lunes, 14 de agosto de 2023

James Alan McPherson: Espacio vital

Idioma original: Inglés
Título original: Elbow Room
Traducción: Gemma Deza Guil
Año de publicación: 1978
Valoración: Recomendable (o algo más)

James Alan McPherson se convirtió, en 1978, el primer autor afroamericano en recibir un premio Pulitzer en la categoría de ficción. Su literatura, hasta ahora inédita al español, es sumamente valiosa, ya que transpira reflexiones la mar de estimulantes.

Espacio vital, antología de McPherson originalmente titulada Elbow Room que la editorial consonni ha traducido y publicado, compila doce relatos. La calidad promedio de dichos relatos es sobresaliente, de modo que me cuesta decantarme por alguno de ellos. Sólo el tercero, del que hablaré más adelante, me ha parecido bastante flojo, al menos en comparación con el resto.

En fin, que todos los relatos de Espacio vital abordan, con compromiso político pero sin por ello caer en el maniqueísmo o perder el sentido del humor, la experiencia afroamericana. Así pues, giran en torno a la desigualdad, la discriminación, los prejuicios, el racismo, la pobreza y la comunidad, aunque también tratan temas más amplios y universales, como el amor o la empatía.

Sus protagonistas (generalmente varones negros) son tan complejos como los personajes secundarios que les acompañan. Nunca nos son descritos de forma artificialmente halagüeña; siempre tienen defectos, miedos y angustias que los humanizan.

En ocasiones narran en primera persona, lo cual propicia que McPherson plasme sus voces y carácteres con suma eficacia. Me maravilla, por ejemplo, cómo el autor refleja timidez en "Por qué me gusta la música country", afecto ambivalente en "Historia de un hombre muerto", racismo casi inconsciente en "Soy estadounidense" o cinismo vulnerable en "Lo suficiente para la ciudad".

La prosa de McPherson destaca, además de por mimetizarse con el registro de sus narradores en primera persona, por manifiestar la pluralidad fonética y las diferencias de clase de multitud de secundarios. Asimismo, recuerda estilísticamente a escritores de la talla de Raymond Carver, pues opta por eliminar todo detalle superfluo y minimiza los alardes retóricos. Cosa que no impide, evidentemente, que nos sorprenda con pasajes conmovedores, metáforas agudísimas o meditaciones brillantes.

Llegados a este punto, dejad que me detenga en cada uno de los relatos:

  • En "Por qué me gusta la música country", un hombre rememora un antiguo amor de la infancia. Da una forma y textura la mar de artísticas a una premisa simple.
  • En "Historia de un hombre muerto", el protagonista, que ha prosperado, lamenta las decisiones de su primo. La crueldad y las tendencias autodestructivas del antagonista provocan escenas increíblemente tensas.  
  •  En "La bala de plata", un joven cobarde quiere unirse a una banda, pero antes debe atracar un bar restaurante para demostrar de qué pasta está hecho. Resulta entretenido de leer, aunque palidece en relación con los demás, ya que presenta situaciones tarantinescas, personajes caricaturescos, un subtexto apenas esbozado y un humor algo burdo.
  • En "Los fieles", el negocio de un barbero que se niega a modernizarse agoniza. Fascina su capacidad para cristalizar multitud de cosas en poquísimo espacio.
  • En "Problemas de arte", un abogado blanco debe defender a una mujer de color acusada de conducir bajo los efectos del alcohol. Si bien el desarrollo y el clímax son relativamente planos, la manera en la que McPherson los comunica los dota de interés. 
  • En "Historia de una cicatriz", un hombre pregunta a una mujer por qué tiene el rostro marcado. Juega adecuadamente con las expecativas del lector pero prima siempre la calidad del texto al giro.
  • En "Soy estadounidense", un turista descubre que un ladrón ha robado a los japoneses de la habitación contigua. Su sentido del humor es deliciosamente sutil.
  • En "Viudas y huérfanas", un profesor asiste a una velada de ricachones donde una antigua alumna (y novia) recibe un premio. Cóctel melancólico y ácido.
  • En "Una barra de pan", la comunidad se alza en contra de un comerciante que vende más caro en la tienda de su barrio. Un autor menos habilidoso jamás hubiera logrado desplegar el conflicto con tanta madurez, ni equilibrar las perspectivas y escoger imágenes simbólicas con idéntico acierto.
  • En "Lo suficiente para la ciudad", un cínico permite que religiosos de diversos credos acudan a su casa e intenten captarlo con tal de poder burlarse de ellos. El formato y el sarcasmo que desprende me parecen magníficos.
  • En "Una historia de fondo", un juez recapitula para concluir si un negro que ha disparado a su jefe es culpable. Su estructura fragmentaria y cierre circular son impecables. 
  • En "Espacio vital", un escritor habla sobre un matrimonio interracial. Joyita cuyos toques filosóficos y metaliterarios ensalzan un núcleo que ya era intrínsecamente potente.

Para ir terminando, sólo insistiré en que Espacio vital es una antología sobresaliente. Por si todavía no os hubiera convencido de ello, dejad que copie uno de los cientos de párrafos destacables que nos regalan estas páginas: «Virginia Valentine había salido de Warren unos diez años antes, montada en la cresta de una gran ola de campesinos fugados. Para las personas como ella, encarceladas durante generaciones, el mundo exterior ofrecía un horizonte absolutamente nítido y lleno de opciones dulces. Muchos no supieron encajar la libertad y se movían de un sitio para otro como locos, como mascotas largamente encadenadas que anticipaban los tirones de sus correas. Algunos se suicidaron. Otros, buscando la seguridad, entraron corriendo en otras prisiones. Pero unos pocos, como Virginia, alzaron el vuelo cual águilas aristocráticas en busca de altos picos desocupados en los que construir sus nidos.»

domingo, 13 de agosto de 2023

Annemarie Schwarzenbach: Todos los caminos están abiertos


Idioma original:
alemán

Título original: Alle Wege sind offen

Año de publicación: 1941

Traducción:  María Esperanza Romero

Valoración: bastante recomendable


A medio camino entre el diario de bitácora y la crónica de viajes, uno podría quedarse en la superficie y recomendar Todos los caminos están abiertos como una especie de lectura algo ligera de verano. Dos escritoras  se aventuran al volante de un coche, a finales de los años 30, y visitan varios países asiáticos, Afganistán, Pakistán entre ellos. Cosa reveladora, porque en cierto sentido parece que hayamos ido hacia atrás. Dos mujeres solas en un coche adentrándose por esos parajes, hoy, es el terror de cualquier aseguradora, la pesadilla de cualquier núcleo familiar sobreprotector, cosa que pone en valor la expedición, con el pretexto de artículos literarios, de las dos mujeres (su acompañante es la también suiza Eva Maillart), más aún si evitamos esa ligereza y situamos la obra en su contexto. Un contexto plagado de solemnidad como la Europa Central de 1939, zona de origen de las dos escritoras, una situación que flota en los artículos y que casi obliga a consultar la fecha de estos para ver cuándo y cómo los hechos que discurren (en especial, esa fecha, 1 de septiembre de 1939, que parece marcar un antes y después en la historia del mundo occidental) influyen en la narración. Resulta curioso que estas situaciones no se perciban con claridad. Schwarzenbach y Maillart parecen haber parado el tiempo mientras recorren las precarias carreteras de esos países.

Lo que es realmente curioso al leer hoy estas crónicas, que  tampoco están tan distanciadas en el tiempo de las de, por ejemplo, Chatwin o Kapuscinski, es la dificultad de no situarse en el plano actual. Lo digo como, en lo personal, alérgico absoluto a las perturbaciones nostálgicas. Esas dos mujeres transitan ya no con absoluta seguridad sino hasta con cierto desparpajo centroeuropeo, y los poblados les muestran un absoluto respeto; los mandos locales que las acogen, esos pueblos que hoy vemos como campo de cultivo del radicalismo, del fanatismo religioso, de la justificación de las duras condiciones de vida para los mujeres, se muestran hospitalarios, amables, acogedores, y ni por asomo vemos condescendencia o paternalismo en esas actitudes. Schwarzenbach describe situaciones políticas complicadas, conflictos fronterizos, la dureza de las carreteras y los problemas mecánicos del vehículo en el que viajan, pero no hay pero alguno a las actitudes personales, a la tensión por el bagaje cultural opuesto entre huéspedes y anfitriones. Todo lo contrario: amabilidad, admiración mutua, casi en algunos casos agasajo. Como si los paisajes agrestes, las duras condiciones, la enorme humildad de las poblaciones locales, se transformaran no en inconvenientes sino en acicates para la visita. De esto hace ochenta años, de estas visitas rellenadas por el espíritu aventurero y una curiosidad mutua ajena a la desconfianza hasta hoy, en que la convivencia, por los factores que sean, parece más difícil e inconcebible que nunca. Así que ese texto liviano, a veces casi ingenuo (trágicamente: Schwarzenbach era adicta a la morfina y al poco tiempo acabó - como Nico - falleciendo en un  accidente de bicicleta) resulta ser una perfecta espoleta para muchas reflexiones de hoy en día.

También de Schwarzenbach en ULAD Con esta lluvia

sábado, 12 de agosto de 2023

Juan Marsé: El embrujo de Shanghai

Idioma original: castellano

Año de publicación: 1993

Valoración: Recomendable alto


Aunque confieso que le tenía un poquillo olvidado, siempre he pensado que Juan Marsé es un grandísimo narrador, en el sentido más literal, no solo que escribe bien, sino que cuenta muy bien, que quizá no es exactamente lo mismo. Se puede escribir bien de muchas maneras, con diferentes estilos o manejando recursos muy diversos; pero a la hora de narrar, yo creo que solo cabe hacerlo bien o mal en sus diversos grados, es decir, haciendo llegar el relato al lector y haciendo que le interese, que de alguna manera sienta que tiene entre manos algo importante, atrayente por alguna razón, algo bien hecho. Marsé construye buenos relatos y los cuenta con soltura y con la naturalidad de quien tiene talento para ello.

El escenario de El embrujo de Shaghai es el más habitual en la trayectoria de este autor, al menos en lo que yo conozco: Barcelona unos pocos años después de la guerra, cuando la sociedad ha empezado a reconstruirse bajo el nuevo Régimen, una ciudad gris y algo mugrienta, con algunas oleadas importantes de inmigrantes, donde el futuro de la mayoría se sitúa muy poco más allá de mañana, y los chavales se dedican a callejear o al menudeo, o sirven como aprendices de algún artesano o comerciante. Es seguramente el escenario de la adolescencia del propio Marsé, y observamos también, quizá de forma más solapada que en otras novelas, el contraste de las clases bajas con las familias algo más acomodadas. 

En este escenario irrumpen algunos miembros del maquis, personajes que habitualmente cuentan con escasa presencia en la ficción, tipos que entran y salen de forma clandestina para preparar acciones, reclutar activistas o mantener contactos en el interior. Uno de ellos, el Kim, lleva tiempo medio desaparecido, sin más contacto con su familia que alguna pequeña carta. Su mujer y su hija adolescente y enferma de tuberculosis fantasean con el día en que el Kim vuelva para llevarles con él muy lejos. Entretanto, el chaval protagonista y parcialmente narrador entra por casualidad en contacto con la casa del ausente Kim, que visitará cada día durante un tiempo. La llegada coincide con la visita de un tal Forcat, compañero del combatiente desaparecido, que amenizará las tardes de los chavales contando las exóticas aventuras que han impedido al padre volver a encontrarse con su familia. Y bueno, ya he contado más de lo que acostumbro, creo.

La aparición del maquis, aunque sea meramente instrumental y ceñida a unos pocos personajes sueltos, acentúa la sensación de país sumido en la oscuridad del protofranquismo, porque la acción de estas guerrillas representaba una última opción de derribar al Régimen, opción sin embargo tan lejana e improbable que por el contrario parecía anunciar lo inevitable del destino de las próximas décadas. De esta forma, las estimulantes aventuras que con mucha destreza describe Forcat son una ventana a otros mundos, lejanos, excitantes, que sirven de bálsamo a la postración, el desánimo y la rebeldía infructuosa que, no sé si voluntariamente, pueden personificarse en la joven Susana, encamada, febril y rodeada de emanaciones de eucaliptos. 

El contraste no es solo social, sino también individual. El fascinante relato del visitante, lleno de viajes y peligros, con el fondo de la eterna pugna entre el bien y el mal, se funde con las pequeñas miserias de lo cotidiano, celos, envidias, mentiras e ilusiones cutres que no hay forma de esconder. En esa mezcla de lo ilusionante y lo real surgen personajes de enorme atractivo, como el inolvidable capitán Blay, el viejo chiflado que detecta aires pútridos en las calles (algo que recuerda al Tibidabo de Gonzalo Suárez); Anita, la taquillera de cine, aficionada al vino y con fama de demasiado ligera; el propio Forcat, con un punto misterioso que nos sugiere respuestas sucesivas, ninguna convincente; o la tísica Susana, ya citada, todo un modelo de adolescente despótica y algo manipuladora. Un repertorio de personajes ricos y trazados con estilo.

Tampoco me parece que a Marsé se le pueda acusar de excesos formales. No tengo esa sensación de lecturas anteriores, y desde luego en el libro que ahora comentamos no cae en ese defecto en absoluto. Es una narración, mejor dicho, dos narraciones en formato de relato enmarcado, con un ritmo impecable y nítido, sin remansos, con algún recurso retórico muy esporádico, breve y pertinente, alguna prolepsis algo sorprendente, o un par de cambios repentinos de narrador, utilizados de forma tan contenida que se diría que el mismo autor se ha frenado en su uso. Marsé parece disfrutar jugando a autor de novela negra en esa narración subordinada, y también en ese aspecto consigue un resultado brillante, más incluso porque ese juego funciona muy bien como contrapunto de color a las vidas vulgares que desfilan por el relato principal.

Sí, bueno, quizá hay en la novela un par de cosas que me convencen algo menos, pero por una vez me las voy a callar. Lean ustedes el libro, que merece la pena, y descúbranlas por sí mismos.

Otras obras de Juan Marsé reseñadas en ULAD: Si te dicen que caí, Rabos de lagartija, La oscura historia de la prima Montse, Últimas tardes con Teresa


viernes, 11 de agosto de 2023

Steven Pinker: En defensa de la Ilustración


Idioma original:
inglés
Título original: Enlightenment now
Traducción: Pablo Hermida Lazcano
Año de publicación: 2018 
Valoración: Entre muy recomendable e imprescindible

Steven Pinker es una figura sobradamente conocida, autor de numerosos superventas en el ámbito de las ciencias sociales (La tabla rasa, Los ángeles que llevamos dentro), ganador del Pulitzer, colaborador en el New York Times y profesor de psicología en la Universidad de Harvard.

Este libro en particular viene con altas expectativas: en la contraportada una cita de Bill Gates dice: “El mejor libro que he leído nunca”. Bueno, veamos.

Comencemos por el subtítulo, puesto que, en contra de lo que suele suceder en este tipo de libros de ensayo dirigidos a venderse por millones, no es en absoluto sensacionalista (ya saben, “la partícula de Dios”, “el origen de todo”, “los secretos del universo”...) y se ajusta al contenido: Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. El bueno de Pinker ya nos explica desde el principio la estructura de su obra: dividida en tres partes, la primera se titula simplemente “Ilustración”, la segunda “Progreso” y la última “Razón, ciencia y humanismo”.

Pinker utiliza la primera parte de su obra para darnos contexto sobre la Ilustración, explicarnos qué es, y porqué es tan importante: a su juicio, los principios de la Ilustración son los que han llevado a la humanidad al crecimiento vertiginoso de bienestar y progreso experimentado en el siglo XX por casi todos sus miembros, y son los que nos deben llevar a un futuro todavía más prometedor. Consta esta primera parte de tres capítulos en los que el autor establece su tesis: dedica la segunda parte, el verdadero ensayo en sí, a demostrarla.

Esta segunda parte es, sin duda, donde radica el meollo de la cuestión: Pinker se ha dedicado a recopilar muchísima información que nos muestra en forma de datos y gráficos, con la que nos apabulla y nos ilusiona. El mismo autor reconoce que, para la mayoría de nosotros, nos resulta especialmente confuso discernir entre millones, miles de millones o millones de millones, por lo que se esfuerza en mostrar un contenido claro y de fácil comprensión.

Divide la información en distintas categorías y profundiza en cada una de ellas en cada capítulo; por lo variado y exhaustivo del análisis, merece la pena mencionarlos aquí: Progresofobia, Vida, Salud, Sustento, Riqueza, Desigualdad, Medio Ambiente, Paz, Seguridad, Terrorismo, Democracia, Igualdad de derechos, Conocimiento, Calidad de vida, Felicidad, Amenazas existenciales y El futuro del progreso. En cada uno de estos episodios aquí listados hay un estudio comparativo entre épocas y países según el tema a tratar: todos ellos nos indican que, como conjunto, nunca hemos estado tan bien.

Su parte final está dedicada a defender las tres bases de la Ilustración que, en opinión de Pinker, deberán ser las bases del futuro: Razón, Ciencia y Humanismo, dedicando otro capítulo a cada una de ellas.

¿Cuál es el mensaje de este libro? El optimismo. Un principio que defiende a lo largo del ensayo es la lugubridad y pesimismo de muchísimos autollamados intelectuales que se dedican a profetizar una y otra vez el fin del mundo, así como añorar pretendidos pretéritos tiempos gloriosos: Pinker derrota una y otra vez la tesis de “aquellos buenos viejos tiempos”, mostrando datos que demuestran que no todo tiempo pasado fue mejor.

Como nota curiosa, en el proceso de escritura de este ensayo se produjeron las elecciones de EEUU de 2016, en las que salió elegido Donald Trump como nuevo presidente. Para curarse en salud y evitar que cundiera el pánico, Pinker nos decía en el libro que, a pesar de los presumibles retrocesos futuros llevados a cabo por el nuevo gobierno republicano en materia de libertades sociales y medioambientales, debemos mirar al futuro con un objetivo más amplio y no centrarnos en el momento presente para analizar la historia. A pesar de la visión de color de rosa que nos vende Pinker a lo largo de todo el libro, se deja trasver que le había visto las orejas al lobo: Optimismo sí, pero con matices.

Teniendo en cuenta que es un buen mamotreto, de esos que hace cansar la muñeca al cabo de un rato, surge la pregunta: ¿es una buena lectura? Mi opinión es que sí, no necesariamente lineal (a pesar de que yo lo he hecho así y no me arrepiento), funciona tan bien como obra de consulta (y, porque no decirlo, argumentario para debates).

Algo que me hubiera gustado es que Pinker hubiese insistido más en la necesidad de mantener (seguir manteniendo) hábitos responsables de consumo y de vida: la sensación, al ir leyendo, es que como humanidad vamos sobrados, que ya está todo hecho, y sabemos de sobra que lamentablemente no es así; vamos por buen camino, pero hay que seguir trabajando. El apuro que pasó Pinker con la elección de Trump nos demuestra que un cambio de rumbo de un gobierno poderoso puede dar al traste con muchos de los avances conseguidos.

jueves, 10 de agosto de 2023

Re-reseña: Arenas de Arabia, de Wilfred Thesiger

Idioma original: Inglés
Título original: Arabia Sands
Año de publicación: 1959
Traducción: Gracia Rodríguez
Valoración: Está muy bien

Arenas de Arabia es uno de esos libros de viajes que deberían formar parte del canon, tanto por su propio enfoque y contenido como por lo que supone de ruptura con los clásicos del género de décadas precedentes.

Porque si bien el contexto son los vaivenes que Wilfred Thesiger dio por los territorios al Sur de la Península Arábiga (el Territorio Vacío, Omán, Yemen o Emiratos Árabes) entre 1945 y 1950, el meollo del texto no es el viaje en sí o la propia experiencia personal del viajero sino que el centro de sitúa en un mundo en descomposición y en los beduinos del desierto, seres que viven en condiciones extremas y que suponen para el viajero y el lector todo un descubrimiento.

La descomposición de la que hablo es eminentemente cultural, claro, pero tiene sus raíces en lo económico. Y es que el descubrimiento de las ingentes reservas de petróleo supone una modificación radical de formas de vida tradicionales y marcadas por valores alejados de nuestros estándares actuales, así como del paisaje urbano de la región (sirva el ejemplo de Dubái, que 80 años antes de convertirse en una ultramoderna urbe refugio de reyes prófugos era apenas un pueblo de 2000 habitantes). Así, en el texto de Thesiger podemos leer acerca de la organización social, económica, familiar, cultural, etc de las tribus del desierto, y diría que este es el aspecto más interesante del libro.

También es digno de mención el retrato humano de los acompañantes de Thesiger. Creo que los libros de viajes suelen pecar de excesivo "eurocentrismo" y, en este caso, Thesiger pone el foco en sus acompañantes y en su entorno sociocultural.

Además de lo anterior, en Arenas de Arabia hay antropología, geografía, botánica, meteorología, arquitectura, historia árabe y europea, zoología, geología, etc. Un completísimo recorrido por un paisaje aparentemente uniforme y desolado que esconde secretos, sorpresas y tesoros.

Por supuesto que hay espacio para aspectos organizativos o logísticos y para sensaciones y emociones personales del autor en el texto (faltaría más!!). El hambre, la sed, el miedo, etc son parte importante del viaje, pero no son lo fundamental del libro porque fui hasta allí para hallar paz en las dificultades del viaje por el desierto y la compañía de sus gentes.

Todo lo anterior, ademas, con un lenguaje eminentemente sencillo y adecuado al carácter fundamentalmente descriptivo del texto, lo que no excluye cierta poesía en la observación de los fenómenos naturales. Por ejemplo, a veces paraba la lluvia y yo me asomaba y veía, recortadas contra la noche, al casi continuo resplandor de los rayos, las oscuras formas donde los otros yacían bajo sus cobertores como túmulos sepulcrales en una húmeda orilla.

Para terminar, un aspecto que hace que la valoración del libro no sea un imprescindible: cierta dificultad a la hora de seguir los conflictos entre las diferentes tribus y algo de confusión en la descripción de las mismas. Creo que ahí a Thesiger le falta cierta claridad expositiva.

Pese a esto, ya digo que Arenas de Arabia merece un lugar de honor dentro de la literatura de viajes. Ahora, ¿os animáis a cruzar el desierto?

La reseña original AQUÍ

miércoles, 9 de agosto de 2023

Posy Simmonds: Tamara Drewe

Idioma original: inglés

Título original: Tamara Drewe

Año de publicación: 2007

Traducción: Lorenzo F. Díaz

Valoración: entre recomendable y está bien

Se me ha ocurrido que, como esta novela gráfica se desarrolla en el siempre pintoresco ambiente de la campiña inglesa, sería buena idea comenzar esta reseña con una lista de dramatismo personae, a la manera de los libros de Agatha Christie (aunque ésta no sea una novela policíaca... o quizá sí). Así pues...

DRAMATIS PERSONAE

(Por orden alfabético)

  • Casey: adolescente, amiga de Jody, que se aburre como una ostra en el pueblo de Ewedown.
  • Cobb, Andy: joven jardinero de la granja Stonefield, en Ewedown.
  • Drewe, Tamara: seductora y rinoplastizada joven, que escribe una columna semanal sobre su propia vida y hereda la granja Winnards, vecina de Stonfield, adonde se muda.
  • Hardiman, Beth: dueña de la granja Stonefield, en donde regenta el refugio para escritores que hay en la misma.
  • Hardiman, Nicholas: maduro y exitoso escritor, bastante picaflor. Esposo de Beth.
  • Jody: adolescente de Ewerdown que se aburre como una ostra. Obsesionada con Ben Sergeant. Amiga de Casey.
  • Larson, Glen: orondo escritor norteamericano que, en el retiro de la granja Stonefield, escribe una novela sobre Verlaine.
  • Sergeant, Ben: ex-batería del grupo Stowe. Novio de Tamara Drewe.
Resumen resumido: en la granja Stonefield  el matrimonio Hardiman regenta un retiro literario donde otros escritores o aspirantes a serlo acuden en busca de pazy tranquilidad.  Todo transcurre en apacible (y aparente) armonía hasta que se muda a la granja vecina su heredera, la bella y seductora Tamara Drewe, que lo pone todo un poco patas arriba, más aún cuando comienza una relación con Ben Sergeant, famoso ex-batería de una banda de rock. Tanto ajetreo no puede sino resultar fascinante para dos chicas del pueblo, Jody y Casey, que no tienen nada mejor que hacer en todo el día que vigilar a toda esa gente famosa... y liarlo todo aún más.


Con estos materiales -y algún otro más sabroso, como adulterio y muerte- Posy Simmonds construye una narración bastante entretenida pero que no deja de ser, pese a lo que se dice, de forma un tanto campanuda, la contratapa del libro y repiten algunas críticas que he leído -"un retrato satírico de la Inglaterra de hoy en día, deliciosamente satírico y cruel"-, una tragicomedia con líos de cama, malentendidos y cotilleos varios. Cierto es que se mencionan las diferencias de clase existentes en la campiña inglesa -los lugareños por un lado y los burgueses de ciudad que residen en el campo los fines de semana, por otro- y que doña Posy echa mano de los recursos aprendidos en las viñetas que publicó en The Guardian -y luego en El mundillo literario- para soltar más de una pullita y de dos a sus queridos escritores/as... pero de una forma bastante suave (o sutil, si se prefiere9; en este cómic o novela gráfica predomina, en todo caso, el salseo sobre la sátira, algo que, según tengo entendido, también ocurre en su versión cinematográfica de 2010 (dirigida, nada menos, que por Stephen Frears).

No obstante, algo que, sin duda, no recogerá la película es la excelencia y agilidad de trazo de las ilustraciones de Posy Simmonds, así como la cuidada composición de muchas de sus páginas, con la que resuelve con habilidad -también utilizando una gama cromática distinta- la plasmación de numerosos flashbacks o los pensamientos de los personajes. Ya sólo por esta vertiente gráfica merece la pena echarle un ojo ,al menos, a este libro.

También de Posy Simmonds y reseñado en Un Libro AL Día: El mundillo literario

martes, 8 de agosto de 2023

Oda Sakunosuke: El signo de los tiempos

Idioma original: Japonés
Título original: ¿?
Traducción: Yoko Ogihara / Fernando Cordobés
Año de publicación: 1940-46
Valoración: Muy recomendable

El signo de los tiempos compila seis relatos de Oda Sakunosuke. Todos están escritos con un estilo sencillo y austero no exento de riqueza formal y destellos líricos. Narran historias realistas y costumbristas pobladas por seres marginales. Su tono podría definirse como hermosamente melancólico o apagadamente vitalista, pues abordan al mismo tiempo la tragedia existencial y las alegrías cotidianas.

Resulta imposible no conmoverse ante la tristeza, precariedad y miseria que experimentan sus personajes; resulta impensable que su forcejeo para arraigar en el mundo, sus acentuadas degradaciones y sus tímidos arcos de redención no nos toquen la fibra. 

Cómo no cogerle cariño a Choko ("Viva el matrimonio"), una geisha empeñada en tolerar los infinitos defectos de su amado y ganarse el respeto de sus conocidos. Cómo no apreciar la irreductible dignidad de Narao ("Seis Venus blancas") y Tokichi ("Ad Balloon"), la cual les impulsa a vivir al margen de las convenciones. Cómo no emocionarse ante Terada ("Carrera de caballos") y su capacidad para sobreponerse fugazmente a su dolor, su rencor, sus celos y su espiral de autodestrucción.

Cierra el volumen el relato que da nombre al conjunto. Además de como ficción al uso, puede leerse en tanto que declaración de intenciones metaliteraria. A fin de cuentas, Sakunosuke expresa en él que su obra debe reflejar el presente (aunque también dialogar con el pasado), que en tanto que autor no permitirá que la censura u otros factores externos le impidan expresarse y que siente predilección por ciertos paisajes, arquetipos y temas. 
 
Todos los relatos de El signo de los tiempos me han parecido cuanto menos notables, e incluso me atrevería a decir que alguno de ellos roza la excelencia. Además de por su calidad, destacan por su apabullante modernidad técnica, por la complejidad de sus personajes, por la potencia emocional que transmiten y por las reflexiones que suscitan. Si bien nos acercan al Japón de posguerra y sus habitantes, destilan a su vez un conocimiento del mundo y del ser humano casi universales.

Sólo les pondría dos pegas: el uso excesivo de descripciones topográficas y la tendencia, a ratos algo gratuita, por el ribete sórdido. En cualquier caso, ambos son rasgos deliberados del estilo de Sakunosuke y para nada abultan.

En fin: recomiendo encarecidamente El signo de los tiempos. Las piezas que aglutina esta antología rebosan sensibilidad, y los conflictos que las mismas desarrollan resonarán con fuerza en nosotros.