lunes, 8 de septiembre de 2014

Robert M. Edsel , con Bret Witter: The Monuments Men

Título original: The Monuments Men
Idioma original: inglés
Traductor: David Paradela López
Año de publicación: 2009
Valoración: recomendable, si te interesa el tema. Si no... también, ¿por qué no?

Sabido es que Adolf Hitler, antes que Führer del III Reich alemán, lo que quiso ser de verdad es pintor (de cuadros, no de brocha gorda), pero fue rechazado por el comité de admisión de la Academia de Bellas Artes de Viena (también fueron oportunos, los señores académicos...). Desengañado, se metió en política, el gachó, y ahí sí que la lió parda (y nunca mejor dicho). Una vez en el poder, entre invasión e invasión concibió la idea de crear, en la ciudad austríaca de Linz, donde estaban enterrados sus padres, un distrito artístico con un Führermuseum colosal, donde reunir las obras más señeras del arte occidental.

Sabido es también que su lugarteniente y delfín Göring, de origen y gustos aristocráticos, ambicionaba a su vez recopilar una colección particular de arte que rivalizara, si no con la citada del Führermuseum, sí con la de cualquier plutócrata del mundo presente o pasado, judío o gentil. Entre uno y otro, y también con la dedicación de muchos otros nazis, amantes de las Bellas Artes o, más frecuentemente, del vil metal que se podía conseguir con los objetos artísticos, se dedicaron a expoliar los países europeos ocupados por el ejército alemán, a una escala nunca conocida en épocas anteriores. Si contamos además los previsibles destrozos cometidos por el transcurrir de la guerra (a la que contribuyeron en no poca medida los bombardeos aliados), nos encontramos con que al final de la II Guerra Mundial, el inconmensurable patrimonio artístico y monumental europeo estaba hecho unos zorros.

Preocupado por esta circunstancia, sobre todo a partir de la batalla de Montecassino, el Alto Mando aliado -impelido por el propio Roosevelt- estableció al fin, antes del Desembarco en Francia, la MFAA o subcomisión de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, encargada de la salvaguarda del patrimonio artístico entre las playas de Normadía y el corazón de la propia Alemania. Se trataba de poco más que un puñado de expertos encuadrados dentro de la estructura del Ejército sin medios para realizar su tarea ni una autoridad concreta sobre sus conmilitones, pero con el entusiasmo y tesón de quienes eran conscientes de la responsabilidad histórica de su misión. Más aún a partir del momento en el que a impedir el destrozo que pudieran producir sus propias tropas sobre el patrimonio monumental, se le unió la misión de rescatar las obras de arte expoliadas por los nazis durante la ocupación de buena parte de Europa.

Con los hombres que formaron parte de la MFAA visitaremos pequeños pueblos franceses y belgas o el celebérrimo Museo del Louvre; así como otros "museos" no tan conocidos: el depósito subterráneo cerca de Maastricht donde se guardaban los tesoros del Rijksmuseum holandés y la mina de sal de Altaussee, en Austria, donde los mandatarios del III Reich escondían parte de lo robado. También la destrozada catedral de Aquisgrán o el castillo de Luis de Baviera en Neuschwanstein. Y sabremos de los avatares sufridos por obras tan emblemáticas del Arte occidental como la Madonna de Brujas de Miguel Ángel, el retablo del Cordero Místico de Gante o el tapiz de Bayeux. Conoceremos también a auténticos "héroes de la cultura", que hicieron cuanto estuvo en su mano para preservar el patrimonio artístico del saqueo nazi: Jacques Jaujard, director de los Museos Nacionales franceses; Rose Valland, del Jeu de Paume o incluso alemanes como el conde Von Wolff-Metternich, jefe de la Kunstschutz en París. Y, por supuesto, los americanos y británicos  miembros de la MFAA...

Todo ello contado con un estilo directo, ameno y efectivo, en la mejor tradición de la literatura bélica norteamericana, como el famoso libro-reportaje El día más largo, del periodista Cornelius Ryan. La verdad, aún no he visto la adaptación al cine de The Monuments Men ,dirigida por George Clooney y protagonizada por él mismo y otros actores de gran renombre, pero estoy seguro de que, a poco que hayan conseguido recoger algo del espíritu épico, la amenidad y el didactismo que anima a este libro, les habrá quedado una película de lo mas entretenida, como mínimo. Una lectura, desde luego, totalmente recomendable.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Colaboración: David Lynch de Michel Chion


Idioma original: francés
Título original: David Lynch
Año de publicación: 2001
Valoración: Muy recomendable (aunque sólo para interesados en el tema)

Cuando alguien sabe de un tema, se nota de verdad que sabe. No le hacen falta florituras, le sobra la pedantería y no necesita grandilocuencia para demostrar que sabe. Tampoco precisa ponerse grave ni parecer ininteligible. Cuando uno sabe de lo que habla, lo que dice sale con fluidez, se explica con sencillez y claridad, no le falta el humor y el resultado es siempre atractivo para el profano.

Pues todas estas flores van para Michel Chion, un tipo muy puesto en cine al que descubrí por casualidad hace unos años, y que tiene la capacidad de proponer puntos de vista diferentes y hacernos ver con toda naturalidad cosas que nunca se nos hubieran ocurrido.

Si semejante individuo nos va a guiar además por los maravillosos –aunque no siempre fáciles- caminos que recorre el cine de un genio como David Lynch, el cóctel no puede resultar más sugestivo.

De la mano de Michel vamos descubriendo facetas apasionantes de los primeros trabajos de Lynch, que desembocaron en Cabeza borradora. De ahí al reconocimiento general con El hombre elefante, las vicisitudes de Dune, y por supuesto el Lynch en estado puro, el inimitable creador de Terciopelo azul, Twin Peaks y toda la saga que continuó hasta Mulholland Drive. Todas ellas (o casi, porque Dune me sigue pareciendo una castaña, diga lo que diga Chion), pelis que nos emocionaron, desataron el escalofrío de lo inverosímil y nos colocaron de frente ante el lado oscuro, o simplemente nos hicieron disfrutar con lo extravagante de una enorme bandeja de donuts, o una chupa de piel de serpiente.

El autor desgrana con mimo los entresijos de los guiones, los caracteres de los personajes, nos explica encuadres y montajes, el sonido, los colores y las texturas que nos transmite cada película. Y, como no podía ser de otra forma, descubriendo toda esa riqueza, adquirimos nuevos argumentos para saborear de nuevo estas maravillas, degustándolas más intensamente, y desde perspectivas hasta ahora desconocidas. Imprescindible para ‘lynchianos’ furibundos (presente!) y recomendable también para quien quiera aprender a disfrutar del buen cine.

Firmado: Carlos Andia

sábado, 6 de septiembre de 2014

John Ajvide Lindqvist: Descansa en paz

Idioma original: sueco
Título original: Hanteringen av odöda
Año de publicación: 2005
Valoración: Está bien

Hoy, una lectura ligera para el fin de semana: la novela de terror zombi Descansa en paz, de John Ajvide Lindqvist, el autor que se hizo famoso con Déjame entrar, una original novela de vampiros que dio lugar a dos adaptaciones cinematográficas. Descansa en paz intenta hacer con los zombis algo parecido a lo que Déjame entrar hacía con los vampiros: revisitar el género desde coordenadas nuevas, huyendo de la repetición de los mismos tópicos de siempre; y lo consigue solo en parte, porque al final acaba repitiendo los clichés del terror más comercial, tipo Stephen King, pero sin conseguir ser Stephen King.

El planteamiento de la novela es interesante: en Suecia se produce una extraña tormenta eléctrica que hace que los electrodomésticos no puedan ser apagados y que provoca un extraño dolor de cabeza a todos sus habitantes; cuando la tormenta pasa, los muertos (recientes) comienzan a despertar y levantarse de sus tumbas. Pero no son los clásicos zombis rabiosos come-carne de las películas de terror, sino, simplemente, personas muertas que han vuelto a la vida, en diversos estados de descomposición y aparentemente sin consciencia ni inteligencia.

A partir de este planteamiento, la novela apunta algunas cuestiones que podrían haber dado lugar a una novela que se convirtise en referente del género, como Guerra Mundial Z: ¿cómo reaccionan las personas ante este retorno de sus familiares muertos? ¿Y cómo reaccionan las autoridades? ¿Tienen estos "redivivos" derechos humanos como los vivos? ¿Es legítimo experimentar con ellos o recluirlos en un campo  (Recordemos que los zombis son, o pueden ser, una representación del "otro", del modo en que se conceptualiza lo diferente en una sociedad, así que estas preguntas no son triviales).

La pena es que Lindqvist no profundiza en estas preguntas y prefiere centrarse en tres aspectos que me parecen mucho menos interesantes: el aspecto melodramático, el religioso y el terrorífico (en su versión hollywoodiense de terror-acción). El melodrama aparece muy pronto, con escenas de sentimentalismo exagerado y demasiada insistencia en pobrecitos niños muertos o huérfanos. Lo místico-religioso se introduce con el debate sobre la existencia del alma, y con una improbable aparición mariana que no es exactamente lo que parece. Para cuando termina la obra, ya no queda casi nada de su planteamiento original, y lo que tenemos es otra novela en la que los zombis son peligrosos y los vivos tienen que hacer todo lo posible por escapar de ellos.

Desde luego, es una novela que se lee bien: tiene acción, tiene uno de esos estilos transparentes en los que uno ni siquiera repara (en la traducción de Gema Pecharromán, pero supongo que también en el original) y durante gran parte del texto nos interesa saber qué pasará con los personajes (confieso que al final perdí el interés por la mayoría de ellos). Pero si hubiera sido más fiel a su planteamiento, si hubiera insistido más en los conflictos individuales y colectivos que provocaría un fenómeno como este en una sociedad como la sueca, creo que habría dado un texto mucho más rompedor dentro de su género. Quizás menos comercial, pero seguramente más memorable.

También de Lindqvist en ULAD: Déjame entrar

viernes, 5 de septiembre de 2014

Edward Lewis Wallant: Los inquilinos de Moonbloom

Idioma original: inglés
Título original: The tenants of Moonbloom
Año de publicación: 1963
Traducción: Miguel Martínez-Lage
Valoración: muy recomendable

Los inquilinos de Moonbloom es la última novela que Edward Lewis Wallant acabó, antes de fallecer de repente a los 36 años. En esta ocasión, tras el brillante prólogo de Eduardo Jordà para El prestamista, del texto introductorio se encarga Rodrigo Fresán, que opta por un tono más técnico y emparenta este libro con aspectos menos ortodoxos, más inesperados, sean series de TV como Seinfeld o películas como las de Wes Anderson.

No vamos a especular sobre lo que le hubiera esperado a Wallant si hubiera tenido el recorrido vital de un Philip Roth o un Don DeLillo. ¿Y si le hubiera dado por el autoconfinamiento? No lo parece, ni merecerá la pena entregarnos a esas cábalas. Disfrutemos de sus poderosos personajes, ya que, igual que Sol Nazerman en El prestamista, este Norman Moonblom, empleado por su hermano, y dedicado a la anodina tarea del paseo semanal para cobrar los alquileres de esos inquilinos que titulan a novela, queda dibujado en apenas unos párrafos iniciales. Venga, señores, que muchos acaban libros y ni nos hemos enterado qué pasa por la cabeza de sus protagonistas, cuando Norman Moonblom ha tardado unos párrafos en, merced a una conversación con su agresivo hermano, mostrarnos sus rasgos de carácter. Con una simple palabrita: ranana. Más tarde, cuando se entregue al repetitivo proceso de visitar uno a uno a toda esa galería de personajes, más de uno recordará, suponiendo que lo haya leído, claro, (cosa que recomendé muy ávidamente), a los personajes que visitaban la casa de empeños en El prestamista. 
Pero no hablamos, para nada, de repetición. Hablamos de un estilo. Un estilo impecable, que atrapa de immediato, que sitúa al lector sin apenas esfuerzo. Una página y vemos a Norman Moonbloom en el despacho de un semisótano, vemos los pies de los viandantes a través de los ventanucos. Cuando acompañemos a Norman, viva estampa del anti-héroe, en su periplo semanal de recaudación de rentas y recepción de agrias quejas, veremos las paredes sucias, las tuberías pésimamente mantenidas, las cucarachas, y oiremos una tras otra las lamentaciones de los inquilinos. Y cómo resuenan sin más repercusión en la cabeza impertérrita de Moonbloom. O eso creeremos.
Novela de redención, novela de amago coral, pero también crónica social y hasta política. Irwin, el hermano y propietario de la empresa, personaje importante y solamente presente en unas pocas conversaciones telefónicas, podría interpretarse como ese poder anónimo y asfixiante que sólo hace acto de presencia para intervenir. Novela, también, de una visceralidad latente, dura, pero grotesca.
Inútil lamentarse: si injusto fue que Wallant muriese con 36 años, no agravemos la situación ignorando su escasa pero valiosa aportación. Su obra está en ese lugar indefinido que solemos olvidar. No por nada una editorial de prestigio como Libros del Asteroide eligió esta novela como una de sus primeras apuestas, si bien no alcanzó la enorme repercusión que obtuvo la reivindicación de Robertson Davies. No permitamos por más tiempo que así sea. A recuperar necesariamente.

Otras obras de Lewis Wallant reseñadas en UnLibroAlDía: El prestamista

jueves, 4 de septiembre de 2014

Muriel Spark: Memento Mori

Idioma original: inglés
Título original: Memento Mori
Año de publicación: 1959
Valoración: imprescindible

Londres, década de 1950. Un grupo de amigos de edad avanzada empieza a recibir una serie de llamadas inquietantes. La persona que realiza la llamada (que parece ser diferente en cada caso: un hombre, una mujer, joven, vieja..., lo que no ayuda a que la policía encuentre al responsable) tan sólo dice "Recuerda que debes morir", lo que despierta las más variadas reacciones en sus interlocutores, así como destapa una serie de rencillas, envidias, traiciones y escándalos aparentemente olvidados hace años.

A medida que Muriel Spark presenta a sus personajes, hace también saber al lector cuáles son los "pecados" que cada uno esconde y cómo luchan desesperadamente para seguir manteniéndolos ocultos bajo una fachada de respetabilidad que al final parece ser más importante que encontrar al responsable de las llamadas telefónicas.

Memento Mori, así, se convierte en una divertida novela que también es una ácida crítica a un mundo basado en la hipocresía y las apariencias. Del mismo modo, a través de esta serie de personajes y sus intrigas, Spark nos habla de la vejez, de cómo todos deseamos llegar a viejos pero, sin duda, ninguno de nosotros quiere serlo, y de cómo cada uno se prepara (o no) para ese momento.

Pero también es Memento Mori una novela exquisitamente escrita (el que pueda debería sin duda leerla en inglés) y profundamente irónica que, al contrario de lo que pueda parecer en un principio, celebra de principio a fin el hecho de estar vivo y de mantenerse fiel a uno mismo hasta el final.

Más libros de Muriel Spark reseñados en Un Libro al Día: Los solteros, El asiento del conductor, La abadesa de Crewe, La plenitud de la señorita Brodie

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares: Crónicas de Bustos Domecq

Idioma original: español
Año de publicación: 1963
Valoración: Recomendable (muy recomendable para freaks borgesianos)

La amistad de Jorge Luis Borges y Bioy Casares es ya objeto de leyenda ("Creo que Bioy era el único amigo de Borges", dice por ejemplo Alberto Manguel en un artículo). Quizás haya en esto algo de exageración literaria, que sospecho que a Borges no le habría disgustado. En cualquier caso, la relación de complicidad entre ellos, hasta la separación final cuando Borges decidió ir a morir fuera de la Argentina, produjo además interesantes resultados literarios, entre ellas varias antologías, como la famosa Antología de la literatura fantástica que coordinaron junto con la mujer de Bioy, Silvina Ocampo; o las obras firmadas con el seudónimo de Honorio Bustos Domecq.

Esta obra pertenece a este segundo grupo, obviamente. Se trata de un conjunto de crónicas o críticas literarias y artísticas (pintura, escultura o incluso moda) sobre personajes inventados con las ideas más disparatadas sobre su propio arte, presentadas como visionarios o revolucionarios: un escritor que, à la Pierre Menard, publica con su nombre las obras de la literatura universal con la que más se identifica; otro que escribe una y otra vez la misma obra con distintos títulos, adscribiéndola a distintos estilos o tendencias; un escultor cuya materia prima es el vacío; una tendencia literaria basada en la descripción minuciosa de los objetos apoyados en la esquina de una mesa; una rama de la historiografía que propone incluir solo acontecimientos positivos...

Crónicas de Bustos Domecq es, en realidad, una gran broma, y como tal hay que tomarla. Desde la dedicatoria ("A esos tres grandes olvidados: Picasso, Joyce, Le Corbussier") hasta el prólogo, que el propio autor [ficticio] refuta, hasta las innumerables interrelaciones entre las crónicas que componen el libro, todo se confabula para una sensación de verosimilitud a las invenciones de los escritores, al mismo tiempo que da pistas para desmontarlas e identificarlas como burlescas. También el estilo, cargado de galicismos, arcaísmos y pedanterías (como el uso constante del imperfecto de subjuntivo en lugar del pretérito indefinido, "publicara" por "publicó") forma parte de este mismo juego, en el que el heterónimo bicéfalo escribe de forma diferente a cualquiera de sus dos autores individuales.

A algunos lectores esta obra les podrá parecer algo pretenciosa, o incluso aburrida, por cerebral. Los problemas que plantea (la naturaleza del arte y de la creación, la esencia de lo humano, el sentido de la historia o la posibilidad de comprender y representar la realidad, entre otros) serán muy familiares a los lectores de Bioy y de Borges, y reconocerán incluso algunas de las ocurrencias incluidas también en sus relatos. (Podríamos jugar, por ejemplo, a adivinar qué ideas son de Bioy y cuáles de Borges; yo apostaría a que Los inmortales, sobre unos hombres que transfieren su consciencia a unos bloques artificiales de acero, es obra de la imaginación del primero).

Pena que la edición que manejo, de Losada, parezca a veces más una fotocopia que una reimpresión, con fragmentos tan borrados que casi parecen ilegibles. ¿O será esto también un juego de Borges y Bioy para darle mayor apariencia de antigüedad a su texto?

martes, 2 de septiembre de 2014

David Benioff: Ciudad de ladrones

Título original: City of thieves
Idioma original: inglés
Traducción: Francisco Lacruz
Año de publicación: 2008
Valoración: recomendable

Situémonos en un lugar y un momento peliagudos: la ciudad de Leningrado durante su asedio en la II Guerra Mundial. En esa ciudad bombardeada sin tregua, acosada por las tropas alemanas y, sobre todo, por el hambre, y aterrorizada además por la rigurosa ley marcial que impone su propio ejército, sus habitantes tratan de sobrevivir como buenamente pueden. Dos de ellos, Lev, un muchacho medio judío atrapado saqueando el cadáver de un paracaidista enemigo, y Kolya, un soldado acusado de desertar, podrán librarse de ser ejecutados sólo si  cumplen una insólita misión: encontrar una docena de huevos para el pastel de bodas de la bella hija de un coronel de la NKVD.

A partir de esta curiosa premisa, Benioff lanza a sus protagonistas a recorrer la ciudad de Piter (como la llaman los lugareños), indagando en el mercado negro, enfrentándose con caníbales y por fin, cruzando la línea del frente para adentrarse en los bosques  infestados de partisanos rusos y Eizantzgruppen nazis. todo en busca de la maldita docena de huevos. los dos jóvenes, como no podía ser de otra manerA, acaban por hacerse amigos, a pesar de sus diferencias de carácter (tímido y taciturno uno, extrovertido y carismático el otro); la novela es, en buena medida, el relato de esta amistad, que se amasa compartiendo momentos de peligro, pero también incontables diálogos llenos de agilidad e ingenio y, sobre todo, el mismo fatum absurdo en medio de la situación más trágica imaginable.

Hay que decir que, además de novelista, David Benioff es guionista de cine y televisión y eso se nota en Ciudad de ladrones, en la eficaz limpieza de su prosa y, sobre todo, en que a pesar de los aparentes desvíos y peripecias varias, la trama avanza de manera discreta pero con la inexorabilidad de un tanque ruso T-34 y la eficiencia de un reloj soviéti... bueno, dejémoslo en suizo... Ahora bien, Benioff es guionista de Hollywood, no de películas indies y eso también se nota: sin pretender darle una connotación negativa, digamos que hay un cierto "toque Spielberg" que podría haberse ahorrado, sin menoscabo para la novela.

Eso sí, que nadie piense, tras leer el párrafo anterior, que esta novela cae en la excesiva sensiblería o que evita las imágenes más crudas de la guerra: muy al contrario, e incluso alguna de esas imágenes resulta especialmente perturbadora y, me temo, imborrable. Otra cosa es que el autor haya ido primando la eficacia narrativa, de forma que esta pasa por delante (que no por encima) de cualquier morosidad descriptiva o especulativa. No soslaya la denuncia del horror de la guerra, ni mucho menos, pero la subordina a la historia que nos está contando.

Una historia, por lo demás, de lo más amena y en apariencia, documentada con una minuciosidad exquisita. También es cierto que se supone que lo que el autor nos cuenta aquí es la historia de sus propios abuelos. Teniendo una familia así, no me extraña que David Benioff pensara que su vida de guionista de Hollywood era rutinaria y aburrida... Y la de quién no.