótica para presentar con naturalidad el enigma del ser humano en pasajes aparentemente triviales, como el principio de La viuda Couderc:
“Caminaba. Estaba solo en por lo menos tres kilómetros de carretera, cortada cada diez metros por la sombra del tronco de un árbol y, a grandes zancadas, pero sin apresurarse, iba alcanzando una sombra tras otra. Como era casi mediodía y el sol se acercaba a su cenit, ante él se deslizaba una sombra corta, ridículamente encogida: la suya.”
La clave es la naturalidad, incluso cierto desaliño, posiblemente un punto de improvisación. Al describirnos con detalle no el aspecto sino el movimiento de un personaje del que aún no sabemos nada, cada información que nos da se vuelve misteriosamente significativa. Ahí está el inicio lacónico ("caminaba"), seguido del uso de términos de precisión para mostrar la determinación del individuo en su absoluta soledad ("tres kilómetros…diez metros…una sombra tras otra") cuyo recorrido extrañamente no tiene un fin concreto ("pero sin apresurarse"), y rematado por una alusión al superior movimiento del sol que convierte su voluntad de avanzar en insignificante.
¿Se trata de una original y nada pedante metáfora acerca de la inutilidad del esfuerzo humano por controlar su destino o tan sólo una leve introducción psicológica del protagonista a partir de la descripción de su comportamiento? ¿Se trata de esa pequeña gran escritura cuya lectura proporciona agradecidas sorpresas o estamos directamente en presencia de Gran Literatura? A riesgo de ser pretencioso me guardo mi opinión, que puede resultar demasiado solemne, pero les diré algo seguro: leer las novelas duras es siempre un descubrimiento, tanto para los que se aprestan a cazar su primera pieza en este inabarcable territorio que es el universo Simenon como para los que ya han superado la veintena de trofeos.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
Colaboración: En busca de April de Benjamin Black
Título original: Elegy for April
Año de publicación: 2010
Valoración: Está bien.
John Banville necesita a Benjamin Black. John Banville es un escritor candidato al Nobel, Benjamin Black, no. Si Benjamin Black no existiera y fuese John Banville quien escribiera en solitario novelas como “En busca de April” –tercer título protagonizado por el forense Quirke-, quizás su candidatura al Nobel sería menos sólida. Por eso, John Banville necesita que Benjamin Black –el cual nunca ganará el Nobel- se apodere de él para escribir estas novelas.
Así que Black le propone un misterio a Banville: April ha desaparecido. Se nos sitúa a la familia de April entre las más importantes de la metrópoli (en la novela negra a los desaparecidos que fueron a colegios públicos no los busca nadie), se entrevista a una anciana matriarca podrida de prejuicios y linaje en mitad de su lujoso salón y a un médico tan ilustre como de áspera moralidad. Por supuesto, las comparecencias de los integrantes del grupo de amigos de April arrojan luz sobre la personalidad de la ausente y sombras sobre su paradero, lo suficiente para entender que lo importante de este recorrido no es averiguar dónde está sino quién fue. Todo esto es cometido de Benjamin Black, que proporciona la materia negra, bastante clásica, infalible en el género noir si se gestiona bien.
Y a partir de aquí, aparece Banville. Cuando se tiene una reputación de estilista que defender no se puede dejar nada al azar, y hasta los pasajes en los que el protagonista se limita a contestar al teléfono deben servirse al lector con esmero. Suyo es el esfuerzo por dotar a cada personaje de entidad propia. Suya es la descripción del nebuloso Dublín de los años cincuenta, con su correlativa metáfora meteorológica de un paisaje moral asfixiante penetrado sin remedio por el catolicismo oficial del Arzobispo McQuaid. Nada se atisba con claridad en medio de la bruma, salvo las fotos en segundo plano de los líderes de la independencia irlandesa de la mano de dignatarios eclesiásticos. En mi opinión, John Banville cumple su misión correctamente, con más solvencia que brillantez, con menos ironía que morosidad, con una calidad de escritura que oscila entre la elegancia y el oficio.
¿Banville y Black se llevan bien? “En busca de April” se lee fácilmente, si bien es cierto que la historia se podía haber resuelto en la mitad de páginas sin sacrificar profundidad de tipos ni descripción de ambientes. En un punto determinado, los personajes ya están gastados, dejan de evolucionar, los giros que Black proporciona los dosifica Banville tanto que empezamos a darnos cuenta que no va a haber mucho más y uno siente la tentación –sofocada, sofocada- de volver a las andadas de lector primerizo: saltarse las descripciones en pos de acortar los plazos que nos separan del desenlace.
Si la Literatura fuese una cuestión de matemática, el dúo Banville/Black debería ser imbatible en el género y leo que hay muchas opiniones en este sentido, lectores autorizados para los que BB ha dotado de una nueva dimensión a la novela negra. ¿Será que no han leído demasiada novela negra? ¿O acaso piensan que no había sido adecuadamente dimensionada hasta que Banville conoció a Black? Esa sí que es una buena historia para una ficción de misterio.
También de Benjamin Black en ULAD: El otro nombre de Laura, El lémur
Como John Banville: Aquí
sábado, 10 de mayo de 2014
Colaboración: Constance de Patrick McGrath
Idioma original: InglésTítulo original: Constance
Año de publicación: 2013
Valoración: se deja leer
Ya son dos las novelas de Mondadori publicitadas mediante una faja que muestra una cita del escritor John Banville elogiando la calidad de la obra. Constance es una de ellas; la otra es La parte inventada (2014) de Rodrigo Fresán. Sin haber leído la obra de Fresán, espero que aquello que bendice Banville no siempre sea tan carente de calidad como Constance.
La novela no es todo desperdicio. Patrick McGrath demuestra un gran oficio a la hora de perfilar a sus personajes y al construir el discurso de la psique de estos, algo importante cuando se trata de una persona con problemas psicológicos como Constance, la protagonista. La obra se beneficia de ello al estar estructurada su narración mediante el relato paralelo de dos narradores: Constance y su marido Sidney. Es así como el gran acierto de la novela se encuentra en las divergentes interpretaciones que en base de sus condicionantes (edad, problemas psicológicos, ambiciones y comportamiento sexual) hacen ambos personajes de los mismos hechos. Desde el principio se indica una pulsión en Constance por romper con lo antiguo (debido a una infancia traumática a manos de su insensible padre); mientras que Sidney, por ser más mayor, se muestra más conservador hacia los cambios, una diferencia que será determinante en la narración.
Pero llegado el meridiano del texto el lector se da cuenta de que el ambiente de claustrofobia creado por el autor pronto se revela en una sucesión de tópicos como el piano-bar de un hotel decadente en Manhattan, la mansión gótica en estado decrépito, el estanque de agua negra... Solo falta Roderick Usher. Del mismo modo, la trama deriva en una secuencia de giros más propios de las telenovelas: separaciones, incomprensión de pareja, fallecimientos, etc., todo recubierto de la consabida exageración dramática. Para cuando se alcanza el cénit de la novela, el melodrama ha horadado toda admiración por McGrath y su capacidad de construir la voz de los personajes. Aunque al menos el lector se divertirá de la torpeza del autor en lo erótico, con frases como: "Me atormentaba la posibilidad de que le hubiera permitido tener relaciones sexuales anales" o "Empezaba a soltársele el pelo. La trucha codiciosa ascendió".
lunes, 3 de febrero de 2014
Colaboración: Antigua luz de John Banville
Idioma original: inglés.Título original: Ancient Light
Año de publicación: 2012.
Valoración: Muy recomendable.
Probablemente no sea la mejor novela de Banville y pese a ello es una gran novela. Sería conveniente comentar que pese a que el autor no goce en España del prestigio del que goza en Irlanda y Gran Bretaña (cosa natural por otra parte) tal vez se trate de uno de los mejores escritores en lengua inglesa. Su promoción/desembarco en España coincidió con su etapa de escritor de novela negra (bajo el seudónimo Benjamin Black), la que es, sin duda, su fase menos reseñable. Pero Antigua luz es la prueba de que Banville es de verdad uno de los mejores escritores en inglés. No hay frase que no destile belleza, en su característica modelación de la prosa hacia formas líricas:
"... but lay on the bed on our backs for a long time, as if practising to be the corpses that one day we shall be. The curtains were thick and drawn tightly shut, and I did not realise the dawn had come up until I saw forming above me a brightly shimmering image that spread itself until it stretched over almost the entire ceiling. At first I took it for an hallucination generated out of my sleep-deprived and still half-frantic consciousness (...) What was happening was that a pinhole-sized opening between the curtains was letting in a narrow beam of light that had turned the room into a camera obscura, and the image above us was an inverted, dawn-fresh picture of the world outside"
Alex Cleave, ahora un actor retirado, recuerda el affaire que tuvo cuando sólo tenía 15 años con la madre de su mejor amigo, que entonces tenía 35. En adelante, el affaire marcará su relación con todas las mujeres de su vida: su mujer Lydia, su fallecida hija Cass y la famosa actriz Dawn Devonport, con la que Alex ha de formar pareja interpretativa para una película. Las mujeres ausentes, su mitificación -que en ocasiones recuerda a cómo Jackson Pollock representaba a las mujeres en su soledad como seres repletos de gracia-, las constantes referencias a los mitos de la antigua Grecia para describirlas e incluso el saberse incapaz de comprender la totalidad de su otredad son constantes en la literatura de Banville y tienen reflejo en Antigua luz.
Dentro de la variada y extensa obra de Banville, una novela que sirve como referencia con la cual comparar Antigua luz podría ser El Mar (2005). Está, por lo tanto, en las antípodas de la literatura deconstructiva que Banville ejerce en novelas como Imposturas (2003) o El libro de las pruebas (1989) en los que la carga narrativa se apoya en identidades y discursos inestables. Pero ocurre que Antigua luz se enmarca en la trilogía de la que es parte Imposturas. Y es que el tema de la identidad fingida en Imposturas, uno de los pilares de la literatura de Banville, obtiene continuidad en la presente novela. Axel Vander -un Paul de Man de segunda fila- y Cass Cleave, ambos personajes de Imposturas, flotan en todo momento sobre el argumento, ya que el protagonista de Antigua luz es padre de la segunda y ha recibido el encargo de representar al académico Axel Vander en una película sobre su vida.
Tal vez no sea esta una novela imprescindible en el sentido más estricto de la palabra. Ahora bien, Banville sí es imprescindible para todo aquel que quiera leer literatura de calidad y añore la belleza en el lenguaje narrativo. Como la mencionada El mar, sin ser la mejor novela del autor Antigua luz sirve como puerta de entrada en el universo de Banville.
Otras obras de John Banville en ULAD: Aquí
Firmado: Paulo Kortazar
lunes, 21 de mayo de 2012
John Banville: El mar
Idioma original: inglés
Año de publicación: 2005
Valoración: Recomendable

Confieso que este autor me desconcierta, no me resulta fácil valorar sus obras pues, si bien no puedo negar que escribe magníficamente, que sus personajes experimentan reacciones muy humanas, que sus descripciones son impecables, que su manera de concebir la ficción es muy personal, tampoco negaré que me aburre. Unas veces más y otras menos. No sé si los motivos que he encontrado son suficientes. En primer lugar, a estas alturas literarias, en materia de sentimientos, está todo ya muy trillado, es difícil encontrar algo nuevo bajo el sol, nadie va a descubrir nada por muy excepcional que pueda sentirse. Otra cosa es la forma de presentarlos, y ni siquiera en esto es sencillo ser original. Puede ser que Banville y yo, simplemente, no conectemos. Sin embargo, a mí me gusta el subjetivismo, la introspección, el lenguaje poético, esos personajes taciturnos y permanentemente torturados, admiro el procedimiento narrativo que utiliza estampas sucesivas para componer un argumento. No debería ser así.
En El mar, aún siendo la novela suya que más me ha gustado hasta ahora (incluyendo las de género policíaco, que publica bajo pseudónimo), encuentro la misma falta de sinceridad de siempre, quizá debido a un pudor excesivo que le impide reflejar lo que de verdad le preocupa. Esto da lugar a que el narrador/protagonista no sea todo lo consistente que debiera, a que los resortes para conmover al lector resulten algo artificiosos, a que tanto la evolución de los hechos como la conexión entre las dos etapas que presenta no convenzan demasiado, a que el preciosismo descriptivo parezca superpuesto en lugar de entretejerse con los sentimientos de los personajes. En definitiva, lo que tenemos es una construcción poco sentida, que se afana por conseguir la perfección formal pero que adolece de una absoluta falta de alma.
El protagonista – un tipo contradictorio, ya que se confiesa calculador y materialista pero ama a quien supuestamente utiliza y su tortura constante revela un espíritu sensible – pasa por una larga fase de angustia existencial, no logra asumir el fallecimiento de su esposa, mantiene una relación ambivalente con su hija adulta y su estado natural es de constante pelea con el mundo. Este presente – indudablemente atractivo, incoherencias aparte – se alterna con un ambiguo pasado preadolescente
cuyas incidencias no despiertan el mismo interés y cuyo momento de alta tensión dramática resulta tan absurdo, tan incomprensible, que ni siquiera añadiendo el factor sorpresa consigue impactar demasiado. En las últimas páginas, pasado y presente se entrecruzan en un débil punto de unión sin que esta coincidencia logre despertar tampoco toda la emoción que pretende. Sin embargo, es justo después de ese momento, en medio del total pesimismo y desesperanza que invaden la novela, cuando se abre una pequeña brecha, un débil rayo que sólo el amor filial parece haber puesto en marcha.
Es cierto que, según avanza, la novela va mejorando, que contiene escenas intensas, que la habilidad del autor para crear atmósferas y transmitir efectos sensoriales es indiscutible, que técnicamente no se le puede reprochar nada porque está escrita con minuciosidad, que sus personajes provocarían una gran ternura si Banville hubiese conseguido hacerlos suyos, pero el libro se ha pasado más de una semana sin abrir, olvidado encima de un mueble y, sinceramente, no creo que toda la culpa sea mía.
Del mismo autor: Como John Banville: Aquí Como Benjamin Black: El otro nombre de Laura









