lunes, 1 de septiembre de 2014

J. Rodolfo Wilcock: La sinagoga de los iconoclastas

Idioma original: italiano
Título original: La sinagoga degli iconoclasti
Año de publicación: 1972
Traducción: Joaquín Jordá
Valoración: Recomendable con matices

De cabeza le trae a uno etiquetar obras como ésta. Si es que esto de las definiciones de género se vuelve contra uno, en libros como este, o como el formidable La literatura nazi en América, que solamente pueden encuadrarse en terrenos inhóspitos repletos de bastardía y mestizaje, con pies bien asentados en el humor, el engaño y la complicidad. Pero donde Bolaño se proyectaba hacia el futuro, con sus escritores ultras, Wilcock, curioso caso de escritor argentino publicando en italiano, se muestra pletórico en ambición y en imaginación al trazarnos esta treintena larga de semblanzas de personajes, todas ellas tan cercanas con el absurdo, muchas de ellas pertenecientes a esa Europa del rancio abolengo, ancladas a referencia reales, pero siempre concluyendo en medio del surrealismo y la parodia. Son personajes embarcados en situaciones, proyectos, condiciones tan particulares, unidos por la excentricidad, desafiando con ironía toda lógica de continuidad narrativa. Cuestión que es un enorme mérito del autor, que aporta una prosa con suficientes detalles cautivadores, aunque habrá quien se sienta disuadido por el alud, por el caudal imaginativo de unos textos que actúan sobre el lector, que en algunos casos perturban por detalles crueles, escatológicos, morbosos, y cuyo tono dominante consiste en subvertir algunas de esas supuestas verdades sobre las que se ha edificado la historia reciente.
Así, el esquema recurrente consiste en la presentación de personajes, muchos de ellos europeos, destacados por sus hitos y su sentido de la individualidad. Discutir la ley de la gravedad, la irreversibilidad del paso del tiempo, el progreso, la igualdad, con un tono irónico e irreverente al que podría recriminarse un cierto exceso (al servicio de lo narrativo) en lo intrincado de ciertas explicaciones que coquetean con cierta descabellada pseudo-ciencia.
Llegado el punto de acercarme a una conclusión, he de decir que no sé si muchos lectores buscan en un libro lo que se van a encontrar en La sinagoga de los iconoclastas. Quiero decir, habrá quien no soporte ni sus primeras líneas, quien devore hasta su última página y puede que con agrado diera cuenta de otro centenar más. Para un lector promedio (a ver el día que alguien valiente diga que se joda el lector promedio, o habré de decirlo yo) este surrealista y alucinado paseo resulta perturbador por un rato, justo el que tarda en volverse (como muchas lecturas referenciales) algo cansino y repetitivo.
A pesar de lo cual haberlo leído es un innegable plus en el historial de cada uno.