sábado, 2 de abril de 2016

Marcos Ordóñez: Juegos reunidos


Idioma original: español

Año de publicación: 2015
Valoración: recomendable

"La nostalgia ya no es lo que era".

No son pocos los ejemplos de libros cuyo leit motiv es la revisitación del pasado personal o colectivo. En los últimos tiempos, recuerdo al menos otros dos. Cuando se añade a ello la presencia de escenarios conocidos (algunos de ellos, cines, bares, comercios, desaparecidos), el lector ha de andarse con cuidado: la cosa puede tomar cierto cariz personal si todo empieza a sonarle. Los mecanismos que se activan se separan algo de la experiencia estrictamente literaria.
Perdonad esta puntualización. No querría condicionar a nadie, pero sí está claro que si uno es barcelonés, nacido antes de 1975, residente en barrios de la capital, con alguna inquietud cultural, con algún vínculo aunque sea insignificante, Juegos reunidos tiene muchos ganchos que te atraerán como lector.
Tratándose de una colección de relatos basados en el recorrido vital de Ordóñez, en sus experiencias personales rodeado (con la constante compañía de Pepita, su esposa) de celebridades locales e incluso globales, se trata de una muestra bastante heterogénea y, lo digo ya, algo desigual. Voy a mojarme y a atribuirlo (y a referirme a la frase que abre esta reseña) a cierta condición que parece afectar a ciertos escritores (le pasaba lo mismo a Pérez Andújar y a Llop) a determinada edad. Cierta sensación de mirada atrás sin ira, cierto alivio (viendo todos los que han caído por el camino) y, a la vez, cierta tenaz insistencia en confirmar su presencia más allá de la coincidencia en el tiempo. Hay que haber estado en esos bares y en esos pisos, haber pasado esas noches entre vapores de alcohol y humo de porros y aquí no hay sentido de culpabilidad por haberlo superado y otros no. Lo que aporta credibilidad a estos relatos es, por contradictorio que parezca, despojarlos de licencias creativas y mostrarlos cuanto más reales y verídicos mejor. Aunque sea a costa de hablar a costa de muchos que ya no están, Ordóñez no se recrea en mostrar dolor sino resignación: o más bien, en algún caso, cierto orgullo por haber sabido parar a tiempo. Ello lo constata que el Ordóñez más brillante lo sea cuando se acerca a la crónica, en las dos relatos donde actrices son protagonistas (excelente el tono decadente de uno de ellos) y que las partes más endebles sean algunos cortos experimentos en tono "poesía libre" o la casi sonrojante proclama final, "Quiero", en el cual la nostalgia ya rebosa con creces el azucarero y al que todo el resto del contenido del libro ya inhabilita como declaración de intenciones. No hace falta insistir en lo mismo, ni resumirlo. Lo hemos leído antes y lo hemos deducido.
Juegos reunidos es, entonces, un ejercicio otoñal más tendente a las filias que a las fobias, puntualmente brillante, pero restringido, para el total aprecio de esa brillantez, a cierta complicidad que no siempre puede esperarse encontrar al otro lado.