martes, 5 de abril de 2016

Colaboración: El hombre en busca de sentido de Viktor E. Frankl

Idioma original: alemán
Título original: Trotzdem Ja zum Lebensagen. EinPsychologeerlebt das Konzentrationslager 
Traducción: Isabel García Wetzler
Año de publicación: 1946
Valoración: Muy recomendable

Visitar el campo de concentración de Dachau, a unos trece kilómetros de Múnich, setenta años después del horror, es una experiencia que golpea, tras la que resuenan las palabras de Theodor Adorno cuando se preguntó si era posible escribir poesía después de Auschwitz. De entre todas las voces de los que vivieron el Holocausto, hay una que nos permite dar una respuesta y es la de Viktor E. Frankl con su libro El hombre en busca de sentido.

Viktor E. Frankl era antes de la guerra un reputado neurólogo y psiquiatra de una familia de origen judío. En los campos de concentración en los que fue internado, era solo el prisionero 119.104: allí los prisioneros solo tenían la existencia desnuda, la identidad reducida a un número. El psicoanalista Erich Fromm señaló en su ensayo Tener y ser que, si basamos nuestra existencia en el tener, cuando todo se nos arrebata, nada somos. Si basamos nuestra vida en el ser, nos quedan las experiencias humanas, independientes de las cosas materiales. De la existencia desnuda de los prisioneros surgen dos actitudes: una vuelta al primitivismo más salvaje e individualista o un regreso a lo que nos hace humanos.

Viktor E. Frankl relata cómo, aun en las circunstancias más adversas, permanece la esperanza y solo los fuertes sobreviven, pero no los fuertes en el sentido físico sino aquellos que tienen una vida interior más desarrollada en la que poder refugiarse. Podían arrebatar todo a los prisioneros excepto sus recuerdos y su capacidad de soñar. Ningún poder de la tierra podrá arrancarte lo que has vivido. Esas ensoñaciones eran una tabla de salvación entre los barracones y la tierra helada en la que, aun así, se podía encontrar una brizna de belleza:
"De vez en cuando levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes. Mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. (…) Por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humano intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor."
La visión de Frankl del rostro de su esposa recuerda a los que son considerados como los versos de amor más hermosos de la literatura francesa medieval. Perceval se levanta una mañana en la que el cielo está cubierto de nieve. Un halcón ha herido a unas ocas y han caído tres gotas de sangre sobre la nieve:
"La sangre y la nieve juntas le asemejan los frescos colores del rostro de su amiga quedando absorto en ese pensamiento ya que en su cara se mostraban el color rojo sobre el blanco de la misma manera que las tres gotas de sangre se aparecían sobre la blanca nieve. La contemplación en la que estaba sumido le placía tanto porque le parecía que estaba viendo el color de la faz de su hermosa amiga". 
Pero ahora ya no es un caballero el que se abstrae en la contemplación de la amada, es un prisionero en un campo de concentración. No es un prado cubierto de nieve blanca, es un paisaje hecho de fango. Sin embargo, la experiencia estética, precisamente por escasa y breve, se hace más intensa y adquiere connotaciones casi epifánicas, místicas, platónicas y panteístas. Frankl recupera el sentimiento amoroso como tabla de salvación en medio de la barbarie. Es el amor que salva, el amor que redime, que eleva y que da sentido a la vida, y que demuestra que, a pesar de las fuerzas oscuras que intentan aplastar al espíritu humano, el corazón puede albergar en su interior algo mucho más digno y hermoso que cualquier ideología fanática.

Viktor E. Frankl encuentra que sigue existiendo libertad de actitud en pequeños actos humanitarios: los prisioneros que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba o uno de los guardianes del campo que proporcionó medicinas de su propio bolsillo a los enfermos del campo. Pequeños actos de humanidad, pequeños trozos de belleza que se engrandecen en medio del horror. Al igual que en la caja de Pandora, después de ese horror desatado solo queda la esperanza, como una pobre polilla acurrucada en el fondo, resistiéndose a quedar encerrada y pugnando por salir a pesar de la barbarie, a pesar de las torturas, a pesar de la degradación.

En El hombre en busca de sentido se mezclan acertadamente elementos descriptivos en contraste: los excrementos, las moscas que revolotean alrededor de los cadáveres, los piojos, el fango y los orines, los barracones, los uniformes mugrientos, la existencia desnuda, pero también un pájaro que pía o el amanecer en las montañas de Baviera. La mirada hacia arriba, la mirada hacia abajo, las dos contemplan el mundo y se aúnan en ese renacimiento final que supuso para el autor la liberación del campo:
"No había nada más que la tierra y el cielo, y el júbilo de las alondras, y la libertad del espacio. Me detuve. Miré en derredor, después al cielo y finalmente caí de rodillas. (…) Solo tenía en la cabeza una frase, siempre la misma: 'Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad'."
El hombre en busca de sentido es un canto al espíritu humano en un siglo XX marcado por los campos de concentración, por los gulags y por la promesa de utopías que luego se convirtieron en distopías. Y es que, retomando la cita inicial, sí es posible hacer poesía después de Auschwitz, a pesar de Auschwitz, en el mismo corazón de Auschwitz.

Firmado: Federico Escudero Álvarez

6 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Me impresionó tanto como "Se questo è un uomo" (Si esto es un hombre), de Primo Levi, que había leído antes, con la diferencia de que la obra de Viktor Frankl aporta una visión esperanzadora del hombre que desea, pese a todo, salir vivo del campo de concentración.

Frankl narra cómo se afeitaba todos los días con un trozo de cristal, para no dejar que la barba le hiciera parecer más viejo (o para aparentar mayor juventud), pues sabía que los viejos y enfermos eran enviados a la cámara de gas.

La posibilidad de sobrevivir era remota. Había que no ser eliminado por inútil y además era preciso que los nazis perdieran la guerra, y que los aliados llegasen a los campos antes de que los alemanes tuvieran tiempo de ejecutar a los prisioneros. Y todo eso fue lo que ocurrió.

El concepto de "resiliencia" debe mucho a Frankl, si es que no fue él quien lo inventó.

También he leído que, cuando trabajó como psiquiatra, preguntaba a bocajarro a sus pacientes depresivos "Y usted, ¿por qué no se suicida?". Y cuando el paciente le respondía ("por mis hijos", "porque aún me gusta pintar", "por la gente que me quiere"..., lo que fuera), Frankl les decía "Pues dedíquese a eso con toda su vocación, con todo su interés, con todas sus fuerzas".

Un libro imprescindible, sin duda.

Caballero dijo...

Bellísima reseña. Felicidades.

Sergio dijo...

Excelente libro y muy completa reseña.

Saludos

El Puma dijo...

Conozco la historia de Frankl, aunque nunca leí este libro.

Magnífica reseña! Tal vez me ayude a superar los prejuicios (que su lectura me causará una intolerable angustia) y emprenda la aventura.

Leire Du dijo...

Preciosa reseña. Muchas gracias por compartirla

Gitanilla dijo...

Bella reseña, me hizo rememorar su lectura y con ello aquellos pasajes tan conmovedores como hermosos. Gracias!