Idioma original: español
Año de publicación: 2020
Valoración: Recomendable (más o menos)
Dust in the wind
All they are is dust in the wind.
Same old song
Just a drop of water
In an endless sea
All we do
Crumbles to the ground
Though we refuse to see
Del grupo musical Kansas (1977)
Transitar por esta novela coral o, lo que es lo mismo, por la vida y
milagros de sus ocho protagonistas –tres de ellos con mayor relevancia, si cabe–
durante aproximadamente un cuarto de siglo, es un ejercicio arriesgado, un
carrusel de sensaciones que nos conducirá del éxtasis a la fatiga para
elevarnos de nuevo a las alturas y dejarnos caer una vez tras otra hasta la
última de sus casi 700 páginas. Tranquilos, ya que esta irregularidad tampoco
se nota demasiado, depende mucho de las expectativas con que abramos nuestro
ejemplar por primera vez. En mi caso disfruté lo inimaginable con El hombre que amaba a los perros y eso
pasa factura ¡qué duda cabe! ¿Qué si
recomiendo la novela? Por supuesto que sí, es más, la considero apropiada para
casi todos los gustos. Concretaré para que puedan entenderme.
El título procede de Dust in the Wind,
un viejo tema del grupo Kansas, mil veces versionado, cuya melodía es probable
que hayan tarareado alguna vez ya que es de esas que se graban en la memoria
afectiva y resuenan en nosotros cada vez que volvemos a escucharla. Quienes, en
este caso, serán arrastrados por el viento de la vida serán los integrantes de
un grupo de amigos nacidos y residentes en La Habana (Cuba); grupo
indestructible –o eso pensaban ellos–, al que se refieren como el Clan y que al
comienzo de la trama, recién iniciado 1990, se reúne para celebrar el trigésimo cumpleaños
de uno de ellos, Clara, cuya emblemática mansión, y ella misma, constituirán el
núcleo en torno al cual se concentra un conjunto de alianzas, desencuentros, pasiones
y enemistades que, junto a los avatares sociopolíticos que se sucederán a lo
largo de la década irán determinando sus trayectorias.
Los rasgos individuales que definen a estos personajes quedan apenas
esbozados, pero sus vínculos indisolubles o esos lazos aleatorios que se
desatan fácilmente servirán para que el lector los identifique y determinarán
gran parte de los acontecimientos que iremos presenciando. Sin olvidar el
vínculo que mantienen con su propio país, que a unos les mantiene en él suceda lo que suceda y a otros les atrae como
un imán del que no pueden (ni quieren) deshacerse por mucho arraigo y éxito que
hayan logrado en el lugar que les acogió. Hablábamos de amistad, pero el exilio
es otro de los grandes temas cuya presencia es constante en cada una de las
páginas. El exilio y sus efectos en personalidad, estado de ánimo, opiniones,
posición social y afectiva y, desde luego, en los afectos que se dejaron allá.
Es por eso que amistad y exilio se encuentran tan ligados en la novela que
apenas pueden separarse.
Pero volvamos a esa celebración que sirve para presentarnos, no solo a
Clara, también a Irving, Horacio, Walter, Bernardo, Elisa… y que tiene lugar tras habernos puesto al corriente del encuentro e inicio de la relación de
dos jóvenes de ascendencia cubana y residentes en Estados Unidos, Adela y
Marcos, cuyo parentesco con el Clan mencionado entenderemos fácilmente en esas
vueltas adelante y atrás narrativas que se mantendrán a lo largo de toda la
historia. En esa celebración, decía, se mostrarán los perfiles de todos ellos,
pero sobre todo será el momento idílico previo a la tragedia, una o varias, que
se producirán poco después. A partir de ese
momento, veremos salir de Cuba a algunos de ellos, a lo largo del tiempo, por
motivos diversos y con excusas diferentes; se consolidarán afinidades, se
derribarán afectos que parecían indestructibles y la constelación amistosa se
irá modificando sin cesar hasta un desenlace no tan imprevisible gracias a una
serie de pistas que jalonan el relato y que no nos pasarán desapercibidas a
poco que estemos atentos.
Recordemos que Padura ha frecuentado la novela negra, de ahí que la trama
contenga misterios de varios tipos, entre ellos un suicidio (¿o fue
asesinato?) cuyas circunstancias o parte de ellas no conoceremos hasta el final
tal como mandan los cánones. A esto hay
que añadir una desaparición, identidades confusas, filiaciones no aclaradas del
todo y el viento del destino que, en forma de circunstancias externas y de
fuerzas temperamentales, arrastra a los personajes en todas direcciones, tanto
físicas como emocionales, incluso existenciales y éticas.
El paisaje habanero, sus gentes y la fuerza de atracción que todo ello
ejerce sobre los que quedaron a un lado y otro de la frontera cubana será una presencia
constante. Simboliza, como imaginarán, la llamada de la tierra, pero hay otro
paisaje que, aunque secundario, producirá también un impacto emocional en el
lector, un paraje agreste situado en Tacoma, al noroeste de Estados Unidos,
cuyo efecto espiritual en el personaje de Loreta servirá para dar un giro definitivo
a los acontecimientos. Y es que aquí vamos a encontrar de todo: creencias
religiosas, posiciones políticas, corrupción a gran y pequeña escala, deserciones
y lealtades a prueba de bomba, ambiciones personales y resignación de por vida,
amores y odios, idealismo y pragmatismo, rencor, admiración y deseo. Sin
olvidar algún episodio no demasiado verosímil y esos tiempos muertos y escenas
irrelevantes, puede que demasiadas, de las que les hablaba al principio y cuya
ausencia, en mi opinión, reduciría la novela a la mitad mejorándola
notablemente.
Otras obras de Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros, Aquello estaba deseando ocurrir, La cola de la serpiente, Máscaras, Herejes