martes, 7 de octubre de 2014

Wenguang Huang: El pequeño guardia rojo

Idioma original: inglés
Título original: The Little Red Guard. A Family Memoir
Año de publicación: 2012
Traducción: Juan Castilla Plaza
Valoración: muy recomendable

La casualidad, y no el feng shui, reordena mi estricta lista de lecturas de manera que leo a Wenguang Huang, escritor chino que escribe en inglés, a continuación de Tao Lin, de nacionalidad USA y estrella de internet. Y lo poco que tienen que ver el uno con el otro. Bueno, ¿por qué habrían de tener algo que ver? esa mentalidad nuestra tan arraigada que nos impide discernirlos de sus sacrificadas vidas tras mostradores de bazares y barras de bares de toda la vida que parecen capaces de prescindir de una persiana que bajar. Sí, señores, estamos cargados de preconcepciones y China es un enorme e inabarcable país cuyo misterio preferimos no desentrañar, o, mejor dicho, nos resulta mucho más cómodo.
El pequeño guardia rojo es una fascinante narración autobiográfica de un autor de esos que, generacionalmente, ha quedado a caballo entre la China de línea dura, la de Mao y su sangrienta revolución cultural, y la de hoy, entregada de forma manifiesta al capitalismo y con la quinta marcha puesta para seguir siendo la fábrica del mundo.
Wenguang Huang nos habla de la historia de su familia, una familia cuyo peso acarrea Padre (solo una vez se mencionará su nombre real) que, como único pariente varón vivo, asume la responsabilidad de seguir con la tradición secular de hacerse cargo, con un enorme plazo de previsión, de todo lo concerniente a la muerte de Abuela. Una cuestión que recorre toda la narración, de forma tragicómica. ¿O no lo es, que el Wenguang niño se vea obligado a dormir al lado del ataúd, preparado para el momento? Debido al férreo control político y a las estrictas condiciones encaminadas a erradicar toda tradición que se considere contrarrevolucionaria, la vida de Padre, que intenta mantener el equilibrio entre sus obligaciones familiares y sus obligaciones con el Partido.
Una narración a ratos triste y sórdida, casi opresiva ante la certeza de que lo que cuenta el autor no se ha exagerado en lo más mínimo. Depuración, delaciones, miseria, choque mal resuelto de mentalidades, una crueldad que se blande en nombre de la igualdad y que, a veces, nos incomoda. Pues tan justo es equilibrar el reparto de la riqueza como incómodo respaldar que este reparto se haga a base de incautaciones y represalias indiscriminadas. Si es que no sabemos lo que queremos. La crueldad del maoísmo, decisión tras decisión encaminada a erradicar burguesía, capitalismo, especulación, sentido de lo privado, aquí se manifiesta de formas variadas. No nos gusta un pelo. No le vemos grandes diferencias con el otro extremo. Como en todos lados. Una jerarquía beneficiada y ajena a las penurias que atraviesa la mayoría. Un control de la información, un sesgo constante de las evidencias que caen por su peso y no convienen a la finalidad común. Y la apertura que ya conocemos, una apertura más hacia la cartera que hacia el corazón  de Occidente.
Mucho más que un ejercicio de exotismo perfectamente escrito, más bien una guía que nos permite asomarnos, un poco, a la mentalidad de prácticamente uno de cada cinco habitantes que nos acompañan en en este planeta.

lunes, 6 de octubre de 2014

David Mitchell: Black Swan Green

Idioma original: inglés
Título original: Black Swan Green
Año de publicación: 2006
Valoración: recomendable

Jason Taylor, poeta aficionado, tiene trece años y vive en Black Swan Green, una pequeña localidad inglesa en la que, curiosamente, no hay cisnes. Jason es un chaval normal, pero últimamente no le va nada bien. Su hermana mayor (quien no es precisamente su mayor aliada) abandonará a la familia pronto para ir a la universidad, el conflicto de las Malvinas está cambiando todo lo que hasta ahora creía saber sobre su país y sobre el mundo en el que vive, sus padres han iniciado una guerra que parece que va a terminar en divorcio, un extraño grupo de gitanos ha llegado al pueblo (lo cual origina reacciones encontradas entre la población) y, por si fuera poco, es el blanco preferido de los matones del colegio.

Con este no-demasiado-divertido panorama como punto de partida, David Mitchell nos muestra los trece meses durante los cuales nuestro protagonista pasará de la infancia a la adolescencia mientras todo a su alrededor parece desmoronarse y amenazar con llevárselo por delante, construyendo una Bildungsroman cuyo estilo y temática difieren en gran medida de los libros anteriores del autor.

En Black Swan Green no nos encontramos reminiscencias de literatura fantástica ni de ciencia-ficción, sino una historia realista en la que hay que reconocer a Mitchell su talento a la hora de describir escenas cargadas de tensión. El tiempo que Jason sufre el acoso de sus compañeros o el que pasa con sus padres y su hermana, especialmente, son momentos que, a pesar de su gran carga dramática (y de estar narrados en primera persona), el autor sabe describir de manera que resultan verosímiles, sin dejar lugar al sentimentalismo o al victimismo.

En esta obra nos encontramos, por tanto, a un adolescente que está tan perdido como cualquier otro, pero que, a pesar de que sabe que carece de un carisma o una inteligencia o un encanto superior al resto de sus compañeros, no convierte sus problemas en el único motor de su vida. Sus conversaciones sobre literatura con alguien que conocerán los que hayan leído El atlas de las nubes y sus intentos por comprender el momento histórico, familiar y social que le ha tocado vivir harán que se concentre más en tomar ciertas decisiones que no pueden esperar a perder tiempo compadeciéndose de sí mismo.

Black Swan Green, por tanto, es una historia que puede gustar tanto a aquellos a los que les gusta la obra de Mitchell, así como a aquellos que no difrutaron sus anteriores libros, pues en este caso el autor no sólo ha dejado de seguir una línea a la que nos tenía acostumbrados, sino que, además, ha pasado la prueba con muy buena nota.


También de David Mitchell en ULAD: Escritos fantasma, El atlas de las nubes

domingo, 5 de octubre de 2014

Arkadi y Borís Strugatski: Picnic junto al camino

Idioma original: ruso
Título original: Пикник на обочине - Picnic na obóchine
Año de publicación: 1972
Valoración: Muy recomendable

A lo mejor Picnic junto al camino o Picnic extraterrestre (títulos alternativos para la misma novela) no dicen mucho a quienes no sean especialmente aficionados a la ciencia ficción; en cambio, si digo Stalker habrá algunos, más aficionados al cine, que piensen en la película de Tarkovsky de 1972; y si digo S.T.A.L.K.E.R., los aficionados a los videojuegos reconocerán la serie de juegos de acción en primera persona situados en Chernobyl. En realidad, todas estas obras se deben, con mayor o menor grado de fidelidad, a la imaginación de los hermanos Strugatski.

En el mundo de Picnic junto al camino, la humanidad ha recibido la visita de los extraterrestres, que han dejado a su paso seis "zonas" en las que se producen fenómenos físicos extraños, a menudo fatales para los humanos, y donde aparecen misteriosos artefactos de una tecnología avanzadísima pero de uso muchas veces incomprensible. Alrededor de estas zonas y de estos misteriosos (y valiosos) objetos se organiza una lucha silenciosa entre el ejército y el gobierno, que quieren controlarlas y estudiarlas, y los "merodeadores" o stalkers, que quieren hacerse con esos objetos para venderlos en el mercado negro. La novela se centra en uno de estos merodeadores, Red Schuhart, que mantiene una doble vida: trabajador de un laboratorio dedicado al estudio de la Zona por el día, y ladrón de objetos extraterrestres por la noche.

Los hermanos Strugatski consiguen crear un ambiente opresivo, no solo dentro de la Zona (donde la muerte es una posibilidad constante incluso para los merodeadores más experimentados) sino también fuera de ella, con la persecución constante de la policía y el ejército a los merodeadores y a los demás habitantes de Harmont. Un acierto de la novela, a mi parecer, es su carácter ambiguo, tanto en relación con las visitas de los extraterrestres (no se sabe si la creación de las zonas fue un acto deliberado o un efecto secundario inesperado y por lo tanto inintencionado), como en su final abierto, de múltiples lecturas posibles. La novela, un poco a la manera de Stanislaw Lem, incluye reflexiones sobre las limitaciones de la razón humana, el conocimiento científico y la posible relación con otras inteligencias diferentes (es imposible, por ejemplo, no pensar en Solaris a este respecto).

Picnic junto al camino es un clásico de culto, podríamos decir, en la historia de la ciencia ficción soviética; digamos por cierto, como curiosidad final, que la obra fue censurada en la Unión Soviética: se prohibió su aparición como libro hasta 1980, y todavía entonces se publicó en versiones recortadas. Solo en 1990 pudo ver la luz la versión completa original.

sábado, 4 de octubre de 2014

Jonathan Franzen: Zona Fría

Idioma original: inglés
Título original: The Discomfort Zone
Año de publicación: 2008
Traducción: Jaime Zulaika
Valoración: recomendable para completistas

Desesperante que, de mis cinco escritores favoritos, los dos que continúen vivos sean tan poco prolíficos. Obligando a ese ejercicio de expectación rellenado con relecturas y completismo. Con Franzen, por ejemplo, adaptado al ritmo de publicación de sus novelas, faltan como unos cinco años para que podamos echarnos al gaznate la que siga a Libertad. Demasiado tiempo. Conscientes de que su hábitat natural es la creación de esas intrincadas marañas de relaciones familiares que van allá en el tiempo e incluyen evolución ideológica, progresión en el peso social, divorcios y relaciones éticamente reprobables, esperamos eso por el tiempo que haga falta.
Pero nos tiramos encima de cualquier cosa que lleve su firma.
No sé, creo que no, si es el propio Franzen el niño de la portada. Sé que el subtítulo "Una historia personal" ya define el contenido y sé que seguramente echaré otra vez de menos ese plus de genialidad. Pero me tiro encima.
Franzen en el proceso de venta de la casa que fue de sus padres. Despreocupado del aspecto económico y del aspecto administrativo. Coqueteando con atractivas vendedoras y tomando decisiones catastróficas con el periscopio de su bragueta. Ay. Escritor pero varón en sus 40, escritor pero débil ante la tentación de la carne. Luego habla de su convivencia una vez alcanzada cierta madurez, evoca sus tiempos de boy-scout, su fría relación paterna, su desastroso matrimonio. Pero seamos sinceros: la vida del escritor no es la de Hemingway, Orwell o Limónov. Es un escritor norteamericano de clase media, adorado por la crítica y que de vez en cuando escribe artículos y da conferencias.
Y Franzen lo cuenta exactamente con el mismo estilo eficaz y atractivo de sus novelas. Un estilo que siempre nos va a parecer que es, casi, coloquial: como si estuviera ante ti hablando, pero editando silencios, toses y muletillas. Un estilo, por cierto, que debe ser impostado: o es un vago de los que va al editor con algo que ha escrito en el último mes antes de expirar un plazo, o se pasa la mayoría de los años entre novela y novela escribiendo apenas unas decenas de líneas al día. Pero un estilo que encuentra su verdadero encaje cuando Franzen teje sus historias de ficción. Su estilo como ensayista mejora mucho posteriormente en, por ejemplo, Mas afuera, pero en esta Zona fría el lector, y sabed que hasta yo considero estar perpetrando un sacrilegio, se halla ante una narración que no acaba de situar todos sus poderosos ganchos, que adolece demasiado en intentar suscitar interés de hechos personales que forman parte, casi, de lo cotidiano. Y no es un intento patético, sino natural, pero eso mismo aleja estos relatos de ser especialmente memorables. De hecho, quien se acercara a Franzen por estas lecturas no se vería demasiado empujado a probar con sus novelas; y eso sí sería realmente una gran pérdida.

También de Jonathan Franzen en ULAD: Aquí

viernes, 3 de octubre de 2014

John Godey: Pelham Uno Dos Tres

Idioma original: inglés
Título original: The taking of Pelham One Two Three
Año de publicación: 1973
Traductor: I. Ferrer Aleu
Valoración:  recomendable

Posiblemente el título de esta novela les sonará a muchos/as porque es el de una película casi mítica del cine negro norteamericano de los años 70 (mítica sería La noche se mueve; clásicas, la saga de El Padrino). Pero antes que la película, como ocurre a menudo, hubo un libro, una novela cuyo éxito inmediato propició que fuera llevada al cine, aunque hoy en día tanto este título como su autor hayan caído en el olvido general (por fortuna, no ha ocurrido así con la versión cinematográfica, que incluso ha conocido un par de remakes, como serie y como película, hace no muchos años). La novela fue escrita por el neoyorquino Morton Freedgood, que firmaba como John Godey, y el argumento, para quien no lo conozca, es el siguiente: un grupo de maleantes secuestra un vagón de Metro en pleno Manhattan (del tren que ha salido de Pelham Bay a la una y veintitrés: de ahí su apelativo) y exigen un millón de dólares -ojo: de los de 1973- como rescate para liberar a los rehenes.

Tal suceso hace de detonante de todo un tráfago de reacciones y una actividad febril, no  ya  en el interior del vagón secuestrado, sino también en la Jefatura de Tráfico,  la de la Policía,  la Oficina del alcalde, los medios de comunicación, la calle... Utilizando con eficaz agilidad una estructura coral, Godey consigue ofrecernos una estupenda panorámica de la sociedad de su tiempo -al menos, la americana o la neoyorquina- y de los asuntos que la inquietaban, aunque quizás hoy nos resulten algo desfasados (o no tanto): la guerra de Vietnam, la inseguridad ciudadana,  las tensiones raciales,  las revueltas políticas... Incluso la propia banda de secuestradores está hábilmente formada por caracteres contrapuestos, de manera que contribuyan aún más al juego narrativo: el frío ex-mercenario, el bruto silencioso, el cobarde inteligente y el chulo rebelde, tan indisciplinado  que había sido expulsado incluso de la Mafia... (a los cinéfilos quizá les interese saber que los secuestradores no se dirigen entre ellos llamándose "Mr. Green", "Mr. Brown" o "Mr. Grey", como en la película; éste es un feliz hallazgo de guión, "homenajeado" después por Tarantino).

Una novela policíaca, en cualquier caso, magistralmente escrita. Y sazonada en todo momento con un humor socarrón, a veces lleno de acidez -hasta bordear el cinismo-, que no vacila en apuntar hacia la propia ciudad y sus habitantes (un tipo de humor, pues, muy neoyorquino,  según se dice). Lo que no impide que,  al mismo tiempo, la novela sea un homenaje de su autor hacia esa misma ciudad y esos habitantes. Una novela,  además,  que guarda el sabor de cuando los best-sellers los firmaban Frederick Forsyth, Lapierre & Collins... o el gran John Le Carré (toda una literatura a reivindicar, 40 años después). Una novela que demuestra que la comercialidad no tiene por qué estar reñida con la calidad y el disfrute de la buena literatura. La verdad, ya podía aprender más de uno...

Como nota curiosa, mencionaré que, durante años, el servicio de ferrocarriles metropolitanos de Nueva York retiró el tren que salía de Pelham Bay a las 13:23, para evitar el peligro de imitadores, más o menos locuelos, supongo. E incluso cuando se restableció el horario, muchos conductores se negaban a llevar ese tren. En este caso, la ficción superó a la realidad (y sí: lo he leído en la Wikipedia... ejem).

jueves, 2 de octubre de 2014

José Saramago: Alabardas

Idioma original: portugués
Título original: Alabardas, alabardas, Espingardas, espingardas
Año de publicación: 2014
Valoración: recomendable como objeto de culto

Viviendo en Lisboa, dedicándome a la literatura y siendo un admirador de Saramago como figura pública y como escritor (sobre todo, debo confesarlo, de sus primeras obras), era casi obligatorio que me comprase Alabardas (en el original el título completo es Alabardas, alabardas, Espingardas, espingardas, que es un verso de una obra de teatro de Gil Vicente). Y mi conclusión después de leerlo (se lee en dos tardes) es que estamos más ante un objeto de culto que ante una obra literaria: Alabardas, tal y como se nos presenta -y probablemente no se nos podía presentar de otra forma- es un homenaje de los amigos de Saramago a la memoria del escritor, antes que la novela que podría haber llegado a ser si Saramago hubiera tenido el tiempo y las fuerzas para terminarla.

Porque el volumen Alabardas contiene, efectivamente, los tres primeros capítulos de la novela inacabada de Saramago (traducidos, en la edición española, por su viuda Pilar del Río), a la que se añaden unas notas del escritor en relación con la redacción de la novela; unas ilustraciones de Günter Grass que aunque no se relacionan de una forma muy evidente con el texto, contribuyen a realzarlo; y además otros dos textos de Fernando Gómez Aguilera (que se limita prácticamente a glosar las notas del propio Saramago), y de Roberto Saviano, que hace una elocuente defensa de la honestidad ética, aplicable y necesaria tanto para los escritores como para cualquier otra profesión.

Ese es (o podría haber llegado a ser) uno de los temas centrales de la novela Alabardas: el protagonista, Artur Paz Semedo trabaja en una fábrica de armamento y está enamorado de su trabajo: de hecho, su único deseo es ascender en la empresa y llegar a ocuparse de la sección de armamento pesado. Esta pasión por las armas ha provocado su separación de su pacifista mujer Letícia, con la que sin embargo mantiene una buena relación. Todo su mundo cambia cuando descubre en una película de Malraux (L'Espoir, o Sierra de Teruel en español) que durante la Guerra Civil española hubo trabajadores de la industria armamentística que sabotearon los obuses destinados a bombardear España, en solidaridad con los soldados y obreros de la República.

A partir de este descubrimiento, y tomando en cuenta las notas del propio Saramago, se intuye cuál era el desarrollo que Saramago pretendía para la novela: Artur Paz Semedo se sumerge en el archivo de la empresa, donde descubre historias sobre su pasado que le hacen replantearse su vocación. Así comprende que existen siempre diferentes opciones y que cada persona realiza elecciones éticas fundamentales que repercuten en la vida de los demás. Eso habría llevado, según las notas de Saramago, a una reaproximación con Letícia, que se habría visto truncada cuando la empresa consigue volver a seducir a Artur y atraérselo al lado oscuro, ascendiéndolo a su soñada posición en el departamento de armas pesadas. La novela terminaría así con una nota negativa, con Letícia abandonando nuevamente a Artur y despidiéndose con un sonoro "Vete a la mierda" (que recuerda, inevitablemente, al "Mierda" con el que termina El coronel no tiene quien le escriba).

Pero todo esto son especulaciones sobre lo que podría haber llegado a ser, porque lo que tenemos son, efectivamente, tres capítulos no demasiado largos (veinte páginas de manuscrito, alargadas hasta ocupar 70 en el volumen publicado), que dan para percibir algunas de las intenciones del autor, pero no su desarrollo ni el nivel de profundidad al que habría podido llevar cada uno de estos temas. Así pues, Alabardas es un objeto de culto, un bonito libro preparado con evidente cuidado, un homenaje cariñoso que los amantes de Saramago sabrán apreciar; pero no es en sí mismo un texto literario completo, ni quizás deba considerarse como perteneciente al canon de la obra del Premio Nobel portugués.

Otros libros de José Saramago reseñados en ULAD: Caín, La caverna, El evangelio según Jesucristo, El hombre duplicado, El año de la muerte de Ricardo Reis, Ensayo sobre la ceguera

miércoles, 1 de octubre de 2014

Nickolas Butler: Canciones de amor a quemarropa

Idioma original: inglés
Título original: Gunshot Lovesongs
Año de publicación: 2014
Traducción: Marta Alcaraz
Valoración: muy recomendable

Que nadie se asuste: ésta no es otra de esas reseñas que, ante la indiferencia generalizada, me da por escribir sobre músicos y música. No va a unirse a los Byrne, Garnier, Sakamoto y compañía. No nos dejemos engañar por el título y la apariencia neo-grunge de la ilustración de la portada.

Hace muchos años leí, en una escéptica entrevista, una curiosa conclusión de entrevistador sobre entrevistado: no había nada mejor en el mundo que ser amigo de Enrique Iglesias: que pertenecer a la cohorte de acompañantes de algún famoso adinerado y de padecer los beneficios de su arrastrada vida sin disfrutar del agobio de la fama. Algo así pensé cuando vi a la cuadrilla que acompañaba a Neymar (recién fichado por el Barça, proliferaron fotos de sus acompañantes en un sonrojante posado) y también me vinieron a la memoria las ocho temporadas de la excelente serie de HBO Entourage.

Porque de amistades entre personas con destinos desiguales y de amor entre personas con orígenes comunes es de lo que habla Canciones de amor a quemarropa. Más que de música. Normalmente el que esto escribe saldría huyendo de un libro que proclame que habla de eso. Aviso. Pero también suelo dar más de una oportunidad a las lecturas. A algunas, demasiadas oportunidades. Pero éste no es el caso. Porque las primeras veinte páginas de esta novela ya permiten una cierta familiaridad con sus personajes, que no nos va a abandonar a lo largo de sus 330 páginas que, empecemos a definirnos, se nos van a hacer bastante cortas. En ellas, conoceremos, entre otros, a Henry y a Beth, feliz matrimonio residente en Little Wing, pequeña localidad agraria del estado de Wisconsin, cuna de sus personajes y, sobre todo, de Leland, o Lee, o Corvus, nombre artístico del músico de gran éxito planetario que intenta no olvidar sus orígenes o, mejor aún, intenta reivindicarlos ayudando, a veces desde el anonimato, al grupo de amigos que le ayudó antes de su salto a la fama. De ahí la cuestión de la amistad, preeminente aquí. Pues los conflictos naturales entre las personas vienen agudizados por la complicada coexistencia del éxito avasallador frente a la rutina del común de los mortales. El altruismo con que Lee actúa no siempre es comprendido o bien encajado. Entre los varones, causa por igual orgullo de contar con su amistad como un cierto temor hacia cómo ha afectado su éxito a su forma de ser. A partir de esas premisas, con la pequeña ciudad como escenario de entradas, estancias, y salidas, Butler teje una red de relaciones sincera, coherente y creíble. Y los prejuicios se desmoronan: como lectores, no nos queda otro remedio que contemplar sus actos y ser testigos de sus reflexiones. La sinceridad con que éstas se desarrollan, las buenas intenciones que sus actos albergan. Aquí quizás podríamos tildar un poquito al autor de barrer para casa, pues la vida en las ciudades no sale muy bien parada de la experiencia de los personajes. Pero es, en cualquier caso, mérito del autor, que lo percibamos de forma tan nítida, así como la velada crítica a una sociedad basada en el ensalzamiento de la fama y la vacuidad por encima del anonimato y el mérito del esfuerzo sordo y diario.

Aires de Franzen, sí, en ese desplazamiento del protagonismo de la narración, en esa duda tan corrosiva en según qué generaciones de estar haciendo lo correcto. También en cierta meticulosidad a la hora de cuadrar las distintas versiones (cosa que hace que el lector siga sintiéndose en casa). Estupenda ópera prima de un autor cuya edad se elude mencionar en la edición de Libros del Asteroide, pero cuya madurez como narrador es indiscutible, de esa dimensión que genera expectativas para el futuro.

Ya casi estamos en octubre, por cierto. Aún no habíamos empezado a especular con aquello tan sobado de los candidatos a libros del año, ¿no? Pues, aún jugando en ligas diferentes, pongan El jilguero y, a su lado, éste.

También de Nickolas Butler en ULAD: Canciones de amor a quemarropa (contrarreseña), El corazón de los hombres