viernes, 16 de junio de 2017

Gonzalo Torné: Años felices

Idioma: español
Año de publicación: 2017
Valoración: recomendable

Meditabundo y algo desconcertado me ha dejado esta novela, aunque no, por una vez, debido a la valoración que me merece, sino por las cambiantes impresiones que me ha ido causando la lectura de la misma. 

Me explico: el primer capítulo del libro, que abarca más de un tercio de toda su extensión me ha parecido, si no magnífico, más que notable; desde luego, interesante y sugestivo. En esta parte se nos presenta a los personajes y el meollo del argumento: en el Nueva York de los años 60, cuatro amigos, que conforman un grupo heterogéneo (y yo diría que improbable), conocen a un joven inmigrante catalán, al que por sus cualidades apodan de inmediato como "el príncipe". Se trata de Alfred Montsalvatge, vástago de la burguesía barcelonesa que ha huido a América para alejarse de su familia y su país y, sobre todo, para convertirse en poeta. Su presencia altera y condiciona las dinámicas establecidas entre los componentes del grupo, formado por el heredero de una fortuna wasp, dos hermosas hermanas de clase media -tirando a baja- y un chico judío de Queens, con veleidades místicas, aunque no judaicas, precisamente... 

Ya digo que esta primera parte la compone una narración no perfecta, pero sí bastante sugerente; en ella están, creo yo, los mejores pasajes de la novela y también los más divertidos, sobre todo los que se refieren a la muy "rothiana" familia de Kevin -quien dice Queens, dice Newark- o el toque Fitgerald que acompaña las vicisitudes del un tanto insoportable Harry. Estas influencias ya se han expuesto en otras críticas que han elogiado el libro, pero casi no se ha mencionado una que me parece evidente. ¿Nueva York? ¿Un heredero llamado Harry Osborn? ¿Una adorable joven pelirroja? ¿Una especie de superhéroe social que parece ocultar un misterio en su vida? Vamos... si sólo falta un cameo de Stan Lee... Y todo esto no lo he puesto en broma; la primera parte bien podría inspirar -o inspirarse en- las vicisitudes del pobre Peter Parker, con entrañables amigos susceptibles de convertirse en enemigos y seductoras amigas siempre a punto de convertirse en algo más que amigas... o dejar de serlo.

No quiero "espoilearle" la novela a nadie (perdón por el palabro), pero diré que, en mi opinión, a partir de aquí pierde bastante de su estado de gracia y se precipita a un previsible recuento del desencanto generacional (da igual de qué generación; de todas), con las consabidas pequeñas o grandes mezquindades, matrimonios, traiciones (las peores, las que se hacen a uno mismo), envidias y deslealtades. Vamos, lo de esperar en cualquier bildungsroman que en vez de la niñez, tome como punto de partida esos "años felices" de la primera juventud en el que aún nos podemos creer capaces de cualquier cosa, empezando por preservar la propia nobleza de espíritu. También he de decir que, tras esta pequeña decepción que me supuso el giro hacia senderos que me parecen  más trillados, los últimos dos capítulos -olvidé señalar que no todos los capítulos del libro tienen la misma extensión- representaron una sorpresa agradable, pues nos ofrecen un epílogo -en realidad, se puede considerar que dos diferentes, ya sean alternativos o complementarios-, que reconduce la narración y ayuda a cerrar el libro quizás no con el entusiasmo del principio, pero al menos con una moderada satisfacción.

(Quiero mencionar que también hay quien ha visto en esta historia una metáfora política sobre la Transición española... no seré yo quien niegue esa interpretación, pero tampoco me atrevo a ratificarla).

Esta estructura argumental un tanto elíptica, enlaza además con la manera de escribir de Torné, con un estilo elegante pero que tiende a lo indirecto, lo alambicado, incluso, aunque en esta su tercera novela ya no sea tan necesario como en la primera que publicó releer algún párrafo para enterarse bien de lo que pretende contar; en este libro el autor ha conseguido, salvo en algún momento, mantener a raya esta tendencia suya, sin dejarse arrastrar por ese retorcimiento narrativo. Hubiera sido deseable que también se hubiese mantenido alerta sobre la costumbre de acabar con oraciones interrogativas los muchos párrafos en los que nos desvela las reflexiones de los personajes; ese tono dubitativo no hace que se sienta más simpatía por ellos, sino incluso todo lo contrario... 

Aún así, quizás sea la de Torné una de las prosas más distinguidas y, por la evolución que parece llevar, prometedoras del panorama literario actual en español. Ello hace que no dude en recomendar la lectura de Años felices, aunque sólo fuera para saber si otros lectores experimentan los mismos cambios de impresión que yo. Y no sólo por eso, claro, pues la novela guarda otras muchas virtudes, imprevistas delicias que sin duda pueden encandilar a más de un lector. Compruebe usted mismo, cada uno de ustedes, si es el caso.

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