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miércoles, 22 de enero de 2014

André Gide: Paludes

 Idioma original: francés
 Título original: Paludes
 Fecha de publicación: 1895
 Valoración: Está bien

 Hace más de tres años (cómo pasa el tiempo en el ciberespacio, mon Dieu!) publiqué por estos lares la reseña de Los monederos falsos, la primera novela que me leía del nobelizado escritor francés André Gide, y dejé claro que pese al complejo enjambre de anhelos y desplantes amorosos que presentaba su trama, me había gustado.

 Pues bien, han tenido que pasar varias decenas de meses para que me haya hecho con otro libro de Gide,que tuvo una vida tan intensa y atormentada como las de otros tantos célebres escritores decimonónicos: homosexual de familia protestante, se casó con una prima carnal y tuvo una hija con otra mujer por simples deseos de tener descendencia, fue admirador/amigo de Oscar Wilde y Pierre Louys, viajó y disfrutó con asiduidad del norte de África, en sus obras demostró ser un dotado simbolista y un gran amante de la metaliteratura (qué poco me gusta esta palabra, siempre pienso en la metadona...),y en fin, su trayectoria literaria culminó con un Nobel cuatro años antes de morir.

 Pero si Los monederos falsos me pareció una novela redonda (y, todo hay que decirlo, de la extensión necesaria como para no etiquetarla como novela corta o nouvelle), Paludes me ha parecido más bien un ejercicio muy personal del escritor, es decir: no un diario que mezcla realidad y ficción de forma gozosa (lo que en un primer momento podría parecer), sino un atrevimiento de Gide en un puñado de páginas. Una obra muy corta en la que un escritor narra en primera persona el proceso de creación/desesperación que debería culminar con un nuevo proyecto de su autoría, el Paludes del título, y las inseguridades y locuras (sí, por qué no llamar así a sus desvaríos mentales) que le atormentan, sin olvidarse de las gentes que le rodean y que más que animarle, le desesperan.

 Pero repito que Paludes me ha parecido más un ejercicio o un breve pseudo ensayo que una novela, y aunque puedo animar a su lectura amparándome en la curiosidad que algo así debería despertar, he de ser coherente con mi juicio y dejarlo en un "Está bien".

Ya veremos con las siguientes novelas de Gide que espero leer... Y supongo que les contaré mis impresiones por aquí.

También de André Gide en ULAD: Los monederos falsos, El inmoralista

martes, 26 de julio de 2022

André Gide: El inmoralista

Idioma original: francés

Título original: L´immoraliste

Traducción: Julio Cortázar

Año de publicación: 1902

Valoración: Recomendable

Ante su padre agonizante, Michel ha prometido casarse con Marceline, una joven que es poco más que una simple conocida. El matrimonio arranca por tanto con escaso entusiasmo, aunque con el confort que proporciona acomodarse a las convenciones sociales. En su viaje de boda la relación parece fortalecerse, y llegan así a Túnez, donde Michel contrae la tuberculosis. Gide relata con cierto detalle el proceso de la enfermedad, el descenso hasta sentir próxima la muerte, y la posterior y lenta recuperación. Cuando más está sufriendo, Michel experimenta su epifanía: hasta entonces enteramente centrado en sus estudios, sin apenas ser consciente de ello empieza a valorar la salud, el vigor que en esos momentos le falta y que observa en los niños que merodean a su alrededor. Aunque siente, y agradece profundamente, las atenciones de Marceline, Michel ha descubierto el otro lado de la vida, los placeres que quizá no había sospechado, y que le impulsan a luchar por su curación.

Ya desde muy pronto tenemos esas dos caras de la existencia pugnando, no tanto por imponerse, pero sí por mantener una coexistencia que no resulta sencilla. El mundo reposado, amable y socialmente aceptable de un matrimonio convencional, dominado por el respeto, el afecto y los cuidados mutuos. Y la llamada de experiencias diferentes, que le harán deambular entre París y la casa familiar de Normandía (en una fase que recuerda bastante al hace poco reseñado Tolstoi), casi siempre con la compañía de muchachos muy jóvenes (vecinos, hijos del guardés o de un aparcero) cuya presencia va siendo cada vez más llamativa. Con esa prosa exacta, de cierto aire arcaico, Gide muestra en este punto una extraordinaria sutileza para sembrar la sospecha del lector e intensificarla de manera tan leve como perceptible, porque esos niños o adolescentes están ahí, obviamente, para ilustrar esa atmósfera hedonista que atrae a Michel cada vez con más fuerza que su vertiente más burguesa.

En esa dicotomía, lo que podríamos llamar el lado oscuro (o luminoso, según se mire) va acumulando elementos. Michel persiste en esas amistades que le transmiten vitalidad, y se afana en dirigir personalmente la gestión de sus tierras, lo que le permite llenarse de la sensualidad de la naturaleza, sus colores y sonidos. Pero también contacta con un antiguo amigo que le insta a decidirse, y llega tal vez al fondo de esa exploración conociendo las brutales escabrosidades de la familia Heurtevent. La atracción de ese mundo prohibido gana terreno (‘Llegaba a no gustar en los demás sino las manifestaciones más salvajes, a deplorar que una sujeción cualquiera las refrenara’), aunque siempre sin abandonar su otra vida, sin descuidar a la Marceline que siempre estuvo a su lado. Podría llamarse hipocresía, pero también búsqueda, necesidad de vivir varias vidas o de atender a lo que reclaman diferentes instintos. Tal vez lo más estremecedor es la relación de vasos comunicantes que se establece entre los dos miembros de la pareja. Mientras Michel va ganando confianza y deseos cada vez más acelerados de conocer y experimentar, Marceline parece irse difuminando, como si su marido estuviese absorbiéndole la vida.

A veces ocurre que la sensación más poderosa que transmite un libro no se deduce de lo que uno va leyendo, de los personajes o del argumento, sino de algo que solo se puede observar desde la perspectiva del libro terminado, y tal vez de un cierto tiempo transcurrido. Es lo que experimento en este caso. Leído página tras página, El inmoralista puede resultar algo aburrido, no sabemos a dónde nos lleva, ninguna circunstancia parece determinante para lo que viene después o para algún tipo de desenlace. Pero cuando se termina el libro todo se ve con más claridad, se trata de un proceso, una trayectoria que es realmente dramática, que es de ida y vuelta, con dos personajes que están fuertemente entrelazados por algún tipo de vínculo malsano. El posible spoiler me impide ir más allá, pero solo diré que así, desde esa distancia, por encima de los detalles, es como la historia se desvela con nitidez y en su totalidad.

Otras obras de André Gide en ULAD: Paludes, Los monederos falsos

viernes, 6 de agosto de 2010

André Gide: Los monederos falsos

Título original: Les faux-monnayeurs
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1925
Valoración: Muy recomendable

Reseña muy "personal"

Ian va a escribir una reseña sobre un libro del "nobelizado" André (Gide).

El libro de André (Gide), Los monederos falsos, contiene muchos personajes (Bernard, Olivier, Vincent, Laura...) cuyas vidas se cruzan y descruzan creando un macramé muy apetecible.

Bernard es un joven burgués que en el París de entreguerras descubre que su padre no es su padre y muy rebelde él, da un portazo y se va a pasar la noche a casa de su gran amigo Olivier.

El hermano de Olivier es Vincent, que abandona a su novia, Laura, estando ésta embarazada, aunque él no lo sabe.

Vincent trabaja de secretario (y quizás, haciendo algo más) para un tal conde de Passavant, un tipo cínico de tendencias homosexuales.

Vincent se lía con una tal lady Griffith, muy aventurera ella.


Bernard entra a trabajar de secretario para el bondadoso Eduard, tío de Olivier, también con tendencias homosexuales, que está escribiendo una novela llamada Los monederos falsos.

Laura también se refugia en casa de Eduard, le gusta Eduard, pero a Eduard parace gustarle Bernard. Bernard se acaba enamorando de Laura. Laura no le corresponde.

Bernard se aloja, por intermediación de Laura, en un internado para chicas. Allí se lía con Rachel, espabilada hermana de Laura. Y ello le pasa factura...

Olivier, que siente celos de la buena relación de Eduard y Bernard, se hace hombre de confianza de Passavant.

Paulina, la madre de Olivier, soporta los cuernos de su marido, y también se refugia en Eduard.

El hijo pequeño de Paulina, Georges, sale con una pandilla de gamberros de buena familia en cuyo seno habrá una trágica muerte.

Uno de los personajes centrales de la trama intentará suicidarse.

Y mientras pasa todo esto, Los monederos falsos, el libro de Eduard, se sigue escribiendo y el lector va leyendo así las "dos novelas".

Ian termina esta extraña reseña y se va a la piscina.

Muy recomendable (la novela; la piscina también).

También de André Gide en ULAD: Paludes, El inmoralista

lunes, 23 de abril de 2018

Herbert Lottman: La Rive Gauche

Idioma original: inglés
Título original: The Left Bank
Traducción: José Martínez Guerricabeitia
Año de publicación: 1982
Valoración: Entre Recomendable y Está bien


Oh là là! La Rive Gauche, esa zona algo difusa en la orilla sur del Sena que tiene su corazón tal vez en Saint-Germain-des-Prés, y que identificamos como el distrito VI y parte del V, aunque con frecuencia se confunde con el Barrio Latino. Desde allí se siente la proximidad de los Jardines de Luxemburgo, la Sorbona y la Escuela Normal Superior, por donde pasaron unos cuantos de los protagonistas de este libro. Todo alrededor sugiere vida cultural, creatividad y un cierto modo de vida ‘parisino’, algo bohemio, entre cafés y editoriales. Seguramente todo eso se ha ido diluyendo en las últimas décadas, y hoy queda más bien el paisaje burgués para el turista, la terraza con consumición a precio de oro, y el metro cuadrado de cuchitril, reservado a pijos o hipsters con posibles.

Pero allá por los años 30 del siglo pasado la cosa era diferente, y es eso lo que en principio retrata el norteamericano Herbert Lottman, especialista en la época y en el mundo cultural de nuestros vecinos del norte (lo que aquí llamamos ‘hispanista’, que no sé cómo se diría en este caso). En ese tiempo la Rive Gauche era el epicentro intelectual de Paris y por tanto el faro hacia el que miraba el mundo entero. Gide, Malraux, Montherlant, Tzara, Mauriac, Aragon, Sartre… toda una nómina de grandes popes de la literatura y el pensamiento frecuentan una misma zona, acuden a las mismas recepciones y, a base de discusiones, charlas y mítines, acaban por definir, dentro de su dispersión ideológica, eso que se conoce como el ‘intelectual comprometido’ (más bien ‘escritor comprometido’, ya que Lottman, no sé por qué, ignora casi por completo el mundo artístico no literario).

El fascismo (así, en sentido amplio) emergía en Europa, y frente a este nuevo fenómeno los intelectuales adoptan una posición mayoritariamente beligerante, aunque hay también cierto número de partidarios, en mayor o menor medida. Lottman describe con minuciosidad la actividad palpitante del momento, sin dejar de incidir en la presencia –ideológica, pero también sobre el terreno- del comunismo soviético y sus efectos sobre ese heterogéneo grupo de escritores. Ahí empezarán a surgir las primeras fricciones internas entre los antifascistas, empezando por la desafección mostrada por André Gide tras un viaje a la URSS.

Es llamativa la exhaustividad del texto: tenemos descripciones de las andanzas de todos estos personajes –que son muchos-, sus reuniones, manifiestos, revistas en que colaboran, desencuentros, todo escrutado hasta el mínimo detalle y, de momento, sin valoraciones ni una visión global que oriente al lector. Este enfoque tiene la virtud de mostrar la pluralidad del colectivo y los matices de la personalidad de los intelectuales. Así, tenemos por ejemplo al citado Gide, cabeza visible del grupo en su primera fase, pero contradictorio y que siempre parece coquetear con la deserción. Malraux es el héroe de la Resistencia, pero sólo tras haber pasado una buena temporada viviendo tranquilamente en territorio Vichy. Paulhan parece tener un don para subsistir durante la ocupación mientras maniobra clandestinamente contra los nazis. Drieu es el más significado proalemán, pero no dejará de defender a sus viejos colegas. De forma que el trabajo de Lottman es un poco notarial y da como resultado una perspectiva absolutamente humana: aquí no hay (casi) héroes ni villanos, sino individuos, equivocados o no, dubitativos, contradictorios, a veces débiles, mezquinos o injustos, otras veces valientes y decididos. Es sin duda un tanto a favor del autor.

Pero el esquema tiene también efectos adversos. La avalancha de información abruma un tanto al lector, al menos hasta que se va haciendo con esa estructura peculiar, al texto le falta fluidez y cierta coherencia cronológica, existe algún desorden expositivo y se advierten contradicciones. Da la sensación de ser un trabajo acumulativo y se echa de menos algo de elaboración, de ‘cocina’ propia del historiador –aunque Lottman no lo es. Espontaneidad a cambio de rigor, vaya lo uno por lo otro.

Una buena parte se dedica a la etapa de la ocupación alemana y el gobierno de Vichy, y resulta interesante seguir observando la trayectoria –a veces errática- de los intelectuales y escritores que nos han sido presentados al principio. Algunos se manifiestan como abiertamente colaboracionistas –Céline es un buen ejemplo- y el resto adoptan posiciones variadas de oposición más o menos severa. El autor también parece mantener algunas reservas sobre el grado de compromiso real de buena parte de los intelectuales, y aquí nos aproximamos a cierto sesgo ideológico que impregna el libro.

Porque, aunque centrado en este elenco de personajes de las letras, el texto pone el foco en la vertiente política del ‘compromiso’, y muy especialmente en la influencia del comunismo sobre esta élite intelectual. En este aspecto, Lottman comparte con buen número de autores estadounidenses una especie de obsesión por la mano negra de Moscú, y este prejuicio, ya latente pero visible durante todo el texto, brota con especial potencia en la última parte, correspondiente a la postguerra. Esta actitud, entendible por la brutal polarización de la época que se describe, incluso en las décadas posteriores, resulta llamativa en un texto escrito en 1982, y desde luego supone una pérdida de objetividad, al menos parcial, del enorme trabajo que se expone. Hasta nos hace dudar de si el mismo título no contiene cierto matiz irónico.

De forma que, observándolo en conjunto, el libro deja la extraña sensación de una tarea ingente de documentación, que con interés y algo de paciencia puede aportar una visión global de la época y el mundo que retrata, pero que queda algo devaluada por una perspectiva ideológica más bien poco equilibrada.

lunes, 15 de enero de 2018

Marcel Proust & Jacques Rivière: Correspondencia 1914-1922

Idioma original: Francés
Título original: Correspondance 1914-1922
Traducción: Juan de Sola
Año de publicación: 2017
Valoración: Hombre, por favor. La duda ofende

Marcel Proust escribió a lo largo de su vida unas 100.000 cartas. Al menos, eso dice Philip Kolb, que estima que las 5.000 que él recopiló para la edición de su monumental Correspondance son solo la vigésima parte del total. ¡100.000 cartas! ¡Y eso que él mismo se declaró, en una carta enviada a Jacques Rivière en noviembre de 1919, "ateo de la amistad"!

Aquí "únicamente" se reúnen 201 cartas; 199 enviadas por Proust a Rivière o viceversa, una de Celeste Albaret (criada de Proust) y otra de Reynaldo Hahn, en la que comunica a Rivière el fallecimiento del escritor.

Pero, ¿quién fue y qué importancia tuvo Jacques Rivière en la vida de Marcel Proust?

Para responder a estas cuestiones es necesario que antes hablemos de la "Nouvelle Revue Francaise" (NRF). La NRF, fundada en 1908 por un importante grupo de escritores franceses entre los que destacaba André Gide, fue una revista literaria y editorial clave en las letras francesas de la primera mitad del siglo XX. Aquí entra en juego Jacques Rivière. Colaborador de la NRF desde 1910 y director de la revista entre 1919 y 1925, fue el principal responsable de que Proust publicara casi la totalidad de la Recherche en las Ediciones de la NRF, hasta el punto de que uno duda de qué hubiera sido de la obra de Proust sin Rivière. De hecho, la NRF rechazó (genial, André Gide, genial) en 1912 y 1913 publicar su primer tomo ("Por el camino de Swann") y hubo de ser el propio Proust quien sufragara de su bolsillo los gastos de la edición. Afortunadamente, la aparición de Rivière, y su deslumbramiento ante la obra de Proust permitió que esta no cayera en el olvido. Así que la importancia de Rivière es capital.

Por todo esto, podemos decir que la correspondencia entre Proust y Rivière posee un triple valor: como "objeto de culto", documental e histórico.

Empiezo por el lado friki. Es mitomanía pura y dura, lo sé, pero me encantaría ver esas cartas, poder palpar su papel amarilleado por los años, ver la escritura, que imagino intrincada y caótica, de Proust, ver la letra de Rivière, etc. Imagino que los proustianos del mundo compartirán esta opinión.

Quitando el componente absolutamente subjetivo de este primer valor, es innegable el valor documental, tanto a nivel profesional como personal, de la correspondencia. El aspecto profesional es más marcado en las cartas de los primeros años (1914 y 1919, fundamentalmente (la correspondencia se vio interrumpida por la llamada a filas de Rivière en la PGM)). Y es que no dejan de ser las cartas entre un escritor y su editor y tratan sobre temas como los anticipos a publicar en la NRF, las galeradas, pruebas, correcciones y publicación de "A la sombra de las muchachas en flor" y del resto de tomos, el premio Goncourt, las tensiones con Gallimard, etc. Pese a lo que podría parecer, me han resultado de lo más entretenidas: las múltiples correcciones, pruebas, problemas con impresores, suspicacias, el puntillismo de Proust a la hora de elegir los fragmentos a publicar, los intentos de uno y otro de convencerse mutuamente... dan una idea clara del proceso de publicación de la obra proustiana. Una vez que la confianza mutua aumenta, lo profesional pierde peso frente a lo personal. La relación de amistad se va afianzando  y en la correspondencia se aúnan aspectos profesionales y personales. Junto a los temas anteriores y a otros propios de la relación escritor - editor, encontramos referencias a los múltiples problemas de salud de ambos, consejos de Proust al Rivière escritor o al Rivière director de la NRF, confesiones personales, recomendaciones literarias, la rendida admiración de Rivière por la obra de Proust y de Proust por la labor de Rivière, etc. Sirvan como ejemplo estos extractos:
13/10/1921. J. Rivière a M. Proust: "Ahora mismo eres el autor, el creador de una sociedad al menos tan completa y compleja como la de la Comedia Humana. ... Tienes a la vez las dotes del pintor y las del analista... No sé de nadie en quien estas dos cualidades se hayan encontrado nunca aliadas...
08/06/1922 J. Rivière a M. Proust: "¿Por qué has perdido la esperanza de acabar tu obra? Yo estoy convencido de que la terminarás. Es tan grande la necesidad que tenemos todos que no puede quedar insatisfecha. ¿Sí, es misticismo si quieres! Pero del bueno
Indudable es, por último, el valor histórico de esta correspondencia. Las cartas son un testimonio perfecto del funcionamiento del mundillo editorial de la época (que no imagino demasiado diferente al actual), con sus presiones e intrigas, sus tejemanejes en los premios literarios, sus rencillas, afinidades o celos debidas a éste o aquel artículo, amores y odios enconados, etc. En algún momento, más por desconocimiento mío de las personas citadas que por otra cosa, pueden resultar algo complicadas de seguir; aun así, son también sumamente interesantes.

En definitiva, un libro indispensable para aquellos que hayan disfrutado de "En busca del tiempo perdido" y altamente recomendable para interesados en el "backstage" del mundo editorial. 

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Todo  "En busca del tiempo perdido" + bonus track AQUÍ

Otra cosa, antes de que se me olvide (que todo hay que decirlo): Magnífica edición por parte de La Uña Rota y estupendo prólogo de Juan de Sola. Un lujo

lunes, 29 de octubre de 2012

Maria Van Rysselberghe: Hace cuarenta años

Idioma original: francés
Título original: Il y a quarante ans
Año de publicación: 1936
Valoración: imprescindible

No recuerdo cuándo valoré un libro con un "imprescindible" por última vez. Desde luego, esta será la primera que lo haga con una obra alejada del canon de textos clásicos habituales y de autores sobradamente reseñados en este mismo blog. Pero cuando una novela te cala de la manera en que estas apenas 70 páginas, escritas hace, buf, tantísimos años, lo han hecho conmigo, no puedo sino entregarme a la evidencia. No exagero un ápice si digo que lo he leído tres veces seguidas y que me está costando acercarme a otras lecturas. Tan bueno como para denunciar a Errata Naturae por daños.

Esta es la historia real de un amor inesperado, demoledor, imposible. "Es como morirse", dicen los protagonistas. Maria Van Rysselberghe, esposa del pintor Theo Van Rysselberghe y amiga íntima de André Gide, nos relata el mes que vivió con Émile Verhaeren, amigo de su marido y también casado. Es, por tanto, la historia de un infidelidad a dos bandas. Escrita en primera persona, los nombres de los protagonistas no son sus nombres verdaderos. El título encuentra su explicación en la nota final de la autora, terminado el texto:

Puesto que solo yo sobrevivo; puesto que, después de tantos años, mis recuerdos pueden ver la luz sin herir ya a nadie a mi alrededor, te los regalo, querida sombra. Es lo más hermoso que he cosechado para regalarte, y la sed que me dejaste sigue siendo tuya.

Con esta belleza nos traduce Regina López Muñoz la voz de Maria, en esta edición. Maria y Hubert (el nombre ficticio con que ella se refiere a él) comparten apenas cuatro semanas en una casa cerca del mar, que es, también, protagonista indiscutible de esta historia. La casita de la duna. Aislados del mundo y separados de sus parejas por determinadas circunstancias, vivirán primero en tanto que amigos con la debida cortesía que se espera de ellos, hasta que la realidad va imponiéndose como las estaciones, sin medida, arrastrándolos a una pasión cegadora, contra la que nada pueden hacer salvo dejarse llevar.

Escribe Maria con una sensibilidad extraordinaria, pero también con una sobrada inteligencia que se revela en la combinación de los silencios, en las frases que deja colgando al final del párrafo, en las agudas reflexiones sobre el amor y el dolor que no puede callarse. Es intensa y es lírica, y aunque la distancia sea de cuarenta años su memoria nos evoca olores, sabores y sonidos, tal es su capacidad de conectar con aquellos acontecimientos, con aquel amor lejano. Uno sale de este libro con la sensación de no haber respirado durante la lectura. A mí todavía me falta el aire.

viernes, 6 de enero de 2017

Marcel Schwob: Vidas imaginarias

Idioma original: francés
Título original: Vies imaginaires
Año de publicación: 1896
Traducción: Olga Novo Presa
Valoración: muy recomendable

Dice un refrán español (un poco servil pero certero) que "algo tendrá el agua cuando la bendicen"; es decir, que cuando todo el mundo exalta la bondad de algo, por fuerza tiene que ser bueno. Ya, vale, no entremos en honduras... el caso es que todo lo que yo había hasta ahora sobre Marcel Schwob eran elogios. Empezando, como parece inevitable recordar, por la admiración que Borges sentía por su obra y puede que hasta por su figura -de hecho, Mayer André Marcel Schwob bien podría haber sido un personaje borgiano, por sí mismo-; también se dice que influyó en Gide, Faulkner y hasta Bolaño, además de ser amigo epistolar de R. L. Stevenson (parece que viajó hasta Samoa sólo para ver su tumba... y una vez allí, se dio media vuelta de inmediato) y haber conocido en su infancia a Jules Verne, que era amigo de su padre, un editor judío afincado en Nantes. Ahí es nada...

La característica principal de estas Vidas imaginarias es que no son imaginarias... al menos en un principio. Lo que hace Schwob es una serie de semblanzas de distintos personajes históricos más o menos conocidos: en algunos casos son ya célebres, como el filósofo Empédocles (paisano de Camilleri), el poeta Lucrecio o el pintor Uccello; en otros, son personajes secundarios o incluso marginales, que podemos encontrar en las biografías de otros más ilustres, como Loyseleur, el indigno juez que condenó a Juana de Arco o Gabriel Spenser, actor isabelino muerto a manos de Ben Johnson. El único personaje del que podemos tener la -casi- certeza de que no existió de verdad es Sufrah, el geomántico del cuento de Aladino. Las diferentes Vidas, además de estar dispuestas en orden cronológico, se van enlazando de forma a veces evidente y otras no tanto, dando como resultado una suerte de escalera que va descendiendo desde Empédocles, supuesto dios al escalón más bajo: Señores Burke y Hare, asesinos. Entre medias, un ramillete de joyas pirómanos reales o figurados -como el rencoroso poeta Angiolieri, autor de los inmortales versos: "Si yo fuera el fuego/ incendiaría el mundo"- prostitutas, herejes -el Fray Dolcino del que se habla en El nombre de la rosa-, ladrones, piratas varios, como el famoso capitán Kid... También otros personajes menos siniestros, como la célebre princesa Pocahontas, aunque éstos son los menos... de hecho, no es de extrañar que este libro fuera el modelo para la Historia universal de la infamia.

Lo que hace Schwob aquí es, con maestría y delicadeza ejemplares, conjeturar todo aquello que no conocemos de la vida de estos personajes, a partir de los datos que sí se conocen: el enamoramiento de la esclava hechicera Séptima, la pasión incestuosa de Clodia, la nostalgia por su niñez perdida de Katherine la Encajera, ramera... Incluso les regala un final alternativo al conocido por todos, como al satírico novelista Petronio. Les dota, a  la mayoría de ellos -incluso a los más infames-, de las tres dimensiones necesarias para dejar de ser simplemente unos nombres y unas líneas olvidados en algún libro, Los convierte, por arte de la palabra, en nuestros semejantes, incluso en nosotros mismos, en algún momento de nuestras vidas. Y de ahí el mérito y la fascinación que produce la obra de Schwob. 

¿Mis Vidas favoritas? Pues además de las ya mencionadas, quizás la del mayor Stede Bonnet, pirata por temperamento (y sin demasiada suerte como tal) o la del poeta trágico y maldito Ciryl Tourneur, "hijo de un dios desconocido y una prostituta". En realidad, todas son pequeñas maravillas, gemas narrativas que merece la pena conocer y atesorar, a la espera (vana, me temo) de que quizás algún día, alguien con el talento y la bonhomía de Marcel Schwob se digne a inmortalizarnos a nosotros o a nuestros fantasmas, de una forma tan sublime como ésta.

miércoles, 22 de julio de 2026

Sophie Demange: Las carniceras

Idioma original: francés

Título original: Les bouchères

Año de publicación: 2025

Traducción: Susana Prieto Mori

Valoración: se deja leer

Dos apuntes o avisos antes de comenzar la reseña en sí, para dejar las cosas claras:

1°- Voy a tratar de evitar todo espoiler sobre la trama de esta novela, pero me temo que va a ser difícil que algún lector o lectora avispado/a no adivine por donde va. No pasa nada, se puede leer el libro aún intuyendo o incluso sabiendo esta información, aunque, claro está , no es lo más idóneo. (*).

2°- ¿Me he decidido a leer esta novela atraído por su molona cubierta? Pues sí, no lo niego; ya sabéis de mi superficialidad al respecto. Aunque como dijo, no sé si Gide: "Lo más profundo de los hombres es su superficie"... Pues a veces con los libros pasa igual.

Dicho lo cual, vamos al lío... Las carniceras trata, cómo no, de unas carniceras; en concreto, Anne, que decide hacerse cargo del negocio familiar en la normanda ciudad de Ruán y para ello recluta, primero, a su compañera de formación Stacey y luego, como ayudadante, a la guineana Michèle, conformando todas ellas un trío de profesionales del despiece cárnico especialmente seductor, dentro de una profesión en general detentada por hombres (al menos en Francia, al parecer). Además, redecoran y actualizan la carnicería heredada del padre de Ann para convertirla en un local encantador, por no decir cuqui e incluso trendy, hipster o como se denomine ahora el pijerío Bobo (Bourgeois-bohème, no hablo de ningún ex-presidente del Gobierno español). La iniciativa parece ir sobre ruedas... excepto que ambas tres han sido o son víctimas de algún tipo de abuso, violencia o discriminación por parte de los hombres y esa circunstancia acaba revertiendo a sus vidas. Claro que dichos hombres no cuentan con sus destrezas en el manejo de la cuchillería utilizada en su oficio y hasta ahí puedo leer...digo, contar.

¿Qué me ha parecido Las carniceras? Pues permitidme desarrollar mis puntos de vista usando el que podríamos denominas "Método Patentado Oriol de Elaboración de Reseñas". Es deir, por una parte, veamos los aspectos positivos o que me han gustado de esta novela:

  1. la inevitable simpatía que , desde un principio, suscitan las protagonistas. Simpatía que se siente hacia ellaas a pesar de que ciertos comportamientos que llevan a cabo no son los más correctos desde diferentes puntos de vista... desde el puramente legal al ético, pasando por la seguridad alimentaria.
  2. Una recreación de la vida  diaria de un barrio tradicional francés tirando a gentrificado bastante amena y hasta divertida (por continuar con las referencias francófilas, aunque sean cinematográficas, recuerda a algunos pasajes de las películas de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, Amélie e incluso Delicatessen).
  3. Ciertos pasajes del libro, sobre todo cuando se trata de descripciones de paisajes o de las actividades propias del oficio de las protagonistas, que destacan literariamente sobre un estilo general más tendente a la eficacia narrativa que a la floritura y no digamos ya, la brillantez.
Lo que no me ha gustado (o mucho menos) de esta novela:
  1. Que el estilo, precisamente, tienda más hacia la eficacia que a buscar una mayor calidad literaria -pese a que, ya digo que de vez en cuando esa posibilidad se vislumbra y resulta una verdadera pena que su autora no ahonde en ese sentido (cierto es que ésta es su primera novela, así que démosle algo más de tiempo para desarrollarse como escritora).
  2. Las oportunas elipsis que hace de determinados episodios de violencia. Es decir, ciertos episodios, según quienes sean la víctima y el agresor y la naturaleza de esa agresión nos las cuenta con más detenimientos que otros momentos, más sangrientos, por los que pasa con discrección y hasta asepsia.
  3. En general, el maniqueísmo que denota toda la obra y que la convierte, en cierto modo, en una "novela de tesis". Entiénd aseme: nadie (y yo tampoco, claro) siente simpatía por los acosadores sexuales, los violadores y los agresores de ningún tipo. Y el trasfondo general de la novela me parecede perlas: unas mujeres que se empoderan a través del ejercicio de un oficio tradicionalmente masculino y se enfrentan a los hombres que las causan algún mal -aunque not all men, como se encarga la propia novela de dejarnos clarinete- ; pero claro, eso es una cosa y otra es converetir a las protagonistas en adalides del empoderamiento femenino, sin tener en cuenta según qué comportamientos... Tampoco consideramos a Ed Gein o Jeffrey Dahmer (o Hannibal Lecter, por no salirnos del terreno de la ficción) como modelos de una actitud adecuada para sobreponerse a los problemas de salud mental... y, de nuevo, hasta aquí puedo contar. 
Sí, ya sé que habrá quien, dada mi condición de señoro heteropatriarcal (y cada vez más viejuno, me temo), cuestione mi opinión sobre este tema o incluso que yo tenga derecho a tener alguna. Pues bien, he de decir que, a pesar de mi condición de señoro, etc. no sólo no tengo ningún problema con las reivindicaciones feministas, multirraciales y LGTBIQA+ friendly de que hace gala esta novela (casi un festival de esa palabra que empieza por W- y que tanto pone de los nervios a nuestros queridos Albertolmos, Sotivars y a buena parte de los influencers huidos a Andorra para pagar menos impuestos), sino que me parece incluso de perlas para contrarrestar un poco la sobredosis de facherío a la que estamos sometidos, en los últimos tiempos. Ahora bien, si se hace, que se haga con un poco de rigor y criterio, y no montando una peli, no ya de buenos y malos, sino de que el fin justifica todos los medios. Porque, mes chérs amis, yo tampoco es que sea muy remilgado -de hecho, ya digo que me hubiera gustado más detallismo en determinadas escenas que podemos denominar, sin duda alguna, como escabrosas-, pero lo que no se puede hacer, insisto, es ocultar ciertos hechos mientras se resaltan otros. El maniqueísmo, insisto de nuevo, no funciona como fórmula narrativa. A no ser que se trate de El Señor de los Anillos, obviamente, que no es el caso.

(*) No sé hasta qué punto he superado este escollo o en la reseña se deja entrever, quizá demasiado, por dónde van los tiros en esta novela (metafóricos, se entiende, que aquí tiros no hay... Sólo faltaba eso). Mis disculpas si es así.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Stendhal: Rojo y negro


Título original: Le Rouge et le Noir
Idioma original: francés
Fecha de publicación: 1830
Valoración: Muy recomendable

Siete razones para no reseñar Rojo y negro, por un vago llamado Ian Grecco:

1-Es que lo leí hace mucho, mucho tiempo, cuando apenas era un adolescente, venciendo así la terrible oleada de pereza que me invadía cada vez que cogía entre mis manos la edición que andaba por casa. Se trataba de un ejemplar del año de la polca, adquirido en una tienda de segunda mano, grueso, polvoriento, con letra enana y la jeta de un tipo con cara de interesante en la portada, seguramente, un personaje sacado de algún cuadro famoso y "recortado" para la ocasión por el diseñador de turno. Rojo y negro, decían unas austeras y regias letras colocadas encima de la cara de aquel hombre con gesto duro, casi de perfil, y portador de cabellos y ropas negras. Parecía un cura joven pero ya muy quemado por la existencia. Y en la contraportada, flotaba una ausencia total de sinopsis o buenas palabras sobre la obra. Pereza, pereza, pereza...Pero lo acabé leyendo. "Te van a devorar los ácaros", me advirtió mi buena madre. Y aunque me encantó y puedo contar de qué trata, sucede lo que he dicho en la primera línea: que hace demasiado que lo leí como para poder reseñarlo dignamente.

2-Si reseño este libro, tengo que hablar inevitablemente de su final, porque Stendhal se basó en un suceso similar para escribirlo. Y los cazadores de spoilers de ULAD pedirán mi cabeza...

3-Me iría demasiado por las ramas aludiendo a las similitudes entre Stendhal (llamado en realidad Henri Beyle) y Julien Sorel, su criatura, un joven de origen humilde que quiere trepar en la escala social cueste lo que cueste, y que se debate entre dos opciones: la de decantarse por el romanticismo del buen soldado que quiere defender a su patria (uniformado de Rojo), o la de entregarse a Dios y a su servidumbre (vestido pulcramente de Negro).

4- Es un rollo explicar el contexto histórico, político y social de la obra, la época de la Restauración borbónica, y explicar por qué Julien Sorel, pese a ser fan de Napoleón hasta la médula, oculta sus verdaderos ideales para caer bien en el medio en el que quiere medrar.

5- Si hablo de las dos mujeres a las que Julien Sorel seduce, los hunters of spoilers pedirán para mí, una vez más, la guillotina cibernética. Ellas son una mujer madura y su propia hija, esposa y retoña respectivamente del hombre para el que Sorel entra a trabajar, pero sólo una de las dos (no, no diré quién) es la que verdaderamente le roba el corazón a nuestro protagonista y la que le llevará a la perdición...

6-Debería, por propia debilidad personal (adoro hablar de "síndromes" con nombres sugerentes), explicar de qué va el síndrome de Stendhal, y por qué se le llama así, desviándome de la obra a tratar...Pero si hacen memoria, no hace mucho, en un anuncio de coches, se me adelantaron; en él contaban cómo Stendhal entró en una catedral en Florencia, y que la construcción le pareció tan hermosa, que se le cortó la respiración, se le nubló la vista y casi le dio un pampurrio al buen hombre. El doctor le diagnosticó algo así como una sobredosis de belleza. El síndrome de Stendhal es eso, desde entonces...

7- En Internet ya existen varias reseñas sobre el libro, ¿las han visto? Aunque no sean muy buenas, son más concretas que la que yo pueda hacer, y explican que Rojo y negro es una maravilla para el estudio psicológico de los personajes, y que la galería de secundarios es impecable, y que la obra se divide en dos libros, y que escritores como Tólstoi o Gide la tomaron como ejemplo...Vamos, que otros ya han hecho el trabajo.

Resumiendo: que no pienso escribir un reseña sobre Rojo y negro. Ya lo siento...