Título original: La pell freda
Año de publicación: 2002
Valoración: bastante recomendable
37 idiomas. La leche de idiomas son 37. Esos son los que, según figura en la portada de la trigésimo-segunda (32, otro número nada desdeñable) edición, los que, en 2009, habían sido todos a los que esta novela había sido traducida, desde el catalán en el que la he leído. Algo debe tener, pienso cuando decido leerla. No será solamente el empeño de algún editor entusiasmado que la traduce a un primer idioma de mayor alcance y hace que todo el mundo enloquezca en el marco de una feria literaria de alto rango. No. 37 idiomas son tantos que ya me acuden a la memoria hasta alfabetos diferentes, hasta culturas que puede ser que absorban e interpreten este libro de forma radicalmente diferente.
Porque de eso se trata, ya que estamos. De todas las interpretaciones potenciales que se pueden hacer de esta novela de planteamiento esquemático, casi espartano, y, por tanto, proclive a buscarle rápidamente referencias en la literatura más clásica.
Un narrador sin nombre (al que vamos a llamar Kollege) es técnico oficial atmosférico cuyo pasado entronca con algún lejano conflicto armado en las Islas Británicas. Es llevado en misión laboral a una isla (podríamos llamarle islote o peñasco o terreno perdido en medio del océano) donde quedará poco menos que abandonado, con la única, parca, extraña y poco comunicativa compañía del encargado del faro. De este sí sabemos el nombre con seguridad: se llama Batís Caffo y es austriaco. Del profesional al que Kollege reemplaza nunca más se supo. Todo parece ir a ser normal: todo lo normal que pueda ser la existencia en un par de kilómetros cuadrados en forma de L en medio de un mar bravo, con la clara expectativa de la soledad que, claro, permite la reflexión, o la tranquilidad, o el aburrimiento. Pero no: porque resulta que, en las noches de la isla, bien pronto, empieza a ser asaltado por unos curiosos seres, los citaucas, que surgen del mar y se aventuran hacia la caseta en que Kollege intenta hacer su trabajo, con intenciones agresivas. Pronto las jornadas consistirán en eso: trabajar y subsistir durante el día, resistir el ataque por la noche. Ante ese enemigo común, Kollege y Caffó emprenderán una entente cordiale defensiva: se trata de garantizar acabar con los citaucas de una vez por todas. Aneris, tercer personaje, es una citauca hembra que, capturada y convertida en mascota, sirve a Caffó de solaz sexual. Me ahorro las especulaciones sobre pastores, ovejas, y soledad en los pastos. Aneris se convertirá, lógicamente, en un motivo de conflicto entre ellos.
Y poco más.
Adivino que una novela como La piel fría debe ser una preferida (como por ejemplo, Mecanoscrit del segón origen de Pedrolo) entre el profesorado de literatura de los últimos años de ESO o el bachillerato. La de encendidos debates que habrán suscitado las diversas posibles interpretaciones del texto. Que si el racismo, que si la conquista, que si la civilización, que si la asimilación o no de la diferencia, que si la enajenación de los pequeños espacios. No por casualidad dice la solapa que Sánchez Piñol es antropólogo, primero, y escritor, luego. En este sentido, La piel fría resulta pluscuamperfecta para muchos ejemplos de evolución de la conducta humana, en lo individual, en lo social, etc.
Pero si nos ceñimos a lo literario, y a su originalidad, ese territorio lo han pisado ya muchos. Y no hace poco tiempo, precisamente. Verne, Poe, Defoe, Lovecraft, son referencias ineludibles para muchas de las situaciones de La piel fría. Y cuanto más nos acercamos a la actual literatura del simbolismo, más proliferan: Caffó se erige como un coronel Kurtz cualquiera y Kollege parece ir a convertirse de un momento a otro en uno de los enajenados que pueblan los libros de Stephen King. Y todos vamos a acordarnos de cosas como la serie Lost. Y no es que Sánchez Piñol no lo haga bien, no demuestre más que de sobra su oficio. La tensión crece y sabemos que nos llevará a un faux finale inquietante, y así es. Aún así, 37 idiomas, ya que estamos, me parecen demasiados.
Y poco más.
Adivino que una novela como La piel fría debe ser una preferida (como por ejemplo, Mecanoscrit del segón origen de Pedrolo) entre el profesorado de literatura de los últimos años de ESO o el bachillerato. La de encendidos debates que habrán suscitado las diversas posibles interpretaciones del texto. Que si el racismo, que si la conquista, que si la civilización, que si la asimilación o no de la diferencia, que si la enajenación de los pequeños espacios. No por casualidad dice la solapa que Sánchez Piñol es antropólogo, primero, y escritor, luego. En este sentido, La piel fría resulta pluscuamperfecta para muchos ejemplos de evolución de la conducta humana, en lo individual, en lo social, etc.
Pero si nos ceñimos a lo literario, y a su originalidad, ese territorio lo han pisado ya muchos. Y no hace poco tiempo, precisamente. Verne, Poe, Defoe, Lovecraft, son referencias ineludibles para muchas de las situaciones de La piel fría. Y cuanto más nos acercamos a la actual literatura del simbolismo, más proliferan: Caffó se erige como un coronel Kurtz cualquiera y Kollege parece ir a convertirse de un momento a otro en uno de los enajenados que pueblan los libros de Stephen King. Y todos vamos a acordarnos de cosas como la serie Lost. Y no es que Sánchez Piñol no lo haga bien, no demuestre más que de sobra su oficio. La tensión crece y sabemos que nos llevará a un faux finale inquietante, y así es. Aún así, 37 idiomas, ya que estamos, me parecen demasiados.




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