jueves, 24 de septiembre de 2009

Breve historia del libro (I)

Como ya comentamos en otra "metaentrada", cuando hablamos de "libros" en este blog generalmente lo hacemos en la segunda acepción del DRAE, es decir, nos referimos al contenido científico, filosófico o literario que transmiten las palabras, y no al continente o soporte en el que se publica este contenido; pero tampoco está de más que dediquemos un par de entradas al libro como objeto, es decir, al libro en su primera acepción de "conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante que, encuadernadas, forman un volumen". Solemos ser bien conscientes de que el libro como contenido tiene toda una historia detrás: la sucesión de estilos, voces y formas que llamamos "tradición". En cambio, solemos pasar por alto que también el libro como soporte tiene historia; una historia no menos compleja, que condiciona, y no poco, nuestra experiencia lectora.

Ya la misma palabra "libro" guarda el recuerdo de esta larga trayectoria. "Liber", en latín, significaba la parte interior de la corteza de un árbol. (De hecho, tiene el mismo origen que "leaf", "hoja" en inglés.) Es de suponer que éste sería precisamente uno de los primeros soportes materiales de los textos, junto a las antiguas tablillas de arcilla mesopotámicas, que se usaron desde el V milenio a. C. para grabar sobre ella registros en escritura cuneiforme. Este era un material fácil de encontrar en la húmeda Mesopotamia, aunque tenía algunos inconvenientes prácticos: cada tablilla admitía más o menos el mismo texto que una de nuestras páginas, sólo que las tablillas no podían unirse entre sí. Y esto, claro, complicaba bastante la lectura de textos largos. Llevarse a la playa la trilogía Millenium de Stieg Larsson habría sido bastante más incómodo en aquella época...

El papiro fue todo un avance: un lector voraz no necesitaba acarrear de un lado a otro varios kilos de arcilla. Además, las hojas que se obtenían del prensado de la pulpa vegetal podían pegarse entre sí, lo que permitía escribir textos más largos en un solo rollo (que es justo lo que significa "volumen"). Éste fue el formato más usado en la Antigüedad, tanto por sus inventores egipcios como por griegos y romanos. Era también relativamente barato de producir, si bien se exportaba en su mayoría desde Egipto, donde su producción era monopolio real. El inconveniente es que se trata de un material bastante vulnerable a la humedad y no digamos ya al fuego. Que se lo digan si no a los varios incendios (unos legendarios y otros reales) que sufrió la Biblioteca de Alejandría, en la que se llegaron a custodiar 700.000 de estos rollos de papiro.

La única biblioteca capaz de hacerle algo de sombra a este enorme almacén de material inflamable era la de Pérgamo. Fue quizá la encarnizada competencia que las enfrentó la que llevó a la Biblioteca de Pérgamo a ofrecer un original servicio a sus usuarios: un discreto túnel que unía su interior con un burdel. Pero no es esto lo que la hizo pasar a la historia, sino el hecho de que sus libros se copiaban en un material distinto del papiro y que tomó su nombre precisamente de la ciudad: el pergamino. Producido a partir de piel animal, era sin duda más caro, pero también mucho más duradero y resistente que el papiro. Al contrario que éste, permitía escribir por ambas caras e incluso borrar el texto raspándolo y volver a escribir. Además, la materia prima del papiro debía traerse de Egipto, mientras que las pieles de oveja, cabra y ternero estaban disponibles en cualquier parte. Por todo esto, el nuevo soporte fue implantándose poco a poco en todo el Imperio romano a partir del siglo II d. C.

Si bien al comienzo los pergaminos se enrollaban como el papiro, los romanos pronto empezaron a encuadernarlos para producir códices. Se juntaban varias hojas rectangulares de pergamino, se doblaban formando un cuadernillo y, una vez cosidos varios de éstos, se añadían unas cubiertas de madera. Lo normal es que se partiera de grupos de cuatro hojas, que se llamaban quaterni: de ahí viene la palabra "cuaderno" (y sus derivados "encuadernar" etc.). La ventaja fundamental del códice frente al rollo o volumen es que permite acceder directamente a partes concretas del texto, mientras que el segundo sólo admite una lectura secuencial. Vamos, que en un rollo de papiro no podían ponerse marcapáginas, por la sencilla razón de que no tenía páginas.

El formato códice ha debido de revelarse bastante práctico, porque en lo fundamental se ha mantenido sin cambios durante más o menos 17 siglos. Faltan, sin embargo, dos cosas básicas para que lleguemos al libro tal y como lo conocemos nosotros: el papel y la imprenta. Pero como esta entrada ya se está alargando más de lo razonable, lo dejamos para la siguiente de esta serie...